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Toponimistas del Infierno

Querían hacer lo que les diese la gana y bien que lo hicieron. Por lo que parece, el objetivo era cambiar el rostro del mapa pirenaico oscense, saltándose cualquier otra consideración que no fuese su santa voluntad: que, en lo sucesivo, todo huela a algo que se asimile a aragonés-aragonés. Cualquier cosa. Y que desaparezcan, cuantos más mejor, los topónimos que suenen a español o francés. Sea cual sea el veredicto previo de, por ejemplo, la Historia.

La Comisión Asesora de Toponimia podía haber disimulado un poco. O echarle narices al asunto y reconocer que, acaso, su parto de los montes no constituía sino el antojo de unos caballeros cercanos a un ideario, afortunadamente, del todo en minoría. Es decir: el de un partido con 2 escaños de 67 en las Cortes de Aragón; con 4 concejales de los 67 en los 10 municipios con cumbres por encima de los 3.000 metros de altitud. Tampoco les hacía falta hacer gala de ecuanimidad: por los caprichos de las alianzas políticas, tenían los votos necesarios, y eso bastaba. Así pues, han entrado a saco en el censo de nombres de los tresmiles aragoneses para poner los que les han apetecido. Decantándose por una toponimia creativa las más de las veces. Que nuestros ancestros registrasen otras denominaciones les tenía sin cuidado.

A cualquier aragonés sensato se le puede caer la cara leyendo los comunicados oficiales en la prensa de quienes, para sostener la denominada como Lista Soro, en lugar de surtir de explicaciones aceptables sobre sus 160 topónimos, largaban al respetable unas frases que, a mí al menos, producían bochorno. Pongamos esa que aireaba lo del “nombre de los Infiernos, en realidad inventado por el Conde Russell”. No, mis estimados toponimistas: en realidad, Russell recogió tal designación sobre el terreno, junto con otras muchas, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Pero semejante hecho, a estos caballeros que dicen haberse ocupado del Proyecto Tresmiles, cuya identidad y razones aún se desconocen, seguro que nunca les ha quitado el sueño.

¿Y qué sucedió en realidad con estos picos del Infierno?

Tras leer mínimamente sus textos principales, se podría decir que al gran pionero del pirineísmo nunca le movieron afanes egocéntricos. Lo que Henry Russell ansiaba en realidad era recorrer, cuantas veces pudiese, las regiones de alta montaña de esta cordillera: se trataba de un auténtico gourmet del “aroma sutil” de las elevaciones. En sus numerosos escritos nunca mostró excesivo interés ni por la recolecta de primeras ni por el bautizo de cotas. En este último apartado es evidente que, en realidad, preguntó a los nativos sobre los topónimos de las zonas que recorría a golpe de calcetín. Con frecuencia, siendo el primero que dejaba relación escrita de su existencia. Muy a menudo, por sectores prominentes parcos en nombres. Y cuando le informaban de las correspondientes denominaciones, dejaba constancia de las mismas en sus obras; posiblemente, rescatándolas así del olvido. Cuando, ante la carencia de alguna designación montañera, recurría a su inventiva, por lo general de corte poético, reconocía con humildad lo que no era sino una propuesta. Porque no todas cuajaron. Así, cuando no declaraba abiertamente su intervención en el nomenclátor, era que el topónimo lo había recopilado a pie de tapia…

Russell jamás afirmó nada en cuanto a asignar nombre alguno de su cosecha al trío de tresmiles que hoy ha llegado hasta nosotros como los picos del Infierno. Para saber lo que en realidad ocurrió con esta gran montaña que se alza entre los municipios de Sallent y Panticosa, los miembros de la Comisión Asesora de Toponimia no hubieran tenido que enterrar varias jornadas rebuscando por los archivos recónditos del antiguo Instituto Geográfico y Catastral en Madrid, tal y como realizó, hace no demasiado, cierto estudioso de los tresmiles pirenaicos nacido en Bilbao… No: era mucho más sencillo. Hubiese bastado con que, en lugar de colgarle a Russell el sambenito de inventor, en sentido peyorativo, hubieran rebuscado unos minutitos entre sus obras mayores. Pongamos Les grandes ascensions des Pyrénées d’un mer à l’autre. Guide spécial du piéton (1866), un texto disponible aún en los estantes de ciertas librerías: yo mismo compré dicho libro en una de Jaca a precio módico, dado que se trataba de una reedición facsímil…

En el referido volumen, el inquieto british que por entonces era ya miembro de la prestigiosa Sociedad Geográfica de Francia le dedicó una serie de capítulos a un sector tensino que prácticamente inauguraba para el montañismo. Vayamos a su Recorrido 84. En la primera cita del apartado “De Cauterets a los Baños de Panticosa”, Russell presentaba la montaña que hoy nos interesa desde el puerto del Marcadau:

“La vista es triste y limitada. Pero, inmediatamente hacia el oeste, se alza el macizo de Baccimaille [¿Bachimaña?], que muestra verdaderos glaciares agrietados.

”El lago de Zaraguala [¿Azules?] (2.231 m). Desde aquí se puede realizar, marchando hacia el oeste a través de las nieves e incluso de los glaciares, la difícil ascensión del collado denominado en broma como del Infierno [él dice d’Enfer], tan alto como la brecha de Rolando, y descender al suroeste hacia Sallent. Se estiman dos horas desde el puerto del Marcadau al collado del Infierno, y tres más desde aquí hasta Sallent. Son precisas, pues, diez largas horas para ir hasta allí desde Cauterets.

”Dejando a la derecha a ese grupo muy elevado y poco conocido del Infierno [d’Enfer], cuyo punto culminante es casi tan alto como el Vignemale, se ha de bajar, de forma sucesiva, a través de cuatro grandes terrazas de rocas, poniendo cuidado en evolucionar hacia la izquierda.

”Los Baños de Panticosa son un lugar muy animado en verano, aunque aparezca enterrado bajo las nieves durante nueve meses al año debido a su enorme altitud (entre los 1.616 y los 1.779 metros). Lo compone un grupo numeroso de casonas, una de las cuales es un magnífico hotel con casino. Allí se encuentra un pequeño lago muy azul. Al noroeste se alzan orgullosamente las cimas nivosas de Bondellos [¿Pondiellos?] y Bachimana (nombre elástico y poco preciso)”.

Así andaba, en realidad, la ordenación toponímica en el siglo XIX. Con deslices ligeros en algún nombre o no, que eso habría que estudiarlo. Alguien serio y riguroso, quiero decir. Más adelante, en el Recorrido 87, Russell dijo que, tras encaramarse al puerto de la Peira de San Martín, descubrió esto:

“Sorprendentes en altitud y en inclinación, las montañas del Infierno [d’Enfer] que se alzan hacia el cielo por la izquierda (este), sustentando sus glaciares hasta los 3.200 metros. Es un circo desierto, limitado hacia el lado de oriente por la pirámide del Bondellos (2.900 m)”.

Más aún. En su Recorrido 89, donde recomendaba tomar un guía local que llevase desde los Baños de Panticosa hasta el llamado collado de Bondellos, para ganarlo en tres horas y media, Russell informaba:

“Collado de Bondellos (¿2.600 m?), abierto inmediatamente al sur del pico de Bondellos (2.900 m) [¿Arnales?], que se ganaría fácilmente en una hora (entre este pico, y el de Machimana, o de Baccimaille [¿Bachimaña?], se encuentran verdaderos glaciares)”.

A modo de complemento, añadiré esas líneas russellianas con las que, desde los Souvenirs d’un montagnard (1878), nuestro hombre abría el capítulo dedicado a la primera visita certificada a la “cresta del Infierno”. Ni Fenimore Cooper arrancaba de un modo tan sugestivo sus novelas:

“El pico del Infierno es el punto culminante de ese grupo de montañas, muy elevadas, colmadas de lagos y de hielos, que bajo los nombres tan imprecisos como elásticos de Bondellos [¿Pondiellos?] y de Baccimaña [¿Bachimaña?], se elevan al noroeste de los Baños de Panticosa. Mas no se ve desde dicho Balneario, pues Bondellos [¿Arnales?] lo tapa. Desde el puerto del Marcadau se aprecia de maravilla por el suroeste.

”Antes de 1867 había visto a menudo el pico del Infierno, y también había oído hablar de él: su altura le daba un cierto renombre. Pero nuestras relaciones habían sido muy platónicas, y no sabía siquiera si era accesible. ¿Quién podía decírmelo? Nadie había atacado todavía a este gigante. Como eso aumentaba sus atractivos, salí de Cauterets un 19 de junio de 1867…”.

Al menos en este caso, Russell no inventó nada en realidad. Llevó a sus textos un nombre anterior a 1866 de una broma montañesa que hizo fortuna; seguramente, trasladada por alguno de sus guías sallentinos o panticutos. Por la época de la que hablamos, acaso un miembro de la familia Belio… Pero ya, ya sé que a los todavía misteriosos expertos de la Lista Soro estas minucias históricas les importan entre poco y nada. En realidad.

16 Comentarios

  1. Saludos, Xavi… Pues lo cierto es que lo que a mí me sorprende es que hayan cambiado de política y, en lugar de ir metiendo los “topónimos creativos” de poco en poco en cada mapa o guía, como hacían hasta ahora, lo hayan hecho en tromba. Acaso, para aprovechar la coyuntura política, temiendo que esta no se repita jamás… En cuanto a lo de “bajarse del burro”, pues lo más seguro es que tengan que hacerlo, como ya pasó con la efímera aparición por la cartografía Made in Aragón del “Mon Perdito” o lo del “pico de (Ernesto) Nabarro” (con b, has leído bien)…

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