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Barrau, Parrot y la Maladeta

Hemos cruzado el ecuador de un septiembre que bien podría ser declarado como el mes pirineísta de Pierre Barrau y Friedrich Parrot. Los artífices de una meritoria ascensión de hace casi doscientos años que aquí vamos a repasar…

En la tercera entrada de la serie situamos en Luchon a cierto médico germano-ruso que atravesaba el Pirineo de mar a mar en 1817. A punto de que firmara una de las primeras más extraordinarias de la crónica de nuestro deporte. Así, el día 25 de septiembre Parrot se instalaba en la ciudad balnearia con un vivo interés por el vértice de la Maladeta más oriental. Acaso inspirado por su entrevista con el botánico Picot de Lapeyrouse, un viejo enemigo de Ramond de Carbonnières.

Todo el mundo seguía creyendo en el Luchonnais que el guía Pierrine Barrau, de sesenta y un años de edad, guardaba en su bolsillo la llave de esa montaña que tanto había rondado. Friedrich Parrot, de veintiséis, acordó con el veterano cazador de sarrios que saldrían hacia la Maladeta el día 28 de septiembre… No antes de la primera misa de la mañana, pues nuestro galo era muy religioso. Tras el oficio, el montañés tomó un caballo hasta el Hospice de France, en tanto que su compañero prefería la aproximación a pie. Tampoco hubo coincidencia en el tema logístico: a Barrau, en contra de la opinión de su “cliente alemán”, le gustaba subir abundantes vituallas, mantas y ropa. En cambio, el cirujano cargaba solo con su largo bastón de punta herrada, los crampones, un impermeable, el barómetro y cuatro cosillas para comer. Parecía difícil que dos personalidades tan contrapuestas pudiesen sacar adelante proyecto alguno y, menos aún, alcanzar la cima de la Mala de Aragón, el supuesto techo del macizo. Quién sabe si la cúspide de toda la cadena…

Por la clásica ruta de los Boums y del Portillón de Benasque se internaron discretamente en territorio aragonés, pues Barrau temía los encuentros con pastores del otro lado. Las Guerras Napoleónicas, finalizadas en 1815, estaban aún frescas en la mente de los hispanos. A Parrot no le preocupaban tanto los posibles incidentes fronterizos: antes de comenzar su viaje había visado su pasaporte ante el cónsul español de Bayona. Tras cruzar el Plan d’Están, llegaron sin percance a la gruta de La Renclusa, denominada por entonces de Turmaou, donde vivaquearon aquella noche. El germano-ruso comenzó a intuir el éxito, tal y como explicó desde su Reise in den Pyrenäen (1823):

“Salió la luna, iluminando la imponente y majestuosa mole de las nieves de la Maladeta, al pie de la cual me encontraba, descubriendo cada garganta, cada cresta, hasta la cumbre más lejana; mi alma estaba llena de esperanza, confiando en que al día siguiente mi ascensión no sería en vano”.

Sobre las 5:00 h se dirigieron al glaciar de la Maladeta. Aquel año se mostraba muy agrietado y con una fina capa de nieve sobre el hielo. No siguieron la cresta de los Portillones, la ruta donde se habían solapado la mayor parte de los esfuerzos de sus antecesores desde tiempos de Ramond de Carbonnières. Comenzaron a ascender por el glaciar Norte, calzando unos crampones cortos de cuatro puntas que se ataban con cintas de algodón. Una vez bajo el cuello de la Maladeta, Parrot expresó su disgusto ante la vía por la que se decantaba Barrau, observando que “cualquiera que haya recorrido las montañas sabe que no hay nada más difícil que trepar por una pendiente cubierta de desprendimientos y nieve, donde cada paso expone a nuevos peligros”.

El médico esbozó un primer intento de subida directa hacia la cima de la Maladeta que no fue secundado por Pierrine: el rocoso muro septentrional, tal y como éste suponía, lo detuvo. Parrot se vería forzado a volver atrás para situarse de nuevo ante la Gran Rimaya, donde le aguardaba su curtido guía. Entre ellos y la pared de roca se abría un enorme foso, una profunda grieta en el glaciar. Tras un peligroso cruce de sima por su puente de nieve, el luchonés no pensaba proseguir mucho más: se detendría en el lugar donde aumentaba la dificultad de los inestables bloques. Cuando se alcanzó dicho punto, la negativa del cazador no sorprendió al germano-ruso. Pero éste no era de los que se rendían fácilmente, e inició la escalada de la chimenea en solitario.

Barrau se lo debió pensar un poco más: aunque su interés por la cumbre era relativo, acabó por seguir a su joven cliente. Lo alcanzó justo a tiempo de ayudarle a superar la parte más complicada de la pared mediante un oportuno paso de hombros. Apoyándose de forma mutua, puesto que no llevaban cuerda, Parrot registró que, “de roca en roca, llegamos a lo más alto, que dominaba tres metros aproximadamente el resto, y que es la verdadera cumbre de la Maladeta, hasta este momento inaccesible”. Eran las 9:00 h del 29 de septiembre de 1817 y el germano-ruso se mostraba exultante:

“Me sentí reconfortado por aquel aire impoluto y puro, por la agradable sensación de la victoria que recompensaba mis esfuerzos, del éxito de un hermoso proyecto”.

Desde esta punta de la Maladeta Oriental (3.308 metros), su atenta mirada estudió al cercano Aneto. Nuestro erudito no dudó en estimarla como la cúspide de la cordillera, e incluso apuntó con buen tino la ruta más fácil, que en la actualidad constituye su vía normal… Ciertamente se trataba de un nuevo reto que afrontar para otra ocasión:

“Esta cumbre no era accesible, por el momento, debido a que contaba tan solo con la ayuda de mi único auxiliar, bastante torpe; pero para quien quiera darse el placer de alcanzar un punto más elevado, será necesario que tome completamente al este del lago de Turmaou [La Renclusa], franquee la arista que desciende hasta la extremidad de la Maladeta, a través de toda la maraña de nieve de la vertiente norte, y lleve sus pasos sobre los bloques escarpados de rocas que van del pico de Aneto hasta la mitad de la región de nieve, y así estará seguro de no errar en su objetivo”.

Los vencedores de la Maladeta permanecerían una hora sobre las rocas cimeras. Su vuelta al valle estuvo a punto de acabar en tragedia. Mientras Barrau descendía con lentitud por un terreno granítico hasta las rocas de los Dos Hombres, Parrot eligió una vía hasta el glaciar que se ceñía más al itinerario de ascensión, por el borde de una lengua de nieve. Pero resbaló, y la caída casi lo arroja dentro de la Gran Rimaya, pudiendo servirse de su bastón en el último momento: “A falta de esto, solo un salto audaz por encima de la grieta habría podido evitarme el caer dentro”.

Mas debía de estar escrito que nada impediría que Pierrine Barrau y Friedrich Parrot entrasen triunfalmente en Luchon a las 20:00 h, tras un repliegue rápido por el glaciar de la Maladeta y una subida al puerto de la Picada. En la villa termal la proeza fue muy comentada: no en vano, se había pensado durante años que la Mala de Aragón era la cima más alta y difícil del Pirineo. La noticia llegó a Toulouse antes que el propio Parrot. Por lo demás, los comentarios que el germano-ruso dispensó sobre la sencillez de su conquista parecían animar a nuevas visitas:

“Es, pues, posible, si no se detiene uno demasiado tiempo, dejar el Hospice de France hacia las 3:00 h, alcanzar la cumbre de la Maladeta o el pico de Aneto, y encontrar, ese mismo día, un abrigo confortable para la noche. Es preciso, en efecto, dos horas para dirigirse desde el Hospice hasta el puerto de Benasque, cuatro hasta el borde inferior del glaciar, y tres hasta la cumbre”.

Cerraré aquí esta primera entrega del dúo dedicado a las peripecias de Parrot en el valle de Benasque, adelantando que las observaciones de nuestro viajero sobre la cúspide real del Pirineo señalaban el inicio de la incuestionable era del Aneto.

  1. Disculpa el retraso, David, que andaba fuera…
    Realizaste un magnífico trabajo de investigación que hizo verdear a más de uno (yo mismo, por ejemplo). Es justo que te dieran un premio de periodismo por él.
    Más saludos cordiales…

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