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Voces de las montañas

Insistiré un poco más en mostrar esa función tradicional que ejercieron los pirineístas de dar visibilidad a los montañeses. O, mejor aún, de dotarles de palabra desde sus propios textos. Un hecho noble que honra a nuestros predecesores y que ahora se pretende ocultar, haciendo gala de una notable falta de conocimientos sobre lo sucedido en los más de dos siglos de existencia de este deporte. En un lamentable intento por trasladar la baja política a la alta montaña a través de los mapas.

Entre las crónicas de todo tipo que se pueden hallar buceando en las páginas de los pioneros, hay una que siempre me ha parecido especialmente reveladora. Me refiero a los diversos testimonios de pirenaicos recolectados hacia 1848 por un político galo llamado Achille Jubinal (1810-1875). Un cronista muy interesante: aunque él había nacido en París, su padre era originario de la población de Luz, en el Lavedan. Con el tiempo, nuestro personaje llegó a ser diputado por el departamento de los Hautes-Pyrénées. Una placa en Gèdre recuerda hoy sus gestiones para que el camino carretero avanzase desde el piedemonte hacia Gavarnie, obra que se revelaría con el tiempo como una importante fuente de ingresos para los habitantes de estas tierras.

En el aspecto literario Jubinal no siempre ha gozado de buena fama entre los estudiosos del siglo XIX. Con frecuencia se le ha acusado de ciertos excesos imaginativos. Sea como fuere, dicho viajero sirvió frecuentes puntos de vista y testimonios locales desde sus Lettres sur les Pyrénées. Un texto de éxito fechado en 1848, con reediciones varias en 1858, 1862, 1863, 1873 y 1875 bajo el título de Les Hautes-Pyrénées. Un libro en el que, como la mayoría de los montañeros de la llamada Edad de Oro del Pirineísmo, quedaba reflejada la costumbre de preguntar sobre mil asuntos a los montañeses antes de emprender ninguna ascensión.

El relato jubinaliano no se recata en airear interpretaciones nativas en los más variados asuntos, incluso en los de corte más ligero. Comenzaré por un chascarrillo, tirando a dudoso e frívolo, que circulaba por Barèges, el balneario que ejerció como la cuna del pirineísmo. Ya fuesen inventados o no, vamos a curiosear entre sus (maledicentes) comentarios montañeses…

Según nos cuenta el diputado, su anécdota tuvo lugar a finales del siglo XVIII, cuando el ambiente en las referidas termas era tirando a libertino. Al parecer, una tal madame de Roncherolles destacaba entre las demás veraneantes por la “incongruencia de respetar a su marido”. Como la casta señora era muy bella, su moralidad despertó el interés tanto de Vérac, un banquero “célebre por sus robos”, como del cardenal de Rohan, el patrono de Louis Ramond de Carbonnières. Este último detalle fecharía la historieta en el verano de 1787, por cierto… En cualquier caso, ambos pretendientes obsequiaron a la recatada dama con fiestas a cuál más fastuosa, sin ocultar sus intenciones lúbricas. Parece que el banquero deshonesto, merced a su exhibición de fuegos artificiales, finalmente “se llevó la gata al agua”, según se dijo por la población: a través de los habitantes de Barèges supo Jubinal que “la señora de Roncherolles volvió para visitar esos mismos lugares, sola con él, y que le dio al pródigo financiero, en recompensa por su fiesta, lo que hasta entonces había negado a todo el mundo”. ¿Y el precio del supuesto encuentro pasional?: la entonces desorbitante cifra de 50.000 escudos. ¡En vísperas de una Revolución!

Dejaremos aquí la crónica rosa local, siempre tan nebulosa, para ingresar de lleno en el mundo pirineísta. Porque Achille Jubinal, quien se sentía un hijo del país, tenía acceso a mejores fuentes de información que las de los simples foráneos de paso. Por ello, buscó a un conocido de su padre (recuérdese: nativo de Luz) para saber más sobre esos asuntos de alta cota que le apasionaban: cierto guía de Barèges llamado Simon Charlet. Un personaje de gran atractivo para las crónicas del Monte Perdido, pues fue uno de los montañeses contratados por Ramond de Carbonnières para sus primeros reconocimientos. De aquel modo pudo obtener el diputado del departamento pirenaico la versión local de esos tanteos al Gigante Calcáreo que se realizaron inicialmente por el norte:

“Desde que era niño [le contó Simon Charlet], cuando correteaba por el Bergons y el Bréda, mis camaradas y también vuestro padre, atraídos por la curiosidad, miraban al pic du Midi de Bigorre. A mí nada me decía: a pesar de lo poco que por entonces podía hacer, mis catalejos naturales se fijaban siempre en ese diablo del Monte Perdido, que mostraba su joroba sobre todos los demás.

”Con la edad, eso no hizo sino acrecentarse y mejorar. Hablaba tan a menudo del Monte Perdido que se pensó que terminaría por perder la razón, si es que no perdía otra cosa. Porque dicha montaña no disfrutaba de una reputación demasiado católica. Se decía por la zona que solo un hombre había alcanzado la cima, aunque con la ayuda de Satán, quien lo había llevado hasta allí mediante diecisiete escalones, y que al punto lo había precipitado desde lo más alto, tras haberle robado el alma. Ya os imaginaréis que yo no creía en absoluto en esos cuentos etéreos. Pero tampoco sabía cómo podría subir a ese gran camello, aunque que me decía cuando lo contemplaba: ¡subiré hasta arriba!

”Así, una mañana, cuando me sentía más indeciso sobre si algún día me decidiría a dar el golpe, me llamaron porque un caballero quería ir al Néouvielle. Era el señor [Philippe Picot de] Lapeyrouse. Le hablé de mi proyecto, animándome él con vehemencia para que lo emprendiese, diciéndome que eso sería muy importante para la Ciencia, cosa de la que no dudé. Por lo demás, me dijo que, en esos momentos, uno de sus amigos naturalistas rumiaba la misma idea que yo. Si lo deseaba, le hablaría de mí. Se lo agradecí infinitamente y, tres días después, fui llamado por el señor [Louis] Ramond, quien me tomó a su servicio a la par que me decía que consagraría un mes a realizar reconocimientos. En consecuencia, nos pusimos primero a buscar dónde estaba el Monte Perdido.

”Os extrañará que yo, que lo había visto tan bien [desde las alturas], no supiera dónde se hallaba. Pero nadie podía decir más que yo. Lo que yo pensaba que era el Monte Perdido, era el Cilindro; lo que yo creía que era el Cilindro, otros lo tomaban por el Monte Perdido; y el pico de Allanz era todos ellos para la mayoría de la gente. Estaba claro que nadie conocía al Monte Perdido y que, desde que se daba nombres a las montañas, ninguna otra fue tan bien nombrada.

”Fue peor cuando fue preciso determinar su acceso. Desde lo alto de los picos donde el señor Ramond me señalaba a dicha montaña, le decía: Bueno, pues no tenemos más que ir todo recto y llegaremos. Pero una vez dejábamos las cimas, ya no veíamos nada y yo volvía a mis indecisiones: ¿acaso habría, entre el monte y lo que tomábamos por su base, desiertos y precipicios? ¿cuál sería el costado por el que lo abordaríamos? […]. El señor Ramond echaba pestes […], pero lo que me hacía estar rabioso era que cuando iba a Gavarnie para consultar a los pastores y cazadores de rebecos, todos decían conocer a la perfección el Monte Perdido, que habrían subido unas doscientas veces. Pero si les preguntaba por dónde subían, unos decían que por España y otros por Francia. Así, cuando quería encontrar un Monte Perdido, me hallaba con tres o cuatro. Como sucede siempre, tras caer en estos laberintos por culpa de quienes dicen saberlo, decidimos que solo nos fiaríamos de nosotros mismos, aunque nada supiésemos, y que no consultaríamos con nadie. Era lo mejor que podíamos hacer”.

De este modo narró Jubinal, hacia 1848, cómo se organizaría la famosa expedición que un 11 de agosto de 1797 alcanzó el corredor de Tucarroya. Con su interlocutor, Charlet, trabajando tanto para Picot de Lapeyrouse como para Ramond de Carbonnières. Un ascenso más que conocido, del que únicamente traduciré la versión montañesa de lo que vieron en cuanto superaron dicha canaleta:

“Cuando alcancé la cúspide el primero, lancé un grito de alegría que irían repitiendo, sucesivamente, todos mis compañeros, pero al que siguió un silencio denso. Habíamos creído que conseguiríamos alcanzar la cima del Monte Perdido con facilidad, en cuanto llegásemos donde ahora estábamos: ¡pues sí! ¡pues bien! Nos vimos separados por nuevas profundidades, abismos, desolaciones… ¡Y qué más! Nunca veréis a gente más estupefacta. Cuando nos pusimos a observar el monte mismo, que aparecía como un coloso, aunque el Cilindro destacara por la derecha tan amenazador como el mismo Monte Perdido, todas esas cúpulas, esas gradas cargadas de nieve y de glaciares, nos sentamos en el suelo descorazonados”.

Para colmo de males, una avalancha que barrió toda la vertiente septentrional del Monte Perdido, por entonces inmersa de pleno en su Pequeña Edad Glaciar, convencería a los expedicionarios de 1797 de que la ruta directa les venía grande. Allí perdió nuestro guía el tren hasta la cota 3.355 metros. Como triste conclusión, Simon Charlet le reconocería a Achille Jubinal, tras la pregunta de éste:

“–Entonces, Simon, ¿no llegaste sino hasta el pie del Monte Perdido?

”–Sí, señor, y ya fue bastante. Sin embargo, quedé convencido de que atacando este monte por España se terminaría por poner el pie sobre su cabeza. Pero para eso se necesitarían piernas fuertes…”.

Podemos cerrar esta especie de entrevista de un urbanita a un montañés, con el juicio que este último le dejara sobre la condición de los tempranos guías de montaña:

“Es un oficio de rompecuellos en el que nos arriesgamos bastante a no regresar jamás”.

En efecto: los testimonios de montañeses siempre han tenido plaza en los relatos de montañeros. Desde los mismos inicios de esta relación tan beneficiosa y necesaria para ambas partes. Solo es preciso querer buscarlos, dado que tampoco se encuentran tan escondidos. Y saber leerlos con una mente libre de todo rastro de politización, claro.

  1. Hasta la vuelta, amigos. Disculpad mi ausencia (luego la falta de “validaciones”) en los posibles comentarios. ¡Hasta septiembre…!

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