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Entre la guía y los pastores

El ansia mayor de los montañeros suele ser, justamente, subir montañas. A veces de un modo obsesivo. Sin embargo, la supuesta insensibilidad de nuestro colectivo hacia los habitantes de las majadas nunca me pareció un hecho real. En esta tercera entrega de las aventuras de Arnaldo de España y de sus compañeros, empeñados por conectar Espot con el Aneto, nos detendremos para observar cómo establecieron relaciones con los pastores del entorno de Cavallers en el verano de 1930. Con el ojo siempre puesto en ese Comaloforno que deseaban visitar. O, como los madrileños decían en plan de broma, el pico del Cloroformo

El capítulo más campestre de nuestro periodista aparecía publicado en el diario El Sol del 15 de febrero de 1931. En el texto anterior constatamos los esfuerzos del trío de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara para orientarse mediante el sistema de cobrar cota y, como de costumbre, preguntando a otros viajeros. De regreso a su lugar de pernocta fue preciso que insistieran entre su vecindario para enterarse de los accesos a las puntas del Besiberri. Ante la perspectiva en ciernes de uno de los días más exigentes del trek, iba a resultar imprescindible la recolecta de información entre los nativos:

“Tres puntos primordiales componían el programa de la velada postrera: visitar a los pastores en despedida y procurarnos ayudante que trasportara bagaje; liquidar en cena copiosa todas las existencias comestibles, puesto que la noche siguiente nos pillaría en poblado; y preparar la recogida del vivaque para tener dispuesta la partida a temprana hora mañanera.

”La entrevista que pudiéramos llamar bucólica fue algo curiosa e interesante. Cerrada con tesón estaba la noche al disponernos a la diplomática visita, que tenía por fin, además de cumplir un deber de vecindad, obtener sin proposición directa, sistema eficaz comprobado, el porteador que necesitábamos. Con los faroles individuales alimentados por cabos de vela, que facilitaron la visión entre tinieblas, empezamos a trepar por los altos vericuetos del murallón que encerraba nuestro accidental dominio para acercarnos al lugar de la majada, que recientemente habían trasladado los pastores a regular distancia de nuestra residencia. No tardamos en coronar la altura, y pronto también el resplandor enérgico de una hoguera lejana, granate vivido en aquel campo negro, nos indicó la parte donde se encontraban los conspicuos rabadanes en cuya busca íbamos. Los perros fueron los primeros en advertir nuestra proximidad, y destacados al encuentro nos recibieron con ladridos y saltos, ante los que hubo necesidad de tomar guardia, pues al parecer más tenían de amenaza y agresión que de zalema y regocijo. Las ovejas, tumbadas a su albedrío, corrieron asustadas, quebrantando su reposo por la inesperada incursión nuestra, y en un momento rapidísimo, por obra de unas cuantas que sugestionaron con su miedo a las restantes, se armó un tiberio fenomenal, que los zagales apaciguaron con grito, imperativos y requiebros familiares.

”Tan aparatosamente comparecimos en el grupo pastoril, único que no se inmutó, dejándonos sorprendidos del carácter folklórico que tenía, nota recia de insuperable atractivo, digna de ser perpetuada en un lienzo por pinceles especializados, como los de Velázquez o Franz Hals. Debido a la hora de descanso que transcurría, encontramos reunidos a todos formando un conjunto numeroso, que hasta entonces no habíamos contemplado ni supuesto. Sus trajes de pana de diversos estilos, abarcas de cuero y goma, gorras y cubrecabezas de tipo escandinavo, con pieles ribeteando sus adornos y orejeras; bordones de férreo regatón con su gancho ondulante que permite atrapar a las reses necesitadas de ayuda; morrales de pelleja blanca, mantas terciadas y demás útiles de corriente uso, les daban un aspecto de indudable sabor pictórico. Formados en semicírculo ante un trípode de troncos, desnudaban de su piel y limpiaban interiormente una oveja acabada de matar, y que pendiente cabeza abajo del rústico artilugio, justificaba la para ella triste verdad de los refranes.

”Los canes esperaban su parte en el festín, y tan impacientes se mostraron, que más de una vez cayeron sobre manojos de vísceras aprovechables que no eran para ellos, teniendo que ser rechazados con violencia, razonamiento incontrovertible que acataban en el acto. El cuchillo del matarife chispeaba, carnicero, a los movimientos de la mano activa que lo manejaba, y un vaho de sangre caliente y malolientes vapores de las madejas intestinales, que arrancadas salían a superficie, envenenaban el ambiente del corro.

”Las caras de los pastores, musculosas y bruñidas por el sol de altura y el libre aire del Pirineo, se congestionaban a medida que las llamas de la hoguera las pintaban siniestramente con pinceladas bermejas, que se vivificaban con intermitencias siempre que alguien azuzaba el rescoldo añadiendo nuevos trozos de leña. Nosotros tres, con nuestra ropa de montaña, éramos lo discordante del grupo, pareciendo que en complicidad interveníamos tranquilamente en el sacrificio o que, por contra, comparecíamos en el papel de reos ante un conclave extraño.

”No faltaba en formación el tipo curioso, pigmeo y resistente que encontramos en el lago de Cavallers, y que de paso hacia el collado de Rius charlaba con sus camaradas, que nos traducían a veces sus frases incomprensibles. Enterado de que había propina sugestiva para quien transportara un bagaje, repuso, entornando sus ojillos, que parecían picarescos y eran inocentones: Si fuera más joven iría con ellos; pero tengo ochenta años y no puede ser, que vaya uno de esos zagales jóvenes y fuertes. Con la despedida le anunciamos la cesión de las cosas que no debíamos conservar: latas vacías, la grande del aceite con alguna reminiscencia todavía, verduras, pan…, pequeñeces de gran utilidad para ellos y dádiva oportuna que nos valió la promesa del ayudante pretendido. Aunque no acababan de determinarlo, les facilitamos la solución diciéndoles que el importe del servicio podría repartirlo con los demás, que atenderían a su menester durante la ausencia; así no hubo ya inconveniente y designaron a cualquiera.

”Dimos por terminada la entrevista, una vez cumplidos todos sus extremos, y regresamos a nuestra cueva”.

Un interesante retrato etnográfico. Que, por lo demás, aportaba su granito de arena para sustentar la tesis de que los pirineístas, en cuanto podían, preguntaban a los montañeses sobre las cosas de su tierra. No en vano, tenían una necesidad vital de informarse…

De España y Palarea publicó su siguiente trabajo sobre esta travesía, dentro del mismo diario, un 22 de febrero de 1931. En él describía su noveno día de periplo: una de las etapas de gala, como el periodista detalló. A las 5:00 h ya estaba, junto a sus camaradas, despierto y en pie de guerra, aguardando a quien iba a ser su guía leridano. Llegó a la hora acordada, a tiempo de saborear una pitanza sobria a base de leche condensada, chocolate, rebanadas de pan y manteca:

“El pastor también fue puntual y compareció oportunamente, desayunando con nosotros y saboreando cuantos comestibles se le sirvieron, cosas nuevas para él en absoluto, que elogió a su manera, y de las que repitió. Terminado el refrigerio, se adjudicaron las mochilas, de peso nada grato, y abandonamos la residencia, nuestro albergue de tan pocos días”.

El ahora cuarteto cargó con toda su impedimenta, entre la que constaba, según Martínez Nacarino, “los pocos comestibles que quedan”. Los madrileños se habían comprometido con su improvisado guía a que emplearían sus servicios hasta el mediodía para que pudiera regresar con luz a su cabaña. Pero esta asociación no iba a funcionar del todo bien:

“Partíamos sin saber exactamente el emplazamiento de los picos que buscábamos, pues fue imposible estudiarlo a la distancia a que estaban, dificultadas además las diversas intentonas por las marañas de nubes que siempre habían escamoteado la lejanía. Nos enfilamos, no obstante, con acierto buscando la dirección suroeste del extremo superior del Tuc de la Tumeneia, cuyo arranque sabíamos estaba en la cuerda misma de los Besiberri.

”El individuo que venía con nosotros [el pastor reclutado cerca de Cavallers], y de quien nos convertimos en guías, no sabía ni poco ni mucho del sitio al que pretendíamos llegar, desconociendo además, y por lo tanto, lo que en el trayecto encontraríamos. En papel de convidado de piedra marchaba a nuestro lado, tirándose necesariamente por donde nosotros y yendo a la zaga casi siempre, sin hablar una palabra ni alterar los músculos de su rostro. Hubiese sido curioso poder averiguar lo que pensaría en aquellos momentos al ver que nosotros, sin obligaciones serranas como él, nos lanzábamos con toda decisión por terreno tan dificultoso, demostrando disposiciones muy posiblemente superiores a la suya, que por razón de lógica estarían en pleno desarrollo por su entrenamiento diario en aquellas asperezas.

”Al pasar por el frente de la majada amiga gritamos a los pastores en salutación postrera, y si contemplaron la figura inalterable del ayudante que nos mandaron, tal vez rieran con ganas […]. A la hora acostumbrada, los pastores se dispusieron al cotidiano quehacer, y en pocos momentos el mar de cabezas de miles de reses que descansaban con tranquilidad se pusieron en conmoción a las voces de mando del rabadán, que con esfuerzo insignificante movilizaba toda la mesnada. Las ovejas comenzaron a invadir materialmente las paredes del cóncavo, y sin movimiento aparente avanzaban lenta, pero firmes, diseminándose la dula en diversas puntas, ganando los collados en compacto desbordamiento y tejiendo en verdad una red disforme de blancos nudos por toda la región.

”El sol doraba las crestas con mi débil proyección y abrillantaba las ondas del agua, poniendo nota de optimismo y vida en todo el paisaje, hasta entonces gris. El conjunto imponente de los riscos, con los luminosos ojos acuáticos y los violados tonos de los paredones graníticos, determinaba la escenografía en su máximo esplendor, y solo faltaba que voces humanas se unieran a la polifonía de la montaña, torrenteras, balidos, esquilas…, desgranando motivos de sabor regional para damos impresión de que en el gran teatro de la Naturaleza, preparado con sus galas mejores, se desarrollaba una vibrante apoteosis, canto magistral a las sublimes bellezas del Pirineo”.

El relato de la jornada de ascenso en busca de los techos del macizo de Besiberri pierde aquí todo su carácter idílico. Reproduciremos algunos fragmentos del consiguiente avance para retratar las dificultades que tenían que afrontar los pirineístas del primer tercio del siglo pasado. De España y Palarea se sentía atrapado, más que entre la espada y la pared, entre una guía poco exacta y un guía nada avezado:

“Al no mucho rato de trepadas, exploraciones y retrocesos por el laberinto pedricero comprobamos que el terreno empezaba a desentonar con sus incidencias de lo que en el texto y planos de la guía [Soubiron] se marcaba. Un paredón inquebrantable se nos daba pintado para señalar la Tumeneia, unido su eje sin confusión posible al Besiberri Nord, montaña que debíamos trasponer para ganar el collado del Comaloforno, coronar su cumbre, que rebasa los tres mil metros, y atravesando después el col de los Avellaners […].

”Se terminó la barrera que nos orientaba, mostrándonos su primer gran mogote, un collado pequeño, empingorotado en una acumulación de violenta verticalidad, por la que tuvimos que subir a fin de contemplar la vertiente contraria, donde se hallarían, según el librito en que fiábamos, los picos de nuestro objetivo. Ganamos con ahínco la abertura, encaramándonos ansiosos a las moles de granito, que después de formar peldaños balaustraban aquel mirador, desde el que todo lo descifraríamos, y…, así comprobamos, efectivamente, el error en que estábamos. Se divisaban aspectos de pradera en un todo contrapuestos a los que creíamos encontrar; no estaban los picos de referencia, y en su defecto, nuevos hemiciclos empalmaban en serie fecunda con otros análogos, cuyo final no se vislumbraba, sirviendo de eslabones ligativos pequeñas depresiones, semejantes a la que nos sirvió de desilusionante atalaya.

”Nada de esto lo registra la guía [Soubiron], en la que su autor dibujó a placer, uniendo las montañas extremas de su itinerario con un caprichoso trazado ideal, que excluye las incidencias del trayecto, llenas de interés e indispensables para utilizar sus experiencias.

”Ni un ser humano se cruzó en el camino que pudiera aclararnos aquellas deficiencias, ni una frase útil del impávido acompañante [el pastor] añadimos a la controversia sostenida, por lo que convencidos de lo expuesto que sería continuar fiando en el volumen, dejamos de consultarlo y reanudamos el avance pasando una sucesión de inacabables circos, con sus lógicos inconvenientes de zonas nevadas, cantiles bravíos y pasillos difíciles colgados en sitios insospechados y algunos hasta sin salida posible […]. Para complemento se hizo patente la desanimación del pastor al ver que su despido, creído inmediato, se alargaba más de la cuenta, pues que no acabábamos de encontrar sitio conocido; pero haciéndonos los desentendidos continuamos la trotera, venciendo sus interminables obstáculos.

”La hora del almuerzo nos sorprendió en esas dudas, y obligados a un alto ex profeso, consumimos parte de los comestibles enmochilados, que aunque suficientes para mantener alimentado a cualquiera, al silente rabadán le parecieron fruslerías, dada su costumbre de engullir tocinos y carnes abundosas. El chocolate, las almendras y la leche condensada eran distracciones para su estómago, no un alimento serio, habiendo recibido la impresión de que comenzábamos la comida por los postres. Bien porque, en efecto, no quedara satisfecho o por su cansancio o inexperiencia, al cruzar los neveros resbalaba y caía, deslizándose en algunos bastantes metros más de lo conveniente”.

Solo restaba despedir a aquel hombre, tras haberle pagado lo convenido. Una vez más, los pastores demostraban no conocer el camino hacia los grandes picos. No solo con los extranjeros que les habían contratado para tal fin en sus majadas a lo largo del siglo pasado. Ahora, también con los nacionales. Era lógico: las puntas de granito y nieve tenían para ellos un interés muy relativo. Nuestros peñalaros quedaron, pues, “solos los tres, con la fracasada guía [Soubiron] en la mano, que no sé por qué no tiramos por un despeñadero”.

Hasta que, al día siguiente, no se encaramaron a la punta Senyalada, donde descubrieron una tarjeta de otros colegas bajo su torreta de piedras, no lograrían orientarse mínimamente. Así era la práctica del pirineísmo en 1930.

 

  1. En efecto: abundan los testimonios escritos de estas relaciones “sobre el terreno” entre montañeros y montañeses. Iré sirviendo más, ya centrados en el territorio que ha tenido a bien “trabajar” esa Comisión Asesora de Toponimia que parece haberse “ocupado” del llamado Proyecto Tresmiles. Alguna de estas “entrevistas a pirenaicos” es muy interesante, ya lo veréis…
    El caso del “trek” de Arnaldo de España en 1930 me ha parecido especialmente oportuno, a pesar de salirse del territorio aragonés, debido a que las investigaciones realizadas sobre el terreno, tanto en el tema de los nombres como en el de las rutas, las sacaron adelante tres hispanos, sin demasiados problemas para entenderse con sus compatriotas. Al menos, en teoría. Y casi al término del periodo clásico de la descubierta pirenaica, muy alejado de esas añadas de finales del siglo XVIII que tuvo que vivir, por ejemplo, Louis Ramond de Carbonnières (a quien parecen tenérsela jurada en algunos sectores de Aragón, cualquiera sabe el porqué)…
    No fueron los únicos montañeros con interés por la toponimia montañera, como se irá viendo…

  2. Ya estoy en casa Alberto. Y en el repaso de los Heraldo de Huesca viejos he encontrado una noticia que te puede interesar del 14 de julio. Va sobre los “820 topónimos que preservan la memoria”. No te preocupes que este reportaje de Sergio Serrano solo dice cosas sensatas. A un maestro especializado en filología aragonesa llamado Alberto Gracia le ha encargado la edil de lengua aragonesa oscense una recuperación de topónimos. La nota era tirando a corta pero en ella SE EXPLICABA que se estudiaron 820 topónimos de la ciudad de Huesca y alrededores; que se contó con una veintena de informantes de las localidades que SE CITABAN, añadiendo su rango de edades; ACLARANDO que “se ha recurrido a fuentes documentales y escritas como el archivo municipal de cartografía”. Me chocó que el investigador reconociera “la dificultad de recuperar algunos de los nombres ya que los propios encuestados desconocían los topónimos que usaban sus vecinos”. Y también que el destino final del estudio fuera su depósito en el Archivo Municipal de Huesca y en otras instituciones “para que cualquier persona pueda consultarlo”. Ya ves que en esta tierra no siempre se hacen las cosas a tontas y locas.

  3. Muchísimas gracias, Makako: no, no conocía esa noticia tan esperanzadora… ¿La toponimia aragonesa vuelve al camino de lo racional…? Espero que así sea, pues estoy de acuerdo contigo al cien por cien: el procedimiento seguido por Alberto Gracia me parece, visto desde aquí, impecable… Es una gran noticia la recuperación de nombres antiguos, pero más todavía lo es que no se pretendan imponer a nadie… A fin de cuentas, hace ya muchos años que se define a la Toponimia como “la más inexacta de las Ciencias”… Salvo que, claro está, algún arqueólogo halle una tabla en piedra con los nombres de, por ejemplo, los tresmiles aragoneses, grabados al fuego y firmada por Yahvé… Que pases unas buenas “sanlorenzadas”…

  4. Más notas de prensa viejas que no se si tendrán algún interés Alberto. He encontrado en el Diario del Alto Aragón del 13 de julio de 2017 otra cosa curiosa. En la sección de Montañismo que lleva Carlos Bravo y donde sobre todo se da cuenta de la actividad de los clubes de Huesca se hablaba de las últimas actividades del Centro Excursionista Ribagorza y del Club Montisonense de Montaña. Los de Monzón se fueron al “pico de la Munia”, dejando para otro día “el pico Robiñera”, atravesando “el Pas du Chat” por su cuerda fija, y avistando desde lo alto “el circo de Troumouse”, descendiendo seguidamente al “collado de la Munia”. Mi pregunta: ¿alguien va a hacer algún caso a la Lista Soro? Igual nos estábamos preocupando en vano.

  5. Pues ya lo creo que tiene su interés, Makako… De hecho, tus recortes de prensa parecen confirmar lo que (supuestamente) me dijo un miembro de la Comisión Asesora de Toponimia: que contaban por adelantado con que los montañeros no harían caso de sus nombres y que seguirían utilizando los suyos, los de siempre (o eso me pareció escucharle)… Entonces uno se pregunta para qué se molestan en verter toda su creatividad en algo que, según contemplan ellos mismos, no va a cuajar: ¿es un mero ejemplo de una mera recolecta de votos al pie de las montañas y al precio que sea…? De nuevo gracias por tu aportación simiesca…

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