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Al Aneto desde Espot

Mucho me temo que la entrada anterior haya podido producir alguna impresión errónea. En contra de las actividades de cierto toponimista ocasional llamado Arnaldo de España y Palarea. A mi entender, nadie debiera de tirar piedras contra este tejado: dicho periodista hizo cuanto pudo en el complicado escenario pirenaico del primer tercio del siglo XX. Lo que no es poco.

Gran parte de los problemas actuales en la imposición de nombres a los tresmiles aragoneses se hubiera podido evitar si los lingüistas de hace cien años hubiesen mostrado interés por realizar tanto labores de campo como de biblioteca. Serias y, como hoy se dice, pluridisciplinales. Es decir: cuando la media montaña pirenaica aparecía bien poblada de pastores y las regiones altas acogían, aunque menos, a varios puñados de cazadores y guías autóctonos. En cualquier caso, sigo pensando que el trabajo de recopilar estos testimonios valiosos de labios montañeses se realizó con toda honestidad desde el colectivo montañero. Un gremio poco capacitado para los asuntos meramente lingüísticos aunque, sin duda alguna, interesado en extremo por conocer los nombres de los parajes que recorrían. Seguro que muchos de ellos pensaron en su día que ojalá se los hubieran encontrado etiquetados y catalogados con los nombres designados por el Sumo Hacedor…

Entre estos pirineístas que se preocuparon por obtener datos de los naturales de la cordillera merece plaza destacada De España y Palarea. Vamos a conocer un poco sus cuitas del verano de 1930, cuando abordó, junto a otros compañeros, igualmente miembros de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, una original subida al Aneto desde…, la población leridana de Espot. No nos entretendremos en los aspectos andarines de este memorable trek de medio mes de duración, buscando a cambio alguno de sus contactos con los moradores de la montaña de baja y media cota. Antes, airearemos los objetivos eminentemente deportivos de nuestro cronista, quien de este modo se definía en la primera de sus veintitrés entregas para el diario El Sol, un 12 de octubre de 1930:

“Para un serrano de verdad, alpinista que mal dicen, la alta montaña es su principal objetivo, y por ello en nuestro país la cadena pirenaica, varia, imponente y magnífica, es la Meca del Trepador”.

La primera etapa de esta travesía de larga duración la abordó, junto a Joaquín Martínez Nacarino y Álvaro Menéndez, acompañado por un mulero de Espot. La presencia nativa en la expedición sería lo habitual. Tras instalar su campamento cerca del estany de Sant Maurici, De España y Palarea contactó con otro habitante de la zona: un pescador que, justamente, se ganaba “una buena cantidad de pesetas” vendiendo truchas asalmonadas a los montañeros que por allí pululaban. Tal sería la tónica de los días futuros: los peñalaros se iban a esforzar lo suyo por relacionarse, ya en los pueblos, ya en las alturas, con quienes jugaban en casa. Pongamos un ejemplo de lo que a todas luces parece un intercambio cordial de información entre urbanitas madrileños y montañeses leridanos:

“Un pastor de lenguaje difícil, que agitaba un cencerro para atraer si podía unas reses que perdió, según nos informó amable, obsequiándonos con el vino de su bota, fue el único ser viviente que durante todo el día encontramos”.

Sin embargo, toda la actividad indagadora que, como iremos viendo, se fue desarrollando, no iba a ser suficiente para orientarse mínimamente en las regiones superiores. Las que más interesan a los montañeros, claro. Así, en cuanto se plantaron sobre cierto puntal que creyeron el más elevado del macizo de Els Encantats, comenzaron los debates y pesquisas entre madrileños para determinar su identidad:

“No existe libro registro en la cima, y a falta de lápiz, que había quedado con las mochilas en el campamento, raspamos sobre una madera carcomida hallada en casual, grabando así fechas y nombres con un cartucho recogido allí mismo de algún cazador reciente, a juzgar por la brillantez del metálico casquillo […]. El primer escalador de la cumbre que acabamos de visitar, llamada por los franceses el Midi d’Ossau español, fue Maurice Gourdon, en julio de 1879, cuando se llamaba con modestia pico de San Cristóbal al que hoy, con mayor énfasis, denominan Gran Peguera”.

Nuestro trío de peñalaros viajaba sin mapas y con el único auxilio de las indicaciones y croquis de una guía Soubiron de 1920. Por eso su interés por obtener toda la información posible en sus encuentros con montañeses o excursionistas locales. Fuera de este recurso, apenas contaban sino con el auxilio del “altímetro, marcador perfecto según comprobamos durante todo el viaje, que empezó a renquear sin saber por qué, de modo que al dar una altitud por buena la cotejábamos desde entonces con las registradas por otros”. En lo referente a sus relaciones sociales, De España y Palarea destinó toda suerte de elogios hacia la amabilidad que les demostraron “los amigos catalanes”. Sirva como muestra los cuatro barceloneses que les acompañaron hasta el Portarró d’Espot, junto al inevitable mulero con sus cargas sobre la acémila. También pudieron ampliar sus conocimientos de la región cuando, sobre el referido collado, se les añadió el capellán de Boí. Los castellanos irían atesorando toda clase de contactos informativos durante su periplo. Incluso en Caldes de Boí:

“Las deficiencias de alimentación que llevábamos acumuladas tuvieron cumplido hartazgo, a punto tal, que era un sonrojo indudable la rapidez con que desaparecían de nuestra mesa las viandas que nos presentaban, teniendo que ser repuesta enseguida para que pudiera servirse el que hacía el número cinco, pues antes de su turno quedaban agotadas. Fuimos sin duda el clavo de todas las miradas y comentarios, pues un comedor en donde convergen estómagos sometidos a plan facultativo está profanado cuando aparecen gentes de tan inusitado apetito como el nuestro.

”Satisfecha nuestra gastronomía por vez primera desde que salimos de Madrid, asistimos a la tertulia del café, establecido en los sótanos del hotel, lugar tenebroso, estilo de los apachescos rincones tabernarios de Montmartre, con un análogo moblaje modestísimo, clásicos aparatos de iluminación, música de gramola y partidas de naipes. Distraída la sobremesa, nos retiramos a descansar de aquella jornada, en la que empleamos todo el día; no sin antes preparar algo para la continuación de la marcha a la siguiente fecha con dirección a la región alta de los grandes lagos. Despedimos al portador de las mochilas [de Espot] y apalabramos otro, indígena [de Boí], que lo sustituyera […].

”Un buen amigo dejamos en el establecimiento termal: el administrador, don Eduardo Estalella, cultísimo delegado de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, a quien se debe el descubrimiento de fósiles en Santa Coloma de Queralt, labor de investigación interesantísima, pues borra de la lista de exenciones a esa espléndida comarca tarraconense. Los ejemplares por él reunidos se remitieron a las academias extranjeras y nacionales, que comprobaron la importancia de los yacimientos descubiertos. El olvido de consignar en algunos textos e informes el nombre del investigador autor de los hallazgos nos permite rendir este tributo de justicia al erudito dirigente del balneario”.

Como suele ser habitual entre los de nuestro gremio, mediante estas relaciones los peñalaros irían enriqueciendo el anecdotario de su aventura con aportes de toponimia y de tradiciones montañesas:

“Visitamos la fuente del Bou [en Caldes de Boí], que desplaza 350 litros por segundo, y bebimos de sus tres caños, a variada temperatura por afluir otros tantos manantiales diferentes, muestras de su riqueza termal. El nombre obedece a un hecho histórico que recuerda por su analogía el de los descubrimientos de La Toja, en Galicia. Cuentan que un buey, rezagado de su grupo, que a diario pasaba por allí, bebía del manantial que hoy lleva su denominio, y que esta res, enferma de los pulmones, sanó por completo, demostrando los análisis a que en consecuencia sometieron el agua el porqué de aquella sorprendente curación que el instinto había procurado al animal”.

Sin duda que el turismo de alta cota leridano le debe mucho a los reportajes que, con regular periodicidad, fue publicando De España y Palarea en el importante diario El Sol. Una excelente carta de promoción de unos parajes pirenaicos donde apenas acudían sino los excursionistas catalanes. Nos despediremos de esta entrada inicial con los párrafos propagandísticos que nuestro cronista firmara en la séptima entrega (6 de enero de 1931) de esas “Rutas montañeras-andanzas pirenaicas” donde registró su trabajoso ascenso al Aneto desde Espot:

”Es [Boí] un gran centro de excursiones para sitios importantes de la cadena pirenaica, y su belleza tan absoluta, que no encuentro ya palabras diferentes para demostrar mi admiración y conseguir dar a comprender la maravilla de los diversos sitios contemplados en el trascurso de mis excursiones por el incomparable Pirineo español. El conjunto de los altísimos picos que coronan las profundidades con paredes cortadas a vivo cantil; los bosques trepando por las vertientes con su apretada grey de arces, abetos, robles, hayas y sauces, que predominan, y las manchas amplísimas de neveros y glaciares, relucientes a perpetuidad, dan a esta parte de la montaña un aspecto tan portentoso, tan de privilegio, que alguien creyó ver una síntesis del Paraíso terrenal; en su elogio llegaron a decir los extraños que hasta los animales dañinos, que abundan, dejan de molestar al hombre. Se conoce que las alimañas, influidas por lo bello del lugar en que viven, pierden por dominación sus condiciones peligrosas, poniéndose a tono con cuanto las rodea, ambiente bravío, pero ubérrimo de paz y sosiego.

”El acceso a esta sede laberíntica de lo sublime es, como dije, por un sendero arcaico y deficiente, por el que no cabe más que un caballo. Los quebrantados de salud que acuden buscando vida tienen que hacer un viaje absurdo hasta llegar a puerto de salvación, y así, cuentan que una personalidad eclesiástica dijo, al caer rendido, después de sufrir el recorrido: Tienen que curarse a la fuerza los que aquí vienen, pues de no morir por el camino, prueba es de que su naturaleza tiene temple de bomba; el traqueteo y las fatigas les hacen sudar las toxinas que los envenenan; las aguas rematan el milagro.

”A nosotros los montañeros nos placen esos vericuetos, que están en relación con el paisaje; un sendero así, aunque anodino atendiendo a su finalidad, que es conducir al balneario, es lo único armónico con la Naturaleza, y no volveríamos jamás a sabiendas de que en la polifonía natural de la plena montaña habían de mezclarse estridencias de claxons, y a las oleadas puras de perfumes campestres, vaharadas de gasolina u otros carburantes apestosos.

”No obstante, y como el egoísmo no entra en nuestro racial, comprendemos el derecho de todos a disfrutar de tales prodigios, y la atracción de los que por comodidad o escasez de facultades caminan en pies ajenos sería una fuente de ingresos importantísima, calidad única que falta en la pródiga región. Hay que cultivar, por lo tanto, el turismo para orgullo del país y para que todos conozcan el suelo patrio, que por ahora solo se visita en plan de heroicos andarines. Por ello es una necesidad de imperio la ejecución de proyectos que acaricia la Diputación Provincial de Lérida, tales como el de construcción de un camino de coches entre Esterri, Espot (en vías de terminar este trozo), San Mauricio [Sant Maurici], Ratera, San Nicolás [Sant Nicolau], Bohí [Boí] y Pont de Suert, para, enlazando con el del túnel de Viella [Vielha], valle de Arán [val d’Aran], puerto de la Bonaigua y Esterri, marcar un circuito de alto fuste en lo más espléndido de la serranía. Ello requiere, naturalmente, la ayuda oficial extraordinaria, pues las disponibilidades corrientes se dedican a obligaciones de menor cuantía. Nuestro voto a favor, como prueba de desinterés y patriotismo, aunque como montañeros de corazón y convencimiento tengamos que buscar otras rutas para frecuentar esos lugares de nuestra predilección, huyendo de esa vía amplia y tal vez anacrónica que el progreso abrirá al rodaje moderno de tracción mecánica”.

De este modo viajaban por el Pirineo nuestros ancestros de 1930. Nuestros hoy desdeñados y arrinconados tatarabuelos…

12 Comentarios

  1. Sobre todo con la absoluta contundencia que aplican a su ya clásica y pobre frase “El topónimo A (inventado por …) lo hemos sustituído por el original en aragonés B que es el que se ha usado siempre”. Yo, que solo llevo 35 años hablando con los autóctonos (jóvenes y mayores tristemente ya fallecidos algunos), no recuerdo ningún apunte concordante con la imposición de la Comisión. No sé, deben pensar que montañeses y montañeros somos gili…

  2. Pues fíjate, Eduardo, que a mí me deja alucinado la soltura con la que entonan (en sus parcos comunicados) esos políticos del Gobierno de Aragón que se han erigido como portavoces del Proyecto Tresmiles, la cancioncilla de que tal o cual topónimo fue “inventado” por este montañero o por el otro… Se repiten que no veas con los casos de los picos del Infierno o del Monte Perdido, que parecen unas montañas a las que han podido coger especial tirria.
    En el fondo admiro a estos caballeros, patrocinadores de la Comisión Asesora de Toponimia, y lo he de reconocer abiertamente: yo no tendría lo que hay que tener para dejar caer sus afirmaciones con tanta alegría, tanta contundencia y tanto alarde de escasez de conocimientos sobre la crónica histórica.
    Voy a hacerles un poquillo sus deberes; al menos, en el caso más “infernal” de los arriba citados…
    Desde algo antes de subir a los hasta hace poco denominados como picos del Infierno (así, no se trató de un caso del mal llamado “derecho de conquista”), Henry Russell recopiló datos sobre esta gran “mole de mármol”. A él le debemos sus más tempranos topónimos, pues habló del “pic Bondellos” (aunque sonaba parecido al hoy admitido como “Pondiellos”, vete a saber si esta versión temprana era o bien más pura o bien una mera derivación, más que una deformación) y del “col d’Enfer” (collado del Infierno, en singular, pues Russell pocas veces prestaba atención a las puntas múltiples si se hallaban cerca). ¿Y su explicación sobre ese término tan “infernal”?: pues la dio, ya lo creo que la dio, pero dejaré que nuestros sabios autóctonos hagan sus tareas de verano y la busquen, que tampoco está tan escondida. Y si no quieren trabajar con el calorcillo, o los textos de nuestros pirineístas les repugnan, pues que esperen un poco y sigan leyendo este blog…
    Por cierto que, de paso por Panticosa, Russell habló asimismo del “pic de las Escuellas”, nombre más tarde deformado a Las Escuelas, y hace no mucho “rescatado” como Las Escuellas, con gran pompa y explicaciones sobre los usos pastoriles… También citó prontamente a la “Tendenera” de Panticosa, que no la “Tendeñera” de otras vertientes…
    Para mí, todo este asunto del Proyecto Tresmiles permanece inmerso en un oscurantismo que no veas. Me intrigan en especial varias cuestiones: ¿los toponimistas aragoneses de nuevo cuño no leen nada de nada sobre esos temas pirenaicos que supuestamente estudian? ¿O será que nuestro colectivo montañero les produce cólicos nefríticos por algún motivo inconfesable?

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