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No somos…, sino montañeros

Como decíamos (en parte) ayer…

Se considera que la actividad montañera, que no la montañesa, arrancó en el Pirineo hacia 1787. Primero con exploradores o botánicos, luego con cartógrafos, y a partir de mediados del siglo XIX, con los primeros turistas. Turistas, sí: actualmente, un sector vinculado al 10% del PIB de Aragón. En fin; dicho trasiego originó una literatura que se estima en unos 20.000 libros e infinidad de artículos de todo tipo, desde lo estrictamente deportivo a lo naturalístico o cultural. Y una serie de tradiciones que en algunos casos rondan los dos siglos de antigüedad. Entre estas últimas estaría el censo de muchos de los nombres de las grandes cumbres.

Según las crónicas, cuando ni los mapas detallados ni las guías existían, el problema de identificar los vértices fue solucionado mediante diversos sistemas. Por lo general se preguntaba a los montañeses; entonces, muy entremezclados los de ambas vertientes pirenaicas y con lenguas bastante similares. En algún caso se nombraron los accidentes del terreno con el apellido de su primer ascensionista conocido o de sus guías locales. Más que como un monumento hecho roca al egocentrismo, como mero jalón señalizador: “Aquella es la cima que subió Russell”, se decía, mientras se apuntaba hacia el vértice en cuestión, rodeado por todo un mar de picachos desconocidos. Con el tiempo, el colectivo pirineísta eliminó unos nombres e hizo perdurar o evolucionar otros. El mero uso de un topónimo determinaba o no su aceptación en nuestra tan grande como variopinta familia de montañeses y montañeros.

La más temprana lista de tresmiles del Pirineo aragonés fue creada en 1932 por el riojano Lorenzo Almarza, fundador del club Montañeros de Aragón. Tras ésta llegaron otras, casi siempre para uso deportivo de los, digamos, turistas de alta cota. En 1989 apareció una Lista Buysé para todo el Pirineo, con un total de 212 cumbres de más de 3.000 metros; la mayoría, en Aragón o en sus zonas fronterizas. A pesar de la controversia por asignarse ciertos bautizos de cimas “entre amigos”, es hoy la más utilizada. Últimamente un grupo de apasionados del montañismo, el colectivo Cazafantasmas (entre quienes no tengo el honor de contarme), trabajaba de un modo muy serio para corregir sus defectos.

Mientras tanto, por diversos mapas y guías comenzaron a aflorar nombres que nunca antes se habían oído, de los que no existía la menor referencia entre el ingente material escrito. Se quitaban y se ponían topónimos en apariencia por capricho, sin dar ni las explicaciones ni los nombres de los autores de tales decisiones. Esta actitud siempre ha chocado con la arraigada costumbre montañera de difundir cada novedad importante en las múltiples publicaciones que existen en ambos lados de la cadena. Parecían excentricidades inofensivas, aptas para el consumo propio. Ahora muchos hemos de entonar un mea culpa por no haber actuado con mayor contundencia en la solicitud de justificaciones con cada pliego o texto que se editaba.

En junio de 2016 se anunció que, a petición de la Federación Aragonesa de Montañismo, y con objeto de corregir, entre otros asuntos, los errores de la Lista Buysé, se constituía desde el Departamento de Vertebración del Territorio, Movilidad y Vivienda del Gobierno autonómico cierta Comisión Asesora de Toponimia cuyos misteriosos miembros (a día de hoy solo se han identificado a cuatro de sus componentes técnicos) se centrarían en el llamado Proyecto Tresmiles. Que era tanto como decir: la determinación de los nombres “auténticos” de las cimas de más de 3.000 metros de altitud en Aragón. El anuncio fue recibido con cierta esperanza entre los más cándidos (como yo), confiando en la idoneidad de sus enigmáticos integrantes. Pero en los comunicados a los medios se presentó una faz eminentemente política, por lo general encabezada por el consejero José Luis Soro y por varios de sus directores generales. Apenas se sabía nada de la decena personas restantes. Sin embargo, lo más preocupante era que a ninguno de los citados o los imaginados integrantes se le conocía por haber publicado con anterioridad trabajos sobre tresmiles de una mínima densidad. Al menos, con cierta difusión entre sus principales usuarios: los turistas de montaña.

En febrero de 2017 la Comisión de marras sirvió unas primeras conclusiones a modo de adelanto. Estaban llenas de falsedades acreditadas como tales desde los textos históricos. Algunas de ellas, como las referentes al Monte Perdido o a los picos del Infierno, muy burdas. En este avance se acusaba a los primeros montañeros, mayoritariamente foráneos, de inventar las designaciones de cumbres, cuando en las crónicas se proclamaba que lo corriente era preguntar a los guías locales. Además, desde el ya mencionado Departamento del Gobierno de Aragón se adjudicaba a estos exploradores tempranos el mérito de asignarse nombres de cimas de forma caprichosa, cuando esto solo sucedió, durante el periodo clásico, en contadas ocasiones.

En junio de 2017, tras una añada tan solo de actividad, se presentó la lista que emanaba del Proyecto Tresmiles. Hasta donde se sabe, sin haber realizado ningún tipo de consulta o de exposición pública ni en la Federación Aragonesa de Montañismo ni en los clubes con más solera de nuestro deporte. Si estas formas han sido muy criticadas, más aún lo ha sido el fondo del asunto: los 160 nombres en sí, de los que, por ejemplo, han desaparecido casi todos los apellidos de pioneros franceses o catalanes, fuera su mérito el que fuera para que estuviesen allí previamente. Otras veces se ha traducido el nombre anterior en uso por otro supuestamente autóctono, carente de la menor tradición entre montañeses o montañeros. Hoy en día se ignora la procedencia del grueso de estos topónimos, pues siguen sin dar ni una mínima explicación al respecto. Se especula si pudieron ser obtenidos de unas pocas encuestas o de meras elucubraciones lingüísticas. Todavía se esperan las ya famosas “160 razones”. Que, si algún día se conocen, incluso pueden gustar.

Ni que decir tiene, la tesis abrumadoramente mayoritaria entre el colectivo pirineísta es que hay que respetar los nombres tradicionales de las montañas. Al menos, los asentados hasta una fecha de referencia en la historia de estas montañas como podría ser, pongamos, 1936. Que, en caso de que algún toponimista haya encontrado una nueva designación en documentos añejos, pues que lo justifique debidamente en diversos medios, tanto especializados como solo divulgativos. Y que, si supera estos trámites, lo añada al mapa para que exista una doble nominación. Si no, su hallazgo no debiera de salir del ámbito de los artículos o libros sobre etnología pirenaica. Mucho de lo recolectado por los pueblos de montaña, eso lo sé bien, se ha de clasificar en el apartado de los “chascarrillos”. ¿O hay que cambiarle el nombre del corredor Estasen al Aneto por el de corredor Nastase por un chiste local de 1980…? En asuntos de este calado la seriedad impera en los países por donde soplan aires del siglo XXI. ¿He hablado de lo que pasa en otras latitudes…?

Por fortuna para nuestros vecinos de cadena (y, para mí, hermanos), los estudios similares en la vertiente norte pirenaica se han apoyado en los cuatro elementos que difundiera, incluso desde el CSIC de Zaragoza, el erudito Pierre Sallenave entre 1948 y 1983: los textos de todas las ascensiones históricas; los de los documentos del catastro y demás registros locales; los del total de mapas de la zona; los de las tradiciones orales de ayer y de hoy. Mucho trabajo, ya imagino. Todo parece apuntar a que, desde el Proyecto Tresmiles, posiblemente con la mejor intención del mundo, o se han creado los nombres o los han obtenido en entrevistas muy, pero que muy recientes. Estas últimas, a tenor de la extrañeza que suscitan en los propios municipios afectados, con participación de escasos individuos. Circulan rumores de que, en realidad, estamos ante una mera estrategia de captación de votos montañeses en una suerte de campaña electoral anticipada…

Así, desde las notas de prensa iniciales se tuvo la impresión de que la mayor parte de la lista era, o diseñada para algún festejo de campaña, o construida con un rigor un tanto dudoso. En el mejor de los casos, a través de traducciones de referencias geográficas que sonaban como autóctonas. Para evitar un bochorno planetario, espero de corazón que todo haya sido un enorme malentendido, un lamentable ejemplo de “soberbia desde el Poder” o de “problemas de comunicación con (nosotros) el Vulgo”. Vamos: que en algún despacho del Pignatelli existan pruebas consistentes que encajen con alguno de los nuevos topónimos que se les ha endosado a estas montañas, y que se dignen en servirlas de una vez por todas. Quien sabe: igual hasta hay que aplaudirles…

A lo largo de estos meses de junio y julio, diversos foros de opinión, tanto en Internet como en trabajos de prensa, sin olvidar los programas radiofónicos, han reflejado el rechazo de un segmento significativo de montañeses y montañeros hacia el Proyecto Tresmiles. A destacar las dos notas que se le dedicara a este asunto en desnivel.com, donde se hicieron eco del descontento generado por el modo de operar y las conclusiones de la Comisión Asesora de Toponimia. Además, sigue funcionando en change.org una campaña de recogida de firmas para derogar el listado que ha encabezado un reconocido experto del Macizo Calcáreo como es Eduardo Sánchez Abella. Yo mismo, poco dado a estos berenjenales, he apostado en diversos ruedos por la retirada de la ya conocida como Lista Soro.

En resumen: un tema penoso que, imagino, nadie deseaba protagonizar y que a todos interesaría poner fin de un modo racional. Por favor: háganlo ya.

  1. Ya han empezado a llegar los primeros comentarios de este asunto… Mejor, no voy a validar ninguno. Sobre todo, pensando en que los más vehementes tengan las vacaciones en paz. De todas formas: gracias por el apoyo, amigos.

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