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La montaña de los treinta y seis nombres

Es una costumbre eminentemente aragonesa: dar opiniones en temas que uno desconoce. A comienzos del siglo XVII nos prevenía contra este peligro el filósofo Baltasar Gracián, insertándolo entre los tres pecados capitales de sus paisanos, que también son los míos. En esta tierra existe un apego que no veas a las tradiciones; deslices gracianescos incluidos. Aunque no siempre esos usos poco recomendables fueron “Made in Aragón”.

La presente entrada bien podría incluirse en la serie sobre accidentes de montaña, dado que su protagonista estuvo a punto de sufrir uno, y gordo, en ese Balaitús de finales de los años veinte del siglo pasado. De no haber superado su percance con éxito, Arnaldo de España y Palarea nunca hubiese redactado la guía sobre el Parque de Ordesa que años después acometería. Mas no, que el texto está orientado, una vez más, hacia la toponimia…

Nuestro madrileño era un sportman culto que se prodigaba bastante por la prensa nacional con unos artículos de divulgación muy amenos sobre las cumbres oscenses y leridanas. El que hoy nos ocupa, “Por el Pirineo del Alto Aragón: Balaitús”, aparecía en El Sol del 17 de diciembre de 1929. Nos servirá para ilustrar sobre los tropezones que fomenta, aunque no sea de forma adrede, el lanzar al mundo unas conclusiones sin una recolecta previa y exhaustiva de datos. Nadie debería tomarla con Arnaldo de España, sino recibir con cierta simpatía sus poco acertadas tentativas en el terreno de la toponimia del Alto Gállego: hace ochenta y ocho añadas apenas circulaba información alguna sobre pirineísmo por nuestro solar. No como ahora.

Por lo demás, los lectores poco interesados en la crónica pirenaica o en los nombres de las montañas disfrutarán con las peripecias de este simpático montañero. A quien lamento de veras haber salpicado de corchetes su texto con alguna puntualización propia. Algo que desearía presentar como una especie de juego, que no auto de fe inquisitorial. Es un recurso muy empleado en otras latitudes que, mucho me temo, hoy viene a cuento. Pero vamos ya con la aventura de Arnaldo de España y Palarea:

“He aquí el nombre obsesión del montañero pirineísta: ¡Balaitús! Es la cumbre más alta del circo de Piedrafita, cuadro único en Pirineos, donde todo es seducción de formas y colores, como opinaba Renauld. Además de la montaña más elevada de esta región es también la más multiforme. Su contemplación desde puntos diversos ofrece una variedad de forma tan contrapuesta, que ocasiones hay en que parece otra montaña distinta. La superficie achatada, panzuda y reducida que muestra desde el Vignemale, la Faja o la Forqueta, es antípoda de la de los cantiles esbeltos y altísimos, de los perfiles abruptos e imponentes que ofrece por el lado del Arriel. La escalada puede atacarse, como es natural, desde muchos lugares; algunos resultan de máximo interés y seria exposición, pero pueden soslayarse bastantes peligros haciéndola por donde yo la verifiqué, que es, sin duda, la ruta menos fatigosa.

”La cima del Balaitús alcanza 3.146 metros de altura, y su nombre ha sufrido todas las variaciones de ortografía y de terminación que han venido en gana a sus visitantes [denota desconocimiento del importante estudio explicativo de los hermanos Cadier en 1912]. Los españoles lo denominamos Marmuré [nombre que no ha cuajado] o Balaitús [que en Sallent pronuncian con frecuencia baláitus]; los franceses, Balaïtous [allí pronunciado balaitús], o Batlaytouse [transcrito al estilo pirenaico]. Se le conoce también por el Cervino del Pirineo [apodo de Henry Russell, bastante criticado] y por el Pico de los Treinta y Seis Nombres [según el historiador Henri Beraldi, quien censó dichos topónimos sobre 1898], lo que indica claramente la evolución de su denominio [hoy, incluso, muchos escaladores le llaman la Araña, por la forma que le otorgan sus aristas desde el aire].

”Su crónica negra estaba exenta de cifras, pues aunque algunas aportó Russell, no parecieron muy ciertas [hubo accidentes no mortales antes del de Carlos Schneider], y por ello pudo escribir Saint-Saud: Tiene reputación tan ruda aunque el color de la sangre no haya jamás teñido más que placas de nieve rosa en sus glaciares. Por desgracia para los peñalaros [miembros de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara], con posterioridad a esas impresiones, en esta cumbre altiva y fiera, en su trayecto de la Brecha [de Latour] al Pico [de Balaitús], rodó mortalmente el intrépido Schneider durante una excursión realizada precisamente para elegir emplazamiento al refugio acabado de inaugurar [de Alfonso XIII].

”En martes y 13, circunstancia advertida por todos, pero callada para evitar supersticiones a los que pudieran tenerlas, partimos del nuevo albergue ocho montañeros españoles: tres de los clubs de Bilbao, y cinco del de Peñalara en Madrid. Pocas patrullas tan compatriotas habrán resultado tan numerosas como ésta, ya que, desconsoladoramente, en el registro de escaladores del coloso de Piedrafita no son frecuentes los nombres que acusen nuestra nacionalidad. Muy de mañana estábamos en pie, dispuestos a la expedición, distribuidas por las mochilas las provisiones de boca y más equitativamente las molestias de los pertrechos necesarios: crampones, cuerdas y piolets.

”Solos ya los ocho excursionistas, atacamos la empinada en derechura al Balaitús, emocionados y animosos. Cruzando múltiples riachuelos que recorren los ibones, pasamos a la margen izquierda del barranco de Vuelta Barrada, frente a la cabaña del Respumoso [hoy se emplea Respomuso], refugio primitivo y ya histórico, de solo cuatro metros de superficie, que llegó a albergar de una sola vez hasta trece personas, que en verdadero amontonamiento pernoctaron; hecho que hizo escribir a mademoiselle Hummel, recordando leyendas orientales, que parecían un cuerpo único provisto de varios miembros. En este chozo, jubilado por la reciente edificación, cobijáronse muchos prestigios: el conde Russell, los príncipes de Joinville, los de Sajonia-Coburgo, conde Saint-Saud, madame Gross-Droz y La Tour [¿el guía Clément Latour?], a más de otros muchos montañeros ilustres de nuestro país.

”Siguiendo la inclinada ladera por este lado izquierdo, alcanzamos el eje del paredón que une a su final con el de la Frondella [en Sallent suelen decir las Frondellas] y que algunos designan con el nombre de Le Bondidière [Le Bondidier], denominio absurdo de perdurar, ya que señala una montaña española [no era el nombre de la montaña, sino de una de las aristas de las Frondellas; otras lucen topónimos de pioneros: Brulle, Robach, Wallon…] con apellido de persona que, según parece, se distinguió por desafecto hacia cosas de aquí [Louis Le Bondidier era crítico con todos cuando, según él, la ocasión lo requería; con el naciente montañismo hispano fue bastante benévolo. Al menos, con la entidad Montañeros de Aragón, que le hizo Socio de Honor]. Esta arista nos hizo llegar al pie del glaciar de Vuelta Barrada por un terreno en el que se hallan todas las características de los rincones pirenaicos. En cualquiera de ellos se encuentran pequeños circos, circundados de picachos altos y bellísimos, sin que falten las notas poéticas de los lagos y neveros ofreciendo toda la gama de lo magnífico con sus callejones, agujas, torrenteras y cascadas. Al fondo del barranco brilla el lago de la Esclusera, del que alguien escribió era la Perla Occidental de Pirineos.

”Tras breve contemplación de este paraje, nos dispusimos a vencer el glaciar que muchos llaman también de Latour, lugar español no obstante su nombre galo [del guía pirenaico de Cauterets que abrió la vertiente aragonesa al turismo en 1873]. Insisto en que estos nombres puestos a capricho por los escaladores extranjeros debieran ser sustituidos, o al menos españolizados [como se haría luego en tiempos de Franco], dándoles si se quiere, en memoria de sus parciales bautizadores, el mismo significado si las palabras tuvieran traducción, pero con fonética hispana. A ello induce también el que la mayoría de estos nombres eran nacionales, aunque desfigurados por la intervención de nuestros vecinos [cierto: hubo algún error al transcribir al francés lo que les contaban a los clientes sus guías galos, casi todos con fuertes lazos con España o incluso aragoneses]. La labor, pues, es tan solo de reintegrarlos a su procedencia con la pureza de dicción y ortografía debidas [es lógico traducir aiguille Anonime por aguja Anónima; pero no parece acertado convertir el glacier de Latour en glaciar de la Torre, o el col de Sarrettes en el cuello de las Saretas, españolizando los apellidos de guías pirenaicos como se ha hecho a veces].

”El glaciar en cuestión tiene una altitud análoga a la del pico Almanzor, en Gredos. Su extensión es de unos cuatrocientos metros, y el desnivel medio, de cuarenta y dos grados, que llegan a cincuenta en su parte más alta, al unirse con la chimenea. Este glaciar, como se ve, de importante inclinación, no es de los verdaderamente peligrosos, puesto que al final, antes del borde del abismo, tiene un peralte oportuno que sirve de freno. De no contarse con él, la exposición habría de temerse, pues dada la violencia del desnivel, las caídas son frecuentes y el vacío es de toda respetabilidad.

”Puedo dar fe de lo de las caídas, por haber sido el primero de mi grupo que resbaló, por marchar desprovisto de crampones, que ya se habían calzado mis compañeros; de cuerdas, que no habíamos querido utilizar para encordamos; de piolets, que llevaban los que se pusieron en cabeza para ir abriendo huella; ni bordón, como los amigos vascos. En cuanto mi bota claveteada pisó la superficie del hielo, rodé por la pendiente a velocidad disparatada. Uno de los bilbaínos, que subía por la parte más baja, intentó detener mi precipitación clavando con fuerza su bordón para que me sirviera de tope. La operación fue concebida y ejecutada con la premura a que obligaba mi loco deslizamiento, y con igual rapidez pasó por mi mente el peligro, casi mayor, de que, mal medido el tiempo, pudiera clavarme la contera, dejándome ensartado como un insecto de colección, ya que la maniobra consistía en dar un lanzazo en el suelo en el momento mismo en que yo pasara por su proximidad. En el crítico instante en que se afianzó en el hielo con los pinchos de su calzado, guarnecido de hierro, y elevó su brazo para descargar el golpe con la gallardía de un heraldo de Elsa de Brabante [personaje de una ópera de Richard Wagner], hubiera tapado mi cara con ambas manos para evitar la visión posible de un homicidio original; sentía mi cuerpo horadado por el amenazante bordón que enarbolaba. Como la eficacia de la operación requería las dos cooperaciones, afronté cara a cara la impresión y secundé en lo posible los buenos propósitos del amigo protector. El acierto fue absoluto: la vara quedó fija en el hielo, y yo pude, enfilándome hacia ella, frenar con las piernas separadas. El encontronazo fue superior; pero me detuvo en mi descabellado e involuntario rodar.

”Reunidos todos para evitar la repetición del accidente, y en fila india, trazando una diagonal ascendente, pasamos al otro extremo del glaciar, y desde allí, a la inversa, con mayor inclinación, ganamos el contrafuerte de la pedrera, frente al collado de la Brecha.

”Dentro ya del perímetro de la Brecha Latour, tuvimos que utilizar las cuerdas para izarnos hasta llegar a las clavijas de hierro colocadas por Peñalara [en realidad, las pagaron: las colocó Eustaquio Urieta con un sobrino], que facilitan de modo extraordinario este paso, de gran complicación. De las trece que existen, solo estaban visibles ocho, quedando las restantes bajo la nieve. Coronada la brecha, principal dificultad de esta ascensión, parece increíble poder bajar por allí al regreso; el mérito de los primeros escaladores [Henri Durand o Édouard Wallon, guiados ambos por Clément Latour] es indudable.

”Se impuso un alto para admirar el paisaje y descansar un poco. El panorama y los horizontes se dominan ya casi a perfección. La Montagne Fermée [o, lo que es lo mismo, Vuelta Barrada], como designan los franceses a la parte acabada de recorrer, es de una gran belleza. Al frente teníamos la crestería del Diablo [Arnaldo no arremete contra este topónimo que se debía a otro galo: Ludovic Gaurier], rematada por su pico de Cristales, y en diversos planos por detrás de ella, hasta esfumarse en la lejanía, él piramidal Gran Faja, pico Aragón, Llana Cantal, toda la barrera este de Piedrafita, el Vignemale, la brecha de Roldán, la entrada de Ordesa… A nuestra diestra, casi al alcance de la mano, las cuerdas de la Frondella, la aguja Anónima, desmoronada su cumbre, mucho más alta hasta hacía poco… Al fondo, por detrás, el glaciar de la Frondella, lagos y aristas del Arriel, el Pallas [o Palas, procedente del apellido de los pastores pirenaicos que utilizaban la majada del pie de la montaña], Soba, el Anayet, el Midi d’Ossau, y a la izquierda, la cumbre del Balaitús [no comete el error de llamarle pico de Moros, un yerro atribuible a Lucas Mallada en 1878], que nos tapaba, para regalamos con él a nuestra llegada, el magnífico panorama, ya abierto del todo […].

”Con el deseo agudizado por la proximidad de los últimos momentos, seguimos escalando canchales hasta dominar la cumbre, y tras un buen rato de resbalones, arrepentimientos buscando mejores sitios en que afianzar pies y manos, desligándonos por neveros y hielos que cubrían la piedra, arañándonos inevitablemente y sin importancia, huellas que afaman, vencimos los 3.146 metros del coloso.

”La compensación de las fatigas que a cada uno le pueda costar la subida tiene un colmo no escaso. El panorama que se ofrece es insuperable en emoción y encantos. La vista abarca una extensión imponente, como si un mapa gigante se extendiera a nuestro pie. Un mar de nubes aparecía ocultando el cielo francés, del que emergían las crestas más elevadas como grandes islotes. El aire puro embriagaba, la mirada se expandía por horizontes dilatados y todo era maravilla y seducción. La nieve, los lagos, los abismos, los colores, los riscos, toda la disponibilidad efectista que se pueda imaginar en terrenos abruptos se reúne allí con tal armonía y variedad, que es imposible describir, y el tiempo que permanecimos en su contemplación fue un éxtasis prolongado del que no sabíamos cómo escapar.

”Firmamos en el libro cumbrero [de cima] que guarda la estadística de las escaladas y que tiene un historial accidentado, en relación directa con la importancia de la montaña a cuyo servicio está. Fue colocado el primer ejemplar por Wallon, y se extravió por dos veces. Un segundo volumen llevóse, y perdido también, lo encontraron unos soldados españoles, siendo recuperado por el conde Russell, previa intervención del ministro de Negocios Extranjeros de Francia y el de la Guerra de España. Volvió a desaparecer, y encontróse en una cabaña de un pastor, cerca del lago Arriel, que lo reintegró, no obstante sus primeras negativas. Colocáronse otros, y allí continúa el último, que fue el utilizado por nosotros. Cuando se llenan son archivados en el museo pirineísta del castillo de Lourdes [por Le Bondidier, quien después estudiaba estos registros y publicaba trabajos magistrales].

”Terminada la operación final de firma, emprendimos el regreso para poder llegar con luz del día a nuestro refugio. Descendimos con pena la montaña, por los mismos lugares de la subida, que, repito, son los más favorables para ello. El paso de la Brecha es de mucha más emoción al retomo, por lo inverosímil de los salientes que hay que aprovechar para asideros, teniendo el vacío, frente a frente, como si nos esperase en acecho. Ayudando como se pudo a algún inexperto de la expedición, novel en lides de alta montaña, llegamos al glaciar, que, aún más helado, borró las huellas que hicimos al subir. Tuvimos que pasarlo por deslizamiento, como medio más práctico, y así pisamos ya terreno firme, en ruta franca hacia Piedrafita […]”.

En fin; estas cosas sucedían cuando un caballero que acudía con cierta frecuencia a las montañas de Aragón y que sin duda llegaba muy bien intencionado, como Arnaldo de España, opinaba sobre un tema tan complejo. Una figura con quien, insisto, habría que ser más que benévolo por sus tempranas inquietudes toponímicas.

Aprendamos la lección: antes de argumentar nada con cierta contundencia, mejor meterle un poco de estudio al asunto. Y ni aun así está uno vacunado contra los resbalones.

11 Comentarios

  1. Hey, Luis… Tómatelo como un mero ejemplo de lo extremadamente complejo que es el asunto toponímico… Un escenario donde lo último, lo último, era entrar en plan de “elefante en cristalera”…

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