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Sobre el “Verlarenen Gipfel” pirenaico

En los dos siglos de montañismo transcurridos los cambios que se han vivido en el Pirineo han sido inmensos. ¡Y no solo en su toponimia, ese tema ahora tan de moda…! En 1817, cuando la recorrió de-mar-a-mar Friedrich Parrot, esta cordillera exigía a sus visitantes todo un derroche de ingenio, bravura y energías. Sin contar con la suerte, que solo podía ser propicia a quienes osaban tentar sus grandes cimas.

En esta tercera porción del viaje de hace dos siglos del germano-ruso, recurriremos holgadamente a su testimonio para vivir la aventura de un interesante ascenso hasta la cota 3.355 metros. No en vano, la expedición de los guías Rondou y su cliente pudo ser la cuarta o quinta de la que existía presencia constatada sobre la cima del Monte Perdido, la mítica Verlarenen Gipfel. Es decir: tras las dos visitas auspiciadas por Louis Ramond (1802), la de Béranger (1805) y acaso otra más de De Marsac. Con el permiso de otros hipotéticos ascensionistas como Zueras o Zamora, claro está.

Retomemos ya el texto de Parrot sobre su Reise in den Pyrenäen (1823) en el itinerario de la brecha de Rolando a Góriz, desde la misma divisoria con Huesca:

“La frontera entre Francia y España se halla en la brecha de Rolando, lo mismo que en otros puertos del Pirineo. La atravesamos y bajamos hacia el sur por una placa de nieve que se orientaba hacia el valle de Broto y que se presentaba oblicua a nosotros; sin embargo, mucho antes de que llegásemos a su reborde, viramos decididamente hacia el este sobre los grandes desprendimientos de piedras calcáreas que aparecían, de forma evidente, como antiguos vestigios de convulsiones violentas.

”Más adelante alcanzamos Millaris. Se le ha dado ese nombre a una meseta horizontal que tiene la misma orientación que la cadena y que está situada en el reverso meridional del macizo formado por el Marboré y el Monte Perdido […]. Ofrecía la particularidad de no formar, como otras mesetas montañosas, una superficie uniformemente plana, sino que consistía un muchas depresiones que le daban un aspecto claro de plato; los bordes estaban sobre elevados por unos metros y eran sin duda los vestigios de estanques de montaña. Ahora incluso, se llenaban de agua en la estación de las lluvias […].

”Pero regreso al itinerario al Monte Perdido [tras una disertación sobre el humus]. Pensaba que si no se habían equivocado de dirección entre la brecha de Rolando y Millaris, ya se había recorrido más de la mitad de estos laberintos. Sin embargo, fue preciso seguir durante una hora y media o dos horas en la dirección de la cadena principal hasta el límite de Millaris, que ahora se perdía en la vertiente meridional del Monte Perdido. Enseguida se percibió, por la izquierda de la cresta, un grueso roquedo aislado que tenía la forma de un prisma triangular de unos 50 metros de alto y lo mismo de espesor. Se le llama Torre de Golis [hoy, de Góriz o Morrón de Arrablo], dado que toda la vertiente sur del Monte Perdido se llama Golis.

”Aquí decidimos limitar nuestra etapa de la jornada para dedicarnos, cuanto fuese posible, al reposo nocturno. Habíamos dejado Gèdre a las 9:00 h, nos abastecimos en Gavarnie sobre las 12:00 h; hice mis observaciones barométricas en la brecha de Rolando; atravesamos seguidamente las siniestras soledades de Millaris y llegamos, por fin, bajo el resplandor de un magnífico claro de luna, a las 21:30 h, a la Torre de Golis. Allí nos recuperamos con una cena frugal compuesta por vino y pan, sazonados con fatiga y esperanzas.

”Si se quiere calcular la longitud de la ruta, hay que descontar dos horas largas en paradas diversas, y así se podría afirmar que sería posible hacer, sin gran esfuerzo, el trayecto entre la brecha de Rolando a la Torre de Golis en tres horas […].

”Era el 19 de septiembre [de 1817] y para esa fecha todos los pastores de la montaña habían dejado ya los pastos altos para dirigirse a las regiones más cálidas de España y Francia.

”El Monte Perdido y todas las montañas que le rodean resultan para el hombre, debido a su situación escondida y a la esterilidad de sus suelos, un Verlorener Berg (Monte Perdido) en toda la acepción del nombre. Si su vertiente meridional es bastante cálida como para no mostrar en ningún sitio nieves eternas salvo en dos depresiones, no se eleva lo suficiente por encima del nivel del mar como para impedir que ciertas plantas florezcan hasta las cercanías de su cima, toda la vegetación exuberante cesa mucho más debajo de Millaris por falta de terrenos fértiles. Por tal motivo, no se encuentran granjas con vacas a gran altitud sobre esta vertiente, y no había ninguna en las inmediaciones de la Torre de Golis.

”Así, cada uno de nosotros buscó en dicho roquedo algún hoyo donde alojarse, mejor o peor, sin un fuego que pudiese preservar nuestros miembros del frescor y de la humedad de la noche, dado que ni cerca ni lejos era posible hallar ni un árbol ni nada que sirviera como combustible. Aunque mi impermeable me protegía de la humedad de este alojamiento incómodo, no llegué a descansar verdaderamente. No iba a estar muy bien dispuesto para subir, al día siguiente muy temprano, a esa cima que estaba solamente a 650 metros de mi campamento nocturno. Sin embargo, no era visible desde aquí, y cualquiera que no hubiese estado antes, lo hubiera buscado en vano durante mucho tiempo.

”Rondou [o Arrondou, alias de Gregorio Taula o Taulat] me indicó que el buen camino era por un vallecillo que estaba al este. Sin embargo, no tenía muchas ganas de seguirlo, pues todavía estaba saturado de nieve helada y, siguiendo su consejo, dejamos nuestros crampones en la brecha de Rolando porque, según recordaba de sus ascensiones previas, dijo estar seguro de que no hallaríamos más nieve hasta la cumbre del Monte Perdido.

”Dirigimos, pues, nuestros pasos hacia la cumbre, encontrando a veces unas pendientes tan fuertes que era preciso trazar nuestro camino tanto al este como al oeste. Finalmente alcanzamos, después de haber perdido dos horas, un palier o grada [las Escaleras] del Monte Perdido, de los que hay dos en esta vertiente, y después descendimos hasta una cubeta rellena con nieves eternas cuya altitud era la misma que la de la vertiente sur de la brecha de Rolando. Finalmente subimos a una segunda grada, tan escarpada como la primera, que permitía alcanzar la cumbre, trepando gracias a los peldaños naturales que allí se encontraban, una chimenea de unos dieciocho o veinte metros de altura, tan estrecha que no dejaba pasar más que un hombre a la vez.

”Este itinerario no era muy difícil en verano, pero al final de la estación, cuando ya había caído sobre las montañas la nieve reciente que, habiéndose fundido por el efecto del calor diurno, cubría de tal modo este corredor de verglás [hielo duro] que obligaba a tratar de subir escalando por la pared vertical del roquedo.

”Por lo demás, me encontré aquí solo con el joven Rondou [Juan Gregorio Taula, o Rondou II], debido a que después de alcanzar la primera grada que había sobre la Torre de Golis, yo mismo le había rogado a su padre que se tomase un largo descanso para reponer sus fuerzas. Nos dijo que, como así fue, todas las dificultades se concentraban por encima de nosotros.

”Su hijo intentó la ascensión por esta chimenea, aunque fue en vano. Si [los pirineístas que le precedieron] De Marsac y, después, Ramond [esta ordenación se refiere a sus entrevistas con ellos] no me hubiesen asegurado que Rondou había subido al Monte Perdido con ellos [aunque no con Ramond], hubiera podido dudar de su conocimiento de la ruta, pues todo parecía indicar que se había olvidado por completo del itinerario o que se había equivocado de camino.

”El clima era propicio. Habíamos perdido mucho tiempo y energías en llegar hasta allí. En consecuencia, no pude decidirme a deshacer el camino tan cerca de la meta sino después de haberlo intentado todo. Tomé, pues, en la mano mi bastón de punta herrada y comencé a subir por el verglás del corredor, que, para gran alegría, me permitió ir mucho más deprisa y fácilmente de lo que me había esperado. El calor de la roca había separado de tal modo la capa helada que con cada golpe de la punta de mi bastón soltaba grandes placas.

”Subí así de un peldaño a otro por el corredor, con el joven Rondou siguiéndome y terminando de soltar, como precaución para la vuelta, lo que había dejado detrás de mí. Así llegamos, tan felizmente como lo bastante rápidos, a la verdadera cresta, que tenía una forma ligeramente redondeada. Sobre un terreno recubierto de guijarros menudos de calcáreo que, sin embargo, habían adquirido cierta estabilidad a causa de la nieve fresca caída, nos encaminamos con lentitud hacia la verdadera cima del Monte Perdido, que justamente había permanecido hasta entonces invisible ante nuestras miradas. Lo alcanzamos un poco antes de las 9:00 h.

”A menudo había estado ya en altitudes elevadas como aquí: seis años y dos días más tarde, me hallaba en el Cáucaso a una altitud de 4.225 metros; un año y dos días antes, me encontraba en los Alpes a una altitud de 3.915 metros. Pero jamás había llegado a alcanzar, como aquí, después de varias tentativas decididas, la cúspide de todo un macizo.

”Ese placer es único, y se basa en un sentimiento noble de que el cuerpo puede elevarse sobre el laboratorio grandioso de la naturaleza virgen, por encima de las mezquinas agitaciones humanas, romper las cadenas espirituales de lo cotidiano, con sus obligaciones y sus inevitables costumbres, y dedicarse durante un tiempo corto, aunque no por ello menos precioso, a las grandes y nobles sensaciones del alma […].

”Estas dos últimas cimas [Cilindro y Marboré], junto con el Monte Perdido, coronan la alta cadena. Su cercanía hizo que los españoles le dieran el nombre de Las Tres Sorettas [hasta 1872 se creyó que tales eran las hoy Treserols], pues ellas se ofrecen con facilidad ante la vista desde sus montañas centrales, pero por esa razón dicho nombre no puede ser empleado en francés […]. Eso es lo que percibí desde mi puesto de observación, un importante montón de piedras que Rondou y sus compañeros habían alzado desde su primera visita para dar testimonio de su acto de valor. Entonces me volví hacia el sur, donde las fértiles llanuras españolas estaban, como las de Francia, cubiertas con brumas espesas, impidiendo que con mi catalejo percibiera las torres de Barbastro y de Zaragoza”.

Aquí interrumpiremos el texto de Friedrich Parrot. No sin antes explicar que el médico aprovechó bien las dos horas que pasó sobre la cima. Así, trabajó en la visual del límite de las nieves eternas, que más o menos establecería entre el Midi d’Ossau y la Maladeta. También trató de determinar con su brújula la posición de los picos más altos de la cadena. Su famoso termo-barómetro le registraría unos 3.346’3 metros [hoy le dan 3.355 metros] respecto al Atlántico… Y tampoco dejó de registrar sus respectivos pulsos sobre el mismo puntal de cierta montaña perdida aquel 20 de septiembre de 1817.

Juan Gregorio Taula y Friedrich Parrot abandonaban la cumbre a las 11:00 h. Lo primero era recoger a Rondou padre antes de emprender el regreso, los tres juntos, hacia Gavarnie. Arribaban a las 18:00 h a esta aldea francesa, donde liquidaron “una excelente comida regada con vino español”.

El germano-ruso no tenía tiempo que perder: reemprendió enseguida su periplo hacia Luz, Barèges, Gripp, Arreau… Entraba en Luchon después de tres días y medio de marcha. Era el 25 de septiembre de 1817 y, tras su esforzada victoria sobre la mayor de las Treserols, Parrot mostró un vivo interés por emplazarse sobre la cumbre de esa montaña Maladetta que, por lo que decían algunos, rivalizaba con el Gigante Calcáreo en altura y magnificencia…

  1. Supongo que quienes deseen saber más sobre la crónica del Monte Perdido conocen la existencia de cierta monografía editada por Ediciones Desnivel en 2001. Como se sigue vendiendo bien, año tras año, aún no está descatalogada…

  2. pues alberto que parece que te choteas de los tios esos de la toponimia al escribir el monte perdido en alemán o en ruso

  3. No, no, Luis: no soy tan satánico… Ya sabes que estos textos los preparo con mucho tiempo, cuando tengo algún hueco. Y los de Parrot estaban listos, para el consumo estival, desde este invierno. Los guiños a los toponimistas han venido solos, aunque bien sé lo que les importa a estos caballeros ideologizados hasta la médula las enseñanzas que nos brinda la historia. Y fíjate que estoy hablando del testimonio de un reputado científico del siglo XIX que obtuvo sus nombres en boca de un guía de origen hispano que frecuentaba el Monte Perdido desde 1802… Estos señores se pasan por el forro a los montañeses de hace dos siglos si eso es lo que les interesa para sus rollos políticos…

  4. Guiños a los toponimistas aparte, esta travesía de Parrot de hace dos cientos años tuvo que ser una aventura increíble… ¡Menuda hiperactividad!

  5. Ya lo creo: el hombre debía de ser biónico o así… Es una pena que ni reediten en francés ni traduzcan en otra lengua su texto de 1823. No sé si ya he dicho que su libro fue clasificado entre los 20 más raros y difíciles de pillar del pirineísmo…, hasta la traducción de Le Bondidier, claro.

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