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El camino hacia el Monte Perdido

Hace doscientos años un germano-ruso quiso visitar los techos del Pirineo para estudiar su orografía con ojos de águila. Y, de paso, determinar sobre el terreno las cotas reales de sus cúspides. En una primera entrega hemos acompañado a Friedrich Parrot en el arranque atlántico de esta travesía. Abreviando un poco su relato de 1823, lo emplazaremos ahora ante el siempre magnífico Monte Perdido. Seguro que hasta el “toponimista más descarriado” podría aprender algo de la recolecta de datos que hizo…

Vamos a acudir al capítulo que este médico al servicio del zar Alejandro dedica al “Valle de Luz, Gavarnie, Monte Perdido y Héas”. Nos saltaremos tanto su frustrada visita al Midi d’Ossau por cuenta del mal tiempo, como su viaje desde Laruns hasta Ferrières y Argelès. Una vez en la vega del gave de Pau, nuestro hombre pensó en dirigirse primero al Vignemale, dado que “aún no había sido visitado”. También le atraía su elevada cota, que entonces se cifraba a la estima en unos 3.354 metros (tiene 3.298 metros). Como base de partida, quiso acudir a Cauterets, pero un despiste tonto en la ruta hizo que se dirigiera hacia Barèges, donde pasó al plan B: el Monte Perdido, dado que iba muy justo de tiempo y no podía dar marcha atrás. Parrot entraba en Luz el 13 de septiembre de 1817. Dos días después se dirigía al “interior de las altas montañas pirenaicas”.

A comienzos del siglo XIX la llave del Macizo Calcáreo parecía tenerla un puñado de guías de Gèdre. Sin embargo, nuestro galeno no halló en su casa a Gregorio Taula Rondou [o Taulat, o Arrondou] uno de los integrantes de la partida exploratoria por cuenta de Louis Ramond en 1802. Así, contrató en su lugar a Antoine Baget [o Debaguette], quien había trabajado como guía para el geólogo suizo Jean de Charpentier. El montañés nunca había pisado el entonces Moum Pergut, esa montaña que desaparecía conforme te acercabas a ella. Aun con todo, en un arranque de optimismo se mostró “dispuesto a acompañarle hasta la cima del Monte Perdido”.

El ahora dúo llegó con rapidez a Gavarnie, desde cuya Prade avistaron “la fuente de ese gave de Pau que surge, a 1.662 metros de altitud, de una gran masa de nieve acumulada en el fondo del circo de Gavarnie”. Parrot demostró gran fascinación por “la célebre cascada del Monte Perdido, que se parece más bien a las cascadas vaporosas de Suiza que a una caída de agua propiamente dicha, donde el agua forma un chorro liso y apretado que, a causa de su gran altura, se divide a mitad de trayectoria en numerosos chorros”. Toda una intuición acertada, al imaginar que aquella masa de agua que daba lugar al gave de Pau solo podía proceder de las nieves del Monte Perdido.

Comenzaron a ganar altura hacia Allanz. Por aquel entonces, el Caldero de Gavarnie era prácticamente un enclave del valle de Broto. Así, nuestro protagonista pudo disfrutar en Pailla de “una cordial acogida” por parte de unos pastores aragoneses, aunque en una cabaña más bien “sucia y ahumada”. Parrot y su auxiliar se proponían ganar el Gigante Calcáreo directamente, por sus taludes septentrionales.

El 16 de septiembre de 1817 cruzaban a tierras oscenses siguiendo la ruta de la Hourquette d’Allanz, valle de Estaubé y Tucarroya, afrontando una posible tercera ascensión conocida de este último corredor. Nos la explica el germano-ruso:

“Debimos ponernos los crampones. Estaban formados por dos barras de hierro de longitud desigual, con forma de cruz, provistos en sus cuatro extremos de fuertes puntas horadadas mediante un agujero en la barra transversal para atar las correas o cuerdas. Todo quedaba fijado al pie pero de forma, a decir verdad, bastante precaria. Con su ayuda y, sobre todo, la de nuestros bastones de punta de hierro, marchamos seguros por la zona de nieve. Contorneamos una grieta de cinco pies de anchura que cortaba esta pared exactamente por el medio y llegamos así, con cierta apariencia de riesgo, a la otra vertiente de la cresta, donde nuestros ojos captaron, en todo su esplendor, al Monte Perdido, mientras que a nuestros pies se hallaba el lago del Monte Perdido [futuro lago Helado del Marboré] y el valle español de Béoste [Bielsa] se extendía ante nosotros”.

”Esta cubeta es una de las fuentes de ese Cinca que, tras haber dejado atrás Barbastro, se une al Ebro y vierte por éste al Mediterráneo… Hacia el oeste, el lago no tiene salida, lo que se aprecia claramente, pues el macizo de Astaschjou [Astazu] se halla en esta dirección. Por eso, la afirmación según la cual la cascada del Monte Perdido [la de Gavarnie] debería su origen a este lago sería una fábula… No sería improbable que el lago tuviera en su costado occidental alguna filtración subterránea, dado que se halla unos 150 metros más arriba que el punto por el que se ve brotar la cascada desde la grada superior del circo. Tal hipótesis, muy plausible, prestaría aquí de un modo muy particular la comunicación entre el Mediterráneo con el Océano a través del Ebro y el Cinca, con el lago del Monte Perdido a una cota de 2.560 metros, y seguido subterráneo, desde el lago hacia la cascada del Monte Perdido que, tras dar origen al gave de Pau, discurre hacia el Adour. La cubeta entera al fondo de la cual se extiende el lago presenta unas pendientes primero poco inclinadas y luego más empinadas. Una nieve eterna lo recubre, y el mismo lago aparece, en gran medida, helado. Cuando rompí su costra de hielo, me pareció que había otra capa debajo, y su temperatura era exactamente de 0º R [0º C]”.

A imitación de Louis Ramond en 1797, los dos hombres se asomaron a estas escarpas dispuestos a realizar una proeza evidentemente muy adelantada a su época. Con una candidez pasmosa, Antoine aseguró a su cliente que podían estar sobre la cima del Gigante Calcáreo en poco tiempo. Como el médico iba a comprobar enseguida, no sería así, ni mucho menos:

“Entre las extensiones nevadas de este valle, se reconoce también muy netamente un glaciar que se extiende a la extremidad oeste del Monte Perdido, oblicuo y en dirección noreste. Lleva sobre la superficie numerosos guijarros formados por las grandes masas de piedrecillas que descienden del Monte Perdido y se incrustan en el hielo por la continua acción de los rayos solares. Por este motivo, y también a causa de la débil inclinación de su pendiente, creí poder alcanzar el reverso occidental del pico y, por allá, su cumbre escarpada. Era, sin duda, el itinerario más largo pero, en revancha, el más seguro para alcanzar la cima.

”Sin embargo, mi guía juzgó la vertiente oriental más corta y me prometió que en hora y media habríamos alcanzado la cumbre. Siguiendo su plan, contorneamos entonces el costado occidental del lago y trepamos tanto sobre desprendimientos de rocas, como sobre pendientes nevadas; tallamos escalones cuando la nieve estaba demasiado dura y demasiado empinada, y nos servimos de las masas de nieve caída como puentes para atravesar las grietas. En resumen: no ahorramos ninguna fatiga, ningún esfuerzo, para llegar a un escalón que forma el Monte Perdido sobre su vertiente norte, y sobre el cual se alza la verdadera cumbre, que tiene forma de un tronco de cono hendido verticalmente, su cara vuelta de pleno hacia el norte.

”Cualquiera que ha recorrido las montañas sabe que no hay nada más difícil que trepar una pendiente cubierta de guijarros y de nieve, donde cada paso expone a nuevos peligros. Éste fue cada vez más nuestro lote, y a medida que nos esforzábamos en aproximarnos a la meta, más de una vez Antoine expresó el extraño deseo de estar en otra parte mejor que aquí, no sabiendo cómo salir de esto. Lo que ya era difícil, se volvió finalmente imposible; dimos media vuelta, sin haber alcanzado la cumbre, a 265 metros por debajo de él, y a 3.081 metros de altitud. Eran exactamente las 12:00 h; habíamos empleado nuestro tiempo desde las 5:30 h, en tanto que no habíamos más que intentado hacer la ascensión al Monte Perdido por este costado”.

Lo más probable es que nuestros pirineístas fallaran por poco en su tentativa de forzar el paso del Cuello del Cilindro, quedándose en el plateau intermedio. De la descripción de Friedrich Parrot se puede deducir que se aventuraron por alguna de las fajas rocosas que se alzaban bajo el collado, acaso más impedidas por la nieve y el hielo que en tiempos de Laurent Passet. Tampoco se conoce la disposición exacta de las dificultades que presentaba la cara Norte del Monte Perdido en tan tempranas fechas. En 1996 Henri Favre conjeturaba sobre el lugar preciso donde se desarrollaron los tanteos:

“Parece que, después de haber ascendido al primer piso de las murallas por corredores medio rocosos, medio nivosos, los dos escaladores habían alcanzado la zona glaciar del medio de la pared”.

En cualquier caso, el médico y su guía desistieron de proseguir hacia arriba y se retiraron por el valle de Estaubé. Estaban de vuelta en Héas a las 18:30 h. Pero aquél era un objetivo demasiado importante como para que se le escapara, tras los gatillazos previos en el Midi d’Ossau y Vignemale.

El 19 de septiembre de 1817 la predicción del tiempo parecía buena. Parrot se preparó para su segunda intentona en el Verlarenen Gipfel, la cima perdida del Pirineo aragonés. Esta vez, en lugar de la ruta de Tuka-rouja, el germano-ruso ensayaría la de la Rolandbresche. Antes, supo por el guía aragonés Rondou, afincado en Gèdre, que aquel sugerente nombre se debía a que “se le ve surgir majestuosamente desde lejos, pero que se va perdiendo de vista conforme uno se le acerca”.

Rondou tenía ya más de sesenta años, por lo que quiso que le acompañara su hijo Juan Gregorio, de veintinueve. No en vano le había transmitido el secreto del itinerario como una suerte de “herencia acreedora de riquezas y honores”. Los Taula tenían fama de ser los únicos montañeses vivos que lo conocía por entonces: cobraban la cifra astronómica de 6 francos por día, que era lo que costaba un cordero.

Nuestro trío se avitualló en Gavarnie, donde según Parrot compraron “un odre de vino de España y una cantidad suficiente de pan y queso, lo que constituye la mejor forma de alimentación en el curso de un viaje tan fatigoso”. Aquí nos despediremos, por ahora, de ellos. La aventura de aquel Monte Perdido de 1817 merece un texto aparte.

  1. Es una historia refrescante que falta nos hace con el calorazo.

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