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Un ruso en el Pirineo occidental

La añada de 2017 se presenta rica en emociones toponímicas. Y no menos interesante en efemérides pirineístas, como ese bicentenario de las primeras homologadas a varias cimas de nuestra cordillera realizadas por un tal Parrot. Autor, por añadidura, del libro Reise in den Pyrenäen (1823), cuya traducción anotada por Le Bondidier aparecía en tirada corta como Voyage dans les Pyrénées (1950). El renombre internacional de nuestro protagonista, una especie de Stephen Hawking del siglo XIX, hará que en esta entrada de carácter introductorio nos entretengamos para curiosear un poco por su impresionante trayectoria vital.

Cuando Johan Jacob Wilhem Friedrich Parrot llegó en 1817 a los Pirineos, era ya un conocido científico a pesar de su juventud. Debía esta fama a los trabajos en el terreno de las nivelaciones de altitudes que llevaba a cabo con un termo-barómetro de su invención. El hombre había nacido en 1791 en Karlsruhe, la capital del Margraviato de Würtemberg. Hablar de su nacionalidad resulta hoy un tanto complicado, pues pertenecía a una familia originaria de cierta región del Jura de habla alemana, Mömpelgard, que tras su absorción por Francia en 1806 se denominaría Montbéliard. Por motivos económicos, que no políticos, su progenitor, Georg Friedrich, emigró a la Rusia del zar Alejandro I. Así, nuestro joven estudió Medicina en Dorpat (hoy, la Tartu estonia), una Universidad Imperial de la que más adelante fue rector…, como lo había sido su padre con anterioridad. Entre otros cargos, la nación que le abrió sus puertas lo nombraría miembro de la prestigiosa Academia de Ciencias de San Petersburgo y Consejero de Estado Imperial. No extraña, pues, que algunos de los estudiosos que han analizado su densa biografía, como Thomas Giles en 2016, lo etiquetaran como padre del montañismo ruso. Aunque desde el sanedrín del pirineísmo galo se le ha preferido considerar más bien como un alemán. Y tampoco existe acuerdo sobre si se apellidaba Von Parrot o, más sencillamente, Parrot.

A lo largo de seis entradas nos centraremos en la sugestiva trayectoria como pirineísta científico de este germano-ruso. En 1811 el veinteañero Parrot ya recorría el Cáucaso junto a la expedición del mineralogista Martin Engelhardt, midiendo el desnivel entre el mar Negro y el Caspio. En estas regiones montañosas alcanzó los 4.200 metros de altura en su intento frustrado por ganar el Kasbiek (5.047 metros). Cinco años más tarde se encontraba destinado en el hospital de Meaux, cerca de París, con el cargo de cirujano en jefe de ese ejército ruso que ocupaba la Francia napoleónica. Terminadas las hostilidades, abandonó la vida militar y emprendió una campaña para registrar las cotas superiores del Monte Rosa, uno de cuyos cuatromiles terminó portando su apellido: el Parrotspitze (4.432 metros). En los Alpes Peninos adquiriría nociones de las técnicas montañeras de inicios del XIX. Tras esta aventura de 1816, la idea de probar de nuevo entre dos mares su termo-barómetro le animó a dirigirse más al sur.

Parrot, un andarín infatigable, realizaba todos sus desplazamientos a pie. De esta forma llegó al Pirineo desde Estrasburgo: en veintidós días de marcha, a una media de cuarenta y cuatro kilómetros de pateo diario. De paso por Toulouse, realizó un breve alto en el Hôtel del sabio Philippe Picot de Lapeyrouse, el enemigo acérrimo de Louis Ramond de Carbonnières, para recibir toda clase de consejos sobre el itinerario que deseaba seguir. El propósito de un periplo pirenaico que iniciaría en Saint-Jean-de-Luz/Donibane Lohizune, era el estudio de la cordillera, sobre todo, en cuanto a vegetación, glaciares y relieve, así como el registro de la diferencia de nivel entre el Atlántico y el Mediterráneo.

Situaremos a nuestro médico justo en la orilla del océano, a punto de arrancar su viaje hacia el este. Del diario de Parrot para el “Pays Basque” podemos extractar las porciones más entretenidas, junto con algún toque costumbrista, previa criba de sus notas altimétricas o geológicas. Como enseguida se va a apreciar, he dejado tal cual sus topónimos, ya sean equivocados o no, dado que la repesca de alguno de ellos puede resultar interesante en cuanto lleguemos a tierras aragonesas. Así fue de Día-D y la Hora-H de la primera travesía pirenaica mar-a-mar que se conoce:

“El 5 de septiembre [de 1817], en el momento en que la marea estaba más alta, dispuse mi termómetro y el barómetro junto al borde del mar, unos dos metros por encima de su nivel. Tras haber realizado las observaciones pertinentes, me dirigí hacia las montañas siguiendo primero el curso de la Nivette [Nivelle] hasta Saint-Étienne-de-Baigorry, donde llegué a las 19:00 h. Enseguida realicé las observaciones [con el termómetro y el barómetro] en un lugar propicio, lo mismo que hice en las poblaciones de Saint-Pé, Espellette [Espeleta], Zhazzo [Itxassou/Itxaso] y Bidarai […].

”Esta región, partiendo desde el mar, es muy poco accidentada. Por lo demás, Baigorri se halla en un verdadero valle, muy bello. Entre las fuentes de la Nive se encuentra un importante grupo montañoso, donde sus dos cumbres más próximas, el Ahady y el Iturumbur, alcanzan ya una altura de 1.460 m. Para visitarlas, dejé Baigorri el 6 de septiembre a las 8:00 h, por ese pueblo de Fonderie que debe su nombre a una mina de cobre abandonada, hasta llegar al de Aldude por un valle poblado y risueño, continuación del de Baigorri. En este valle, al igual que en otros del Pirineo, me chocó el parecido, en cuanto a sus mecanismos interiores, con esos molinitos de agua que hay en el Cáucaso y en Crimea […]. Así se aproximan las razas humanas [vascos y tártaros] más separadas cuando las mismas circunstancias y el sentido práctico les llevan a satisfacer sus necesidades.

”En el punto más elevado de este valle se encuentra el pueblo de Aldude, al pie del Ahady [Adi, 1.456 m]. Siendo francés, se ubica enteramente en territorio español, rodeado por un amplio terreno llamado el País Común, sobre el cual tanto franceses como españoles pueden hacer valer sus derechos por igual. Allí reina una ley primitiva y natural de la propiedad. Cualquier francés o español puede venir para instalarse, trabajar una parcela de terreno y vallarla: aquello se convierte automáticamente en su propiedad, lo mismo que de la nación de la cual depende su nuevo amo. El pueblo mismo de Aldude parece tener ese origen […]. Todo el pueblo es propiedad francesa, aunque allí se encuentren casas que son propiedad de españoles, habitadas por franceses. En dichas viviendas todos los derechos del propietario español pasan al alquilado francés, quien debido a que mora en este inmueble se encuentra bajo la protección española. Lo que está prohibido para los franceses a través de severas prohibiciones aduaneras, se le permite: por ejemplo, traer vino español y venderlo en calidad de alberguista. Ningún aduanero, alcalde o gendarme puede, salvo en los casos graves de policía, franquear su puerta sin autorización […]. En presencia del alcalde francés del pueblo pude beber un excelente vino español que, en el albergue vecino, hubiera supuesto una multa severa tanto al hotelero como a su cliente.

”El doctor Navarre de Baigorri tuvo la amabilidad de hacerme acompañar por un guía para esta ascensión al monte Ahady [Adi], y además me surtió de una carta de recomendación para el alcalde de Aldude, uno de los personajes más ricos de la zona. Una prevención que, por lo que me dijo, era menos por la montaña que por sus habitantes. Las molestias que pudiera sufrir se deberían ya por cuenta de la animadversión de siempre entre franceses y españoles [con las heridas recientes por la Guerra contra la Convención y de la Independencia], ya por causa de los contrabandistas.

”Llegamos a Aldude a las 18:00 h, y al día siguiente era domingo. El vasco, piadoso por naturaleza, respeta dicha jornada, aunque ello le prive de algún beneficio. Por tal razón, mi guía no quiso hacerlo si no era con la condición de que estuviésemos de regreso antes de la hora de la misa dominical, a las 9:00 h, lo que nos forzaría a realizar de noche nuestro recorrido. Su propuesta me pareció bien. Mi guía me despertó antes de las 2:00 h. Comprobé mis instrumentos y, tras haber caminado por montes y valles a la débil luz de la luna, pude disponer mi barómetro, sobre las 6:00 h, en la cima de Ahady [Adi]. Desgraciadamente una niebla espesa me robó cualquier vista sobre las llanuras francesas y españolas, así como de la superficie del mar y de una buena porción de las montañas. No permanecimos allí demasiado tiempo, pues mi guía me recordó la hora de la misa. Hacia las 9:00 h estábamos de retorno en Aldude, desde donde proseguí mi ruta hacia Baigorri, que alcancé sobre las 20:00 h […].

”Atravesando una zona encantadora, accidentada y sembrada de pueblecitos y fundiciones, se alcanza Saint-Jean-Pied-de-Port/Donibane Garazi y, desde allí, por una región muy poblada, el valle de Combery [¿Esterengibel? ¿Laurhibar?], donde se retorna a la parte superior de la montaña. Tras haber alcanzado el punto más alto de esta región, es decir, el Mendibelse [pic Mendibel, 1.411 m], perdí la ruta en uno de sus valles meridionales, lo cual fue el motivo de que extraviase el buen camino para llegar a Larragna/Larrau. Comenzaba a hacerse de noche y todavía me encontraba en el bosque, cuando por fin percibí algunas luces en un valle. Me dirigí hacia esas casitas de los montañeses. Sus habitantes, debido a mi ignorancia de la lengua vasca, no pudieron darme ninguna aclaración, aunque tampoco acababan de darme su hospitalidad para esa noche, dado que me resultaría imposible ganar el pueblo de Larragna. Finalmente me abrieron las puertas de una casa, la del viejo Marc, de unos setenta y tres años de edad, quien de sus tiempos en el servicio militar había conservado algunos retazos de un francés que hablaba muy mal. Cuando entré en su morada preparaba la cena junto a su mujer, una viejecita entrañable. No perdieron el tiempo con preguntas y enseguida me señalaron un lugar junto al fuego, me ofrecieron calzado seco, sábanas y vestimentas limpias, en tanto me preguntaban sobre lo que querría para cenar. Les rogué que me permitieran compartir con ellos su comida habitual, que, por razones bien comprensibles, la encontré tan extraña como apetitosa.

”Habían supuesto que mi barómetro era un fusil, y que yo mismo era un contrabandista o un vendedor ambulante. Dejé que se decantaran por esta última profesión, pues en los Pirineos el contrabandista es considerado como un hombre malvado y peligroso. Bajo el pretexto de querer preparar la partida en función del tiempo que iba a hacer, empleé el primer cuarto de hora de mi estancia allí en montar en el exterior los instrumentos de observación. La viejecita tuvo incluso el coraje de, según le pidió su marido, acompañarme con la antorcha de resina, pues, entre tanto, la noche había llegado y era oscura. En otras regiones montañosas las gentes que hallé se mostraron por lo general desconfiadas al ver mi barómetro reluciente, pero nada de eso pasó entre los vascos. Es decir: un pueblo peculiar por su lengua (que hasta la fecha nadie ha sabido decir su procedencia materna), por sus costumbres constantes, su valor personal cuando se trata de defender su hogar, su reputación de sencillez, de rectitud, de justicia y de originalidad […].

”A la buena acogida que me había reservado, sin la cual habría corrido el enorme riesgo de errar toda la noche por la montaña y perderme, Marc no consintió en aceptar sino un franco, e incluso se hubiera contentado con la mitad si su yerno, que tenía monedas para el cambio, no nos hubiera salvado del embarazoso asunto. Necesité tres horas para alcanzar, desde la casita montañera, la aldea de Larragna o Larrau, que es como la denominan los franceses. Este pueblo todavía es vasco, pero como está muy alto y cerca de la línea de partición de aguas, hay allí muchos aduaneros y policías, así como numerosos comerciantes españoles.

”Bajé a la fuente de Soison por un valle estrecho. Por la noche alcancé la última villa vasca, Tardits/Atharratze, y después, al día siguiente por la mañana, a una media hora, el último pueblo vasco, que se llama Montori. Allí se hablaba ya el bearnés y, a pesar de todo el placer que degusté al encontrarme entre vascos, quienes me dejaron una agradable impresión, el hecho de que no conociera su lengua fue para mí una fuente de problemas”.

Seguiremos durante cinco entradas más el sorprendente periplo de Parrot. Entre tanto, se puede anticipar cómo discurrió el ascenso más célebre de su travesía coast-to-coast en la revista Grandes Espacios del mes de junio. Si queréis fijar para ese estío que ya se aproxima una cita con el germano-ruso, nada como acudir al número 233 de GE: “Cumpleaños pirenaico; hace doscientos años, en la Maladeta” y “Cómo subir a la Maladeta (por el glaciar de la Maladeta; por el pico Abadías)”. La teoría y la práctica vienen de la mano a través de unos textos arropados por fotos actuales, grabados antiguos y croquis. ¿Alguien da más?

19 Comentarios

  1. Pues no es mala idea, Makako… Muchísimas gracias por la sugerencia, aunque eso de que “me larguen” a Andorra no me parece mal del todo. Y no lo digo por conocer a las “celebrities” del momento, precisamente… Aunque, ahora que lo pienso, tal vez haya de que decir “el Soum de Ramond, por imperativo legal, Tuka d’Hañisklo” (o como sea que aparezca en la Lista Soro)…

  2. Perdona, Makako… ¿te referías a la Andorra del azúcar y la mantequilla o la de Teruel? Lo digo porque tratándose de Alberto cualquiera sabe, sus dominios son vastísimos… Ay no, que has dicho lo de los campeones de la corrupción en Cataluña… Nada, nada, no me hagas caso…

  3. Lo reconozco, Xavi: como “buen” cheposo (zaragozano), estoy descubriendo Teruel con algo de retraso. Aunque para recorrer estas sierras nunca es tarde… Y en la “Extremadura de Aragón” no me encontraría con pujolines o barcenines cargados de bolsas de basura sospechosamente llenas, ¿no…?

  4. Pues que no se me enfaden por favor en Teruel, pero me temo que hasta que no se eduque suficientente en la honradez ningún territorio puede considerarse ya libre de sospecha… De cualquier modo, estoy convencido de que recorrer sus sierras tiene que merecer muchísimo la pena…

  5. Y, sobre todo, muchísimo menos peligroso que pasear, a la caída de la noche, por las inmediaciones de un banco andorrano… El del Principado, vamos…

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