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Los Pirinencs, según sus compañeros de bando

Quienes estén interesados en la historia pirenaica reciente tienen tres citas con Mariano Constante. Es decir: con el autor de textos como Los años rojos (1974), La maldición (1988), Semblanzas de un combatiente de la 43ª División (1995)…, y Yo fui ordenanza de las SS (1977). El trío de libros inicial está directamente relacionado con la Guerra Civil en las montañas del norte de Huesca.

Hoy nos quedaremos con las semblanzas de Constante, editadas hace no demasiado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses. Justo a tiempo, pues su artífice no tardaría mucho en fallecer. Desde dicha obra vamos a rastrear, esta vez en el lado republicano, la sombra de las tropas esquiadoras del Pirineo durante el conflicto de 1936-1939.

Se podría romper fuego destacando ciertos paralelismos con la obra de Josep Maria Gironella que comentamos en dos entradas previas. Por ejemplo, en lo referente a los terroríficos viajes en camión militar por los accesos pirenaicos de entonces. Así narraba Mariano Constante cómo se produjo su incorporación al frente tras escapar de la zona de Franco en 1937:

“Me dolían hasta los dedos de los pies de los tumbos y zarandeos a que habíamos sido sometidos durante el trayecto de Barbastro a Boltaña. ¡Setenta kilómetros de una carretera con curvas sin cuento, mal asfaltada, llena de baches y con subidas y bajadas bordeando precipicios…! Paisaje de una belleza sin par, pero que atravesado a bordo de un camión como el que habíamos tomado nosotros no permitía extasiarse en la contemplación del mismo. Yo había pasado la mitad del tiempo buscando dónde aferrarme para no rodar por el suelo cuando intentaba ponerme en pie, agarrado a las cuerdas del toldo que cubría las mercancías cuando estaba sentado. Me parecía casi un milagro el haber llegado hasta Aínsa sin cambiar la peseta [mareos], a tal punto mi estómago subía y bajaba al compás de los saltos que daba el vehículo; solo al llegar allí me había quedado dormido, sin duda molido por el zarandeo”.

Una de las características invariables en este tipo de relatos es la cuestión de la uniformidad de los recién incorporados. De nuevo recurriremos a las Semblanzas de un combatiente de la 43ª División. De Broto a Puigcerdà, 1936-1939 (1995) para ver cómo se pertrechaban las unidades de montaña gubernamentales:

“Allí me dieron el uniforme de soldado de la 130ª Brigada: cazadora marrón de paño grueso, pantalón caqui de los denominados de golf, botas de montaña, calcetines de lana y un gorro clásico de los que llevaba el Ejército español, que en realidad era la única prenda militar que vestí. ¡Ahora sí que era un verdadero soldado de la República con aquel equipo…! De insignias, ni hablar; nadie podía saber si era de Intendencia, de Infantería o de otro servicio. Esto no era de extrañar, pues tampoco la mayor parte de los oficiales llevaban insignias y galones que los distinguieran de los demás. A decir verdad aquello me gustó muy poco y me dio tan mala impresión como la que había tenido en los altos de la sierra de Guara al ver a los de la Roja y Negra [milicianos anarquistas]”.

Una vez encuadrado, el jovencísimo Mariano Constante no tardaría en enterarse de las características del escenario donde iba a librar sus combates. Además de conocer la naturaleza de las tropas especializadas en zonas elevadas de su propio Ejército:

“En cuanto al flanco derecho, desde las alturas del Balneario de Panticosa hasta la frontera francesa, donde no existía línea de frente emplazada, estaba a cargo del Regimiento Pirenaico [Pirinencs], compuesto exclusivamente de catalanes esquiadores salidos de Sabadell en unidad militar organizada, pero dependiendo directamente de la Generalidad de Cataluña. Como era una unidad independiente, los contactos con ellos eran raros, salvo los que tenían los jefes de aquella unidad con los de la 130ª, aunque comprendí que existía un fuerte antagonismo regional, político y hasta personal… También había una unidad de Carabineros mandada por un capitán que tenía como misión vigilar la frontera y en particular el paso de Bujaruelo y todo el valle de Ordesa”.

Los lectores de las entradas dedicadas a Gironella no tardarán en establecer nuevos paralelismos en cuanto a los, digamos, malentendidos producidos entre soldados originarios de distintas regiones de España. En mitad de una guerra tan inmisericorde como aquella, algunas crónicas venían con evocaciones de chistes sobre “un avión que está a punto de estrellarse con un madrileño, un catalán y un aragonés”… Sea como fuere, los militantes comunistas como Constante no parecían sentir excesivo aprecio por esos camaradas que vinieron desde oriente con las tablas de esquí al hombro:

“Otro asunto tuvo como protagonistas a los ex Pirenaicos [Pirinencs]. Aquel regimiento había sido disuelto unas semanas antes y sus componentes –los que lo desearon y los de las quintas movilizadas; los otros pudieron optar por volver a sus hogares– distribuidos en pequeños núcleos en las diferentes unidades de la [43ª] División. Aquella dispersión fue muy mal aceptada por los catalanes, que veían en ello una maniobra política contra la Generalidad de Cataluña, lo que añadió nuevas rencillas al antagonismo que había salido a la luz desde hacía ya bastante tiempo […]. Estos catalanes, salidos voluntarios de Barcelona, se habían presentado en Aragón como fuerzas independientes del Gobierno catalán y no del Gobierno republicano, lo que había creado inmediatamente discrepancias e incomprensiones, en particular con la centuria [anarquista] de Los Aguiluchos, que controlaban aquellas regiones cercanas al Pirineo. Los Pirenaicos habían criticado, con mucha justeza, la indisciplina de algunas de aquellas columnas; además, ya habían tenido líos en Cataluña incluso con uno de aquellos jefes que se decían de la FAI [Federación Anarquista Ibérica] y que luego encontraron con grupos de incontrolados. Estos problemas, a los que se añadía el separatismo que animaba a muchos de sus componentes, pertenecientes al Estat Català, hicieron que poco a poco se pusieran al margen o, mejor dicho, adoptaran una actitud de autonomía en la organización del frente cuando se creó la 130ª Brigada. Se había llegado a una situación en la que, analizándola bien, daba la impresión de que la 130ª Brigada y el Regimiento Pirenaico eran unidades militares de naciones diferentes que perseguían objetivos distintos. Aquello parecía absurdo, como otras cosas que me habían sorprendido, pero que no se podían negar. Los aragoneses, castellanos y también los catalanes de la 130ª Brigada miraban con desconfianza a los Esquiadores [del bando gubernamental] por diversos motivos: para los que estaban en primera línea, los Pirenaicos eran señoritos que no pensaban más que en practicar aquel deporte; no tenían trincheras ni enfrente un enemigo en lugar fijo y lucían vestimentas y calzado de primer orden, que contrastaban con las alpargatas y pantalones remendados que llevaban ellos; para los del Estado Mayor y diferentes servicios aparecían como unos privilegiados en todo, puesto que se beneficiaban de aquel estatuto casi autónomo, sin contar que tenían suministros especiales, como la mantequilla, que la Intendencia reservaba para ellos exclusivamente. En cuanto a los catalanes, reprochaban todo a los de la 130ª, a pesar de que nada tenían que ver con Los Aguiluchos y otros [anarquistas]. Nunca hicieron esfuerzo alguno, ellos que se sabían más cultos e instruidos, para conseguir la confianza de aquellos combatientes [comunistas de la 130ª]; al contrario, más de una vez se mofaban de alguno de los valientes oficiales de milicias que habían sido designados para un mando sin casi saber leer ni escribir. En fin; no se podía decir que las relaciones entre unos y otros fuesen irreprochables […]. Otra tirantez se creó también a raíz de unas evasiones de Pirenaicos a la zona fascista [de Franco], acción que los voluntarios de la 130ª, escapados del otro lado [sublevado] la mayoría, tomaron por falta de coraje y de antifascismo […]. En resumidas cuentas, que había desconfianza hacia ellos, si bien algunos de sus jefes, como el capitán [Josep Maria] Benet que los mandaba, eran considerados como grandes jefes y personalidades de primer orden […].

”Así estábamos y en aquellas condiciones habían sido repartidos los Pirenaicos entre los batallones de la 43ª, como se ha dicho. Un grupo importante de aquéllos había sido llevado al flanco izquierdo de la 130ª cerca de puerto [de Santa] Orosia, en el vértice que se situaba encima de Yebra, posición estratégica de primer orden, pero de acceso muy difícil para los fascistas [el Ejército de Franco] si querían atacarla. Y lo que nadie se esperaba aconteció una mañana de junio de 1937. Los fascistas lograron hacer subir por las rocas y despeñaderos a varios destacamentos de extranjeros, en particular a moros [tropas de Marruecos] adiestrados en aquellas operaciones, y pescaron a los Pirenaicos durmiendo, sin que ningún centinela se hubiese apercibido del ataque sorpresa por aquellos riscos. Mataron a varios hombres y ocuparon aquellas posiciones, que eran la clave del acceso al puerto de Santa Orosia […]. El oficial catalán [Félix Millet] que mandaba el destacamento de aquellos Pirenaicos fue detenido y degradado; un consejo de guerra lo condenó a muerte –personalmente no vi jamás reunirse un tribunal militar en Broto para juzgarlos, lo que quiere decir que aquella ejecución fue tan misteriosa como otras que llegaron a mis oídos posteriormente– […]. Mi padre [combatiente en la unidad de la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza] echaba fuego contra aquellos Pirenaicos cuando logré juntarme con él en Fiscal, tras haberlo dado ya por desaparecido… Los fascistas estaban al corriente de la posición que ocupaba el destacamento de los catalanes, así como de la poca experiencia de la lucha en primera línea de todos ellos; y esto solo algún evadido de nuestras filas, muy al corriente de cuestiones militares, o algún agente de ellos emboscado entre los nuestros podía habérselo comunicado. Según mi padre, el enemigo conocía muy bien aquella situación, por eso se había aventurado por aquel sector escalando rocas y picos abruptos, llegando por sorpresa hasta las posiciones republicanas”.

Confirmar estas tensiones entre camaradas nos llevará hasta otro de los trabajos esenciales sobre la contienda de 1936-1939 en nuestra cordillera. Me refiero al tomo VI de Guerra Civil Aragón (Pirineo), editado por Delsán en 2008. Sus autores, Miguel Flores Pintado, Antonio Gascón Ricao y Fernando Martínez de Baños Carrillo, recogieron en varias entrevistas los recuerdos de algunos supervivientes. Como pequeña muestra, dos casos en los que se aludían a estos conflictos entre colegas:

Antonio Fort (soldado de los Pirinencs): “No caíamos demasiado bien entre los republicanos. Los locales nos trataron con indiferencia, pero los demás pensaban que éramos catalanes andando demasiado tiesos. Nos acusaban de haber venido a esquiar y tomar el sol, de estar de vacaciones y muchas cosas más. El clima no era de buen gusto”.

Alfredo Allué (habitante de Linás de Broto): “Estaban todo el día haciendo el vago, jugando al fútbol en el llano, saliendo a estrenar los esquís y las raquetas por el monte mientras los otros, en el frente, pasándolas bien putas. Eran catalanes ricos, bien equipados, diciendo a gritos que ellos lo que querían era la independencia [de Catalunya], como ahora vamos. En Casa Jal se sentaban a beber vino y gritaban en alto Nosaltres Sols, haciéndose el gallito”.

Hasta aquí, las experiencias de Constante durante los primeros meses frente a los Esquiladores del Ejército de Franco. Como veremos en la entrada siguiente, tardaría poco en conocerlos más de cerca…

  1. Y dale con tomarla con los catalanes. ¿Se nota mucho que mi madre es de Tarraco no?

  2. Y tú, de Zaragoza y del Barça, ya sé… Sí; a mí también me chirrían un poco ciertas fobias por parte de los hipotéticos compañeros de armas, tanto en el bando “nacional” como en el “republicano”… Otro saludo, Pako, y mi pesar por vuestra eliminación frente a la Juve… ¡Otra vez será!

  3. Estimado Alberto: me he leido entero el documento de Gascón Ricao y me ha parecido mucho más terrorífico que el viaje que cuentas de Constante en un camión hasta Boltaña. Todo apunta a que estamos frente a un caso de como poco usurpación ¿no te parece? Gracias por darnos todos esos documentos para que juzguemos. Un saludo cordial de: Josemaría.

  4. Hola, José María… Un texto interesante el de Gascón, ¿eh? En fin; en el tema de quién tiene un porcentaje mayor de la verdad (¿la verdad no es la primera víctima de una guerra, según dicen?), yo ni entro ni salgo… Solo expongo las versiones… Además, la mayor parte de los protagonistas de esta historia “tan reculada” en el tiempo o han fallecido o son muy mayores, por no hablar del asunto de obtener documentos oficiales de la 43ª División de la República… Este es un tema muy “local” de la Guerra Civil, y supongo que ya habrás visto los pifostios que se organizan, a nivel “nacional”, en otros mejor difundidos: a los historiadores y tertulianos solo les falta darse porrazos en plan grabado de Goya… Por cierto, que enseguida colgaré otra entrada sobre Constante, buscando los temas “montañeros-esquiadores”, que no la polémica… Más saludos cordiales…

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