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Cuando no hay dos sin tres

La crónica negra pirenaica ocupó muchas páginas en los periódicos de 1935 y 1936. Si no es porque estas tragedias llegaron justo antes de que estallara nuestra Guerra Civil y, seguido, la Segunda Guerra Mundial, se hubiese podido hablar de un bienio horribilis para la familia montañera francoespañola. Un tanto adrede, he partido en tres lotes su desarrollo, con el fin de que este blog no termine tintado excesivamente en oscuro…

Sin duda alguna, los accidentes que tuvieron como protagonistas a la cordada Wild-Duboscq fueron los que permanecieron por más tiempo en el imaginario de los escaladores. Acaso debido a que discurrieron tres meses exactos entre ambas muertes. Mucho menos trascendió otra, digamos, jugarreta del destino: no fueron dos, sino tres, las víctimas del año 1935 vinculadas fatalmente de algún modo. A los pirineístas galos arriba citados se les uniría, en triste asociación, un tal Robert De Villeneuve.

Descubrí el nexo entre este trío infortunado por pura casualidad, cuando curioseaba entre los Carnets de courses I (Version Originale, 2012) de Maurice-José Jeannel. A modo de prefacio, he traducido su arribada al Balaitús desde la cresta del Costerillou, junto a Robert Ollivier, del 25 de agosto de 1937:

“Ganamos enseguida la meseta y, luego, la cumbre [del Balaitús]. Las brumas subieron desde Arriel y Batcrabère, lamiendo la cima. Abandonamos nuestro proyecto de descender por la Noroccidental, no sin pesar. Sin embargo, nos retrasamos largo tiempo sobre la cumbre. Hallamos en el Libro de Cima las trazas de dos caravanas que se cruzaron [en 1934] en la cima de la aguja de Ussel: una, dirigida por Ollivier que bajaba la arista, remontando la muy difícil fisura Norte de la Torre. La otra, dirigida por [Jean] Santé, subía por la arista. Sus compañeros eran, respectivamente, Henri Duboscq, [Robert] De Villeneuve y Herbert Wild, fallecidos en el transcurso de 1935. Ollivier me explicó cómo fueron sus muertes: la de Wild, en el valle de Ansó el 7 de marzo; la de Duboscq, muy cercana, el 7 de junio en el pic Long; la de De Villeneuve, el 19 de julio en el Ossau. Y se calló…

”Permanecimos largo tiempo así, silenciosos, apoyados en el hito, frente al Vignemale y a las Sierras españolas, mientras sobre esta cumbre pasaba un recuerdo de quienes habían preferido el peligro y la belleza de las montañas a la seguridad tristona de una vida corriente”.

Pillada de este modo la pista, no resultó difícil la obtención de mayores explicaciones. Las proporcionaba Robert Ollivier desde su texto sobre el “Pic du Midi d’Ossau: Robert De Villeneuve (21 juillet 1935)” en el Bulletin Pyrénéen número 217 (julio-agosto-septiembre de 1935):

“El día después de su muerte, Jean Santé y yo evocábamos con tristeza el recuerdo de nuestros amigos desaparecidos, cuando una idea desgarradora pasó por mi cabeza. El 15 de julio del año pasado [1934], dos cordadas llenas de alegría y entusiasmo salieron al asalto de la cresta del Costerillou. En una de ellas estaba Henri Duboscq y Jean Santé. En la otra, Herbert Wild, De Villeneuve y yo. Le agarré del brazo a mi amigo: Wild, Duboscq, De Villeneuve, le dije, ¡todos nuestros compañeros del Costerillou, mi pobre Jean! Se llevó la mano a la frente con desánimo: Es cierto, murmuró, hace apenas un año de esto. Nos miramos con tristeza. ¡Ah, qué pesado tributo hay que pagarle a la montaña por las alegrías que nos brinda!”.

Las dos últimas alusiones apuntaban hacia Robert De Villeneuve, un parisino nacido el 11 de mayo de 1905, e ingeniero agrónomo de profesión. Por motivos laborales se había ubicado en Pau, donde era considerado como un esquiador tan popular como efectivo, dada su formación en Suiza. Un hombre polivalente que también trepaba a pesar de su escasez de tiempo libre.

A partir de aquí, le cederemos la palabra a Louis Le Bondidier, autor del informe sobre “Les accidents de montagne aux Pyrénées en 1935”, publicado en el número 224 del Bulletin Pyrénéen (abril-mayo-junio de 1937). No sin antes advertir que, como era habitual en el lorenés, su búsqueda de la claridad en estos dramas producía textos de digestión sumamente delicada:

“El 20 de julio de 1935 varias caravanas que llevaban en su programa de ascensos el Midi d’Ossau se cruzaron en La Fourche, entre el Petit Pic y el Grand Pic. Jean Santé, con dos compañeros, se aprestó para bajar por la cara Norte. Realizando poco después un rápel de treinta y cinco metros, escuchó unos gritos que procedían del Grand Pic, pero, tomándolos por las llamadas alegres tan habituales en las caravanas que llegaban a la cumbre, no les prestó atención alguna. La idea de un accidente no afloró ni por su mente ni por la de sus compañeros: continuaron bajando con tranquilidad, enterándose en Bious-Artigues de lo sucedido.

”Otro grupo que había abandonado Pau durante la víspera durmió en Bious-Artigues, subiendo al pic du Midi d’Ossau por el Embarradère. Sus catorce integrantes se pusieron en marcha a las 6:00 h, llegaron a las 8:00 h al col de los Austriciens y, a continuación, a las 11:30 h, a La Fourche. Allí el grupo se dividió. Mientras que Ollivier, la señorita Cabanne y Bernis fueron al Petit Pic, los otros siguieron al Grand. Pasaron las Dalles Blanques y llegaron a la base de la chimenea final. De Villeneuve, considerando que las dificultades habían acabado y que la partida estaba ganada, se soltó la cuerda de la cintura y la tomó simplemente con la mano.

”A un centenar de metros de allí, casi por debajo de la cumbre, la retaguardia de la caravana formada por la señorita Levavasseur y, en cabeza, De Villeneuve, avanzando casi codo con codo con Despaux, quien iba unos diez metros más abajo, fue rebasada por otra caravana que descendía desde el Petit Pic y que se elevaba a buena velocidad hacia el Grand. Era cerca del mediodía. Solo pasaron unos minutos antes de que la señorita Levavasseur y De Villeneuve oyeran un grito del grupo que acababa de superarles y que entonces se hallaba a quince metros por encima de ellos.

”–¡Piedra…! ¡Piedra…!

”Alzaron la cabeza. Por desgracia, el sol acababa de aparecer por la chimenea y les deslumbró, por lo cual ni vieron ni pudieron esquivar nada. Así, De Villeneuve recibió en plena frente la roca desprendida por la caravana. Cayó hacia atrás con los brazos extendidos. Despaux, que estaba diez metros por debajo, se precipitó hacia la línea de caída del cuerpo, lo agarró por la cintura al paso, lo placó sobre el suelo, se deslizó un momento con él y lo detuvo cuando ambos rodaban hacia el inmenso cortado a pico de la cara Norte.

”El grupo que desprendió la piedra, al oír los gritos, hizo un alto: uno de sus miembros descendió para enterarse de lo que estaba sucediendo y ayudó a vendarlo. Después subió para unirse a su caravana, que siguió la ascensión y previno a la vanguardia, ya en la cumbre, del accidente que acababa de ocurrir. Varios compañeros descendieron hacia abajo para auxiliarles.

”De Villeneuve no murió en el acto, pero tenía la frente hundida en el lugar donde la piedra le había golpeado. Por añadidura, el choque había provocado una torsión brutal de su cabeza hacia atrás y una fractura en la base del cráneo. El hombre estaba por completo en un estado de coma del que no saldría sino para morir.

”Se organizó un rescate difícil. Despaux cargó al moribundo sobre la espalda y, con infinito cuidado, mediante la ayuda de sus compañeros, lo izó hasta la cima [del Grand Pic del Midi d’Ossau]. La caravana que había desgajado la piedra ya había salido de la cumbre y continuaba su camino. Sin embargo, dos bayoneses que habían subido por la vía normal ayudaron en el descenso del cuerpo. El moribundo fue atado a la espalda de uno de sus compañeros, realizando este turno Cames, Barbe, Blanc, Broaly, Despaux, Léopold y Lavie. Con este peso que hacía bascular, cada portador tenía que ser retenido de cerca por una cuerda que estaba unida al resto de sus compañeros. En tales condiciones les costó unas cinco horas la bajada al col de Suzon. A partir del collado, el cuerpo fue descendido sobre un mulo hasta una ambulancia que lo llevó hasta la clínica, donde la muerte se lo llevó al día siguiente”.

Y un detalle curioso sobre las pompas fúnebres del parisino, aportado esta vez por Robert Ollivier. Se refería a una iniciativa de Maïté Cabanne:

“Fue [Robert De Villeneuve] muy querido por sus compañeros de Pau, que el día antes del funeral fueron en caravana para recoger un montón de edelweiss, por lo que una montaña flores recubría el ataúd”.

Hasta el siguiente desastre de 1935, nos despediremos con ese párrafo, un tanto arcano, que firmara Ollivier en cierto Pyrénées del año 1969. Desde “Ces monts affreux; ces monts sublimes”, el veterano guía de montaña reconocía su aprensión ante varias fechas infaustas del calendario:

“1935, para siempre…, fue el año terrible. Wild murió el 7 de marzo (jueves); Duboscq, el 7 de junio (viernes); Robert De Villeneuve, el 21 de julio (domingo; luego marchas colectivas, luego guijarros…). Me volví supersticioso (3 x 7 = 21). En las montañas tengo miedo. No por mí. Por quienes me siguen. Por nada del mundo querría revivir estas horas siniestras. Pero, entonces, ¿qué…? ¿Hay que renunciar? ¿Reemplazar el montañismo por la gastronomía o por la pesca con caña?”.

Para que su final hubiese obtenido la máxima resonancia, hubiera sido preciso que la Parca dictaminase que De Villeneuve falleciera justo tres meses después de la desaparición de Duboscq: el 7 de septiembre, que no el 21 de julio. La cresta del Costerillou sería hoy uno de los recorridos más malditos de nuestra cordillera.

  1. Ya imagino a Iker Jimenez subiendo a la Aguja de Ussel para grabar psicofonías.

  2. Bravo, Alberto… Bravo por esta inesperada pieza que completa la desastrosa historia de Wild y Duboscq… En mi opinión, y muy en la línea del párrafo de Ollivier, creo que has hecho muy bien al no renunciar a contarla por ser excesivamente oscura… Saludotes…

  3. Estimado Alberto: Un magnífico trabajo. Estoy deseando leer el resto de esta “Crónica Negra de 1935” así que no te apures por los “tintes oscuros”. Me ha chocado que no aparezcan los nombres de los que tiraron la piedra y luego se bajaron tan frescos.Un saludo efusivo de: Josemaría.

  4. Hola de nuevo, amigos… Mis excusas, que andaba fuera de Zaragoza… Y me vuelvo a marchar enseguida, que hay que aprovechar el buen tiempo…
    En efecto; me cuesta un pelín la publicación de esta crónica negra con sus pasajes tan crudos y tristes… Aunque, en mi modesta opinión, siempre enseñen algo que se podía haber hecho mejor… Ya habéis visto cómo resultó 1935, y todavía faltan varios desastres más antes de pasar hoja… Los iré espaciando, desde luego, para no deprimir en exceso…
    Por lo demás, espero de un momento a otro la llamada de algún redactor de “Cuarto Milenio” (¿o era el “Quinto”…? ¿acaso el “Sexto”…?), para que me proporcionen algún sistema de grabaciones para-normales que con gusto subiré al monte en mi mochila, pese lo que pese… Todo sea por el progreso de las Ciencias Ocultas y del Abracadabrismo…
    Otro saludo cordial, especialmente para Makako, Xavi y José María…

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