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Un corazón solitario

Llega San Valentín, y con él una de las tradiciones más extravagantes de este blog: servir algún texto donde se conjugue lo amoroso con lo montaraz. Comencé el año con el marqués de Sade, por lo que habré de buscar otro tipo de registros. Más tiernos y convencionales, se entiende.

Con el encabezamiento que luce la entrada, muchos habrán deducido que la cosa va sobre novelas rosas… Pues así es. En concreto, aborda un texto que, bajo ese mismo título, fue traducido al español a partir del original en inglés de Judith Duncan, quien primeramente lo sacó como The renegade and the heiress (2001).

En mi defensa, he de decir que me topé con el referido libro durante el cumpleaños de una amiga a quien le regalaron este número 449 de Super Jazmín, una serie de “novelas con corazón”… Según me confesó la persona que obsequió dicha novela, la compró únicamente porque en la portada aparecía el maromazo-cachas de ordenanza (con cara de castigador de almas tiernas) junto a la rapaza-megapelirroja de rigor (con expresión de buscar guerra), en mitad de un decorado nival con abetos. Además, el resumen de la contraportada indicaba que “aquella aislada cabaña en la cima de una montaña cubierta de nieve estaba a años luz de la vida de lujo y riqueza de Mallory O’Brien”. Aquí aludían a la macizorra de cabellos de fuego, claro está.

Esperé con paciencia a que llegara mi turno de lectura: fui el tercero y, si no me espabilo, acabo el cuarto o el quinto; tal era la expectación despertada. Por fin, cierto día dichoso me llevé a casa la novela de marras. Aquella misma noche me percaté de que entre sus 316 páginas no hallaría material con el que engrosar la historia del alpinismo, aunque sí muchos ingredientes ideales para confeccionar un menú sanvalentiniano bien sabroso.

Pero entremos ya en materia. Al parecer, nuestro protagonista geyper-man, el tal Finn Donovan, era “toda una leyenda en la zona”, según sus vecinos del pueblecito de las Rocky Mountains canadienses donde vivía. Un tipo que conocía bien aquella cordillera y que, “si había algún problema en las montañas o detrás de ellas, un avión que choca o unos senderistas que se pierden, era la primera persona a la que llamaban, pues era muy bueno en las situaciones de peligro”. Se ve que conocía “cada grieta del terreno, incluso en las zonas en que es tan traicionero que muy pocos se aventuran”. ¿La explicación que los paisanos le daban a este prodigio de montañés? Tan sencilla como lógica: “Porque tiene sangre india, parte de sombra y de cabra montés, y una brújula por cerebro”.

Resumiré los lances iniciales en un par de líneas. Nuestro hombre-cabra se topa en mitad de la sierra con una chavala maniatada, a la que lleva hasta su cabaña y ayuda a esquivar a unos malvados perseguidores. Los follones por herencias de las clases altas-muy altas, ya se sabe. He seleccionado algún parrafillo de esta fase del auxilio a la damisela en apuros que pudiera interesar a los lectores de amplio espectro:

“Los primeros copos de nieve comenzaron a caer a media tarde […]. Salieron a un claro y Finn estudió el cielo. El paisaje era casi invisible a causa de la nieve que caía. La ladera de granito y los árboles parecían fantasmas en aquella blancura extraña. Un silencio tétrico se había asentado como una manta espesa. No le gustaba aquella sensación y no le gustaba el viento. Ni tampoco el modo en que caía la nieve. Si no se equivocaba, se avecinaba un buen temporal, y esa era una advertencia que nadie que conociera aquellas montañas podía desatender. Sobre todo, teniendo en cuenta que la segunda cabaña estaba todavía a casi un día […]. Cuando cruzó el camino, vio que la nieve había cubierto ya sus huellas. El cielo se había vuelto plomizo. Guió a Gus hacia el viejo sendero de cabras que atravesaba un precipicio rocoso. Debajo estaba el río, con su agua fría, gris y peligrosa. Daba la impresión de que la temperatura hubiera bajado diez grados”.

¿Pasamos ya al rescate de tan lozana pelirroja [véase su imagen en mi FB] en mitad de las Rocosas? Seguiré picoteando entre las líneas más montaraces de este, digamos, momento emocionante de la trama:

“Era evidente que la mujer huía de alguien; y él necesitaría media hora para llegar hasta ella. Media hora a través de la nieve, la temperatura que no dejaba de bajar y un terreno muy peligroso. Pero no había atajos. Tenía que bajar el condenado precipicio, abrirse paso a través de los matorrales y buscar un lugar razonablemente seguro para cruzar el río […]. Se fue abriendo paso por aquel terreno duro sin querer pensar en lo que ocurriría si la mujer se perdía y acababa en el río. Allí no tendría ninguna posibilidad, él no podría sacarla. Los minutos parecían horas. Cuando al fin encontró un lugar poco profundo para cruzar aquel río alimentado por glaciares, había transcurrido ya media hora. Y cuando Gus subía la ribera del otro lado, nevaba con tanta fuerza que Finn apenas podía ver nada […]. La mujer se puso de rodillas, apartó con un movimiento el pelo de su cara y lo miró, furiosa. Finn la miró de hito en hito, con la sensación de haber sido golpeado por una avalancha. La nieve caía a su alrededor como algo místico y la cascada de su fantástico pelo parecía salida de un cuento de hadas. Los copos de nieve adornaban su hermoso cabello cobrizo como joyas perfectas”.

Sin embargo, una vez que nuestro héroe salva a la moza en mitad de la tempestad, el texto comienza a verse salpicado con una serie de observaciones de corte erótico-festivo que el lector avispado no tarda en considerar como un anticipo de lo que vendrá a no mucho tardar. Así, en la misma cabaña donde encuentran refugio arrancan las elucubraciones (finas) por parte del macho-man:

“Finn la observó acercarse al fregadero con la espalda rígida. Era alta, de hombros anchos y cuerpo atlético. Y a pesar de la vida monacal que había llevado a lo largo de los años, aún le quedaba suficiente sangre en las venas para notar el modo en que se pegaba el pantalón de chándal a sus piernas largas y su trasero exuberante. Pero esa noche estaba tan agotado que estaba seguro de que le sería imposible excitarse. Hasta que ella se volvió y se inclinó para colocar el plato. Entonces se le abrió la camisa y él comprendió que no llevaba nada debajo. Miró su piel pecosa y una oleada de calor lo clavó al asiento y empezó a sudar […]. Por primera vez desde que la conociera, se había roto su autocontrol y la había imaginado desnuda. Disgustado con aquel lapsus carnal, se acercó al granero. Tenía que controlarse. Era un hombre adulto, no un adolescente gobernado por las hormonas”.

No; la sobremesa no terminó en orgía a resultas del referido “lapsus carnal”. Todo lo contrario: el rudo guía de las Rocky Mountains encarriló el tema, muy pillo él, hacia un paseíto romántico con la pava en cuestión. Se trataba de ir preparando el terreno. Tomemos notas todos cuantos las necesitemos:

“Había pocas nubes en el cielo y la luna llena iluminaba la nieve. Era una noche hermosa. Un grupo de estrellas brillaban hacia el norte y se detuvo a mirarlas. De no haber estado tan agotado, se habría quedado fuera para apreciar la enorme sensación de espacio de aquel cielo nocturno. O quizás se hubiera puesto las raquetas de nieve y habría salido hasta el prado pequeño donde a menudo se reunían los ciervos por la noche […].

”–¿Sabes andar con raquetas de nieve?

”Mallory pareció sobresaltarse. Luego soltó una risita ronca.

”–No, pero sé andar muy bien en el metro.

”Finn sonrió. Tal vez las raquetas no fueran buena idea, pero había otras opciones. Diez minutos después estaban fuera, con ella envuelta en un abrigo de piel de cordero y un par de botas de esquimal en los pies […]. Aquel era uno de los lugares favoritos de Finn. Un lugar claro, situado más allá de los árboles, donde el terreno bajaba en pendiente, produciendo la impresión de que se hallaban en la cima del mundo. El manto de nieve se ondulaba y se estremecía a la luz de la luna. Y debajo, el hilo plateado del arroyo se abría paso entre los sauces que crecían en el fondo del barranco […].

”–¡Oh, Dios mío! –exclamó, admirada por el cielo nocturno–. Es increíble”.

Pues si alguien pensaba que, tras este movimiento táctico (el paseo romántico a la luz de la luna), lo siguiente sería ir corriendo hacia la cabaña para arrancarse la ropa mutuamente entre jadeos y rugidos animales, se equivoca. A los autores de este tipo de libros les encanta posponer ese momento (que siempre llega) debido a cualquier tipo de percance. La excusa elegida para demorar el camanduleo de nuestros protagonistas, lo reconozco, me pareció de lo más original. Atentos a las curiosas prendas femeninas que lograron aterrorizar al indomable hombre de las montañas:

“[Finn] Se fue corriendo al baño. Una ducha, un afeitado y una dosis de sentido común quizá le hicieran recuperar la cordura. Pero en el baño encontró un sujetador y unas braguitas de encaje colgando de la puerta de la ducha. Tuvo un ataque de pánico. Tragó saliva con fuerza y tendió la mano para retirar las prendas, pero el contacto con la seda le recordó el pelo de ella, y apartó la mano con brusquedad. Miró las prendas como si fueran serpientes de cascabel y lanzó un rugido.

”–¿No puedes secar tu ropa en otro sitio? ¡Quiero ducharme!

”Oyó que [Mallory] dejaba algo con fuerza en la mesa y se dirigía al cuarto de baño. Pasó a su lado y retiró la braga y el sujetador.

”–Por el amor de Dios, no están contaminados. Y no te habrías muerto por quitarlos tú”.

Nada, nada; un incidente menor, pues la chorbita en cuestión ya había decidido que quería guerra. Así y todo, hasta la página 213 de la novela, nuestra fogosa pelirroja no asalta al montañés (en su propio catre). De aquí al final, se suceden unas cien páginas con escenas de alto voltaje, desapareciendo por completo las idílicas-montaraces. Ya no eran necesarios los paseíllos sentimentales por la nieve… Como estos lances de wiki-wiki son un ingrediente muy característico de la “literatura con corazón”, voy a servir algún fragmento que me ha parecido especialmente divertido. Advirtiendo, claro está, que no son aptos ni para menores de dieciocho años ni para espíritus de elevada moralidad. Los he obtenido, tras un corta-y-pega malévolo, de tres embates amorosos diferentes:

“Por detrás de la fiebre sexual, Finn detectó un hilo de terror y sintió tal emoción que casi le parecía que el corazón le había explotado en el pecho. La apretó contra sí […]. Había querido ir con cuidado, mantener las distancias, pero ya era demasiado tarde. Aquella gatita salvaje se había metido en su corazón y no había nada que él pudiera hacer al respecto […]. Pero luego ella le frotó la parte baja de la espalda y a él le dio un vuelco el corazón. Y de pronto el agotamiento dejó de ser una defensa para otras cosas. El contacto de las manos de Mallory en su cuerpo provocaba en él una necesidad muy particular […]. Mallory, con el pelo suelto en torno a los hombros y la camiseta subida, lo miró a los ojos. Finn le sostuvo la mirada y deslizó una mano por su muslo desnudo. La joven movió las caderas, situándose cerca de su sexo. Lo único que los separaba era una toalla delgada de motel y ella reaccionó como si algo la hubiera escaldado. Cerró los ojos y se frotó contra él […]. Siguió besándola, desesperado por saborearla, por tenerla. Mallory se retorció y él gimió con un placer tan intenso que casi era dolor. Introdujo la mano en el pelo húmedo de ella y siguió besándola con ardor […]. Finn tiró de ella hacia abajo y volvió a besarla en la boca. Cuando la colocó debajo, la toalla ya no los separaba. Al situarse sobre ella no pudo evitar un gemido. La oleada de placer fue tan intensa que casi terminó allí mismo. Movió la cabeza, tratando de frenar un poco. Quería entrar en su calor húmedo, perderse en su interior, pero apretó los dientes y se forzó a permanecer quieto, con todo el cuerpo temblando. No podía usarla de ese modo […]. Era la primera vez que se acostaba con una pelirroja y las pecas lo fascinaban. Sobre todo porque las tenía por todas partes”.

Insisto que el párrafo anterior es como un pequeño extracto de esas escenas del love-is-in-the-air que afloran en el tercio final de Un corazón solitario. Un texto de Judith Duncan que, justo es decirlo, me pareció bien escrito/traducido, con escenas perfectamente resueltas y argumento sólido. Sin duda que gustará a los partidarios de la literatura de los montes venusianos, que no himaláyicos.

A ver si, para mi cumple, alguien me regala la segunda parte de las aventuras de Mallory & Finn… Tengo curiosidad por saber cómo se titulará: ¿Kiki salvaje en el MacKinley…? ¿Vértigo entre los humedales del Bajo Chimborazo…? ¿Contorsionismo sobre el puntal del Machu-Pichu…? En realidad, tampoco puedo quejarme, pues hace ya tiempo me obsequiaron con Cima y castigo, una obra de Pierre Charmoz editada por Desnivel en 2003. Con cierta dedicatoria que parecía escrita por la mismísima pecotosa-por-todas-partes de esta entrada. En efecto: también tenemos algo de literatura erótica en nuestro cortijo.

12 Comentarios

  1. Ya estoy, ya estoy por aquí, amigos…

    Xavi: ¡hasta dónde no llegan los raqueteros en la viña del señor…! ¿Ya has alistado a macho-man Finn Donovan en tu censo no lejos de Georges Ledormeur…?

    Pako: tampoco es para tanto, que me limito a extractar párrafos con cierto interés montaraz, ya “alpino”, ya “venusiano”… Espero que al menos te hayas echado alguna risa…

    Jaume: ¡ay!, ¡qué bien que me conoces…! En efecto; tengo ya un esquema de una historia de éstas, de las, digamos, centradas en el sexto mandamiento (pero no el de Luis Trenker)… Sin porno, claro, que eso se lo dejo a los profesionales del ramo… A ver si convocan de nuevo los premios de la “Sonrisa vertical”, desarrollo mi argumento “alpino” y trato de llevarme el gato al agua, que soy muy “concursero”…

    José María: bueno, pues conociéndoos a ambos, yo empezaría por regalar mañana alguno de los “Premios Desnivel de Literatura de Montaña” (ya sé que tienes el “Monstruo de Artouste”), para no arriesgarme demasiado… Quizás el año que viene, preparando el terreno con tiempo, no te tiren a la cabeza el “Cima y castigo”, que tiene escenas muy subiditas de tono, te lo aseguro…

    Cheap: te agradezco tus amables palabras, pero tu comentario huele a spam que no veas… Disculpa si no es así…

    ¡Saludotes gordos para todos!!!

  2. Disculpa, Makako, que, no sé cómo, habías caído en el saco de los spam…
    Gracias por el nuevo hallazgo bibliográfico, y más aún por el extracto del argumento (algo me dice que bastante imaginativo por tu parte)… No descansaré hasta darme de narices con esta segunda parte de las aventuras de Finn Donovan y de su “arce-resultona-pelirroja”…
    En cuanto a San Tontín, he de reconocer que no lo celebro desde mis lejanos años de la “edad-del-pavo” y sus novietas… Vamos, que no me como ningún pastelito empalagoso de fresas salvajes del Caribe con forma de corazón… En temas pasteleros, tampoco pico ni con las “Teticas de Santa Águeda” (se piden así), ni con los “Lanzones de San Chorche”…
    Más saludos, ¡y que la sanvalentinianada te resulte propicia en placeres sin cuento…!

  3. Hecho, Alberto…!! Macho-man Finn Donovan ocupa una posición de honor en el censo, aunque no en el de Ledormeur sino en el yanqui… Por cierto, ¿se menciona en el texto de Duncan si las tenía muy grandes…? Las raquetas, se entiende… Saludos sanvalentinianos…

  4. Pero Alberto a mi me pareces mas de roscones de Reyes y de San Valero.

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