por

Los tres meses de Henri Duboscq

Ya hemos visto en el texto anterior cómo discurrió la última salida del escritor conocido como Herbert Wild. Su drama del 7 de marzo de 1935 iba a tener una suerte de contrapunto no menos trágico. Así, este accidente en el Petrechema se cerraría con un epílogo fatal, justo tres meses después. Una de esas casualidades de la vida que, como es lógico, hizo correr ríos de tinta en las publicaciones del pirineísmo galo.

El nuevo desastre tuvo un origen del todo inocente: los amigos de Henri Duboscq, al verle tan hundido tras la muerte de su compañero de aventuras invernales, le animaron para que regresase a la montaña. Un grupo liderado por Robert Ollivier realizó con él un ascenso por Arrémoulit que, según dijo el cronista Jean Ritter, no obtuvo el menor éxito, dado que “llevaron con ellos a una sombra”. Con la mejor intención del mundo, se pensó entonces en un segundo intento que reconfortara al abatido Monseñor…

Para el repaso de estos sucesos voy a apoyarme en el trabajo que redactó Louis Le Bondidier a lo largo de varios ejemplares del Bulletin Pyrénéen. Más en concreto, el final de nuestra historia lo cubriría en el número 221 de 1936, dentro de su artículo sobre “Les accidents de montagne aux Pyrénées en 1935. Pic Long, Henri Duboscq (7 juin 1935)”.

Este desastre en el macizo del Néouvielle tuvo como protagonistas, además del montañero aludido, de cincuenta y tres años de edad, a los entonces veinteañeros André Bacelon y Robert Ollivier. El terceto había planeado una ascensión al pic Long desde Gèdre aprovechando que, durante aquella primavera, la zona se mostraba bien saturada de nieve. Salieron de Pau muy temprano, en la madrugada del 7 de junio de 1935, para arrancar la marcha sobre las 4:45 h. Su aproximación a la montaña discurriría a las mil maravillas hasta la Hourquette de Badet, donde el nevazo reblandecido comenzó a poner las cosas difíciles. Venciendo grandes complicaciones, nuestro grupo alcanzaba la Hourquette del pic Long sobre las 11:00 h.

Desde este portillo hubieran tenido que insistir sobre las laderas de Estibère Male, mas el riesgo evidente de avalanchas les recomendó el abandono de la normal. El escarmentado Duboscq fue quien, justamente, decidiría pasar al filo de la recortada arista sureste del pic Long a pesar de que aquella ruta les exigiría varios contorneos laterales para evitar los gendarmes más enderezados. Uno de ellos, cerca ya de la llamada Protuberancia Sur, les frenó en seco. Louis Le Bondidier explicó de modo sumamente detallado las diversas fases de la tragedia mediante un texto duro de digerir:

“La caravana subía por la arista que se apoyaba contra un resalte ligeramente extraplomado, para constatar que era imposible vencer ese obstáculo de frente. Una vira ligeramente en descenso se acercaba a la vertiente de Estibère Male. El grupo la siguió. Dicha vira terminó pronto en una pared de grandes lajas recubiertas por una delgada capa de nieve que, inmediatamente por arriba, daba lugar a un roquedo casi vertical, aunque seco. Ollivier, como líder de la cordada, decidió escalarla, y encontró una plataforma de un metro cuadrado de superficie, aproximadamente unos ocho metros por debajo de la cresta. Bacelon trepó hasta allí con rapidez. Ollivier continuó la ascensión y llegó a la arista.

”Bacelon hizo subir a Duboscq cerca de él, por la derecha, y después salió, alzándose a fuerza de manos, todo el largo de cuerda, para ganar igualmente la cresta. Hizo así unos dos metros, viéndose forzado por la naturaleza del terreno a separarse de Duboscq, quien se hallaba a unos tres metros por su derecha, algo más abajo, a unos dos metros de Bacelon.

”En ese momento, Ollivier, quien estaba sobre la cresta pero a quien un saliente de roca impedía ver a sus compañeros, escuchó un ruido de piedras y, a la vez, el grito de Bacelon:

”–¡Atención! ¡Agárrate bien!

”En ese mismo instante la cuerda dio un tirón y se tensó violentamente. Por suerte, pues sin esa precaución hubiese habido tres víctimas en lugar de una sola, lo primero que hizo Ollivier sobre la cresta fue amarrar con cuidado la cuerda a una roca. Resistió.

”Bacelon gritó entonces que Duboscq acababa de caer. Ollivier le dio la cuerda suficiente para que pudiera atarse con solidez, de forma que pudiera retener a Duboscq. Una vez realizada dicha maniobra, Ollivier bajó hasta Bacelon.

”Tras un breve consejo, Ollivier descendió hasta cerca de Duboscq, quien pendía al extremo de la cuerda, con la cabeza hacia abajo y sin moverse. Estaba vivo todavía, mas con los estertores del coma. Ollivier giró el cuerpo para colocarle hacia arriba la cabeza, y lo amarró mal que bien al roquedo, unos metros a la derecha, para volver hacia donde estaba Bacelon.

”Tras haberse desencordado, Bacelon subió al extremo de la cresta, hacia abajo y a la derecha del roquedo extraplomado. Ató sólidamente la cuerda a un gendarme. Durante ese tiempo, Ollivier permaneció en la plataforma para sujetar la cuerda en cuyo extremo estaba Duboscq. Una vez estuvo Bacelon asegurado, Ollivier regresó adonde se encontraba Duboscq.

”Al hallarse éste muy a la izquierda del gendarme donde la cuerda había sido atada, Ollivier le hizo describir un movimiento pendular que lo llevó primeramente hasta un lugar donde un saliente permitía retener a Duboscq. Bacelon se desató entonces de la cuerda y bajó por la cresta de forma que se hallase de nuevo a la derecha; amarró nuevamente la cuerda y Ollivier empujó el cuerpo de nuevo hasta el extremo de la cuerda. Repitiendo esta maniobra varias veces, situaron el cuerpo en la cresta, desde donde fue descolgado de roca en roca hasta la Hourquette entre el pic Long y el pic Badet; desde aquí, lo bajaron al glaciar.

”Atados a la cuerda, Ollivier y Bacelon arrastraron el cuerpo, pero la nieve estaba muy reblandecida en aquella jornada de junio. Los rescatadores se hundían hasta las rodillas. Los estertores cesaron; después de dos horas, el desdichado Duboscq, quien nunca recobró el conocimiento, no era más que un cadáver. Eran las 19:00 h y la noche se acercaba. Se hizo cuanto humanamente fue posible. Para poner el cuerpo al abrigo de los animales de presa, Ollivier y Bacelon lo enterraron en un pozo de nieve que señalizaron y, después, a toda velocidad, bajaron a Fabian. Llegaron allí a las 1:30 h, saliendo a las 5:00 h hacia Pau, donde organizaron el rescate y volvieron a subir […].

”Quedaba un punto por resolver: la causa de la caída de piedras que provocó el accidente, que suscitaría dos hipótesis. Una piedra desgajada por el roce de la cuerda sobre algún bloque poco estable, o debido a las circunstancias atmosféricas de la jornada.

”La hipótesis de la piedra desgajada por la cuerda tenía en su contra dos circunstancias. Unos minutos antes, cuando Ollivier subía a la cresta, siguió un itinerario sobre el cual la cuerda que portaba se encontró enseguida quieta. Si hubiera tropezado con algún bloque inestable, Ollivier lo hubiera visto. Se habría soltado de su mano o de su pie.

”Además, un instante antes del accidente, Duboscq estaba a la derecha de Bacelon. Si en el momento en que Bacelon comenzaba a subir a lo largo de la cuerda, ésta hubiera soltado algún bloque, era él quien se hallaba inmediatamente debajo, por lo que hubiese sido golpeado él y no Duboscq, quien en esos momentos quedaba unos tres metros a la derecha.

”En toda esta vertiente del pic Long abundan los bloques inestables. Aunque alguno parezca muy sólido, puede caer a nada que se toque, y arrastrar a una decena de bloques con él. Hace veinticinco años [en 1910], un joven del Politécnico murió por una caída de piedras. Cuando fue a estudiar sobre el terreno las circunstancias de dicha muerte, el autor de estas líneas [Louis Le Bondidier] estuvo a punto de ser víctima de un accidente similar en su descenso por el cercano valle de Estibère Bonne, cuando un enorme bloque fue desgajado por un compañero que apenas lo rozó. Un roquedo muy oportuno logró desviar la piedra […].

”Así, la muerte del desdichado Duboscq fue debida a una de esas causas en las que ni la técnica ni la prudencia podían hacer nada, y que constituyen el riesgo inevitable de cualquier ascenso”.

Con su dictamen, Le Bondidier parecía conjurar cualquier traza de maldición. Hizo algo más. Solicitó que la toponimia recogiera de alguna manera este accidente de 1935:

“Propongo que, en recuerdo de este drama que da una particularidad y una notoriedad sangrantes al extremo de esta cresta que, sin ello, no merecería ninguna designación especial en la nomenclatura pirineísta, otorgarle el nombre de punta de Henri Duboscq. Un nombre que la propia víctima ha escrito con sangre sobre dicha pared. Por otra parte, Henri Duboscq merece dicho homenaje. Llegado tarde a la montaña, la quería con un amor silencioso y un tanto taciturno. Sus Carnets, que permitirían redactar su lista de ascensiones, no han sido encontrados entre sus papeles, si bien el Musée Pyrénéen posee al menos una página bien elocuente: el resumen en dos columnas de los picos que figuran en la Guide Soubiron, con los hechos por Duboscq y los que le faltaban. De esos ciento cuarenta y ocho picos, Duboscq había subido ciento diecinueve, y no le faltaban por subir sino veintinueve, de los cuales uno solo por encima de los 3.000 metros, el de Boum. Según algunos detalles, dicha hoja se remontaba a dos años antes de la muerte de Duboscq, quien había hecho, durante ese tiempo, la mayoría de esas veintinueve cimas y, entre ellas, la del Boum”.

Es decir: que el drama del pic Long se llevó por delante a un temprano coleccionista de tresmiles y dosmiles que, muy posiblemente, logró finalizar su listado basado en los reseñados por Pierre Soubiron en 1931. Sin embargo, ningún topónimo recuerda hoy a Henri Duboscq en el macizo de la Nieve Vieja sobre las cartas del IGN.

A modo de colofón, añadiré una lúgubre curiosidad literaria. Como suele suceder en casos similares, a los lectores de Herbert Wild les chocaron de un modo tremendo ciertos pasajes de una de sus ficciones póstumas. Aparecían dentro de La paroi de glace, publicada un año después de su fallecimiento. Un trabajo al que, tras ser rechazado por las editoriales en 1933 y en 1934, le salieron varias novias a resultas del conocido como “Drama de Ansabère”. En fin; que cada cual juzgue las frases que el desdichado literato puso en labios de su protagonista:

“–Marché en busca de Dios sobre las nieves duras salpicadas de fragmentos de rocas. Marché lejos. Hubiera tenido que matarme.

”–Si pudiera pedir algo, sería terminar mi vida en un claro de luna, limpio como el agua de las cascadas, sobre una cresta iluminada por la claridad de las regiones altas, con el mundo blanco y poderoso de esas cimas gigantescas y luminosas como mi última visión”.

13 Comentarios

  1. ¡Qué maravilla de portadas, Alberto…! Tal vez no sea el lugar apropiado para confesártelo, pero aunque parezca que voy de pirineísta, lo que en realidad me encantaría es escribir novelas de ese tipo… Feliz “San Tontín” adelantado…

  2. Epa, Xavi… Pues, yo que tú, aparcaría los “sports-winter” por un tiempo para tantear esta otra temática, que seguramente tiene incondicionales a espuertas… O, quizás, podrías “hibridarlos”, fabricando novelas con toques erótico-verderoles-esportivos con vistas al Premio Desnivel de Literatura de Montaña: “El millonario raquetero y la torda descarriada”; “La rica heredera se estrena (en los deportes blancos) en el Hospital de Benás”; “La travesía raquetera del Pirineo de catre en catre”… Se podría permutar el género de estas sugerencias para los hipotéticos títulos, claro: “La millonaria cateta…”; “el tordo despepitado…”; “el heredero gañán…”; “el Espitau de Vielha…”; etc. La idea que te apunto no es demasiado original, como podrás comprobar sobre el 14 de febrero… Palabra de maño…

    Siento decepcionarte, Makako, que el texto que me prestaron no estaba escondido junto a los otros del link multi-portadal que facilité… Y en mi entrada no habrá nada de Sade… En todo caso, aparece un macho-man-montañero que ha de enfrentarse con cierto sujetador maléfico [sic]… No es broma, no: la “novela sentimental” proporciona sorpresas de este tipo…

Los comentarios están cerrados.