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Muerte de un escritor: el caso Wild

Como hemos visto en las entregas dedicadas al accidente en el Ansabère de 1924, dicho drama puso al valle de Lescun sobre el mapa pirenaico. Por desgracia para esta bella región bearnesa, otra terrible historia lograría que volviese a estar en la boca de todos once añadas después…

Los infortunados protagonistas de la nueva página de la crónica negra del Pirineo Occidental se llamaban Henri Duboscq y Herbert Wild. Ambos habían sobrepasado la cincuentena de edad, pero amaban con verdadera pasión los decorados invernales de esta cordillera. Se desplazaban sobre sus nieves con cierta periodicidad; a menudo con esquís. Del primer citado, decir que su apodo de monte era el de Monseigneur (o Monseñor), por cuenta de algún atuendo púrpura que empleaba asiduamente y por lucir un gran anillo. Su mayor ilusión era la de cobrarse todas las cimas de la Guide Soubiron de 1931.

En cuanto al segundo citado, hay que aclarar que se trataba de un doctor en Geología cuyo verdadero nombre era el de Jacques-François-Georges Deprat. Tras cierta controversia fea en Extremo Oriente que le alejó del mundo mineral, se volcó en una carrera literaria. Además de sus frecuentes colaboraciones en la prensa, fue autor de una docena de novelas: desde Le conquérant (1924), Dans les replis du dragon (1926) y Le colosse endormi (1927), hasta Le capitaine du Fai-Tsi-Long (1935) o Monsieur Joseph (1936). Muchos de estos trabajos eran aventuras orientales a lo Emilio Salgari, pues el escritor apodado como Herbert Wild había trabajado varios años en decorados de China e Indochina. En su nueva profesión nuestro hombre recibió diversos galardones e incluso fue candidato al prestigioso Premio Goncourt. Sus novelas más exitosas fueron traducidas al inglés, alemán y español. Como obras de temática pirenaica se podrían destacar esos Horizons pyrénéens (1934) servidos desde la prensa, o esas ficciones póstumas sobre La paroi de glace (1936) o Les skis invisibles (1936) donde revelaba su querencia tanto por William Shakespeare como por Henry Russell. De la más célebre de todas ellas en nuestro gremio, La pared de hielo, el erudito Jean Ritter destacó el innegable “amor por la región, por el valle de Ossau y sus montañas, que refleja entre sus páginas; las siluetas conocidas, queridas y constantemente citadas de sus montes, la presencia permanente de sus panoramas, que se perfilan como decorado”.

Añadiremos dos anécdotas montaraces sobre nuestro polifacético Deprat-Wild: para la composición de cierto texto en su cerebro, el escritor se encerró en un mutismo absoluto durante un ascenso con varios amigos al pico de Batoua/Culfreda… Por lo demás, se sabe que sus habilidades esquiadoras eran bastante limitadas. Tal es así que, cuando en 1931 tomó las dos tablas para internarse por el Pirineo invernal junto a su nuevo camarada, el Monseñor, ambos decidieron que las emplearían como un medio, que no como un fin. Y, dado que sus virajes eran tirando a penosos, decidieron al unísono clavar con tachuelas sus pieles de foca sobre la base de los maderos para utilizarlas tanto en las subidas como en las bajadas…

A pesar de estas limitaciones técnicas, nuestro par de amigos proyectó un raid con esquís por la zona fronteriza que se extendía entre el valle de Aspe y el de Echo en el invierno de 1935. Abandonaban Pau en el coche de Duboscq el día 7 de marzo, rumbo a Lescun. El itinerario montañero previsto les llevaría hasta el collado de Petrechema, para seguidamente bordear la Grande Aiguille d’Ansabère y ganar el pic d’Ansabère/Petrechema sobre las 13:00 h. A tenor de lo planificado, deseaban continuar su periplo hacia la Mesa de los Tres Reyes y finalizarlo en el refugio de Laberouat. Nunca llegaron a completar dicha travesía.

Hay en circulación varios textos sobre la tragedia del 7 de marzo de 1935. Como trabajo de referencia se puede destacar ese artículo sobre “Les accidents de montagne aux Pyrénées en 1935” que Louis Le Bondidier publicara en el número 220 del Bulletin Pyrénéen (1936). Resulta muy interesante, pues el conservador del Musée Pyrénéen de Lourdes confeccionó su informe a base de los diversos artículos de la época y, sobre todo, a partir de las confidencias que le hiciera Henri Duboscq, poco antes de morir, a un amigo común… Jean Ritter realizó una composición detalladísima que serviría en su magnífico texto sobre “Le drame d’Ansabère” para los números 174 y 175 de la revista Pyrénées (1993). Obtuvo nuevos datos a través de varias entrevistas con Robert Ollivier y gracias a algún documento procedente del archivo de Duboscq. Finalmente, en la obra de Boris e Ivan Thomas sobre Ansabère, un siècle de conquêtes (2010) también se añadía algún detalle más.

Regresemos al Petrechema junto a Duboscq y Wild. Como la noche se les echaba encima, el dúo galo pensó en acortar su ambicioso recorrido. Así, optaron por descender por unas laderas de nieve helada en la vertiente aragonesa. A la vista de aquel terreno delicado, se liberaron de sus esquís y se calzaron los crampones, que eran del modelo de seis puntas verticales. En cuanto a las tablas, decidieron portarlas a rastras después de atar las puntas con una cuerda que cada uno fijó a su cintura. Empuñando con decisión los piolets, comenzaron entonces a bajar…

Una faja rocosa les obligaría pronto a buscar el modo de esquivarla. Wild se adelantó unos metros a su compañero, quedando fuera del campo visual. Traduciré a Ritter para que nos cuente cómo se desarrolló el percance en la cresta del Petrechema desde el momento en que Duboscq escuchó el grito del escritor. No sin antes avisar de que se trata de un texto muy duro:

“–¡Ya está! ¡He encontrado un paso!

”La amplia experiencia de su amigo [Wild] justificaba el examen de la solución vislumbrada. No hubo tiempo. Primero percibió [Duboscq] un ruidito extraño sobre la nieve, lo que hizo que volviera la cabeza, intrigado, para ver entonces a Wild que se resbalaba por la pendiente como si fuera un fardo sin control sobre la superficie helada, sin proferir un grito, sin el menor gesto. Todo sucedió muy deprisa. Wild rodó sobre los escalones, aparentemente sin hacerse daño, y llegó a la nieve. A esa superficie sobre la cual el infortunado se deslizó con una facilidad tan enloquecida como espantosa, sin que pudiera disponer de ningún asidero para sus guantes de lana, sin ningún apoyo para hacer algún movimiento, como si fuera una barca que se aceleraba sin cesar, que no acababa de pasar por allí donde, un instante antes, no había sino blancura. Allá abajo una punta rocosa emergía del nevero. Incapaz de hacer el menor movimiento, Wild acabó pasando sobre ella, rompiéndose la columna vertebral, sobrepasándola y precipitándose más allá del horizonte visual de su estupefacto compañero.

”Tras dichos sucesos, éste observó que la pendiente inicial en la que Wild había resbalado no era excesiva, y supuso que, debido a algún movimiento en falso de algún pie, se pudo enganchar con la punta de un crampón a la pernera de la otra pierna. Su amigo dedicó tres largos cuartos de hora a evitar las rocas y alcanzarle. Wild era un fardo paralizado […]. El sol bajaba por el horizonte, velándose. El día pronto se tornó siniestro, con el cielo de un tono blanco sucio, y con un frío muy vivo.

”Duboscq cargó con él antes de decidirse a confeccionar un trineo con la cuerda y los esquís. Fue entonces cuando Wild recuperó la conciencia. Duboscq ató dicho fardo con unas bridas. En principio incapaz de articular ni una sola palabra, Wild, bien asegurado por su amigo, solo recuperó la voz por el camino:

”–Mis excusas por imponeros tantos esfuerzos. No merece la pena.

”En otro paso difícil, a su vez, Duboscq dio un paso en falso y la cuerda improvisada se le escapó de entre sus manos entumecidas. La camilla de esquís acabaría golpeándose contra un roquedo. Wild murió tras este segundo golpe. Duboscq se desmoronó. En su cuerpo penetrado por el frío y rozado por la muerte, sus pensamientos no eran más que nubarrones amenazadores.

”Frente a estos sucesos brutales, cierta cuestión pendía por su cabeza. Así pues, ¿qué había matado a este hombre, la columna vertebral rota o el cráneo fracturado? Desde la distancia podemos responder: ciertamente no fue Henri Duboscq, quien cargó con su amigo hasta llegar a la extenuación de sus fuerzas; sobre su espalda primero, y luego sobre los esquís”.

No concluyó aquí el calvario del superviviente, quien arrastró el cadáver de su camarada hasta las 21:00 h, cuando por fin alcanzó una cabaña. Allí lo depositó a cobijo de los buitres, prosiguiendo un descenso en el que terminó perdiéndose en mitad de la noche fría. Acabaría en la vertiente navarra. Absolutamente extenuado, la Guardia Civil de la villa de Isaba lo trasladó en coche hasta la de Ansó. Desde esta última población se enviaron hombres para recoger el cuerpo de Wild, que había quedado a una quincena de kilómetros de allí.

Entre tanto, un telegrama remitido al Club Pyrénéen de Pau para comunicar el fallecimiento hizo que cruzaran hasta Aragón un grupo de amigos, encabezado por Jean Santé, con objeto de ayudar en los penosos trámites. Especialmente útil resultó el médico Albert Tachot, quien tendría que auxiliar al médico local en la autopsia de su camarada. Cuenta Robert Ollivier que ésta, realizada en el portalón de la iglesia ansotana a la vista de medio pueblo, obligó a serrarle el cráneo…

El cadáver del escritor fue enterrado en Ansó, en cuyo cementerio se instaló una lápida con un texto en francés que decía: “A Jacques-François-Georges Deprat, en literatura Herbert Wild, nacido el 31 de julio de 1880, muerto en la montaña el 7 de marzo de 1935, en el pico Petrechema. Su familia y el Club Pyrénéen de Pau”. No en vano, el hombre había suplicado a los suyos que, si perecía en la cordillera, lo enterrasen lo más cerca posible del lugar donde le alcanzara la fatalidad.

Existe una versión hispana sobre la resolución de este accidente, un tanto distinta de la que circuló por Francia. La proporcionaba Pedro Juanín desde su libro sobre la Historia de los orígenes de los deportes de invierno en la comarca de la Jacetania (1908-2008), tras obtenerla del entonces joven carabinero del puesto de Zuriza, Alejandro Gusano:

“Una tarde del 7 de marzo de 1935 un hombre llamó a la puerta de la casa cuartel de Zuriza; hacía mucho frío y nevaba. Era un francés: entrecortado por el cansancio, explicó que venía con un compañero haciendo marcha de travesía con esquís desde Lescun. Habían pasado por Petrechema. Bajando, su compañero cogió una placa de hielo y se despeñó por el barranco. El lugar era inaccesible y el compañero no contestaba a sus gritos; desesperado, clavó los esquís en el camino para tener una señal visible y que la nieve que cayera no le despistara cuando volviera, y marchó a pedir ayuda. Los carabineros le atendieron en su desgracia, le confortaron con café y coñac, pero no era posible salir en su busca hasta el día siguiente: la caída de la noche y el temporal de nieve así lo aconsejaban. A la mañana siguiente se organizó el rescate a sabiendas de que solo iban a recoger el cadáver del francés Jean-François-Georges Deprat, que tenía como seudónimo literario el de Herbert Wild. Éste está enterrado en el cementerio de Ansó. La mujer y los hijos vinieron desde Francia para asistir al sepelio y, en agradecimiento por el rescate, regalaron a los carabineros el equipo del fallecido”.

Tal pudo ser el origen del deporte blanco en esa zona de los Valles Occidentales. Porque Gusano, un carabinero nacido en Fago hacía veintidós años, comenzó a utilizar las tablas de Wild por las lomas de Zuriza desde aquel trágico invierno de 1935.

No tan feliz fue lo que le aconteció, en el curso de esa misma añada, a Henri Duboscq…

  1. Accidentes los hubo y los habrá. Es bueno publicar estas crónicas negras sobre blanco, para quizás, las personas que quieran salir con esquis a la montaña (desde la ventana de la buhardilla o no) después de estos nevadones, anden con el máximo tiento. Cordialmente, EraNethou.

  2. Tengo a media familia con gripe; ya disculparéis los retrasos, amigos…

    Xavi: ¿Has dicho Bagergue, en Aran…? Vaya suerte… No, no: no se me han olvidado esas vistas que tanto Carmen como Luisa, como Nil, como tú, me mostrasteis hace un año… Desde ese flanco, ya conocía el panorama del Aneto desde Baqueira, claro está, pero este otro del que hablas es muy superior…

    EraNethou: Sí; buena falta hace lo de ser un propagandista (más) de la prudencia… Aunque sea con la boca pequeña, como en mi caso, por eso de “no estar libre de faltas para tirar la primera piedra”… Ni mucho menos…

    Y para quienes estén interesados en la tragedia a la que aludía al inicio de la entrada:

    http://albertomartinez.desnivel.com/blogs/2016/10/23/una-grande-demoiselle-enlutada/

    http://albertomartinez.desnivel.com/blogs/2016/10/28/las-victimas-de-la-cuerda/

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