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Un cuento de Sade (de verdad que sí)

Los moradores de la vertiente norte del Pirineo gozan del dudoso privilegio de haber sido observados con lupa durante un par de siglos. Especialmente a lo largo de toda la edad de oro del turismo montaraz. Los múltiples intentos por retratar el carácter gascón nos han brindado páginas muy divertidas. Así, para iniciar con buen pie el nuevo año he recopilado algunos fragmentos que no sabría si clasificar dentro de la antropología o, mejor aún, del humor. Pertenecientes a tres autores más que reconocidos…

Abriremos boca con uno de mis trotamundos favoritos: James Erskine Murray, firmante de A summer in the Pyrenees (1837). Sin mayor preámbulo, vamos a ubicar a este natural de Edimburgo sobre el sector entre Auzat y Saleix, allá por 1835:

“Los contrabandistas pirenaicos, unas veces son franceses y otras españoles. Los más audaces y osados son los nacidos en España, aunque de padres franceses. Ambos países deben afrontar de igual modo la audacia de esas gentes que, armadas hasta los dientes, nunca dudan en disparar sobre los aduaneros cuando creen que lo exige la ocasión. Los aduaneros, conscientes de vérselas con hombres capaces de todo, demasiado a menudo se ven forzados a cerrar los ojos ante los delitos cometidos por los contrabandistas.

”En cierta ocasión, uno de estos contrabandistas sin fe ni ley descansaba en un albergue solitario. Iba, como de costumbre, armado hasta los dientes, y no prestaba la menor atención a los demás clientes del lugar. Estaba a punto de limpiar su pipa con la punta de su largo puñal. Cuando terminó, hizo girar su arma en su mano varias veces, con aire satisfecho, antes de meterla en su bolsillo, pareciendo muy contento por los buenos servicios que le había brindado en ocasiones difíciles. Un gendarme que había estado observándole puso bruscamente su mano sobre el bolsillo, diciéndole que no tenía derecho a penetrar en territorio francés armado.

”–¡Ah! –le dijo el contrabandista–: ¿uno no tiene derecho a cortar su pan y su tabaco?

”–Ciertamente que sí –le respondió el gendarme–, pero lo que tenéis aquí es mucho más de lo que hace falta para cortar vuestro pan y vuestro tabaco.

”– –replicó el otro con una mirada que decía mucho–, pero de los perros y de los lobos es preciso defenderse.

”El contrabandista pronunció aquellas palabras de un modo tan acentuado y malvado que el gendarme, que tenía mayor costumbre de pedir pasaportes que puñales, pensó que era mejor ser prudente y no insistió”.

Sigamos nuestro viaje costumbrista hacia el oeste, para ingresar en el Luchonnais. El mismo escocés nos obsequiará con otra pincelada de cómo vio a los habitantes de los Pirineos:

“Los montañeses, un tanto crédulos, que guardan sus rebaños durante algunas semanas al año en estos parajes de Carbious [Crabiules], están convencidos de que hay gran cantidad de oro y plata enterrada en sus glaciares. En numerosas ocasiones han intentado hallar estos tesoros escondidos y más de uno ha perdido la vida en dicha empresa. Estos montañeses, cuando no logran obtener lo que esperan, suelen guardarse su decepción y jamás atribuyen su suerte a la justicia o a la sabiduría del Todopoderoso, sino que atribuyen impíamente su falta de suerte a alguna intervención tan indecente como injustificada del Maligno”.

Nos despediremos de Murray con su ingreso en tierras bearnesas. Acababa de dejar atrás Tarbes y sintió la necesidad de filosofar sobre el espíritu de los nativos en 1835:

“En los departamentos pirenaicos, pues en estas regiones montañosas la civilización no realiza sino progresos lentos y tardíos, los usos y costumbres de la población han cambiado poco con el paso de los siglos. Es cierto que en las cercanías de los balnearios los gustos y hábitos de los campesinos cambian con rapidez, y allí, ante la posibilidad de alguna ganancia, se logra que poco a poco desaparezca su bondad y generosidad naturales, por lo que el extranjero es acogido según el precio que pueda pagar por sus entretenimientos. Pero cuando uno se aleja de estos mercados del vicio semi parisinos, los campesinos pirenaicos han conservado su simplicidad primitiva, sentimientos religiosos y hospitalidad. En la humilde choza del pastor se hallarán buenos testimonios de los tiempos pasados y, en las supersticiones de sus habitantes, los restos de la mitología de los períodos más antiguos, mezclados con cuentos de la Edad Media y, como han evolucionado poco aunque se encuentren en las proximidades de la civilización, también han conservado sus virtudes, costumbres y tradiciones”.

Puede decirse que, cruzado el ecuador del siglo XIX, todos los globetrotters irían aportando sus propias anécdotas sobre estos franceses tan del Mediodía. Hippolyte-Adolphe Taine no quiso ser menos, y contó un sabroso chascarrillo localizado en Laruns dentro del Voyage aux eaux des Pyrénées (1855):

“Por lo general, los osaleses tienen una fisonomía dulce, inteligente y algo triste […]. Aquí, los hombres son delgados y pálidos; sus huesos aparecen prominentes, y sus rasgos principales son atormentados como sus montañas. Una lucha eterna contra el suelo ha empequeñecido tanto a las mujeres como a las plantas; les ha dotado de una mirada con una expresión vaga de melancolía y reflexión […]. El desinterés no es una virtud de las montañas. En un país pobre la primera necesidad es la de dinero. Se discute por saber si ellos consideran a los extranjeros como a una presa o como a una cosecha. Ambas opiniones resultan ciertas: se trata de presas que cada año dan una cosecha. He aquí un detalle pequeñito, aunque capaz de mostrar con qué destreza y pasión exprimen incluso un huevo.

”[El veraneante] Paul le dijo un día a la sirvienta [de su casa de alquiler] que cosiese un botón de su pantalón. Al cabo de una hora, ella regresó con su pantalón y, con un aire indeciso e inquieto, como si temiese el efecto de su petición, dijo: Es una moneda. Más adelante explicaré la gran suma que es una moneda.

”Paul sacó una moneda y, sin decir nada, se la dio. Jeannette se fue, y cuando ya había puesto un pie al otro lado de la puerta, se abstrajo, volvió, cogió el pantalón y le mostró el botón: ¡Ah, sí que es un bello botón! (una pausa). No tenía de estos en mi costurero (otra pausa más larga). He comprado este en el tendero: me costó una moneda. Ella se alzó con ansiedad. El propietario del pantalón, siempre sin decir nada, le dio una segunda moneda.

”Estaba claro que allí había una mina de monedas. Jeannette salió, y un instante después volvió a abrir la puerta. Había tomado su determinación, por lo que, con voz aguda y penetrante, con una volubilidad admirable, dijo: No tenía hilo y fue preciso comprarlo; usé mucho hilo, y era un buen hilo; el botón no se caerá más, lo he cosido bien fuerte: es una moneda. Paul dejó sobre la mesa una tercera moneda.

”Dos horas después, Jeannette, que había estado reflexionando, reapareció. Preparó el almuerzo con un cuidado minucioso; atendió a los menores detalles, preparó su voz más dulce, se fue sin hacer ruido, con una prevención encantadora, y después dijo, desplegando toda suerte de gracias obsequiosas: No es preciso que salga perdiendo; no querréis que yo pierda, pero el tejido era tan duro que rompió la punta de mi aguja. Entonces no lo supe; lo acabo de ver ahora: es una moneda.

”Paul le dio la cuarta moneda, diciéndole con expresión grave: Ánimo, Jeannette; haréis una buena casa, mi niña. ¡Feliz quien os despose, cándida y sonrojada, bajo el techo de sus ancestros! Id a cepillar mi pantalón”.

Taine había descubierto un filón de oro literario en tan avispada osalesa, protagonista de otro chistecillo en el Laruns de 1855:

“Son [los montañeses], como los mendigos y los mercaderes, muy astutos y muy limpios. La pobreza obliga al hombre a calcular y a quejarse: tan pronto como uno les habla, alzan su gorro y sonríen complacidamente; jamás con formas brutales o extrañas. El proverbio lo dice bien: Bearnés, falso y cortés […].

”Esa misma Jeannette que tiene ya una plaza tan honorable en mi historia, proporcionó un ejemplo de la circunspección pulida y de la reserva meticulosa con las que se envuelven cuando tienen miedo de comprometerse. Su señor había dibujado una iglesia cercana, y quiso juzgar su obra a la manera de Molière.

”–¿Reconocéis esto, Jeannette?

”–¡Ah, señor! ¿Ya lo habéis terminado?

”–¿Qué es lo que he copiado?

”–¡Ah, señor! Es bien bonito.

”–Bien, pero dime qué es lo que ves ahí.

”Ella cogió la lámina, la giró y la volvió a girar, miró al artista con un aire asombrado, y no dijo nada.

”–¿Es un molino o una iglesia?

”–¡Sí!

”–¿Es la iglesia de Laruns?

”–¡Ah, es bien bonito!

”No pudo sacarle nada más que eso”.

A tenor de estos ejemplos, uno no deja de pensar en la de equívocos que se produjeron cuando tales urbanitas se decidieron por fin a cruzar la divisoria, en busca del ultra exótico Tras los Montes. Rumbo a la vertiente meridional del Pirineo, siempre tan incomprendida por casi todos sus visitantes del Norte…, y por muchos del Sur.

¿Y el marqués de Sade? ¿Aportó alguna pieza en esta visión de los pirenaicos septentrionales…? Pues podemos llevarnos una sorpresa si hojeamos ciertas Historiettes, contes et fabliaux (1929), una recopilación de ficciones cortas redactadas entre 1787-1788… Porque estos Nuevos cuentos, historietas y fábulas son de Donatien-Alphonse-François, el célebre marqués de Sade. Un aristócrata que, si bien era parisino, su familia procedía de Avignon, lo que podría explicar alguno de sus cuentecillos con regusto meridional. No siempre recolectaron la repulsa: Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre defendieron en su día al Divino Marqués [sic] tras repasar todos sus textos, proclamando “la infernal grandeza de su obra”.

Así y todo, el curioseo por el índice del volumen antes citado no parece que brinde obras maestras de la literatura universal, fuera de la temática tabernaria: “El alcahuete castigado”, “El esposo complaciente”, “La mojigata o el encuentro inesperado”, “El cornudo de sí mismo”, “Hay sitio para los dos”, “El marido cura”… Sin embargo, el texto sadiano que hoy nos ocupa me surgió de forma sorpresiva cuando buscaba cuestiones de regionalisme, que no de fouet. Desdeñando los enredos de amoríos infieles y las prácticas excéntricas, acudiremos con presteza a su “Agudeza gascona” (“Saillie gasconne”), la segundona de las once historietas por allí servidas:

“Un oficial de la Gascuña había recibido de Luis XVI una gratificación de ciento cincuenta doblones y, recibo en mano, entró sin hacerse anunciar en casa del [ministro] señor de Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros.

”–Señores, ¿cuál de vosotros –preguntó con un acento que delataba su patria–, quién, os lo ruego, es el señor Colbert?

”–Yo, señor –le respondió el ministro–. ¿En qué puedo serviros?

”–Una fruslería, señor. Se trata solo de una gratificación de ciento cincuenta doblones que es preciso que me abonéis enseguida.

”El señor Colbert, quien se dio perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a la burla, le pidió permiso para acabar de cenar y, para que no se impacientase, le rogó que se sentara a la mesa con él.

”–Con mucho gusto –contestó el gascón–; excelente idea, pues no he cenado todavía.

”Terminada la comida, el ministro, que había tenido tiempo de prevenir al encargado mayor, dijo al oficial que ya podía subir al despacho, que su dinero le esperaba; el gascón subió…, pero no le entregaron más que cien doblones.

”–¿Queréis bromear, señor? –dijo al funcionario–. ¿O no veis que mi orden dice ciento cincuenta?

”–Señor –le contestó el escribiente–, veo perfectamente vuestra orden, pero os descuento cincuenta doblones por la cena.

”–¡Pardiez, cincuenta doblones! ¡Si en mi posada me cuesta solo diez sueldos!

”–Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro.

”–Perfectamente –replicó el gascón–; en ese caso, señor, guardároslo todo: mañana traeré a uno de mis amigos y estaremos en paz.

”La respuesta y la broma que le había provocado hicieron reír durante un rato a la corte; se añadieron los cincuenta doblones a la gratificación del gascón, quien regresó triunfalmente a su tierra, hizo el elogio de las cenas del señor Colbert, de Versalles y de cómo era allí recompensado el ingenio del Garona”.

Supongo que quienes, como decía la canción de Radio Futura, “estaban pensando en cuerdas y cuchillos” andarán muy, pero que muy decepcionados…

  1. Hey, Luis… Ya te imaginarías que no iba a copiar fragmentos de, por ejemplo, “Justine”, un texto que leí hace mil años, durante la mili, y que me resultó entre empanada y tostón… Pero el cuentecillo este, la verdad, tenía su regusto… Y, encima, era apto para todos los públicos… Te adelanto que las siguientes entradas, que no son ni “sadianas” ni “sádicas”, serán mucho más terribles y desoladoras… Ambientadas en Ansabère y el pic Long, por cierto… Hasta entonces…

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