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La bella Jacobita y el mulo Morrudo

¿Se ha notado mucho que guardaba en un cajón este folletín sobre la Cabellera de Magdalena para servirlo durante la navidad…? Como oro en paño, lo reconozco. Más que por mi (escasa) afición a la literatura sentimental, por las hipotéticas influencias que pudo tener en su día dicho texto por tierras hispanas. En la creación de vocaciones montañeras entre nuestros compatriotas de finales del siglo XIX, sin ir más lejos. Féminas incluidas, que por aquí las ha habido, desde siempre, bien bravas…

La referida novela de Jean Rameau es muy larga. Lo mismo que en la entrada precedente, me limitaré a reproducir alguna porción que, a mi entender, pudo captar para la causa del pirineísmo a algún íbero de 1895. En cuanto a la trama de estos amoríos de Jacobita con Silverio, decir que se iban a asentar a través de varias excursiones, como la realizada al pico de Gargos [¿Bergons?]. Así fue la llegada a la cima de nuestra protagonista:

“La joven no descansó más: azotada por el viento de las cimas, subió con la cabeza baja y jadeando; ardía en deseos de llegar al punto culminante del pico y de alcanzar el objeto misterioso, disfrutando de la dicha esperada. Los dos avanzaron nerviosamente, sin pronunciar palabra, atravesando entre las piedras grises donde ya no crecía hierba alguna: poco a poco, las rocas se deprimieron, la cresta cedió, nivelóse el suelo y por todas partes surgieron los Pirineos.

”—¡Helos ahí!, exclamó Silverio estremeciéndose de exaltación, todos parecen los más hermosos y los más altos. ¡Oh! En cuanto a mí, cuando llego a este sitio soy demasiado feliz, y me parece que mi alma se va. Vea usted el gracioso círculo que las montañas forman alrededor de nosotros.

”Y señaló con temblorosa mano los montes más famosos, que se elevaban sobre una profusión de lomas, de picos y de cimas, que se ostentaban alrededor del Gargos como un mar de piedras.

”—He ahí, al Levante, dijo Silverio, el pico del Mediodía de Bigorre, las puntas desportilladas del Tourmalet, y a la derecha los glaciares de Billedencou [¿?] y los Montes Malditos. Eso que ve usted al Mediodía es la cúpula del Monte Perdido, el Marboré y sus Torres, la Brecha de Rolando y el anfiteatro de Gavarnie, donde el Gave se precipita desde una altura de 422 metros. Ahí está el Vignemale y su Pica [Pique Longue], el Balaitous y su glaciar. Por el poniente vea usted el pico [del Midi] de Ossau, el más atrevido de la cadena, con su doble diente; y por último, al norte, vea usted Francia.

”Y Silverio mostró la extensión azul. Estaba pálido, con los labios temblorosos; el vértigo se apoderaba de su ser; cerró los ojos y murmuró:

”—¡Dispénseme usted, es preciso que llore!

”Y sus lágrimas corrieron. Pero de improviso sintió dos manos que atraían su frente y dos labios que besaban sus ojos.

”—¡Le amo a usted, Silverio!, dijo la voz de Jacobita.

”El montañés levantó la cabeza.

”—¡Oh, Dios mío!, murmuró al ver los ojos de la joven llenarse también de lágrimas.

”—¿Qué dice usted, qué dice usted?

”—Digo que lo amo, repuso Jacobita, y que si usted la quiere, le daré mi vida.

”Silverio cerró los ojos al oír estas palabras; hizo una larga aspiración, como si toda la luz del cielo húbose penetrado en su pecho, y sin pronunciar palabra continuo llorando dulcemente. Pero un momento después profirió un grito: la joven se desmayaba en sus brazos.

”—¡Señorita!, gritó. ¿Qué tiene usted? ¿Va usted a morirse…? ¡Oh, Dios mío…!

”Silverio cogió a su compañera y se la llevó; corriendo por la cresta, bajó entre las rocas, y a cada momento exclamaba:

”—¡Señorita, señorita!

”El montañés apresuró la marcha; mas a pesar de la sobrexcitación del momento, sintió que sus fuerzas se debilitaban, y hubo de sentar a la joven a la orilla del sendero. Entonces cogió un poco de nieve y aplicóla a la frente de Jacobita, pero ésta no abrió los ojos ni contestó al llamamiento de su amigo.

”—¡Dios mío, inspiradme!, exclamó el montañés fuera de sí”.

Pues el Hacedor lo inspiró, ya lo creo que lo inspiró… Pero de un modo casto, que, no se olvide, la prensa española de 1895 no estaba para excesos de pasión montaraz. Todo lo más, serviría algún achuchoncillo por parte de los tortolitos, a quienes termina cazando el señor cura, con cabreo del tal Bordes incluido, un viaje al Monte Perdido guiando a unos ingleses, una cascada de Pichemule, digo de Cabellera de Magdalena, cuyo curso cambia, un rico pretendiente que le endosan a la chavala, navajeos con sicarios a sueldo… Lo habitual: rollos casaderos en plan Sense and sensibility. Nos saltaremos las escenas del consiguiente lagrimeo de los tortolitos. Mejor deleitarse con ese capítulo donde el guía airea su receta contra el mal de amores:

“Para desechar estas ideas peligrosas escalaba los picos de los alrededores, y extenuábase a fuerza de cansancio; elegía las rocas más difíciles, y arriesgábase en las cornisas más angostas, para tener distracciones violentas y pensar un poco menos en Jacobita. Cierta mañana emprendió así la ascensión del Pequeño Pico [del Midi] de Ossau, uno de los más peligrosos de la cordillera, especie de aguja vertiginosa donde apenas se aventuraban sino aquéllos que van en busca de un suicidio de sensación. Cuando bajaba, vio varios turistas detenidos en la base del Pico Grande, los cuales le contemplaban con sorpresa. Uno de ellos, después de mirarle un momento, exclamó alegremente:

”—¡Calla, si es mi guía!, ¡es Montguillem!

”Silverio se volvió para ver la persona que así hablaba, y reconoció a un socio del Club Alpino [Francés] a quien había acompañado el año anterior a la Brecha de Rolando y al Monte Perdido.

”—¡Buenos días, señor de Linville!, dijo el montañés, descubriéndose al punto.

”—¡Buenos días, muchacho! Siempre intrépido, según veo. ¿Y has subido hasta allí [al Petit Pic] por nada, solamente por el gusto de romperte la cabeza? ¡Te felicito!

”—Quería explorar el pico de Ossau, repuso Silverio con cierta confusión. No es tan malo como se supone […].

”Las ascensiones dieron principio al día siguiente; Silverio comenzó por la peña de Oroel; tres días después condujo a los turistas a la cima de Arrieu Grande [Lurien], y luego franqueó con ellos el escarpado Balaitous. Quiso embriagarse en la vista de los paisajes, admirar los picos áridos, los glaciares agrietados, los abismos vertiginosos y las lontananzas azuladas; pero no encontró en esas visiones las puras alegrías de otro tiempo. En vano elevaban las más soberbias montañas, bajo el sol del Mediodía, sus cimas grandiosas o sus picos más fantásticos; en vano sus faldas fabulosas se alineaban bajo las miradas como una cabalgata de gigantes derrotados; todos aquellos horrores y aquellas gracias aumentaban más la melancolía en el alma del montañés.

”—¡Oh!, exclamaba a cada hora del día, ¡si Jacobita hubiera visto eso! […].

”Sucesivamente franqueó el pico de Ardiden, el Vignemale, el Cilindro del Marboré, el Monte Perdido y las cimas de Troumouse; pero desde todas estas cumbres veíanse las montañas de Aigues-Vives [¿Saint-Sauveur?], y la nostalgia de Silverio se acrecentó.

”No pensaba más que en ella; imaginábase la felicidad de que hubieran podido disfrutar contemplando aquellas cosas, y su imaginación deliraba. ¡Las crestas orladas de nieve, los precipicios profundos, los rayos del sol iluminando las nubes, el rumor de las aguas saltando en los glaciares…! ¡Oh! ¡Los picos vagos y lejanos, surgiendo de entre vapores como castillos aéreos y fantásticos, las torres ruinosas, las cúpulas colosales y los anfiteatros medio derrumbados, con sus gradas ruinosas alineadas bajo el sereno cielo! ¡Oh, maravillas siempre nuevas, fuentes de exaltaciones infinitas! ¿No volverá Silverio a mostrárselas jamás a Jacobita? Cada vez que llegaba de la cima de un monte, el guía miraba hacia Gargos, y sus pensamientos iban a buscar allí a la antigua amiga, arrebatábanla, la conducían por encima de todas las montañas intermedias, y Silverio podía entonces estrecharla en sus brazos; a ella, y no a sus clientes, era a quien enseñaba aquellos sitios, y solamente por ella mostrábase expansivo y alegre.

”—Tenga usted cuidado, Jacobita, decía mentalmente en los pasos difíciles; déme la mano aquí…, espéreme allá… ¡Desgraciada, no se incline usted tanto…! ¡Ah! Para franquear esa grieta, cójase bien a mí… Ahora podrá usted correr en ese prado a su gusto […].

”Después de haber dedicado tres semanas a las montañas de Oo, a los Posets y al grupo de los Montes Malditos, Silverio se despidió del señor de Linville”.

De nuevo, desde La Ilustración Artística se dispensaba una lista de objetivos montañeros para estar en la onda. Que no se diga que los españoles de 1895 no sabían qué montes podían subir, previa contratación de un guía de la vertiente norte… Pero avancemos ya hacia el final de la novela de Rameau, que es hora: Jacobita pone a prueba el amor de Silverio durante una ascensión al pico de Gargos, donde se produce un accidente del guía y aparece la amenaza de que la moza ingrese en un convento… Para el postre, los líos con las autoridades imponen una huida a España de la parejita (sobre Morrudo, el famoso mulo del montañés) en pleno invierno. Se aproxima el momento álgido de La Chevelure de Madelaine:

“Cuando llegaron al valle de Ossoue, algunas gotas de lluvia humedecieron a los jóvenes.

”—Apresurémonos, dijo Silverio. Se necesita todavía una hora para llegar a España; debemos pasar por un desfiladero que está a 2.600 metros de altura, y si aquí llueve, podría nevar allá.

”Morrudo emprendió otra vez el trote; muy pronto la lluvia pareció más fría; un momento después empezó a granizar, y luego comenzó a caer la nieve silenciosa.

”—¿No llegamos nunca a ese desfiladero?, preguntó Jacobita con voz inquieta.

”—¡Aún no; apresurémonos!

”Pero, por más que golpease a Morrudo, el animal resbalaba a cada paso en la nieve. Diez veces temió la joven una caída.

”—¡Oh, Dios mío!, exclamó Silverio, será necesario apearse. ¿Nevará acaso toda la noche?

”El mulo no avanzaba ya; Jacobita se apeó temblorosa y apoyóse en el hombro del guía. Dieron algunos pasos más, encorvándose bajo las ráfagas de nieve, y Morrudo siguió con las orejas muy bajas.

”—¡Y ni una granja, ni una gruta, nada!, exclamó Silverio. Vamos a quedar bloqueados.

”Brilló un relámpago, y por todas partes se vieron las montañas blancas. Jacobita tiritaba a pesar de su mantón, y durante cinco minutos avanzaron penosamente y silenciosos; pero el guía no encontraba ya el camino; todos los barrancos estaban colmados, y a cada paso podían hundirse en alguna grieta. De pronto vieron una roca inclinada junto a ellos:

”—Vamos por allí, dijo Silverio; la roca protege el suelo por ese lado, y podremos resguardarnos un momento.

”Ganaron aquel refugio, y cuando Jacobita vio bajo la enorme roca un poco de tierra negra, que la nieve no alcanzaba, dejóse caer sin despegar los labios. Estaba embotada por el frío, y no sentía ni pensaba ya en nada; apoyando la cabeza en las rodillas de Silverio, solamente quería dormir. El montañés la cubrió con su capote de lana.

”—¡No se duerma usted, Jacobita, dijo, porque sería peligroso! Déme usted las manos para que las caliente, y acérquese más a mí. Muy pronto será de día, la nieve se derretirá, como espero, y proseguiremos nuestro camino.

”Al cabo de un rato la joven se reanimó un poco.

”—¡Silverio!, murmuró dulcemente, acercándose a su amigo. Era un amor nuevo lo que experimentaban, un amor atenuado y puro como las montañas vecinas, un amor en que el cuerpo, deprimido por el frío de las altas regiones, no dominaba ya, y en que el alma soberana se cernía libremente en el aire ligero de las cumbres sin ninguna traba terrestre a sus inmaculadas alas.

”—¡Silverio! […].

”Sus manos se estrechaban siempre, y sus ojos, impregnados de una deliciosa melancolía, miraban la naciente aurora, blanca como las montañas. Ya no nevaba, el viento se había calmado, y apenas veían a intervalos una ráfaga que levantaba en el suelo algunos copos de nieve, ligeros como las plumas. Reinaba el más religioso silencio; todos los manantiales dormían bajo la nieve; ningún ser viviente, ni ave, ni insecto, ni larva, turbaban la inmovilidad serena de los montes. Silverio y Jacobita no se atrevían apenas a respirar”.

Abreviaré abruptamente la sucesión de escenas acarameladas: el mulo Morrudo salva a los protagonistas del desastre y Jacobina se casa con Silverio, para ser felices comiendo perdices. Espero que no fueran nivales…

¿Hay alguien que crea que, con estos pildorazos en favor del pirineísmo como los que acaba de endosar Jean Rameau desde la prensa española del siglo XIX, nuestros nacionales no se animaron a buscar por las montañas los amores de alguna Jacobita…? Feliz cambio de añada, amigos.

  1. Esa receta para remediar el mal de amores, considero que vale para todos los padecimientos de este mundo,… Confio que el año que está a la vuelta (en el ángulo, vértice, punta, borde, saliente, arista, canto) de la esquina

  2. Me temo, que la remedio al mal de amores de Silverio es el alivio a todos los padecimientos de este mundo. Espero que el año que está a la vuelta (ángulo, vértice, punta, borde, saliente, arista, canto) de la esquina, nos depare más hermosas e interesantes lecturas por lo menos. Saludos, 🙂

  3. Hola, Alberto… Me da que Makako estará de acuerdo en que, como ejemplo de temprana vocación montañera hispana, hubiera estado bien citar un raid con esquís firmado por alguna seguidora de la bella Jacobita o la primera travesía de la cordillera en mulo inspirada por la novela de Rameau.. En plan inocentada, se entiende… Feliz cambio de añada en cualquier caso…

  4. Sí, sí: este 2017 traerá nuevos textos raros del pirineísmo hispano… Cuenta con ello, EraNethou… Hasta entonces…

  5. Hey, Xavi… Pues lo del raid mulero “coast to coast” de Jacobita y Morrudo hubiera estado bien, ya lo creo que sí… El mulo con raquetas y la moza con tablones, se entiende… A ver si rebuscando entre los pichicientos mil relatos de Rameau lo encuentro… Más saludos (con algo de retraso)…

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