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Una pequeña cruz en la cota 3.404 m

Aquí finalizan estas páginas de la crónica amarga del Aneto, referidas al accidente de hace cien añadas. En la entrega anterior situamos al grupo de rescate sobre el Rey del Pirineo, un 31 de julio de 1916. A partir de ese punto retomaremos la revisión del texto que Jaume Oliveras preparó para el número de septiembre del Butlletí de su club, el Centre Excursionista de Catalunya. Un artículo duro en extremo, como pronto se verá:

“Escrita y firmada el acta, nos pusimos manos a la obra, lo que constituyó un trabajo tan largo como pesado. Convenientemente atados y sostenidos desde arriba, bajamos por aquella canal, ahora cubierta de nieve helada, y empezamos a arrancarla cuidadosamente con los piolets de los cuerpos [de Blass y de Sayó], dejándolos al descubierto. Los atamos a la altura de los brazos y los subimos hacia arriba, hasta la cresta, donde se realizó la operación más complicada: pasarlos por encima de aquel dentado de rocas hasta que los tuvimos junto al Paso del Caballo. Dicho trabajo fue tan difícil y expuesto que, una vez arriba, como el resto del paso describía una curva, nos las tuvimos que ingeniar para cruzarlos como con un cable [de tirolina] hasta la primera plataforma del pico, repartiendo a la gente en dos grupos para que aguantaran fuerte la cuerda, los unos tirando y los otros aflojando. No dejó de tener su dificultad esta operación, porque los hombres colocados sobre la cresta se sujetaban con muchos apuros y peligro. Pero, al final, se consiguió el objetivo propuesto y acabamos por pasar el cuerpo de Adolf Blass, que era el más pesado. Quienes habían sido facultados para ese trabajo realizaron enseguida el inventario y depósito de sus objetos, mientras que otros los iban envolviendo cuidadosamente. Luego empezaron a atar, para pasar por aquella cresta, el cuerpo de José Sayó, quien no ofreció tantas dificultades, ya por ser menos pesado, ya por la experiencia adquirida con el primer cadáver, ya por la posición en la que fue encontrado: en lugar de moverlo, lo atamos por los pies para que no se nos cayese hacia abajo desde estos riscos.

”Realizado el inventario, se pudo observar mejor la mutilación que había perpetrado el rayo en la persona del infeliz Blass: los cabellos se encontraban poco quemados, pero sobre el pecho tenía un golpe formidable que le había hundido el extremo inferior del esternón, dejándole una gran quemadura; esta bajaba después en dirección al bolsillo derecho de los calzones, quemándolo todo, junto con la ropa interior, en el trayecto recorrido; la hebilla del cinturón se había convertido en un apelmazamiento de metal fundido, y, al nivel de la misma, aunque más abajo, toda la piel aparecía ennegrecida por una gran quemadura. Los demás objetos se conservaron intactos, exceptuando el reloj, del cual, ni entonces ni después, se encontró rastro alguno”.

Solo quedaba amortajar los cuerpos con mantas para descenderlos hacia La Renclusa. Allá las 11:00 h se iniciaban estas operaciones desde la plataforma que precedía al Puente de Mahoma. Unas nubes que se estaban formando por Llauset se conjuraron que la caravana se apresurara y abandonase con rapidez la cúpula del Aneto:

“Abordamos enseguida la mejor forma de bajar el helero, una operación que no iba a resultar tan fácil como nos había parecido. Estudiando todas las posibilidades, vimos que no había otra manera de pasarlos que deslizándolos por encima de la nieve, y por ello nos cercioramos de que estuvieran muy bien envueltos, resguardados con las mantas. Los atamos para que formaran parte de nuestra cordada y, desde la misma antecima, emprendimos la marcha helero abajo. Era una tarea que rompía el corazón, pero no había más remedio que realizarla. Los más decididos nos situamos junto a los cadáveres. En su inicio, el helero era muy empinado y no tenía sino dos dedos de nieve; por debajo, era todo de cristal puro. No valieron, pues, ninguna de las precauciones, y a los pocos pasos rodamos hacia abajo entremezclándonos tanto los muertos como los vivos: fue una suerte que después viniera un rellano, donde pudimos rehacernos. Sin embargo, al encontrar más plano el helero y más blandas las nieves, los de delante no podían con su carga, por lo que nos vimos obligados a reforzarlos, cosa que tuvimos que repetir varias veces hasta que, pasado el cuello de Corones, se nivelaron las fuerzas, marchando un grupo de cuatro por delante, tirando a más no poder, pues eran los más fuertes de la partida. Seguía uno de los cadáveres y, a continuación, venía otra tropa de cuatro, aguantando al primer [cuerpo] y haciendo seguir al segundo. Por fin iban cinco [hombres] atados por detrás, para retener a toda la comitiva. El trabajo era más duro de lo que nadie había imaginado, y nos vimos obligados a descansar con frecuencia. Sin embargo, todo se volvió más pesado cuando se acabó el helero y el ventisquero, y se alcanzó la fenomenal tartera de rocas, todas ellas cortadas a cuchillo y montadas las unas sobre las otras, la una derecha, la otra atravesada, ahora seguras, ahora movedizas, donde uno no podía lastimarse un pie sin la seguridad de romperse una pierna. Yo, que me había imaginado que estaríamos hacia el mediodía en el Chalet [de La Renclusa], veía ahora que haríamos bastante si conseguíamos pasar con los cadáveres lo más alto del Portillón al atardecer.

”–Ahora sí que no vamos a saber cómo hacerlo –exclamé en cuanto llegamos a la fatal tartera.

”–No se preocupe –me dijo José Delmás.

”A continuación, él y otro guía experto, Daniel Mora, se hicieron cargar, cada uno de ellos, uno de los cadáveres al hombro, y empezaron a saltar de roca en roca. Yo me quedé asustado, exclamando con ese sentido de la admiración tan único del que hacen gala los aragoneses:

”–¡Qué brutos!

”Se fueron pasando de uno a otro la tan preciada como pesada carga, subiendo hasta el Portillón y bajando después por la otra vertiente hasta el inicio del gran ventisquero que hay al pie de la cresta. Yo, que no hubiera podido hacerlo, corría por delante suyo, eligiendo los pasos mejores, dando golpes con los pies para asegurar los suyos en los pequeños ventisqueros, y deplorando no pertenecer a la misma raza de aquellos hombres fuertes. Gracias a su esfuerzo, cuando eran solo las 14:00 h, habíamos atravesado el Portillón, situándonos en la vertiente de La Renclusa.

”–Descansad aquí un tiempo –les dije–, que yo bajaré en cuatro saltos hasta el Chalet para que os suban la comida, y para que os faciliten hacia abajo la tarea.

”Y descendí como una roca que se decidía por el camino más directo […]. A las 17:00 h llegaron abajo, y el doctor Prió se ofreció amablemente para sacar fotos de la comitiva. Con el tiempo, serían un buen recuerdo [sic] para las familias de los desdichados difuntos, por lo que todos le quedamos agradecidos por este detalle, que no era el primero…”.

Hasta aquí lo que Oliveras denomina la parte heroica del relato… Seguirían no pocos trámites y no menos citaciones en el juzgado hasta que los asuntos legales quedaron resueltos. Un cronista nativo, cierto socio de Montañeros de Aragón llamado Vicente Juste Moles, contó desde su Aproximación a la historia de Benasque (1990) cómo se cerraría este proceso:

“La gente del pueblo recibió a la comitiva [con los cadáveres] con estupor y tristeza, como ocurre en estos trances. En el cementerio se enterró a José Sayó con total asistencia de los benasqueses; el cuerpo de Blass fue trasladado a Barcelona en automóvil el día 6 de agosto. Este es el epílogo de una ascensión al Aneto que se inició con un ambiente de grata alegría y festivo, para concluir con un trágico suceso, que junto con el de Barrau de la Maladeta y la muerte de Arlaud en el Gourgs Blancs, han dramatizado nuestras queridas, buscadas y ahora muy holladas montañas. Estos personajes, y sobre todo Sayó para nosotros, han pasado a formar parte de la siempre emocionante y apasionada vida de los montañeses clásicos o legendarios, y de sus montañas también”.

Ni que decir tiene, casi todas las citas posteriores sobre los Montes Malditos abordaron, aunque fuese únicamente de pasada, la tragedia del Puente de Mahoma. Sin ánimo de extenderme en su listado, me limitaré a extractar alguna de las más significativas, como la Guide Soubiron de 1920:

“En caso de tormenta en la cumbre [del Aneto], uno ha de acurrucarse inmediatamente bajo algún roquedo. No se debe volver a cruzar el Paso [Puente] de Mahoma hasta que no termine, pues una persona que se alza en lo alto de la cresta ejerce como pararrayos. El 27 de julio de 1916, por haberse olvidado de tomar esta precaución elemental, dos turistas [sic] fueron fulminados sobre la cresta misma del Paso de Mahoma […]. Si os sorprende una tormenta, acurrucarse inmediatamente bajo un roquedo, tras haber alejado los piolets, cuyas puntas de acero atraen a los rayos. Guardarse bien de franquear una cresta o de circular por ella con las tormentas”.

Esa misma añada dos oscenses visitaban el Monarca del Pirineo: un natural de Sariñena, Casimiro Lana Sarrate, y otro de Benasque, Antonio Lobera. A resultas de su ascenso del 25 de septiembre de 1920, esto escribía el primero en su libro sobre la Ruta del Pirineo español (hacia 1933):

“Encontramos helado el Paso de Mahomed [Puente de Mahoma], que hubimos de salvar a horcajadas y usando de la cuerda alpina y del piolet. La impresión de cruzar dicho Paso de Mahomed escurriéndose sobre la arista de hielo, sin poder asirse a piedra alguna, con precipicios insondables a ambos lados y sin más áncora de salvación que la cuerda atada a las cinturas del guía y mía, envueltos además por amenazadoras nubes –otras similares descargaron en año anterior [en realidad, cuatro añadas antes] un rayo en aquel mismo lugar, muriendo el guía Sayó [y su cliente Blass]–, es algo difícil de olvidar”.

Nos detendremos unos instantes en las consecuencias de estas jornadas tan lúgubres de 1916. Por ejemplo, el gran compilador del Aneto, Jean Escudier, analizaba en 1972 la vertiente sicológica del suceso:

“El público siguió el consejo de Verdaguer (“Huid también, pastores y alpinistas”) y se apartó de la montaña homicida. La muerte de Sayó tuvo así, en España, los mismos efectos que la desaparición de Barrau [de la Maladeta en 1817] causó en Francia”.

Juanjo Zorrilla confirmaba tales hipótesis entre las páginas de su Enciclopedia de la montaña (Desnivel, 2000): en referencia a la prosa de mosén Jaume Oliveras, dijo que su relato “apartó a muchos aficionados de la montaña”. Por su parte, Enric Faura también quiso valorar estos sucesos en su preámbulo para la antología Del Teide al Naranjo (Desnivel, 2003):

“Este accidente tuvo una gran repercusión en los ambientes montañeros. Se suspendió inmediatamente la inauguración del refugio y la vida de Oliveras sufrió un vuelco radical (en cumplimiento de la promesa realizada durante el accidente partió hacia misiones en América). Salvando todas las distancias, este accidente guarda algún paralelismo con el accidente de Edward Whymper durante la primera ascensión al Cervino por su significado y trascendencia social”.

El mismo autor completaba sus palabras, poco después, en su prólogo para la reedición de Els Llamps de la Maleïda. Resseya de la tràgica ascensió al pic d’Aneto, realitzada el 27 de juliol de 1916, en la qual morirem del llamp l’excursionista Adolf Blass i el guia Josep Sayó:

“El accidente tuvo un gran impacto en los ambientes excursionistas y sin duda que se puede considerar como el primer accidente con resonancias mediáticas del excursionismo catalán, a pesar de que los dos muertos no fueran catalanes estrictamente”.

Busquemos nuevos testimonios. Marcos Feliu destinó un generoso apartado a la tragedia de 1916 en su libro sobre La conquista del Pirineo (Sua, 1999). Destacaremos únicamente sus conclusiones:

“Mosén Jaume Oliveras es quizás el pirineísta catalán que con más facilidad ha llegado a ser una figura legendaria, pues aunque otros muchos hayan realizado mayores temeridades, no tuvieron la propagación de las de nuestro sacerdote, a las que se suma la aureola de tragedia y sangre del accidente del Paso [Puente] de Mahoma”.

Ni que decir tiene, además de la narración del mosén de La Garriga, han circulado diferentes interpretaciones. Nos fijaremos con la publicada en 1968 por el periodista Tico Medina. De esta forma reflejaba cuanto extrajo de su entrevista con José Antonio Abadías Sayó, nieto del guía desaparecido:

“Murió José Sayó Pedrón en julio de 1916 al intentar rescatar entre la ventisca, en el pico blanco perpetuo [el Aneto], a un alemán llamado Blass que, herido por el rayo, había caído en un ventisquero con la nieve hasta el cuello. Sayó fue hasta él y lo asió por la cintura. En la tempestad horrorosa casi ni se veían los rostros crispados, ni tan siquiera se escuchaban los gritos de los hombres a los hombres. Rodaba el trueno aterrador, y una ancha espesa cortina de nieve y de lluvia les envolvía y les separaba:

”–Mi abuelo llegó hasta donde estaba el alemán…, pero un nuevo rayo lo dejó allí para siempre, junto al escalador… Los otros hombres que acompañaban al guía José Sayó en la subida, no encontraron después otra cosa que dos cuerpos mutilados, negros, sin vida, abrazados, sobre la nieve”.

A modo de remate, queda la historia del record del Puente de Mahoma… El 27 de agosto de 1917 se instalaba una pequeña cruz de hierro en memoria de los fallecidos donde se produjo el desastre. Sus artífices fueron los miembros de cierta caravana del CEC compuesta por Ignasi Canals, Pau Figueras, Lluís Goytisolo, Jaume Oliveras, Isidre Puig, Ramir Puig y Lluís Vallet, auxiliados por los guías benasqueses Antonio Abadías y Antonio Lobera. Canals referiría que, tras anclar el monumento con solidez, “las palabras emocionadas de mosén Oliveras, bendiciéndola, sonaron majestuosas”. Nuestro sacerdote proclamó que, “entre aquellas rocas, aparecía una forma de cruz como una visión de paz y bienaventuranza”. Era la novena visita al Rey Pirenaico del cura barcelonés, quien escribía en el Libro de Cima:

“Después de haber bendecido y emplazado la cruz con la imagen de nuestro Redentor, los firmantes la han adorado y, seguidamente, han rezado de forma piadosa por nuestros compañeros inolvidables, que es lo que quisiéramos que hiciesen cuantos alcanzan esta cima”.

Aunque arrancada en 1936 y arrojada a los abismos, la cruz sería recuperada por Antonio Abadías, quien, tras la Guerra Civil, la repuso en su emplazamiento original. De nuevo se puede recurrir a Marcos Feliu para que nos ofrezca en 1999 uno de los conmovedores cuadros que propició dicho monumento:

“A sus setenta y dos años, el 8 de agosto de 1949, [Jaume Oliveras] llevó a término su última ascensión al Aneto y besó por última vez la cruz de hierro forjado dedicada a las víctimas de 1916. Había subido más de treinta veces por varias vías. Su cabello era completamente blanco, su porte empezaba a encorvarse, sus fuerzas huían…”.

El Puente de Mahoma luciría este vestigio piadoso durante largos años, tal y como atestiguan las difundidas postales del fotógrafo Antonio González Sicilia. Muchos trabajos escritos hablaron de ella. Por ejemplo, la guía de André Armengaud y Agustí Jolis proclamaba en 1968:

“Puente de Mahoma: es una arista muy estrecha, larga de unos treinta metros, que separa el punto culminante. Esta arista con grandes abismos a ambos lados está formada por grandes bloques que se pasan a caballo o por unos relieves laterales (Llosás), con bastante facilidad. Los agarres son excelentes pero un poco redondeados por el paso de los turistas. En la mitad de la travesía, que requiere solamente precaución y no tener vértigo, una pequeña cruz marca el sitio de la muerte del guía José Sayó y Adolf Blass, fulminados el 27 de julio de 1916 por un rayo. Se llega a la cima máxima del Pirineo”.

Asimismo en 1968 el ya mencionado José Antonio Abadías Sayó informaba al periodista Tico Medina de la existencia de este “record para los más grandes montañeros, señalando el lugar de la tragedia, que la nieve oculta con frecuencia y, en ocasiones, tropiezan en ella y la reencuentran, y la resucitan de entre las nieves constantes”.

A mediados de los años setenta el crucifijo desapareció. Un desolado Canals, ya octogenario, deploró esa “cruz que se había podido caer por el viento, por la nieve o por la gente malintencionada”. Durante algún tiempo, al menos hasta el 14 de julio de 1975, fue vista, arrancada de su emplazamiento, sobre las rocas somitales del Aneto. Luego desapareció. El misterio quedaría esclarecido, ese mismo verano de 1975, a través del hallazgo realizado en la cresta de Llosás por Jean-Jacques Martin. Este último narraría, desde su artículo sobre “La croix du Pas de Mahomet à l’Aneto”, publicado dentro del número 44 de la Revue Pyrénéenne (1975):

“Resulta muy importante para explicarles a los demás el origen que se debe a los símbolos para que puedan compartir ese vínculo. Así, a despecho del paso de las generaciones que conocen lo que los otros no han conocido, las tradiciones permanecerán y se respetarán”.

Jean Escudier quiso tomar parte igualmente en los debates que este suceso iba a suscitar, escribiendo en el artículo “Sur le Pont de Mahomet”, para el número 46 de la Revue Pyrénéenne (1976):

“Hemos sabido [por el texto de Jean-Jacques Martin] que la pequeña cruz de hierro conmemorativa del drama fue arrancada el verano pasado por unos desconocidos. ¿Cómo no unirnos a la indignación del referido autor ante este acto tan estúpido como turbulento? Dicha cruz había sido erigida sobre el lugar mismo donde Jaume Oliveras descubrió los cadáveres de sus dos compañeros, con la cabeza abierta en la parte baja de una chimeneíta de la vertiente de Ballibierna. Fueron arrojados allí abajo por el rayo, y sus cráneos quedaron hendidos al caer sobre las rocas. El cuerpo del guía reposaba sobre las piernas de su cliente, reteniéndolo, lo que impidió que cayera por el abismo. Nadie duda de que José Sayó hubiera escapado fácilmente del peligro si no se hubiese encordado a los titubeos de un turista poco hábil. El monumento que recordaba su sacrificio bien que merecía el respeto”.

Desde algún texto hispano se daría una rápida explicación de su destino. Así, Cayetano Enríquez de Salamanca decía en El valle de Benasque (1979), dentro de su descripción de la ruta hacia la cota 3.404 m:

“Desde aquí [el collado de Coronas] se emprende la fuerte subida por la cresta noroeste del Aneto para, pasando por el vertiginoso Puente de Mahoma, tajado por sendos precipicios a ambos lados, llegar a la cumbre, en la que se alzan una cruz, erigida por los montañeros catalanes, y una Virgen del Pilar, colocada por los montañeros aragoneses. En cambio, la pequeña cruz que recordaba la muerte en el Puente de Mahoma del guía José Sayó [y de Adolf Blass] fue arrancada hace pocos años por los vándalos de turno y se conserva hoy en Benasque en la fonda que allí tienen sus descendientes”.

Por el momento no han prosperado las iniciativas realizadas para, o bien reponerla, o bien instalar una placa de mármol en algún punto discreto del Puente de Mahoma. Al menos, el nombre del guía fallecido consta, junto al de otros compañeros de profesión, en la columna cercana al refugio de La Renclusa. Y uno de los tresmiles del cordal de los Occidentales de la Maladeta luce hoy el apelativo de pico de Sayó…