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El amargo rescate de los cuerpos

Retomamos aquí las páginas más tristes firmadas por cierto sacerdote pirineísta llamado Jaume Oliveras i Brossa… De nuevo vamos a recordar, a su vera, cuanto sucedió tras el drama del Puente de Mahoma del 27 de julio de 1916. Como ya hemos visto en las dos entradas previas, nuestro mosén logró acceder hasta los cuerpos inertes de sus dos compañeros fulminados por el rayo: Blass y Sayó. Pero el desarrollo de la tragedia aún no había terminado del todo. Desde las páginas del libro sobre Els Llamps de la Maleïda (1917) podemos reconstruir los difíciles acontecimientos que el cronista viviría durante las horas siguientes:

“Mil pensamientos utópicos volvían a pasar de nuevo por mi aturdida cabeza: tendría que cargar con los muertos a la espalda, pero mi compañero [Eduard Kröger] se encontraba desfallecido por el miedo y el dolor. Entonces, tendría que dejarlos a todos, e irme solo, glaciar abajo, hasta que una grieta se abriese, engulléndome. Te estás volviendo loco, me dije. Efectuando un esfuerzo supremo, conseguí volver a la realidad cuando el sonido de un trueno prolongado terminó por despejarme.

”A los muertos no se les podía ni tocar: empleando todas mis fuerzas, apenas había logrado sino mover uno de ellos [Adolf Blass]. Si hubiera tocado al otro [José Sayó], se habría resbalado por el precipicio. Pero mi compañero no podía enterarse del horrible suceso hasta que hubieran terminado todos los peligros. Intentando recuperar la serenidad, por cuarta vez en aquel día volví a cruzar por la fatídica cresta, y regresé junto al compañero, quien me recibió con ansiedad, arrojándome una mirada angustiosamente interrogante.

”–No los encuentro por ningún lado –le dije–, y hemos de regresar deprisa a La Renclusa para pedir socorro. Coja el piolet y, si nota la electricidad, suéltelo de inmediato.

”Para mayor precaución, tomamos la ruta por la nieve en lugar de seguir por el pedregal que había junto a la cresta. Así y todo, nos vimos obligados a tirar los piolets en dos ocasiones, ya que la electricidad salía por sus puntas, produciendo el mismo sonido que habíamos escuchado en la cumbre, al inicio de la tempestad.

”Llegamos enseguida al lugar donde habíamos dejado la maroma y, encordados debidamente a una buena distancia, comenzamos el descenso hacia el collado de Corones. La tempestad se incrementaba con mayor ímpetu y las puntas de los piolets producían un sonido como de avispas furiosas.

”–Vuelvo a notar la electricidad –me dijo Kröger, asustado.

”–Arrastre el piolet por la nieve y no tenga miedo –le expliqué, mientras le enseñaba cómo hacerlo–: ahora nos hallamos lejos de la cresta.

”De hecho, estábamos dejando por detrás la furiosa tempestad y en nuestro descenso nos acompañaba tan solo una lluvia fina. Pero yo, que arrastraba todo el peso de mi secreto, tenía prisa por escapar lejos, muy lejos, de los fantasmas que me perseguían.

”–Oiga –le dije a Kröger–: el frío se adueña de mí. Si puede, corramos para entrar en calor. Si tiene cualquier problema, grite y le retendré inmediatamente con el piolet para salvarlo. Si ve que me resbalo y me hundo, haga lo mismo.

”Eran unas precauciones prudentes. Especialmente, estando solos. Sin embargo, se distinguían a la perfección las huellas de la subida y, siguiéndolas, no existía peligro alguno. De esta manera cruzamos el glaciar con rapidez, atravesamos su canchal, pasamos por el Portillón y, con grandes zancadas, descendimos por el largo nevero del otro lado, caminando deprisa entre las rocas hasta vislumbrar La Renclusa.

”–Admiro su sangre fría –me decía a menudo aquel compañero al que la desgracia me había convertido en su amigo.

”Estos comentarios me obligaban a callarme pero, al imaginar el duelo que íbamos a llevar al referido refugio, hasta ese momento alegre, no pude contenerme más. Bajo la intensa lluvia, caí desplomado en el suelo, y un río de lágrimas salió involuntariamente de mis ojos, mientras él me sostenía con ansia, preguntándome por mi estado.

”–Nada: es que mi sangre fría se ha terminado y ahora es usted quien ha de tenerla por mí. ¿Qué relaciones mantenía con su compañero?

”–Nos conocimos hace poco. Un amigo me lo presentó, simpatizamos y, ahora, hemos realizado juntos esta excursión.

”–Pues…, nunca más verá a su compañero.

”–Tengo miedo por él.

”–No es miedo lo que yo tengo, sino una triste certeza –y le relaté detalladamente la tétrica escena del Puente de Mahoma, cómo había tocado y sacudido el cadáver, y cómo ambos estaban muertos por el rayo y por la caída.

”–Ya lo ve; usted ha perdido al compañero. Yo he perdido al compañero y al amigo íntimo, y eso no es lo más triste, ni es por lo que le pido sangre fría. Pronto nos encontraremos con una señora que ha perdido al marido, con unas hijas que han perdido al padre, y con una familia que ha perdido su apoyo. ¿Qué les diremos cuando nos pregunten por él? ¿Cómo podemos evitar el golpe mortal que les vamos a dar? Piense usted y diga algo, que yo ya no sé qué pensar ni qué decir.

”Allí, bajo una lluvia fuerte que ya ni notábamos, acordamos decir cuatro vaguedades, ya que no se podía decir otra cosa en esos casos en los que solo Dios, quien lo ha creado todo, puede hallar un bálsamo para el corazón humano.

”Nos levantamos abrumados, remojados de la cabeza a los pies, y descendimos lentamente bajo la lluvia, con miedo a llegar. Tropezando, perdiendo el buen camino y confundiéndonos por todas partes, arribamos al refugio, deshechos de cuerpo y alma, de tal forma que, entre los despojos humanos que habíamos dejado en la cima y los nuestros que entraban, apenas había un paso”.

Unas líneas extremadamente amargas. Pero insistiremos en ellas, dado que nos revelan cuanto sucede tras un accidente de montaña, cuando ya no se puede hacer nada por sus víctimas. A comienzos del siglo pasado las operaciones de recuperación de los cuerpos resultaban en extremo complejas. Volvamos al relato de Jaume Oliveras, si bien en la versión reducida del artículo sobre la “Desgràcia al pic d’Aneto”. De este modo narraba, dentro del Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya número 260 (1916), lo sucedido tras conocerse la terrible noticia:

“Al cabo de un tiempo, el Chalet de La Renclusa estaba en pleno desconcierto: los llantos, los chillidos y la desesperación lo invadían todo, y la tristeza se iba esparciendo por todo el valle. Una muchedumbre de turistas que había subido desde los Baños de Benasque para pasar un día de esparcimiento en La Renclusa, desafiando la tormenta, dejó la comida apenas empezada y huyó de aquel hogar desolado. El doctor Prió se multiplicaba con serenidad, animando a todos, repartiendo antiespasmódicos a quienes nos habíamos escapado de la muerte y a los que veía más afectados por la fatal desgracia […]. Sin embargo, el más admirable para mí, en aquellos momentos, fue Antonio Abadías, el amable yerno del difunto, quien a despecho de verse directamente afectado por el drama y de haber sido el primero en recibir el golpe, se tranquilizó en un momento, y tragándose al punto las lágrimas que salían por sus ojos, comenzó a infundir valor allí donde todo era decaimiento y desesperación”.

Al poco de ingresar a La Renclusa, Oliveras inició esos duros trámites que han de acometerse en semejante trance: redactó un telegrama al CEC explicando lo sucedido y solicitó ayuda a las autoridades de Benasque para rescatar los cadáveres, rogando “que subieran al menos una docena de hombres de fuerza y prácticos de la montaña”. El sábado descendían hacia la Villa la viuda del guía, Trinidad Cisneros, junto con su hija, Teresa Sayó, cruzándose con una caravana de montañeses encabezada por el juez, el fiscal y un alguacil. Dicho magistrado, por verse incapaz de ascender al Aneto, pronto delegaría sus funciones para el alzamiento de los cadáveres. Sin embargo, la lluvia impidió las ansias de los benasqueses por “subir a la cumbre, costara lo que costara”, el mismo día 29. En espera de acontecimientos se alistó para el domingo el grupo que trataría de rescatar los cuerpos, liderado por José Delmás, Antonio Abadías y Jaume Oliveras. Este último nos cuenta cómo transcurrió el referido intento:

“El domingo, día 30 [de julio de 1916], dejó de llover durante la madrugada, y como parecía que el tiempo podía asentarse, salimos a las 7:00 h hacia el pico de Aneto. Subimos muy deprisa hasta el Portillón, y aunque la niebla recubría todas las cumbres de la gran cordillera, atravesamos las tarteras y ventisqueros para llegar a la morrena lateral del helero, donde organizamos una gran cordada con los doce hombres que subíamos. José Delmás iba delante, y yo le seguía de inmediato, viniendo los otros en una larga cordada, envueltos por la niebla de tal manera que los últimos no se distinguían en absoluto. El helero, que fue cruzado de este modo, estaba peligroso, y uno podía perderse allí con suma facilidad. Yo mismo, a pesar de conocerlo bastante bien, no hubiera salido con éxito de la prueba. No solo había mucha niebla: todo se complicó debido al viento helado y al granizo que empezó a flagelar nuestras caras. Aquello no podía aguantarse, así que Delmás me dijo en voz baja:

”–Me parece que tendremos que volver atrás.

”–¡Gracias a Dios! –le dije–. No me atrevía a decir nada, pero hacía ya tiempo que creía que teníamos que regresar abajo. Aunque llegáramos arriba, con esta niebla no nos veríamos ni el uno ni el otro, y sería imposible trabajar. Además, estamos ateridos y allí necesitaremos los cinco sentidos.

”Volvimos, pues, a deshacer el camino, y en cuatro saltos estábamos en La Renclusa. ¿Hasta dónde habíamos llegado? Aquel día fue imposible precisarlo, pero en la jornada siguiente reconocimos bastante bien el camino realizado y vimos que estábamos casi rozando el costado del pico de Corones, muy cerca ya del cuello de Corones”.

Fue una decisión acertada, dado que por la tarde se produjo un verdadero diluvio en todo ese sector de los Montes Malditos. Las canaletas de la cercana tuca de Salbaguardia se veían transformadas en auténticos ríos.

La segunda tentativa para el rescate de los cadáveres se repetiría al día siguiente. Nos la detallará el propio mosén pirineísta, quien en este apartado destinó varias expresiones un tanto desafortunadas hacia la montaña por cuenta de ciertas heridas anímicas, bien comprensibles, aún sin cerrar:

“El lunes, día 31 de julio, se presentó espléndido. Habiéndose desahogado el tiempo después de tantos días de lluvia, no se veía por ninguna parte ni una pizca de niebla, ni el más pequeño velo de calima recubría las montañas: cuando salimos de La Renclusa se mostraban brillantes incluso bajo la luz de las estrellas. Con este día puro y claro, animados todos por una gran decisión, dejamos el Chalet a las 4:00 h. Éramos los mismos de la ocasión anterior, junto con Pach [un delegado del CEC que había llegado desde Barcelona], quien quiso acompañarnos. A las 8:00 h estábamos ya en la cumbre del Aneto.

”Aquel monstruo sediento de sangre de cuatro días atrás, ahora se nos presentaba bañado en luz, del todo risueño, como si nada hubiera hecho, endomingado con un vestido nuevo de nieve purísima, con el cual había envuelto también cuidadosamente los cadáveres, como para esconder su criminal entuerto.

”La primera diligencia allí fue la de estampar en el Libro de Cima una pequeña nota sobre el crimen de aquel monstruo maldito, para que nunca más se dejara engañar nadie por su apariencia inocente. Dicha acta, cuya transcripción tengo que agradecer a la amabilidad del amigo Josep Maria Soler, decía así:

El día 27 de julio de 1916 subimos Adolf Blass, E. Kröger y el abajo firmante, con el guía José Sayó, y al poco de llegar al pico [de Aneto], o más bien de estampar aquí la firma, un rayo nos dejó aturdidos, haciendo que a continuación huyésemos para pasar el Puente de Mahoma. Durante el cruce de este paso fui en la delantera, acompañando al señor Kröger, y dos rayos más nos dieron unas fuertes sacudidas hasta que, saltando el Paso del Caballo, un tercer rayo me hizo caer a mí, dejando sin ánimo a mi compañero. Me levanté de una pieza, no habiendo caído al fondo de milagro, y a continuación acabamos de salir del mal paso, yéndonos a echar sobre la nieve, pues los rayos continuaban y la electricidad hacía que todo se moviera. Pasado lo más fuerte de la tormenta, volví atrás en solitario para ver qué habían hecho nuestros compañeros, los cuales no respondían a nuestras voces. Los encontré despeñados en esa primera canal que, no bien empieza el Puente de Mahoma, se encuentra por el lado de Ballibierna. Examiné detenidamente los cuerpos, hallando graves heridas en sus cabezas, por las que tuve la certeza de que ambos, o sea, los desdichados José Sayó y Adolf Blass, estaban del todo muertos. Con el corazón oprimido, bajé con el señor Kröger hacia La Renclusa para dar la triste noticia. Dios los tenga en su gloria. Pico de Aneto, 31 de julio de 1916. Firmado: Jaume Oliveras, reverendo padre.

La tormenta prosiguió los días 28 y 29, sin que se pudieran sacar de aquí los cadáveres para darles una cristiana sepultura. El día 30 subimos, teniendo que recular cerca del cuello de Corones por causa también de una tempestad. Por último, hoy, día 31, hemos subido para hacer esta buena obra con los intrépidos y caritativos jóvenes de Benasque, Mariano Pallás y José Eresué, junto con los demás firmantes: José Delmás, Ignacio Gabás, José Cereza, Antonio Sahún, Domingo Eresué, Daniel Mora, José Mora, Félix Bielsa y Antonio Salanova. Que Dios nos ayude para llevar a cabo nuestra buena obra. Firmado: Jaume Oliveras, reverendo padre, y Pere Pach, delegado del Centre Excursionista de Catalunya”.

Concluido este trámite oficialista, todavía restaba por llevar a cabo lo más complicado del rescate en el Puente de Mahoma…

  1. Emociones puras Alberto mi enhorabuena por estos tres articulos tan apasionantes y que todos los que suben al Aneto deberían leer.

  2. Me alegro de que el texto le haya gustado, Era Nethou… Sobre todo, porque el mérito real es de quien ha aportado el grueso de los textos: Jaume Oliveras, un mosén trepador de los de rompe y rasga… En cualquier caso, cuento con usted para la cuarta (y última) entrega del repaso de uno de los accidentes más impactantes de nuestra crónica…

  3. Hey, Luis, muchísimas gracias… De todas formas, espera un poco, que no son tres, sino cuatro las entregas del caso “Blass-Sayó”… Hasta entonces, otro saludo más…

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