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Schneider del Balaitús

Era evidente: en esta segunda entrega cerraremos los acontecimientos que conformaron una de las tragedias más comentadas en su día del pirineísmo hispano. La primera de la que existe noticia en la que su desdichado protagonista fue un turista-montañero…

La entrada anterior situó a los compañeros de Carlos Schneider, un 24 de julio de 1920, junto a la torreta que se alzaba en lo más alto del Balaitús. Plantados sobre la cota 3.144 m, Pablo Bargueño, Antonio Victory y Eustaquio Urieta se encontraban más que alarmados debido a que no obtenían respuesta a los gritos que le destinaban a su camarada, quien se les había adelantado cuando trepaban por la Gran Diagonal. En esos momentos de incertidumbre lamentaban tanto el haber permitido que Schneider se separara, como que cargase en su mochila una cuerda y un farol que, por lo que todos se temían, podían necesitar en una posible operación de rescate. Decidieron buscarle primero por el lado de Respomuso a pesar de que su guía sallentino les comentó que no conocía en exceso dicha ruta. Victory detallaría desde su artículo sobre “Nuestra ascensión al Balaitús (1920)”, publicado en el número 395 de la revista Peñalara (1972), la parte menos festiva del relato:

“En el estado de ánimo que es de suponer, emprendemos el descenso siguiendo la misma línea de cumbres. Primero por una cornisa que da sobre el glaciar de las Frondellas, y finalmente, al lado de la Brecha [Latour], pasamos a la otra vertiente. El glaciar no presenta huellas pero como nuestro amigo se dejó los clavos de las botas en los caminos de Ansó y de Echo, y no lleva crampones, debe de haber preferido bajar por este sitio, las cornisas de las Frondellas. El glaciar, por la parte alta del couloir, está hecho un merengue de blando y es imposible sostenerse en aquella pared de nieve. Descenso a toda velocidad, por consiguiente… La nieve está muy abajo, extendiéndose por todo el circo llamado por los franceses de Montagne Fermée, y por los españoles de Vuelta Barrada. La cresta del Diablo, a nuestro frente, nos recuerda mucho la crestería que va desde la Maladeta hasta el pico Coronas […]. En la parte baja del canchal por el que descendemos, aparece por fin la hierba; al otro lado del arroyo, que baja del pequeño lago de la Esclusera, una pequeña chabola en un alto cubierto de crecida hierba. Es la cabaña de Darré Splumous o Spumous (tras las cascadas) de los franceses: de Respumoso [hoy, Respomuso] según los pastores aragoneses. Más abajo, muy cerca, el lago del mismo nombre. Hemos tardado tres horas y cuarto desde la cumbre del Balaitús hasta la chabola”.

En la vieja cabaña de Respomuso tampoco se hallaba Carlos Schneider. Nuestro trío no encontró en las cercanías del abrigo al compañero perdido, sino a esos “morraleros” [porteadores] de Sallent que habían contratado previamente para subir el resto del equipaje. El asunto adquiría cada vez peor cariz… Con gran inquietud se decidieron a pasar allí la noche. Debido sin duda a tan dramáticas circunstancias, poco les gustó ese refugio de pastores, descrito como “un mísero albergue que no tendrá un metro de altura”. Mas, aunque portaban una tienda, preferirían tumbarse en el suelo sobre su lona y esperar de ese modo las primeras claridades. Con la albada, los madrileños optaron por regresar a Sallent siguiendo la senda del collado de los Musales, ansiosos por comprobar si Schneider estaba allí de vuelta.

Para su desesperación, en la Villa nadie tenía la menor noticia de su camarada, quien parecía no haber descendido por la vertiente del Aguaslempedas. Pensando en esclarecer el misterio, quisieron telefonear con urgencia a Panticosa para cubrir ese costado del macizo: fue una tarea imposible, pues por entonces no funcionaba el servicio telefónico en domingo.

Se decidió preparar un equipo de rescate, encabezado por el propio Eustaquio Urieta. Su misión sería la de retornar al Balaitús, en tanto que los dos peñalaros acudían a pie hasta Panticosa… Esta última operación no llegó a realizarse: el mismo martes por la mañana uno de los porteadores sallentinos los alcanzaba en El Pueyo con la trágica noticia de que el cuerpo de Schneider había sido descubierto por el grupo de socorro. De este modo nos trasladaría Victory cómo recibió el mazazo:

“Eustaquio salió tan pronto como pudo el día anterior, acompañado del otro morralero y, a las 18:00 h, encontraron, destrozado por la caída, el cadáver de nuestro infortunado compañero, ochenta metros más abajo que el desgarrado morral. Su muerte fue instantánea. Fue gracias a que Urieta descubrió con prismáticos dicha mochila desde la cima del Balaitús. Estaba a cinco metros de por donde habían descendido dos días atrás”.

Urieta se ocuparía también de guiar a esa decena de sallentinos que recogieron los restos del despeñado, envueltos en la lona de la tienda y amarrados con su cuerda de escalada. Es una lástima que se omitieran los nombres de los montañeses que subieron a por el cuerpo: probablemente, entre ellos estaban ciertos cazadores de sarrios como Benito Bergua, Mariano Osán o Luciano Urieta. De cualquier modo, Antonio Victory dedicó grandes elogios al comportamiento de los habitantes de la Cabeza del Valle de Tena, agradeciendo, además, “la conducta excelente del señor alcalde, juez y secretario de Sallent, correctos caballeros, y de Eustaquio Urieta, amigo inolvidable”.

Por un capricho del destino, el mismo día del accidente de Schneider, una caravana francesa liderada por George Cadier pasó por la Gran Diagonal muy cerca del cuerpo del infortunado montañero, sin llegar a avistarlo…

En la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara fue grande la consternación ante el primer fallecimiento de un camarada. Con presteza, se publicaría una nota anónima para anunciar dicha pérdida. Bajo el título de “Carlos Schneider”, de este modo se valoraba el drama en el número 80 de la revista Peñalara del mes de agosto de 1920:

“Bajo la atormentada cumbre granítica del Balaitús, reputado como el Cervino Pirenaico, nuestra agrupación, tan joven todavía, acaba de recibir su bautismo de sangre en la persona de Carlos Schneider, del país de los Alpes gloriosos [había nacido en Suiza], acostumbrado, en la plena juventud, a escalarlos en el más peligroso de los estilos –solo y sin guía–, a que debe su propia muerte. Antonio Victory, su compañero de expedición, junto con el veterano y animoso Pablo Bargueño, referirá la terrible aventura ocurrida el 24 del pasado julio que ha puesto a prueba, durante largos días, su resistencia física y su energía moral ante el desastre. A los padres del querido compañero, a toda su familia y a la colonia helvética en Madrid, de todos los cuales era orgullo y esperanza, Peñalara expresa su tribulación por la irreparable desgracia que proyecta en lo sucesivo un tornasol del generoso rojo de la sangre sobre el esmalte de su insignia azul y blanca”.

La tragedia también quedaría reflejada en diversos medios al norte de la divisoria. En el órgano del Club Alpin Français se brindó incluso una detallada versión sobre cómo sucedió el accidente del Balaitús desde el anónimo “Au Balaïtous; Charles Schneider”, difundido en el volumen XVI de La Montagne (1920):

“Charles Schneider, 24 de julio de 1920. Este elevado pico fronterizo tenía la fama justa de disponer de difícil acceso pero, hasta ahora, no contaba con ningún percance mortal. Un alpinista alemán se mató hace algunos años, pero no aquí, sino en otra montaña, hacia Piedrafita [se referían al austriaco De Pebal, fallecido cerca del Cambales en 1912]. Un grupo de la sociedad excursionista madrileña llamada Peñalara, decidió, en julio pasado, ascender a esta montaña. Uno de sus miembros, el suizo Charles Schneider, se separó del grupo según su molesta costumbre, a pesar de los consejos de sus camaradas, tras abandonar el glaciar de las Frondellas. Llegados a la cima, los peñalaros (como se denominan) no hallaron a su compañero, ni tampoco las huellas de su paso […]. De regreso a Sallent, enviaron a unos españoles junto con el [guía] que les había acompañado; éstos encontraron el cadáver de Schneider a ochenta metros por debajo de su mochila, cuya correa estaba rota, y había quedado apenas a cinco metros del punto por el que pasa el itinerario normal”.

Un especialista del macizo como George Cadier tampoco se demoró demasiado en redactar otro informe. Repasaremos su amplio trabajo únicamente a partir de la fase final del rescate, para así conocer su opinión sobre el rol jugado por cada uno de los asistentes al desastre. Con algún detalle discordante y cierto estilo muy de la época, lo serviría desde “Un drame au Marmurè”, publicado en el número 155 del Bulletin Pyrénéen (enero-marzo de 1921). Un texto tan técnico como duro:

“[…] Nuestros amigos se vieron abocados a una búsqueda desde Piedrafita, por lo que bajaron a Sallent y volaron hasta Panticosa, hacia sus Baños, pues figuraban en el proyecto de su itinerario. ¡Nada de Schneider! El día 26 por la mañana telegrafiaron desde Panticosa a Eustaquio, quien salió de Sallent con un muchacho. Se trataba de arrancarle al Gran Pico su horrible secreto. Con los sentidos aguzados y el instinto despierto, aquel cazador siguió las huellas del desaparecido y exploró el Precipicio Central. Por unos corredores complicados se alzaría hasta las inmediaciones de la brecha de Orteig, y así alcanzó esa senda natural que he llamado el Cuarto Paseo Horizontal: permitía pasar, por las alturas, la Segunda Nervatura. Y la fácil chimenea clásica le puso sobre el Tercero de esos nervios paralelos. Allí, en la base de esa muralla formidable que sostiene la cima de dicha nervadura, surge un espolón. Se pudo ver allí a Eustaquio sobre las 18:00 h como un vigía, recorriendo con los gemelos todas esas paredes de forma frenética. De repente se detuvo: ¿qué era eso que se veía hacia abajo? Una mochila: ¡la de Schneider! Para llegar hasta ella, fue preciso volver tras sus pasos, descender la chimenea y, seguido, forzar una vía a través de la Tercera Nervatura, pues era al norte de esta donde se había avistado la mochila. ¡Qué emociones tan intensas! La línea de caída del alpinista pasaba por ese mismo lugar por donde, en dos ocasiones, el guía le había llamado en la jornada del 24. Por ello, Eustaquio se estaba preguntando si, para entonces, ¡la catástrofe ya se había consumado! Unos ochenta metros más abajo, sobre la placa de nieve donde Victory y Bargueño habían calmado su sed, reposaba el cadáver del apasionado amante de la montaña al que esta había matado. Un detalle desconcertante: el cuerpo apareció vestido con esa camisa de la cual Schneider se había despojado durante la subida: ¿se había sentido enfermo? Una serie de espantosos rebotes habían hecho del pobre despojo una masa irreconocible; el cráneo abierto les hizo suponer que su muerte fue instantánea. Eustaquio bajó su mochila, completamente desgarrada. De allí sacó la chaqueta con la que recubrió los pobres restos. Pudo constatar que el piolet y los gemelos habían desaparecido. En el bolsillo del pantalón, el reloj no era sino una caja rota de engranajes. Las tinieblas les impidieron prolongar aquel velatorio fúnebre: Eustaquio y su joven porteador bajaron hasta el Roquedo de Dormir para pasar allí una noche de dolor, de frío y de tormentas […]. Al día siguiente una caravana de rescate compuesta por nueve hombres y conducida por Eustaquio, llegó a la montaña. En su ascenso vieron nuestras huellas de bajada sobre el glaciar. La tienda y la cuerda que, el 24 a la salida, Schneider quiso cargar, sirvieron ahora para amortajar y transportar su cuerpo inanimado. Fue un descenso difícil y emotivo, muy largo”.

A resultas de este accidente, los peñalaros no le tomaron ojeriza al valle de Tena. Dos veranos después de la muerte de Carlos Schneider, encargarían a Eustaquio Urieta y al herrero de Sallent que instalaran unos grandes clavos en la brecha Latour del Balaitús. Era el modo de indicar que, a pesar de la desgracia, el alpinismo castellano se aprestaba a actuar en este macizo con todas sus energías. Muy especialmente, en la construcción de un refugio de montaña que, con el tiempo, se denominaría de Alfonso XIII. Otro día tendremos que hablar de esta interesante edificación, todavía en servicio para usos pastoriles…

  1. Hola, Pedro… Por aquí, por las Tierras Mañas, tenemos un excelente concepto del papel que desempeñó la RSEA Peñalara en los años veinte del siglo pasado, cuando en el ruedo no había ninguna asociación de montaña aragonesa y el alpinismo castellano cargó sobre sus espaldas la responsabilidad de, por ejemplo, instalar las Clavijas de la brecha Latour y del paso de los Gascones en Sallent; las de Salarons, de Soaso y del paso de los Sarrios en Ordesa… Sin olvidarse de los refugios de Alfonso XIII junto al Balaitús y de Góriz junto al Monte Perdido… Ni de esos fantásticos artículos de divulgación sobre el Pirineo de Huesca, salpicados entre las páginas de la revista Peñalara, que constituían auténticas mini-guías pioneras cuando no existía nada más… Ciertamente, les debemos mucho a esos “hermanos mayores” que llegaban desde Madrid con tantos buenos proyectos en sus morrales y tanto amor por estas cumbres impreso en sus miradas… Otro saludo cordial más…

  2. Un placer como siempre, Alberto. Sorprendentes los relatos, especialmente el de Cadier. Gracias por ofrecernos estos pedazos de la historia pirenáica. Un abrazo fuerte!

  3. Hey, Txarlie… Celebro que llame la atención este tema tan poco tocado de nuestra crónica… Creo que ya lo he aireado en otras ocasiones: la idea la obtuve tanto de una reunión con unos miembros del GREIM en la que comentaron que habría que detallar mucho más en los medios cada accidente de montaña, como en una charla con uno de los médicos del CUEMUN que “viajan” en el Bolkow que a punto estuvo de abrir una sección así en el Boletín de Montañeros de Aragón… Estos profesionales del rescate se referían a los percances más recientes, claro, los más interesantes desde el punto de vista constructivo… Como no tengo capacidad para realizar ese trabajo, nos tendremos que conformar con dar un repaso histórico, que alargaré hasta la Guerra Civil… Va otro saludo, colega…

  4. Hola Alberto, es un placer leer los resultados de tus investigaciones montañeras. Enhorabuena y no nos prives de ese gustazo. Un abrazo.

  5. Hola, Carlos… Bueno; lo cierto es que la RSEA Peñalara ha escrito auténticas páginas de oro dentro del pirineísmo… Podéis estar bien orgullosos de vuestros ancestros… Una pena que ahora toque entrar en su crónica más triste… Otro saludo cordial…

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