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Tres peñalaros frente al Cervino del Pirineo

Durante la tercera década del siglo XX, la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara comenzó a frecuentar el valle de Tena. Así, en el verano de 1920, un trío perteneciente a la entidad deportiva madrileña se desplazaba en pie de guerra hasta Sallent. Seguramente, como consecuencia de un viaje de reconocimiento previo al Balaitús, efectuado en 1917 por José Fernández Zabala. En esta nueva ocasión llegaban con el objetivo de estudiar las posibilidades de la zona para la construcción de un refugio. Antonio Victory Rojas encabezaría la caravana que pretendía explorar las vertientes de Arriel y de Piedrafita del coloso de granito. Aunque barcelonés de nacimiento, hoy es considerado como uno de los grandes impulsores del montañismo castellano: sobre 1910 ya practicaba este deporte por el Guadarrama con amigos como José Fernández Zabala o Alberto Oettli, y en 1914 ingresaba en el club Peñalara, entonces compuesto por un número fijo de doce amigos, tras producirse una vacante… Presidiría dicha sociedad en varias ocasiones entre los años 1921 y 1952, dejando en ella su fuerte impronta.

Después de este breve preámbulo sobre el líder de la incursión de los peñalaros en el apodado como Cervino de los Pirineos, lo siguiente será presentar a sus compañeros: el hispano Pablo Bargueño y el suizo Charles/Carlos Schneider. Además, en Sallent contratarían como guía al cazador Eustaquio Urieta el Lobo. No nos entretendremos con ellos, pues los iremos conociendo en las diversas fases de una tragedia que les aguardaba en las regiones cimeras. Para seguir sus andanzas por el Alto Gállego se dispone de un texto que describe el itinerario hasta el Techo del valle de Tena a través de los ibones de Arriel y de la Gran Diagonal: “Nuestra ascensión al Balaitús (1920)”, firmado por Antonio Victory en el número 395 de la revista Peñalara (1972). Nos vamos a sumergir entre sus mejores páginas de inmediato:

“A las 4:35 h salimos los tres [Bargueño, Schneider y Victory] de Sallent, acompañados de Eustaquio Urieta. La chica de éste [su hija Bárbara, quien le ayudó con frecuencia en la montaña] lleva una caballería con nuestros morrales […]. Seguimos un camino junto al caudaloso Aguas Limpias. Pronto entramos en el valle de este; por ambos lados vierten en el río torrentes que caen en continuas cascadas. A las 5:50 h abandonamos la orilla del Aguas Limpias para ganar fácilmente altura hacia la izquierda. La peña Foratata presenta a la vista el orificio que le da su nombre, muy cerca ya de la cumbre. Eustaquio nos habla de aventuras acaecidas en sus cacerías de osos.

”Al cabo de veinte minutos de subida (6:10 h), pasamos un torrente que lleva mucha agua, sobre la cascada, visible desde abajo, y cinco minutos después llegamos a una diminuta chabola. Allí, la pequeña de Eustaquio regresa con el caballo. Nosotros proseguimos la marcha, ahora entre hierbas gigantescas, casi sin ganar altura. El pico Arriel, a nuestro frente, continúa envuelto en gruesos nubarrones. De repente, aparece la inmensa barranca de Piedrafita. El sol no ha penetrado todavía en ella; solo la ancha línea blanca del río se destaca en aquel fondo oscuro; arriba, todo es luz en las cumbres de las soberbias Frondellas, tras las cuales asoma todavía el picacho final del Balaitús, acariciado por los rayos del sol naciente, único momento que disimula la montaña su fiera negrura. Jamás vimos aparición de montaña tan sorprendente, ni por su belleza ni por su maravillosa luz.

”Subiendo suavemente nos encontramos en el circo de Soba (7:15 h), de un apacible encanto. Por las verdes praderas que lo forman descienden alegremente varios arroyuelos hasta formar un verdadero río que va a unirse al Aguas Limpias, un kilómetro antes que el torrente de Arriel; entre las dos desembocaduras queda el peligroso paso del Onso [delicado hasta la construcción de la presa de Respomuso, sobre 1950], en la ruta inferior de Piedrafita, junto al Aguas Limpias […].

”Subimos una fuerte cuesta durante una hora (de 7:30 a 8:30 h) y dominamos la cuerda que lanza el Arriel hacia el mediodía. A nuestro frente, el incomparable panorama del Balaitús y las Frondellas. Unos pinos medio secos asoman aún a ver el salvaje terreno; más allá, como si la cuerda del Arriel fuera el límite de una maldición, solamente roca desolada y destrozada.

”Desde Sallent al collado en que nos encontramos, la marcha no resulta molesta; no así desde él hasta el mismo pico. Después de un alto de un cuarto de hora en el mencionado collado (de 8:30 h a 8:45 h), empezamos a bordear el destrozado canchal del Arriel, obligándonos a perder altura. A las 9:45 h nos paramos a comer junto al arroyo que, procedente de los lagos más altos, alimenta el pequeño ibón inferior de Arriel […].

”Reanudamos la marcha a las 10:40 h, siguiendo torrente arriba los dos lagos mayores. Nos dice Eustaquio que de ordinario tienen agua, bordeándose su misma orilla más fácilmente que por donde pasamos, haciendo algunos ligeros funambulismos. En el tercer ibón abandonamos el curso del arroyo Arriel para trepar por el inclinado canchal de las Frondellas. Subida larga, fuerte y fatigosa, a causa del mucho calor y de la falta completa de viento.

”Por fin ganamos el collado de la llamada arista Wallon por Cadier [en varias ocasiones se refiere a su enciclopédico artículo sobre el Balaitús de 1912]. El Balaitús aparece de nuevo, fiero y soberbio. Enseguida llegamos al glaciar de las Frondellas (12:15 h), que pasamos por abajo, donde tiene muy poca inclinación. Arriba adquiere una pendiente extraordinaria y, al contemplar la lengua que sube hasta la brecha Latour, no puede menos que mirar el reloj, calcular el tiempo transcurrido desde que hemos salido de Sallent, el que todavía falta para subir, el necesario para el regreso […]. Afortunadamente, seguimos por roca [lo mismo que Fernández Zabalza, Victory no adoraba las rutas glaciares].

”Enseguida pasamos por una roca de gran tamaño que constituye por su forma un abrigo natural […]. Debe de ser el llamado Rocher du Coucher, inmediato al bautizado por el conde Russell con el nombre de Rocher du Dejeuner [los Roquedos de Dormir y de Almorzar, nombres de escaso arraigo entre el montañismo ibérico que recordaban las exploraciones de Packe y Russell en 1864], en cuyo último peñasco no nos fijamos […]. George Cadier apunta la idea de hacer un primitivo refugio [el futuro Abrigo Michaud], igualando el suelo y elevando más el pequeño muro, ya construido por los cazadores o contrabandistas […].

”Seguimos subiendo sin dificultad. Nuestro compañero Schneider, más fuerte y ágil que nosotros, y más impaciente también, se separa del grupo. Como la ascensión va resultando larga y el sol calienta de firme, continuamos lentamente. A la subida por peñascos sigue una marcha por cornisas que ascienden suavemente, bordeando el gigantesco muro del Balaitús, que cae vertical, al espantoso barranco de Batcrabère, cuyo fondo ocultan las nubes. La piedra suelta hace más peligroso el paso por la cornisa. Una sola vez utilizo el piolet para hacer unas huellas en un momento en que una mancha de nieve hace desaparecer la cornisa […].

”De otro manchón de nieve cae un hilo de agua, que dice Cadier que probablemente sea la Grande Lezarde; hacia allí nos dirigimos, conservando la altura, pues teníamos una sed extraordinaria y nuestra cantimplora la llevaba Schneider. Después, una subida breve pero dura por roca más suelta que nunca, y dominamos una estribación que arranca del Balaitús, cuya cima queda a la derecha […]. A nuestro frente, tras un estrecho y hondo barranco, otra afilada arista que arranca igualmente del Balaitús; detrás asoma, a veces entre las nubes, la cumbre de un picacho; más al fondo surge de las nieblas una línea de cumbres, que después vimos desde arriba que se unía al grupo de Cambales, y más al fondo todavía otra línea de cumbres mucho más distantes y elevadas.

”Estamos en la Brèche des Isards. Descansamos un buen rato, sorprendidos por tan inesperada belleza […]. Eustaquio se adelanta entre tanto para gritar a Schneider, como antes lo hizo para que se uniera a nosotros para llegar juntos al pico mientras bebíamos […]. Una última escalada por roca muy inclinada, pero firme, y nos encontramos en la cumbre sin haber tenido necesidad de ayudarnos unos a otros ni una sola vez en toda la subida. Son las 15:15 h. Indescriptible espectáculo el que se ofrece desde aquella cúspide. El Balaitús ciertamente es el Rey de los Pirineos [un apodo que suele acompañar al Aneto y que nunca cuajó para el Balaitús]. Por todas partes afiladas aristas y agujas escarpadísimas con la apoteosis […] de nubes como olas gigantes. En la torrecilla de piedra de la cumbre encontramos encerrado en una caja de cima el libro depositado (si no recuerdo mal su primera apuntación) en 1914 por Alphonse Meillon […]. Habrá registradas unas dieciséis excursiones; pero en el libro no aparece ni un nombre español, ni una palabra en castellano [entre 1914 y 1920, nuestros compatriotas fueron o muy tímidos…, o escasos]”.

Comenzaba a insinuarse el drama. Porque en la cumbre no aparecía el menor rastro de su compañero Schneider, siempre tan aficionado a adelantarse en solitario. De hecho, el joven ya había manifestado su deseo de bajar por la brecha Latour, por lo que no consintió que dejaran parte del peso de sus mochilas en los ibones de Arriel, tal y como había propuesto el Lobo Urieta. Además, por la mente de todos planeaba su proyecto de encaramarse a la “tentadora aguja Anónima, al sur de la Brecha, que hizo pensar a nuestro amigo en una escalada heroica, al verla tan airosa desde el glaciar de las Frondellas”.

La angustia terminó apoderándose de nuestro trío cuando, tras vocear el nombre de Schneider varias veces desde lo alto del Balaitús, nadie respondió a sus llamadas. Urieta, por encima de todo cazador, no tardó en informar a Victory y Bargueño de que, sobre la cima, no había señales de que hubiera pasado nadie previamente, a tenor de la ausencia de huellas. Mientras tanto, las nubes se iban cerrando sobre el Cervino de los Pirineos, como deseosas de preparar el escenario ideal para una tragedia…

  1. Pues a mí (y que Dios me libre de tener nada en contra del pillín) me has hecho pensar en un documento mucho más actual… Se trata de un tema incluido en el último disco de Xoel López titulado “Todo lo que merezcas”…
    https://www.youtube.com/watch?v=nhEsAg99mEE

  2. Nunca me han gustado mucho las comparaciones; desde luego, lo de “Cervino de los Pirineos” tendrá su gracia, no lo dudo… porque lo que es parecido, no se lo encuentro desde ninguna perspectiva.

  3. Vayamos por partes, amigos…
    Tienes razón, Makako… Te la doy por entera, no sea que desde lo alto de tu palmeral me arrees un cocotazo, que menuda puntería tienes… Es más: estos días estoy negociando con Sean Penn, quien tras el fracaso de su último proyecto (¿era en México?) quiere rodar un documental sobre “La Leyenda del Innombrable”, por lo que le diré que te incluya en los créditos… Al César (mandril) lo que es del César (mandril)…
    En cuanto a lo de Xoel Lopez, ¡qué puedo decir, Xavi…! Salvo que estos anatemas modernos casi resultan más contundentes que los medievales… No, tampoco conocía a este cantautor, al que seguiré en adelante…
    Por lo demás, espero que nadie se moleste por estas pequeñas bromas que nos llevamos entre manos, sin otro ánimo que, más que desearle desgracia alguna a nadie, nos echemos todos juntos unas risas para quitarle hierro al asunto… Si, de paso, declaran al “Innombrable” especie protegida y lo incluyen en una especie de reserva, pues mejor que mejor…

  4. Cajetín aparte para José, que sus tiros van por otro lugar…
    Sí: a Russell se le ha censurado a menudo lo de ese apodo de “Matterhorn des Pyrénées” que le destinó al Balaitús… A finales del siglo XIX y en Francia, ya se murmuraba contra una denominación que salió de su factoría; en nuestra vertiente, algunos años después, también se criticó… Creo, sinceramente, que esas censuras no eran demasiado justas: cuando Russell rondó este “Cervino” bigordano-tensino, allá por 1864, las montañas vivían los últimos coletazos de una Pequeña Edad Glaciar… Y la precariedad del equipo montañero, junto con la carencia de refugios, mapas o servicios de rescate, “cervinizaban” cualquier montaña medianamente dura de nuestra hoy más que dulce cordillera (sobre todo en verano)… Tampoco olvidemos que el “Señor del Vignemale” conocía otras cadenas del XIX, desde los Alpes-Alpes, hasta los Alpes de Nueva Zelanda, aparte del entorno del Kangchenjunga…
    Por lo demás, Russell no solo fue un pionero de la exploración pirenaica: también ejerció como su “publicista” enamorado… Muchas de sus descripciones sobre tal o cual montaña hicieron mucho para la divulgación de sus encantos entre nosotros…
    En el terreno personal, decir que no me parece mal este apodo… Ya sabes que, dada mi relación con el valle de Tena, subo a esa montaña con cierta periodicidad en verano… Pero no me olvido de mi primera experiencia en ella, un mes de enero de 1980, abriéndonos camino entre la ventisca hacia la cota 3.144 m… Tanto a un servidor como a mis potentes compañeros de cordada (entre ellos, los hermanos Arnaudas), cuando llegamos a su pirámide cimera, nos pareció que era un monte puñeteramente delicado: no, no conocíamos el apodo russelliano, que hubiésemos firmado todos sin pestañear… Y eso que todavía nos faltaba la retirada, que fue antológica: en mi vida he montado tantos rápeles precarios, esos de “cruzar los dedos y rezar”… ¡¡¡En la “normal” desde Piedrafita!!!
    ¡Ay, va!: pero si he terminado contando una batallita como el mismísimo Abuelo Cebolleta…
    Otro saludote más…

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