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El accidentado carnaval del Balaitús

Hay mil formas de ingresar con mal pie en una montaña. Una de las peores la vivió el abate Ludovic Gaurier en el Balaitús. Para éste, su primer tanteo con el gran mojón de granito alzado entre el Lavedan y Tena, había partido del refugio de Arrémoulit con el despuntar del sol del 16 de agosto de 1906. La víspera de su ascenso le acompañaron hasta el collado de Arrémoulit su amigo Aymar de Saint-Saud y las hijas de éste, con objeto de “contemplar al Balaitús por su lado más…, ¡cerviniano!”.

Nuestro sacerdote deseaba cobrarse la arista Oeste del todavía apodado como Matterhorn del Pirineo. La aproximación no constituyó ningún paseo debido a una mochila con dieciséis kilos de peso que contenía una cámara fotográfica de 13 x 18, su trípode y las correspondientes placas. No marchaba en solitario, pues se le había añadido un curioso compatriota: un tal Pein, uniformado como los Tiradores argelinos del Ejército galo. Un atuendo más apropiado para una carnavalada que para una ascensión por alta montaña. Sin embargo, tras fijarse en “su destreza, entrenamiento e iniciativa, su cabeza y pies seguros”, Gaurier terminó por aceptarle como compañero.

Una vez en territorio aragonés, nuestro pintoresco dúo bordeó los ibones de Arriel y enfiló la Gran Diagonal. Así narraría Ludovic Gaurier sus peripecias en el texto sobre Les précipices du Bat-Leytouse (1911), que traduciré a partir del Roquedo del Almuerzo:

“El primer corredor era fácil y nos condujo con rapidez sobre una pequeña plataforma que penetraba en Francia. Aquí existían dos caminos. Se podía continuar por esa gran fisura [o Gran Diagonal] que, descendiendo poco antes de remontar en oblicuo hacia el Pequeño Balaitús [ahora denominado Cap Peytier-Hossard; no el Petit Balaïtous actual, más al norte], del cual este corredor ya vencido no era sino su tramo inferior. Asimismo se podía escalar un pequeño corredor por la derecha, de forma que ganásemos la famosa arista Oeste [o de Packe-Russell]; era lo más tentador. Algunas lajas pulidas, superadas con facilidad, nos situaron en este segundo corredor, muy practicable. En ciertos lugares terrosos se apreciaban las huellas descendentes de los Cadier: sé que los cinco hermanos acababan de pasar por aquí, bajando precisamente del Balaitús, y que dos de ellos estaban ligeramente heridos después de resbalar por el glaciar. ¡Un mal presagio! Estábamos en una arista caótica, monstruosa y espléndida. Eché un vistazo sobre el glaciar, que quedaba ya por debajo. Dominábamos esa brecha Latour por la cual los picos del Infierno aparecían peinados por una tormenta. Fotografié a mi compañero en tanto que charlaba con un carabinero español [¿sobre la cota 2.600-2.700 metros?], quien rehusaba a dejarle pasar…, debido a su uniforme, sin duda. Después, retomando la ascensión del corredor, llegamos a su inicio, donde existe una fisura cortada a pico. Bajando, encontré la arista que separaba nuestro corredor del precipicio central; un paso señalado mediante una pequeña pirámide de piedras: estábamos, pues, en el buen camino.

”Pero el precipicio, en lo alto del cual era preciso pasar sobre unas cornisas estrechas, exigió que abandonásemos la impedimenta; el menor tirón sobre los hombros nos precipitaría por la izquierda de la muralla: ningún obstáculo nos separaba del primer lago de Batcrabère, unos ochocientos metros por debajo. Nos hallábamos a 3.000 metros, dominando el Palas. El panorama era maravilloso desde el suroeste hasta el norte. Pero era mejor que lo admirásemos desde lo más alto: en diez minutos estaríamos allí. En estos instantes, ¡había que prestar atención! Resultaba más prudente dejar aquí el piolet, que sería molesto durante nuestra gimnasia. Adelante, ¡despacio! Pasé el primero sobre una cornisa estrecha, totalmente rematada por piedrecillas inestables, para alcanzar sin problemas la parte inferior de la chimenea final. Pein me seguía a unos cinco metros.

”De repente, ¡un largo grito de terror resonó por detrás! Solo tuve tiempo de girar la cabeza. Por debajo, tras una roca, rodaba el abrigo azul del soldado. ¡Dios mío! ¿Era él quien estaba cayendo, arrastrado por el desprendimiento de una roca? Hubo un segundo grito y, después, nada. Lo vi resbalar de lado, rodando sobre las cornisas agudas; el cuerpo llegó a saltar en ocasiones hasta un metro. Después, pesadamente, volvió a caer con ruido sordo, como un andrajo. ¡Oh, fue horrible tener que permanecer allí, holgado de fuerzas, tan estable como seguro, sin poder intentar nada para detener esa caída, no siendo sino un mero espectador! Es extraña la lucidez en tales momentos. Incluso me percaté de que, en su segundo resbalón, trataba de aferrarse a algo. Y, ahora, ¡contaba sus rápidas vueltas! Llevaba nueve; giraba demasiado deprisa como para que pudiera detenerse. ¡Estaba perdido! Iba a desaparecer en ese precipicio cortado a pico que se adivinaba… No. Algo lo detuvo finalmente.

”La escena duró unos segundos, pero la llevaré siempre en mi mente. En esos momentos, unos sesenta metros más abajo, tumbado sobre su vientre, el cuerpo de mi pobre compañero era una mancha azul y blanca sobre el flanco de un precipicio. Era preciso bajar hasta él, aunque fuese a costa de dominar unos nervios alterados que podían lograr que me precipitara yo también. ¡Vamos, un poco de sangre fría! Era preciso tener ahora el doble. La tensión extrema me permitió controlar los músculos y descender, por mi parte, sin ponerme nervioso, hacia aquellas rocas siniestras, marcadas por la caída. Fue preciso mirar dónde apoyaba los pies, evitar que cayeran piedras, recoger la chénia [gorro argelino] caída y mantener la calma, ¡aunque mi corazón estuviera angustiado ante la posibilidad de no alzar sino un cadáver! ¡Pero vivía! ¿Qué milagro logró que consiguiera detenerse a tres metros de un precipicio liso que lo hubiera arrojado quinientos metros más abajo? Dios quiso que se encontrase en buen estado. Ciertamente había sufrido de un modo atroz. Levanté su cabeza: el rostro se hallaba ensangrentado, pero ninguna herida era de gravedad. Las manos mostraban cortes profundos, pero, ¿tenía las piernas rotas o contusiones internas? No había perdido el conocimiento. ¿Sabéis en qué pensaba? No lo adivinaríais ni en mil intentos: ¡Oh! ¡No vais a poder ascender por mi culpa! Sonaban épicas tales palabras en boca de un herido que aún no podía saber si tenía algo roto, pero me vi obligado a reñirle para obligarle a que se ocupara de su situación.

”Durante una hora y media permanecimos allí, al lado del precipicio. El desdichado, incapaz de moverse, seguía tumbado y como con sueño: de vez en cuando emitía una queja sorda. Lo situé lo mejor que pude para que ningún movimiento en falso lo precipitara de nuevo. ¡Y ni una gota de agua! ¡Ni siquiera un poco de [licor de] Cordial! Lo habíamos dejado todo en el Roquedo del Almuerzo, persuadidos de estar de vuelta antes del mediodía. ¡Ah! ¡Los tristes presentimientos de ayer me avisaban! ¿Qué hacer? ¿Ir a buscar socorro? No. Imposible dejarle solo; podía sufrir un síncope o una hemorragia. Además, no se abandona a un herido junto a un precipicio y con un vacío de quinientos metros al lado de sus botas. Por otra parte, para llegar al lugar más cercano, a ese lago de Artouste donde acampaban Heïd y Sallenave, y traerlos hasta aquí, ¡se necesitarían más de ocho horas! Y yo no sabía si tenía alguna contusión grave o lesión interna. En resumen: si él no lograba ayudarse a sí mismo, yo nunca podría, solo con mis fuerzas, siquiera atravesar este precipicio sobre una cornisa de veinte centímetros, ¡cargando con un hombre! ¡Pero no podíamos quedarnos aquí! ¡Oh! ¡Siempre recordaré los dilemas de aquellas dos horas de angustia! Si consiguiéramos alcanzar únicamente ese corredor donde se habían quedado nuestras mochilas, unos veinte metros hacia el sur, podríamos tentar un descenso. En ese momento, el herido temblaba de fiebre y frío, pues el viento era fuerte y todo el precipicio estaba en sombra. De cualquier forma, era preciso salir de aquel cortado y, para eso, encontrar un paso horizontal que nos llevara hasta el corredor. Así, dejé un momento a Pein, no sin haberle rogado que no intentara levantarse sin mí. Por suerte, la cornisa donde nos encontrábamos proseguía hacia una primera arista […]. ¿He de confesarlo? A pesar del tormento de todas mis inquietudes, ¡fotografié el lugar del accidente! Y tras bajar nuestro equipo del corredor hasta la altura del herido, acudí hasta él por unas cornisas horizontales: ¡Vamos! ¡Valor! El desdichado lo tenía, pero el dolor le traicionaba y no podía caminar. En cuanto lo alcé, le tomó un temblor con convulsiones y fue preciso dejarlo sobre la estrecha cornisa. Otro cuatro de hora de espera angustiosa. Finalmente reunió todas sus energías. No tenía nada roto, pero, debido a sus heridas, apenas podía emplear la pierna izquierda. Con precauciones infinitas, pasando su brazo por mi cuello, se levantó. ¡Gracias a Dios! Lentamente, avanzamos, agarrándonos con una mano a los resaltes del granito, ¡entre el olor de la sangre fresca! ¡Y con qué ansiedad! Yo avanzaba ligeramente por debajo del herido, cuyo peso me empujaba de forma inconsciente hacia ese precipicio que se abría por la derecha, bajo mis pies. ¡Cuando algún gesto de dolor agudo podía hacerle realizar algún movimiento involuntario, o una piedra ceder, para que ambos partiésemos rumbo a la eternidad! ¡Qué intensa es la vida en estos minutos terribles!

”Aquí estaba la primera arista. ¿Cómo pasaríamos en gran bloque? Con dificultades, me instalé sobre el otro lado –¿cómo?: no lo sabré jamás–, sólidamente arqueado para alzar al infortunado, cuyas manos descorchadas se negaban a hacer nada y cuyos atuendos se enganchaban en las rugosidades del roquedo. Después vino el pequeño corredor en cornisa y la segunda arista, donde todavía fue necesario alzar al herido, pues estas maniobras lo habían terminado de quebrar. Por fin accedimos al gran corredor, donde estábamos, si no fuera de peligro, sí mejor emplazados […]”.

En este pasaje interrumpiremos la detallada narración del descenso hacia el Roquedo del Almuerzo, donde recuperaron sus mochilas y comieron algo. Sobre las 16:00 h iniciaban una penosa retirada hacia el refugio de Arrémoulit, que alcanzaron a las 21:50 h. La noche le sentó bien a nuestro Lawrence del Balaitús, quien insistiría en quedarse allí para bajar más repuesto al valle. Gaurier, por su parte, regresó a España para proseguir sus reconocimientos cartográficos por la región de la Gran Facha.

No fue éste el único accidente del verano pirenaico de 1906. Acaso, uno de los menos desgraciados. Si se curiosea entre las crónicas de La Montagne, hallaremos un informe de Louis Le Bondidier donde se reseñaba una tríada de desastres muy similares:

“Pic du Midi [de Bigorre], finales de junio. Galiay, un porteador del Observatorio, descendía del pic du Midi y, viendo que iba con retraso, quiso atravesar con excesiva velocidad y sin tomar las precauciones indispensables la pendiente de un nevero demasiado inclinado. Un resbalón que no pudo detener le precipitó en una caída espantosa hasta el lago de Oncet, cuatrocientos metros más abajo, rompiéndole el cráneo.

”Cerca de Arrens, finales de junio. Un cazador de sarrios, Henri Ouemi, apodado Troc, desapareció de Arrens, su pueblo. Las prolongadas y numerosas salidas de búsqueda para encontrarle fueron en vano, y las caravanas de socorro regresaban sin hallar pista alguna. Un mes después, un pastor hallaba su cadáver en lo alto de un nevero, cerca del sarrio que acababa de matar antes del accidente. Una caída de piedras le rompió una pierna y le inmovilizó, para morir allí de un modo lamentable.

”Cerca de Lesponne, a mediados de julio. Un pastor, Dussert, desapareció igualmente, pero de Lesponne. Habiendo salido de noche para buscar un cordero perdido, se mató al caer desde lo alto de un roquedo en el Lac Bleu, donde se halló su cadáver.

”La ironía del destino ha querido que estos tres accidentes tuvieran como víctimas a montañeses de nacimiento y profesión, en lugares extremadamente fáciles donde no se podía imaginar peligro alguno, como queriendo demostrar, una vez más, que no es la montaña la que origina el peligro, sino el exceso de confianza o la imprudencia”.

Pero la temporada de ascensiones aún no había terminado. Los turistas pirenaicos iban a tener la última palabra en el triste censo. Quienes no gusten mucho de los textos truculentos, mejor que se salten este otro párrafo, redactado igualmente por Le Bondidier:

“Sobre el 15 de agosto [de 1906] se daba cuenta en Lourdes de la desaparición de los Mitteaux, padre e hijo, llegados de peregrinación desde Pantin (Seine). El 21 de agosto un obrero de Cauterets que trabajaba en la Glacière del Péguère vio rodar un cadáver ante él. Espantado, el hombre corrió hasta Cauterets para prevenir a la policía, que acudió hasta el lugar. El cuerpo se encontraba en plena descomposición y le faltaba la cabeza. En tales condiciones, la identificación del cuerpo resultaba complicada. Algún indicio haría pensar que los dos turistas se habían perdido en el sendero del Péguère, donde abandonaron imprudentemente las zetas. Una primera caída hizo caer al padre sobre una cornisa donde se percibieron sus rastros. La disminución en la rigidez del cadáver y los picotazos de las aves de presa pudieron trastocar su equilibrio, por lo que una segunda caída lo llevó hasta la Glacière. La altitud del Péguère es de 2.187 metros. Una vez más, la imprudencia de turistas no habituados a la montaña hizo que se tornara en drama una salida de placer en torno a un paseo fácil y sin peligro”.

Enseguida lo veremos. Con el avance del siglo XX se iban a incrementar las noticias luctuosas en las páginas de las revistas especializadas.