por

El misterio de los geodésicos

A tenor de la entrada previa, muchos lectores se habrán quedado con la impresión de que el Balaitús pudo ser una especie de Montaña de los Ingleses. El feudo de un trío de socios pintorescos del Alpine Club británico… Nada más lejos de la realidad. Las ascensiones inaugurales al Cervino del Pirineo fueron resueltas por un grupo de militares del Ejército francés. Un hecho que durmió el sueño de los justos hasta que el historiador Henri Beraldi halló en 1898 una ficha del Service Géographique de l’Armée con el informe de cierto teniente…

 

A partir de  las añadas inaugurales del siglo XX, este dato comenzó a filtrarse por los ambientes pirineístas. Tal es así, que Henry Russell pudo divulgar dicha primera al Balaitús desde la edición de 1908 de los Souvenirs d’un montagnard:

 

“Una historia extraña y apasionante (¿por qué no decir épica?), la de la primera conquista de esta ilustre y orgullosa montaña [el Balaitús] en 1825, por parte de varios oficiales geodésicos cuya ascensión fue de tal forma olvidada que, treinta y siete años después, cuando mi amigo Charles Packe apareció en el valle de Azun, el ámbito de estas hazañas, para atacar él mismo al monstruo, y descubrir por dónde habían pasado sus únicos predecesores, ¡nadie pudo informarle de su itinerario! En Arrens, ¡incluso se ignoraba sus nombres! Se tenía una idea tan vaga de una primera ascensión, lo mismo que del Diluvio o de la expulsión del Edén de nuestros primeros padres: como los contemporáneos del hecho estaban muertos o ilocalizables, se hablaba de aquello como de una vieja leyenda de diez siglos atrás que ya no interesaba a nadie. Hubiera sido lo mismo preguntar por Rolando y por los detalles de su itinerario cuando ganó el circo de Gavarnie para tallar, mediante un golpe de espada, la famosa Brecha que hoy lleva su nombre.

 

”Para colmo de males, los mismos oficiales, más modestos de lo que es costumbre serlo hoy en día, no revelaron nada al público, ni un solo detalle preciso de su gloriosa victoria sobre el Cervino de los Pirineos: solo el hecho y los peligros corridos. En el mismo llano, en pocas ocasiones se ve tanta modestia: en la montaña, jamás.

 

”Al parecer, estaba reservado al eminente bibliófilo, autor de la admirable obra sobre los Cent ans aux Pyrénées, al historiador más autorizado, serio y competente de la literatura y de las exploraciones pirenaicas, a Henri Beraldi, el sacar a la luz la primera ascensión al Balaitús, y salvar para siempre del olvido a estos valientes oficiales que fueron los primeros, casi sin decir nada, en afrontar los abismos y alcanzar la cima, donde no solo volvieron al año siguiente (1826), sino también donde tuvieron la audacia de pasar varios días entre espantosas tormentas de nieve, ¡y con un frío de ocho grados!

 

”En una época en la que el arte de las ascensiones acababa de nacer, donde el amor propio no jugaba ningún papel, donde había que buscar la vía tanteando entre la niebla, los precipicios y lo desconocido, sin mapas, sin guías serios y sin piolets, fue un acto de verdadero heroísmo, término que aquí no resulta exagerado.

 

”Daré los nombres de los primeros conquistadores del Balaitús, que triunfaron después de tres intentos infructuosos: eran los jóvenes tenientes Peytier (de treinta y dos años) y Hossard (de veintiocho años), ingenieros geógrafos, a quienes había sido confiada la triangulación de los Pirineos occidentales, mientras que el teniente coronel Coraboeuf (de cuarenta y ocho años), y el teniente Testu, se encargaban del Ariège y de toda la parte oriental de la cadena. Después de ellos, cayó el velo: oscuridad total […]”.

 

Vamos a explicar mejor el proceso que Russell nos resumía en 1908… Los verdaderos protagonistas de la conquista del Balaitús fueron, efectivamente, dos tenientes geodésicos galos: el encargado de situar las principales cotas del sector occidental de los Pirineos, Pierre-Eugène-Félicien Peytier, y su subordinado, Paul-Michel Hossard. Junto con sus hombres y los montañeses de la zona que lograron alistar para esta empresa, claro está. Para cumplir dicho objetivo, era clave encaramarse a los puntales más altos de la muga.

 

El tanteo inicíal de los geodésicos en estos escenarios se concretaba un 16 de julio de 1825 y desde el lago de Artouste: el resultado del mismo fue la primera ascensión certificada, aunque fuese por error, al Castet de Mourrous [Castillo de los Moros] o Cuje-la-Palas. Es decir: el actualmente conocido como pico Palas (2.974 metros). Se cree que lo ganaron por la hoy denominada brecha de los Geodésicos [o de los Geodestas]. Una vez sobre este vértice fronterizo, los militares se percataron de su pifia.

 

Tras este éxito montañero sobre el Palas, solo un día después, los tenientes galos apuntaban contra el verdadero Balaitús. Fracasaron en su ataque por la vertiente bearnesa: según el informe remitido a sus superiores, fue debido a que “a doscientos cincuenta metros de la cumbre, se vieron detenidos por una arista rocosa que no pudieron ni franquear ni esquivar” [¿la futura Packe-Russell?]. A resultas de este segundo contratiempo, Peytier y Hossard decidían volver a la carga desde el valle de Azun, donde reclutaron guías entre los pastores y cazadores. Como plan alternativo, pensaban probar igualmente por su vertiente sur, a la que hubieran accedido desde Cauterets.

 

No sería necesario pasar a España. El 8 de agosto de 1825, los parcos oficiales anunciaban su victoria desde el sector de Larribet. Fue en el curso de su tercera embestida por este lado, a través de algún contrafuerte septentrional más o menos cercano a la actual brecha de Peytier-Hossard. En el informe redactado por el primero de estos tenientes, poco se aclaraba sobre el particular:

 

“El pico de Balaitús está situado en la frontera de España, al fondo del valle de Azun y al oeste del puerto de este nombre; está en el departamento de los Hautes-Pyrénées, sector de Argelès, cantón de Aucun, y depende del municipio de Arrens. Es preciso alrededor de once horas para dirigirse desde este pueblo a la cima del pico, con los hombres cargados. Se sube el valle de Azun hasta las cabañas de Doumblas un poco por encima del lago de la Gourgue de Suyen. Allí se gira a la derecha y se va a pasar cerca de la cabaña llamada la Tour [thoue] de Larribet y enseguida a la del Plan de Larribet, que está al pie del pico. Hace falta aproximadamente cinco horas para subir desde esta última cabaña a la cumbre del Balaitús, y se encuentran pasos muy malos”.

 

Respecto a tan breves notas, el descubridor de esta primicia sensacional, Henri Beraldi, explicó su teoría sobre la ruta al Balaitús que siguieron los geodésicos franceses por el áspero murallón norteño:

 

“Esta ficha parece excluir la continuación de la ruta Packe-Russell por los lagos de Batcrabère, los pasos de la Barana y la diabólica arista Occidental, y deja suponer un itinerario especial, en principio por la cara norte, después por un paso sobre la cara este, hasta la parte superior del glaciar de las Néous, y al fin, la vertiginosa Chimenea Oriental”.

 

Ahí no iban a terminar las peripecias de nuestros geodésicos, quienes regresaban al Balaitús al año siguiente. El 25 de agosto de 1826, subían con once hombres hasta este Techo compartido entre el Lavedan y Tena. Tanto sus trabajos de topografía, como un temporal, lograron retenerles en la cota 3.144 hasta el 2 de septiembre. Solo cuando los víveres comenzaron a escasear, se decidirían afrontar un terrible descenso entre las nieves recién caídas. Sin embargo, fue preciso que abandonaran sobre el vértice todo su equipo…, junto a la célebre torreta que habían alzado con piedras. Exactamente, de tres metros y cuarenta y dos centímetros de altura. Por ello, Peytier y uno de sus ayudantes debieron regresar para recoger el valioso instrumental de precisión en el curso de una tercera visita, completada también por el norte, un 10 de septiembre de 1826. Esta última aventura de dos hombres frente a un Balaitús nevado alcanzaría tintes épicos, según relató el oficial galo en una carta a su inmediato superior, el comandante Coraboeuf:

 

“Existían todavía muy malos pasos de nieve helada en los cuales fue preciso tallar escalones con el pico, y la cumbre conservaba todavía mucha, que fue preciso quitar cerca de la señal para las observaciones”.

 

De forma extraña, esta tripleta de ascensiones permaneció en el limbo del olvido pirineísta…, incluso en ese valle de Azun donde se habían reclutado a los porteadores que auxiliaron a Peytier y Hossard. Llegados a la década de 1860, apenas se recordaba que uno de aquellos montañeses que abrieron el camino hasta el después apodado como Matterhorn del Pirineo, se llamaba Jean-Pierre Coustet, y que era cazador. Es más: a raíz del descubrimiento de los restos de su acampada (torre, piquetas de tienda, indicios de fogatas) por Charles Packe en 1864, se sospechó de la visita del ya tardío capitán Henri Saget… Tan flagrante omisión lograría que el historiador Beraldi se escandalizara: “Se ha visto perder objetos de incluso grandes dimensiones. ¡Pero picos! ¡Picos de primer orden!”.

 

En realidad, en la vertiente septentrional del Pirineo habían quedado trazas dispersas de los primeros tanteos al Balaitús. Alguna pista afloraría en 1890, según le comentó el capitán Émile Rayssé a Henry Russell:

 

“Había en el arsenal de Tarbes dos habitantes de valle de Azun cuyos padres, participantes en la campaña geodésica del Balaitús de 1825, dieron detalles tan precisos, tan concordantes y tan afirmativos sobre la ascensión de los oficiales y su itinerario, que parecía, si no seguro, por lo menos bastante probable que fuese por el este y el glaciar de las Néous por donde habían atacado y vencido la montaña”.

 

¿Y cómo reaccionó el gremio trepador ante todas estas revelaciones? El 3 de agosto de 1901, los escaladores Henri Brulle y René d’Astorg, junto con el guía Célestin Passet, tomaban el camino a Larribet… Deseaban explorar los muros del Balaitús para determinar por dónde pudieron subir los geodésicos de 1825. Extractemos sus pesquisas del día siguiente en busca del flanco más débil del costado nororiental. Como narrador de lujo, enrolaremos a Henri Beraldi:

 

“Brulle  y sus compañeros subieron por el lado de Fachon: casi un collado. Una vez allí, fue preciso renunciar al Pequeño Balaitús [hoy Cap Peytier-Hossard] –imposible–, y bajar en oblicuo hacia el laguito de Fachon para ir a tomar el glaciar de las Néous, demasiado difícil para una caravana cargada. Además, la segunda ascensión de los oficiales geodésicos se llevó a cabo a finales de agosto: en esa época, el glaciar aparecería desnudo, y andar por hielos no era lo acostumbrado en 1825. Por otra parte, para subir por las Néous, ¿por qué dormir en el Pla de Larribet, cuando se disponía del de Labassa? Luego se eliminó la brecha Este, así como la teoría de que la ascensión se completó por dicha chimenea.

 

”Recorriendo el Pequeño Balaitús desde el norte y atravesando el glaciar, Brulle, Astorg y Célestin fueron a parar a la brecha Oeste, profundamente entallada, que Célestin conocía de sus cacerías. Por el otro lado del profundo valle de Batcrabère, apareció con aspecto formidable el Balaitús. Había que ver aquello más de cerca, utilizando unas trazas de carneros que surcaban el reverso sur de la brecha que ascendía hacia el Pequeño Balaitús […]. Tras cuarenta y cinco minutos de una subida ruda, aunque sin dificultad, se holló la depresión, brecha o collado que separaba el Pequeño Balaitús del Grande. Era una tercera brecha, al sur del Pequeño… O, para ser más precisos: la arista en curva que unía dicho pico con la base de los precipicios de la arista norte del Balaitús.

 

”El Pequeño quedaba a unos minutos al norte, casi horizontales. Este Pequeño Balaitús que, visto desde las Néous y, según Russell, poseía el aspecto de una aguja de catedral, y que por el norte era un pico bien característico, por el sur no existía […]. Su apariencia era tal que, por tercera vez en la misma jornada, Brulle y Astorg creyeron que habían perdido la partida. Sin embargo, Célestin se arriesgó por esa cresta: aparecía, desaparecía y volvió a reaparecer, para luego llamarles. Brulle y Astorg arrancaron –ese día, con verglás y sin cuerda–, primero a través de un paso sensacional que caía como cortado a pico sobre el glaciar; luego por puntas de roca, grietas entre los bloques y cornisas estrechas […]. No podía ser este el paso, dada su variedad de tramos malos y peligrosos, pues exigiría el uso de una cuerda para pasar a todos los hombres y, según el informe, requirió solo de veinte minutos […]. Ese Balaitús era intratable por el norte y, sin embargo, fue por el norte por donde los geodésicos, con sus hombres, lo subieron en tres ocasiones […].

 

”Cumbre [del Balaitús]. Brulle, Astorg y Célestin descienden por la misma vía hasta esa depresión entre los dos Balaitús [Pequeño y Grande]. Dicha depresión sería la probable brecha que tomaran Peytier y Hossard. Pero los geodésicos no habrían franqueado el collado. Lo atravesaron, siguiendo la arista en tres tiempos: primero, ese collado poco marcado cerca del Pequeño Balaitús; segundo, la zona de dificultades; tercero, la brecha en forma de uve. En cuanto a la brecha inferior, la oeste del Pequeño Balaitús, era posible, pero no segura. Se podía evitar contorneando la cresta más al oeste y esquivándola más abajo, al nivel del lago inferior de Batcrabère. Es lo que hicieron Brulle, Astorg y Célestin de regreso de esta bella expedición de diecisiete horas que constituía una página de historia: la restitución del Balaitús por el norte y el nacimiento de la arista de Peytier-Hossard”.

 

El misterio del Balaitús quedaba aparentemente desentrañado. El autor de las últimas líneas podía estar orgulloso por cómo arrancaba el siglo XX sobre esta impresionante cumbre. En su honor, el paso clave del nuevo acceso se bautizó como vira Beraldi. Aunque, como pasa siempre, el acuerdo no iba a ser universal: en 1904 y 1905, los hermanos Cadier exploraban este sector del Balaitús y proponían su propia ruta de los Geodésicos. En nuestro gremio, la unanimidad resulta, más que difícil, imposible.

18 Comentarios

  1. MUY EMOCIONADO POR TUS EXITOS TE DESEO TANBIEN UNA FELIZ NAVIDAD ALBERTO

  2. Hey, Luis, muchísimas gracias… Venga, ¡deja ya el teclado y a por el pavo o la merluza! (que no quede vivo ni uno)…

  3. Se me pasaba: quien desee ver cómo eran las torretas que los geodésicos (¿o, mejor, geodestas?) de 1825 mandaban alzar sobre los tresmiles (Balaitús, Troumouse, Maupas…), tiene dos opciones… Existen reproducciones a tamaño natural de estas construcciones en las afueras de Argelès-Gazost, camino del Soulor, así como en Pont d’Espagne, frente al valle de Gaube. Muy accesibles, desde luego…

Los comentarios están cerrados.