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El Alpine Club británico y el Balaitús

Durante algún tiempo, la cumbre pirenaica que más llamó la atención del montañismo inglés fue el Balaitús. Este tresmil emblemático, situado a caballo entre el Lavedan y Tena, supo despertar el interés de al menos tres conocidos miembros del Alpine Club británico. Un logro nada extravagante: como, a mediados del siglo XIX, no estaba demasiado claro si nuestra montaña permanecía o no sin hollar, los protagonistas de la historia se fueron dando relevos para determinar su estatus. Les aguardaban unas cuantas sorpresas.

 

John Ball fue el primer presidente del Alpine Club, la entidad de montañismo más tempranera del mundo… En 1861, se personaba en el valle de Ossau con la mochila y el piolet. Sin duda alguna que la mole nevada del Balaitús, destacando con rotundidad sobre las demás cumbres del Pirineo occidental, había excitado su imaginación durante una visita al pic du Midi de Bigorre. Y, encima, ¡gozaba de cierta fama como invicta! Pues a por ella… Pero Ball no cosechó demasiados éxitos en el curso de su tanteo desde Les-Eaux-Bonnes. A su regreso, explicaría que, “después de haber pasado dos noches espantosas en esas cabañas de montaña que cobijan a los pastores, no acerté sino a alcanzar la base del pico Balaitús”. A través de sus peripecias, este inglés (americano, según el historiador Henri Beraldi), iba a lograr que se apasionara por dicho vértice otro compatriota mucho más tenaz: Charles Packe.

 

Justo un año después de la tentativa de su jefe, Packe acudía al encuentro de este picacho tan visible desde el piedemonte galo. Con bastante acierto, nuestro abogado de Leicester supuso que su ruta más lógica arrancaba de la cabecera del valle de Azun. Por ello, encaminó sus pasos hacia Arrens, donde contrató a un robusto montañés llamado Jean-Pierre Gaspard. El hombre ni había subido al Balaitús ni sabía cómo hacerlo, pero parecía voluntarioso. Desde la cascada de Bourridis, este auxiliar local realizó las presentaciones montaña-cliente de un modo bastante teatral: “¡He ahí a vuestro enemigo, que os espera!”.

 

Packe y Gaspard pasaron su primera noche en Larribet, dentro de una atestada thoue troglodita donde no tuvieron más remedio que alojarse para no ofender a los pastores. Al día siguiente, decidían concentrar sus esfuerzos en la cara norte del Balaitús. Pero el británico consideró que la ruta emprendida, a través de la arista de Fachon, se mostraba “excesivamente llena de precipicios”, por lo que optó por abandonar a unos doscientos metros de la cima: justo allí donde alzaron una torre de piedras como “trofeo de nuestra derrota”. El montañero anglo dejaría el valle de Azun pensando que el Balaitús, “si ha sido subido, si es que eso es posible, ¡habrá sido partiendo de Sallent!”. Ni que decir tiene, en Arrens le confirmaron que no se recordaba a nadie que hubiera hollado jamás aquel puntal que cortejaba…

 

Charles Packe era bastante cabezón. Este enamorado del Pirineo decidió retomar su asedio y asaltar el Balaitús: dos años después, también por Arrens y de nuevo con la ayuda de Jean-Pierre Gaspard. Juntos volvieron a internarse más allá de las zonas que recorrían los últimos pastores y cazadores del valle de Azun… Según le dijeron en la zona, con notable exageración, por entonces “apenas sobrepasaba nadie la capilla de Pouey Laün”.

 

El inglés y el galo le dedicaron siete jornadas de reconocimientos al zócalo septentrional del Balaitús. Acaso para aprovechar su buen olfato, Packe se había traído de Inglaterra a su perra de caza favorita, Ossoue. El 15 de septiembre de 1864, nuestro trío se embarcaba en la cresta oeste, donde la valiente montañera de cuatro patas se atascó en el luego célebre Paso del Estribo… Que los humanos sí superaron: tras no pocos sudores, Packe y Gaspard lograban plantarse desde el costado occidental sobre los codiciados 3.144 metros de cota. Habían subido convencidos de ser los primeros, pero,  una vez allí arriba, constataban que la cima del Balaitús se hallaba hasta los topes de los vestigios de sus antecesores: una gran torreta de piedra a medio demoler, huellas de fogatas…, ¡e incluso unas clavijas de madera como las que se empleaban en las tiendas de campaña militares! El frustrado miembro del Alpine Club quiso asomarse a los precipicios de la vertiente aragonesa para dejarnos su vaticinio:

 

“Se puede alcanzar el pico de Balaitús o Murmuret en un solo día partiendo de Les-Eaux-Bonnes o de Les-Eaux-Chaudes; a pesar de todo, la ascensión se haría más fácilmente desde Arrens o, quizás mejor todavía, desde Sallent, en el lado español”.

 

Diez días después de esta falsa primera, otro colega de la asociación británica se interesaba por el Balaitús: Henry Russell, un aristócrata que, a pesar de su nacimiento en Toulouse, disfrutaba de las ventajas de un pasaporte inglés. Aunque él se considerara una especie de irlandés-bearnés… Al parecer, su contacto inicial con la gran cima del valle de Tena había sido como consecuencia de su relación de amistosa rivalidad establecida con Packe. De hecho, extraña mucho que el abogado, con quien pasó buena parte del verano de 1864, no contara con el joven Conde para una aventura de la talla del Balaitús… Posiblemente, considerara a su nuevo camarada, a quien veía como a una especie de hermano pequeño, algo inmaduro para la odisea en ciernes. Y, en aquella época, la punta aludida se hallaba en el apogeo de su fama, presta a lucir con orgullo el título de Matterhorn del Pirineo por cuenta de sus dificultades.

 

Nada más conocer el éxito de su reservado amigo, Russell se puso en marcha: el 24 de septiembre de 1864, salía a pie desde Argelès para acceder al pueblo de Arrens. Buscó allí al mismo guía de Packe: el padre Gaspard. Sin perder tiempo, alistó el equipo y las vituallas necesarias para su ataque. En esa premura que demostraba cuando las fechas anunciaban ya el final de la temporada de ascensiones en los Pirineos, traslucía un extraño afán en nuestro explorador que raramente se iba a repetir…

 

Una jornada más tarde, Gaspard y Russell abordaban desde Francia la escalada al Balaitús por su cresta oeste. La futura arista Packe-Russell (que no Packe-Gaspard, como hubiera sido justo), vamos… Nuestro Conde aún no lo sabía, pero se aprestaba a firmar la quinta visita confirmada a una cima en absoluto sencilla. Se volcó en la promoción de esta montaña. El primer texto importante para animar a subirla, lo servía ya desde sus Ascensions (1866). Nos entretendremos un poco con la descripción en caliente de la trepada final a la cumbre, combinando la ruta de la Gran Diagonal con la arista que terminaría luciendo su apellido:

 

“Inmediatamente por encima, atacad un corredor de pedrizas más cansado que peligroso: hay que subir al nor-nordeste. Girad a la derecha (este) sobre una cresta redondeada que tapiza un resto de césped en medio de eternas brumas. Pronto, la cresta se adelgaza, se cambia en roca viva, en obeliscos dislocados y vacilantes listos a rodar a los abismos que flanquean la montaña de norte a sur. Imposible dar un consejo: solo un gran instinto puede sacar de este lugar diabólico, un infierno de rocas donde se arriesga en cualquier instante la vida. Pero, sobre todo, no hay que pensar en dar un paso en la vertiente norte: es preciso siempre quedar ligeramente al sur. Es así como, trepando, se alcanza, sobre pendientes cada vez menos peligrosas, la cima (3.146 metros, ¿o quizás más?), que es una loma ancha, sin nieve, que va de este a oeste, sobre una longitud de cerca de un kilómetro. Mil hombres cabrían allí con facilidad. Torre sólidamente construida, es probable que por los oficiales encargados de la cartografía francesa”.

 

De este modo tan parco, nuestro cronista difundía la existencia de sus misteriosos predecesores, suponiendo que éstos habían subido hacia 1850. Erraba de pleno. En cualquier caso, esta ascensión al Balaitús de 1864 enorgulleció especialmente a Henry Russell. Por ello, merece la pena que acudamos a otra versión de la misma, tal y como aparecía, ya en frío, desde los Souvenirs d’un montagnard de 1908:

 

“[…] La aurora había llegado. La frente del monstruo que íbamos a domeñar se volvía roja, y las estrellas se apagaban entre las nieblas sangrientas del crepúsculo… Había que salir. Subimos al sudoeste por pendientes suaves y herbosas. En tres cuartos de hora, arribamos a un llano, y a una pobre cabañita donde se podría pasar también la noche. Sin embargo, no había madera y se encontraba a más de dos mil metros de altura… Eso era grave. Veinte minutos más arriba, atravesamos una brechita, tras la cual penetramos en el vallecillo glacial y desnudo de Batcrabère, lleno de laguitos, que discurre de sur a norte. Por el oeste-sudoeste, se elevaba la pirámide escarpada del pico Palas, al que una cresta dentada, de orientación este-oeste, se conecta por el este al pico Balaitús. Dicha cresta formaba parte de la frontera.

 

”Dejamos aquí por la derecha, a un centenar de metros por debajo de nosotros, los pequeños lagos de Batcrabère, para ingresar en España, marchando hacia el sur por la horquilla bien dibujada de la Barana, donde se comenzaba a percibir, por el este-sudeste, los contrafuertes occidentales de la terrible montaña, cuya cima no aparecía aún. Había que ir casi horizontalmente en dirección este-sudeste.

 

”El aspecto de los lugares se volvía cada vez más salvaje. Pasando cerca de una peña ciclópea que bauticé como el Roquedo del Almuerzo, más o menos sobre los 2.700 metros, atacamos, al nor-nordeste, un corredor muy pedregoso y empinado. Hasta aquí, todo fue bien. Sin embargo, en lo alto del corredor y tras virar a la derecha, pronto nos encontramos con una arista vertiginosa, estrecha y dislocada, que parecía escalar hasta las nubes, pues no se veía el final. Verdaderamente, ¿era posible subir allí? Sí: pero, en mi opinión, se trataba del peor paso de los Pirineos. Por cada uno de los lados de esta arista, justo lo bastante ancha como para poder pasar por ella, descendían unos precipicios de quinientos a seiscientos metros, blindados por el hielo y pulidos como un espejo: su base se perdía en una sombra azul que recordaba esas tinieblas exteriores de las que hablan las Escrituras. Nuestros pies apenas nos servían. Por el borde de nuestras suelas, se abría el vacío y la eternidad… Como acróbatas, escalamos este infierno de rocas para atravesar los pérfidos espacios que las separaban. En una de estas fisuras, hice bajar a [Jean-Pierre] Gaspard, quien me sirvió de puente, y yo pasé sobre sus hombros. No obstante, se podía evitar este obstáculo cruzando más hacia la derecha.

 

”Por fin, al cabo de media hora de ejercicios gimnásticos, nos encontramos, de la forma más inesperada, sobre la cima del pico Balaitús: no se ve la cima más que en el momento de alcanzarla. El tiempo era magnífico. El espectáculo grandioso que me acogió arriba valía sin duda los riesgos que habíamos corrido. Me pareció percibir el océano, que brillaba al noroeste como una cubeta de mercurio: Gaspard, maravillado, casi se quedó atónito cuando le dije que era el mar, que nunca había visto. El Aneto, los Posets y el Perdiguero blanqueaban el horizonte del lado de Luchon, ocultándonos el Ariège. Sin embargo, ¡qué contraste por los demás costados! ¡Qué inmensas vistas! ¡Cuántas montañas, lagos y glaciares! Las llanuras de Francia eran tan luminosas que reconocía fácilmente Tarbes y Coarraze, así como el pueblo de Agos, debajo de Argelès: en España, las montañas de Sallent, de Canfranc y de Panticosa parecían enormes cocodrilos dormidos al sol: sus glaciares resplandecían como el oro en fusión y, más al sur, miles de colinas con forma de cresta escapaban por el horizonte canicular y vaporoso de Aragón. Hacia Zaragoza, había algunas nubes, pero eran tan ligeras como una pluma caída del ala de un serafín. Era extraño tener tan buen tiempo a finales de septiembre. Sobre la cima del pico, estábamos a 3º a la sombra, y 35º al sol: ¡32º de diferencia!

 

”Me costaba irme. ¡Un horizonte ilimitado tiene tantos atractivos bajo un cielo azul! ¡Cuántas magnificencias se pierden con el descenso! Sin embargo, fue preciso dejar estos esplendores siberianos, incluso apartar la vista para no mirar nada más que nuestros pies en la terrible arista del oeste, por donde bajamos a los pequeños lagos de Arriel […]”.

 

La publicación de las diferentes obras mayores de Russell (en 1866, 1878, 1888, 1908) conseguiría que las diferentes tandas de montañeros se interesaran por hallar accesos menos complicados al Balaitús. Un proceso que, dada la ubicación remota de estas montañas, se iba a realizar a empentones y con ritmo irregular. Tal es así, que el cronista Henri Beraldi observaba, ya en 1898: “Este macizo, a través del siglo, tiene una historia típica. Va a eclipses. Sin paradoja; hay épocas en las que se le ve, ¡otras en las que no se le ve!”.

 

Por lo demás, el historiador parisino también quiso explicar, desde las postrimerías del siglo XIX, uno de los grandes misterios de nuestra montaña: ¿quién pudo ser el responsable de la primera presencia oficial sobre la cota 3.144 metros? Porque, durante casi cuarenta años, su identidad había permanecido para todos entre la sombra… Tomemos el ejemplo de otro de los reconocidos especialistas del Balaitús: Édouard Wallon. Cuando, en agosto de 1872, hollaba su cima junto a su hijo y al guía Basile Gaspard, esto escribía:

 

“Un esfuerzo más, y todos situamos nuestros pies sobre el punto culminante, alrededor de la pirámide construida por los oficiales del Estado Mayor durante la época de sus trabajos geodésicos para el mapa de Francia”.

 

Lo mismo que Russell, Wallon se equivocaba al suponer aquellos restos como pertenecientes a las campañas cartográficas de 1850 a las que aludía. Eran muy anteriores. Pues, para conocer la solución al enigma, habrá que esperar hasta la siguiente entrada… O bien, pillarse el número de diciembre de la revista Grandes Espacios. Recomiendo lo segundo, claro está.

  1. Y la siguiente reflexión, que va sobre los chuchos. Los anuarios de Montañeros de Aragón han recogido al menos dos amables anécdotas, una de Ernesto marti y la otra de Jesús Vallés, esta última sobre un rescate canino en el Rigüelo. Por mi parte, he contemplado en alguna ocasión cómo el chucho en cuestión resolvía con bastante mejor destreza que yo un descenso con esquís. Esa perrilla, Ossoue, tal vez nos daríatambién una buena lección.

  2. Hey, José… En fin; temo que mi ya de por sí menguado prestigio sufrirá un embate más tras reconocer que, a mí, el Paso del Estribo en la Oeste al Balaitús no se me atragantó como a “Ossoue”, pero me hizo resoplar a base de bien… Quiero creer porque iba muy cargado, con un pedazo de mochilón que no veas, pero no sé, no sé…

  3. En cuanto al pirineísmo “a cuatro patas”, ese tema lo domina el “Perro de Roca” (un apodo lógico, ya ves)… El día que nuestro Vallés se aburra, igual aborda las gestas del octavogradismo canino…

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