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El Libro de la Forcanada

La primera vez que la vi, fue desde el glaciar de Aneto. Tenía yo trece añitos y uno de los mayores me dijo su nombre: la Forcanada. Un topónimo cautivador, una silueta sugerente y un misterio absoluto en todo cuanto le atañía. A mi entender, era la montaña perfecta.

 

Para muchos pirineístas, no existe otra cumbre con mayor personalidad que la Forcanada o Malh dels Puis. La consideran una reina entre las cumbres de la val d’Aran. Sin embargo, durante largos años, fue una cima con escaso tirón. ¿Las causas? Quizás tendríamos que buscarlas en su ubicación escondida, hasta cierto punto alejada de los centros termales de la vertiente norte, o en su aspecto encrespado, o en su cota por debajo de los obsesivos 3.000 metros, o en la relativa complicación de su vía normal.

 

El caso es que, tras los relatos ascensionistas de Alfred Tonnellé y de Maurice Gourdon, y obviando la breve alusión del escalador Henri Brulle, nuestra montaña daría poco que hablar durante el siglo XIX. Su escasa generación de literatura iba a lograr que quienes estuvieran interesados en una visita a este peñón elegante se viesen forzados a recurrir a las Guides Joanne francesas.

 

Así, el tomo que editó Adolphe Joanne para la casa Hachette como Pyrénées Guides Diamant serviría hasta bien entrado el siglo XX una rápida reseña sobre estas puntas calcáreas. Merece la pena curiosear entre las líneas del texto de 1873 sobre la Ascensión a la Forcanada”, única referencia durante largas añadas:

 

“Tres días o dos días y medio. Se puede ir a caballo hasta la cabaña de Aigualluts. Es preciso llevar las provisiones. Treinta francos por cada guía […]. El camino hacia la Forcanada sube por el valle de Aigualluts hasta una cabañita situada cerca del límite superior de los bosques. Allí hay que bajarse del caballo para pasar la noche. Desde la cabaña, primero se asciende por céspedes (pequeñas lagunas), y después por neveros y un largo glaciar para alcanzar (en tres horas) el col Alfred, que se abre a 2.500 metros (¿?) entre el pico de Mulleres al sur, y el pico de la Forcanada, muy fácil de alcanzar. La ascensión a esta última implica una dura tentativa: es preciso contornearla por su vertiente meridional, la única accesible. Finalmente, cuatro horas después de haber dejado el Plan de Aigualluts, se gana la cima más alta de los Pouys o Forcanada (2.882 metros), así llamada por sus fourches u horquillas”.

 

Al parecer, la Forcanada nunca tuvo demasiados pretendientes. En cualquier caso, nuestra montaña terminó pasando desde cierto abandono bucólico hasta la primera plana de la crónica pirineísta debido a un trágico accidente del que ya hemos hablado en alguna entrada anterior. Con objeto de aportar nuevos datos, no estará de más que regresemos hasta aquel verano de 1934 al que nos estamos refiriendo. Pero hoy lo haremos de la mano del pujante montañismo catalán. En primer lugar, a través de un texto que aparecía en el Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya número 475, correspondiente al mes de diciembre de 1934. Iba firmado por un anónimo P. B. C., y llevaba como título: “Ascensió a Aneto per Barranc”. Entre otras peripecias del autor y de su compañero, un no menos discreto X. G., se relataba cierto encuentro revelador que tuvo lugar el 11 de agosto de 1934:

 

“[…] Fue allí, en el Hospital de Benasque, donde tuvimos ocasión de conocer y trabar amistad con un joven suizo, el señor René Grange, destacado alpinista y miembro del G. H. M. (selección del Club Alpin Français). Además de las rutas clásicas, había escalado por lugares difíciles las principales cimas de su país, y este invierno quería perfeccionar los conocimientos que ya tenía del Pirineo, por lo que se había instalado con su mujer, hacía ya un mes, en el Hospital de Benasque. En solitario, había subido desde el col de Salenques al Aneto siguiendo toda su cresta, y la de la Maladeta Occidental hasta el pico de Alba. También en solitario, desde Ordesa había ido hasta este Hospital [de Benasque] por el Monte Perdido y Las Espadas, por los lugares que más le gustaron, prescindiendo de los itinerarios conocidos […].

 

”El día 15 [tras subir al Aneto por Barrancs junto con Grange], regresamos a la val d’Aran por el col deth Hòro. Nos despedimos del señor Grange y de su amable esposa, deseando volvernos a encontrar más adelante… ¡Poco podíamos imaginar que, dos días más tarde, íbamos a perder para siempre a tan buen amigo! La desgracia sucedió el 17 de agosto. El señor Grange marchó en compañía de dos ingleses con la intención de escalar la Forcanada desde la Artiga de Lin. Hallándose en un lugar difícil, mientras buscaba un paso se le desprendió traicioneramente la roca a la que se aferraba, por lo que se despeñó más de cien metros de altura. Descanse en paz nuestro excelente amigo, a quien la montaña no correspondió a sus favores y pasiones. A sus familiares y en particular a su viuda, nuestro pésame y sinceras condolencias. Para terminar, solicitamos a las entidades excursionistas que el itinerario antes descrito perpetúe la memoria de su descubridor a través de su denominación como vía René Grange”.

 

Disponemos de otra perspectiva más de los hechos. Esta vez, por cuenta de Josep Maria Vilarmau, responsable del trabajo sobre “L’Aliga Blava a l’Artiga de Lin”. Se publicaba dentro del Butlletí, pero en su número 482 del mes de julio de 1935. Vilarmau dedicó un largo capítulo a “La Forcanada” del que se podían extraer párrafos interesantes sobre su ascensión a esta peña, junto con referencias al accidente de René Grange. En su texto destacan ciertas consideraciones muy personales frente a las actividades de escalada, por entonces no del todo comprendidas:

 

“Estamos a jueves, 23 de agosto [de 1934]; hace una bella mañana en el cuarto día de nuestra acampada en la Artiga de Lin […]. Como la jornada va a ser larga y la lluvia de los días anteriores nos ha provocado un deseo loco de correr por la montaña, no nos hacemos de rogar y, a medio vestir, salimos de las tiendas para ver un cielo de una serenidad tan diáfana que todas las cumbres nos parecen cercanas. En poco tiempo, hemos desayunado, tenemos listas las mochilas y nos hemos despedido de los compañeros: de unos hasta el anochecer, y de otros hasta el sábado. Nuestro proyecto es hacer la ascensión a la Forcanada. Así, mientras unos bajarán de nuevo al campalmento, otros continuarán hasta la Renclusa, donde harán noche y, el viernes, escalarán los picos más elevados del macizo de la Maladeta, para volver el sábado. Reconocemos que se trata de un proyecto ambicioso, pero sentimos un deleite que nos empuja ardorosamente, y cuando los primeros rayos del sol cubren con un pan de oro los picos de la Forcanada y del Mall, salimos hacia el Plan de la Artiga por el ubago del mismo nombre. Vamos en compañía de Buissen, Montagut, Huguet, Gallart, mi hermano Ferran y el cronista, todos guiados por Marià Condó, nuestro cocinero, primo del desaparecido Padre Condó […].

 

”Hasta los lagos de los Puis, subimos de una tacada en un par de horas largas. Cuando llegamos, sopla un viento frío, impetuoso e inaguantable que nos obliga a buscar un cobijo para comer un bocado de nuestras provisiones. Tras unos breves momentos de reposo, marchamos de nuevo y emprendemos la travesía de la tartera, que desde las pendientes orientales del Malls de la Artiga va a sumergirse al lago grande. Desde aquí, nos empeñamos por unas pendientes fuertes hacia el cuello de la Forcanada, que se levanta ahora por nuestra derecha, con esa forma característica que le ha dado el nombre, formando un inmenso bloque granítico tan grande como toda la zona que nos rodea. Diciendo esto digo mal, puesto que por el fondo resalta pavorosamente aquella tartera de esquistos ferruginosos donde tantos sudores hemos pasado, lo cual quiere decir que toda esta cara Este del Mall de la Artiga está formada por estas piedras. En la misma chimenea que forman los dos picos de la Forcanada se divisa, empotrado en la peña, un filón de la misma piedra cuya tonalidad denota una riqueza en pirita poco frecuente […].

 

”Cuando estamos a mitad de la subida en dirección al collado, vemos una cuerda colgada de la peña, testigo mudo de la tragedia que aquí sucedió el sábado pasado. Era de un pobre muchacho suizo, residente en Bilbao, que en compañía otros dos compañeros encontrados al azar, trataba de escalar este monolito gigante por la cara norte, solo por el gozo de lograr una primera que, de no ser lagartijas, no hubieran podido conseguir. En efecto: no habían subido todavía una cincuentena de metros cuando el pobre chico rodaba por la peña y se estrellaba contra el fondo de la tartera. Imagino el escalofrío mortal de sus compañeros, a quienes mantuvo clavados en un repecho de la peña durante cuatro horas que les debieron parecer cuatro siglos.

 

”Vaya un recuerdo del todo piadoso para el fallecido en aras de un ideal, noble y viril, como es el dominio de la montaña, pero que este recuerdo no nos prive de censurar parecidas escaladas inútiles, cuando son factibles por otras caras. Si esto hubiese supuesto alguna ganancia de tiempo…, todavía hubiera sido pasable. Pero, ¿qué diríais de un hombre que, para subir a una casa, en vez de hacerlo por la escalera, lo hiciera por la ventana? Creo que merecería muy bien el título de insensato. Y diciendo esto no censuro nunca la escalada cuando es absolutamente necesaria, como lo es para ir a los picos de la Forcanada. Pero, ciertamente, su parte sur no tiene las dificultades de la norte, y la rapidez de la ascensión compensa de sobra la vuelta que uno está obligado a hacer al venir desde la Artiga de Lin.

 

”A 9:00 h, llegábamos al col de Forcanada, y desde aquí, bajando unos metros, flanqueábamos la montaña por encima el valle de Hòro, donde brillaba su estany Nere y, más al este, el port de Vielha, para entrar en esa inmensa tartera granítica que nos llevaba hacia una canal, cerca de la gran muralla que une la Forcanada con el col Alfred.

 

”A las 11:00 h, atacábamos la pendiente de unos setecientos metros que, en media hora, nos tenía que conducir a la cumbre. Esta escalada es más aparatosa que difícil. Sin embargo, hace falta vigilar constantemente esas presas malas que, socavadas por los hielos y las lluvias, ceden fácilmente. También hay que tener precaución con las piedras que se desmoronan y que, en un momento de distracción, podrían dirigirnos al abismo. A veces, el guía no aprecia todos los peligros por lo que, clavados materialmente a la peña, hemos de ver cómo alguna piedra describe una curva en el espacio para despedazarse de manera escalofriante por el fondo, produciendo un estruendo ensordecedor. Además, es preciso estar prevenido contra los empujones de ese viento alocado y potente que, en ocasiones, llega a hacer que se pierda el equilibrio. Debido al viento, tuvimos un momento de vacilación en mitad de la subida, pero nos habíamos propuesto dejar a la cumbre una libreta-registro del CEC, y había que cumplir nuestro propósito.

 

”En el tiempo previsto, llegamos a la cima, o eso creíamos nosotros, pues solo era la de la punta pequeña. Descansamos unos momentos y, poco después, llegamos al punto culminante, que alcanzaba los 2.882 metros de altura, con precipicios de cuatrocientos a quinientos metros por cada lado. Por unos instantes, hubo que soportar un embate del viento que, de no habernos echado cuerpo a tierra y agarrado a las peñas, nos habría arrastrado hacia abajo. La vista panorámica es maravillosa. Una de las más bellas que he disfrutado del Pirineo […]. El cielo era diáfano y la luz purísima. Como si pudiésemos tocarlo, teníamos todo el macizo de la Maladeta, guarnecido por heleros soberbios, y el recorte de la silueta que produce la muralla de Salenques cuando desde el Aneto va hacia el pico del mismo nombre. Hacia el este, se desplegaba un mar de montañas entre las cuales se adivinaba la del Feixán, los Montardos y, más lejos, las del Pallars, que dominaba la Pica d’Estats y, en el infinito, las de Andorra. El norte estaba cercado por sierra del Montlude, por la Pica Palomera y por la Roca Nera, que constituyen las defensas del valle del Barradós. Y a nuestros pies, la boscosa Artiga de Lin, donde divisábamos las manchas rosas de las tiendas de nuestro campamento.

 

”Depositamos la libreta del CEC en el cairn levantado en la cumbre. Dentro de un bote de hojalata agujereado por los rayos, extrajimos unas tarjetas, ocho o diez, con nombres catalanes y franceses, medio quemadas por las descargas eléctricas: las pusimos dentro de la libreta y, después, emprendimos el descenso […]”.

 

Misión cumplida. Solo restaba localizar entre la niebla la ruta de la Escaleta para acceder por Aigualluts al refugio de la Renclusa… El grupo catalán regresó sin problemas a su campamento. Puestos a buscar lo positivo de todos estos sucesos que tuvieron lugar en la convulsa Forcanada de 1934, nos quedaremos con su instalación del primer Libro de Cima. Un acontecimiento que quedaba certificado desde cierta nota publicada en el Butlletí del CEC número 473, correspondiente al mes de octubre de 1934:

 

“El día 23 del pasado mes de agosto [de 1934], los compañeros y socios del CEC, Josep y Ferran Vilarmau, Eduard Buissen, Frederic Montagut, Josep Huguet, Josep Gallart y el guía Marià Condó, procedentes del campamento que tenían instalado en el valle de la Artiga de Lin, subieron a la Forcanada (conocida también en el país por Malls dels Puis) donde dejaron una Libreta del CEC. Desde el Recó de los Puis y de sus lagos, subieron hacia cuello de Forcanada, donde pudieran examinar la cuerda que todavía estaba a la pared de la montaña y desde donde había caído hacía pocos días un súbdito suizo que intentó escalar dicho pico por aquella pared. Por el lado del estany Nere, se hizo fatigosa la subida hasta la horca y desde allí al pico Oriental, o sea, el más alto, por unas piedras fuertemente inestables y trituradas. La fuerte pendiente de la pared, junto con un viento arremolinado, obligó a realizar la ascensión con todo cuidado, puesto que la violencia del viento obligaba en algunos momentos a echar cuerpo a tierra para no vernos arrojados de la montaña. El regreso al campamento se hizo por el col de Hòro y Barrancs, después de haber atravesado el col Alfred, desde donde se tiene una magnífica vista del Aneto y del conjunto de la Maladeta con sus glaciares […]”.

 

En este punto, una pregunta resulta obligada: ¿algún lector ha tenido acceso a la primera Libreta de la Forcanada…? Porque, en tal caso, sería interesante que difundiera sin tardanza los nombres de las tarjetas que allí había. Que es tanto como decir: que ayudara a rellenar ese agujero que parece abrirse entre la ascensión de Brulle en 1881 y la de Grange en 1934. La esbelta Forcanada no se merece menos.

12 Comentarios

  1. Hey, Carles… Sí, lo mismo pienso: estamos ante un olvido injusto… Una de las montañas más elegantes del Pirineo, casi siempre envuelta en el misterio y la soledad… Pero lo peor es el poco caso que se le ha hecho históricamente desde la literatura montaraz… Otro saludo cordial…

  2. Un comentario difícil de interpretar que he encontrado buscando otros datos… Esto venía en un “La Montagne” (órgano del CAF) en un resumen sobre los accidentes de montaña:
    “[…] En la misma época [agosto de 1934] el cadáver de un excursionista ruso fue hallado por unos aduaneros españoles al pie de la cara N de la Forcanada”.

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