Los jamacucos de Saussure

Vamos a insistir en nuestra particular MAM’s story. Como es verano y hace calor, parece que los cuerpos serranos piden escenarios encrespados o gélidos. A falta viajes pintorescos por el horizonte, desde la pantalla del ordenador podemos echarle un ojeo al siglo XVIII, cuando nuestro deporte andaba todavía en gayumbos. Y cualquier repaso sobre los pérfidos efectos de la “sutileza del aire de las montañas” se debería entretener lo suyo en la fascinante época de la Ilustración

 

A pesar de los prometedores inicios americanos, puede decirse que el estudio de los problemas apareados con las altas cotas no iba a arrancar sino con las postrimerías del Siglo de las Luces. Es decir: desde los escritos sobre los primeros intentos por cobrar la cumbre del Mont-Blanc (4.807 metros). Así, los pioneros del alpinismo se percataron pronto de que, por lo general, el cuerpo humano tiraba más bien regular a partir de los 3.500 metros. Uno de los mayores apasionados de los Alpes, el suizo Marc-Théodore Bourrit, se haría famoso tanto por sus cuadros…, como por cargar las tintas para explicar sus numerosos fracasos frente al Monte Blanco. Veamos una de sus terroríficas descripciones durante un tanteo de la década de 1770:

 

“Se encontró muchos guías que había enviado por delante, extendidos por la nieve sin conocimiento […]. No sabiendo cómo socorrerlos, redoblaba los pasos para alcanzar a quienes llevaban el agua y el vinagre, cuando encontró a otros que acababan de sucumbir”.

 

No sería, ni mucho menos, la única cita ilustrada que iba a aludir a esos trastornos que conllevaba el cruce de ciertas líneas intangibles de cota. Su hasta cierto punto rival, el también helvético Horace-Bénédict de Saussure, advertiría fenómenos muy similares. A través de sus encuestas, conoció de primera mano los agobios fisiológicos que hicieron fracasar la tentativa emprendida por cuatro guías de Chamonix en 1775. Un potente grupo que casi logró ganar el Mont-Blanc en el día, tal y como se pretendía en aquel tiempo. Sin embargo, el itinerario por los Grands-Mulets se les atragantó:

 

“La reverberación del sol sobre la nieve y el estancamiento del aire en este valle les hicieron padecer, por lo que han dicho, un calor sofocante, y les dio al mismo tiempo un disgusto tal por las provisiones de las que se habían provisto que, superados por la inanición y la lasitud tuvieron la desgracia de verse forzados a volver sobre sus pasos, sin haber encontrado ningún obstáculo visible e insuperable. Parece que hicieron tantos esfuerzos que terminaron puestos a una gran prueba durante esta ascensión, y volvieron todos más o menos enfermos”.

 

Durante las añadas siguientes, el Techo de los Alpes continuó oponiendo a sus pretendientes la resistencia del “aire sutil”. Poco a poco, aquel extraño atontamiento que se apoderaba de los guías durante sus búsquedas del camino hacia la cima, sería más que familiar en la Haute-Savoie. Según refiere Saussure, en el estío de 1783, otros tres montañeses se internaron por los Grands-Montets rumbo a su remate:

 

“Estaban ya bastante altos y marchaban valientemente hacia delante cuando uno de ellos, el más osado y robusto de los tres, se vio asaltado casi súbitamente por unas ganas de dormir absolutamente insuperables: quería que los otros dos le dejaran y que continuasen sin él. Pero los otros no se decidieron a abandonarle durmiendo sobre la nieve, persuadidos de que quedaría muerto de una insolación. Renunciaron a su empresa y volvieron a descender juntos a Chamonix. Esta necesidad de sueño producido por el enrarecimiento del aire cesó una vez que, ya de bajada, alcanzaron una atmósfera más densa”.

 

El sabio ginebrino aprendería mucho de estas ocasiones frustradas. De su meticuloso interrogatorio a los miembros de todas las expediciones, extrajo algunas de las reglas que condicionaban la progresión por cotas elevadas. Entre ellas, las referentes a la alimentación en montaña:

 

“Se hallaban sin apetito: el vino y los víveres que portaban no tenían ningún atractivo para ellos. Uno me dijo seriamente que era inútil llevar ninguna provisión en este viaje, y que si debía volver por aquella ruta, no transportaría sino un paraguas y un frasco con agua”.

 

Los ensayos en busca de una ruta aceptable hacia el Mont-Blanc se irían repitiendo con los mismos resultados negativos durante un cuarto de siglo. En el año 1785, un equipo conjunto capitaneado por Saussure y Bourrit abordaba dicho objetivo por la Aiguille du Goûter. La pernocta en la falda de esta pirámide de hielo castigó lo suyo a sus integrantes, sirviendo como preludio al gatillazo de la albada posterior:

 

“El señor Bourrit, y su hijo más aún que él, estuvieron un poco incómodos por el enrarecimiento del aire: digirieron mal su comida y no pudieron en absoluto cenar. Para mí, a quien el aire enrarecido no incomodaba en absoluto cuando no realizaba en este ambiente ningún ejercicio violento, pasé una excelente noche”.

 

La siguiente tanda de referencias al Mal Agudo de las Montañas durante el agitado período del nacimiento del alpinismo, llegará por boca del guía Jacques Balmat. El 9 de julio de 1786, en el curso de uno de sus reconocimientos de los accesos al Mont-Blanc, el montañés percibió los primeros efectos de esta patología sobre los 3.950 metros del Grand-Plateau: “A pesar de todo, haciendo agujeros con la punta de hierro de mi bastón, tuve el suficiente éxito como para cramponear allí, pero sentí una fatiga y una lasitud extremas”. Aquello no era nada, para lo que le podía esperar unos días más tarde… El cronista Stephen d’Arve prestó especial atención a los jamacucos del mal de altura durante la histórica jornada del 8 de agosto de 1786. Justo ante las últimas pendientes finales de los Rochers-Rouges, el Monte Blanco opuso una resistencia…, ¡que no fue todo lo espantosa que la comunidad científica de la época se había temido! El animoso Balmat capearía relativamente bien el ascenso a partir de los 4.500 metros de altitud:

 

“De este punto hasta la cumbre, aunque la pendiente no sea muy fuerte, la respiración se vuelve jadeante y penosa, lo que, unido a la fatiga y al frío mortal que se sufre, y a la violencia del viento, que ralentizaba fuertemente la marcha, volvía su posición bastante peligrosa”.

 

Años más tarde, un anciano y parlanchín Balmat, encantado por verse entrevistado nada más y nada menos que por Alexandre Dumas, daría al público ávido de emociones una dramática descripción de los efectos de las altas regiones en el organismo humano. El guía no ahorró palabras para explicar en qué penoso estado retornó del Mont-Blanc: “Tenía los ojos rojos, la cara negra y los labios azules; cada vez que reía o bostezaba, la sangre me brotaba de los labios y de las mejillas”. A estos comentarios se podrían añadir los de su compañero, Michel Paccard. En la entrevista con Saussure del 22 de agosto de 1786, el médico de Chamonix le explicaba sus peripecias durante el ascenso al Techo de los Alpes de catorce días atrás:

 

“Dijo que debía en parte su éxito a la observación que yo hice sobre el Buet de la periodicidad de la fatiga y el descanso. Cuando comenzaron a estar algo elevados, notó que estaba obligado a retomar el aliento y a dejar renacer sus fuerzas cada cien pasos, y poco a poco este número decreció. Hacia arriba, no podían hacer más que catorce: al cabo de este tiempo, las fuerzas renacían enteras, como yo había observado”.

 

Sin duda que el instigador de la Carrera hacia la apodada como Topera Blanca, Horace-Bénédict de Saussure, fue quien más seriamente se planteó el estudio de estos fenómenos de altura. En el curso de su visita al Mont-Blanc, nuestro ginebrino podría registrar abundante sintomatología del MAM entre los veinte participantes en su cuadrilla. Y desde su segunda noche en la montaña:

 

“Mis guías se pusieron en principio a excavar el lugar donde debíamos pasar la noche, pero sintieron bien pronto el efecto del enrarecimiento del aire. Estos hombres robustos, para quienes las siete u ocho horas de marcha que acabábamos de hacer no eran absolutamente nada, apenas habían quitado cinco o seis paladas de nieve cuando se encontraron en la imposibilidad de continuar: fue preciso que se detuviesen cada cierto tiempo. Uno de ellos, que había vuelto atrás para coger en un barril el agua que habíamos visto en una grieta, se encontró mal marchando hasta allí, volvió sin agua y pasó la tarde con las angustias más penosas. Yo mismo, que estoy tan acostumbrado al aire de las montañas, que me va mejor que el de la llanura, me sentí agotado por la fatiga cuando preparaba mis instrumentos de meteorología. Este malestar nos daba una sed ardiente, pero no podíamos procurarnos agua sino haciendo fundir la nieve, pues el agua que habíamos visto subiendo hasta allí se encontró helada cuando quisimos volver a ella, y la pequeña reserva que había hecho subir servía bien poco a veinte personas sedientas”.

 

A pesar de una pernocta pésima en mitad del glaciar, el pionero del alpinismo logró alcanzar los 4.807 metros del Mont-Blanc al día siguiente. Un éxito que fue obtenido con su acostumbrada colección de penurias. De esta forma narraba Saussure cómo superaría las rampas de nieve finales, aquel 3 de agosto de 1787:

 

“La pendiente tiene una inclinación de tan sólo veintiocho a veintinueve grados y no presenta ningún peligro. Pero el aire está tan enrarecido que las fuerzas se agotan rápidamente. Cerca de la cima no podía hacer más de quince o dieciséis pasos sin retomar el aliento. Incluso experimentaba, de cuando en cuando, un cierto desfallecimiento que me obligaba a sentarme. Pero a medida que la respiración se restablecía, sentía renacer mis fuerzas. Al ponerme de nuevo en marcha, parecía que podía subir de un tirón hasta la cima de la montaña. Todos mis guías, en proporción a sus fuerzas, estaban en el mismo estado. Nos costó dos horas desde el último resalte rocoso hasta la cima”.

 

Pero las puñeterías del MAM no habían hecho sino iniciar sus apariciones estelares. El fin científico de esta ascensión al Monte Blanco motivó la permanencia en su cima durante varias horas, pues Saussure planeaba realizar diversos experimentos. Sin embargo, sacarlos adelante no iba a resultar del todo sencillo:

 

“Cuando fue preciso disponer mis instrumentos, me encontré que a cada instante me veía obligado a interrumpir mi trabajo para no ocuparme de otra cosa que de respirar. Si se considera que el aire no tenía apenas más de la mitad de su densidad ordinaria, se comprenderá que es preciso suplir la densidad con la frecuencia de inspiraciones. Pero esta frecuencia aceleraba el movimiento de la sangre, máxime cuando las arterias no estaban más contraídas por encima de una presión como la que tienen de ordinario. Así, todos teníamos fiebre. Cuando me quedaba totalmente quieto, no sentía sino un poco de dicha enfermedad: una ligera disposición a la taquicardia. Pero cuando me tomaba alguna molestia o fijaba mi atención en algún trabajo durante unos instantes seguidos, y sobre todo cuando me agachaba y comprimía el vientre, necesitaba descansar y recobrar el aliento durante dos o tres minutos. Mis guías tenían sensaciones análogas. No sentían apetito alguno. Nuestros víveres, que se habían helado completamente por el camino, no eran los más apropiados para excitarlos: no deseaban ni siquiera el vino o el aguardiente. Ya habían comprobado que los licores fuertes aumentaban esta indisposición, sin duda acelerando más todavía la velocidad circulatoria. No había nada como el agua fresca para hacernos bien, y fue preciso el tiempo y la molestia de encender un fuego, sin el cual no la hubiésemos tenido. Estuve en la cima hasta las tres y media, y aunque no perdí un solo momento, no pude hacer en estas cuatro horas y media todos los experimentos que con frecuencia había terminado en menos de tres horas al borde del mar”.

 

Ni que decir tiene, estas molestias de la altura desaparecían a nada que se iba bajando hacia el valle. El sabio de Ginebra supuso dicho alivio debido a que “el movimiento que se hace descendiendo no comprime en absoluto la respiración y no se sufre en absoluto el enrarecimiento del aire”. Sin embargo, aunque pudo hollar la cumbre del Mont-Blanc, Horace-Bénédict de Saussure debería regresar a las elevaciones para finalizar sus experimentos. El lugar elegido fue algo más bajo: una roca bajo el Col du Géant (3.365 metros), a medio camino entre Chamonix y Courmayeur. En el mes de junio de 1788, vivaqueaba dieciséis noches allí, dentro de una especie de cabaña construida previamente. Aunque el suizo sufrió por las gélidas temperaturas, lo peor llegó en cuanto comenzó a perder cota:

 

“Saussure tuvo un comienzo de desfallecimiento, hasta tal punto que no podía encontrar las palabras necesarias para la expresión de sus pensamientos. Su hijo y su criado sufrieron igualmente esta transición, aunque menos. Un día de reposo en Courmayeur bastó para restablecer perfectamente al ilustre viajero”.

 

El apartado saussuriano se puede clausurar con brillantez a través del largo párrafo de su ascensión al Mont Buet. En él, se exponía cuanto había aprendido la Ciencia del siglo XVIII sobre el mal de las montañas. Redactado entre 1779 y 1796, constituye el legado de Horace-Bénédict de Saussure tras casi cuarenta años de correteos alpinos:

 

“La fuerte pendiente de las altas montañas y la excesiva blandura o la excesiva dureza de su superficie, no son las únicas causas de fatiga que se siente al subir. El enrarecimiento del aire desde que se sobrepasa la altitud de 2.500 a 2.700 metros sobre el mar, produce en nuestro cuerpo efectos muy señalados. Uno de ellos es que las fuerzas musculares se agotan con una extrema prontitud. Se podría atribuir este agotamiento únicamente a la fatiga: tal ha sido la opinión del señor Bouguer, quien también se ha percatado de este fenómeno ascendiendo las Cordilleras. Pero lo que distingue y caracteriza a este género de fatiga que se siente en las grandes alturas, es el agotamiento total, una impotencia absoluta para continuar la marcha hasta que el reposo haya reparado las fuerzas. Un hombre fatigado en la llanura o en montañas menos elevadas, raramente lo está tanto como para no poder seguir en absoluto hacia delante. Por el contrario, en una alta montaña uno está cansado de tal manera que, aunque fuese para evitar el peligro más evidente, parece que no podría dar ni cuatro pasos más. Quizás ni uno solo. Pero si se insiste en hacer esfuerzos, uno se siente presa de palpitaciones y pulsos tan rápidos en todas las arterias que se diría que, de proseguir la subida, uno caería desfallecido debido a su aumento. A pesar de todo, y esto forma la segunda característica de este singular género de fatiga, las fuerzas se reparan tan prontamente como, en apariencia, tan completamente como se han agotado. Solo con el cese del movimiento, sin necesidad de sentarse y en el corto espacio de tres o cuatro minutos, uno cree recuperar tan perfectamente las fuerzas que, poniéndose en marcha, queda persuadido de que subirá en un suspiro hasta la cima de la montaña. Ahora bien, en la llanura, una fatiga tan grande como la que acabamos de comentar no se disipa en absoluto con tanta facilidad. Otro efecto de este aire sutil es el amodorramiento que produce. Cuando se reposa durante unos instantes a estas grandes altitudes, se siente que las fuerzas están totalmente reparadas. El recuerdo de las fatigas precedentes parece totalmente borrado. A pesar de ello, en pocos instantes se repiten dichas fatigas en todos cuantos no están dedicados a dormir a pesar del viento, el frío, el sol, a menudo en posturas muy incómodas. Sin duda que la fatiga, incluso en las llanuras, provoca sueño, pero nunca con tanta prontitud como arriba. Sobre todo, cuando parece absolutamente disipada como suele ocurrir sobre las montañas, una vez que se han tomado algunos momentos de reposo. Estos efectos de la sutileza del aire me han parecido universales. Algunas personas están menos sujetas a ellos: los habitantes de los Alpes, por ejemplo, habituados a vivir y a moverse en este aire sutil, parecen menos afectados. Pero en absoluto escapan por completo a su acción: los guías, que en la parte baja de las montañas pueden subir horas de seguido sin detenerse, aquí se ven forzados a retomar aliento, cada cien o doscientos pasos, en cuanto sobrepasan la altitud de 2.700 a 2.900 metros. En cuanto se detienen durante algunos instantes, también se les ve caer en el sueño con una prontitud sorprendente. Uno de nuestros guías, al que nosotros hacíamos sostener de pie, en lo alto del Buet, una sombrilla para que el magnetoscopio estuviera en la sombra mientras que el señor Trembley lo observaba, se dormía en cada momento a pesar de los esfuerzos que hacíamos y que él mismo hacía para combatir ese amodorramiento. En mi primer viaje al Buet, Pierre Simon, que se había colocado en una grieta de nieve para ponerse al abrigo de un viento frío que nos incomodaba mucho, se quedó allí dormido profundamente. Pero hay temperamentos a quienes este enrarecimiento del aire afecta más fuertemente todavía. A ciertas altitudes, puede verse a hombres, por lo demás muy vigorosos, sufriendo constantemente náuseas, vómitos, e incluso desfallecimientos, seguidos de un sueño casi letárgico. Todos estos accidentes cesan, a pesar del incremento de la fatiga, una vez que descienden y recuperan un aire más denso […]”.

 

Y durante esta época tan ilustrada, ¿el mal de las montañas no atacó nunca en los Pirineos? Pues el caso es que, en este rápido repaso de la crónica de patologías de alta cota, algún parrafillo sí que se le podría dedicar a nuestra querida cordillera. Un año después de que la aventura del Mont-Blanc llegara a su punto álgido, cierto admirador de Saussure quiso trasladar aquí los efectos de las grandes altitudes: Louis Ramond de Carbonnières, quien el 10 de agosto de 1787 trepaba hasta los 2.807 metros de la Brecha de Rolando. Es decir: justo 2.000 metros por debajo de la cota de la Topera Blanca… En cualquier caso, al llegar al portillo fronterizo, el joven alsaciano hablaría de la “pereza de proceder y de pensar que se respira poco a poco con el aire de las alturas”.

 

En fin: si estas peripecias tan alucinógenas han sabido a poco, emplazaré para una cita más con el Mal Agudo de las Montañas. Teórica, se entiende.

 

3 Comentarios »

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  1. MAM, soroche o “jamacuco”, qué más dá. La cosa es que uno se siente fatal y sin fuerzas para continuar subiendo.
    Las descripciones de Saussure son muy gráficas, y adornadas de ejemplos.
    No hace, sin embargo, mención alguna a los beneficiosos efectos de una paciente aclimatación.
    El MAM existe, sin duda, pero se puede atemperar, incluso evitar, si damos tiempo a nuestro organismo para que fabrique la densidad necesaria de globulos rojos.
    Me consta que gente que se ha entrenado en los “tres mil” del Pirineo ha respondido satisfactoriamente en su ascensión al Mt. Blanc.
    Yo personalmente subí varios de 4.000 antes de acometer la “topera blanca”.
    Un saludo.

    Comentario por Jesús Vallés — 14 agosto 2012 #

  2. Recuerdo con claridad el “toquecillo de terror” en las historias de “fuego de campamento” que antaño se le asignaba a lo que llamábamos “mal de altura”…, ¡en cotas pirenaicas! En los años setenta, durante las vísperas de nuestras visitas al Aneto, los mayores trataban de asustarnos a nosotros, los críos, con descripciones del todo “saussurianas” sobre lo que nos esperaba por encima de la cota 2.500 metros: que todos escupiríamos sangre sobre el glaciar y que alguno incluso se desvanecería tratando de cruzar el Puente de Mahoma… Más de uno debió de pensar en bajar a Benasque para hacer el testamento…

    Comentario por albertomartinez — 15 agosto 2012 #

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