Las tres caras de Estatats

Nuestros ancestros han brindado lecciones magistrales de pirineísmo. Como, por ejemplo, la que enseguida voy a desarrollar sobre los decorados más ascéticos de los Montes Malditos benasqueses. Atentos, pues, a la crónica de las primeras visitas documentadas a las Tucas de Estatats. Un sector que, posiblemente, era frecuentado desde antiguo por rabadanes y cazadores de ixarsos. Seguro que más de uno se encaramó para observar, desde una cima cualquiera de este cordal, cómo refulgían los hielos del ibón de Cregüeña durante alguna jornada radiante del estío. A pesar de la inexistencia de documentos, apostaría por ello.

 

Entonces, ¿quién fue el primero en plasmar por escrito sus impresiones sobre estos vértices airosos? Pues quizás fuera cierto geólogo llamado Lucas Mallada y Pueyo: durante la ejecución de sus trabajos de campo, nuestro hombre pudo terminar sobre el remate de alguna de estas montañas. Desde su Descripción física y geológica de la provincia de Huesca (1878), nos dejó diversas pistas sobre estas hipotéticas ascensiones, dispersas un poco por todo. Como cuando abordaba su catálogo de rocas eruptivas para informar sobre la presencia de “eurita gris-verdosa entre los picos Corones y Aragüelles”. Más adelante, este oscense indicaría la constitución mineralógica de cierta Tuca: “Pico Aragüelles, Benasque: pizarra ampelítica, reluciente y nodosa; reluciente y negra”. No muy lejos de allí, destacaba esta otra anotación: “Pico de Estatás, Benasque: caliza compactada de color gris claro”. ¿Acaso insinuaba un paseo por las cumbres…? Es una suposición que podría apuntalarse con este otro comentario sobre las panorámicas: “La Tuca de Estatás es una de las mejores cumbres para observar los Pirineos”. De hacerlo, Lucas Mallada acaso trepara hasta allí desde el costado de Ballibierna, donde su presencia parece confirmada. Tampoco extrañaría que luego bajara hasta ese ibón de Cregüeña que se molestó en detallar: “El mayor del Pirineo aragonés, ocupando el fondo de altos y pedregosos circos en escabroso paraje […]. En dos horas no se puede rodear; tiene cincuenta hectáreas”. Nuestro Gran Mudo consignó poco más en su tratado, salvo una vívida descripción de los Montes Malditos: “Inaccesibles la mitad de su territorio, de peligroso tránsito gran parte y todo cuajado de abismos y precipicios”. En fin: el pirineísmo hispano ha de lamentar que a Lucas Mallada no le gustara explayarse en sus ascensiones…, y que valorara poco la existencia de esos colegas frívolos que subían a las montañas sin finalidad práctica alguna. Una pena, esa desgana tan aragonesa a la hora de trasladarnos sus experiencias sobre las cotas altas del Pirineo.

 

Personalmente, estoy convencido de que nuestro oscense ganó alguno de los puntales de Estatats, del mismo modo en que subió al Aneto y al pico de Alba, unos vértices mucho más complicados. Escoltado como iba por “gente práctica” de la zona, los centinelas de Cregüeña no se le atragantarían. Pero, en los textos de pirineísmo, esta montaña se adjudicó a otros visitantes mucho más comunicativos. Como nuestro siempre admirado Henry Russell, quien llevaba rondando por el cuenco de Cregüeña desde algunas añadas atrás:

 

“El 31 de agosto [de 1883], partía de la hospitalaria Casa Cabellud sin objetivos muy definidos, junto a Firmin Barrau y un amable joven benasqués llamado Marcial Trucco. Quería realizar una nueva ascensión en este país perdido: la de la punta Central del Estatats [hoy, tuca del Quillón, de 2.953 metros], sombría y orgullosa pirámide que se eleva en el centro de la cresta descalabrada con este nombre, justo al sur del desagüe del ibón de de Cregüeña […]. Pasando al oeste por la orilla del ibón de Cregüeña, subimos directos hacia el sur, siempre entre bloques. En la base del pico, la nieve nos sacó del apuro. El final de la ascensión hubiera sido relativamente fácil si para franquear la cresta y atacar seguidamente la cima por el sur, hubiéramos tenido el ánimo de tomar un corredor de pedriza empinado y muy conveniente que, al sudoeste del pico, subía directo hacia la cresta, donde se abría una brechita. Por desgracia, nos despistamos: marchamos demasiado hacia el oeste y nos vimos forzados a trepar como gatos sobre rocas completamente verticales y temblorosas: no franqueamos la arista sino tras haber pasado varios minutos pegados a un abismo, a punto de perdernos. Era humillante pensar que había al lado, más a la izquierda, un camino razonable. Una vez en la vertiente meridional de Ballibierna, todo fue mejor. Girando al este y después al noroeste, tuvimos algún problema para izarnos con las manos, pero sin los pies, por una canal tan vertical como dislocada donde los tres juntos formábamos una columna vertical. Esta montaña estaba enferma…, pero su testa era sólida. La cima fue fácil: a las 17:00 h estábamos en el punto culminante, a más de 3.000 metros [sic]. Era muy tarde, dada la estación. Nos marchamos después de haber construido una humilde torre de piedras sobre la cima, donde dejé nuestros nombres dentro de una botella”.

 

Gracias a una narración magnífica que aquí he abreviado, la crónica oficial de Estatats podía arrancar desde la segunda edición de los Souvenirs d’un montagnard (1888) de Henry Russell. Poco tardó en redactarse un nuevo capítulo. Desde tierras galas, desde luego. En este caso, el correspondiente al hoy conocido como pico de Cregüeña (2.986 metros). Ludovic Fontan de Négrin, uno de sus impulsores, narraría esta otra aventura en su artículo sobre las “Ascensions pyrénéennes” para el Annuaire del Club Alpin Français de 1903. Revisemos las líneas dedicadas a “Le Pic Oriental d’Estatats, 3.000 mètres environ. Sa première ascensión”… La nueva visita se iba a gestar en Gavarnie, una vez que Fontan de Négrin se enterara de la existencia de “una cima que sobrepasaba los 3.000 metros [sic], todavía virgen y situada de un modo destacado en el corazón de los Grandes Pirineos, en el macizo de los Montes Malditos”. Su informador fue el propio Russell:

 

“–En 1883, ascendí al pico Central de Estatats… Sabéis dónde está, ¿no? Al sur del lago de Cregüeña. Pues su vecino por el sudeste debería de tener una cota similar y no ha sido subido: marchad allí. ¿Y por qué no lo he visitado yo? Desgraciadamente, los años pasan deprisa y uno termina sin poder acometer todos sus proyectos”.

 

En 1903, el listado de picos que supuestamente permanecían sin hollar, no era demasiado amplio. Por ello, aquella insinuación del Señor de Vignemale constituía casi una orden. Para la ocasión, el escalador parisino uniría fuerzas con un dúo que estaba dando mucho que hablar tanto en el Ariège como en Andorra: Jean d’Ussel y su guía Pierre Rauzy. En ambientes pirineístas, se decía que ignoraban la palabra imposible… Mas, para mayor seguridad, también añadirían al luchonés Bertrand Courrège. El 1 de octubre, nuestro cuarteto cruzaba el puerto de la Glera en mitad de un temporal. Una parada en el Hospital de Benasque para secarse junto al fuego, sería de rigor. A la mañana siguiente, el cielo amaneció limpio, animando a nuevas aventuras… Por la ruta del valle de Cregüeña, los franceses se allegaron hasta el ibón del mismo nombre. Antes de ponerlos a trepar por las murallas de Estatats, nos detendremos para conocer cómo funcionó su vivaqueo:

 

“Pasamos la noche bajo el desagüe del lago, a unos 2.700 metros de altitud. Fue una pernocta larga y glacial que recordaremos durante muchos años. Una noche que discurrió como un sueño fantástico durante la cual, sin fuego ni mantas, nos tuvimos que apretar los unos contra los otros, acurrucados en una oquedad de las rocas y sacudidos por temblores convulsos. Estos paisajes lunares terminaron por llenarme la cabeza de visiones espectrales y, una vez que me giré medio dormido, creí ver que las rocas eran blancas y el cielo resplandecía sin saber dónde me hallaba. ¿Qué tipo de sueño había invadido mi espíritu turbado? ¿Verdaderamente estaba aquí por gusto? El frío que paralizaba una de mis piernas me trajo de vuelta a la realidad. Ussel, con la cabeza embutida en su boina, pensaba que el día tardaba en llegar: sacó su reloj, esperando que fueran ya las 3:00 o las 4:00 h. ¡Solo eran las 20:30 h! La luna salió por detrás del Aragüells y todo adoptó un tono cadavérico. A medianoche, el termómetro bajó a -5º C, y todo se congeló: las cascadas se callaron y no se escuchó más el murmullo misterioso de los arroyos. Los glaciares se veían con un aspecto de puro acero que adquirían aires feroces. Durante aquella interminable noche de otoño, el viento no dejó de soplar lúgubremente desde lo más profundo de los valles, anunciando el invierno. Los cuatro hombres, ¡parecíamos criaturas ínfimas perdidas en el seno de una naturaleza grandiosa! A nuestra vera, Bertrand Courrège y Pierre Rauzy daban pisotones y fumaban en pipa para calentarse. Por fin llegó el alba, que nos encontró a los cuatro saltando de roca en roca y bailando un cake-walk de lo más extravagante para reavivar nuestros miembros entumecidos. Un ruido de castañuelas producido por nuestros clientes que chocaban con cadencia acompañaba a nuestros saltos espasmódicos”.

 

A despecho de apenas disponer de víveres, se decidiría en consejo de guerra trepar hasta el pico Oriental de Estatats [hoy, pico de Cregüeña], para cruzar hasta la vertiente de Coronas. En tales casos, nada como ceder todo el espacio al protagonista:

 

“Dirigiéndonos hacia la cresta de Estatats, al sudeste del lago de Cregüeña y en la vertiente norte de la cresta, subimos entre grandes bloques de granito y placas de nieve. En una hora, nos hallábamos sobre la arista, erizada de gendarmes que dominaban el lago a unos doscientos metros de altura. Por el sur, un abismo se abría a nuestros pies. Entre los guijarros, dormía un laguito de aguas verdosas y, al fondo, pudimos ver los abetales y las pendientes rojizas de Ballibierna. Al oeste, se alzaba el pico Central […]; al este, separado por una arista poco prometedora, estaba el pico Oriental. Entre nosotros y el pico Central, una pirámide que parecía muy elevada nos hacía dudar: ¿no sería este el pico que me habían indicado? Con razón, como luego se demostró, Ussel pretendía que dicha cima tendría menos de 3.000 metros. Ofrecía un aspecto terriblemente rudo, por lo que, si disponíamos más tarde de tiempo, acudiríamos para tantear sus corredores. Una hora escasa de escalada por la arista nos llevó hasta la cima del Estatats Oriental, de un poco más de 3.000 metros [sic] de altitud […]. Bajando del pico, pensamos dirigirnos hacia Ballibierna por la arista Este. ¿Alguien podía pasar por aquí antes que nosotros? Lo dudo. Desde el collado, a través de grandes rocas desprendidas y algunas chimeneas, nos fuimos luego al ibón de Coronas, cuyas aguas lechosas ocupaban el circo del mismo nombre. La ascensión al pico Oriental de Estatats no ofrece ninguna dificultad seria si uno está exento de sufrir el vértigo. En verano, es una escalada fácil. Con nieve fresca o verglás (en estas últimas condiciones es como realizamos nuestro ascenso), hay algunos pasos delicados: las lajas de granito, con hielo pierden toda su rugosidad […]. Sentados sobre la cresta con los pies en el vacío, disfrutamos deliciosamente de aquella hermosa mañana del mes de octubre. Para mí, la montaña otoñal es la más seductora. Me gustan los contrastes en la naturaleza: los valles todavía aparecen verdosos en tanto que las cumbres se cubren con las nieves nuevas”.

 

Aquel raid benasqués proseguiría con el ascenso al Monarca del Pirineo por la normal de Coronas y una retirada a toda prisa hacia Francia, pues las provisiones escaseaban… Clausuraremos el capítulo de las primeras visitas a Estatats con la poética despedida que redactara Ludovic Fontan de Négrin cuando bajaba del puerto de Benasque:

 

“Transportados por el aire de las cimas y deslumbrados por sus nieves inmensas, regresamos un tanto entristecidos al valle, donde nos esperaban todas las exigencias de la vida moderna”.

 

Y ahora que lo pienso…, ¿por qué quería propagar estas viejas historias? Ah, sí: para informar sobre la posibilidad de conocer la crónica completa de las montañas del flanco sur de Cregüeña. Seguro que os lo imaginabais: en el número de julio de la revista Desnivel se desmenuza el Aragüells y la cresta de Estatats. Echadle un vistacillo, si os resulta posible…

 

6 Comentarios »

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  1. ¿A alguien le apetece endosarse una divertida lección de toponimia ballibiernoide…? En mi texto, he citado a cierta Tuca del Quillón… Veamos de dónde demonios pudo surgir dicho nombre, según un texto de Louis Le Bondidier de 1907. Así, durante la campaña de 1905, su grupo se situó en la entonces cabaña de la Ribereta de Ballibierna. Un llano que acababan de arrancar al pinar, donde los troncos cortados afloraban 50 cm del suelo. Aquella visión conseguiría recordarle al guía Sansuc ese juego de los bolos tan popular en su tierra: el llamado “jeu de quilles”, que en el dialecto del Luchonnais se decía “le quillou”. De aquí al Quillón, poco trecho había…

    Comentario por albertomartinez — 6 julio 2012 #

  2. Las “Estatáts” estas, no alcanzan los 3.000 m, y por ello no son frecuentadas por los montañeros.
    Mejor así, allí los sarrios no son molestados, pero los “furtivos” de Benasque sí que sienten interés por esas crestas.

    Comentario por Jesús Vallés — 6 julio 2012 #

  3. Melina
    Lombardo

    Enviado el 06/07/2012 a las 19:40
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    Comentario por luis — 9 julio 2012 #

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    Comentario por albertomartinez — 12 julio 2012 #

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    Comentario por albertomartinez — 14 julio 2012 #

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