El descubrimiento del saco de dormir
Publciado por albertomartinez - 20/02/12 a las 01:02:41 am
Vamos con una entrada que pretende ser un pequeño homenaje a esos botánicos de épocas pasadas que se lanzaron a la exploración de territorios indómitos para identificar alguna especie nueva de forraje o de florecillas rastreras. Más en concreto, a los siempre pintorescos eruditos made in England, perfectamente capaces de internarse por las faldas del Kangchenjunga, armados con paraguas y monóculo…, solo para completar su herbario. O, si ello fuera preciso, por los todavía más recónditos valles de la Andorra del siglo XIX.
Es posible que el primer herborista serio que escrutara los pliegues de la orografía andorrana, fuese George Bentham. Un joven nacido en el año 1800 cerca de Portsmouth que se interesó por esta ciencia tras curiosear entre la obra del suizo Augustin-Pyramus de Candolle. Aprovechando que residía en Montpellier, nuestro autodidacta comenzó a rondar el piedemonte pirenaico sobre 1820, percatándose de que constituía una terra incognita para los estudiosos del mundo vegetal. Cinco años después, reunió a varios colegas para un reconocimiento a fondo: Audibert de Tarascon, Requien de Avignon y Walker-Arnott de Edimburgo. Por delante, tres meses intensos recolectando toda suerte de especímenes entre Figueras y Benasque que cuajarían en su tratado inaugural: Plantes indigènes des Pyrénées et du Bas Languedoc avec des notes et observations sur les espèces nouvelles ou peu connues, précedé d’une Notice sur un voyage botanique fait dans les Pyrénées pendant l’été de 1825 (1826). El 8 de julio de 1825, Bentham y los suyos penetraban por el sur en el Principado de Andorra:
“Apenas salimos de la Seu d’Urgell, los policías nos pidieron nuestros pasaportes, que enseguida nos devolvieron porque no sabían leer. Por su parte, los aduaneros nos preguntaron en la frontera sobre nuestras intenciones, pero en cuanto nuestro guía les dijo que éramos cirujanos franceses y que aquello no les incumbía, se retiraron tras saludarnos con respeto. Desde allí hasta Andorra, el camino seguía un valle profundo, pintoresco y variado, que tan pronto se mostraba alzado y erizado de roquedos casi perpendiculares hasta gran altura, de unos tonos sombríos que le daban un aspecto todavía más pintoresco…, como se estiraba en pequeñas llanuras que siempre cobijaban dos o tres pueblos, bastante ricos y poblados, aunque miserablemente edificados, y tan negros por delante como por detrás que llegué a preguntar si la costumbre era la de pintar sus casas de negro. Me respondieron que solo se trataba del efecto del humo de la madera de pino que quemaban para alumbrar y para calentarse. Tras haber almorzado en Sant Julià de Lòria, el principal depósito de los contrabandistas, llegamos por la tarde a Andorra la Vella”.
Una vez en la capital, nuestra convención internacional de sabios tendría dificultades para hallar alojamiento: en la primera fonda, la única cama disponible estaba ocupada por su dueño enfermo. Probaron en “un segundo cabaret, donde su patrón se portó lo suficientemente bien como para prescindir de su lecho”. Pero, ¿acaso dormían los cuatro juntos…? Enseguida deberían lidiar con nuevas complicaciones a la hora de la pitanza:
“El carnicero de la villa acababa de llegar de un viaje (de contrabando, se entiende). La mayoría de los hombres del lugar se hallaban ausentes en ocupaciones similares y dicho carnicero no quería matar ningún animal durante una temporada en la que temía no poder vender toda la carne. Sin embargo, ante nuestra promesa de comprarla entera aceptó a inmolar una joven cabra”.
A partir de este punto, el relato de Bentham se torna ácido. El británico no terminaba de ver con buenos ojos dicha villa: según él, “refugio para aquéllos a quienes sus crímenes o problemas políticos obligan a buscar asilo”, poblada por personas “demasiado pobres como para contribuir de alguna manera a la seguridad general”, con unos médicos “reemplazados por la charlatanería” y un clero “despótico a través de una doctrina supersticiosa y contraria a la moral de la verdadera religión”. ¡Bien se notaba que el hombre había frecuentado la escuela teológica protestante de Montauban! Desdeñaremos estas duras opiniones, tan típicas de los anglosajones, para volcarnos en sus campañas botánicas:
“Al día siguiente de nuestra llegada, realizamos la primera excursión. Salimos de Andorra la Vella antes del amanecer y, remontando la rama occidental del valle hasta más allá de La Massana, viramos hacia la izquierda para trepar hasta el Port Negre, en los límites de los tres estados de Francia, España y Andorra (sic). Siguiendo seguidamente la cresta de Coumallemps [¿Comallempta?], bajamos al valle atravesando un bosque, para arribar a Andorra la Vella con la noche. Aquella jornada completamos unas veinte leguas recorriendo todas las variedades de terreno y de clima que ofrece una región montañosa, atravesando tanto ricos valles recubiertos de viñedos y de prados y de gargantas estrechas erizadas de rocas escarpadas donde no hallamos la menor indicación de la presencia del hombre, como subiendo por mitad de amplios bosques o de praderas extensas cubiertas de flores hasta los límites de las nieves eternas, por lo que esa misma jornada recolectamos plantas de dos climas diferentes. Por ello, no es de extrañar que a pesar del poco tiempo que nos dio un solo día para un recorrido tan largo, volviésemos cargados de plantas. Sin embargo, yo recomendaría a quienes vengan a este valle que no sigan nuestras huellas. Por ejemplo, hay una alta montaña [¿Casamanya?] que separa el valle Ordino del de Canillo que creo podría ser más rica, sobre todo por su vertiente sudeste del lado de Canillo.
”El 10 de julio [de 1825], fue preciso que secáramos y arreglásemos nuestras plantas, por lo que hasta el día siguiente no pudimos abandonar Andorra la Vella, no sin haber abonado una factura exagerada, y cargados con el último cuarto de nuestra cabra… Remontando la rama oriental del valle, almorzamos en Canillo y marchamos tranquilamente hacia Soldeu… Al menos, allí tendríamos un cobijo donde pudimos extender nuestras recolectas de la jornada: había sido rica en plantas meridionales hasta Canillo, y en plantas subalpinas, sobre todo umbrellas, desde algo más abajo de Soldeu. Para realizar una herborización exitosa del valle, creo que habría que establecerse en Canillo, en el centro de los altozanos que parecen más fértiles. La cadena de montañas que se eleva por el sudoeste debe de ser rica, y el mismo valle produce muchas y buenas plantas… Nuestro proyecto era herborizar al día siguiente entre las rocas de los alrededores de Soldeu, adonde hubiésemos regresado por la tarde, pero nuestras provisiones se habían agotado y el tiempo no era demasiado bueno […]. Atravesando el port de Puymorens, bajamos al valle francés de Carol. Pasamos ante cinco o seis puestos de aduaneros sin que nadie se preocupara por lo que llevábamos… Desde Soldeu, vale más visitar algún pico escarpado y bajar seguidamente al Ariège hacia la villa de Ax, que seguir al valle de Carol”.
El legado del botánico inglés no finalizaba aquí. Cierto colega y compatriota de George Bentham seguiría casi al pie de la letra sus últimos consejos, treinta y siete años después… Demos, pues, un salto en el tiempo para observar los rastreos de la flora andorrana de Charles Packe. Desde su A guide to the Pyrenees (1862), este hijo de la Gran Bretaña arrancaba hablando del “sucio pueblo de Merens”…, ¡sito en suelo galo! Una expresión que perdió su calificativo en la edición de 1867, donde se limitaba a decir que la población poseía “albergue pasable”. ¿Hubo presiones para que eliminara el anterior epíteto? ¿O tanto parchearon dicha villa en cinco años? Tras esta puñalada a la Dulce Francia, el británico explicó su ruta desde L’Ospitalet:
“Cruzar al lado izquierdo del curso de agua y ascender por la garganta: en quince minutos se llega a la aduana que hay en el puente de Cerda. Aquí, la vía se divide en dos ramales […]; la de la derecha vira este camino subiendo por piedras y rastreando pasos por el flanco de la montaña, sin el menor árbol o arbusto que rompa su desolación. En dos horas y media se llega a los Roquedos de Avignolles o de la Portella, donde nace el río Ariège. Aquí se abren dos gargantas: la del lado izquierdo, mediante la más larga aunque algo más fácil ruta, se introduce en el valle de Andorra por el port de Framiquel; la de la derecha, que es la continuación de la ruta que hemos seguido, termina superando el port de Soldeu (2.500 metros, 8.202 pies) [tiene 2.568 m]. Tras cruzar el puente y atravesar una meseta estrecha, la ruta acude al este y sigue el estrecho del Valira para descender al valle inferior de Andorra. La estrecha garganta de la izquierda, con sus bosques oscuros, conduce hacia el lado español del port de Framiquel. Enfrente, aparece la nevada cima del Mount Rialp […]”.
Tal fue la parca descripción del itinerario de entrada en el País del Pirineo adoptado por Packe en 1862. El británico pudo dejar alguna cuenta pendiente durante su primera visita, pues parece que regresó dos años después con su amigo Henry Russell. ¿Tanto le gustó el aspecto del pic de Rialb…? En la versión de 1867, el primero se explayaría informando sobre los motivos por los que deseaba volver a nuestro Principado:
“Todo este sector del Pirineo aparece muy desprovisto de bosques. Pero los pastos crecen hasta una altura de 2.700 metros. Y aquí hay una gran cantidad de plantas, tan raras como de calidad. Subiendo desde L’Ospitalet hacia el port de Soldeu, advertimos el Ranunculus aconitifolius, el Ranunculus lacerus y la Gentiana pyrenaica. No había visto ninguna de estas plantas en los Pirineos centrales, ni tampoco los raros Senecios”.
Confirmado: Andorra era considerada entonces una potencia botánica. Entre otras aportaciones curiosas de 1867, Packe afirmaría con mordacidad muy british, que uno se podía alojar en la Casa Don Guillem de Andorra la Vella, con “no con muchos lujos”. Pero la novedad más importante era su reseña del itinerario por el port de Siguer durante su raid de 1864. Nos centraremos en los fragmentos montañeros:
“El retorno [a Foix] puede hacerse por otra ruta variada que asimismo es más directa. Dejando la ciudad de Andorra por el norte, continuar durante quince minutos por la orilla derecha de la Valira: al llegar al estrecho de Ordino, girar por dicha garganta al nor-noroeste… Desde Ordino, subir al norte por un estrecho… Esta garganta se divide en dos ramas. La occidental, por la izquierda, lleva hasta lo alto del Puerto Nuevo y del Puerto Viejo de l’Arbella, desde donde se baja a Vicdessos. Para ir al port de Siguer, tomar la rama de la derecha. El sendero sube al nor-nordeste entre rocas y acrobáticos pinos… Después de subir una media hora, los árboles desaparecen. Se continúa por la orilla izquierda del estrecho en dirección norte, y en una hora otra garganta vira hacia el oeste. En sus laderas, el Ramunculus aconitifolius es abundante. No dejar el curso de agua hasta llegar al desolado y más llamativo anfiteatro que hay al pie del port de Siguer. Aquí, subir en zigzag hacia el norte para ganar el puerto en cuarenta minutos. La altura del mismo es de 2.594 metros [tiene 2.399 m]. Unos diez minutos de fácil descenso permiten llegar ante una colección de laguitos medio helados. Rodeada por manchas de nieve y a no más de 100 metros por debajo del puerto, hay una miserable cabaña de pastores usada únicamente durante dos meses al año; probablemente, la más alta del Pirineo. El port de Siguer está a seis horas largas de Andorra la Vella, y a cinco de bajada del pueblo de Siguer […].
”Quienes deseen escalar, pueden subir el pic de Siguer o pic de Rialb (2.903 metros) [tiene 2.687 m], al oeste del port de Siguer, si bien, probablemente, esto obligue a dormir en esa cabaña del lado francés del puerto. Desde la cabaña, se cruza la loma algo al oeste para salir del puerto, y entonces se desciende un poco, tomando por el lado meridional la arista de la montaña, que debe ser recorrida para atacar la cumbre final por el sudoeste. No es dificultosa y ofrece grandes vistas, especialmente hacia la Pica d’Estats y el Montcalm. Por aquí se aprecian algunas buenas plantas de montaña como la Anemone sulfurea, los tulipanes amarillos, la Tulipa celsiana y Loiseleuria procumbens”.
De este modo tan escasamente ceremonioso, quedaba ratificada la primera ascensión a una cumbre importante de la República del Pirineo. El Mount Rialp o pic de Rialb (2.687 m) pasó a engrosar la cuenta de primicias montañeras de Charles Packe y Henry Russell. Así, se puede fijar en 1864 el Año Cero del pirineísmo andorrano… Mas, a pesar de tan prometedor inicio, ninguno de estos pioneros regresaría para cobrarse nuevas cimas en este territorio virgen. Ni siquiera el ferviente botánico que era Packe se sintió atraído por la ingente labor de reconocimiento y difusión que aguardaba en las altas regiones del Principado. Su amigo Alphonse Lequeutre aseguraría en 1877 que “el guía Henri Passet le dijo que, hace ya algunos años, Charles Packe le había señalado hacia esta parte de las montañas, aunque sin poder nombrárselas”. La tarea de identificación quedaba, pues, para otros colegas…
Entre tanta tierna florecilla campestre, parece como si se hubiera traspapelado la alusión al saco de dormir con la que abría el texto… Veamos: en las enciclopedias, adjudican tal descubrimiento, ya a Charles Packe, ya a su amigo Henry Russell. Se pueden constatar las diferentes teorías a través de sendos libros de esta Casa: en favor del primero desde esas Grandes escaladas (1995) de Chris Bonington, y del segundo desde ese Vignemale el Señor del Pirineo (2005) de un servidor. En cualquier caso, Russell se ocuparía de difundir urbi et orbe su artilugio entre el colectivo deportivo. ¿Quién no ha visto su retrato dentro del saco de piel de cordero para los Souvenirs d’un montagnard? La verdadera paternidad del invento la dejaré al gusto de cada cual, no sin antes retomar las peripecias de George Bentham en el Soldeu de 1825:
“La hora de ir a dormir llegaba y nos enseñaron el lecho, cuyo aspecto nos disgustó a pesar de nuestras fatigas. Como es similar al que utiliza la mayoría de campesinos de la República, voy a describirlo. Era un gran saco de piel de cordero sin curtir, con la lana hacia fuera. Los andorranos se desvestían para meterse dentro de ese saco, que ciertamente debía de mantenerles calientes, aunque se acostaban con una compañía dentro que me pareció demasiado numerosa [¿parásitos?] como para permitir el descanso”.
Vaya casualidad ¿no? Porque Bentham fue un botánico célebre y reputado, padre espiritual del propio Hooker, el gran explorador del Himalaya. Por ello, parece poco probable que al menos Packe no hubiera leído sus Plantes indigènes des Pyrénées et du Bas Languedoc. Y, puestos a seguir con las conjeturas: ¿no sería demasiada chiripa que se le escapara el párrafo sobre los sacos de cordero detectados en Soldeu…? Cuyas descripciones coincidían, de un modo rotundo, con el después famoso modelo difundido por Russell. En consecuencia, el saco de dormir, ¿pudo ser un descubrimiento andorrano?
Terminaré con los hilillos sueltos… ¿Qué impresiones obtuvo de Andorra el acompañante de Packe? Pues para conocer la versión de Russell, será preciso hacer gala de un poco de paciencia y aguardar hasta la próxima entrada…
17 Comentarios »
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¿Alguien desea saber cómo eran los sacos de dormir de los pirineístas del siglo XIX? Pues nada más fácil que acudir a la fotografía de la página 49 de “Grandes escaladas. Una celebración del montañismo mundial” (1995), o al dibujo de la página 63 de “Henry Russell y la exploración de las montañas del valle de Tena” (2005). Existe otra opción más trabajosa, pero mucho más reveladora: visitar el museo “Cauterets-1900”, donde se exhibe uno.
Entre tanto os decidís, os serviré esa cita de la novela “Yo, Henry Russell” (2005) donde su protagonista nos hablaba, desde el lejano 1865, de la pieza más importante de su equipo montañero:
“[...] Durante los prolegómenos de esta campaña en ciernes, Packe me presentó a un aduanero hispano que dormía dentro de un saco hecho con el vellón de varias ovejas. Quedé tan asombrado que pedí permiso al hombre para examinar minuciosamente su equipo. Ya de vuelta a tierras galas, me apresuré a encargar uno igual, que me confeccionaron con las pieles de seis corderos cosidas hacia adentro y que pesaba unos tres kilos. A partir de este hallazgo, pude acrecentar el tiempo de permanencia en las regiones más altas de los Pirineos. Para tales fechas, ya había sido contagiado por mi amigo inglés en su afición a dormir al raso…, ¡aunque no en lo concerniente a su alimentación espartana!”.
Comentario por albertomartinez — 20 febrero 2012 #
bravo bravo y bravo
Comentario por luis — 21 febrero 2012 #
Una vez más, os paso el enlace para que comprobéis la divertida forma de interpretar esta página de la que hacen gala en el Principado de Andorra. Aunque sea en catalán, no resulta nada difícil captar todos los matices de su fino sentido del humor:
http://www.elperiodicdandorra.ad/cultura/17612-i-si-el-sac-de-dormir-el-van-inventar-a-soldeu.html
Comentario por albertomartinez — 21 febrero 2012 #
La decepción fue que el actor que representaba al conde Russell en los actos de homenaje organizados hace dos años por el ayuntamiento de Gavarnie se cubría con una especie de colcha, pretendiendo emular el archifamoso saco de dormir de pieles de oveja.
¡Ah, los sacos de dormir! ¡Cuantas noches felices les debemos los montañeros!
Te voy a preparar un relato de una preciosa escalada en nieve y hielo que hemos abierto hoy en el Pirineo occidental, Puntal de Labata (Lie Lavatte), 2.404 m, plancha norte, 45/60º y cresta sur, aérea con largos rápeles verticales.
Me lo inspiró un relato del anuario de Montañeros de Aragón en el que el socio D. José Sierra, narraba sus obsesiones con las placas monolíticas de este pitón calcáreo al sur del ibón de Estanés.
Estoy saboreando este último artículo de tu blog ¡Te superas, tío!
Comentario por Jesús Vallés — 22 febrero 2012 #
¿Y dónde fue a parar el famoso saco de piel de cordero de Henry Russell? Cierto que el “resto de la panda” (Brulle, Bazillac, De Lassus…) tenía el suyo, más o menos copia del modelo russelliano…, o andorrano. Sin embargo, el perteneciente al “Señor del Vignemale” terminó en manos de su último confesor: el abate Ludovic Gaurier. Pero no vayáis a pensar mal, que este sacerdote-erudito le dio una utilidad que hubiera sido muy del gusto del antiguo propietario: sus agotadoras exploraciones desde el circo de Piedrafita hasta el del Portillon…
Desde luego, no me extraña nada que José Sierra te haya inspirado, Jesús: aparte de ser un hombre encantador, yo diría que es una de las mejores plumas de los “Fontaneros de Oregón”…
En cualquier caso, enhorabuena por tu apertura, “Perro de Roca”…, o “de Hielo”.
Comentario por albertomartinez — 22 febrero 2012 #
No hay nada mejor que saber relatar para perder el norte del artículo escrito.
Fijate hoy he estado de limpieza y orden y recogia los sacos que mis hijos abandonan en cualquier rincón de la casa y estaba pensando en los primeros que teniamos rellenos de una fibra sencilla , tipo algodon espeso, para llegar ahora a tener varios modelos desde los micro fibras al super calido de altas cotas.
Bueno lo que queria decir es que veo que trasnochas y que yo he estado muy ausente en este lugar, con ganas pero muy dispersa. Muchas cosas imposible de mezclar .
Espero seguir con ganas..
Un abrazo .
Comentario por blancamartinez — 22 febrero 2012 #
En efecto, “prima leridana”: ya nos habíamos dado cuenta de que andabas por otras latitudes y con otros proyectos… Pero, desde luego, muchos nos alegraremos de que permanezcas por estos barrios, obsequiándonos tus hermosas/impactantes imágenes y tus no menos acertados textos. Un saludote del “primo maño”, Blanca…
Comentario por albertomartinez — 22 febrero 2012 #
¿A que parece que la Andorra del siglo XIX era el lugar más horripilante del planeta? Al menos, eso se puede pensar de hacer caso a los cronistas de la época… En fin, tal vez no haya que atenderles demasiado, pues se ve que repartían los adjetivos duros a diestro y siniestro, sin mucho pensárselo. No resisto el servir por aquí un rápido ejemplo de esa “crítica constructiva” de la que haría gala Lacaze de Thiers durante su periplo por los Pirineos oscenses de 1879…
Así, de Fanlo dijo que “quien ha visto un pueblo aragonés, los ha visto todos”. Y en cuanto a sus habitantes: “Los indígenas, las mujeres sobre todo, miran a los extranjeros con extrañeza”.
¿Qué vería en Escalona?: “En la posada, una joven e indolente hostelera acoge a los viajeros con esa reserva de los aragoneses que erróneamente se toma por hostilidad”. La descripción de la pitanza tampoco tiene desperdicio: “Lentitud en el servicio y larga espera del almuerzo (dos horas): huevos fritos con ese aceite que ya se sabe; loncha de jamón rancio; unas hojas de lechuga nadando en una mezcla rosácea de agua y vinagre; un trozo de queso muy duro y picante”. Como conclusión personal: “Desconfiad de esas mujeres de los albergues españoles que tienen el aspecto de las Vírgenes de Murillo”.
Abreviaré, para no cargar: Badaín le pareció “un triste pueblo donde no querría pasar ni una noche”, y Benasque solo despertó su “desilusión”.
Sí: debía de ser difícil estar a la altura de las expectativas de tan exquisitos visitantes del Norte…
Comentario por albertomartinez — 24 febrero 2012 #
Segun la Enciclopedia de la Montaña de Desnivel «La invención del saco de dormir en parte se debe al ejército napoleónico (fines siglo XVIII y principios XIX)».
Puede que estos soldados fueran los primeros en utilizarlos también en los Pirineos? que opinas Alberto?
Un saludo y gracias por tus buenos escritos.
Comentario por David Vilaseca — 25 febrero 2012 #
Grande, grandísimo!! Por cierto, ¿que dirian los de la guia Michelin si los trasladáramos al siglo XIX?…
Alberto, ¿para cuando un libro donde podamos leer todos tus textos?, digamos que no solo en plan anecdotario histórico, sino mas abierto o mezclar historia con rutas/itinerarios para descubrir lo que cuentas…Me presto a colaborar
)
Comentario por Víctor Riverola i Morera — 25 febrero 2012 #
Hey, Víctor… ¿Una Riverola-Martínez’s Consolidated Production? ¡Eso estaría muy bien en un futuro a medio plazo! Ya sabes lo “atascado” que ando ahora: a ver si comiendo algo más fibra saco adelante…, más tiempo para nuevos proyectos prometedores como este.
Hola, David… ¿El saco de dormir y Napoleón…? Todo pudiera ser, pero lo dudo mucho. El Primer Imperio francés está muy bien documentado, y no recuerdo haber leído nada referente a los sacos de dormir reglamentarios en las diversas “Grandes Armées” que rondaron por ahí, pasando media Europa a sangre y fuego… Para conocer a fondo el equipo del soldado “gabacho” de la época, te recomendaría la obra sobre “La infantería de línea de Napoleón” (1983) de Philip Haythornthwaite. Es muy minuciosa en cuanto a impedimentas y demás trastos. Por ejemplo, proporciona tanto las dimensiones y forma de su mochila “havresac” de 15-20 kg de los modelos 1786 y 1791, como su contenido habitual: “Dos paquetes de cartuchos, calzado de repuesto, bizcochos para cuatro días, pantalones y polainas de repuesto, gorra de noche, cepillos de calzado, blanquizal […]”. No te daré más la murga con el resto de la impedimenta en campaña, detallada desde las distintas cantimploras hasta las “salchichas de tela con harina”… Solo añadiré que, según este autor, de saco de dormir: “rien de rien”. En cualquier caso, encima del referido “havresac”, viajaba bien enrollado el capote gris de ordenanza, que a menudo servía como manta. Por lo general, no tenían nada más para combatir el frío del vivaqueo, salvo apretarse contra algún compañero (aunque oliera a purines) o echar más troncos al fuego (si lo había). Y el aguardiente barato, claro. Hasta donde sé, la vida del “poilu”, el soldadito de a pie, era triste y llena de miserias. Muy distinta a la de los oficiales de rango superior, quienes seguramente disponían de buenas mantas e incluso pieles para combatir los rigores nocturnos. Quién sabe si alguno usaba pieles de zorro o reno cosidas de forma más o menos tubular… Tampoco descarto que algún emprendedor de los de “la base más baja de la pirámide” se hiciera con algo vagamente parecido a un saco de dormir, pero a título individual y excepcional. Nada que constara en las ordenanzas imperiales. Como mucho, en el “haber” de estas guerras napoleónicas se puede constatar el desarrollo de las conservas alimenticias y de las ambulancias. Por salvar algo… ¿Se nota que rebusqué datos cuanto pude por estas latitudes para documentar lo mejor posible las “Lágrimas de la Maladeta”?
Por lo demás, soy de la escuela de Franz Schrader, quien afirmaba que “en la montaña, nunca se es el primero”. Seguro que allá por el Neolítico, algún individuo mañoso (posiblemente, “individua”) y friolero, se confeccionó un saco con pieles que hubiera hecho palidecer al propio Henry Russell… O a los habitantes del Soldeu de 1825, claro está…
Comentario por albertomartinez — 28 febrero 2012 #
El caso es que en el “ajuar”, o equipo, del “hombre de los hielos” (Otzal, Tirol del Sur, Austria), se encontraron: una mochila, una especie de “patucos”, chaqueta de abrigo, “botiquín”, carcaj con flechas y un hacha de bronce, entre otras pertenencias, pero ningún saco de dormir o algo parecido.
¿Se aventuraban a atravesar los Alpes los hombres de hace tres mil o cuatro mil años sin saco de dormir?
¿Tú qué opinas, Alberto?
Comentario por Jesús Vallés — 28 febrero 2012 #
Creo que he comprado en Andorra todos mis sacos de dormir “técnicos”, hace ya bastante tiempo, pero no era el siglo XIX. Me acuerdo en particular del primero, porqué me hizo mucha ilusión. Ejercimos de contrabandistas. Nos embutimos cuatro peludos en un 127 con las mochilas prácticamente vacías y fundimos nuestros ahorros en sacos de dormir de plumon, nuestros primeros gore-tex, piolets, cuerdas, botas, de todo. Y para que no pareciese nuevo, nos fuimos a vivaquear al Comapedrosa, a desgastar el material. De vuelta, en la aduana, estábamos acojonados. Todavía recuerdo al policía preguntando “Algo que declarar?” y al más valiente del grupo contestando, mientras se acariciaba la barba, “Nada, un poquito de azúcar . . .”. Una vez el aduanero hubo exclamado “Vale, pasen” y nos alejamos unos cuantos metros, empezamos a chillar como locos.
Por cierto, Alberto, las mozas andorranas, usaban esos sacos de dormir? Dices que eran grandes y que dormías en ellos acompañado. Acompañado por quien? En el Periòdic de Andorra (que enlazas en un comentario), se preguntan si era por “señoritas de vida alegre”. Qué opinas?
Comentario por Eloi Saula — 29 febrero 2012 #
Jesús: con interlocutores como tú, veo que tendré que ponerme las pilas… Saltar desde el Soldeu de 1825 hasta el Neolítico, sin duda que va a requerir grandes dosis de imaginación. Y la verdad es que cualquiera sabe cómo sobrevivían los “Homo sapiens” a las noches en zonas elevadas/frías. Sin embargo, me da que nuestros precursores en estos vivaqueos eran mucho más resistentes y sufridos que nosotros. ¡Hemos degenerado bastante como raza! Ante el tipo de vida precaria que debían de llevar hace más de 2.000 años, me extrañaría mucho que disfrutaran de artículos de, hasta cierto punto, “lujo”, como un saco de dormir. Se apañarían con lo primero que pillaran (pieles), y gracias… Tal vez, arrimándose a la parienta… Seguro que en la serie sobre “Érase una vez el hombre”, abordaron con minuciosidad este tema de las pernoctas en algún capítulo que me perdí… Mas tengo la impresión de que, para el grueso de los humanos, la subsistencia hasta no hace demasiado era tan, tan dura, que la idea de confeccionarse sacos de dormir específicos les quedaba muy, pero que muy lejos… Ya me diréis por qué derroteros navegan vuestras propias elucubraciones al respecto: ¡no pueden ser más desvariadas que las mías!
Eloi: sí; yo también compré mi primer saco de plumas en Andorra. Pero, para estrenarlo, dormí con él en la terraza de casa, una vez de vuelta en Zaragoza. Todavía recuerdo las caras alucinadas del resto de la familia, asomados a la ventana para ser testigos de mi última chaladura… ¡Fue una noche de invierno crudo de “agárrate-y-no-te-menees”! Creo que periódicamente salían de la cama para ver si aún seguía allí, “disfrutando” de mi flamante saco… Me hicieron hasta fotos, para luego poderse reír a placer… En cuanto a lo de las mozas andorranas, no lo tengo tan claro, la verdad. Eso de meterse dos en un solo saco, lamento decepcionaros, lo he practicado únicamente…, sí, sí, os podéis chotear a gusto: ¡con otro tío! No es broma, que aquella noche en el valle de Izas hizo un frío de cuidado. Por cierto: si complicado fue meterse dos mocetes en un solo saco del tipo momia, mucho más lo fue salir (dormir-dormir, creo que no dormimos nada). Pero volvamos al Soldeu de 1825… En efecto; el periodista Andrés Luengo (ver el enlace del Periòdic aquí mismo, en los comentarios) consideraba en su artículo una posibilidad que se me escapó por completo a mí (obsesionado con meterme con otros tíos en los sacos, por lo que se ve): que esa “compañía demasiado numerosa” que se apreciaba en los referidos sacos, no fuera de parásitos (como proclamarían otros pirineístas posteriores como Briet o Saint-Saud), sino de “señoritas de vida alegre”… Y, claro, como Bentham parecía un caballero más preocupado por salvar su alma que por sobrevivir a las gélidas noches andorranas…
Comentario por albertomartinez — 29 febrero 2012 #
Bueno, bueno… Acabo de comprobar dos cosas: la primera, la cantidad de gente que “se pasa de visita” por esta página, bien de madrugada, bien con la alborada… Y lo segundo: parecen suscitar mayor interés mis aventuras “heterosex-gélido-sacoides”, que las peripecias de George Bentham tras el mítico “Ranunculus glaciaris andorrensis”…
Ampliaré, pues, mi incidente de Izas, que ha despertado cierta curiosidad… ¿Qué pintábamos durmiendo por allí en pleno invierno y al borde de las nieves? ¿La verdad, la verdad…? Pues, como perfectos adolescentes, una estupidez de las gordas: ahorrarnos los cuatro durillos que nos hubiera costado dormir en Canfranc, que quedaba a un tiro de piedra… ¿Y lo de los dos maromos embutidos en un solo saco? Muy sencillo: tras un ocaso no demasiado crudo, salió una madrugada heladora… Lo probamos todo antes de nuestra ocurrencia: en especial, esas tiernas posturas de “enamorados en el lecho” que unos llaman “hacer el cuarenta y cuatro” (hay afortunados que llegan a practicar incluso el “cuatrocientos cuarenta y cuatro”), y otros “las cucharillas montadas”… Lo entendéis, ¿no? Pues nada: ni aun así se iban las tiritonas… Cada uno de nosotros tenía su saco, muy malo, de esos rellenos de guata… ¡Idea “brillante”!: metimos un saco dentro del otro, y luego, con unas contorsiones que no veas, ambos entramos, mal que bien (hasta las axilas solo), dentro del engendro… En fin, todo hay que decirlo: salimos de Izas con idea de ir a Andorra cuanto antes para comprar un plumífero…, ¡y tan “heteros” como cuando entramos! (yo diría que el frío y el sexo casan mal).
Pero, puestos a proseguir con el tema de los sacos, nada como reproducir un fragmento del correo que he recibido esta mañana desde Donosti de Jesús Mari:
“[...] Y hablando de comentarios, lo del saco de dormir, “tiene tela” y me “viene al hilo” para recordar que en nuestros comienzos montaraces, con mucha ilusión y pocas perras, uno de nosotros -omito el nombre, no se me vaya a ofender, ya que esta en activo- utilizaba para sus vivacs, y a modo de pata de elefante, un saco de harina; sí señor, un saco de arpillera que le llegaba justo por encima de la cintura; lo bueno fue con los primeros usos en los que conservaba restos de su blanco contenido y, al amanecer, el individuo en cuestión, al levantarse, iba todo pringadito de fécula, más propio para trabajar en una tahona que de emprender una andurriada alto montañeril. En cuanto a dormir dos, yo sí lo he hecho al raso en las cercanías del monte Rotondo, en la isla de Córcega (y en octubre hace rasca), pero a diferencia de tu experiencia en Izas, yo lo hice en compañía de una moza (mi pareja de entonces), que casualmente y pura coincidencia se llama Izaskun (su diminutivo es Izas), y no se estaba del todo mal (tengo un saco Desmaison bastante ancho), aun estando un poquito arrimaicos. En cuanto a lo de sobar en el balcón y en pleno invierno, me parece endémico en algunas edades; no solo conozco otros que lo han hecho, también yo piqué en su día…, y ni te cuento lo que hicimos con las primeras frontales Wonder que cayeron en nuestras manos… Todos los absurdos que se hacían a medida de que íbamos incorporando nuevos materiales a nuestra peculiar y pacífica panoplia [...]“.
Ni que decir tiene, si alguien más se anima a colgar por aquí sus experiencias con los sacos de dormir… ¡Pero que se dé prisa, que a punto estoy de pasar página!
Comentario por albertomartinez — 29 febrero 2012 #
He estado acompañado un par de veces en el saco de dormir y ha sido con dos tíos distintos, ya ves. Una de las veces fue para probar si cabíamos, pues nos íbamos a meter en una vía larga en la que seguramente nos caería vivac y queríamos llevar un solo saco. Teníamos la tienda plantada en un cámping (cerca de Andorra, por cierto), y realizamos la probatura dentro de la tienda (por supuesto), la tarde previa a nuestra escalada. Nos costó bastante esfuerzo comprobarlo, y bastante ruido (fruz, fruz . . .) y risas. Luego no teníamos valor para salir de la tienda, pues el cámping estaba lleno de gente y había unas mozas instaladas en la tienda de al lado. El día siguiente, a pie de vía, nos rajamos, no sé si por el miedo que nos dio la pared o porqué pensábamos en el vivac.
Comentario por Eloi Saula — 29 febrero 2012 #
Sukanta
denisea
Enviado el 04/03/2012 a las 12:26
Hola te envedo el fatimo cuento que he tiersco.
Comentario por albertomartinez — 6 marzo 2012 #