A puñaladas por el Monte Perdido

Este verano, la mayor de las Treserols celebrará los 210 añitos de su primera ascensión conocida. A partir de éste, su idilio inaugural con Louis Ramond de Carbonnières, nuestro Monte Perdido vería correr verdaderos ríos de tinta por cualquiera de sus costados. Con tales antecedentes y a estas alturas de la feria, ¿se puede añadir algo novedoso a su crónica? En el número de febrero de Grandes Espacios apuestan porque es así. A quienes se hagan con tan espectacular revista, les corresponderá juzgar…

 

Las montañas ilustres del Pirineo siempre pueden aportar historias, cuanto menos, diferentes. No importa los años que lleven generando literatura: si una cumbre tiene carácter, sabrá reservar vivencias inusuales a sus incondicionales. Éste podría ser el caso de las peripecias sobre los “Recuerdos de viaje de un Carcamal: la primera cima” redactadas por Rubén Torres. Un texto largo que fue servido en los Boletines 23 y 24 (octubre de 1973-marzo de 1974) de Montañeros de Aragón. Narraba una ascensión que venía de lejos, concretada junto a su amigo Julián Bravo a mediados del mes de agosto de 1951. En cualquier caso, un relato que se salía de lo habitual.

 

Acompañaremos a estos dos novatos zaragozanos, Julián y Rubén, hasta el viejo refugio de Góriz. Allí coincidirían con siete colegas catalanes: cuatro de ellos, socios de la Delegación de Montañeros de Aragón en Barcelona. Junto a estos últimos, hijos de aragoneses, los maños iniciaron la ascensión al Monte Perdido sin madrugar demasiado: sobre las 07:00 h. Su crónica expedicionaria resulta tan interesante como divertida. Sin embargo, para darle agilidad, nada como seleccionar sus segmentos significativos, priorizando aquellos donde más rebosaba la ironía y el sentido del humor baturros:

 

“[…] Todos los catalanes van equipados estupendamente: buenos anoraks, vistosos jerseys, gorros de lana, magníficas botas, gafas, piolets, cuerdas… Da gozo verlos. En cambio nosotros, damos pena. Julián va con pantalón largo, chaleco gris, una chaqueta cheviot que ya denuncia uso prolongado por codos y bocamangas, bufanda y unos añejos zapatos marrones con suela de crepé. Yo calzo botas de militar del número 40, y como gasto el 38, he tenido que subsanar esa diferencia numérica con calcetines […]. Sinceramente, los catalanes parece que van a hacer una cima en el Himalaya; Julián y yo, una caracolada en el Huerva [río que pasa por Zaragoza]. ¡Qué contraste! Pero…, ¿qué sería la vida sin contrastes? Pues un perpetuo y tenebroso bostezo. Las primeras cuestas las remontamos pausadamente y en disciplinada fila india. Superamos unas laderas de fina hierba para seguir por la base de bloques rocosos, procurando siempre evitar las espesas masas de nieve que llenan grietas y vaguadas […].

 

”Nuestros pasos discurren por un laberinto pétreo abrumador. Constantemente, nos vemos obligados a rodear enormes rocas peladas, para encontrar vías accesibles de subida. Llegamos a un lugar donde ya no es posible soslayar la nieve. Ahora es cuando nos damos cuenta de la importancia del piolet. ¡Y pensar que desconocíamos hasta el nombre de este objeto tan necesario en la montaña! […]. Por las huellas que han dejado nuestros amigos, damos unos pasos. Pronto nos apercibimos de que los pequeños resbalones, controlados de momento, a medida que la pendiente se acentúe, pueden acarrearnos un desliz bastante desagradable. Julián, que va primero, no lo piensa mucho. Saca una especie de puñal que su previsión le llevó a coger en Zaragoza, y se agacha, continuando la ascensión, apoyándose también con las manos. Yo le imito. Sin ser muy airosa nuestra postura, por lo menos nos proporciona la idea consoladora de que no descenderemos dando volteretas graciosas, en caso de resbalón. Avanzamos con mucha cautela. Toda nuestra atención la ciframos en asegurar bien los pies. En casos de extrema inseguridad, Julián clava belicosamente el puñal en la nieve para sostenerse, y yo me aferro con una mano a su tobillo. Hay que reconocer que para no haber ensayado este numerito, nos sale bastante bien […]. Llevamos las manos ateridas y las piernas tiemblan a cada paso por el nerviosismo, y por la presión de las puntas de los pies sobre la superficie nevada. Por fin, el nevero termina al pie de una canal estrecha. La llegada a la roca produce una profunda sensación de alivio. Aquí también tenemos que utilizar las manos para ganar altura, pero ya es otra cosica. Se desprende una piedra insurrecta de no sé dónde, y por poco me saca la raya. Con el fin de agarrarse mejor a las presas, Julián se coloca el puñal entre los dientes y se pone a trepar con sólida entereza. Es la clásica estampa de un pirata de paisano ejercitándose en prácticas de abordaje […]. El ejercicio es constante. Hay que subir, bajar, saltar… La realidad es que lo paso en grande moviéndome por estos andurriales. Me gusta. Es como si una capacidad no ejercitada se despertase dentro de mí”.

 

Sobre las 11:00 h, nuestros bucaneros Julián y Rubén arribaban al Ibón Chelau del Monte Perdido. ¡Oh, maravilla de las maravillas! Era el momento de cambiar de registro en la crónica, para sacar a relucir cierto deje poético más acorde con las circunstancias:

 

“Un lago, cuyas aguas presentan evidentes síntomas de congelación, participa por igual en los derrames de los dos colosos de roca [Cilindro y Monte Perdido]. La escenografía es fabulosa. Parece mentira que con dos colores tan simples como son el blanco de la nieve y el gris de la roca, pueda armonizarse tanta belleza. Claro que tampoco debemos dejar a un lado el encanto deslumbrante que le otorgan el purísimo azul del cielo y los generosos rayos de un sol en completa libertad. Para Julián y para mí, que nuestras salidas campestres no hemos rebosado nunca los límites de las murallas de Grisén [en el Canal Imperial, cerca de Zaragoza], esto constituye un mundo totalmente nuevo, fantástico, insospechado. En la orilla del lago están descansando los catalanes. También hay un reducido grupo de montañeros que no sé de dónde habrán salido. Igual son silvestres…”.

 

Ni que decir tiene, los dos socios de Montañeros de Aragón desconocían incluso los nombres de las cumbres circundantes. Muy típico de entonces. Uno de los barceloneses les señalaría hacia el corredor Noroeste de la tercera cumbre de los Pirineos:

 

“Me fijo en la subida que nos queda y, desde luego, no puede decirse que sea de coco y huevo. Si acaso, es nada más de coco, porque da miedo. Un gran nevero, cuya inclinación nos ofrece perspectivas risueñas, despliega con gran desparpajo su lívida faz desde la cima hasta el lago”.

 

Llegaba el momento de la verdad: estos neófitos en la alta montaña tendrían que desplegar sus útiles de abordaje en el sector más arduo de la subida al Monte Perdido por su ruta normal. De esta manera heterodoxa sortearon sus últimas dificultades:

 

“Por el momento, la pendiente no es todavía muy pronunciada, pero tampoco tan suave como para subir silbando alegres pasodobles. A veces nos detenemos un momento para recrear la vista con el paisaje. Es fascinante el espectáculo que brinda la luz del sol sacando chispitas luminosas de la nieve. El sendero se eleva paulatinamente y, poco a poco, va perdiendo firmeza hasta que se interna en una glera [pedriza] de abusivo porcentaje. Hasta ahora, el concepto que tenía del andar era que, dando un paso, se avanzaba la longitud de ese paso. Dar catorce pasos rasmiosos [con energía] para conseguir el progreso de uno, no lo había experimentado nunca. En este pedregal, más que avanzar, lo que se hace es escarbar. Se violentan completamente las normas del andar rítmico. Aquí, casi se deja de ser persona para convertirse en una piedra honoraria de un suelo movedizo. Eso sí: hay que reconocer que si bien el camino es poco almibarado, y a veces sientes como si el corazón latiese en espiral, el ejercicio que se realiza es muy instructivo, ya que pone de manifiesto lo que puede la perseverancia. Julián y yo, que según se ve hemos escarbado con más ahínco que nuestros compañeros de ascensión, llegamos al collado final un poco antes que ellos. Estamos en la antesala de la cumbre, pero ¡qué antesala! Los metros que nos quedan se disponen en forma de casquete circular revestido completamente de nieve. Solo pensar que se pueda resbalar por ella me produce escalofríos dorsales […]. Lo que son las cosas: esto que nos parecía poco menos que insalvable, resulta más fácil que el nevero anterior. Las condiciones de la nieve han mejorado mucho y las huellas admiten bastante bien el pie. Ascendemos tranquilamente. No tenemos que adoptar la postura de los felinos ni es precio utilizar el puñal. Pronto nos damos cuenta de que ya no hay nada que subir”.

 

Así era: Julián Bravo y Rubén Torres, bisoños absolutos sobre las altas cotas, acababan de completar su primera cima de importancia. Nada menos que ese Monte Perdido cuyas defensas de 1951 lo hacían bastante más complicado de lo que hoy día es, por su normal y en la misma época del año… Las anécdotas de nuestros maños montaraces todavía se iban a extender un poquillo. Sin embargo, las reduciremos a solo un par. La primera, sobre el recuento de sensaciones cimeras sobre los 3.355 metros. Original en grado sumo:

 

“Todo, absolutamente todo, se conjuga en una armonía esplendorosa y sobrenatural. Quiero decir alguna frase poética, sugestiva; una ocurrencia feliz que cristalice el túmulo de emociones en algo expresivo. No se me ocurre nada. Solo, exclamar: ¡Jolines, cuánto alrededor! Poca cosa para lo que bulle dentro de mí. Es el eterno desajuste entre los sentidos y las palabras para manifestarlos. El héroe de la jornada ha sido Julián. Todavía no se explican los presentes cómo ha hecho para llegar hasta aquí con unos zapatos de paseo que, además, muestran ya incipiente sonrisa por la puntera.

 

”–Esos zapatos deberían encerrarlos en una urna de cristal y guardarlos como recuerdo tangible de este memorable día –sugiere uno de nuestros amigos catalanes”.

 

Justamente, nos despediremos de estas peripecias extravagantes sobre la cumbre central de las Treserols, destacando ese espíritu de concordia existente entre ambos grupos. Así, después de un no menos agitado descenso, barceloneses y zaragozanos se reunían para comer en el viejo Góriz. La escena final es deliciosa:

 

“El ágape resulta muy estimulante. No por los manjares, sino por el alegre optimismo y la franca cordialidad que predomina en la reunión. La mesa une mucho los espíritus, y las voces. Un irreflexivo impulso nos anima a cantar jotas. Los catalanes se lo toman a pecho y contestan con sardanas. El señor Ramón [el guarda] no quiere ser menos, y tomando la lista de precios, nos canta La Dolorosa. El efecto es instantáneo. Nos quedamos más callados que un saco de cemento. No hay como el pagar para conservar la seriedad, aunque sea por poco rato”.

 

Tras repasar esta ascensión surrealista, ¿se entiende que el cineasta Luis Buñuel eligiera venir al mundo precisamente en Aragón? Ahora más en serio, aportaré mi apéndice aclaratorio: tras la Guerra Civil, el montañismo maño estaba bajo mínimos y tuvo que arrancar casi desde cero. A comienzos de los años cuarenta, los socios de Montañeros de Aragón apenas podían sino realizar pequeñas excursiones por el entorno de Zaragoza. Tomar el tren Canfranero para allegarse hasta Riglos era una gran aventura que no estaba al alcance de todos los bolsillos; seguir hasta el Pirineo, el sueño dorado de la mayoría. Por suerte, en poco tiempo la situación iba a cambiar…

12 Comentarios »

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  1. ¡Delicioso relato!
    Ese Julian Bravo, ¿No será por cierto el padre de Joaquín Bravo, uno que tenía un par de hermanas muy guapetonas??

    Comentario por Jesús Vallés — 10 febrero 2012 #

  2. Una de las claves para poder manejarse sin sobresaltos entre los “Fontaneros de Oregón”, es conocer el “who is who” de nuestra querida asociación. Para eso, nada como dejarse caer los martes o jueves por el bar o la biblioteca, que ambos están abiertos por la tarde. Y bastante animados. Con vistas a orientarme un poco en las dos últimas entradas, me puse en contacto con Jesús Pérez “Poncho” (en lo referente a la punta Escarra), y con Ricardo Arantegui y José Gainzaráin (en lo que atañía a este Monte Perdido tan pintoresco).
    Ampliaré solamente lo recolectado sobre los protagonistas de la historia de 1951… Por lo que me dijeron, tanto Julián Bravo como Rubén Torres han fallecido. Pertenecían a una especie de subgrupo dentro de “Montañeros” al que denominaban los “Carcamales”: de ahí el título del artículo de Rubén. Se llamaban así porque, digamos, no eran precisamente los más jovenzanos de nuestra entidad. Otros “Carcamales” pudieron ser Joaquín Arcega, José Sebastián, Jerónimo Lerín, Sánchez Candial… De un modo u otro, se relacionaban con ellos bastante Eduardo Blanchard, Miguel Vidal o José Ignacio Ríos. Según “Gaínza”, a los “Carcamales” les gustaba mucho ir a la montaña, y salían cuanto podían de excursión, si bien por el tema económico frecuentaban el sector Riglos-La Peña-Salinas. Respecto a los desaparecidos Bravo y Torres, los definiría como: “Buenas personas, muy animados y majos; daba gusto estar con ellos”.
    Me preguntabas por la familia Bravo… Hasta donde sé, Julián se casó con Hortensia y tuvieron, al menos, un varón: Julián Bravo Lahoz. Puedes verlos a los tres en una imagen del libro sobre “Montañeros de Aragón” (1999) de Fernando Martínez de Baños; en la página 139, más concretamente…
    Y otro detallito: los “Carcamales” siguen en activo. De hecho, este puente pasado de San Valero, se montaron un viaje a Andorra la Vella. Caramba, caramba: sin buscarlo, ha vuelto a salir por aquí el Principado pirenaico…

    Comentario por albertomartinez — 10 febrero 2012 #

  3. alberto me permitoañadir que estos dias se ve muy, bien el monte Perdido desde Zaragoza y quede perdido no tiene nada.Muchas gracia s por tu s trabajos

    Comentario por luis — 10 febrero 2012 #

  4. ¿Qué se hizo…, del estilo montañero y literario “carcamal”? ¿Del dominio rítmico y temático, la fluidez discursiva, el humor inteligente, la sencillez densa…, qué se hicieron? Me lo he pasado en grande leyendo esta primera y “única” ascensión al Monte Perdido en técnica cuadrúpeda, a golpe de puñal ibérico en la vanguardia y agarre al tobillo por la retaguardia. Genial, de verdad.
    Un matiz: la ascensión parecerá humilde y jocosa a nuestros próceres deportivos, pero queda muy claro que quien la relata revela una formación superior y seria, independientemente de si es académica o no. A un servidor le resulta infinitamente más interesante este tipo de aventuras que cualquiera de esas hazañas increíbles sin alma ni discurso que tanto abundan hoy en día (con honrosas excepciones). Me da la impresión de que en alguna parte (o en muchas) debe existir un fondo de la producción literaria de esta escuela montañera y ideológica. Un texto así no puede ser flor de un día.

    Comentario por Jaume Llanes — 10 febrero 2012 #

  5. Genial la descripción que hacen nuestros amigos acerca de las vistas desde la cúspide del Perdido …
    …”¡cuanto alrededor!” …

    Comentario por Jesús Mari — 11 febrero 2012 #

  6. Un texto que no tiene desperdicio. Acostumbrados a la grandilocuencia de las reseñas montaraces, un relato como éste, tan desenfadado y humano, destaca sobremanera. Coincido con Jesús Mari, la descripción de las vistas es sublime. Me quedo con eso y con la indumentaria propia de “caracolada en el Huerva”. Eso es sentido del humor.

    Por cierto, en Logroño no tenemos tanta suerte y apenas hemos conseguido intuir últimamente las Treserols.

    Un saludo.

    Comentario por Hugo Fdez. — 12 febrero 2012 #

  7. ¿Nuevos escritos de los “Carcamales”? Pues lo cierto es que esta “Primera cima” de Rubén Torres, debió de ser flor de un día; al menos, en el terreno de la crónica de alta montaña. Y ya lo siento, ya… Hace bastante tiempo que tenía localizado este texto que, ¡cómo no!, utilicé en la monografía sobre el Monte Perdido (Desnivel, 2003). Con semejante precedente, os podéis imaginar con qué ansias buscaba nuevos jalones de la “Literatura Carcamal” en cuanto hojeaba nuestros Boletines… Sí; también encontré esa ristra de casi una decena de artículos de Rubén, titulada “Montañeros de Aragón escalando el Atomium” (1959-1960). Pero se trata de relatos viajeros: una especie de “road movie baturra”, diría yo… Ya los revisaré para ver si pueden tener cabida por este garito, ¡palabra! Cualquier cosa menos defraudar a un posible movimiento pro-carcamalero: a fin de cuentas, Carcamales somos (o seremos) todos…

    Comentario por albertomartinez — 13 febrero 2012 #

  8. Bueno; pues va nuevo complemento “carcamalero”… Anoche, charlando con Clarisa García en Zaragoza, amplié un pelín la reseña biográfica de Rubén Torres, el autor de este artículo, con unos datos bonitos que acaso fuera interesante hacer públicos…
    Así, hay que decir que Rubén era un hombre extremadamente culto que leía muchísimo, cosa que algún comentarista ya había notado. Y hacía gala siempre de un fino humor que nunca molestaba a nadie. Contable de profesión, durante algún tiempo llevó las cuentas de su club, “Montañeros de Aragón”. Cuando los años se le vinieron encima y tuvo que ingresar en una residencia, los amigos “Carcamales” lo tomaron a su cargo: cada semana y por turno, uno de ellos acudía para atenderlo. Sus cenizas fueron arrojadas desde su cima favorita, que no era el Monte Perdido sino el Puchilibro (1.595 m), esa elevación de la sierra de Loarre que muestra a todo el Pirineo occidental y central, desplegado hacia el norte…

    Comentario por albertomartinez — 14 febrero 2012 #

  9. A raíz de esta “primera vez” al Monte Perdido, en el FB ya se ha comentado la posibilidad de que algún amigo cuente cómo le fue la suya… Por el email he recibido esta otra, que con el permiso de su autor (Jesús Mari), trascribo por aquí para dar envidia a los más furibundos “ramondianos” de los lectores. Que disfrutéis su relato:

    “[…] Tu último trabajo en el blog de Desnivel ha hecho que mi memoria se retrotraiga en el tiempo y vuele a un ya lejano 28 de junio de 1970, en el que el Perdido inició nuestro listado de tresmiles (16 añitos tenía el que suscribe). Por algún sitio tengo el escrito de aquella excursión, aunque recuerdo dos detalles relevantes: uno, que subimos desde Ordesa de un tirón hasta la cima; que de ella volvimos al valle de otro tirón (unas 12 horas ida y vuelta), para coger el 600 y de vuelta a Donosti; y que al día siguiente, unos a trabajar y otros a estudiar.
    Pero lo más anecdótico de aquella excursión fue la bajada del Perdido desde el colladico que precede a la cima. Como el canalón que desciende hacia el lago helado estaba muy nevado, no se nos ocurrió mejor idea que sacar nuestra “tela de vivac”, que no era otra cosa que un gran plástico recio, tipo mantel, de los que en aquella época se utilizaban para tapar la ropa en los tendederos cuando llovía, y sentados los tres “expedicionarios” en él, utilizando un piolet como timón y freno, bajar raudos deslizándonos pendiente abajo, como en un bobsleigh sin carcasa. La bajada fue rapidísima y muy divertida; claro que desconocíamos totalmente la existencia de la “Escupidera”: de saberlo, hubiéramos bajado caminando y con cuidadín. Pasado el tiempo, las siguientes veces que he podido subir al Perdido se me ponían los pelos de punta al recordar tamaña inconsciencia, propia de la ignorancia y de la juventud, ésa que o se come al mundo o el mundo se la come a ella. Tuvimos mucha suerte, lo reconozco, y pasamos con ello a formar parte de la legión de afortunados con los que “la montaña no quiso”, como bien tituló su estupendo y curioso libro “Saint-Loup” (Editorial Juventud).
    ¡Ah!, y aunque ya he hecho un breve comentario en el blog de Desnivel, insisto… Me parece maravillosa la descripción que hacen de las vistas privilegiadas que se contemplan a 360º desde la atalaya del Perdido… ¡¡Jolines, cuánto alrededor!!… Una genial síntesis descriptiva.
    De de nuestra primera al Perdido, añadir que cuando fuimos no teníamos ni la menor idea de cómo era ni dónde estaba el Perdido… Nos dijeron que había que ir “río p´arriba”, y allí que nos fuimos. Ni mapas, ni guía… En plan descubierta. Desconocíamos la existencia de las Clavijas de Soaso y de Góriz: tras la sorpresa de encontrar el refugio, en él nos dijeron (creo que fue Toni Martí), más o menos, por dónde pillábamos la “normal” del Perdido, y allá que nos fuimos, tippi-tappa, sin mayores problemas (la juventud todo lo puede), hasta la cima, en donde comprobamos que, efectivamente, “había mucho alrededor”. Como ya te comenté, subimos y bajamos desde Ordesa de un tirón, que visto con la perspectiva del tiempo pasado, es una buena actividad en kilómetros y desniveles acumulados. Nuestro equipo de alta montaña constaba en los clásicos bávaros de pana, polainas hechas con las mangas de un impermeable o con bolsas de plástico transparente, la mencionada “tela de vivac” (las lentes de glaciar eran gafas de soldador descuidadas de un taller), y los piolets, que no sabíamos cómo se usaban (eran unos trastos muy pesados y con un pico totalmente recto, hechos a mano en un taller mecánico de Donosti)… ¡Ah!…, y un cuchillo de monte… Mira tú: al cabo de cuarenta años, me entero de que también hubiéramos podido acuchillar al Perdido”.

    Comentario por albertomartinez — 14 febrero 2012 #

  10. Impresionante una vez mas. La forma de narrar, los detalles, la capacidad de seducción a través de la palabra…me encantan sus escritos sobre el Pirineo Aragonés (sus cumbres me robaron el corazón desde que era un crío y mis padres me descubrían cada verano sus rincones, pues mi padre es aragonés de la Litera…). Una gozada leerlos.

    Comentario por Víctor Riverola — 14 febrero 2012 #

  11. Beck
    liuzengyong
    Enviado el 04/03/2012 a las 18:31
    Gracias por el comentario SEOTeam. Sin duda resaetpr los estandares debe ser importante (y no solo por SEO).

    Comentario por albertomartinez — 6 marzo 2012 #

  12. Zeynozeynep
    g. r. marschall
    Enviado el 04/03/2012 a las 16:24
    Yo te tengo el dato

    Comentario por albertomartinez — 6 marzo 2012 #

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