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La Hija del Capitán

Quienes frecuentan el valle de Pineta, saben que sobre su Balcón aparecía cierta estructura metálica hasta hace tres o cuatro años. Se denominaba la Cruz de los Capitanes Grávalos y Santa Cruz. A despecho de cuanto aleguen los iconoclastas, reconozco que le guardaba especial cariño, pues toqué sus hierros por vez primera allá por 1978, durante mi embobado descubrimiento de la Norte del Perdido. Tal es así que, en la guía sobre Ordesa y Monte Perdido (Desnivel, 2007), abusé un poco de la benevolencia de su coautor, Alberto Hernández, y de la editora, Carmen Samper, e incluí cierta imagen gamberrilla en su página 41: mi padre y media familia Martínez con pintas de formar parte del ejército de Pancho Villa, posando en atuendo de domingueros-zapatilleros y bota de vino en alto, ante el referido crucero… ¡Vaya cuadro!

Hace unos meses, conocí a Conchita, la hija del capitán Grávalos. Una dama tan elegante como cordial. Fue durante una presentación de la revista del Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón en la que dejé patente mi afecto por este rincón del Sobrarbe. Tras dicho acto, la señora en cuestión se presentó y me habló del fallecimiento de su padre en 1953. No hacía mucho que Simón Elías me acababa de pasar un texto sobre el mismo y, después de escuchar la entereza con la que Conchita Grávalos sobrellevó su desgracia “como buena hija y hermana de militar”, me decidí, un tanto comido por las dudas, a ofrecerle una copia del relato de aquel terrible accidente en la Cara Norte del Monte Perdido. Algo preocupado, pues el referido trabajo, de Rodolfo García Amorrortu, contenía párrafos muy impactantes. Pero aquella “Tragedia en Monte Perdido” bien se podía clasificar entre las narraciones más vibrantes y épicas de nuestro montañismo. Como el episodio ha tenido escasa difusión, reproduciré algún retazo de corte deportivo…

Viajemos, pues, junto al entonces cabo primero de infantería y diplomado por la Escuela Militar de Montaña como profesor de esquí, escalada y alta montaña… Rodolfo García Amorrortu nos hará participar en las grandes maniobras del mes de julio de 1953 en el valle de Pineta… Hasta el fondo de su Circo llegó la noticia de que cuatro escaladores habían sufrido un grave accidente al derrumbarse parte del glaciar Norte del Monte Perdido. Se trataba de los tenientes Emilio Pradillo y Manuel Vicario, así como de los capitanes Mateo Grávalos Riera y Daniel Pérez Santa Cruz. Los dos primeros lograrían ser salvados por sus compañeros; por desgracia, los otros oficiales no iban a tener tanta suerte, tal y como refleja la apasionante crónica del rescate:

“Con voces alteradas, nos dijeron que la cordada Grávalos, Santa Cruz, Pradillo y Vicario había caído con un alud al derrumbarse la cascada de séracs, que dos de ellos habían quedado colgando a media pared de hielo y que necesitaban ayuda urgentísima. Nos quedamos perplejos y asustados; había ocurrido un terrible accidente […].

”Echamos a correr camino arriba. Cuando llegamos, una gran extensión glaciar, como de cuento fantástico, se mostraba ante nuestros ojos. Pero aquél no era momento para admirar nada: estábamos angustiados. El lugar del accidente, la Cara Norte del Monte Perdido con su gigantesco desplome, quedaba a la vista: no era tan bella como la había imaginado; su cascada de hielo era como una visera que sobresalía varios metros de la vertical. A medida que nos acercábamos, su altura crecía y crecía, y se escuchaba un impresionante crujido del coloso de hielo. Caían bloques continuamente y sus estallidos al chocar entre sí eran espeluznantes, llegando a ahogar el ruido del agua que corría en su interior […].

”Salimos a todo correr, jadeando hacia arriba, y pronto llegamos al pie de la pared de hielo. Nos encordamos, nos pusimos los crampones y me lancé en cabeza por una fisura entre la roca y el hielo. Era más bien como una gigantesca laja de hielo pegada a la pared. Escalaba con verdadera furia y ansia por llegar al gran desplome y hacer un paso horizontal hacia la izquierda, por debajo de la gran visera bajo la que estaba el capitán, no sabía si vivo o muerto. Fue un largo de cuerda difícil y muy peligroso, aunque la verdad es que no me daba cuenta de las dificultades. Trepaba con rapidez, mordiendo con los crampones: unas veces, clavándolos en el hielo y, otras, clavando con el piolet y arañando con las manos desnudas donde podía. Nos mojaba el agua del deshielo que caía por doquier bajo el siniestro, feo y enorme techo; era una lluvia helada que en un momento nos caló la escasa ropa que llevábamos: solamente una camisa de soldado y el pantalón corto. El agua se deslizaba ladinamente por las manos y los brazos, metiéndose entre la ropa y la piel, causando un frío glacial que, con el uniforme mojado, mermaba nuestras facultades. Continuamente caían bloques de todos los tamaños, rebotando por todas partes, chocando con todo y partiéndose en mil pedazos, creando un ambiente surrealista y aterrador. Pero había que subir a toda costa, pese a todos los peligros evidentes, porque allí estaba nuestro capitán, necesitando nuestra ayuda. Como música de fondo de aquel infierno, el crujido del glaciar, que parecía como si fuera a derrumbarse de un momento a otro. Era de locos, escalar en aquellas condiciones…

”Dejé atrás la laja y seguí escalando. Detrás de mí, el teniente Vicente aseguraba mi marcha veloz. De repente, oí su voz, debilitada por los potentes crujidos del glaciar, del agua que caía y del estampido de los bloques que se estrellaban: me anunciaba el final de la cuerda. Había que parar y crear un punto seguro. Puse una clavija y, en el momento en que me incliné para recoger cuerda y asegurar la subida del teniente, me llevé una terrible y siniestra sorpresa: debajo de mí, a pocos metros, asomaba un brazo que yo no había visto porque me encontraba situado más a la izquierda cuando empecé a escalar; después, las exigencias del propio terreno me habían obligado a subir en diagonal hacia la derecha, de tal manera que me quedé unos metros por encima de aquel espantoso espectáculo. Con horror, vi que se trataba del capitán Santa Cruz […].

”Como pude, pasé una cuerda alrededor de su cuerpo y lo fui dejando bajar hasta donde estaba el teniente Vicente; enseguida, descendí yo. Hasta allí llegó el comandante capellán y, bajo el fuerte sol, junto a las rocas rojizas, ignorando el ruido del glaciar, le dio los últimos auxilios espirituales. Éste fue un momento emocionante que se me quedó grabado para siempre y que aún hoy me llena los ojos de lágrimas.

”Alguien dio la orden de apartarse de la zona de posible caída de séracs, que era un largo muro de roca coronado en toda su longitud por otro muro de hielo de muchos metros de altura que metía miedo en el alma del más valiente. Todos los jefes y oficiales, y nuestra cordada, fuimos llamados y se hizo un consejo para decidir lo que procedía hacer en los siguientes momentos. No sabía muy bien qué hora era; debían de ser las dos… Había que contar con el tiempo que nos quedaba, pues era una tarea larga y difícil, y había peligro de derrumbamientos. Menos mal que lucía el sol y que el cielo estaba despejado, aunque nosotros no recibíamos sus gratificantes caricias, ya que estábamos en la tenebrosa Cara Norte. En ese momento, el objetivo principal era sacar de allí al capitán Grávalos… El derrumbamiento de la enorme gran visera era inminente: podía caer de un momento a otro y ninguno de los que estábamos allí hubiese podido librarse de ser víctima de una gigantesca catástrofe. Todo esto provocaba un estado de ánimo difícil de dominar […].

”A pesar de que estábamos casi seguros de que ya estaría muerto, se decidió pasar al ataque. De nuevo, el teniente Vicente y yo partimos encordados hacia arriba, atravesamos el muro de roca y hielo, y nos adentramos debajo del gran techo crujiente, azulado y lleno de grietas. Cerca de nosotros, venía una cordada encabezada por el teniente Castellanos, pero un sargento de la misma se cayó, dio un gran péndulo y se lesionó ferozmente, con lo cual tuvieron que retirarse […].

”Había que intentarlo todo: con nosotros vino el teniente Rizzi, de los Alpinos italianos, que quiso participar en el rescate y pidió pasar en cabeza el corto paso horizontal que nos separaba de Grávalos, pues nos dijo que era especialista en escalada en hielo […]. Mirando al abismo y a nuestra derecha, había un lomo de hielo de bastante pendiente que parecía sujetar un tanto precariamente todo el techo que teníamos encima y, a pocos metros, al otro lado, estaba el capitán según habíamos visto desde abajo. En consecuencia, le aseguramos con los piolets metidos en las grietas del suelo de hielo, debajo del gran techo, y fue pasando en horizontal, clavando las puntas delanteras de sus crampones en la pendiente helada. Nuestra idea era montar un pasamanos para traer a Grávalos hacia nosotros. Aún no habíamos terminado su montaje, cuando la gran masa de hielo acumulada sobre el largo muro de roca que estaba a nuestra izquierda se desplomó con un terrorífico estruendo. El bestial alud se precipitó sobre la zona en la que poco antes nos habíamos reunido… Fue un momento de terror… En nuestra cordada, estábamos asustados, pues si aquel monstruo vertical había caído, el que estaba encima de nosotros era extraplomado y crujía sin cesar: temíamos que nos cayera encima. Durante unos segundos, nos encogimos aterrados; el susto fue descomunal. Había que darse prisa si queríamos salir vivos de allí. Enseguida quedó montado el pasamanos por el lado del teniente Rizzi y por el nuestro, así que, comunicándonos a voces, fuimos recogiendo cuerda, asegurando cara al vacío, hasta ver aparecer balanceándose el cuerpo del capitán; no reaccionaba porque estaba muerto hacía ya varias horas […]”.

Tal era la historia, muy resumida, del accidente que originó el alzamiento de desaparecida Cruz del Balcón de Pineta. Unas líneas dignas de un Lionel Terray, ¿no? Cuando me encontré de nuevo con la hija del capitán Grávalos, me confirmó que la dureza del texto quedaba atenuada por el cariño que el veterano escalador de Santander había demostrado por su padre. Y, para mi tranquilidad, añadió que ya conocía buena parte de los detalles a través del informe oficial del accidente… Así pues, cerraré el tema con uno de los párrafos más entrañables y hermosos del trabajo de García Amorrortu:

“Han pasado muchos años y he subido muchas montañas pero, a pesar de las promesas que me hice de volver a subir el camino de Pineta, es algo que no he podido realizar, aunque sí que volví para volver a escalar la Norte del Perdido, subiendo desde Góriz. Pero el glaciar ya no era ni la sombra de lo que fue entonces; el retroceso de las nieves lo había dejado al mínimo: sólo al principio, una pendiente de quince o veinte metros de hielo puro bastante vertical, y después pendientes de nieve y rocas con alguna franjita de hielo, pero nada más. Aunque mantenía su pendiente salvaje. Sé que en el Balcón de Pineta hay una gran cruz metálica, dedicada a ellos, que llaman la Cruz de los Capitanes. Quisiera subir por el camino desde el valle, abrazarla y rezar por ellos. No sé si podré reprimir un sollozo cuando esto ocurra”.

13 Comentarios

  1. ¡No hay problema, Marta! Sí: alguna “boutade” que otra se me escapa por estas latitudes. En general, con “animus jocandi” y por animar el cotarro… Reconozco que, en lo que se refiere a la gestación literaria, sufro entre poco y nada: será porque soy un espíritu no demasiado complejo, del tipo ameba… Pero sé de colegas a quienes les cuesta casi “un parto sin epidural” el emborronar unas cuartillas… Quizás por ello, tras sus padecimientos y estertores, el resultado sea de Premio Planeta…

    Regreso a tu comentario, no sin antes disculparme por el retraso: para variar, andaba fuera estos días… Me centraré en tu sector, el de la fotografía…

    Desde luego, conozco a unos cuantos fotógrafos de la rama montaraz, y sé lo mucho que se curran cada trabajo que ponen en circulación… Es decir: madrugones increíbles, pateadas bestias a la luz de la luna, mochilas de peso espeluznante, esperas tras una roca rodeada de nieve… Como buenos “recolectores de las mejores luces”, suelen moverse en torno a las albadas y a los crepúsculos, con siestas o cambios de decorado durante las horas centrales del día… En efecto: los fotógrafos son seres extraordinarios que, casi por amor al arte, nos brindan universos oníricos… La mayoría de las fotos buenas, por lo general, no acuden a ti: hay que ir a buscarlas, bien surtido de equipo, técnica…, y un pelín de suerte.

  2. ¿Queréis ver las imágenes que podrían acompañar a esta entrada…? Pues nada más sencillo si os hacéis con la siguiente publicación:

    MARTÍNEZ EMBID, Alberto, “Tragedia en el Monte Perdido. El desprendimiento de sus séracs septentrionales en 1953”, en: Revista Ilustrada de Montañismo Peñalara, 542, 4 trimestre 2012. Pg. 199-203.

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