por

Rapiñas nazis frente al Vignemale

El paso como la marabunta de Hitler y los suyos por mitad de la historia del siglo XX, dio para páginas mucho más crueles y desgarradoras que la presente. No obstante, en el apartado de crónicas menores, bien pueden rellenarse unas líneas con los saqueos instigados por los germanos durante su invasión de Francia. Las más nimias de sus víctimas las constituirían ciertos monumentos del pirineísmo…

El mecanismo por el que los tipos con esvástica se valieron para llevar hasta su cubil los recursos galos, fue el de apretar al gobierno colaboracionista del mariscal Pétain. Los nuevos amos apenas se molestaron en maquillar su rostro, urdiendo saqueos desde el inicio de la Ocupación: en noviembre de 1940, reclamaban a los franceses unas cantidades de minerales estratégicos que, según el historiador Radtke-Delacor, deberían alcanzar la cifra de 360.000 toneladas en cinco años. Tal era la voracidad de las industrias bélicas alemanas, muy necesitadas del bronce y de otros metales. Este pillaje también se cebó en algunos monumentos; entre ellos, los de dos célebres pirineístas: el de Alphonse Meillon en Pont d’Espagne, y el de Henry Russell en Gavarnie. Ambos robos, organizados desde la Prefectura de los Hautes-Pyrénées durante el mes de febrero de 1942. Repasaremos las desventuras de esta última estatua, dado que celebramos el Año de Russell 2009.

Para empezar, resulta obligado loar aquí el valor que mostró frente a los opresores Louis Le Bondidier, director del Musée Pyrénéen de Lourdes. Junto con el patriarca de Gavarnie, Henri Vergez-Bellou, fue de los pocos que se atrevió a protestar contra esta nueva vuelta de tornillo de los boches. Así circuló el texto de Le Bondidier para despedir a la efigie del Señor del Vignemale, cuyos 357 kg de bronce estaban a punto de salir hacia Alemania:

A Russell… Para perpetuar tu memoria a las generaciones que nos releven, te habíamos alzado este monumento en Gavarnie, frente al Vignemale. El destino trágico del país en el que naciste, viviste y moriste, el mismo en el que reposas, ése que tú amaste del mismo modo que a la Irlanda católica de tus ancestros, quiere que ese bronce desaparezca antes que aquéllos que lo edificaron. La estatua alzada por el reconocimiento y el amor, va a ser robada. Después de todo, parece lógico que en una época de locura y de retorno a la barbarie como la nuestra, se roben y destruyan las imágenes de los poetas, de los soñadores, de los portaestandartes de una civilización que agoniza en medio de sangre. Vas a marcharte. Sea, pues… Añadamos esta tristeza a tantas otras que nos atormentan en la hora presente. Quienes te conocieron, te tendrán en sus pensamientos cuando pasen por tu emplazamiento vacío, y los demás, quienes en un tiempo futuro compartan tu amor por la montaña y la naturaleza, situarán tu recuerdo espiritual sobre otro pedestal, el único que queda de tu talla: el Vignemale. En el nombre de los habitantes de Gavarnie, en el de tus amigos y en el de tus admiradores, en nombre del pirineísmo: adiós, Russell.

El resto de la historia tiene un tono menos triste: si bien Louis Le Bondidier ya no estaba allí para verlo, sus amigos se movilizaron tras la Segunda Guerra Mundial para devolver la estatua a la entrada de Gavarnie. Una copia de la original fue restituida el 20 de julio de 1952 sobre el mismo lugar y con idéntico tamaño…, empresa liderada por el hermano de Henry Russell, Maurice, la viuda de Louis Le Bondidier, Margalide, junto con otros devotos del Troglodita del Vignemale. Como proclamó Monique Dollin du Fresnel: Russell reinaba de nuevo ante sus queridos Pirineos.

De forma paralela, se repuso la placa con el busto de Alphonse Meillon en la reproducción de esa señal geodésica ante la entrada al valle de Gaube, cerca del Pont d’Espagne. No lejos de allí, un tercer monumento iba a carecer de la suerte de los dos ya citados: el túmulo de los Pattison, que nos reclamará unas cuantas líneas más…

Durante largos años, figuraron como protagonistas de uno de los accidentes más truculentos de la crónica pirenaica dos jóvenes de la alta sociedad londinense en plena luna de miel. En 1832, siguiendo las modas de la estación de Saint-Sauveur, los recién casados se habían desplazado hasta el lago de Gaube, donde tomaron una barca para navegar en solitario. A partir de aquí, son todo enigmas: se cree que el varón cayó al agua helada y que pudo arrastrar a su esposa… En cualquier caso, los cuerpos de los Pattison eran rescatados de sus profundidades poco después. Circularon toda suerte de rumores sobre esta tragedia, a cual más retorcido y truculento: ¿accidente fortuito? ¿Intento de asesinato que se complica? Cierta teoría ñoña sostendría que eran tan felices en su luna de miel que, al ver que terminaba, quisieron morir en la cumbre de su dicha. Algún rumor insinuó que el británico había subido a la barca atiborrado de ron… Poco se tardó en editar un folletín que se vendía, y muy bien, en la hostelería de Gaube; un texto que el poeta Frédéric Soutras calificó de detestable, en tanto que él mismo les dedicaba odas de gusto dudoso: La hermosa pareja fue arrastrada bajo las olas; y algunos días después, un mismo ataúd trasladaba hasta la playa de Dover a esos esposos que se habían lanzado tan alegres a la vida, y que habían hallado la muerte emboscada en uno de los primeros y de los más dulces altos del viaje.

Ya se sabe cómo atrae lo macabro. Tanto, que los pescadores de truchas locales hicieron su agosto durante añadas, vendiendo a precio de oro supuestos recuerdos de los Pattison… Alguien dijo que, a la vista de los beneficios obtenidos, la levita del joven debía disponer de al menos mil botones. Así, somos los humanos. Pero retomemos la historia que nos ocupa. Los familiares de los ahogados, cuyos cuerpos regresaron a casa para ser enterrados, mandarían construir un monumento a orillas del mismo lago de Gaube, consistente en una verja que cercaba la placa cuya inscripción rezaba: A la memoria de William Henry Pattison, abogado de Lincoln’s Inn en Londres, y de Sarah Frances, su esposa, de treinta y uno y veintiséis años de edad respectivamente, casados desde hacia sólo un mes, a quienes un espantoso accidente les arrancó de sus padres y amigos, ahora inconsolables. Fueron tragados por el lago el 20 de septiembre de 1832. Sus restos, trasladados a Inglaterra, reposan en Wilham, condado de Essex.

Enseguida se cobraría por entrar dentro del enrejado de la lápida. Aun con todo, cuantos hasta allí se allegaron, escribieron sobre dicho monumento. Por ejemplo, Victor Hugo en 1843: el literato desconocía que el destino le guardaba la crueldad de que su hija Léopoldine, recién casada con Charles Vacquerie, se ahogara en el Sena junto con su marido, desesperado por no poder salvarla… En fin: vale la pena entretenerse con algún fragmento cursi sobre el suceso de Gaube. Veamos lo que redactó para la ocasión Jules Leclercq desde sus más que morbosos Promenades dans les Pyrénées (1892):

Mientras erraba por las orillas del lago, atrajo mi atención un pequeño monumento con una inscripción: por desgracia, ¡era una tumba! Dos esposos que el himeneo acababa de unir encontraron aquí la muerte lejos de su patria, de sus familias, cuando la vida se mostraba ante ellos seductora y llena de futuro. Dejaron el cielo brumoso de Inglaterra para venir a merendar a Cauterets, en mitad de los esplendores pirenaicos y de las dulzuras de la luna de miel. Un día, subieron al lago. Esta superficie inmóvil, con sus reflejos esmeraldas, les tentó. Desataron la barquichuela amarrada en la orilla y se aventuraron solos sobre esta superficie pérfida. Una vez que llegaron a cierta distancia de la ribera -dijo un testigo ocular según Achille Jubinal, antiguo diputado de los Hautes-Pyrénées-, se detuvieron y el joven caballero quiso tratar de sondear el lago pero, contando que tocaría el fondo con el extremo de su caña, se cayó de forma precipitada. El peso de su cabeza y la falta de obstáculos determinaron la caída de su cuerpo; cayó sobre las ondas y desapareció. Los que lo contemplaban apenas vieron sino unos surcos sobre esta superficie de agua. El lago se tragó a su víctima y retomó su calma de muerte. Sin embargo, la joven mujer, que desde el primer momento se quedó sin fuerzas y sin voz, con la vista fija sobre esas aguas que se cerraban, comprendió súbitamente el horror de su situación, recurriendo a todas sus facultades: se puso a correr de un lado a otro de la barca, tratando de descubrir el menor movimiento entre las ondas; gritó, lo llamó, hundió sus brazos alrededor del casco, esperando notar algo… ¡Vana esperanza! ¡El abismo esperaba a su nueva víctima! Entonces, una idea funesta pasó por su cabeza como un relámpago: se alzó para echar un último vistazo a la tierra y al cielo; después, lanzándose al lago, desapareció a su vez. Todo ello sucedió tan rápido como un pensamiento… ¡Se puede imaginar la emoción de los espectadores de este horrible drama…! A las tres horas, el cadáver de esta pobre mujer era arrojado sobre la gravilla. No se encontró el de su marido hasta veintidós días después. Por una extraña coincidencia, a la misma hora en que estos dos infortunados se ahogaban, el viejo barquero cuya ausencia les había ocasionado la muerte, pues no les hubiera dejado subir solos a su barca, expiraba en Cauterets. De pie frente a estos lugares donde había sucedido esta escena espantosa, prendido poco a poco por las emociones de tan tristes recuerdos, me pareció que la superficie inmóvil de este lago fatal no era sino la laja pulida de una inmensa tumba. Dejé la piedra fúnebre cuya presencia me helaba el corazón.

Entre las múltiples coplas que se compusieron en honor a este accidente, aún podemos servir algún que otro ejemplo ridículo; esta vez, anónimo: ¡Oh, lago, dime cómo pudiste servir de ataúd a esta pareja de amantes, cuyas piedras de su tumba vinieron, al día siguiente de la noche de bodas, a elevarse sobre tu orilla, en recuerdo de tu duelo! ¡Murieron amándose! ¡Tus ondas son su ataúd! ¡Pero a mi corazón le parece que sus almas apacibles llegan para errar aún sobre estas cimas terribles, envolviéndose con sus nieves, como en su sudario!. Ciertamente, los rollos funerarios tiran lo suyo…

Durante más de un siglo, los elegantes turistas de Cauterets se desplazaron hasta Gaube no para admirar las puntas del Vignemale, sino con objeto de escuchar cuentos abracadabrantes junto al túmulo. En 1938, Alphonse Meillon comentaba sobre ese muestrario de mal gusto: ¡Uf! ¡Pobres esposos Pattison! ¿No ha sido como si murieran dos veces, por tener que aguantar a todos estos poetas?. Al menos, tan emotivas ceremonias discurrieron hasta 1943, fecha en que ciertos veraneantes indeseables de la colonia de soldados de la Wehrmacht y de la Luftwaffe que se reponían en el balneario, decidieron arrasar dicho monumento al descubrir que recordaba a dos ingleses, sus enemigos irreductibles. La referida placa terminó en el fondo de las aguas y todo el emplazamiento destruido, para no reconstruirse jamás. Como recuerdo, quedó el fantasma del lago de Gaube… En efecto: se dice que Sarah Frances, quien parece que tuvo negros presentimientos antes del paseíllo, aún permanece en la orilla del lugar del accidente como presencia sobrenatural… ¿Algún lector ha escuchado sus susurros nocturnos por el lago, negándose por tres veces a montar en la barca?

Se podrían emborronar algunas páginas más con otras devastaciones, como la voladura del monumento de la emperatriz Eugenia sobre Larrune, pero mejor no demos ideas peregrinas… En fin: una crónica con pandas de nazis que saquean la Belle France en plan Atila, guiris recién casados que se ahogan a la vista de las puntas del Vignemale y el espectro de una Lady… ¿Se puede pedir mayor emoción? ¿Ya sabe Steven Spielberg la de argumentos interesantes para películas que rondan por estos lares?

  1. Interesantes informaciones de la pequeña historia del pirineismo, que yo personalmente desconocía del todo.

Los comentarios están cerrados.