Por las Cinco Puntas del Fire

Mi estreno en Riglos fue la leche. Se concretó en 1980, durante un cursillo en el que me tocó como profesor Ángel López Cintero. Salvador Arnaudas, asimismo alumno, me susurró al saberlo: “Tu profe escalaba con Rabadá y Navarro”. ¡Glup! No es que me impresionase su comentario; me acongojó a base de bien. Tampoco era para tanto. Ángel se portó conmigo como una madre: mientras me buscaba un arnés, fue explicando que íbamos a visitar las asequibles Cinco Puntas del Mallo Fire. Durante aquella trepada iniciática, Cintero hizo gala de sus dotes pedagógicas con una paciencia memorable. Todavía recuerdo cuanto me enseñó sobre ser ordenado con las cuerdas, montar reuniones limpias, escalar sosegado, tantear las presas precavidamente…, y meter los seguros con maña en tan particulares paredones mediante combinaciones de clavos, cintajos y cuñas de madera. Otra cuestión muy distinta fue cómo asimilé sus lecciones magistrales: ¡tendríais que haberme visto durante mi travesía del Paso de la Vía! Ay, ay, ay: lo que daría hoy por tener un primer plano de mi careto… O por un vídeo con ese temblequeo tan persistente en una de mis piernas… En fin: más que humillarme de forma pública, esta introducción pretendía justificar el cariño que conservo para la Travesía de las Cinco Puntas. Y por Ángel López, desde luego: para mí, el auténtico Señor de los Mallos.

Saltemos ya a la fase histórica de la conquista riglera. Fábulas aparte, hasta los años treinta del siglo XX, es muy probable que a nadie en su sano juicio se le ocurriese tantear siquiera estos baluartes de pudinga. En aquella época, el objetivo de primer orden seguía siendo ganar la punta más elevada de cada resalte virgen. Así, todas las miradas de los escaladores primitivos se dirigirían hacia el elegante Fire. Pero no hacia su espolón Sudeste: para empezar, con hacer cima bastaba. La carrera por este Mallo arrancaba.

De aquellos tiempos brumosos de las escaladas pioneras, no se dispone de exceso de datos. Aun con todo, tenemos la suerte de contar con un minucioso cronista como es el zaragozano Fernando Orús. Desde su trabajo sobre “Riglos, cincuenta años de escalada” de un Boletín de Montañeros de Aragón de 1979, esto referiría sobre dicho debut:

“Con posterioridad a la visita de Julio Soler, en el pueblo recuerdan la presencia de un grupo de ingleses que tras buscar en vano vías de acceso, se retiraron defraudados. En 1933, una cordada alemana fracasa después de varias intentonas y, en septiembre del mismo año, se presenta la primera cordada nacional, formada por José Oltra Mera junto con Oliván y Osuna, que lograrían en sucesivas tentativas elevarse una centena de metros en la muralla del Pisón, abandonando la empresa al pie de un extraplomo que su sencilla técnica no logró vencer. En 1934, nuevos intentos por cordadas inglesas y francesas pretenden en vano coronar estas cimas pintorescas. Durante el verano, cordadas de Montañeros de Aragón empiezan a visitar los Mallos y, seducidos por la belleza del paisaje, empiezan a practicar la escalada, cimentando lo que posteriormente sería la Escuela Aragonesa de Escalada. A esta época se remontan los intentos de Luis Gómez Laguna y Fernando Almarza, así como los de Fernando Lozano y José Serrano, todos ellos de Montañeros de Aragón”.

Curiosamente, por tierras aragonesas apenas ha circulado el primer texto de trepada riglera real, nacido de la pluma de Jean Arlaud. Durante el verano de 1934, en el curso de una tournée turística de cinco días en coche, nuestro amigo pasó por Canfranc hasta Pamplona…, para seguidamente personarse en Riglos el 9 de julio. Era un periplo relámpago, pues esa misma noche había quedado en Lérida. Sin embargo, aquellos Mallos provocaron al trío formado por Arlaud, Souriac y Rachou:

“La ruta de descenso sobre el pantano de la Peña es una de las cosas más maravillosas que se puede ver. Unas gargantas y después, bruscamente, aparición de los Mallos abrumadores. Una espléndida flecha con contrafuertes múltiples que se alzan al cielo. Indispensable llegar por el norte para recibir de golpe la sorpresa de los Mallos; por el sur, aparecen solapados.

”Hay dos grupos, separados por una depresión; el de la izquierda, que es el más alto, será nuestro objetivo. Al mediodía, abandonamos el coche en la carretera. Primera dificultad: atravesar el río con el agua hasta los muslos. La segunda: lucha contra los arbustos espinosos de la orilla opuesta. La tercera: cruzar las vías del ferrocarril. Y, de nuevo, más espinas y pedrizas. Los Mallos son realmente formidables. Se trata de unos conglomerados rojos de unos trescientos metros de altura con paredes completamente verticales por todas partes, salvo por ese istmo que los une al resto de la montaña.

”Trepamos hacia ellos. El collado. Trepada sobre el conglomerado (se sustenta muy bien) sin cuerda y por algunos bojes. Después, nos encordamos para atacar un pilar de una quincena de metros, de buena verticalidad. Una chimenea por arriba. Treinta metros más de subida. La cumbre es nuestra. Pero no: después hay una brecha profunda donde sopla un delicioso aire fresco y luego dos bellos torreones. ¡El mayor es un auténtico Capéran! ¡Al ataque! Souriac tantea la vertiente por encima de la fisura: durante un tiempo difícil de apreciar, se empeña en una lucha tan encarnizada como vana. Rachou y yo lo aseguramos valiéndonos de un grueso tronco de árbol que hay en la brecha… Seguido, ataque directo desde la brecha: verticalmente, pues el árbol molesta. Sería necesario una docena de pitones, y entonces se pasaría sin peligro, pues se clavan maravillosamente. Así pues, abandonamos.

”Regreso. Volvemos a bajar hasta la vía y realizamos intentos de atravesar el río, bien dificultosos. Tenemos que vadearlo por el mismo lugar que por la mañana, tras una larga marcha por la orilla. A las 19 h estamos en el coche. ¡Deberíamos estar en Balaguer esa misma noche!”.

Existe otro texto del doctor Arlaud fuera de sus Carnets (1966). Al año siguiente, el líder del Groupe des Jeunes concretaba una segunda visita aprovechando cierto recorrido turístico que discurriría del 2 al 15 de julio de 1935. El día 9, inserto en la etapa Huesca-Jaca, Arlaud regresaba al territorio riglero dispuesto a borrar su gatillazo del verano anterior… Ahora, será preciso recurrir al Bulletin Mensual de la Section des Pyrénées Centrales du CAF en su número de febrero de 1936, para conocer su parca explicación sobre “Une première”, que es cuanto ha trascendido de esta trepada, finalmente exitosa:

“La tercera punta de los Mallos (1.147 m): Piero Ghiglione, Jean Grelier y Jean Arlaud (9 de julio de 1935). Los Mallos de Riglos constituyen la más impresionante formación de agujas de conglomerados rojos que conocemos. Situados al otro lado de la vía férrea de Jaca a Huesca, la dominan mediante unas paredes rigurosamente verticales de más de trescientos metros. Dos grupos de agujas se alzan para formar un circo de una belleza extraña. En 1934, Pierre Souriac, Christian Rachou y Jean Arlaud trataron en vano de alcanzar alguna de las cinco puntas del grupo norte. Habiéndolo contorneado por el este y el norte, después de haber tenido éxito con la chimenea de la derecha, fracasaron en la muralla de la punta más elevada. Este año, tras haber remontado la chimenea de la izquierda, realizaron un intento vano a la misma cumbre, aunque se tomaron la revancha en la tercera punta, más fácilmente accesible desde la brecha que la separaba del punto culminante. Un terreno bastante inseguro pues la roca no admite los pitones. En resumen: una escalada bastante incómoda, nada recomendable”.

Sin embargo, nadie habló de esa cajita que se supone que dejaron allí como buzón, y que dio su nombre al primer mogote ascendido. Tras las incursiones de nuestros amigos gabachos por la hoy llamada punta Buzón, llegaría esa Guerra Civil que interrumpió, entre otros asuntos más importantes, las escaladas rigleras. Así, habrá que esperar hasta los años cuarenta para que se retome la conquista de los Mallos, que tuvo innegable acento catalán en sus arranques. Quien desee acceder al trabajo de Mallafré sobre cómo se ganó la segunda punta del Fire (la predominante) junto con Blasi y Bou en 1942, hará bien en pillarse un ejemplar del libro Del Teide al Naranjo (Desnivel, 2003)… Con este éxito se reiniciaba el conteo de puntales del Fire: punta Mateo (Ruiz y Lafuente; 1 de junio de 1946); punta No Importa (Serón, Millán y Martí; 24 de junio de 1946). Por nuestra parte, nos entretendremos en la siguiente ficha, mucho menos divulgada, sobre la conquista del último vértice o Montolar. La firmaba en el otoño de 1946 el aragonés Ángel Serón, matizando cómo abordó la “Ascensión a las puntas Montolar (primera vez) y Catalanes [futura punta Mallafré] de Riglos” en cordada con Millán, Martí y Fau:

El Mallo Fire tiene varias puntas, siendo cuatro las principales y, de acuerdo con Peire, del CADE del CEC, las denominamos como expresa el gráfico. La punta Número Cinco (Buzón) es hasta donde llegaron los primeros escaladores que lo intentaron (Arlaud, Grelier y Ghiglione). La numeración corresponde al orden de altura. La Número Tres (No Importa) y la Número Cuatro (Montolar) son ganadas por las Centurias de Montañeros de Zaragoza. La última ganada hoy, 14 de octubre de 1946.

Empezamos a la una de la tarde (salida del pueblo), empezando la ascensión por la chimenea que la une a la punta los Catalanes, siendo dificultosa por la vegetación que hay. Una vez terminada la chimenea, empieza una escalada de unos veinte metros, al principio de presas seguras, siendo en la cumbre las piedras bastante sueltas, detalle característico de estos Mallos, llegando a la cima a las tres y media aproximadamente. Bajamos por la repisa donde termina la chimenea y continuamos por la vía Mallafré a la punta de los Catalanes. Sobre las seis de la tarde llegamos a la cima. La ascensión fue problemática debido al viento huracanado que soplaba. Bajamos a la plataforma donde arrancan las puntas Catalanes, Mateo y Buzón, y siendo casi de noche, con mucho frío y la poca visibilidad, lo que hace que a las siete y media de la tarde ya no se vea apenas en este tiempo, siendo por lo tanto dificultoso el descenso”.

¡Caramba! Todos estos papelotes arrugados y añejos dispersan un aroma del que carecen los textos contemporáneos… No son ni mejores ni peores: únicamente, distintos.

Buitres rigleros y demás bichos

¿Quién fue el primero en encaramarse sobre los Mallos de Riglos? La literatura tiene una respuesta rápida: nuestro super-héroe regional, Pedro Saputo de Almudévar. Al menos, es lo que contaba en 1844 Braulio Foz, adelantándose a otros cronistas del gremio como Henri Beraldi o Robert Ollivier. Desde su novela, el escritor aragonés informaba de que Saputo viajó hasta Riglos “porque quiso ver los Mallos, aquellas peñas que parecen martillos en fila, con el mango metido en la montaña, y fue, y los vio, y subió a ellos, y con un cuchillo escribió su nombre en la frente del que más erguida y suelta tiene la cabeza”. ¿Acaso insinuaba Foz una tempranísima primera al Fire? Pues nada: si alguien halla el referido graffiti saputiano, ya sea en la Panza de la Francesa, ya en el Paso de la Vía, que lo respete, dado que constituye un vestigio del máximo interés arqueológico.

El mundillo vertical también le debe mucho a los buitres rigleros. Seguro que más de uno hará su propia composición y supondrá que aludo a quienes acuden hasta los Mallos para chupar más cuerda de la debida, para guindarle algún friend al prójimo o, mejor aún, para levantarle al colega confiado esa novieta desatendida que deambula, solita y bostezante, por la era del pueblo… O al noviete no-escalador, ¡qué caramba!, que de todo hay en la viña del Señor. Negativo: sobre cualquier otra consideración, parece oportuno rendir aquí homenaje al Gyps fulvus, ese bicho alado que tanto ha hecho por la difusión de los placeres de la trepada en este rincón de la provincia de Huesca.

Efectivamente: en un par de ocasiones, el buitre común activó el cotarro de la verticualidad sobre estos acantilados rojizos. La primera de dichas historias muestra innegable sabor barcelonés, puesto que es Juli Soler i Santaló su protagonista… En el mes de agosto de 1908, este pionero tomaba el tren de la Compañía del Norte y se acercaba hasta el apeadero del pueblo de Riglos con el fin de recopilar información para cierto artículo sobre “Los Mallos de Riglos, Sotspirineus d’Osca”; un trabajo que terminaría confeccionando para el Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya y que fue publicado en diciembre de 1911. La primera monografía de entidad sobre estas moles no iba a ser made in Aragón. Un detalle que supongo no incomoda hoy a nadie, pues Soler i Santaló, a quien apodaban el Aragonés en su tierra, realizó su cometido de forma tan sobresaliente que todo el mundo ha de felicitarse. Como muestra, sus primeras impresiones sobre los Mallos, obtenidas desde la lejanía:

A primera vista, hacen el efecto de estar algo desproporcionados de líneas: parece el dibujo hecho por un niño que carece de nociones de perspectiva; es una vertiente montañosa cercada por la base verde de unos olivares, entre los cuales destacan los toques blancos de las casas, como de Belén, del pueblo de Riglos. Y se puede decir lo de Belén en el sentido de rebajar sus proporciones, pues allí, y en aquel lugar, se podría colocar esos rascacielos de cuarenta pisos que alzan los yanquis, que seguramente quedarían limitados a no hacer un papel muy lucido ante estos colosos alargados de conglomerado, que se levantan en último término”.

En el interior de este monográfico, por fin se abordaba el escenario riglero con ojos deportivos. Soler i Santaló habló con rigor de geografía, mitos o arte sacro, centrados en un entorno descrito como “erizamiento de mogotes que forman verdaderas agujas y torres, llamados los Mallos de Riglos, de gran renombre en toda la provincia”. El artículo ofrecía un buen puñado de fotos, acompañadas por topónimos más o menos célebres como Galochos, Pisón, Firé… Su buen ojo montañero no tardó en suponerlos objetivos únicamente “inaccesibles por su cara sur, o sobre el pueblo”. Además, nuestro barcelonés se molestaría en indagar para conocer quiénes fueron los primeros en tentar su escalada: al parecer, unos mozos de Riglos, en su afán por hacerse con los huevos de buitres, treparon a cierto Mallo “a la derecha del Pisón” (¿por la Pared de los Buitres?). Su investigación iba a desvelar otra precoz aventura riglera, no del todo difundida:

El más audaz, llegó a bajar con la ayuda de cuerdas a un lugar inaccesible a la pisada humana, pendiendo sobre el abismo; mas, al volver hacia atrás, perdió la serenidad y con ella la manera mediante la cual volver tras sus pasos, y se vio en dificultades para subir. Pidió socorro y sus compañeros, imposibilitados de procurárselo, corrieron al pueblo, donde se movilizó todo el personal disponible; y con cuerdas, después de largas tentativas, fue salvado el atrevido e izado”.

Los motivos alimenticios bien pudieron originar, en la mente de los nativos, la idea de escalar alguna de estas peñas… ¿Una tortilla con huevos buitreros fue el detonante de las proezas trepadoras? ¿O de nuevo estamos ante ese particularísimo carácter aragonés que, con tanta frecuencia, gusta de chotearse de los foráneos? Así y todo, de cuantas líneas redactara nuestro Russell Catalán, las más famosas fueron las de despedida de la Galliguera con el crepúsculo en su apogeo, derrochando juegos de luz:

Es realmente fantástico contemplar, al final de la tarde, aquellos colosos, cuando el sol poniente les envía sus últimas llamaradas; pues, sobre la misteriosa penumbra en la que quedan envueltos el caserío y los olivares, se destacan los Mallos con sus grandes masas, que toman resplandores en tonos rojizos imposibles de describir: parecen inmensas piras ardiendo en honor de los dioses de la montaña”.

Los buitres rigleros (recuérdese: sigo hablando del Gyps fulvus y no del Mangui hispanicus) saltarían a la palestra, al menos, en otra ocasión memorable… Porque, en el terreno de la difusión de este magnífico coliseo de pudinga roja por tierras francesas, hay mucho que agradecerle al trabajo sobre las “Parois de vértige” que firmara Louis Audoubert para La montagne & alpinisme (1974). Impacta el descubrimiento visual del galo, llevado a cabo en 1957 desde la orilla de la carretera: “Creía vivir un encantamiento […]. Los Mallos al atardecer y las Aiguilles de Chamonix a la misma hora son dos espectáculos fascinantes que compensaban los viajes largos”. Tomado ya por el virus riglero, Audoubert acudiría a escalarlos por mediación de su amigo Louis Malavergne, un estudioso de los buitres que necesitaba escolta de escaladores para sus trabajos de campo. ¡La Zoología y el deporte vertical, hermanados en un objetivo común!

Tras este ejercicio en favor de las Ciencias Naturales, Audoubert planeó una tercera visita. Mas sus arranques serían complicados, pues no hallaba compañero para trepar por los Mallos porque semejante actividad se consideraba poco menos que “acudir a un suicidio o a citarse con la muerte”. No extraña que, ante semejante coyuntura, este candidato a escalar sus vías más reputadas les destinara epítetos resonantes: “Anticipos de montañas de otros mundos, estas paredes resplandecientes alzadas como gigantescas llamas extraterrestres están, sin embargo, bien pegadas a la tierra roja de Aragón, de sangre y fuego […]; ciento veinte vías en estos espacios incendiados que harían estremecerse a los cinco hermanos Cadier”. Dispuesto a hacer proselitismo por los Países Gabachos, Louis Audoubert obsequiaría a sus lectores con un mini-catálogo donde no se les escapó cierta “vía del Coño al Pisón” (¿?)…, dado que la famosa guía instigada por Ursi Abajo y finalmente realizada por Rafael Montaner y Fernando Orús, estaba todavía en preparación. Nuestro galo no se privó de proveer de consejos sobre la peculiar roca riglera en 1974:

Si en ocasiones surge la cuestión de las diferencias entre Pirineos y Alpes, creo que en este terreno los Mallos son únicos. Es preciso sentirse espiritualmente preparado para arriesgarse en estos cantos redondos o poco angulosos. Algunos son minúsculos; otros son grandes bloques encajados que forman extraplomos con mayor o menor eminencia. Estos apoyos van desde el de tipo fisurita hasta ése donde entran los dos pies. Las presas en relieve son, pues, numerosas, pero si estos cantos faltan o llegan a ceder, dejan, según su tamaño, agujeros como cubetas, una especie de cavidades que se pueden atacar empotrando tacos de madera con el fin de meter allí una pitonisa, que es un tipo de mini-pitón. Aunque ciertas vías discurran dentro de chimeneas, las panzas y agujeros no faltarán. Estas chimeneas que dominan las casas de Riglos os reservan impresiones de Papá Noel…”.

En cuanto a nuestros amigos los buitres, instigadores indirectos de sus visitas, no dejaron de inspirarle algún párrafo más: “Cada vez que me decido a tomar la carretera que lleva a los Mallos, tengo la impresión de estar haciendo como Cristóbal Colón, marchando a descubrir una tierra nueva de montañas, para vivir de nuevo una aventura verdaderamente cautivadora. Los magníficos buitres planean por encima de los Mallos. Las manchas de desechos blancos señalan la presencia de unos nidos que, así lo espero, serán habitados largos años, tanto como duren esos Mallos de apariencia descompuesta”.

Se puede finalizar este censo faunístico y pintoresco sobre los Mallos de Riglos de la mano del escritor cubano Manuel Derqui. Entre sus Cuentos (1978), se encuentra cierto texto curioso que tituló apropiadamente como “De rerum malleorum”: un viaje de dos escaladores hasta unos casi irreconocibles Mallos de Riglos que no dejará de sorprender a los naturalistas asiduos al Prepirineo (Eduardo Viñuales: ¡toma nota de estos párrafos!). Tal fue el recuento de nuevas especies que, desde dicho trabajo, Derqui brindaba:

Por desgracia, el tío Martiniano, que de tal manera era conocido el indígena propietario de las bestias, se negó a pasar del collado que, al parecer, era el último límite de seguridad para los hombres y demás criaturas del Señor. Pero además, tampoco quiso desprenderse de una sola de sus acémilas, asegurando que las quería más que a la niña de sus ojos y que en modo alguno –pues le llegaron a ofrecer varias veces su valor en metálico– dejaría que una de ellas pereciera a uñas, garras o colmillos de las diabólicas alimañas que pululaban más allá. Por último, con acento temeroso y hondamente afligido, intentó disuadirlos con semejantes palabras:

“–¡Ay, caballeros y señores míos! No es bueno que un cristiano arriesgue su vida de modo tan temerario, pues que se trata de un bien que le ha sido dado y del que ha de responder ante Alto Tribunal. Pero es que, además, en tan descabellada aventura arriesgan sus señorías las almas y con ellas toda esperanza de redención y vida eternal. Porque si son perversas y mortíferas las fieras salvajes que rondan por estos pagos y crudelísimos y nocivos para la salud, los vientos, nieves y otros fenómenos meteóricos con los que han de tropezar, mil millones de veces peores son, por demoníacas y lascivas e insaciablemente ávidas, las presencias espectrales, lamias, vampiros y otros abortos del Averno que frecuentan las noches de estas sierras”.

Zoólogos contumaces, viajeros curiosos y escaladores impenitentes de los Mallos de Riglos: queden todos advertidos sobre las particularidades de la fauna autóctona. Un conteo a completar con ese Yeti que, según el dibujante Mano Negra, habitaba en las Canales del Pisón, justo al final de la Carnavalada, y que apareció en una especie de juego de la oca de uno de los primeros números de la revista Desnivel

Cuando en los Mallos no se escalaba

Aunque algunos rigleros habituales no se lo puedan creer, existió un tiempo durante el cual no se trepaba en el Reino de los Mallos. De hecho, cuando sus mogotes descomunales comenzaron a llamar la atención de los primeros curiosos, nadie consideró la menor posibilidad de encaramarse sobre sus calvas. El descubrimiento turístico de Riglos se concretaría a partir del desfile de viajeros frente a estos tochos exóticos de conglomerado; las más de las veces, sin siquiera acercarse hasta sus basamentos para apreciar unas dimensiones sencillamente fabulosas. ¿Alguien sabe si el dibujante Gustave Doré fue visto tomando apuntes por este rincón de la Galliguera…? Así, a falta de que lo hicieran los brazos y los pies, las plumas se pusieron pronto a trabajar, brindando noticia sobre lo que se juzgó como una excentricidad imposible hecha pudinga, un desconcertante capricho de la naturaleza…

La aparición del pueblecito de Riglos por la cartografía aragonesa se produjo en 1611, a partir del mapa del portugués Juan Bautista Labaña: en el recodo donde se levantaban los Mallos, se podía distinguir una montañita oronda que no se sabía si era ornamental o plenamente descriptiva. Enseguida le sucederían las reseñas de corte piadoso… Hacia 1739, Roque Alberto Faci informaba: “Es tradición del pueblo que en tiempos antiguos estuvo colocada la imagen en un nicho o capillita formada en uno de los peñascos, llamados Mallos, y por eso le dijeron del Mallo”. Antaño, nuestra vistosa ciudadela de piedra no era ninguna desconocida para los altoaragoneses; en especial, para los aficionados a la milagrería. Ya se sabe: gracias a la intervención de la susodicha Virgen, los pedruscos caían desde lo alto de los Mallos sin herir a nadie. Bueno; en todo caso, a algún hereje descarriado…

Los Mallos obtuvieron resultados muy diferentes a partir los primitivos relatos de viaje. Llama la atención que, desde los textos de Louis Viardot (1834) o de Gustave d’Alaux (1838), ni los citaran tras sus respectivos recorridos a lo largo del eje del Gállego. ¿Tan densas fueron las brumas en aquellas jornadas? ¿O es que les tocó la hora de la siesta en la diligencia…? Por suerte, Charles Dembowski debió de tener un día despejado durante su periplo de 1838: “Un buen artista encontraría, en la cumbre de la sierra de Peguera, la posibilidad de pintar panoramas magníficos mirando, ya sea la imponente cordillera pirenaica, ya sean las peñas gigantes de Riglos que aparecen, como una terrible fortaleza de gigantes, en el fondo de uno de los más fantásticos panoramas”. ¿La primera descripción?

El turismo se desperezaba sobre las sierras prepirenaicas. Para apoyarlo, José Quadrado se animó a promocionar sobre 1844 ciertos decorados entre Jaca y Loarre: “Más adelante, descuellan sobre vasto paisaje los famosos Mallos de Riglos, rojizos conos de arena y piedra que remedan mazos o martillos para el vulgo, gigantes para el poeta y monumentos célticos para el arqueólogo; y aún irá refiriéndoos el guía que al llover piedras sobre el pueblo que les da nombre, la Virgen del Mallo, un tiempo colocada dentro de un nicho de aquellos pedruscos, para los golpes y preserva a sus devotos habitantes”. No iba a ser el único cronista nacional del siglo XIX… El joven Santiago Ramón y Cajal recorrió esta misma ruta sobre 1860, cuando era sólo Santiagué, el hijo del médico de Ayerbe en traslado hasta Jaca para cursar el bachiller: “Entre otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi retina los gigantes Mallos de Riglos, semejantes a columnatas de un palacio de titanes”.

¿Y los pirineístas? ¿Acaso nunca tomaron la ruta que conectaba el Somport con la capital oscense…? Quizás la reseña más madrugadora que un montañero realizara sobre Riglos, haya que agradecérsela a Alphonse Lequeutre. En 1871, cuando regresaba en carruaje a su patria, se percató de la aparición de nuestros Mallos “por la derecha de la carretera, poco antes de la Venta de la Peña: una gran peña calcárea de color rojo, bellísima, que se alza unos cien metros por encima del pueblo”. Es de suponer que un aceptable trepador como el parisino, diese por inaccesibles aquellas moles tan colosales como apepinadas. Al menos, desde la prudente distancia…

Tan rácana noticia sobre una de las principales bellezas de los Pirineos, tendrá su contrapunto en el ingeniero oscense Lucas Mallada. Enamorado del relieve de su tierra, no desaprovecharía la oportunidad de concretarles una descripción física en 1878: “Al otro lado se halla la sierra de Riglos, con crestas y cornisas de contornos muy ondulados, y al pie de ellas se elevan verticales los famosos Mallos de Riglos, a modo de gigantescos murallones, desgarrados en varios sitios con enormes torres, obeliscos y mojones. Ocupan la sierra de que forman parte la anchura comprendida entre Riglos y la Peña, o sea, entre el valle de Triste y Sarsa, alzándose más altos que otros varios, tres montes iguales, destacados de aquella: enfrente de Santa Engracia, la cordillera hace una entrada en que sobresalen los tres cerros de Santa Marina, unidos con los Mallos por colladas, alrededor de la depresión llamada Peguera”. Así se entiende que a Mallada le hayan colgado el mote, desde el país vecino, de le Ramond Aragonais.

Lequeutre y Mallada señalaban el punto de inflexión en la crónica riglera: a partir de entonces, desplazarse para admirar los Mallos sería el deber de cualquier pirineísta que se preciara. Aymar d’Arlot de Saint-Saud se personó en 1881 ante estos baluartes de conglomerado. Sin moverse de su asiento en la diligencia, dio un rápido vistazo “al pie de las murallas rojas de los Maillos de Riglos, que parecen a lo lejos una catedral en ruinas”. Saint-Saud regresaría hasta el Gállego Medio durante su siguiente campaña exploratoria. Las sierras de Riglos saltaron a la palestra de un modo más digno: desde su trabajo para el Annuaire du Club Alpin Français de 1882, donde por fin se representaban Los Mallos en un plano a escala 1:250.000, dibujado por Ferdinand Prudent. Además, se iban a aportar interesantes añadidos toponímicos: “Quedamos largo tiempo a la vista de los Mallos de Riglos, más conocidos pero no más bellos que los de Agüero; cada una de estas peñas fantásticas lleva el nombre de una hora, a la que el sol alcanza regularmente”. Su añadido toponímico se puede completar aclarando que el Fire era, por entonces, “el Mallo de las Diez”, pues sobre dicha hora su sombra alcanzaba cierto punto del terreno…

El gran pionero de las sierras españolas no podía olvidarse de este rincón espectacular de su orografía… Sin embargo, es bastante improbable que Lucien Briet conociera en persona las formaciones rigleras: se cree que no pasó del Salto de Roldán en su tanda de excursiones desde la capital oscense. Nuestro parisino se limitaría a citarlos vagamente desde un texto fechado en 1907: “El término español mallo equivale a la palabra mail utilizada por los montañeses del valle de Barèges para referirse a los grandes bloques de piedra aislados […]. El Gállego emana de una abertura dominada por un lado por los Mallos de Agüero y por otro, por los Mallos de Riglos”. Una actitud de cierto desaire, pareja a la de Franz Schrader, quien por aquellas mismas fechas comentaba con frialdad: “El paso del Gállego entre las dos hileras está marcado por los bellos roquedos, o Mallos de Agüero y de Riglos”. Parece lógico que su compatriota Patrice de Bellefon, no dejara de sorprenderse, ya en tiempos recientes, porque “los franceses, en su descubrimiento del Alto Aragón en el siglo XIX, no fuesen seducidos por la audacia de estas extrañas montañas”.

Poco a poco, los excursionistas aragoneses comenzaron a interesarse por la Galliguera: no en vano, sus moles mágicas quedaban bien a la vista desde los vagones del ferrocarril… ¡Y la primera locomotora de la línea del Canfranero había llegado a Jaca el 8 de febrero de 1893! Al menos desde 1913, Luciano Labastida incitaría a sus compatriotas a recorrer con calma estas regiones mediante un periplo circular en combinación de tren y caballerías: “Desde Ayerbe se divisan ya, imponentes, unos peñascos muy altos, muy corpulentos, de tonalidades férreas, que la sabia naturaleza argamasó con piedras y arena, y que por su semejanza con los antiguos mazos o martillos llámanse los Mallos de Riglos. Una obra perfecta de hormigón armado construida por la mano invisible de Dios, algunos siglos antes de que el hombre conociera el cemento y el hierro y los fenómenos de la atracción molecular. Admiremos estos gigantescos mallos, y después de pasar así como colgados sobre el profundo cauce del río Gállego, descendamos en la estación de Triste […]. Vamos a ver grandes cosas. Repuestos de la fatiga, tomemos nuestros mulos de ancho torso y marcha reposada, con monturas a la usanza del país, y guiados por mozos garridos de corto calzón, amplio ceñidor, camisa de lino y vistoso pañuelo a la cabeza, y atravesemos el Gállego yendo a pasar por delante del pueblecito de Riglos. Si el tiempo está lluvioso, veréis una cascada notable; si está sereno no habrá tal cascada. De esa clase se exhiben algunas por el mundo y producen mucho dinero”. Era el inicio, en su versión más comodona, del Tour de Riglos

Con el naciente siglo XX, irían arribando con cuentagotas los admiradores de los Mallos. Inicialmente, siguieron conformándose con sus perspectivas desde lejos o desde el zócalo de sus panzas extraplomadas. ¡Con tanto pagano suelto, no debían de estar seguros de la protección divina frente a las pedregadas! Semejante mentalidad no iba a tardar nada en cambiar. Algunos montañeros en tránsito bajo la vía del tren, como el madrileño Díaz Luque en 1926, ya comenzaban a espiar con sana codicia “los Mallos de Riglos, paredes y columnas inmensas de una Babel no concluida”. Nuestras formaciones eran interpretadas de mil formas. Como muestra, sirvan las memorias del nativo Mariano Constante, fechadas en 1936: “Sólo cuando me hallaba sobre las crestas de la sierra que domina el pueblo, me sentía sosegado y cambiaba de carácter. Penetraba en mí la poesía del paisaje, y la belleza de la montaña me transportaba a otro mundo. Abajo veía el pueblo, con sus casitas blanqueadas, como un juguete de niños. Parecía haber sido colocado allí por una mano invisible para embellecer aún más aquel paisaje de los Mallos, monolitos de piedra rojiza salidos de la tierra como enormes espárragos, que dominan toda la comarca y parecen centinelas guardando el pintoresco lugar”.

Con los años treinta, la fruta se hallaba casi madura: la edad de la escalada se aprestaba a comparecer por Riglos. Hasta el pueblecito oscense irían llegando esos seres inquietos que, cargados con cuerdas de cáñamo, alpargatas ligeras y clavos de hierro descomunales, soñaban con tentar sus murallones rojizos…

Aquel Aneto gamberro de 1975…

Completando la entrada anterior, daremos un salto en el tiempo para atisbar cómo ascendían algunos individuos al Monarca del Pirineo en los años setenta del siglo XX. Era éste un mundo sin centros de tecnificación, ni gote-tex, ni barritas energéticas… ¡No existía ni desnivel.com! La sucesión de burradas de las que seremos testigo hasta ganar la cota 3.404 metros, hoy maravilla. ¿Acaso los domingueros que se encaramaban al Techo de Aragón disponían de ángeles custodios especiales? Pasaré, pues, a reproducir cierto texto añejo que redacté a partir de mis notas de aquel espeso 14 de julio de 1975…

Benasque era entonces una villa diferente a la estación de verano e invierno que hoy en día es. Había más pizarras rotas en los tejados y agujeros en su pavimento; sus oscuras callejuelas casi daban miedo. Pero la Suiza del Pirineo parecía mucho más entrañable y tranquila… La carretera asfaltada se quedaba en el Plan de Senarta y, para acceder a los Baños de Benasque, se utilizaba la encantadora pista que seguía la margen izquierda del Ésera. Nuestro campamento se hallaba bajo el referido balneario, en medio de una soledad que impresionaba. Apenas se acercaban por allí sino algunos pintorescos montañeros (bávaros, camisas de colorines y botas Galibier) rumbo hacia las zonas altas, y militares armados con descomunales piolets de madera. Por la noche, aquellas latitudes pertenecían a los jabalíes, que hocicaban buscando restos de comida…

Todos los críos estábamos locos por subir al Aneto. Los curas que regían la acampada, la mayoría mocetones de origen vasco, también. Nadie tenía la menor idea sobre cómo subir hasta el remate de la cordillera. Una visita al Bazar Pirineos y la adquisición de un mapa de Alpina pareció poner fin a las dudas… En el pueblo, también nos ofrecieron la posibilidad de contratar a un guía local, pero se ve que la cuantía de sus servicios (¿quinientas pesetas por barba?) no resultaba asequible a nuestros mentores. Una consulta a nuestra amiga Cuca Valero, en los Baños de Benasque, nos confirmó que los dos días de buen tiempo que precisábamos para sacar adelante la aventura, estaban servidos…

Nuestra expedición al Aneto inició su andadura: dos curas y una treintena de mocosos, seleccionados por las calcetinadas previas. Salimos del Plan de los Baños a una hora poco apropiada: a las cuatro de la tarde, cuando las lagartijas se desmayaban bajo el sol de justicia. Y con la digestión a medio completar pues, ante las incertidumbres de nuestra empresa, los religiosos nos habían atiborrado de alubias en la comida. Formábamos un grupo peculiar, cuyas edades oscilaban entre los doce del más joven y la treintena de nuestros profes. Todos calzábamos botas Chirucas e íbamos provistos de unos bastones de boj, cortados y tallados con gran ilusión la víspera: la ecología, entonces, brillaba por su ausencia… Amén de unos gorros de lana bien calados en plena canícula, camisas de cuadros para creernos auténticos montañeros, pantalones vaqueros acampanados…, ¡y alguna bufanda escondida! La guinda la ponían unas descomunales mochilas de lona que nos daban el aspecto de caracoles humanos: teníamos que cargar en ellas nuestros sacos de dormir, ropa de abrigo y comida, que se reducía a hogazas de pan, botes de mayonesa, huevos duros y dulce de membrillo en lata.

Como la carretera del futuro túnel no existía, ascendimos por el camino viejo de la orilla izquierda del Ésera hasta el ruinoso Hospital de Benasque. Dicho paraje poseía el encanto de los lugares bucólicos. Allí nos detuvimos para merendar…, y para efectuar el primer recuento de ampollas. ¿De quién era la idea de que comprásemos las botas dos números mayores que nuestra talla? ¿De algún fabricante de calcetines de lana? Como, por aquel tiempo, no estaba bien visto beber en la marcha, durante dicha parada nos arrojamos sobre las siempre goteantes cantimploras, llenas con agua y polvos de Olé de naranja, para tratar de hidratarnos. Del resto, poco que contar: medio muertos, arribamos a la Renclusa al atardecer. La mitad de los candidatos al Aneto ya consideraba la posibilidad desistir.

De las noches de vigilia en la Renclusa, ¿qué contar? Al presentarnos en temporada alta, instalaron a nuestro grupo en la cabaña de invierno. Nadie logró pegar un ojo ni cinco minutos, agobiados como nos hallábamos en las dos tarimas de madera: tumbados de canto sobre ellas, permanecimos emparedados entre nuestros vecinos sin poder hacer el menor movimiento… ¡Parecía una fosa común! Todos sentimos alivio cuando comenzamos a oír los ruidos, por el exterior, de los primeros grupos disponiéndose a afrontar las rampas de los Portillones. Un nuevo surtido de escenas patéticas como para ahuyentarnos del mundo de las cimas de por vida: frío, retortijones, destemple… ¡Vaya cuerpo para comenzar una marcha a oscuras! Por no hablar de los primeros ataques de gastroenteritis, llegados para diezmar las filas de nuestra gallarda expedición. Además, la mitad de las linternas de petaca que llevábamos, se habían descargado.

Todavía era noche cerrada y nadie tenía una idea clara de por dónde arrancaba el camino. Muy cucos, optamos por esperar con disimulo a que algún grupo saliera…, confiando en que se dirigiese hacia el Aneto. Tuvimos suerte, puesto que elegimos uno que llevaba al frente a un guía de Benasque, que condujo a los suyos sin vacilaciones hacia el Portillón Superior…, con nosotros a prudente distancia. Al llegar a la mella en la roca ya amanecía, descubriéndonos el glaciar y pico de Aneto con la aurora. El guía, que no tenía un pelo de tonto (¿acaso era el mismo que rechazamos en Benasque?), nos dedicaba miradas asesinas, que se dulcificaron en cuanto nuestros curas le ofrecieron chistorra y unos tragos de una botella misteriosa que decían contenía superaftersun… En cualquier caso, ya no precisábamos de los involuntarios servicios del benasqués, puesto que la ruta parecía evidente. ¡El Aneto era nuestro!

La horda se desparramó por un glaciar que, por entonces, lucía grandes grietas y ocasionaba víctimas. No tomamos ningún tipo de precauciones y, con insensata inconsciencia, seguimos la senda en la nieve sin atender a esas marcas oscuras y perpendiculares que de cuando en cuando atravesábamos… La única prevención fue la de colocarnos unas bolsas de plástico entre los calcetines de lana y las Chirucas con objeto de impermeabilizar nuestros pies…, ¡merced a las cuales conseguimos recocerlos y fomentar las ampollas más exóticas! No obstante, como nuestros ángeles de la guarda hacían horas extras, llegamos con bien ante el collado de Coronas. Bueno; eso es un decir, porque la feroz gastroenteritis campaba entre nosotros, pobres prisioneros de las envolturas mortales… Armados con nuestros patéticos palos de boj, comenzamos a ascender las rampas postreras, insertándolos en los agujeros que otros habían hecho con sus piolets. La nieve estaba dura en aquellas pendientes. Unos montañeros catalanes que descendían con crampones (como debe ser), pusieron cara de horror a la vista de nuestra tropa, tan feliz como irresponsable: ¿qué era aquello, un ataque suicida? Nos recomendaron que no siguiésemos, pero la idiosincrasia nuestro grupo, mezcolanza de vascones y maños, no era la más apropiada para atender buenos consejos…, ¡con ese Aneto tan cerca ya!

De milagro, aparecimos de una pieza ante el Puente de Mahoma. ¡Qué aspecto tan vertiginoso! Aquello era otro cantar… A todos nos impresionó hasta el punto de hacernos pensar en no rematar la ascensión. Considerábamos una prudente retirada cuando uno de nuestros profesores tuvo una idea brillante: un trago de superaftersun para cada uno, y todos sin excepción cruzamos la crestecilla dando botes de peña en peña, exaltados como monos escapados de su jaula. No lo sabíamos entonces, pero ese líquido milagroso que daba fuerzas y valor, ¡era coñac! Casi arrollamos a una cordada gala que trataba de cruzar el Puente, asegurándose desde la cima. Clases gratuitas de maldiciones y juramentos en la lengua de Molière. ¡Pero qué gabachos son los pobres!, nos hizo pensar nuestra estupidez.

”¿Ya he dicho que nuestros ángeles custodios tuvieron un día agitado? El caso es que la veintena de supervivientes llegamos todos incólumes al Techo del Pirineo. Sólo hubo que lamentar la rotura de un bote gigante de mayonesa dentro de una mochila, en cuyo interior pudo vaciarse a placer… Bajo los efectos del Carlos III ingerido y plantados junto a la Pilarica, comenzamos a cantar de forma desaforada toda suerte de jotas, españoladas y hasta el himno nacional, por eso de la afirmación patriótica. Tras consultar el mapa de Alpina, uno de los chicos mayores nos indicó que teníamos que miccionar en “la parte catalufa del Aneto”…, acto fisiológico que realizamos entre gran jolgorio, ignorantes de que nuestra montaña quedaba lejos de la región a la que pretendíamos mancillar. ¡Ah, ese viejo e infantil anticatalanismo aragonés! Finalmente, los monstruitos nos retratamos, ahora serios y con cara de circunstancias, ante la Virgen del Pilar, rechazando hacerlo junto a la cruz como algún infeliz propuso, realizando así un nuevo acto de militancia aragonesista. Ni que decir tiene, semejante invasión de gamberros autóctonos logró que el antes pacífico vértice del Aneto, quedase vacío como por ensalmo… Nada extraño.

Nuestra aventura terminó sin desgracia alguna, aquella misma noche y en el Plan de los Baños. No tuvimos que deplorar otro percance que las quemaduras del sol en la cara (estábamos convencidos de que la crema protectora nos afeminaría sin remisión) y las mil ampollas en los pies que nos bajamos como recuerdo de tan maratoniana jornada. En cuanto a la galopante gastroenteritis colectiva, tardó varios días en desaparecer… Todo lo cual, dado el cúmulo de actos de imprudencia protagonizados, era un precio no muy alto por nuestra conquista. Si la revista Desnivel ya hubiese iniciado su andadura por aquel entonces, Mendieta nos hubiera dedicado su reportaje central. ¡Seguro!”.

Y ahora, un texto para cerrar con dignidad estas boutades en torno al Aneto. Aunque en su día no me enteré de su existencia, al poco de nuestra gesta aparecía por el Boletín de Montañeros de Aragón cierto artículo firmado por “Carlos” que hubiésemos debido leer antes de encaramarnos sobre el Rey Pirenaico en plan viva-la-madre-que-nos-parió:

Este verano ha sido pródigo en accidentes con fatales consecuencias. Me atrevería a decir que la mayoría se han debido a imprudencias fruto del desconocimiento. El pasado agosto, visité varias veces el Aneto y tuve ocasión de presenciar imprudencias que podían tener graves consecuencias. Llegamos a la cima tarde. El glaciar se encontraba mal: cantidad de grietas; el hielo hacía acto de presencia en muchos tramos. Comenzamos el descenso los últimos. Delante, tres jóvenes descendían despreocupadamente. Nosotros, por prudencia, bajamos encordados; ellos, con la cuerda a la espalda: dando saltos, corriendo, sin imaginar el peligro. Se acercan a una grieta, pasa uno; el otro, saltando, sigue su camino, pero aquí viene el accidente: el puente de nieve se rompe. Hay mucha suerte, son sólo doce metros de grieta y no se ha hecho mucho daño. El susto de sus compañeros es mayúsculo. No reaccionan, no saben qué hacer, nos piden ayuda. Tras hora y media de esfuerzos, logramos sacarlo de la grieta […]. Así, varios accidentes, todos por el mismo motivo: desconocimiento de las técnicas de alta montaña. Lo curioso es que a los cursos no acude casi nadie. ¿No sería mejor aprender antes de aventurarse por las montañas?”.

Aneto, mil ochocientos setenta y pico

Todo pirineísta lleva en su corazón una cumbre que le tira sobre las demás. He de reconocer que la mía es el Aneto. Ya sé que parece una elección poco original; no resulta difícil deducir que el Monarca del Pirineo fue el más temprano tresmil al que ascendí, siendo apenas un macaquillo… Por ello, sin otra pretensión que la de presentar un esbozo sarcástico sobre cómo se practicaba el montañismo en 1975, he desempolvado cierto texto sobre mi primera vez. Y, para darle el contraste: ¿echamos un vistazo sobre cómo eran las visitas a la cota 3.404 metros, un siglo antes que la mía? Confieso que colecciono esos textos pintorescos de mis osados predecesores…

La primera de las tres crónicas seleccionadas pertenece a la Guía Joanne de 1873. Es decir: se trata de una compilación de los repuntes iniciales del turismo de masas sobre el Aneto matizada por Henry Russell. Arrancaba con notas bastante prosaicas: “Ascensión al pico de Aneto: dos días. Recorrido arduo pero en absoluto peligroso cuando no se cometen imprudencias. Como la marcha no tiene tarifa fija, se pueden conseguir guías a mejores precios que los indicados: dos guías a 15 francos por día durante dos jornadas; tres caballos a 5 francos por día; comida para los caballos (5 francos). Total: 90-100 francos. Además, es preciso llevar vino, cuerdas para la ascensión, provisiones de boca, etcétera. Para reducir estos gastos, los turistas harán bien en unirse para formar una caravana. Los andarines que estén acostumbrados a las montañas, pueden entrar solos en España y hacerse guiar por algún pastor, para quien una docena de francos será remuneración suficiente […]. Cada año, se registran una docena de ascensiones al pico de Aneto. La época más adecuada para subirlo es del 20 de julio al 1 de septiembre”. Vamos: que para ganar entonces el Techo del Pirineo hacia falta un pastón. Y buen morapio… ¿Rioja, Cariñena o Somontano?

En cuanto a la ruta desde la Renclusa, de este modo discurría el micro-resumen de Joanne para 1873: “Subir en dirección sur-este, primero por céspedes, luego a través de rocas y manchas de nieve. En una hora se llega a un pequeño collado o Portillón, abierto en la arista que separa el glaciar de la Maladeta del de Aneto. Llegados a la superficie del glaciar de Aneto, que no tiene menos de 4.300 metros de anchura y 1.800 de longitud, se asciende directamente de nordeste a sudeste, teniendo buen cuidado de atarse con cuerdas en las cercanías de las grietas. En una hora más (3 h 30’), se llega al borde de un embudo donde se encuentra el pequeño Lago de Coronas, siempre recubierto de hielo. Seguido, elevarse por medio de peldaños tallados en el hielo hasta la Cúpula del Aneto y, siguiendo una arista aguda que llaman el Puente de Mahoma, alcanzar (4 h 30’) la cima más elevada de los Pirineos: el Aneto (3.404 metros), antiguo Olimpo de un dios de los celtas o los íberos”. Semejante parquedad echaría a sus candidatos en brazos de los guías luchoneses.

Explayarnos algo más sobre nuestro buen Aneto, exige hojear ese Luchon en poche que firmara François Gimet en 1876. Un trabajo exitoso que tiró bastantes ediciones…, y que recurría sin complejos a gran diversidad de fuentes. Sin detenernos para valorar estos detalles bibliográficos, veamos cómo conducía hasta el Rey Pirenaico:

“Un cielo despejado y dos guías resultan indispensables para esta excursión. Es preciso surtirse, además, de calzado sólido, guantes cálidos, cuerdas y bastones con punta de hierro. La época favorable para esta ascensión es del 20 de julio al 30 de agosto […].

”Se llega a la Renclusa, una grieta abierta en el calcáreo silúrico donde desaparecen las aguas del gran glaciar de la Maladeta. Los guías, los turistas y los caballos pasan una parte de la noche en este lugar, de una profundidad de siete metros.

”Hacia las dos o las tres, se dejan los caballos guardados por un guía, y se comienza la ascensión. La flora pirenaica, tan rica en el trayecto entre Benasque y la Renclusa, desaparece aquí. El granito reina como un soberano hasta el Aneto. Primero, se sigue la orilla izquierda del Ésera. Unos cien pasos más adelante, se atraviesa el torrente sobre las piedras que obstruyen el lecho y la verdadera ascensión comienza. Bastante suave al inicio, ofrece pronto dificultades sin cuento, en medio de las cuales el andarín más intrépido siente cómo su valor desfallece y disminuye su entusiasmo. Dos kilómetros más adelante, nos encontramos en presencia de dos glaciares. Antes, uno se elevaba marchando sobre la arista que se extiende entre el glaciar del Aneto a la izquierda y el de la Maladeta a la derecha.

”Hoy, se atraviesa el glaciar del Aneto de noroeste a sudeste. Dicho glaciar tiene una inclinación de treinta y seis centímetros por cada metro al comienzo, de cuarenta centímetros en el medio y de cuarenta y ocho en su cúpula, cerca de la cima. Antes de penetrar en el hielo, guías y viajeros se atan por la cintura a una cuerda, dejando entre ellos una distancia de seis u ocho metros con el fin de evitar el peligro de hundirse en las grietas, a menudo recubiertas de nieve. Uno podría romperse las piernas muy fácilmente si se cayera allí. Llevar guías sin experiencia es una desgracia. En una hora, se alcanza el lago de Coronas, el más elevado de Europa, que porta este nombre por las numerosas cristalizaciones que lo coronan.

”Tres cuartos de hora más tarde, se ha superado la Cúpula, amplio torreón redondeado, mediante una subida muy penosa. Y, desde aquí, en treinta minutos de marcha, se llega al Puente de Mahoma, una arista de hielo de treinta metros y anchura de cuatro pies, emplazada entre dos abismos que no se puede franquear sino inclinado. Finalmente, se alcanza la cima, donde todos los peligros desaparecen. La plataforma del Aneto tiene una anchura de veintitrés metros de norte a sur, por ocho de este a oeste.

”Ahora añadiremos algunos detalles del doctor Mony, que en su interesante libro fue anotando escrupulosamente sus impresiones: Bajo nuestros pies, un glaciar recubierto de nieve resplandeciente pende de las paredes del Aneto […]. Al norte, por el único lado accesible, la pendiente era relativamente moderada. Pero, hacia el este, ese glaciar redondeado hacia la cumbre se curvaba de golpe, doblando los riñones, surcado por grietas horribles, precipitando sus flancos verticales al fondo del abismo de donde la vista escapaba con horror. Por los otros dos lados, el Aneto, completamente cortado a pico, estaba rodeado de precipicios vertiginosos. Al sur, se veían las salvajes profundidades de Ballibierna; al oeste, las nieves y el lago de Coronas. Algunos días, las nubes recubren de una punta a otra los Pirineos. Esos días, no se ve nada. Hay otros días, la verdad es que raros, en que de norte a sur y de este a oeste, no muestran ni una nube. Esos días, desde lo alto de la montaña se descubre, quizás, el espectáculo más magnífico que el hombre pueda contemplar […]”.

Y, para rematar, un testimonio aragonés: acaso, el texto más tempranero de ascensión al Aneto en español, firmado por el ingeniero oscense Lucas Mallada. Fechar su aventura benasquesa exige acudir a cierto apartado escondido sobre Climatología en las Memorias de la Comisión del Mapa Geológico de España (1878) donde él mismo declaraba: “La temperatura al sol en el verano del año anterior de 1877 ha sido bastante baja en los Montes Malditos, pues no vimos sino a 14’4º C el 27 de julio en la cima del Aneto, y a 13º C el 9 de agosto en lo alto del pico de Alba, habiendo hecho ambas observaciones a la una de la tarde”. Mayor precisión, imposible. Así relató nuestro erudito la primera de estas aventuras tras hojear, sin duda, alguna obra de sus antecesores galos:

“El pico de Aneto forma en su cima una cresta de veinte metros de largo por cuatro o cinco de ancho, compuesta por peñascos graníticos amontonados en desorden. Es imposible describir, dice con razón el señor Russell, el inconmensurable panorama que desde él se descubre, pues teniendo a los pies toda la cordillera se ven montañas como empañadas por una especie de bruma, y no es este el mejor pico para observarlos, sobre todo hacia la parte de España. Llega la vida hasta la misma cima, viéndose pegados a la roca musgos y líquenes, entre los cuales a veces corren algunos insectos.

”Los extranjeros que todos los años acuden a su cumbre, se atienen a los itinerarios descritos por los señores Packe, Russell, etcétera, y a partir de Luchon, su primera jornada se reduce a ir a pernoctar en la Renclusa, que es una hondonada al pie de la montaña, abrigada al oeste por un peñón de paredes verticales, a las orillas del torrente que forma el nacimiento del Ésera. Suponiendo un hermoso día de verano, antes de amanecer se emprende la marcha tomando la izquierda del barranco arrumbado casi al este para cruzar el Portillón, por donde hace saliente una cresta que separa un helero situado al oeste de otro septentrional que de improviso se exhibe y que ha de tocarse a poco de atravesar unas praderas compuestas de grandes peñascos desgajados, y amontonados en desorden. El helero septentrional que mide cerca de cinco kilómetros de longitud (según las curvas de nivel) por una anchura de tres término medio, es el mayor del grupo, y variando su pendiente de 30 a 44º, hay que recorrerlo con precaución para no sufrir un terrible contratiempo, si se tienen en cuenta las muchas crepazas [grietas] que le surcan, sobre todo una situada casi en el centro, que mide quinientos metros de longitud y una anchura que en varios sitios pasa de doce. Hasta fines de julio o principios de agosto le cubre nieve del año; sobre ella el pie se apoya ahondando en proporción de su blandura, pero si falta, hay que marchar sobre el hielo que no ofrece el menor apoyo. En tal caso, es preciso abrir escalones con un hacha, atarse con sogas, afianzar el bordón y seguir con paso tanto más seguro, cuanto que la muerte sería inevitable al menor descuido. Aumentan el peligro las crepazas que hienden como abismos el helero, con tajos de insondable profundidad, de varios centenares de metros de longitud y que pasan de diez de anchura en algunos sitios. No puede acercarse a ellas sin espanto el hombre más habituado a recorrer las montañas y de corazón más animoso.

Cruzando el helero, arrumbado al oeste, y dejando a la izquierda las crepazas, se llega a un collado donde el viento sopla incesantemente, y en el cual se aloja el ibón Coronado (Lac Coroné, que es una pequeña depresión cubierta con frecuencia de una capa de agua producida por el deshielo parcial y momentáneo de su superficie durante las horas de más calor). Más adelante aumenta la pendiente del helero, surcado también de crepazas estrechas, y se llega por fin a una arista granítica de treinta metros de largo y uno de ancho, a que los franceses llaman Pont de Mahomet, rodeada a derecha e izquierda por dos precipicios […].

Todos los años se cuentan numerosas ascensiones desde mediados de julio a fines de agosto; pero a fin de estación hay el inconveniente de la falta de nieve nueva o blanda sobre la masa helada, y ésta se presenta a los pies como un cristal inclinado en que es muy fácil resbalar y como consecuencia fatal, perecer”.

¡Ah, nuestros tatarabuelos y sus batallitas…! Un poco más de paciencia y enseguida se les dará la réplica con mi exótico Aneto de 1975… Perfectamente entrelazada con las mejores tradiciones que acabamos de apreciar en Joanne, Gimet y Mallada. Faltaría más.

El Gran Furtivo del Pirineo

A tenor del título, más de uno habrá imaginado a un cazador con pinta de pirata del Caribe: un tipo siniestro y malencarado, el rostro cosido a cicatrices y tuerto, con la chirla asomando por su faja, siempre vigilado por la bofia… Pues semejante epíteto se lo colgaron a un cura del Pirineo galo durante la primera mitad del siglo XX: al inefable abate Louis Pragnère, autor del libro À la poursuite des izards (1953). Ni su sotana le libró de ser mirado con lupa por las fuerzas del orden, ya fuesen guardas forestales o gendarmes. Y es que la fijación por abatir rebecos, le podía al buen hombre…

Hay material de sobra para escribir largo y tendido sobre este sacerdote pintoresco de barbas decimonónicas. Pragnère sostuvo trifulcas memorables con sus obispos, a la par que algún juicio que otro por furtivismo. Porque, como souvenir de su participación en la Iª Guerra Mundial como capellán, se trajo un buen surtido de carabinas que, desde luego, utilizó una vez instalado en su parroquia de Pierrefitte. ¡Éste sí que era un cura de armas tomar! Con el pirineísmo, mantuvo una estrecha relación: tanto con el Groupe des Jeunes de Jean Arlaud…, como con el Montañeros de Aragón de la época. Durante años, este Pater de las Cumbres oficiaría misas de altura en las principales cimas pirenaicas, favoreciendo actos piadosos como los de Los Amigos de la Facha. Pero nada más oportuno que transcribir alguna de sus peripecias cinegéticas, narradas por él mismo con un desparpajo que no deja de producir perplejidad. Así obraba el apodado como Gran Furtivo del Pirineo en cuanto le daba por, como a Johnny, tomar el fusil y emprenderla con los pobres rebecos/sarrios/isards…

Tras la Gran Guerra, nuestro sacerdote no tardó en ser clasificado entre los sospechosos de furtivismo de las autoridades de los Hautes-Pyrénées… Mas, a comienzos de los años treinta, la cordura que hasta entonces había imperado saltó hecha añicos a raíz de cierta batida por la región de Hâout-Seillá, a caballo entre Arrens y Sallent: se buscaba a una osa con cría que se suponía oculta cerca de la Peira de San Martín. Tras solicitar los permisos oportunos para esta montería, se impuso como condición que asistiera un gendarme del cuartel de Aucun… Durante la fase inicial por el sector de Teich, apareció ante los cazadores un gran rebeco, pero el policía andaba atento e impidió que nadie le disparara, al estar en época de veda. Pragnère y otro compañero ocupaban un puesto a la vista del lago de Estaing. Una vez más, los plantígrados perseguidos supieron dar el esquinazo a sus perseguidores y no comparecieron; con la caída de la tarde, se suspendieron las operaciones. El cura ya recogía su arma cuando percibió algo:

Unos puntitos rojos surgían del bosque. Poco a poco, se perfiló una pequeña manada de rebecos; eran siete y subían saltando de bloque en bloque. Dejaban a disgusto esa cobertura del bosque en la que, con la oreja atenta, se sentían tan seguros y disfrutaban de comida abundante. En cabeza, un gran macho que se detenía con cada bote, escrutando las zonas al descubierto. ¡Qué bello espectáculo para la vista!: el rey de las cimas, con el cuerpo tan tenso como un arco cuya flecha va a ser disparada, alzado con sus cuatro pezuñas unidas sobre la punta del bloque más alto, las orejas alzadas y el hocico al viento. Pero el tiempo apretaba: toda la manada iba a desfilar ante nosotros, a una distancia de unos sesenta metros, algo lejos para el tiro con postas. Por otra parte, el gendarme, mi ángel guardián, no debía de haber bajado demasiado y, escucharía la detonación. ¿Qué hacer? ¿Tirar o dejarlos pasar? Tomé con presteza mi decisión: ¡Bah! –pensé– ya le explicaré que ha sido el disparo de algún batidor. Confiando en un arma nueva que ya había probado antes con éxito, metí una bala helicoidal en la recámara de un cañón y un cartucho de postas en el otro. Apunté cuidadosamente al hermoso animal durante una de sus paradas: mi bala debió de herirlo de gravedad, pues emprendió una huida repentina y desbocada. Por lo general, aunque se presente un peligro, hasta los heridos se toman algún tiempo para percatarse por donde llega éste, antes de moverse. Recargué mi arma con rapidez. Seguidamente, los demás pasaron cerca de mí, saltando como relámpagos. El quinto también resultó alcanzado y les siguió con problemas; en cuanto al sexto, fue herido mortalmente; el séptimo y último cayó inmóvil sobre el granito. No tuve tiempo más que para ocuparme de los dos últimos. A toda prisa, fui a buscarlos para llevarlos junto a un compañero, que llamó a los demás. En un momento, las bestias fueron abiertas en canal y vaciadas sus entrañas”.

La siguiente fase de esta cacería clandestina requeriría que las tres víctimas fueran trasladadas de noche a Migouélou, donde fueron escondidas en espera de que, con el alba, las recogieran discretamente… Como suele suceder, este nuevo caso de furtivismo terminó por conocerse en todo el valle. Así, cada vez que el gendarme de Aucun veía a Pragnère, le ponía mala cara y farfullaba algo como: “¡Seguro que vuelve de cometer alguna masacre!”. Acababa de nacer la leyenda del Gran Furtivo

Tras añadas de impunidad, Pragnère había entrado por fin en la lista negra de los tiradores fuera de la ley. En adelante, las fuerzas del orden lo vigilarían con especial esmero; unas precauciones más que justificadas, a tenor de la siguiente anécdota… El nuevo episodio de caza con este cura como protagonista obtuvo, en su momento, gran publicidad. ¡Menudo argumento para una peli de Steven Segal o de Chuck Norris! Seguimos a comienzos de los años treinta: nuestro sacerdote llegaba a Cauterets en plena veda de noviembre, para terminar rondando con su escopeta del calibre 12 por el valle del Lutour. No tardó en avistar a sus presas favoritas con los gemelos:

Descubrí, en mitad de ladera, a una manada de rebecos pastando, en los límites de las nieves. Aprovechándome de una franja de abetos, llegué a unos cien metros y permanecí, tan tumbado como helado, hasta que un macho llegó a mi altura. La bala desencadenó una huída en dispersión. Habiendo desaparecido todos, hubiese bajado de vacío, como tantas otras veces, persuadido de que no había víctima alguna, si no hubiese visto un movimiento un tanto anómalo en el ejemplar sobre el que tiré. Seguí sus huellas y lo hallé muerto”.

Un sarrio menos. Ante el éxito y la impunidad obtenidos, Pragnère y otro amigo regresarían a estos mismos escenarios a las pocas semanas. Más allá de la Fruitière, surgieron las complicaciones: fueron detectados por un guarda de Eaux et Forêts y, peor aún, se levantó un viento huracanado desde la muga de España con torbellinos que “difundían en todas direcciones el olor aborrecido del hombre, ese aroma infinitamente más espantoso que ver u oír al enemigo”. Así y todo, una vez rebasada la Hôtellerie d’Estom, localizaron una manada de cinco rebecos que surgían del bosque y que, al ver a los humanos, volvieron hacia sus espesuras:

Inmediatamente, volví sobre mis pasos. Casi sin aliento, trepé por la pendiente del abetal para hollar sus céspedes en silencio. Llegado a su altura, descubrí a uno de ellos con medio cuerpo contra el tronco de un árbol. Ese día, iba armado con un krupp drilling de tres cañones; uno de ellos, rayado. Apunté con cuidado; mi bala rozó el abeto y el animal cayó con el corazón partido. Asustados, los demás pasaron por mis costados. No quise tirar otra vez; mi compañero les dedicó una salva sin que se constatara resultado alguno. ¿Por qué prescindí aquel día de esa prudencia que otras veces me había salvado? Sin duda, fue a causa de la presencia de mi amigo, cuyas relaciones parecían dar toda clase de seguridad. En lugar de vaciar a mi víctima sobre este terreno abrigado y sin nieve, luego sin huellas aparentes, la arrastré hacia mi camarada por la orilla del bosque. Sus entrañas fueron cuidadosamente trufadas mediante estricnina, y luego dispersadas lejos, sobre la nieve. El cadáver fue introducido en mi mochila”.

Sin embargo, el guarda les esperaba emboscado no lejos de allí, y sólo mediando una discusión agria, los dos cómplices lograron introducir su botín en la Fruitière… Un proceso verbal pendía sobre sus cabezas por furtivismo, apoyado por el rastreo de las huellas hacia el lugar del delito. Fue preciso esconder el rebeco en lo alto de un gran bloque, fuera de las rutas trilladas, para hacer desaparecer parte de las pruebas. Y su intento nocturno por recuperar dicha presa quedó frustrado en Cauterets, ante un control de aduaneros… El vehículo del abate iba despacio y con las luces apagadas: según el informe del brigadier al mando, aceleró al llegar hasta su altura y estuvo a punto de arrollarle, por lo que sus hombres abrieron fuego. Aunque ni se reconoció al chófer ni se recuperó el rebeco, se descubrieron restos de tripas en el bosque. Hubo multa para el sacerdote, amén de una amenaza del guarda “si lo hallaba otra vez armado por la montaña”…, a la que el aludido replicó que “no se le acercara a más de dos metros de distancia”. Para evitar males mayores, el agente fue trasladado al valle de Aspe. Ante la persecución, para él injusta, Pragnère se defendería por escrito en su libro:

Cuántas veces el cazador de rebecos no ha tenido que escuchar este apóstrofe patético: ¡Cómo osas, bárbaro, perseguir y masacrar a esta criatura de nuestras cimas, a esos animales inocentes y sin defensa! Ellos, ¡los muy valientes! Ellos, quienes jamás se han privado del placer de devorar y saborear a otras bestias verdaderamente inocentes y sin defensa como pollos, palomas, conejos, carneros, etcétera […] ¡Sin defensa, los rebecos! ¡Inconscientemente, quizás! Pero con demasiada frecuencia, su pezuña ligera arroja desde las alturas heladas una metralla mortal de piedras y bloques […]. Heridos, arrastran al cazador en persecución hacia pasos vertiginosos, paredes heladas y el resbalón mortal en el abismo”.

¡Arrea con nuestro cura trabucaire! Quién hubiera dicho que la sotana y el Mauser casaran tan bien…

De lo que se habla cuando no hay damas

Hoy, el tema va sobre historias de cuernos. Concretamente, los del animal más característico, diría yo, de la fauna pirenaica… No; no me refiero al montañero/a infiel a su pareja, aunque también podría ser. Me limitaré a servir un trío de anécdotas sobre la Rupicapra rupicapra pyrenaica que guardan cierta conexión con el mundo femenino. Pero no lo haré sin antes lanzar un llamamiento en favor de la sensatez y en contra de toda generalización, pues resulta más que evidente que los dos primeros ejemplos que voy a presentar son crónicas un tanto demenciales. Seleccionadas, más que por otra razón, por ver si así caldeo el ambiente…

Comencemos ya con el primer texto, que alude directamente al título de la entrada. Lo proporcionaba un tal Paul Arène desde su libro Le Midi bouge (1891). Sin duda, más que de recoger chascarrillos verídicos sobre la caza de nuestro rebeco/gamuza/sarrio/izard en el Pirineo galo de finales del siglo XIX, sencillamente trataba de ser chistoso. ¿O acaso nos hallamos ante una muestra de socarronería montañesa frente a la candidez de un urbanita? En fin, que cada uno juzgue a discreción la siguiente historieta:

“–El rebeco –gritaba Capdébuch–: una presa soberbia, ¡pero bastante incómoda de tirar! Hablando sinceramente, yo apenas he matado sino un centenar en toda mi vida.

”–¿Un centenar? ¡Eso está bien!

”–Pongamos ciento cincuenta… Sus ciento cincuenta cabezas están en el comedor de mi casa, montadas como en una hecatombe.

Y Capdébuch calló un instante, la mirada perdida, como si por la ventana percibiera en los picos a una manada de rebecos resaltando sus siluetas sobre el azul.

”–Un oficio de galeote, el de cazador de rebecos, que ni siquiera los galeotes lo querrían. Hacer el camino de noche para hallarse con el alba bajo los glaciares que este animal frecuenta; esperar el amanecer dormitando, con el cielo por techo y un pie sobre la nieve por manta; lanzarse a la persecución de esta presa cuando por fin se avista, ascender las rocas, atravesar los abismos, correr, saltar, trepar y rodar, todo esto, ciertamente, no sería nada si el rebeco se dejara alcanzar. Pero, cuanto más se sube, más lo hace él; nada iguala su astucia, salvo su agilidad.

”–¿Qué hay que hacer, entonces?

”–La única esperanza, el único camino, es rodear a la manada sobre alguna explanada solitaria, estrecha y cercada por todas partes por abismos, para ponerla al alcance de la carabina, plantado con el pie firme, sin emoción ni vértigo, apuntando bien antes de tirar… Pero, incluso así, nada es de color de rosa. Casi siempre, en el mejor momento, uno de los rebecos silba y los otros, obedeciendo esa señal, saltan hacia las profundidades o caen, sin hacerse daño, sobre los cuernos, que es su maniobra favorita: no les gusta quedarse suspendidos en los resaltes de roca por el otro lado del precipicio.

”–¡Son de acero, los cuernos del rebeco! Más que de acero, de diamante. Los del diablo son menos duros. Pero toda moneda tiene su reverso, y esos cuernos que tan a menudo salvan al rebeco, son su perdición. Es un hecho singular, conocido solamente por los verdaderos cazadores. Puedo contarlo. ¿Estamos solos? ¿No hay damas aquí…?

”–¡Hale, Capdébuch, vamos a ello!

”–¡Vale! Entre las plantas aromáticas que crecen en nuestras montañas, hay una, la del regaliz silvestre, a la cual el rebeco es particularmente aficionado. Tan pronto como la nieve se funde, el brote de regaliz apunta y el rebeco viene para comerlo […]. Imaginad, pues –esto es lo delicado de explicar–: esa orgía de regaliz tiene como efecto para el rebeco la de multiplicarle sus invertebrados del vientre. Resultado natural: las deposiciones furiosas que conocéis bien […]. Un cazador ejercitado, cuando sigue la pista de un rebeco, no desdeña las marcas marrones sobre las rocas. Finalmente, sucede que, no soportándolo más, el rebeco comete la imprudencia de rascarse con su cuerno. Agudo y fino como un estilete, a veces el cuerno se engancha. Plegado en redondo, no se puede estirar y se pone a hacer piruetas sobre sí mismo, como los perritos que tratan de morderse la cola. Retorciéndose siempre, ciego y borracho de dolor, salta y bota. Dura hasta que la pobre bestia muere agotada, o hasta que el azar, poniendo fin a su cruel agonía, le hace rodar por un precipicio, al fondo del cual, sin haber usado ni plomo ni pólvora, el feliz cazador testigo de la escena, va a recogerlo tranquilamente.

”–Entonces, entre las ciento cincuenta cabezas mostradas en hecatombe que adornan vuestra sala de estar, ¿alguna procede de una caza semejante?

”–Dios mío –dijo Capdébuch encantado ante el éxito que había obtenido su relato–: se puede decir que casi todas.

¡Bravo, Capdébuch!”.

En efecto: de tonterías como éstas hablamos los hombres cuando no hay mujeres cerca. Y así nos va… Insistiendo en las merluzadas, atentos con esta otra: describe una cacería de nuestra gacela pirenaica en Cauterets, a partir de las experiencias de cierto cronista llamado Oscar Comettant. Un caballero que, desde su texto En vacances (1864), se montaba una película que uno no sabe si se trata de algo que le contaron para reírse de su magnífica credulidad, o si fue redactado bajo los efectos de algún aguardiente de moras local. Porque, ¿alguien piensa que las batidas de rupicapras en femenino, discurrían antaño de este modo?:

Hay aquí intrépidas cazadoras de rebecos que, vestidas con ropas masculinas, provistas de carabinas y de largos bastones de puntas herradas, acuden para afrontar las rudas fatigas y muy graves peligros hasta las cimas de las más altas montañas. Hace cuatro días, una dama del gran mundo parisino, partió con algunos caballeros y diecisiete guías batidores para la difícil caza del rebeco […].

Habiendo salido muy de madrugada, era noche cerrada cuando arribaron a los glaciares donde debía desarrollarse la batida. Uno de los caballeros dio órdenes para que se preparase un cobijo donde dicha dama debía pasar la noche. Los guías localizaron una gruta en un roquedo […]; se pusieron manos a la obra para mejorar tan pintoresco alojamiento. Una hora después, uno de ellos fue a avisar a la señora condesa de que todo estaba dispuesto para recibirla. La gruta, como una cueva mágica, se hallaba ornada de guirnaldas de flores y de un lecho de césped y rododendros, muy abundantes en las montañas; fue arreglada con una elegancia perfecta y una comodidad que nada tenía que desear. Cuando la Nueva Diana tomó posesión de su palacio, los diecisiete guías rodearon la gruta, sujetando una antorcha en la mano cada uno. Después, tras un gesto de uno de ellos, el silencio de estos lugares desiertos quedó roto por la dulce armonía de un coro bearnés, cantado por la banda de batidores en el estilo tan original como encantador de las canciones del país. Nada, dijo un testigo de esta caza poética, podía dar justa idea del efecto fascinante de dicha escena […].

”Al día siguiente, con las primeras luces del alba, la divinidad salió de su santuario, declarando que en toda su vida había pasado una noche tan deliciosa. Todo el mundo estaba ya en pie, y la caza comenzó. Tres rebecos, llevados triunfalmente a Cauterets, fueron el resultado”.

Una ñoñería impresionante, ¿no? Desde luego, si los guionistas de La casa de la pradera le hubieran echado el ojo encima al texto de Comettant… Entre tanto, las mujeres reales del siglo XIX, si bien con cuentagotas, también se adentraban por las montañas de la cordillera. No tanto como los representantes masculinos, pero haciendo gala de gran dignidad en su inmensa mayoría. Para apuntalar esta opinión, nada como recurrir al texto de Marie-Constance-Albertine de Montaran. Sin despedirnos de nuestro acosado bóvido, curiosearemos entre las líneas sensatas que dicha dama anotó para su libro, Mes pensées en voyage. Excursions dans les Pyrénées (1868):

El rebeco tiene la librea amarillenta y la frente armada con pequeños cuernos; habita en las cimas elevadas de la región de las nieves. Es vivo y despierto, y difiere mucho del oso, cuyo carácter tiende hacia la misantropía. El rebeco salta de roca en roca; de un bote, franquea los precipicios. Es el acróbata más diestro, y si uno de los miembros de esta familia ágil avisa del peligro, si los cazadores de montaña suben para hacerle la guerra, entonces advierte enseguida a sus congéneres y, todos a la vez, desaparecen bajo el boscaje con la rapidez de una flecha”.

En efecto: el sarrio pirenaico y su mundo dan mucho juego. Por eso, la entrada siguiente va a seguir buscando la intimidad de este hermoso ungulado de montaña… Continuaremos estas historias cornudas, vamos.

El Cilindro más imaginativo

Tras sólo insinuarla hace dos entregas, abordaremos la primera fantástica a la cara nordeste del Cilindro del Marboré. Es decir: el remate de las andanzas de Jorge Gavín, el Julio Verne de los trepadores…, ¿aragoneses? Porque, tras pasear sus prismáticos mágicos por el Tozal del Mallo, este fabulista incomprendido también los llevó consigo hasta la más fantástica muralla de la segunda punta de las Treserols… ¡Ahí es nada!

Pero entremos raudos en materia de la mano de Robert Ollivier y de su ya citado texto sobre los Pyrénées. Tome II (1953). Ni que decir tiene, en sus páginas 239-240 se incluía reseña y croquis de esta supuesta novedad de la escalada de dificultad hispana. Al menos, como tal lo proclamaba el autor de dicha Guía:

“Cilindro del Marboré (3.327 metros). Por la cara nordeste (Extremadamente Difícil). Esta pared, impresionante por su verticalidad, fue ascendida por primera vez el 14 de agosto de 1944 por los señores J. A. Gavín y J. L. Rodríguez. Su ascensión les requeriría 6 horas y 45 minutos para poco menos de 300 metros, así como veintiún pitones. Esta victoria sobre una de las paredes más rudas del Macizo Calcáreo, al igual que la de esos mismos escaladores sobre la cara Sur del Tozal del Mallo, pone en relieve la nueva vitalidad, del todo destacable, del pirineísmo español.

Desde el collado del Cilindro, dirigirse hacia la pared Nordeste virando ligeramente hacia la izquierda (sur). Dirigirse entonces hacia un corredor bastante amplio colmado de piedras inestables. Subirlo hasta un gran bloque y, siempre sobre un mal roquedo, alcanzar una terraza, una especie de cornisa que apunta hacia el noroeste. Seguirla hasta una fisura oblicua. Aquí comienza la verdadera escalada. Esta fisura llega casi hasta la parte alta de la pared. Parece fácil. En realidad, presenta por este sitio dificultades extremas (VIº) y su escalada resulta muy aérea. Una vez se han ascendido sus tres cuartas partes, se halla una pequeña gruta que constituye un buen emplazamiento para descansar. La fisura termina en la pared Norte, bajo un muro muy liso, de presas escasas y espaciadas (VIº), que separa todavía al escalador de la cima. Por encima de ese muro, las dificultades cesan y se alcanza muy fácilmente la cumbre (6 horas y 45 minutos de la base de la pared). Referencias de J. A. Gavín”.

De nuevo, Ollivier servía una fantástica descripción montaraz. ¿El catalejo de Gavín había vuelto a las andadas? Es lo que todos creyeron: que se trataba de otro alarde imaginativo por parte de alguien a quien no se le conocían más proezas escaladoras que las aireadas desde el papel. ¿Lo hizo arrastrado por algún tipo de patriotismo mal entendido? ¿O por deslumbrar a alguna gabacha lozanota del CAF…? Cualquiera sabe.

En cuanto a los locales… No tardaron en ser informados sobre las sospechas de timo que germinaban en Francia por Pequine, jefe de los gendarmes de rescate en Gavarnie. Seguidamente, Clos pedía referencias serias en Aragón sobre Gavín… Al igual que pasara con el Tozal, en Mañolandia se hizo una cuestión de honor del asunto. Así, el guante fue recogido por dos primeros espadas como eran el zaragozano José Antonio Bescós y el jacetano Rafael Montaner. El resultado de sus esfuerzos fue publicado en su día dentro del Boletín de Montañeros de Aragón: allí se proclamaba, ¡esta vez sí!, la “Primera al Cilindro por la cara Norte”. Sin embargo, parece más oportuno recurrir a la versión de esta misma revista en el mes de diciembre de 1981, debido a un jugoso comentario anónimo que servía como preámbulo al relato propiamente dicho:

“A principios de agosto de 1957, José Antonio Bescós y Rafael Montaner ponen cerco a la pared Noreste del Cilindro, dispuestos a no irse sin hacerla, y se instalan debajo de una piedra al lado del Lago Helado del Monte Perdido, donde aguantan un tiempo infernal, entretenidos en escarbar por debajo de la piedra, intentando apartarse de las goteras que los persiguen. Tan rotunda decisión tiene otros fundamentos, además del gran atractivo de la pared: de un lado, reparar en lo posible la chapuza de un compatriota que, diez años antes, la recorrió…, con prismáticos, y lo contó tantas veces que acabó impreso en una guía francesa; de otro, superar la modorra en que yace por aquella época el pirineísmo español, cuya máxima aspiración consiste en repetir las vías abiertas por los franceses en los años treinta. Fue éste el primer itinerario de importancia inaugurado por españoles en los Pirineos y, con el de la cara Sur del Tozal, abierto aquella primavera por franceses y repetido un mes más tarde por esta misma cordada del Cilindro, con Alberto Rabadá, el origen del pirineísmo de vanguardia que se practica hoy en España”.

Ni que decir tiene, después de tan rotundo entrante, seguía el texto de Montaner con la crónica de la escalada. Desde luego, de lo más minucioso… ¿Hace una pequeña muestra de sus peripecias, del todo reales? Pues de este modo fue el arranque de dicha primera:

“Sobre las 8 h comenzamos a trepar. Comenzamos en una fisura en la parte central de la pared. Los primeros metros –delicados por la descomposición de la roca– me hacen pasar algún apuro, pero después pierde inclinación y alcanzo una pequeña plataforma plana. Sobre ésta, continúa la fisura, extraplomada ligeramente y mucho más estrecha; la sube José Antonio y bien pronto tiene que empezar a usar la cuerda. Tres pitones marcan la subida por la fisura hasta una faja cubierta de grava fina y que hay que atravesar en una decena de metros a la derecha, hasta debajo de otras dos fisuras convergentes que forman una V.

Elijo la de la derecha, mucho más marcada que su vecina. El principio en brusco extraplomo requiere un gran esfuerzo de brazos, más arriba es angosto y pulido; lo subo atascando los pies por el fondo y sin poder utilizar como presas de mano las movedizas piedras que hay acuñadas. Sobre la mitad, la dejo y continúo en diagonal hacia una cornisa al pie de un diedro.

Acurrucado entre las dos paredes recupero a mi compañero, esperando que siga él y que la tirada sea lenta para poder tomar el sol a placer durante un rato, mientras contemplo las cascadas de séracs del glaciar del Monte Perdido que refulgen bajo el sol. Veo desaparecer a José Antonio andando a gatas por una cornisa, después los veinticinco metros de cuerda desaparecen de mis manos a toda velocidad; ha habido mala suerte […]”.

Y así, bien detallada, toda la ruta, largo a largo… Más convincente, ¿no? Pero, después de lo apuntado sobre el imaginativo Gavín, casi apetece saber más sobre nuestro personaje. A orillas del Ebro, mi encuesta ha resultado una misión imposible: aparte de algún calificativo que otro, nadie me ha aportado grandes detalles sobre su trayectoria vital. Que si le gustaba cazar jabalíes… Que si era contrabandista… Que si no escalaba un pimiento… A veces, tenía la impresión de que hablaban de dos personas distintas. Como de costumbre, he debido recurrir a los servicios del pirineísmo galo, de la mano del siempre bien informado Silvio Trévisan. Estos escorzos fueron su interesante respuesta:

“François Paucis no se acuerda muy bien de haber inscrito [a Gavín] en el Club Alpino de Agen, pero yo retuve ese nombre en la cabeza, aunque nunca lo tratara.

En el Rabatut nº 14, del verano de 1950, se leía en la página 2: el señor Georges Gavin, de Zaragoza, pasó un día por el campamento, el 4 de julio de 1950, con tres amigos españoles. A partir de esta relación con él, pudimos contactar con el pirineísmo hispano, pues era el secretario del Comité Pirenaico Franco-Español. Los cuatro hispanos se toparon con los jóvenes del Groupe Universitaire de Haute Montagne cuando pernoctaban en Tucarroya, el 21-23 de julio […]. Yo hallé a dichos españoles en Héas el 23 por la noche… Se habían quedado en Tucarroya sin vituallas, ¿esperando qué? Aquel cuarteto comió con buena gana, luego se acostó y durmió hasta el mediodía. Tras el almuerzo (siempre a cargo del GUHM), los cuatro salieron bien cargados con víveres de Tucarroya […]. El tal Jorge, ¡estaba allí!: decía que era la vedette de Montañeros de Aragón, y un gran primero de cordada. Se le volvió a ver, durante el invierno de 1951, por Agen […].

Me dirigí a dicho Gavín para que reservara plazas en la Renclusa: el 6 de agosto de 1951, se organizaba allí un campamento internacional por parte de Montañeros y el CEC de Barcelona. Quisimos ser admitidos y le dije que llegaríamos con tiendas, pues no dormiríamos en la Renclusa. Gavín nos aseguró que allí se nos atendería. En número de treinta y seis, partimos del Hospice de France el 6 de agosto, por la mañana…, y en el Plan d’Estañ, los militares de Franco nos esperaban, para prendernos mediante un movimiento en tenaza, por delante y por detrás. Estaban muy bien organizados. Orden de regresar de inmediato a Francia. Protesté, pues íbamos muy cargados con tiendas y víveres para tres días, por lo que les solicité una hora de reposo… ¡Tuvimos que comérnoslos! También alimentamos un poco a esa Guardia Civil que luego nos condujo hasta la caseta al pie del puerto de Benasque, desde donde se aseguraron de nuestro regreso a Francia. Esto echó por tierra nuestra actividad […]. ¿Qué es lo que había sucedido? Nadie les había prevenido de nuestra llegada, por lo que no fuimos admitidos en el campamento de la Renclusa… Si existía un tal Jorge Gavín que era un gran pirineísta, no debía de tratarse del nuestro: ciertamente, el nuestro era algún impostor.

Aunque la gente fue muy discreta, en medios bien informados se supo con certeza la falsedad de su primera de 1944 al Tozal del Mallo. Sin duda. Y la Norte del Cilindro, fue otra falsedad más, indudablemente”.

Poco que añadir sobre este asunto lleno de interrogantes… Salvo, claro está, preguntar a mis amables lectores-colaboradores si han detectado, en alguno de sus boletines de club, trazas de los dos relatos perdidos que faltan sobre nuestro Tartarín ibérico. A saber: el Cilindro de Marboré y el Couloir de Gaube…

Mi trío de entradas con estos pintoresquismos ordesianos merece un digno colofón… Porque, tras los dos gavinazos trasladados por Ollivier hasta su Guide, muchos pueden plantearse dudas sobre la utilidad de tales publicaciones. Durante un debate similar, nos serviría una pista otro histórico de Montañeros de Aragón, nuestro entrañable Ricardo Arantegui, explicando el mejor servicio que le proporcionó una Guía en su dilatada carrera… Más o menos durante los años de Gavín, cuando visitaba junto a Andrés Izuzquiza la Gruta Helada de Casteret, se les estropeó en su interior la única linterna que tenían. Tras esperar algún tiempo a oscuras por si entraba alguien, finalmente se decidirían a alumbrarse por el procedimiento de ir encendiendo, una por una, las páginas de la Guide Ledormeur que portaban… No es que insinúe que tal debiera ser el fin de estos libros, ¡ni mucho menos! Pero, ¿a que la anécdota no deja de tener su gracia?

¡Ay, esta gente tan heterodoxa de la Mañolandia Montaraz! Desde luego, si el bueno de Henri Beraldi levantara la cabeza, nos echaba a todos del Club Guay del Pirineísta. A gorrazos…

La cara oculta del Tozal del Mallo

Puestos a presumir de algo, creo que puedo hacerlo de amigos pirineístas. Y entre ellos incluyo a los benévolos lectores de estas batallitas, desde luego… Porque, además de por esos nombres ilustres que afloran entre los comentarios, he de felicitarme por haber llamado la atención de toda suerte de colegas que están completando estas páginas de un modo sobresaliente. Tal es el caso de la entrada anterior…

En Los prismáticos de Gavín, Jesús Mari Rodríguez me abrió una puerta sobre dicho tema. Ha cumplido su amable ofrecimiento, pasándome documentos que, yo diría, reclaman su publicación. Ignorando si aportarán alguna luz en lo referente a la primera del murallón del Tozal del Mallo, pienso que al menos se deben compartir con los demás lectores… Así, demos cancha a Jorge Gavín a través del artículo que titulara como “Mi segunda primera en el Pirineo”. Fue publicado en el entonces órgano de la Federación Española de Montañismo: la revista Pyrenaica. Boletín Regional Vasco-Navarro, nº 4/Año II, 1952. Verídico o no, el texto tiene poco desperdicio:

No quiero cantar las infinitas bellezas que encierra el maravilloso valle de Ordesa (Arazas), pues otros escritores y poetas, de gran renombre, han escrito y cantado las hermosuras de este paraíso pirenaico. Únicamente, quiero referirme a las paredes de este hermano pequeño del Gran Cañón del Colorado, único en el mundo que se le parece, y que los pirineístas encontramos mucho más hermoso y bello.

Existe en el valle de Ordesa una serie de paredes que cierran el valle por todos los lados y los cuales únicamente se salvan por tres pasos obligados. Son estos pasos las Clavijas de Salarons, Cotatuero y Soaso, coincidiendo todas ellas en semicírculos que llevan estos mismos nombres. La más difícil de todas ellas es la de Cotatuero, pero para un mediano montañero no ofrece ninguna dificultad. El resto de las paredes de los diferentes picos, continúan vírgenes de huella humana, siendo únicamente la llamada Tozal del Mallo, la primera que se ha escalado, y no lo han sido por duras, largas y no tener gran renombre, no atrayendo a los escaladores españoles ni a los extranjeros, que prefieren escalar monolitos o paredes de cierta fama. El Tozal del Mallo es la pared que atrae más las miradas; desde antes de llegar a la entrada del valle, ya en el puente de los Navarros, se distingue su altiva y orgullosa cara. Es la más bella y admirada de todas y la más conocida por los montañeros y excursionistas que visitan ese magnífico rincón del Pirineo aragonés. Su belleza, desde el valle, es de una grandeza incomparable. Entrando por la carretera de Torla, y conforme se va uno aproximando, se le ve elevarse poco a poco, llegando a alcanzar su silueta ese aire de altivez y orgullo que tanto se admira en ella. Da la impresión de que su grosor sea el de un papel de fumar, y se espera que un ligero soplo de aire la derrumbe.

Para mí, era un sueño dorado el poder realizar la escalada a esa pared, todavía orgullosa por no haber sentido el dolor de las heridas producidas por el acero de los pitones, ni sentirse violada por las suelas de ningún atrevido escalador. Todas las excursiones que realizaba al valle, ya fuera solo o con amigos o excursionistas, la primera que atraía mi vista era ella. Por fin, en el verano del año 1944, pude realizar mi sueño. Después de haber efectuado otras escaladas y ascensiones por la cresta fronteriza del macizo de las Tres Sorores o Tres Hermanas, como se nombran a las cumbres del Cilindro, Monte Perdido y Soum de Ramond en la amena e interesante leyenda existente por los pueblos del Alto Aragón, descendimos al valle y allí preparamos nuestros planes. Después de un día de reposo, haciendo los preparativos y los estudios de la pared, llegó el día de probar nuestras fuerzas con la altiva y virgen pared. Fue el día 21 de agosto de 1944 el que vio que conseguíamos el éxito, mi amigo y compañero José Luis Rodríguez y yo.

Estábamos tan impacientes, que en la noche del 20 al 21 casi no pudimos conciliar el suelo y esperábamos con verdadera ansiedad que llegase el nuevo día. Por fin, la aurora asomó por encima de la cresta de la Fraucata y del Tobacor, y nosotros, no pudiendo aguantar más la espera, después de un ligero desayuno, emprendimos la subida. Temiendo que en la escalada nos calentara demasiado las espaldas el sol, decidimos salir con poca ropa, pero a los cinco minutos de ir por el bosque, comprendimos que habíamos cometido nuestra primera equivocación; afortunadamente, la única. Los bojes y plantas del bosque estaban completamente mojados con el rocío y nuestras piernas heladas. El camino que seguimos hasta llegar al pie de la pared, es el sendero que conduce a las Clavijas de Salarons hasta que se encuentra el barranco del mismo nombre. Este sendero empieza delante de la casa de Oliván, encontrándose casi borrado por la maleza. Subimos por entre el bosque, llegando a los cuarenta y cinco minutos al barranco de Salarons. Dejamos el sendero de las Clavijas a la derecha y atravesamos el barranco. Siempre horizontalmente, llegamos al pie de un couloir, lleno de piedras sueltas, formado por la pared del Tozal y un saliente de la misma. Desde el barranco, nos había costado veinte minutos.

Allí dejamos la mochila, cogiendo, únicamente, la cuerda de cuarenta metros, siete pitones y cinco mosquetones, así como unas porciones de chocolate y algunas almendras. Empezamos la subida del couloir cuando el sol empezaba a dorar las paredes de la Faja de Pelay, yendo muy animados con la perspectiva de un día magnífico. Subiendo por el couloir nos ahorrábamos unos cuarenta metros de pared lisa y por eso decidimos subir por esta vía. Subimos zigzagueando y nos costó treinta minutos. Una vez en lo alto del couloir, y en una pequeña plataforma que allí había, hicimos un alto, estudiando la vía a seguir. La clase de piedra es calcárea rojiza, como toda la del valle, siendo muy segura, con buenas presas y grietas para empitonar. En la pared, se encuentran numerosas chimeneas, y estudiamos por cuál de ellas nos convenía subir. Estas chimeneas son, más exactamente, caídas de agua, encontrándose el fondo completamente liso. Decidimos subir por la chimenea que va a parar a lo alto del couloir. Me puse el primero y, por el labio izquierdo (mirando la pared) de la chimenea, empezamos nuestra aventura. Este labio era lo mismo que una sierra enorme de una gran escalera, erizada de dientes o peldaños. Casi constantemente, tuvimos que hacer pasos de hombros para salvar estos peldaños, de unos tres metros de separación de uno a otro; se encontraba un poco de dificultad, pues había pequeños extraplomos o cuevas pequeñas. Suerte que estas plataformas son bastante amplias para estar los dos. Las presas eran muy buenas y seguras, y únicamente en las plataformas había algunas piedras sueltas que tirábamos al vacío y quedaban muy seguras y limpias. Después de tres horas de escalada, y habiendo hecho la mitad de la pared, unos ciento cincuenta metros, nos encontramos con que la chimenea se terminaba. Habíamos tenido que poner dieciocho pitones de seguridad, recuperándolos todos. En el final de la chimenea, había una pequeña plataforma donde nos sentamos con los pies en el vacío, y tomamos un poco de alimento. Tanto a la derecha como a la izquierda, había nuevas chimeneas, pero la que nos pareció más asequible y más segura, era la de la derecha, aunque para llegar a ella teníamos que pasar un trozo de pared lisa y en paso ascendente oblicuo. El cruce de este trozo de pared lisa es lo más difícil de toda la escalada, pues no se encuentran apenas presas, y las que hay son muy pequeñas. Tuvimos que hacer todo el trayecto de una chimenea a otra en doble cuerda, y poniendo en total doce pitones, los cuales recuperamos todos. Este trozo de unos treinta metros nos costó más de una hora. Cuando llegamos al pie o comienzo de la chimenea que habíamos escogido para llegar al final de la pared, nos detuvimos rendidos del esfuerzo realizado. Durante un largo momento, no pudimos articular ni el más pequeño sonido para hablar de lo pasado; únicamente se oía nuestra respiración entrecortada. Después de un buen reposo y de tomar un poco de alimento, emprendimos de nuevo la ascensión. Comparado con lo pasado, la nueva chimenea es un paseo por la principal avenida de una gran capital; aunque no se crea, por esto, que es cosa fácil. Hay que ir con mucho cuidado, pues las presas están la mayoría sueltas y, si hay un pequeño descuido, se puede producir un susto de unos doscientos metros de caída. La nueva chimenea es típica del calcáreo, con sitios donde desaparece todo el cuerpo, y otros donde no cabe ni siquiera 1a punta del pie. El escalar toda esta última barrera que nos ponía la pared altiva, nos costó dos horas y treinta minutos.

Una vez llegados al final de la pared, nos tumbamos en un verde pradecillo que existe allí, y durante muchísimo tiempo no pudimos articular palabra, pues tanta era nuestra emoción. Creíamos, en aquel momento, que era nuestra primera primera, y los que han efectuado alguna primera comprenderán lo que nosotros sentíamos en aquel momento. Todavía yo más, pues esta pared la había visto desde hacía veinte años y siempre altiva y orgullosa. No notábamos que el tiempo pasaba y que el sol iba declinando, y llegó un momento en que tuvimos que volver a la realidad y dejar de soñar despiertos, pues se imponía un descenso al campamento.

Por el circo de Salarons y por un couloir de hierbas, nos dejamos deslizar hasta el pie de las murallas de este pequeño circo, y yendo yo a recoger la mochila que habíamos abandonado al pie de la pared del Tozal, nos bajamos cantando y alborotando por la victoria alcanzada, llegando a las casas de Oliván, en el valle, ya con las negruras de la noche. Sin hacer muchos comentarios en la casa y con los turistas que en ella había, nos fuimos a nuestra tienda, para descansar nuestros fatigados cuerpos.

Y aquí viene el título. Yo creía que ésta era mi primera primera, pero con el correr del tiempo y al hacerme miembro del Groupe Pyrénéiste de Haute Montagne de Pau, el presidente del mismo, el gran Ollivier, vencedor del Midi d’Ossau, me dijo, hablando de mis otras escaladas, que la efectuada al Cilindro por la cara Este era también una primera. Yo creía que ya se había hecho por los franceses, pero al saber esto, resulta que tengo otra primera en mi lista. Si no os he cansado con mi relato y me perdonáis las muchas faltas, amigos lectores, próximamente os relataré mi escalada al Couloir de Gaube en el macizo del Vignemale”.

A esta crónica de escalada, la acompañaba un esquema, sobre el cual Jesús Mari Rodríguez me brindaría su opinión: “Tartarín en Ordesa. No es el personaje de Daudet, pero algo de él hay en Jorge Gavín […]. El croquis que te adjunto (el de Gavín), claramente se inicia en el espolón herboso al pie del Tozal y finaliza rectilíneo en la chimenea de salida, visto desde el valle, en el lugar donde la carretera pasa por el torrente de Salarons; es la línea lógica que se le ocurre a cualquiera. Lo que es más vago en el croquis es la diagonal exagerada hacia la derecha… Diagonales leves las hay hacia la izquierda, a la entrada de la chimenea característica, y en el siguiente largo, amén de la llegada a las plataformas de vivac de la primera ascensión, que sí es a la derecha, pero demasiado larga. En un croquis general como el dibujado por Gavín, apenas tienen incidencia; por eso, está visto que el citado croquis se hizo a bulto”. Lo dicho: de los lectores-colaboradores de este calibre, bien que puede uno presumir…

Para cerrar de modo enigmático, reproduciré la firma del artículo, que sirve nuevas pistas para quienes estén interesados en buscar por su casa: “Jorge A. Gavín, del Centro Excursionista de Cataluña y del Groupe des Jeunes de Haute Montagne” (sic).

Los prismáticos de Jorge Gavín

Nuestros vecinos del norte conocen desde antiguo el género de las ascensiones imaginarias. Es decir: relatos de subida a algún monte…, ¡sin salir de casa! Pues bien; el pirineísmo aragonés dispone de un par de ejemplos de este fenómeno, centrados en el Tozal del Mallo y el Cilindro de Marboré. Pero, en mi tierra, nadie suele tomarse a broma tales historias: en lugar de ser contempladas por su lado cómico, se consideran como heridas sin cicatrizar. Vamos a revolotear sobre el primer caso…

Hace algunas tardes y en la sede de Montañeros de Aragón, Álex Puyó y un servidor coincidimos con dos veteranos de pata negra como José Antonio Bescós y Pepe Díaz. La conversación enseguida viró desde el tema de la calle que el Ayuntamiento de Zaragoza va a otorgar a Alberto Rabadá y Ernesto Navarro…, hasta nuestro mejor representante en sci-fi climb. Aunque todo el mundo recordaba la historia de los falsos Tozal y Cilindro, a orillas del Ebro no parecía existir copia alguna de dicha afrenta. No hay problema: recurrí a la French Connection y recibí al punto la documentación requerida, gentileza de Silvio Trévisan y Florian Jacqueminet.

Para comprender el alcance de este asunto, nada tan esclarecedor como abrir la guía Pyrénées. Tome II. Excursions, ascensions, escalades (1953). Un trabajo firmado en el apartado de “Les Cañons espagnols” por Pierre Minvielle, y en lo referido a “Cauterets, Vignemale, Gavarnie” por Robert Ollivier…, quien fue muy auxiliado por los hermanos Jean y Pierre Ravier. Se puede constatar el alto vuelo de la imaginativa aragonesa, prestando atención a cuanto aparece por la página 258:

“Tozal del Mallo (2.283 m), por la cara Sur (Muy Difícil): magnífica pared vertical, rojiza horadada por numerosas chimeneas, de unos 300 metros de altura. Domina la llanura de Ordesa. Es una verdadera Dolomita, tintada en los colores tan especiales del valle del Arazas. Primera ascensión por J. A. Gavín y José Luis Rodríguez, el 21 de agosto de 1944.

”Seguir el sendero del circo de Salarons hasta el barranco de Carriata (54 minutos), dejarlo y franquear dicho barranco. Dirigirse horizontalmente al oeste, hasta el pie de un corredor con guijarros el la base del Tozal del Mallo (a 20 minutos del barranco). Subir este corredor (30 minutos). Arriba, se halla una plataforma. Numerosas chimeneas surcan la pared. Tomar la que constituye la continuación del corredor. Subir por el labio izquierdo de dicha chimenea, que tiene forma de escalinata monumental, de peldaños muy espaciados. Los primeros ascensionistas efectuaron allí numerosos pasos de hombros. Un paso de aproximadamente tres metros, extraplomado, se mostró especialmente difícil. Pero, en su conjunto, en esta chimenea se encuentran buenas presas sólidas y buenas plataformas para dos o tres personas. Sin embargo, 18 pitones de seguro fueron clavados por los primeros ascensionistas. La referida chimenea termina finalmente en mitad de la pared (3 horas desde la base). En este lugar, una pequeña plataforma permite admirar el vacío y el bello valle del Arazas. Existen otras chimeneas a derecha e izquierda. Buscar alcanzar la que se presenta por la derecha, de la que se queda separado por una pared lisa. Aquí se presenta el paso más difícil de la escalada: las presas son muy raras y es necesario emplear la técnica de la doble cuerda; doce pitones serían clavados durante la primera ascensión. Todos fueron recuperados por el segundo de la cordada. Dicho pasaje se efectúa elevándose en oblicuo hacia la derecha. De 30 metros de longitud, exigió 1 hora a los primeros ascensionistas. La nueva chimenea es más fácil. Comporta menos extraplomos. Las presas son numerosas y muy sólidas. En 2 horas y 30 minutos desde la vira, lleva a la cumbre (6 horas y 30 minutos-7 horas desde la base; 8 horas y 10 minutos desde Ordesa).

”El descenso se efectúa por un corredor herboso por la cara opuesta. Tomar el itinerario de las Clavijas de Salarons (a partir de las informaciones de Jorge A. Gavín)”.

Por añadidura, en dicha guía se utilizaba el croquis de esta supuesta apertura en el Tozal del Mallo, ¡como portada! Según los entendidos de la época, alguien había servido gato por liebre al equipo de Robert Ollivier. Y, de paso, a todos los escaladores aragoneses del momento. Recuérdese que, en ese año de 1944 que se citaba, una cordada de Zaragoza tan activa como la Serón-Millán andaba en campaña con el primer sexto grado aragonés, la Peña Sola de Agüero, en su punto de mira inmediato… No resulta extraño que la farolada del tal Gavín sentara tan mal por Mañolandia.

En la vertiente Sur, ¿picó alguien? ¡Desde luego que sí! Ni más ni menos que Agustí Jolis, quien desde La conquista de la montaña (1954) se hizo candorosamente eco de lo que Robert Ollivier proclamaba a los cuatro vientos. ¡Olé con los trepadores maños!, debió de pensar el historiador de Barcelona.

Tal y como es el carácter aragonés, puede decirse que nunca se perdonó el derroche imaginativo de nuestro protagonista. Para confirmarlo, sirva ese Especial que editó Montañeros de Aragón en 2007 a raíz del “50 aniversario de la primera escalada al Tozal del Mallo de Ordesa”. El que conmemoraba la auténtica trepada, claro está… Le cederemos la palabra, en primer lugar, a José Antonio Bescós, un hombre franco y sin pelos en la lengua:

En aquellos tiempos…, existió un reconocido y destacado patriarca del pirineísmo llamado Robert Ollivier, perteneciente al Club Alpino Francés y merecedor de un afectuoso y agradecido recuerdo, que entre sus múltiples actividades montañeras llevó a cabo la recopilación y redacción de la famosa guía de montaña que lleva su nombre, en colaboración con los no menos afamados pirineístas el doctor Minvielle y los hermanos Jean y Pierre Ravier. Entre los innumerables contactos que debió realizar para la ejecución de dicha obra con los diversos montañeros que habían efectuado las escaladas allí descritas, se topó con un autodenominado escalador español, aparentemente oriundo de Zaragoza [J. A. Gavín], a la sazón trabajando en Francia y que, frecuentando los clubes de montaña franceses de la región pirenaica, comunicó al señor Ollivier el relato de su primera escalada a la cara Sur del Tozal, con todo lujo de detalles técnicos, croquis, gráfico de la vía, fecha de la escalada, etcétera, puede que a finales de la década de los cuarenta. Supongo que para incorporarse con toda la autoridad necesaria al elenco de grandes escaladores que tachonarían las páginas de la guía en ejecución, como autores de las más llamativas vías de escalada, no dudó en comunicar asimismo su primera escalada a otra gran pared del macizo de Monte Perdido: la cara Noreste del Cilindro de Marboré, efectuada en la misma época y con idéntico lujo de detalles, y en los dos casos acompañado en cordada por otro, éste de verdad desconocido [J. L. Rodríguez], escalador español. Editose la guía por el señor Ollivier al arranque de los años cincuenta y, al recibir los primeros ejemplares de la misma en los círculos de Montañeros de Aragón en Zaragoza, se percibió un cierto tufillo a cuento chino en lo relativo a estas dos escaladas, pues aunque uno era remotamente conocido como montañero, en ningún caso se le podía considerar capaz de realizar unas escaladas como las descritas. Además, su compañero resultó no ser conocido por nadie a quien se le cuestionó sobre el caso. Igualmente, todos los montañeros (escasísimos por aquél entonces) que en las fechas indicadas acampaban en Ordesa (¡qué tiempos!) o hacían montaña por el macizo, no habían encontrado a nadie en sus ascensiones, ni nadie oyó el más mínimo comentario sobre unas actividades tan extraordinarias para la época. Finalizadas las indicadas pesquisas, se llegó a la sabia conclusión de que a nuestro buen amigo Robert se la habían metido doblada, como diríamos hoy en día, pero en aquellos gloriosos años de pubibundez, mojigatería, corrección y racionamiento, sólo le habían faltado a la verdad indecorosamente. Todo lo expuesto es hoy en día de difícil constatación (si así lo precisasen los historiadores puristas), puesto que la guía editada en aquellas fechas con dichos relatos, una vez agotada, apareció en una nueva edición en años posteriores con las reseñas verdaderas de los auténticos realizadores [en 1957: N. Blotti, C. Dufourmantelle, C. Jaccoux, M. Kahn y J. Ravier, para el Tozal; J. A. Bescós y R. Montaner, para el Cilindro] de dichas primeras. Todo este infumable rollazo que os acabo de colocar es la justificación del porqué nuestro grupo, que en la época se batía el cobre en los corrillos de la escalada bajo el apelativo (que no sé quién nos colocó) de los Siete Magníficos, estaba interesado en efectuar las primeras del Tozal y posteriormente de la cara Noroeste del Cilindro. Dicho interés venía de la mano de nuestro bibliófilo y relaciones públicas internacionales del grupo, el querido e inefable Rafael Montaner, que en sus frecuentes colaboraciones con Robert Ollivier, el Grupo Pirineísta de Alta Montaña y el Club Alpino Francés, intentaba patrióticamente borrar el baldón que nuestro mendaz compatriota había arrojado sobre el montañismo español”.

Podemos permanecer un poco más en la misma publicación de Montañeros para demostrar que en nuestra Santa Casa no se esconden las vergüenzas, precisamente. Entre sus páginas, el escalador Christian Ravier, hijo de Jean y sobrino de Pierre, también quiso aportar su opinión a través del artículo que portaba por título “La mentira de Gavín”. Y ya lo creo que lo hizo, derrochando ironía y buena pluma:

“El pirineísta es pintor, hace fotos, camina, deambula, contempla… Sueña, imagina y realiza… A veces sueña con intensidad, imagina con tal fervor que olvida realizar. En medio de divagaciones, la aventura espiritual sigue su curso, con riesgo de caer, al contarla, en la mentira.

En 1953 apareció el segundo tomo de la primera edición de la Guía Ollivier Pirineos, Cauterets, Vignemale, Gavarnie y Cañones Españoles. La portada de esta preciosa guía está ilustrada con un croquis de la cara Sur del Tozal del Mallo… Una línea de puntos recorre la muralla.

En efecto, en esta obra se relata con precisión muy particular, aportada por los autores, la primera ascensión a esta pared efectuada por Jorge Antonio Gavín y José Luis Rodríguez, el 21 de agosto de 1944. Si el relato es técnicamente vago, se detiene en cambio sobre la belleza del paisaje, un valor seguro. Gavín era un fabulador, y Rodríguez, tal vez, un compañero imaginario o el apelativo que daba a sus prismáticos. En la misma guía se anota también la primera a la Norte del Cilindro.

Esta historieta, un auto-engaño, largo tiempo olvidado, escondido, proscrito, forma parte también de la relación de los hombres con el Tozal… El centinela del Arazas propicia los delirios”.

Como remate curioso de esta historia turbia, ha quedado cierta vía en la Pared del Gallinero/Pilar del Cotatuero con el nombre de “Los prismáticos de Gavín”. Manufactura, en buena medida, de Álex Corpas, Martín Elías y Christian Ravier, entre el 18 y 19 de septiembre de 2008. Aunque, mejor que alargarme en explicaciones, nada como que os paséis para echar un vistazo por aquí: http://www.remi-thivel.com/topos/nouveautes/pages/prismaticosgavin.html.

En cuanto a los estudiosos del pirineísmo, harán bien en ser más benévolos que los trepadores y estudiar esta curiosa muestra del relato de science-fiction, para clasificar a Jorge Gavín, con todos los honores, junto a otros ascensionistas imaginarios de la vertiente norte como los célebres M. G. B., la duquesa de Berry o Achille Jubinal, por ejemplo. Que no se diga que en Aragón no tenemos un poquito de todo.

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