Turismo “de piedra vieja” entre las Valiras
Publciado por albertomartinez - 14/05/13 a las 08:05:01 amHay quien dice que el turismo de montaña atravesó tres fases bien características. La primera, desarrollada sobre todo desde las postrimerías del siglo XVIII, era practicada por aristócratas ricos que buscaban aventuras. En general, arropados por un enjambre de criados con pistolones de chispa en las alforjas de sus caballerías. Sobre 1840, las clases medias acomodadas se aficionaron a ciertas tournées descritas por los caballeretes de las hornadas iniciales. En este caso, también subirían al monte con armas: ahora, con algún revólver en la mochila. Finalmente, hacia 1900 aparecía otro tipo de trotamundos montaraz que no recurría ni a los lacayos, ni a los guías locales…, ¡ni al armamento! Le gustaba mezclarse con los nativos, comer de sus escudillas y explorar las cordilleras por su cuenta. Entre medio de todos ellos, se constatarían otras muchas subespecies, como esa que se decantaba, no por el turismo deportivo o emocionante, sino por el de corte cultural. Sin arriesgarme a proclamar que el ejemplo siguiente vaya a ser el pionero, he aquí un buen precedente del los trekkers interesados en las piedras viejas andorranas…
Entre las páginas del Annuaire du Club Alpin Français de 1896, destaca cierto trabajo firmado por Félix Régnault bajo el escueto título de: “L’Andorre”. A nada que se curiosee entre sus líneas, se descubre una declaración de intenciones que prometía, cuanto menos, rigor en el relato:
“Desde hace mucho tiempo, tenía el proyecto de visitar Andorra. Esta pequeña República [sic], emplazada entre Francia y España […], excitaba vivamente mi curiosidad. A esto, había que añadir mis ganas por saber qué pensar sobre las apreciaciones de los raros turistas que habían recorrido dicho valle, muy pintoresco según unos, o monótono e insignificante según otros”.
Decidido: fiándonos de su inclusión dentro del órgano del CAF, nos apuntaremos al periplo de reconocimiento en ciernes. Nuestro grupito expedicionario lo cerraba el abate Cau-Durban y el doctor Mellier, así como el guía galo Joseph. En cuanto al punto elegido para ingresar en el Principado pirenaico, aquel 30 de agosto de 1895, fue L’Hospitalet. Pero, antes de nada, Régnault va a explicarnos las precauciones que tomaron en la víspera de su partida:
“Un viaje a Andorra es una auténtica expedición, si se cree a los numerosos textos publicados desde 1830 hasta nuestros días. Pensábamos que su cocina iba a ser detestable, por lo que, como verdaderos alpinistas habituados a todo, decidimos añadir a nuestro equipaje una provisión de conservas, té, ron y vino de Francia”.
Sin embargo, el temor que entonces inspiraba la gastronomía andorrana no impediría que Régnault expresara su alborozo ante los retos que se aprestaba a afrontar: “¡Íbamos a salir hacia el misterioso país de nuestros sueños! Pasaríamos cinco o seis días en la montaña, en una región desconocida y lejos de la ciudad: ¡qué encantadora perspectiva!”. Por lo demás, nuestros bravos expedicionarios llegaban a la muga convencidos de que su verdadero guía en Andorra sería alguna de las caballerías que alquilaban: al parecer, venían con fama de ser buenas conocedoras de las trochas del Principado por haberse dedicado durante largos años al contrabando… Reparemos en otro detalle curioso de su equipamiento para afrontar unos peligros sin cuento:
“En pocos minutos, nuestras mochilas quedaron cerradas y los aparatos fotográficos disimulados bajo las grandes botas de piel de cabra con licor, pues me habían avisado de que en Andorra no estaba permitido tomar fotografías ni hacer dibujos, y mi amigo Maurice Gourdon me había contado varias veces las desventuras de las que fue víctima por haber llevado a la espalda un aparato fotográfico”.
Ah, ¡las leyendas sobre la suspicacia andorrana asomaban de nuevo las orejas! Pero arranquemos ya. Dado que nuestros héroes iban a recorrer las vías principales del País del Pirineo tan ricamente instalados sobre sus jumentos, apenas nos detendremos sino en alguna descripción paisajística a partir del arroyo de Palomera:
“El sendero sube sin brusquedad en zetas sobre la Solana, unos pastos amplios donde pacen, medio salvajes, millares de vacas y rebaños de carneros que apenas se asustan cuando pasamos, pues están poco acostumbrados a ver turistas visitando esta naturaleza sin cultivar y desértica. Aquí no hay ni granjas ni cabañas, salvo dos casitas en ruinas que fueron construidas con techo de pizarra. Eran los primeros vestigios que una casa de juegos que una sociedad un tanto especial se proponía alzar allí, sin duda para despojar más cómodamente a los jugadores locales, ¡si es que alguna vez se llegaba a terminar! […]. El aire es fresco y subimos con lentitud, a veces atravesando unas pedrizas que cortan el sendero. Los caballos se dirigen como pueden para atravesar esos montones de guijarros arrastrados por las avalanchas. Ni un arbusto: tal es la naturaleza desolada y salvaje que recorreremos desde hace tiempo hasta el primer pueblo de Andorra […]. A las 8:00 h, tocábamos la pequeña pirámide de piedras que señalaba el port de Soldeu [port Dret], y nos tomamos unos instantes de reposo para admirar el paisaje. Me habían dicho que era de lo más encantador. Reconozco que nuestro entusiasmo rayaba con el ardor. Frente a nosotros, la vista abarcaba todo el valle de la Valira d’Orient […]. La cadena de montañas que se alzaba enfrente presentaba cimas grises y desnudas. Sus pendientes, zambulléndose por el fondo del valle en tonos verdosos, mostraban pastos ralos con pinos dispersos”.
Sobre el referido collado, tuvo lugar un encuentro con dos jóvenes inglesas que acababan de recorrer el país con un guía y dos mulas para su equipaje. Según aclara Régnault, portaban “el bastón en la mano y las faldas alzadas”. No, no pensemos de forma retorcida: por entonces, las damas tenían vetados los pantalones incluso en la montaña, y debían apañarse con un leve remangado delantero de la parte inferior de sus faldones. Solo unas pocas, como George Sand, osaron romper estos usos. Pero sigamos, después de haber tranquilizado a los lectores maliciosos… En Soldeu, tras los acostumbrados epítetos sobre el aspecto de las casas y de su posada, decidieron reponer fuerzas “almorzando en una habitación atroz y ahumada, cuando el aire allí es tan puro, el sol brilla y el paisaje se muestra grandioso, lo que era un crimen para unos alpinistas de la vieja escuela”. Dicho y hecho: se montó una comida campestre al aire libre. Y para clausurar la pitanza, nuestro cuarteto de alpinistas a la antigua usanza se dedicaría a fomentar el noble arte de la conversación a estómago saciado:
“Tras haber cazado a menudo la perdiz blanca en los límites de Francia y Andorra, informé a mis compañeros mientras les mostraba las altas montañas de Andorra que nos rodeaban, ceñidas por el lado francés mediante crestas abruptas que parecían inaccesibles, y que sin embargo ofrecían tres pasos o puertos que daban acceso a la antigua y pequeña República [sic]. El port de Siguer era el más difícil. Inabordable durante siete u ocho meses al año, para ganarlo era preciso realizar una marcha larga e interminable a través de un desierto de rocas y precipicios. El port de Fontargent, al que se llegaba fácilmente por Les Cabannes, era poco frecuentado. Sin embargo, su bello lago ofrecía un aliciente especial a los turistas, que podían cobijarse en la choza de los pescadores de truchas antes de cruzar la frontera. Finalmente, su principal vía de comunicación, la más utilizada y fácil, si bien la más larga y fatigosa, era la del port de Soldeu que ahora seguíamos, la única practicable a las caballerías, aunque solo durante la buena estación. Es decir: cinco o seis meses al año”.
Una vez finalizado el repaso de las particularidades de esos collados que conectaban Francia con el Principado, saldrían a colación otros temas sobre el territorio que hollaban en aquellos momentos de buena charla y mejor digestión. Para variar, vistos con ojos benignos:
“Todas las funciones son aquí gratuitas: no hay aduanas, ni gendarmes, ni ejército permanente en el país de la economía y la libertad. ¡Cuántos Estados deberían venir para aprender el arte de hacer felices a sus pueblos! El andorrano, un hombre sobrio, laborioso y sencillo, es feliz entre sus numerosos rebaños, la principal riqueza de estas regiones frías, rocosas y poco fértiles. Hundido entre macizos de montañas, vive separado del resto del mundo por una alta muralla de crestas abiertas de tanto en tanto por algunos puertos que, con la buena estación, los ponen en contacto con Francia y la Cerdanya”.
No nos hagamos ilusiones. Desde el punto de vista alpinístico, un término que por aquí se emplea con generosidad, el relato de Régnault posee un valor muy escaso. Sin embargo, sus líneas destacan entre los textos habituales debido a la presencia en la cuadrilla del abate David-François Cau-Durban, activista de la Société Archéologique du Midi de la France y autor de diversos libros. Así, el sacerdote les haría apearse con frecuencia de sus caballos para visitar y fotografiar las diversas iglesias del Principado. Comenzando esta visita cultural por la capilla de Sant Joan [¿de Caselles?], valle abajo de Soldeu. Las consiguientes descripciones sobre la riqueza patrimonial del País del Pirineo pudieron hacer mucho en el fomento de ese turismo culto que no llegaba obsesionado por medirse con los Cervinos locales. Poco más adelante, nuestros cafistas retomaban el “periplo arquitectónico” en esa iglesia de Canillo que su párroco les mostraría con gusto. Ni que decir tiene, al pasar ante Nuestra Señora de Meritxell, hubo un nuevo alto para gozar de las “delicias de la arqueología”. Pero ni todas esas paradas frecuentes ni la estrechez “angustiosa” de los caminos de entonces, impedirían que el cuarteto galo arribase a Escaldas:
“¡Hay aquí una estación termal! Y es preciso añadir que sus habitantes están muy orgullosos de sus aguas sulfurosas […]. Ahora había unos cuarenta clientes, dispersos entre las casas más limpias, disputándose las ocho o diez bañeras diseminadas por el valle. Ante el estruendo de nuestra cabalgata, todo el mundo se precipitó al umbral de sus puertas y al vano de sus ventanas. ¡Las distracciones son tan escasas en tan primitiva ciudad termal!”.
La pernocta en Ordino iba a incrementar su anecdotario sobre esta Andorra finisecular contemplada con ojos franceses. Así, ante la posada de Caloumès, una buena porción de los habitantes de la villa se concentró para observar a los forasteros. Quienes, después de tanta aventura de alto riesgo como acababan de protagonizar, debían de llegar muertos de hambre… Poco extraña que devoraran con buena gana cuanto les sirvieron para cenar “sin notar los aromas extraños del ajo y el aceite rancio que despedía la sopa”. En este punto, se abriría un debate sobre el carácter del pueblo que visitaban. Por un lado, reconocieron que, en ocasiones, se topaban con cierta desconfianza cuando les veían manejando mapas o brújulas, e incluso tomando notas al aire libre, al suponer que eran prospectores de posibles yacimientos de hierro, cobre o plata. De cualquier modo, Régnault quiso atajar cualquier controversia:
“Los andorranos son buenos y hospitalarios, y no hemos tenido motivos para quejarnos de su amabilidad en cualquiera de nuestras gestiones, ya sea al solicitarles información, ya sea cuando visitábamos sus poblaciones. Tienen costumbres tranquilas y puras. Desconocen los lujos y su rusticidad les procura la felicidad”.
Toda esta serie de juicios bondadosos en favor de los sentimientos más elevados, no impediría que los galos se dispusieran a pecar, adquiriendo una generosa provisión de tabaco a precio reducido, en claro desafío a las Aduanas de su patria… Extrañará más que el segundo día de periplo, Régnault reseñara en Andorra la Vella indicios de turismo:
“En el albergue, había tres o cuatro catalanes y un francés que estaban de vacaciones desde hacía aproximadamente quince días. ¿Qué se podía hacer en la Capital de Andorra, tan triste y pobre, carente de distracciones?”.
Por mi parte, aprovecharé para adelantar aquí ciertos rastreos de los visitantes decimonónicos procedentes de Cataluña que serviré más adelante… Entre tanto, acompañemos a nuestros inquietos gabachos hasta la frontera meridional del Principado. Antes de abandonar el País del Pirineo, ¡sin siquiera degustar la menor de sus cumbres!, no se privaron de recomendar la visita a nuevos monumentos como la Cruz de Piedra de Escaldes, Sant Miquel d’Engolasters o las iglesias de Andorra la Vella y Santa Coloma. Sin duda que sus digestiones pesadas pudieron menguar ese ardor alpinístico del que presumían en Francia…
Antes de ganar la Seu d’Urgell, nuestro cuarteto tuvo que vérselas con unos Carabineros hispanos que no permitían cruzar la raya más allá de las 16:00 h. Eso, a pesar de que solo había pasado media hora del límite, y con la tormenta de la tarde formándose sobre sus testas… Un soborno de seis francos solucionaría el problemilla y, por añadidura, les surtió de escolta hasta la primera población de Lleida. ¡Olé nuestros hábiles trekkers!
Un saqueo germano en Chistau
Publciado por albertomartinez - 30/04/13 a las 05:04:29 pmVamos a permanecer en el entorno del Virrey del Pirineo. Pero, ahora, rondaremos sus cercanías no con temas montañeros, sino de minería de alta cota. Más en el ámbito de la antropología del Aragón Profundo, que en el de la crónica pirineísta. Eso sí: a través de una serie de historias bastante originales que discurrieron por las zonas superiores de Chistau durante los siglos XVIII y XIX. Que huelen a delito que no veas: timo, agresión e incluso asesinato. Antes de nada, prefiero confesar de forma espontánea: como tan a menudo sucede, en la recolecta y entrelazado de los datos que sigue, mucho ha tenido que ver la pura casualidad…
Cuando me tropiezo con el topónimo Chistau en no importa qué revisión de texto, siempre se me enciende una luz roja en el coco. ¡El sector no se prodiga en exceso desde la literatura pirenaica! Por ello, presté especial atención a cierto capítulo que ofrecía una “Descripción mineralógica de las montañas que se alzan en torno al valle de Chistau”, por cuenta de Bernard de Palassou. Así nos lo explicaba este abate francés desde el interior de su más que denso tochazo sobre el Essai sur la minéralogie des Monts Pyrénées (1781):
“Hay tres minas de plomo y una de cobre en las cercanías de Plan, la villa principal del valle de Chistau. El señor Bowles expuso a la acción del fuego un trozo de mineral de plomo que había extraído de una montaña de pizarras que se llamaba Sahún, y descubrió que era tan abundante en metal que ahora rinde cincuenta libras de plomo por cada quintal. El valle de Chistau dispone de una mina de cobalto arsenical de un tono gris ceniza que da por ganga una especie de pizarra dura y reluciente”.
Nada, nada: como uno es muy curioso, me pareció una buena idea el escarbar un poquillo más para obtener alguna cita sobre el tal Guillermo Bowles. Así, nuestro erudito foráneo, ya fuese irlandés o galo de procedencia, redactó una Introducción á la historia natural y á la geografía física de España (1775), donde se podía leer esta historieta tan entretenida:
“A comienzos del siglo [XVIII] un habitante de este valle [de Chistau], descubrió que sus piedras de cierto lugar de la alta montaña que se halla enfrente y al nordeste de Plan, pesaban más de lo normal. Supuso que eran mineral de plata. Tomó una y la llevó a Zaragoza para que la examinara un particular que pensaba sabía de mineralogía. Dicha persona realizó todos los ensayos imaginables para ver si allí había esa plata que esperaba hallar, pero al final terminó decepcionado y tuvo que reconocer que se trataba de mineral de cobalto. Envió algunas muestras a una fábrica de tintes azules en Alemania para que los analizasen. Estos alemanes las juzgaron perfectas, por lo que pensaron aprovecharse de la riqueza de la mina sin decir nada a los españoles. Para no descubrir ni su valor ni su secreto, enviaron un comisionado alemán para tratar con los aragoneses para obtener la concesión de las minas del valle de Chistau. A cambio, accederían a proporcionar al Rey, cada año, una cierta cantidad de plomo a buen precio. La Corte [de Madrid] estuvo de acuerdo con esta propuesta, al no conocer que existiera mineral alguno en dichas minas. El alemán y el español sellaron un trato secreto mediante el cual el segundo se comprometía a proporcionar al primero todo el cobalto que extrajera de la mina, a razón de treinta y cinco libras por quintal en bruto.
”Como las gentes de la zona entendían muy poco de la explotación de minas, se hizo venir desde Alemania algunas personas para que les enseñasen, y se comenzó a extraer el cobalto, que se hallaba hacia la mitad de la montaña, por encima de otra mina abandonada que se llamó la Mina de Felipe IV, dado que fue explotada durante su reinado. Ignoro el metal que de allí se pudo extraer, aunque sospecho que se trataba del mismo cobalto, pues se abandonó su explotación al descubrir que allí no había nada de plata. Entonces no se conocía bien este metal [cobalto], ni el provecho que de él se podía obtener, pero no entiendo cómo se pudo cerrar, mientras que dejaron abiertas otras en el mismo lugar de plomo y de cobre.
”Durante largo tiempo, los alemanes extrajeron de quinientos a seiscientos quintales de cobalto cada año. Dicho cobalto se enviaba a través del puerto de Plan hasta Toulouse, para allí embarcarlo y, por el canal del Languedoc, hacerlo llegar a su fábrica pasando por Lyon y Strasbourg. Cuando aquellos alemanes terminaron de desnatar, por así decirlo, nuestra mina, de la que sacaron tan buenos beneficios con comodidad, al ver que su explotación ya no podía darles más, la abandonaron, y se marcharon en 1753, un poco antes de que yo llegase”.
¿Hace una tercera noticia sobre los yacimientos del Biello Sobrarbe para que nos anime el cotarrillo? Esta vez, obtenida de un libro muy poco difundido con textos de Ramón Lasaoso y Juan Carlos Sarasa: Chistau en la memoria (1999). Sus autores apoyaban el relato de Bowles, indicando que las prospecciones a las que aludía nuestro geólogo se hallarían en Berdemené, no lejos de la punta Suelza. Tal vez, un tanto apartadas de esa zona de Sahún antes citada por Palassou… Por lo demás, aportaron este otro relato truculento, aunque sin precisar ni nombres ni fechas:
“Las minas dieron trabajo a mucha gente del valle [de Chistau]. Era una tarea dura. El sueldo no era alto, pero sí necesario. Cuentan que en una ocasión el pago comenzó a retrasarse y el encargado, inglés, decía a los mineros que ello se debía a que los dueños no le enviaban el dinero, si bien en realidad era él quien se lo quedaba. Finalmente los obreros de enteraron y, justamente indignadas, pues había estado jugando con su sustento, a pesar de los desmentidos del ladrón lo lanzaron al río, muriendo en la caída. Aun hoy se conoce a este lugar como el Salto del Inglés. Aunque también he oído la versión de que fue ahí donde unos ladrones robaron y se deshicieron de la persona que traía, desde Francia, el dinero para el pago de los trabajadores de las minas”.
¡Por fin llegaban los crímenes a nuestra película! Pero unas historias de calibre tan grueso merecían nuevos rastreos. O, al menos, otro relato que engrosara la colección. Pues esto último es justo lo que se podía descubrir dentro del siguiente libro de Justin Cénac-Moncaut: L’Espagne inconnue. Voyage dans les Pyrénées de Barcelone à Tolosa (1870). Nuestro visitante del Norte se hallaba inmerso de pleno en una diatriba contra los usos bandoleros de los montañeses hispanos cuando, para echar más leña al fuego, se le ocurrió largar el siguiente chascarrillo:
“Hace treinta años [¿1840?], unos industriales de la Bigorra compraron al Gobierno de Madrid la concesión de una mina de cobalto y de plomo situada junto a Bielsa [no lejos de Chistau]. Nuestros compatriotas se trasladaron allí y construyeron casas y fábricas para comenzar la explotación. De pronto, los vecinos se reunieron, se amotinaron y atacaron a nuestros trabajadores, a quienes hicieron huir, quemando sus barracones y destruyéndolos completamente. Ningún capitalista ha vuelto a intentarlo: la mina se ha cerrado y los aragoneses de la zona se han quedado en la miseria, pero a cambio ningún francés inquieta, con su presencia, su orgullo y su paz”.
Sí; ya sé que, con todos los datos disponibles, resulta complicado situar con cierta aproximación esas minas malditas de las que hemos rascado una parte de su pasado. Por fortuna, estos retazos desordenados se podían reorganizar mínimamente merced al ingeniero militar Lorenzo Almarza. En diciembre de 1932 y desde el número 87 de la revista Aragón, este riojano servía un revelador trabajo sobre los “Yacimientos mineros en el Pirineo aragonés”. Acudamos a sus conclusiones sobrarbesas para tratar de comprender mejor los textos precedentes:
“Cobalto: lo tenemos en Gistaín en filones irregulares con glaucodoto, cobaltina, níquel y óxido de cobalto y níquel, cuya riqueza llega al doce por cien de cobalto y siete por cien de níquel. Estas minas fueron explotadas desde muy antiguo. Los primeros datos que se tienen son del año 1730, y lo eran por una compañía alemana como resultado de un análisis hecho en el citado país de minerales procedentes de las mismas, por encargo de Juan Antonio Esteban, de Zaragoza, que había conseguido Real Cédula para trabajar minas de plomo y cobre en el valle de Bielsa, terminando su explotación en 1752. En 1755, se constituyó otra compañía en la cual intervinieron capitalistas franceses, pero a base de obreros especialistas alemanes. Los españoles quisieron recuperar esta riqueza y en 1781 consiguieron Real Orden prohibiendo a los alemanes la extracción del metal. Estos dificultaron en todo lo posible los propósitos de los españoles, que al final tuvieron que reunirse a capitales franceses para continuar la explotación. En 1792 se abandonaron por la retirada de los capitalistas franceses a causa de la Revolución, al ser incendiadas las fábricas construidas en Saint-Mamet. En 1830, se registró la mina Santa Cristina, que fue abandonada durante la Guerra Civil. Al terminar esta, se registraron nuevas minas, siendo explotadas poco tiempo, cayendo de nuevo en manos extranjeras, quienes perfeccionaron su explotación, quedando por fin paralizadas”.
Las inmediaciones del Segundón del Pirineo sirven crónicas así de pintorescas. No todas relacionadas con el piolet y los crampones, desde luego. ¿Ya he hablado de ese número de abril de Grandes Espacios donde Posets es el gran protagonista…?
Dos peñalaros y un benasqués en Llardana
Publciado por albertomartinez - 23/04/13 a las 11:04:33 am¡Ay, nuestro querido Virrey del Pirineo! ¡Qué pocas pasiones ha despertado entre los cronistas de este deporte…! Más que la segunda cota de la cordillera, parece una especie de cumbre olvidada. Hora es de ir compensando como sea la injusticia cometida con el pico de Posets o de Llardana (3.375 metros). Así, dado el tradicional abandono del gran macizo situado entre Chistau y Benás, puede ser interesante la difusión de las andanzas de algunos visitantes españoles de primera hora. Pero, antes de seguir adelante, nada como un rápido repaso que nos sitúe adecuadamente sobre el Segundón de las alturas pirenaicas…
La más temprana irrupción turística que se le conoce al pico de Posets, fue la del inglés Henry Halkett, un 6 de agosto de 1856. Por la rapidez y contundencia con que se produjo su hipotética conquista, algunos cronistas han sospechado que los promotores luchoneses, Pierre Redonnet Nate y Pierre Barrau, ya habían estado previamente sobre la cima antes de ofertarla a un cliente. Estos mismos montañeses no tardaron apenas nada en vender la supuesta segunda absoluta a Behrens, otro de esos british aventureros que pululaban por los centros termales del Pirineo galo: justo veinticinco días. ¿Una cuestión de picardía…? Para registrar la más madrugadora ascensión de hispanos, habría que aguardar hasta el 7 de agosto de 1907, fecha del viaje del barcelonés Juli Soler i Santaló y de su guía José Sayó. ¿Acaso este último pudo reconocer dicha ruta con antelación…? En cualquier caso, las siguientes presencias de nacionales sobre los Posets fueron protagonizadas por: Estanislao Pellicer y Juan Navarro (1922); Jacinto Bofill y Lucio Lascaray (1925); Jesús Errasti, Adolfo Salcedo y Enrique Uriarte (1925); Adolfo Salcedo (1926 y 1927); Severo Curiá (hacia 1926); José Torent y Ernesto Mullor (1929); Jaume Oliveras y Salvador Pueyo el Sillero de Grist (1935). Sin olvidarnos de las diversas subidas del tándem formado por el riojano Lorenzo Almarza y el benasqués Pepe Fades a lo largo de los años veinte. Como se ve, con ritmo de cuentagotas.
En lo que se refiere a los relatos de pioneros ibéricos sobre el pico de Posets, aclarar que desde luego que los hay. Aunque alejados de las cantidades que generaron el Aneto, el Monte Perdido o el Vignemale, ciertamente. Mas no por ello carentes de interés. Para la ocasión, podríamos escarbar en el seno del pirineísmo castellano. ¿El motivo?: esta misma añada de 2013, la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara cumple cien tacos de andadura. Además, en nuestro terruño, las andanzas por Llardana en 1926 de ciertos deportistas con sede en Madrid llamados Juan Díaz Duque y de Rafael Rojas, resultan poco o nada conocidas. Pues para saber más de ellos, nada como acudir a su trabajo sobre “Una semana por los Pirineos”, publicado en la revista Aragón número 27, correspondiente al mes de diciembre de 1927…
Mediante un periplo de ocho jornadas de duración, nuestro dúo protagonista pretendía atravesar el entonces misterioso Pirineo central aragonés. A su narrador, Díaz Duque, le habría llamado la atención el aspecto de los Posets vistos desde la cima del Monte Perdido… El arranque de esta aventura se llevó a cabo desde la capital del Alto Ésera, donde trataron de ponerse en contacto con el delegado de la RSEA Peñalara, José Abadía. Al no hallarlo en Benás, optarían por salir aquella misma tarde “para buscar guía por la montaña”, al más puro estilo russelliano. Durante sus gestiones por la Villa, debieron de ser víctimas de no pocos equívocos, según se insinuaba al afirmar que “la busca de un guía nos da ocasión para intimar con las interesantes callejuelas y rincones de Benasque, aunque no para aprender el endemoniado dialecto que allí hablan”. Solo entonces, los peñalaros se decidirían a partir sin su auxiliar local hacia el valle de Estós. Les iba a sonreír la suerte:
“A la entrada de este valle, se forma un puente de nieve del que todos nos han hablado en Benasque, pero ya había desaparecido en la época de nuestro viaje. Llegados al frente de una cascada que un leñador nos dijo llamarse Gorjas Galantes, dejamos el camino que, doblando a la derecha, sigue el río hasta la cabaña del Tormo, situada cerca de una espléndida cascada que recibe las aguas de los grandes glaciares de Gourgs-Blancs, al otro lado de la frontera, y seguimos en la misma dirección que traíamos hasta la cabaña del Pino, cerca de la cual encontramos a José Cereza [o Pepe Fades], que había de ser nuestro guía para la ascensión a Lardana”.
Lo dicho: los peñalaros tuvieron un encuentro muy afortunado. Porque Fades era un cazador de rebecos de excelente carácter y grandes dotes montañeras que se había convertido en el compañero inseparable de otro adelantado de la exploración de las altas cimas benasquesas: el ya mencionado Lorenzo Almarza, fundador en 1929 de Montañeros de Aragón. Antes de reemprender con el alba la ascensión que hoy nos ocupa, dedicaremos unas líneas a curiosear por el alojamiento del Tormo:
“Nuestro albergue por aquella noche estaba formado por cuatro paredes con un techo de piedras a metro y medio del suelo, un lecho de ramas y, ¡oh, lujo!, un pequeño rincón en la ahumada pared en que depositar reloj y linterna. Desde esta cabaña se llega fácilmente a Batisielles, la parte más bonita de Posets”.
El recién conformado trío se pondría en marcha a las 6:30 h. Cobrando cota por el costado septentrional de Estós, se personaron en las orillas del ibón de Bardamina. Tras espiar con envidia sus truchas, Cereza les condujo luego hacia el noroeste, a través de laderas muy empinadas. No fue una ruta ni demasiado directa ni, menos aún, cómoda. Su meta sería el llamado collado Alto de Posets, a 2.950 metros de altura, que dominaba la cabaña y valle de la Paúl. Pero mejor dejemos que Díaz Duque cuente él mismo las fases finales del ascenso mediante su prosa brillante:
“A las 12:00 h empezamos a subir el glaciar que arranca del mismo collado. La pendiente, suave al principio, aumenta tanto en el último cuarto que nos obliga a cortar escalones en la nieve. La rimaya se presenta demasiado ancha para saltarla por el sitio en que llegamos, y lo hacemos más a la derecha, de donde podemos contemplar las enormes fauces del glaciar, que amenazan tragar la roca. ¡Qué interesante es siempre una grieta de glaciar, nido de misterios y de incertidumbre! ¡Qué trasgos fríos y repelentes no saldrán por ella en una oscura noche de tempestad!
”La chimenea en la pared vertical, de más de cien metros, hay que treparla sin confiar en los agarraderos, no muy seguros. A la salida de ella hay un cairn o hito, que nos hizo creer que habíamos llegado a nuestro objetivo, que está a unos trescientos metros más allá, al final de una cresta entre dos abismos, al fondo de cada uno de los cuales hay un glaciar. Pasada la cresta, llegamos a las 13:30 h a la punta Llardana, la segunda altura de los Pirineos”.
Así se presentaba esta normal desde Estós, con final por la Paúl, en 1926. Instalados sobre la cota 3.375 metros, los dos turistas y su guía se deleitaron con los extensos panoramas de los Posets…, justo antes de leer un fragmento escrito por el conde Henry Russell. Se trataba de una especie de rito que estos visitantes repetían, iniciado por Soler i Santaló, tal y como el barcelonés narrara en su artículo sobre “Una ascensió als Posets-Lardana” del Butlletí del Centre Excursionista de Catalunya de 1908. Lo cierto es que la espléndida descripción russelliana desde el Virrey del Pirineo bien que se merecía semejante honor. Lástima que actualmente nadie conserve estas curiosas tradiciones del siglo pasado…
Sigamos adelante con la travesía… Díaz Duque y de Rojas querían descender por la vertiente de Chistau. Nos entretendremos en la descripción de este segundo itinerario normal de su travesía. El texto, no carente de poesía, bien lo reclama:
“Los grandes nubarrones que manda la Maladeta nos empiezan a cercar, y emprendemos la vuelta. En medio de la cresta, encontramos a tres alpinistas franceses, y haciéndonos sitio entre los dos precipicios, cambiamos un apretón de manos y unas cordiales palabras.
”A las 14:30 h despedimos al guía, y tomando por punto de orientación unas bordas que distinguíamos al fondo del valle, a la derecha del Cinqueta de Aigües Cruses (que nace en el collado de Gistaín, donde el macizo de Posets entronca con la cadena fronteriza), comenzamos la bajada por un canchal muy inclinado, al otro lado de la cresta por donde subimos. Nuestra ruta bordeaba el acantilado que cae sobre el gran glaciar, el que, medio cubierto de niebla, parecía lugar de refugio de algún dios nórdico.
”Llegados al borde inferior del glaciar, seguimos por la derecha del torrente que de aquel nace y forma dos cascadas. Cerca del sitio donde estas se unen, sesgamos a la izquierda, y a las 17:30 h llegamos a la orilla del Cinqueta, continuando por el camino de la margen izquierda.
”En la confluencia del Cinqueta de Aygües Cruses y el de la Pez, se halla el refugio u hospital de Gistaín, hoy albergue de mineros. De allí en adelante el valle del Cinqueta es uno de los más bellos y ricos del Pirineo. Los bosques alternan con los prados, y las bordas numerosas revelan la gran riqueza ganadera. De las claras aguas del río parecen salir voces de sirena”.
Aquí diremos adiós a nuestros peñalaros, quienes terminaban el día en una posada de Plan. Al día siguiente, cuarto ya de su trek, se encaminarían hacia Bielsa, para continuar luego hacia Pineta, el collado de Añisclo, Ordesa y Biescas… Todo un trek de ocho jornadas que, en línea recta, ofrecía setenta exigentes kilómetros, y cuya guinda fue la cumbre de Posets. Me encanta cómo despide Juan Díaz Duque su trabajo:
“Aunque mi descripción no sea de tu gusto, no dejes de ir; los Pirineos no se dejan meter en tres páginas, aunque lo intente pluma mucho más hábil que la mía, que el año próximo intentará de nuevo traerte la impresión de otras regiones de estas gigantescas montañas aragonesas, briosas como jota que España lanzara a los espacios”.
Para no incomodar demasiado, me he dejado para el final el, digamos, pequeño colofón de esta historia… O, más bien, el acostumbrado consejillo hasta cierto punto desinteresado… Simplemente, se trata de informar de la reciente publicación de una monografía dedicada a Posets en el número de abril de la revista Grandes Espacios. Al módico precio de 3’80 euros. Tras el éxito en ventas en los trabajos que tuvieron como estrellas al Aneto (GE 118, enero de 2007), al Monte Perdido (GE 174, febrero de 2012) y al Vignemale (GE 185, febrero de 2013), ¡ya le tocaba el turno al Virrey del Pirineo! Aprovechad la ocasión: nuestro querido Segundón no ha sido objeto de demasiadas reseñas literarias en tierras hispanas. Yo que vosotros, me hacía con esta colección GE de monografías pirenaicas, forasteros. Comenzando, si os apetece, con la de los Posets…
Los vascones más inquietos
Publciado por albertomartinez - 13/04/13 a las 11:04:17 pmArrancaremos esta entrada, de argumento un pelín errático, con cierta anecdotilla bochornosa que protagonicé hace diez o doce añadas… Provocada, de un modo del todo inocente, por una pregunta de Antxon Iturriza, quien por entonces preparaba el Tomo I de su Historia testimonial del montañismo vasco (2004). Había contactado algunos años atrás con el periodista donostiarra de la mano de Ediciones Desnivel para ese proyecto de antología de nuestro montañismo que terminaría titulándose Del Teide al Naranjo (2003). Con posterioridad, Antxon tuvo la amabilidad de pasarme datos de su tierra para monografías sobre cumbres pirenaicas de esta misma Casa. En fin: que le debía más de una… Así, cuando me hizo la consultilla para su libro, hubiera tenido que esforzarme mínimamente, ¿no? Pues no: porque a Antxon no se le ocurrió otra cosa que interesarse por lo que sabía sobre un misterioso club de montaña que operó por el Alto Cinca en los años veinte… Por aquí nadie tenía ni idea, claro está. Y eso que comencé interrogando a casi todos los octogenarios del pirineísmo maño, para terminar recurriendo a mis contactos en Montañeros de Aragón de Barbastro. Al parecer, en nuestro terruño se había perdido el recuerdo de esos pioneros que se organizaron para echarse al monte de forma tan temprana. Que pudieron conformar una de las primeras entidades deportivas que operó por esta región…, con el permiso de los Exploradores, desde luego. En resumen: quedé fatal con Antxon, quien me trasladó al punto lo que él había pescado del tema. Mayor amabilidad, imposible.
Dado que este tipo de datos poco usuales no suele penetrar en la memoria colectiva sino con calzador, no estará de más que refresquemos el asunto. Recurriendo sin complejos a los textos de Iturriza, que eso del plagio promete ser agotador. Si acudimos a la primera entrega de su Historia testimonial, se puede comprobar que, en la página 138, aparecía el capítulo dedicado a “Un club vasco en Huesca”. De esta forma se expresaba nuestro erudito de Donosti:
“En la lista de sociedades afiliadas a la Federación Vasco Navarra de Alpinismo había una que contrastaba por su ubicación. El Club Mataire no estaba dentro de los límites del País Vasco, sino que se encontraba en la población oscense de Barbastro. La razón de esta anomalía geográfica se debía a que este peculiar club estaba integrado por técnicos vascos, vizcaínos en su mayoría, que se encontraban desempeñando su trabajo en las centrales hidroeléctricas del Cinca”.
Antes de nada, habrá que de aclarar que Mataire no es una voz en eusquera sino un topónimo del sector sudoccidental de la punta Llerga oscense. Por lo demás, según el trabajo de Iturriza, se podía deducir que el alma mater de esta asociación fue cierto empleado de la Hidroeléctrica Ibérica llamado Adolfo Salcedo. En 1923, nuestro hombre había ascendido al Monte Perdido junto con Antxon Bandrés y José Ramón Murga. El resto de su historial conocido denotaba toda una actitud de vascón inquieto: Perdiguero (1924); Néouvielle y Posets (1925); Soum de Ramond, Batoua/Culfreda, pico de Tucarroya, Posets y Cilindro (1926); La Munia, Astazu, Monte Perdido, Suelza, Posets y pico de Pineta (1927); Monte Perdido (1929). Algunos de sus compañeros también se verían afectados de hiperactividad montaraz: a destacar otros miembros del Club Mataire como Jesús Errasti, Alberto Larrumbide, Luis Ortega, Lorenzo Torrente o Enrique Uriarte.
¿Se hubiese podido beber en otras fuentes para saber más del asunto? Pues sin duda que en algún desván del Alto Cinca, de la ciudad de Barbastro o de quién sabe qué villa de Euskal Herria, languidece algún diario de Mataires esperando para salir a la luz… Entre tanto, habrá que dar las gracias por ciertas líneas aparecidas en una revista Pyrenaica de 1974. En realidad, un recopilatorio donde se conmemoraba el cincuentenario de esa reunión del mes de mayo de 1924 en Elgueta que supuso el arranque de la Federación Vasco-Navarra de Montañismo. Con tal motivo, su “Memoria (1 de marzo de 1925-31 de diciembre de 1925)” publicaba un párrafo sobre “El Club Mataire y los Pirineos” que debería interesar a los deportistas aragoneses:
“Sería una lamentable omisión dejar de señalar la notable labor desarrollada por ese puñado de vascos que forman el Club Mataire, en Salinas de Bielsa, y que con gran entusiasmo se dedican al alpinismo de gran montaña en el grandioso escenario del Pirineo aragonés, honrando así brillantemente a esta Federación Vasco-Navarra de Alpinismo.
”He aquí un resumen de sus expediciones más importantes, divididas en etapas, en las que se han distinguido los señores don Enrique Uriarte, don Adolfo Salcedo y don Jesús Errasti.
”Primera: salida del lago de Urdiceto, de 2.365 metros; Portillo de Buisán, 2.615 metros; Portillo y barranco de Folleleta o Bin, 2.665 metros; y regreso a dormir al lago de Urdiceto. Salida del lago de Urdiceto; pico de Suelsa, 2.987 metros, y lago de Urdiceto. Salida del lago de Urdiceto, pico de la Espada, 2.802 metros; y regreso a dormir a Bielsa.
”Segunda: salida de Salinas, 840 metros; lago Trigoniero, 2.595 metros; puerto Trigoniero; 2.595 metros; col de Vacas, 2.550 metros, y regreso a Salinas, 840 metros.
”Tercera, salida del circo de Pineta, 1.250 metros; Lago Marboré, 2.595 metros; col de Tuquerouye, 2.675 metros; col d’Alan, 2.430 metros; Gavarnie, 1.330 metros, y Barèges, 1.232 metros. Salida de Barèges; col d’Abert, 2.500 metros; Lago Cap de Long, 2.093 metros, y Lago Oredon, 1.852 metros. Salida del Lago Oredon; Lago de l’Hull-Fabian, 1.102 metros; puerto de Bielsa, 2.575 metros, y Salinas, 840 metros.
”Cuarta, salida de Plan, Lago de Bachimala, 2.980 metros, Forcallo, 1.582 metros; cabaña de Clot, 2.005 metros. Salida de la cabaña de Clot, pico de Lardana (Los Possets), 3.367 metros; glaciar y Lagos Orientales, 3.000 metros; Portillo de Suel, 3.100 metros; cabaña de las Espadas, 1.800 metros.
”Nuestra efusiva felicitación a los bravos montañeros del Cinca”.
Desde luego que sí: todos deberíamos felicitar a esos vascones inquietos que se dedicaron a trepar por las montañas aragonesas desde, al menos, los años veinte del siglo pasado… Unos personajes que bien pudieran tener, como herederos espirituales, a los veinticuatro firmantes de un libro de reciente aparición: Inquietos Vascones. Relatos viajeros de escritores vascos y navarros (Desnivel, 2013). Este martes 9 pasado y en Vitoria-Gasteiz, tuvo lugar su presentación en la Sala Ignacio Aldecoa del Parque de la Florida, acogidos por la amabilidad de un público adicto y de los miembros de la Asociación Africanista Manuel Iradier. Nada mejor que servir por aquí la lista de nuestros Inquietos Vascones junto con los títulos de sus respectivos relatos, que la cosa tiene su miga:
Zigor Aldama (“Sombras en el neón chino”), José Vicente Alonso (“El canal de Beagle”), Unai Aranzadi (“El exterminio nonam no será publicado”), Mikel Ayestaran (“Viaje a la guerra en tren”), Jokin Azketa (“USA, en el Oeste”), Roge Blasco (“Una noche tropical con Bartolo”), Juanma Costoya (“De la controversia de dejar las cosas en su sitio”), Eider Elizegi (“Marhaba, un regazo para mi viaje”), Eneko Etxebarrieta (“El timo”), Miguel Gutiérrez-Garitano (“Un idiota en El mundo Perdido”), Marta Iturralde (“La voz del Pirineo”), Antxon Iturriza (“El faro de Lima”), Ander Izagirre (“Un viaje digamos que telúrico”), Ramón Jiménez Fraile (“Novatada en el Ogoué”), Amaia López de Munain (“Amor en tiempos de guerra”), José Luis Manzanedo (“Sobrevivir para contarlo”), Julián Méndez (“Los ojos más tristes del mundo”), Pablo Ojer (“El síndrome Whitechapel”), Marisol Ortiz de Zarate (“Por las montañas heladas”), Jon Sistiaga (“A lomos de la bestia”), Endika Urtaran (“King was killed”), Julio Villar (“Viaje a Oriente”), Pablo Zulaica (“Un caballo para Rafael”) y Karlos Zurutuza (“Buscad al que vende las mejores alubias de Alepo”).
En efecto: además de otros pesos pesados del montañismo vasco y navarro, o de su gremio más trotamundos, hay en el listado tres Premios Desnivel de Literatura (años 2002, 2010 y 2011). Y también tenemos a Antxon Iturriza, por si no os habíais dado cuenta…
En el número 322 de la revista Desnivel (abril de 2013), sale una reseña de esta obra coral. No en vano, estamos ante el número 100 de la serie de narrativa de esta editorial madrileña. Para apoyar más la noticia, desde el número 187 (abril de 2013) de Grandes espacios se ha servido un extracto del texto del coordinador de la obra, Miguel Gutiérrez-Garitano… ¡Pues qué caramba!: para no ser menos, le he pedido a la vascona inquieta (y honoraria) que tenía más a mano, que me pasase un pequeño parrafillo del inicio de su relato. Así se escucha “La voz del Pirineo”, según cuenta nuestra querida Marta Iturralde:
“El pastor surgió sin previo aviso por detrás de una loma. Sin embargo, no me sobresaltó en absoluto. Seguramente fue debido a su rostro: aunque surcado por las arrugas, renegrido y castigado por el viento gélido, aparecía rematado por unos ojos azules y limpios. Impresionaban por su intensa pureza. De paso que taladraban el alma. Si algún fotógrafo del National Geographic hubiera formado parte de nuestro grupo, sin duda que aquel hombre sin edad definida hubiese terminado impreso sobre una de sus portadas. Nada podía representar mejor la bondad humana que la expresión facial y la mirada de nuestro ovejero. Ni un anacoreta recién salido del vientre de la ballena le habría hecho sombra. ¿Qué clase de país brindaba al mundo hijos con un aspecto semejante? No, no nos hallábamos en ninguna cordillera centroasiática remota. Sencillamente, recorríamos un tramo poco frecuentado de la senda GR-1. Era un viaje sin prisa por el corazón de la Vieja Ribagorza. Atravesando esas campas que se desplegaban, a modo de oleaje sereno, entre el Pont de Montanyana, la sierra de Sis, Espés Alto y Castejón de Sos […]”.
Si os va bien, adquirid un ejemplar de esta obra: cuanto se recaude irá destinado a fines benéficos a través de la ONG antes citada, la Asociación Africanista Manuel Iradier. Además, así podréis conocer a los sucesores de los Mataires…
En recolecta de cumbres y floripondios
Publciado por albertomartinez - 02/04/13 a las 01:04:53 amMás de uno debió de quedarse con la sensación de que la entrada anterior andaba un tanto incompleta, ¿verdad? En realidad, era el prólogo de las andanzas del clan Marcailhou d’Aymeric en su cosecha de primeras por las grandes cimas andorranas. Con el permiso de otros montañeros que rondaron ese mismo sector durante la última mitad del siglo XIX: desde los geodésicos militares galos, hasta Huot o Schrader. Sigamos, pues, con las botas bien atadas por unas rampas más…
El segundo itinerario de nuestros botánicos amateurs por las elevaciones del País del Pirineo se desarrollaría a partir del 16 de julio de 1894. Además de Alexandre e Hippolyte, formaba parte del grupo su sobrino Alphonse, de dieciocho años de edad, así como el cartógrafo Frederick Deverell, y un mulero llamado Louis Astrié Pastafon. Por esta vez, dejaremos aparte los acopios de gladiolos silvestres para sus herbarios y situaremos al quinteto directamente en Andorra la Vella. Allí, todo serían loas hacia el hostal que regentaba Miguel Montaña Calounés. Hippolyte se esmeró incluso por promocionar su apartado gastronómico:
“Nuestro apetito, estimulado por el aire puro de la montaña, se acomodó bastante bien a los extraños perfumes del ajo y el aceite rancio que salían de la cocina. Nuestra cena se compuso de los platos siguientes: sopas de ajo, rodajas de cordero, huevos sazonados con aceite, vinagre y ajo, truchas fritas, ensaladas de tomate crudo, etcétera, así como vino dulce como el que se encuentra en todos los albergues de Andorra y de Cataluña”.
Ante la escasez de relatos de ascensiones por la Andorra decimonónica, parece obligado entretenerse con la que se aprestaba a efectuar nuestro club de las margaritas montaraces: el pic de Comapedrosa. Ofrece no pocos motivos de interés, fuera de los alpinísticos. Como pronto se verá, los Marcailhou d’Aymeric y asociados no hacían suyos ciertos vicios de los turistas al uso. Así, durante su avance hacia la base de su objetivo del 18 de julio de 1894, Hippolyte se informaba sobre alguna de las tradiciones locales:
“El camino que seguimos bordea la orilla derecha de la Valira y pasa al pie de los roquedos cortados a pico [tras Sant Joan de Sispony] del montículo de la sierra de Nor, o mejor del Honor. Según la leyenda carolingia, Luis el Piadoso, entonces rey de Aquitania, derrotó a los sarracenos en esta montaña en el año 805, tras un sangriento combate. Para perpetuar el recuerdo de esta victoria conocida como la Batalla del Honor, se emplazó en este lugar una piedra con una inscripción conmemorativa, cuyo texto fue dictado por Carlomagno. Por lo que parece, esta piedra desapareció hace una cincuentena de años. El guía nos enseñó la roca donde habría estado tallada, siempre según la leyenda, mediante un golpe de espada, de Carlomagno o de uno de sus paladines, para echar allí la avena para sus monturas. Las tradiciones carolingias no faltan en Andorra”.
Vamos a centrarnos en la subida propiamente dicha, que destaca sobre las precedentes por su meticulosa descripción. Además, para este coqueteo con el Techo del País del Pirineo, los Marcailhou d’Aymeric tuvieron el acierto de contratar a un nativo, que les conduciría sin titubeos por las zonas más recónditas de su nación. Nada como acompañarles hasta la cota 2.939 metros, tras abreviar la aproximación y saltarnos el consiguiente acopio botánico:
“Unas dos horas de marcha nos separan de Arinsal, último pueblo o mejor aglomeración habitada, donde debemos tomar a un guía especial para que nos conduzca al Comapedrosa. ¡En ruta, pues! Pasamos sucesivamente ante las aldeas del Piu, de Erts, de Pujol y d’El-Mas, entrando en Arinsal a las 07:00 h. Una vez discutido el precio con el guía Guilhem Moles, seguimos en un principio la orilla izquierda del río Arinsal durante una hora y media aproximadamente, para dejar este torrente poco más arriba de su confluencia con el río del Estany de les Truites que baja del estanque del mismo nombre situado al pie del pic de Sanfonts. Dicha unión se llama Ayguas-Juntas (1.940 m).
”Enseguida, el camino se vuelve muy estrecho y abrupto, serpenteando un zig-zag a través de un bello bosque de pinos, para arribar a una mala pasarela llamada Pont de Fanoil (2.030 metros) que nos lleva a la orilla izquierda del arroyo mismo del Estany de les Truites. Hemos llegado al límite superior del bosque antes de alcanzar la cima del resalte de Goudelens (2.090 metros) y a cien metros más arriba de la Jasse o Pleite del Salt del Aygua así llamado por las numerosas cascadas que se precipitan con estruendo en este lugar pintoresco.
”Aquí ya no hay pasarela, sino unos bloques de piedra colocados a cierta distancia en el lecho del río de Comapedrosa. Ante nosotros, se alza un circo imponente. Seguido, hay que caminar durante una hora aproximadamente por la orilla izquierda del arroyo, por una región de marismas […]. Por el oeste, se alza la cresta accidentada que une el port Negre de Tor (2.519 metros) con los contrafuertes del pic de Comapedrosa, pasando por el Puig de Sanfonts (2.885 metros), una cresta que forma la frontera de España con Andorra […].
”Alegrándonos de dejar el torrente, nos elevamos mediante numerosas zetas de un sendero de ganado llamado las Marradas, hasta el pequeño lago Negre (Estany Negre Inferior) de la Comapedrosa […]. Cuarenta metros más arriba, el Estany Negre Superior (2.650 metros) nos muestra bancos de nieve helada flotando sobre la superficie de sus ondas azules claras: una imagen fiel de esas almas recogidas que viven apaciblemente alejadas de las pasiones mundanas […]. Unas pendientes muy inclinadas, recubiertas de una nieve muy dura, suceden a este lago helado y ocupan las zonas bajas del valle terminal que precede a las pedrizas de Comapedrosa que han dado su nombre a la montaña: Coume, o valle pedregoso […].
”Nuestras piernas redoblan sus esfuerzos. El bastón de punta herrada, o alpenstock, nos resulta de gran utilidad. Durante nuestros movimientos para ascender, en efecto, aligera el peso del cuerpo, mientras que durante el descenso ofrece un punto de apoyo que brinda a nuestros movimientos seguridad y firmeza. El panorama se vuelve cada vez más amplio, y los obstáculos parecen abatirse cuando a las 14:25 h, alcanzamos la cumbre. Se escucha un ¡hurra!, cuando plantamos con alegría nuestros alpenstocks sobre la frente sublime del pico. ¡Qué hermoso panorama se muestra entonces ante nuestros ojos asombrados, bajo ese cielo oscuro que denota las altitudes elevadas! […]. Disfrutamos de unas vistas admirables, con un tiempo de una claridad admirable. Ni una nube en el cielo, ni el menor ruido que venga a turbar el silencio de este lugar desértico donde planean el águila y el buitre. Apuntamos a nuestro carnet algunas observaciones topográficas y el fósil de una serpiente sobre una laja esquistosa, unos quince metros bajo la cima”.
Pero tenemos que rozar un poquillo la botánica: marchando en compañía de este clan familiar, resulta obligado hacer alguna referencia a los floripondios… Así, su censo de especies vegetales identificadas sobre la misma cima de la Comapedrosa ascendería treinta y dos entre plantas, líquenes y musgos. No es de extrañar que la noche les tomara en su viaje de regreso a la Capital. Por ello, se deberían alojar en el albergue Palanques de Francisco Molné, en La Massana…, ¡muy criticado por estos apasionados herboristas! Como su excursión hasta la Cúspide de Andorra les había reclamado diecisiete horas de actividad, acaso no estuvieran demasiado receptivos hacia el pintoresquismo de la hostelería pirenaica. Sin embargo, el 20 de julio, los integrantes del grupo de los Marcailhou d’Aymeric parecían haberse recuperado y planeaban otra incursión por la alta montaña del Principado. Su nueva aventura arrancaría a las 05:00 h de Andorra la Vella, desde donde se adentraron por el curso del río Madriu. Picotearemos entre las impresiones más montaraces de su tournée:
“Por un camino de pendientes ásperas, subimos hacia el sudeste por la orilla izquierda del río Madriu. En mitad de una bella vegetación, dicho torrente se precipita de roca en roca con estruendo; sus aguas son tan pronto blancas y espumosas como verde luminosas, en sus partes más calmadas […].
”El camino se aleja del torrente y sube en zig-zags hacia el este, para penetrar en un bello bosque de pinos, antes de alcanzar las bordas de Tramesaygues, situadas a 1.500 metros de altitud y que los andorranos llaman Entremesaigües […]. Entramos en la Vall Civera: de camino, pasamos de forma sucesiva ante las bordas del Ràmio, la fuente de Fontverd […[ y la Roc del Estall, a través de una serie de resaltes, antes de llegar a una pequeña meseta denominada Collet del Infern, sobre la que se perciben aún los vestigios de una antigua forja catalana […]. Tres cuartos de hora de marcha a través de céspedes verdosos nos separan del Pla del Incla o Ingla, unos herbazales amplios donde pacen numerosos carneros […].
”Ahora la ascensión se toma más ruda, pues las pendientes se acentúan. A las 11:00 h, llegamos con un tiempo tórrido a los Estanys Forcats (o, mejor Furcats), así llamado por la forma bifurcada del lago más importante […]. Sucesivamente, hallamos en nuestra ascensión: un lago que mide unos doscientos por setenta metros, no venenoso; una superficie de agua mucho más amplia (aproximadamente de seiscientos por setecientos metros), igualmente no venenosa. Era el Estany Negre del Mutch, situado a 2.450 metros y cuyas aguas, de un azul muy oscuro, dada su profundidad, parecían negras. Estos dos lagos no estaban reseñados en ningún mapa de Andorra.
”A las 06:50 h, llegamos a una hendidura que bautizamos con el nombre de Portella dels Pessons, situada a 2.779 metros según nuestras observaciones barométricas […].
”Desde la Portella dels Pessons, subimos hacia el norte al Puig dels Pessons (2.864 metros), uno de los puntos culminantes de esta región, y desde nuestros ojos planean en principio sobre los valles principales y secundarios que componen Andorra, y más a lo lejos, hacia esas cimas milenarias en cuya frente está escrita la edad del mundo.
”El punto más elevado [de esta región] es el Puig Nord de Ensagents, o Alto del Grio (2.852 metros). Su altitud, al igual que la del Puig dels Pessons, fue establecida mediante los cálculos de diversos panoramas circulares desde los puntos del terreno reconocidos como los más adecuados para estas observaciones de los señores Schrader y Saint-Saud, así como Huot y Chesneau; estos últimos, colaboradores del señor Schrader.
”Dejamos nuestra tarjeta de visita, con la fecha de la excursión, en una pirámide de piedras que alzamos con rapidez en la cumbre de este pico, que no creemos todavía virgen, dado su fácil acceso. Sin embargo, constatamos la total ausencia de torres de piedras. ¿Podrían haber sido demolidas por los pastores? A pesar de nuestras activas búsquedas en el Annuaire del Club Alpin Français, en el Bulletin de la Société Ramond, la colección de Revues des Pyrénées, etcétera, no hemos hallado ninguna indicación referente a la exploración del Puig dels Pessons y de la región cercana por los señores Gourdon, Schrader, Saint-Saud, etcétera. Suponiendo, pues, que no somos sus primeros ascensionistas, al menos hemos tenido la primicia de su descripción. Por otra parte, esta región aparece incompleta y está mal representada en todos los mapas”.
Hasta aquí, la hipotética primera al pic dels Pessons o del Gargantillar. Mas todavía nos queda el asunto de la segunda cota del País del Pirineo. La crónica completa de la ascensión al pic de la Serrera se puede encontrar en un Bulletin de la Société Ramond de 1897. Sin embargo, nos decantaremos por el resumen que realizara Jean Ritter en 1995:
“El pic de la Serrera (2.913 metros), al que se accede por una larga cresta, es el punto culminante de Andorra tras el Comapedrosa. Hippolyte Marcailhou d’Aymeric llegó a aquel un 16 de septiembre de 1896, junto con H. Guilhot, un botánico y profesor en Saint-Jean-du-Falga, Baptiste Olive, el guía Pierre Salvaing y el mulero de Aston, Barthélémy Lassalle, alias L’Aureille. Les costó catorce horas desde Saint-Martin-des-Cabannes. Salieron de allí con linterna a la 1:35 h, y se hallaban sobre la cima a las 16:05 h, no sin haber recolectado plantas con profusión […]. El Puig de l’Estanyó no quedaba lejos. Los Puigs de Casamanya prolongaban la misma cresta: fueron ascendidos por Lequeutre junto con el célebre guía de Packe y Russell, Célestin Passet, el 22 de agosto de 1877, y el Estanyó por Maurice Gourdon y Roger de Monts junto con Barthélémy Courrège, el gran guía de Luchon, el 3 de junio de 1878. El Puig de la Serrera había sido olvidado”
Con cierta pena, habrá que ir cerrando ya esta entrada tan florida. Por ello, nada como dejar en el aire cierta pista que el mismo Ritter nos dejara en su “Hippolyte Marcailhou d’Aymeric, montagnard et botaniste ariégeois”: parece que se les podría adjudicar a nuestros amigos alguna primera más, concretada como muy tarde hacia 1897. Confío en que alguien recoja aquí el testigo e investigue en esta dirección:
“Los dos hermanos [Alexandre e Hippolyte] frecuentaron las cumbres de la región fronteriza cercana al Ariège. Los picos de l’Alba y de Escobes no habían recibido por entonces sino raros visitantes. El acceso hasta allí no era fácil: la ruta para carros del port d’Envalira no fue abierta hasta 1911. El jardín botánico natural del valle de Incles no pudo dejar de atraerles”.
El tiempo de tan polifacéticos exploradores ya pasaba. Tras la muerte de Alexandre en 1897, Hippolyte saldría muy poco a la alta montaña, acuciado por diversos problemas personales. El colofón de todas estas noticias nos llegará desde el universo botánico… Porque del mismo modo que Louis Ramond y Francesc Micó son hoy recordados a través de esa flor tan emblemática de nuestras montañas como es la oreja de oso (Ramonda myconi), nuestro clan de eruditos cuenta en el catálogo con la genciana de Marcailhou (Gentiana X marcailhouana rouy). Por esta vez, se había hecho justicia a través de la Ciencia.
El clan Marcailhou d’Aymeric
Publciado por albertomartinez - 21/03/13 a las 05:03:52 pmLo decía Franz Schrader en las postrimerías del siglo XIX: “Uno nunca es el primero en la montaña”. A pesar de compartir plenamente la afirmación del cartógrafo de Burdeos, me arriesgaré a poner sobre la mesa nuevos datos referidos a las tempranas ascensiones turísticas por las cumbres del País del Pirineo. Al menos, de las que existen reseñas de fácil acceso. Y provisionales hasta disponer de otras… Así y todo, cuando fijemos la mirada sobre los decorados de la alta montaña andorrana, habrá que recordar a la familia Marcailhou d’Aymeric. Unos franceses que tuvieron su peso en lo que atañe a hipotéticas recolectas, tanto de primeras como de florecillas silvestres.
La pista inicial sobre esta tribu de pirineístas galos, la obtuve hace años a partir de un interesante trabajo de Jean Ritter: “Hippolyte Marcailhou d’Aymeric, montagnard et botaniste ariégeois”. Un artículo meticuloso de 1995 para el número 182 de la revista Pyrénées. De hecho, en su apartado montaraz se servía una especie de resumen de cuanto se conocía por entonces sobre las ascensiones por los Techos de nuestro Principado. Lo reproduciremos a modo de prólogo:
“Hippolyte Marcailhou d’Aymeric ha dejado el recuerdo de ser un explorador de las cumbres andorranas. Junto a su hermano Alexandre, se consagró al estudio de la flora del Ariège, adquiriendo ambos renombre a nivel nacional en este terreno […]. Roger de Monts y Maurice Gourdon habían precedido a los dos hermanos en el pic de Comapedrosa: Roger de Monts realizó su primera ascensión conocida por el valle de Arinsal el 18 de septiembre de 1878, y el hombrecillo luchonés [Gourdon] la hizo en julio de 1881 en compañía de Emile Belloc. Serían imitados por Saint-Saud el 28 de julio de 1886. Los dos hermanos Marcailhou d’Aymeric y su sobrino Alphonse, acompañados por Frederick Deverell, un explorador británico autor de un mapa de Andorra, y por el porteador Louis Astrié, accedieron a la cumbre el 18 de julio de 1894 para extasiarse, a su vez, con sus panoramas”.
No está mal: de buenas a primeras, hemos ubicado a nuestros protagonistas sobre la Cúspide de Andorra, junto con un medallón que los acreditaba entre los tempranos visitantes turísticos. Antes de adentrarnos por la cordillera con los Marcailhou d’Aymeric para conocer el resto de sus haberes, sería oportuno realizar una corta presentación de estas gentes originarias de Ax. Por orden de edad, su sociedad exploradora la componía un sacerdote llamado Alexandre-Lucien-Marie (1839-1897) y su hermano, el farmacéutico Hippolyte-Léonard-Denis-Alphonse (1855-1909). Por su parte, el tato mayor de los Marcailhou d’Aymeric, asimismo boticario, les aportaría como delegado a su hijo Alphonse (1876-1944)… Inicialmente, pudo ser el interés por la flora de Hippolyte lo que encaminara a nuestro trío hacia las elevaciones de la muga: se cree que el boticario quedó fascinado ante las miles de florecillas que tapizaban el Puymorens de 1882. Desde ese momento, su afición iría a más. No en vano, quien terminó apodado como el Cerebro del Alto Ariège, no solo obtuvo un gran éxito en sus actividades con las pócimas terapéuticas, sino que llegó a impartir cursos de botánica en la Facultad de Medicina de Rennes.
En el plano montañero, hay que añadir que Hippolyte Marcailhou d’Aymeric se relacionaría con otros expertos en Andorra de finales del siglo XIX como Roger de Monts, Maurice Gourdon o Franz Schrader. Asimismo, mantuvo cierto grado de amistad con Henri Beraldi. Pero con quien estableció mayores lazos, fue con Frederick H. Deverell: un británico que estudió nuestro Principado entre 1880 y 1883, antes de que publicar el libro sobre All round Spain by road and rail, with a short visit to Andorra (1884) y el Mapa de las Valls de Andorra (1890). Para esta última empresa, contaría con la colaboración de Hippolyte, quien a su vez terminó editando otra carta del Haute-Ariège en 1898…
Es hora ya de echarnos al monte con estos recolectores de campánulas silvestres… Aunque habían nacido y vivían principalmente en poblaciones del Ariège, los Marcailhou d’Aymeric recurrirían a toda una cantera de guías galos que merece la pena desglosar: Baptiste Olive de Ax; Pierre Salvaing de Bouan; Barthélémy Lassalle L’Aureille de Aston; Pierre Bonnans Falquet de Cabannes; Bordes Le Pêcheur de Ax; Not de L’Ospitalet… Sin olvidarnos del personalísimo Astrié Plastafond, antes mencionado. A falta de auxiliares andorranos, al menos eran montañeses de las cercanías. En cualquier caso, Jean Ritter quiso explicar cómo funcionaba nuestro activo terceto, a la par que adelantaba los logros que les adjudicaría la posteridad:
“Una vieja foto nos permite imaginar las excursiones botánicas de los dos hermanos [Alexandre e Hippolyte]. Un asno transportaba víveres y mantas, las prensas y el barómetro. Dichas prensas eran necesarias para preparar y disponer las plantas recién recogidas en sacos de tela o en un bote de metal […]. El molesto barómetro era para obtener las cotas, pues nuestros botánicos eran también cartógrafos. Hippolyte, quien durante toda su vida fue una fuerza de la naturaleza, marchaba a pie y se negaba con obstinación a utilizar mula alguna. Fue así junto a su hermano, pero también en compañía de otros amigos montados […]. Le debemos la primera confirmada al pic de Serrera y a la Senyal de Siscarou, donde los dos hermanos alzaron una gran torreta de piedras, así como otra probable primera al Puig dels Pessons”.
Llegados a este punto, nada como recurrir a uno de los interesados para que relate sus campañas por el País de Pirineo. Por suerte para quienes sientan curiosidad por el pirineísmo andorrano, Hippolyte desglosó parte de sus andanzas desde las Explorations pyrénéennes. Excursion botanique en Andorre. Contribution à la flore de l’Andorra, Topographie (1907). Que es tanto como decir: una recopilación de sus trabajos para la Revue des Pyrénées de la France Méridionale (1889) y el Bulletin de la Société Ramond (1898), corregidos y parcialmente servidos desde el Ax-Thermal (1906), antes de ser agrupados finalmente como libro. Con todo este versionado, el arranque de la obra no fue afortunado en exceso:
“¡Quién no ha oído el nombre de Andorra! ¡Esa minúscula Soberanía de costumbres feudales, ese pequeño microcosmos pirenaico…! La mano poderosa del Creador quiso alzar los roquedos de esta comarca para formar allí desfiladeros admirables que son su fuerza y su salvaguardia, y arrojando un rico manto verde sobre la osamenta de estos colosos pirenaicos compuestos de granito […]”.
Entremos ya en el ajo. El recorrido andorrano de iniciación de nuestros botánicos amateurs, iba a tener lugar los días 13 y 14 de agosto de 1888. Como participantes en este capítulo inaugural, marchaban los hermanos Alexandre e Hippolyte Marcailhou d’Aymeric, junto con otro amigo sacerdote. De prestar atención a su ingreso en nuestro Principado, quedará en evidencia cierto interés latente por las altas cumbres:
“Tres horas y cuarto de ascensión bastan para alcanzar el port de Fray-Miguel o d’En-Valira. Desde este collado, se puede tener una idea bastante exacta de la configuración del país andorrano: de sur a oeste, se extiende por completo ante nuestros ojos. Las cimas desnudas se suceden hasta encontrarse con la cadena principal de los Pirineos, y nuestra mirada distingue el contrafuerte de los Puigs d’Estanyó [2.915 metros] y de Casamanya [2.749 metros], que avanzan encajados entre dos altas murallas para determinar con claridad las tres ramas de la Y que configura los valles andorranos […]. Disfrutando del bello espectáculo de la puesta de sol, descendemos por el valle de la Valira d’Orient. El torrente muge por delante sobre su lecho rocoso, en mitad de granitos grisáceos diseminados aquí y allí, así como algunos pinos negros”.
Sin embargo, por una vez no iban a optar por la ruta de las cimas. A esta descripción le seguiría la acostumbrada pernocta en el Hostal del Ostet, esa temida fonda de Soldeu donde Hippolyte reseñó un despliegue de “sábanas de una limpieza dudosa” y “almohadones negros”. De todo ello, se consolaron mediante una cena regada con porrón. Al menos, no habría quejas de los “manjares especiales y azafranados de la cocina andorrana”… A continuación, prepararon esos especímenes recogidos en su trayecto entre L’Ospitalet y Soldeu: ochenta tipos distintos de representantes de la flora del País del Pirineo; los más altos, descubiertos a 2.450 metros de cota. Durante el reconocimiento botánico de la jornada siguiente, Hippolyte Marcailhou d’Aymeric nos surtiría de anotaciones no demasiado usuales entre los visitantes decimonónicos:
“Tomamos el sendero rocoso y pendiente que conduce hacia el río del Incles. Lo cruzamos mediante una mala pasarela de madera, unos ciento cincuenta metros por encima de la confluencia de este arroyo con la fogosa Valira. Por la derecha, al fondo de este valle lateral del Incles, hay un collado, el de Incles o de Fontargent [2.262 metros], que permite ganar la villa de Ax en nueve horas. La encantadora pirámide de Juclar, o pic Negre de Juclar [2.627 metros] guarda la entrada; es un severo y grandioso encuadre que contrasta de forma afortunada con este entorno risueño y gracioso […]. El sonido de una cascada llega hasta nuestros oídos: se trata del Salt del Estanyó, una de las escasas cascadas de Andorra. Nos parece muy bella en su cuadro de rocas esquistosas del color rojizo y en medio de su cuna de vegetación […]. Para dejar Canillo y proseguir nuestra excursión franqueamos la Valira sobre una pasarela construida con unos pinos tendidos de un lado a otro por debajo de la villa. Aquí, el río Valira se hunde entre dos enormes murallas verticales de las cuales es preciso escalar su cresta […]. Dejando a nuestra derecha la capilla de Santa Maria d’Encamp, franqueamos de nuevo la Valira para entrar en una garganta salvaje de pendientes enderezadas, un auténtico desfiladero de aspecto lúgubre que un puñado de hombres defendería […]. Pero enseguida, ¡vaya metamorfosis!: Andorra es el país de los cambios de perspectivas. De repente, en una amplia abertura nos aparece el rico valle, la llanura de Andorra. La pendiente es fuerte y descendemos sobre un lecho rocoso […]. Tras la aldea de Engordany, se abre por nuestra derecha una garganta abrupta y apretada, la de Sant Antoni, que conduce a Ordino, el más fresco y agreste valle de Andorra. El río de Ordino, o la Valira del Nord, que irriga esta villa y brota de los flancos del pic de les Fangasses [2.682 metros], cercano al port de Siguer, confluye unos metros más abajo con la Valira d’Orient, cuyo recorrido sinuoso hemos seguido desde su origen”.
Nuestros eruditos arribaban ya a la Capital de la República, tras haber catalogado unas ciento sesenta especies diferentes. Incluida, como no podía ser de otro modo, la planta del tabaco o Nicotiana tabacum L. Todo un tesoro para la Ciencia que se debería organizar pacientemente en el Hostal de Calounés de Andorra la Vella. Por una vez, el viajero no fue demasiado cruel la descripción de la villa y, tras aclarar que ésta no se correspondía con la idea que el público pudiera hacerse de una capital, habló de la “gran antigüedad” de sus casas. Esta tournée clásica, acompañada de las diferentes identificaciones y recolectas vegetales, llegaría hasta ese Rubicón andorrano de la frontera con España que era el torrente de Runer, tras hacerse con setenta y dos vegetales más. De este modo finalizaba una campaña con la que los hermanos Marcailhou d’Aymeric deseaban compensar que, “según sus datos, ningún estudio botánico hubiese sido publicado sobre Andorra”. Querían decir: en exclusiva.
Hasta aquí, no se ha apreciado nada de particular en la crónica de estos coleccionistas de margaritas que se limitaron a pasearse por las zonas bajas de Andorra. Resulta evidente que la hora de los Marcailhou d’Aymeric no había sonado aún…
¿Hacemos ministro a un mulo?
Publciado por albertomartinez - 15/03/13 a las 01:03:01 amNo; no va a ser éste un texto político. Y lamento si he decepcionado con un título tan rotundo. Pero, como venía muy a cuento, ¡no he logrado resistirme a la tentación…! A cambio, entre estas líneas va a desfilar un puñado de relatos fronterizos. Los más pintorescos que he podido seleccionar del catálogo pirenaico. Eso sí: con alguna coletilla malévola dirigida hacia nuestros siempre respetados administradores, como pronto se verá. Por el momento, vamos a deleitarnos con las peripecias de una serie de viajeros decimonónicos que se animaron a cruzar desde Francia hasta España, si bien centrándonos en los aspectos legales de este cambio de reino.
Inauguraremos el repasillo con Charles Dembowski, autor de Deux ans en Espagne et en Portugal pendant la guerre civil (1841). Un personaje despierto que se hallaba en Urdax el 31 de enero de 1838. Veamos cómo funcionaban, según este franco-polaco, los asuntos oficiales de la época en el norte de la divisoria…, y mientras en el sur se combatía:
“Durante la comida, los gendarmes se presentaron a por nuestros pasaportes, y me decidí a preguntar a uno de ellos si podíamos comprar una de esas truchas tan reputadas en Urdax: Ciertamente –me respondió con una sonrisa significativa, a la vez que hacía un gesto de avanzar una moneda–, con esto se obtiene aquí todo cuanto uno pueda desear. A la par, escuché al antiguo alcalde de Urdax diciéndole a alguien por detrás: Sin ninguna duda; si se abre la bolsa, todo puede ocurrir”.
Mas no se hallaban en un lugar del todo apacible del Pirineo francés. En ésta, la última población del valle de Aspe, se había destacado un retén de nueve aduaneros galos junto con algunos soldados de infantería para evitar que los Carlistas pasasen armas a través de la muga. Un contingente bastante corto para su misión de “dar caza a un centenar de audaces contrabandistas” del otro lado de la raya. Con toda lógica, Dembowski también se interesó por sus habilidades alpinísticas para burlar dicho bloqueo:
“Con una carga de muchos quintales a la espalda, trepan por lugares por donde nadie osaría perseguirles. En sus aventuradas expediciones, les ayudan numerosos compinches que van como exploradores: a la menor señal de alarma, los contrabandistas esconden sus fardos en barranqueras hasta una mejor oportunidad”.
Un día después, nuestros aventureros cruzaban a una España envuelta en la primera Carlistada. No iba a ser ésta una empresa sencilla, aunque sí rica en anécdotas:
“Había caído tanta nieve en la montaña que nuestros pobres mulos se hundían a cada paso que daban, y para levantarlos, apenas bastaban con nuestros esfuerzos y con las sonoras maldiciones de cuatro muleros. La tormenta nos sorprendió cerca del puerto de Canfranc [Somport]. Si alguien nos hubiera visto entonces, tan apretados y silenciosos, no hubiera reconocido a la alegre y ruidosa caravana que había salido de Urdax. Envueltos entre los torbellinos de nieve y el viento, avanzábamos penosamente agarrados a las sillas, abandonados a la pericia de nuestros muleros. A la cabeza de la caravana, marchaba en solitario un experimentado mulo de montaña: los demás seguían en la fila, retenidos por sus amos mediante el freno o por la cola. Extasiado ante el admirable instinto con el que semejante guía descubría las señales perdidas del camino, el Marqués dejó escapar una patriótica exclamación, muy apropiada debido al triste estado de la infortunada España: ¡Oh, si España tuviera un ministro tan hábil como este macho!”.
No vamos a seguir por los siempre intrincados vericuetos de la política española: ni los del siglo XIX, ni los de la actualidad. Mejor será que busquemos la compañía más interesante de los paqueteros de Canfranc. Porque, no bien arribó a la villa altoaragonesa, Dembowski pudo enterarse de la magnífica prosperidad de sus negocios:
“En la cena, nos honró con su visita el jefe de la aduana, quien nos hizo el elogio más cómico de la bravura y cortesía de los contrabandistas de estas montañas. Le contó al Marqués: Figuraos que el domingo pasado, esos bravucones me vinieron a ver, y como me estaba echando la siesta, le pidieron a mi mujer que me transmitiera sus respetos y, lo más importante, una caja grande de excelentes cigarros. No quieren problemas con los aduaneros, por lo que jamás se han peleado con mis pacíficos hombres. El Marqués le preguntó entonces, impresionado por lo que acababa de escuchar: Entonces, ¿el contrabando se practica aquí de forma escandalosa? Su respuesta fue: ¡Y tanto, caballero! Sería millonario si me dieran lo que pasa por la frontera en una semana”.
Perfecto: ahora también conocemos cómo marchaban los asuntos legales en el lado sur de la muga. Prosigamos con nuevos testimonios: los de unos anónimos Three Wayfarens, responsables del libro Roadside sketches in the South of French and Spanish Pyrenees (1854). Al parecer, nuestro trío de turistas británicos, no contento con penetrar en los valles profundos del Pirineo francés, deseaba echarle una ojeada a su vertiente meridional: exotismo, aventuras, emociones… Ni cortos ni perezosos, alistaron en Les-Eaux-Chaudes una expedición con objeto de curiosear a su gusto por el valle de Tena:
“Es recomendable no salir más tarde de las 4:00 h del balneario francés, si se desea disfrutar o si uno se propone llegar al balneario español de Panticosa antes de la noche. Hay que asegurarse de tener firmado el contrato con el guía o el mulero, y guardarlo bien, para no pagar hasta que el viaje haya terminado […]. Una vez superada la aduana francesa de Gabas, el camino se vuelve más abrupto y escarpado. El Pic du Midi, uno de los gigantes del Pirineo, sobresale por la derecha […]. Tres millas más entre las ciénagas de un glaciar derretido, y se arriba a la aduana española. El aduanero, con todo el aspecto de ser un auténtico bandolero español, sale para efectuar un pequeño y solemne examen con aires de príncipe. Pero aquí no aparecerá, ni de lejos, la curiosidad de la aduana francesa. Los españoles están preocupados, sobre todo, por evitar que los franceses, que no sus pertenencias, entren en su bello país. Por el contrario, los franceses organizan conciliábulos respecto a cualquier navaja de afeitar, realizan incisiones en vuestro jabón, desmigajan el menor pastel de chocolate y miran con el ceño fruncido a vuestra faja de lana. Los mosquitos empiezan a picar con furia. Además, un par de horas de reposo cuando aprieta el calor pueden ser bien recibidas. Se dice que a los fumadores impenitentes no les molestan las picaduras de estos insectos, y que los cinturones rusos de cuero mantienen alejadas a estas plagas, pero es mejor confiar en la filosofía y en la paciencia”.
¡Ea!: cambio de tercio. En el verano de 1859, el inglés J. Worms emprendía desde Luchon cierto periplo circular que le llevaría primero al Alto Ésera y luego a la Val d’Aran. Marchaba con un guía y tres compañeros más. Sus Souvenirs d’Espagne (1906) retrataron un original Hospital de Benasque, pleno de vida y de sana animación:
“El refugio español, un rústico edificio adosado a la montaña, se utilizaba además como cuartel de guardia de los carabineros de la zona. Se componía de una única habitación con una chimenea alta, una mesa y algunos taburetes como toda comodidad. Cerca del fogón apagado, se encontraba sentado un carabinero con su uniforme de cuartel, un quepis, chaqueta amarilla y alpargatas. Dicho militar cantaba en voz baja unas canciones extrañas, acompañándose de una guitarra que punteaba, no sin cierta habilidad. Al darse cuenta de que parecíamos estar escuchándole con gusto, pasó a entonar en voz alta una jota vibrante, cuyo ritmo llevaba con la ayuda del pulgar, que golpeaba el vientre de su instrumento. Esta música excitante no tardó nada en producir algún efecto en los demás hombres del puesto, quienes se pusieron a bailar mientras hacían chasquear sus dedos como si fueran castañuelas. Asimismo, se apuntaron algunos civiles de ambos sexos, atraídos por nuestra presencia. Finalmente, nosotros también terminamos por bailar, atrapados por tan deliciosa coreografía, o mejor hubiera que decir, a saltar a tontas y locas, para gran regocijo de todos los demás. Después de este baile improvisado, ofrecimos a los presentes un almuerzo, que fue aceptado sin remilgos, y nos despedimos de estas gentes garbosas, encantados por el inicio de nuestro viaje, que no podría haberse iniciado de forma más simpática, pues bailar con los aduaneros nada más llegar a la frontera, no debe de ser muy habitual”.
¿Permanecemos un poco más en tierras ribagorzanas? Pues lo haremos en compañía de Henry Russell, dado que dentro del capítulo de sus Souvenirs d’un montagnard (1908) dedicado al reconocimiento del collado Maldito de julio de 1880, nuestro pirineísta se entretenía describiendo el ambientazo de cierto edificio a orillas del Ésera con aduana. Esto constató durante tan aleccionadora pernocta:
“En el Hospital [de Benasque], siempre hay aduaneros. Su presencia da una animación y una vida extraordinaria: ¡son tan alegres! Durante el día, juegan a los bolos. Por la tarde, bailan y tocan la guitarra: el resto del tiempo, lo pasan riendo y fumando. Un español melancólico y taciturno es tan raro como un escocés charlatán o buen músico. Existe cierta filosofía en esta manera de tomarse la vida. Es encantadora”.
Hasta aquí, los testimonios de guiris. Pero vamos a clausurar esta entrada con un franqueo de frontera realizado por un nacional. Y nos decantaremos por José Ortega Munilla, autor de Mares y montañas (1887). Sin pérdida de tiempo, lo situaremos en la estación de Laruns, desde donde pretendía ganar el Portalet de Aneu. Los escenarios de esta Francia meridional que nos describe, resultan hoy de lo más operísticos:
“Después de la llegada de los trenes, la animación es indescriptible. Guías, mayorales, muleros, aduaneros, fondistas y gendarmes nos envuelven y nos marean. Es un continuo ofrecer servicios, pedir pasaportes, repartir prospectos de balnearios, regatear precios, discutir en alta voz las condiciones del viaje, en francés y en español, en vasco y en una jerga babilónica”.
Sin embargo, como Ortega Munilla deseaba visitar cuanto antes las termas de Panticosa, no se entretuvo con las delicias osalesas, emprendiendo a cambio el camino del puerto. Su viaje daría lugar a recolectas de nuevos cuadros ultra-pintorescos:
“Las rocas cierran el horizonte por todas partes. El cochero, en el patois de la frontera, nos va diciendo los nombres de estos picos visitados por los turistas, y que son la renta principal de cientos de guías y de muchos hoteles que en el fondo de cada uno de estos repliegues del Pirineo ofrecen al viajero el vino agrio del país y el beefsteack británico”.
Bien se ve que los españolitos de antaño se movían por el mundo sin complejo alguno… La siguiente etapa del periplo de nuestro trekker sería Gabas, la última aldea gala. Tras la pernocta en su fonda, José Ortega Munilla se enteró de que aquí se iban a quedar los carruajes, dado que era preciso cruzar a España a lomos de caballería:
“Teníamos que recorrer tres leguas en mulo. Lo deploraba por mi pobre personalidad y por la civilización, para quien era una derrota. Lo celebraba porque de esta manera tendría ocasión de conocer al mulero, tipo franco-español que aparece en cien y cien operetas. Para los franceses que escriben esas cosas, España es un país de toreadores y muleros […]. Habíamos pernoctado en un hotel que tenía algo de venta y mucho de posada. En su portalón bullía la muchedumbre andariega, pastores y boyeros que conducen sus ganados a estas cimas mayorales y cocheros. Oíase el relincho de un caballo, una interjección muy viva del vocabulario de cuadras y pescantes […]. El mulero del Pirineo [en este caso, de Sallent] es sencillamente un aragonés forzudo, francote, amable y leal, grande y duro como hijo que es de estos riscos gigantescos, andarín incansable, pie de hierro para recorrer las sendas impracticables, pulmones de caucho para trepar a esas cimas, frugal y sobrio, económico y trabajador”.
No nos entretendremos con las batallitas de la guerra de la Independencia que dicho tensino le endosó a su compatriota. Parece preferible registrar cómo resultaron los últimos repechos hasta la divisoria con España:
“A veces las piedras rodaban bajo las pezuñas de la reata, despeñándose en una cascada de cantos rodados. A un lado y a otro, florecía la amarilla árnica en grandes ramos que ondulaban suavemente. Dios es tan sabio que ha puesto el árnica donde ha puesto los tropezones. En una hondonada, vimos una casita. Es el puesto avanzado de los carabineros españoles. Viven allí unos cuantos, solitarios del marchamo, eremitas del Ministerio de Hacienda, en continuas penitencias para que suba la Renta. Sus únicas tertulias serán los osos que por aquí se crían y, cuando llega el invierno y la nieve cae…, ¡qué veladas las que pasen estos representantes del Fisco, enterrados durante cuatro meses, sin recibir correo ni visitas sin ver una sola persona, símbolo de la Administración patria, que pone guardas para impedir el contrabando de los osos y las gamuzas!”.
Aquí dejaremos estas jugosas historias de la frontera. Mucho me temo que, en el campo de los cruces de muga, las cosas se han vuelto muy sosas en los Pirineos actuales. Con mulos ministrables o sin ellos…
Una historia de banqueros
Publciado por albertomartinez - 05/03/13 a las 11:03:18 amLa extraordinaria carrera pirineísta de Henri Brulle arrancaba en el año 1874. Y de un modo bastante convencional: con veinte tacos de edad, el futuro padre de la escalada en el Pirineo participó en una ascensión al Vignemale junto a un condiscípulo suyo de la Facultad de Derecho de Burdeos llamado Aymar de Saint-Saud. Eso sí: por el entonces semi olvidado corredor del príncipe de la Moskowa. Semejante debut pudo despertar en nuestro joven cierto afán por todo cuanto era novedoso o, sencillamente, inusual. Pero hoy no irán los tiros por estos terrenos. Por el contrario, vamos a zambullirnos de lleno entre ciertas amistades brullerianas poco conocidas en nuestro solar…
En la fecunda trayectoria de Brulle, más que este inicio junto al conde de Saint-Saud, iba a resultar esencial que entrara en contacto con su primer compañero de grandes aventuras: en 1878, el abogado Justin Maumus le presentaba en Cauterets a Jean Bazillac, un paisano suyo de Mirande. A partir de ese mismo instante, ambos conformarían un poderoso equipo que se empeñó, en un principio, en exigentes travesías pirenaicas, para buscar enseguida la dificultad de lo vertical. No resulta extraño que, al referirse a ellos, se hablara de unos “hermanos siameses rompecuellos” o de un “club alpino de dos miembros”. Es muy conocida esa felicitación navideña enviada por Bazillac a Brulle, el 26 de diciembre de 1889, donde le hablaba de la búsqueda del “paso archi-malo ideal”. En este punto, puede resultar oportuno recurrir a Jean Escudier, quien esto escribía en 1972 sobre nuestra pareja de amiguetes:
“En el mes de agosto de 1878, dos chicos tan jóvenes (Brulle tiene veinticuatro años; Bazillac, veintidós) como lo eran Russell y Tonnellé cuando se encontraron veinte años atrás, traban amistad. Jean Bazillac, de Mirande, es un huérfano algo huraño que se aficionó a caminar durante su voluntariado en los cazadores a pie [Henri Beraldi]; Henri Brulle, de Libourne (Por lo tanto gascón, pero justo en el límite; en realidad era completamente anti gascón: tenía la gran flema del Norte) [Henri Beraldi], posee ya una ligera experiencia de la montaña adquirida a través de los cuatro años de excursiones permitidas por una madre inquieta. Primero empiezan a salir juntos en excursiones fáciles; luego, siendo ambos miembros del Club Alpin Français, se entusiasman con los relatos de escaladas que publican en el Annuaire sus colegas de los Alpes. Los doce años que acaban de transcurrir han visto que los hombres se tomaban cada vez mayores libertades con la montaña. Estos doce años separan la primera ascensión del Cervino de la conquista de la Meije por los terribles precipicios de su pared Sur. Lo mismo que Boileau de Castelnau en la Meije, Brulle y Bazillac sueñan con traspasar los límites considerados posibles por sus predecesores. Desean el pico no por sí mismo, como Russell, sino por la belleza de la lucha para conseguirlo”.
Desde hace algunos años, ha aflorado a superficie la tormentosa trayectoria laboral de quien fuera el gran camarada brulleriano. Un hombre a quien la posteridad ha querido que se le recuerde, más que por su participación en gestas como el corredor del Clot de la Hount en 1879 o el de Gaube en 1889, por su inclusión en el equipo que pudo firmar la primera conocida al hasta entonces pico de Entre las Brechas del Marboré; a partir de 1887 nombrado como pico Bazillac. Quien esté interesado en profundizar entre las peripecias vitales de nuestro protagonista, no puede dejar de leer un texto de Luc Maury titulado como “Relations et amitiés montagnardes (1871-1890)” que aparecía en la revista Pyrénées número 147 (1986)… Para abrir boca, entre estas densas páginas nos enteraremos mejor del modo en que se interesó Jean Brulle por la montaña a través de la explicación que diera Justin Maumus, su iniciador en dicho deporte:
“Tuve como compañero a Jean Bazillac, una decena de años más joven que yo. Había perdido a su padre y su madre me lo confió desde su adolescencia. Hice numerosas excursiones con él desde Cauterets. Era perfecto: jamás se cansaba, siempre estaba lleno de energía y de entusiasmo desbordante frente a la montaña”.
Sin embargo, este puzzle contaba con más piezas: Maumus conocía también a Saint-Saud, por lo que tardó poco en contactar con Brulle. A fin de cuentas, los tres eran abogados y ejercían en ámbitos muy cercanos. Según cuenta Maury, éste sería el proceso de consolidación de los pronto reputados como Rompecuellos del CAF:
“El compañero de ascensiones [de Justin Maumus], Jean Bazillac, tenía entonces veintiún años. Era hijo de un banquero de Mirande, fallecido hacía algunos años. El negocio familiar era llevado por un empleado que gozaba de la confianza de su madre. Y ésta juzgaba a su hijo demasiado joven como para hacerse cargo de sus negocios. No fue sino a partir de 1884, ya con veintisiete años, cuando se pudo ocupar del banco”.
Prosigamos adelante con esta suerte de culebrón que iba a tener, como consecuencia indirecta, que se comenzara a escalar en los Pirineos… En 1878, Aymar de Saint-Saud no pudo acudir para veranear a Cauterets, y dejó a Henri Brulle sin acompañante. Ahora será Justin Maumus quien refiera mediante qué procedimiento se arregló este problema:
“Gente de Libourne que era amiga de mi familia y de la de Brulle, nos pusieron en contacto. Éste quería hacer grandes ascensiones e incluso travesías de varias jornadas. Pero su madre, que lo acompañaba [de veraneo en Cauterets], estaba inquieta por el ardor de su hijo […]. El joven Brulle me pidió que fuese a tranquilizarla, diciéndole que dichas ascensiones no presentarían el menor peligro y que, además, tendría el placer de trepar con un simpático camarada. Éste sería Bazillac, con quien le había puesto en contacto. La cosa no pudo ser más acertada: fraternidad de almas, amor similar por la montaña, un fervor parecido por la amistad… Sin saberlo, acababa de formar ese dúo Brulle-Bazillac que iba a completar gestas magníficas tanto en los Pirineos como en los Alpes”.
Ciertamente que 1878 fue una añada esencial para que las cuerdas de escalada comenzaran a desplegarse por los abismos de los Montes de Pirene. Pero vamos a cambiar de cronista para no perder el hilo de esa trama bancaria que anunciaba desde el título de mi entrada. A partir de ahora, la biografía de Jean Bazillac será cosa del propio Luc Maury:
“En 1884, el equipo Bazillac-Brulle-Passet estaba bien establecido. Pero sucedió que las contingencias de la vida harían que uno de sus miembros no pudiera jugar sino un papel episódico, aunque, a pesar de todo, brillante. Bazillac sentía un amor por la montaña que, por lo que decía Maumus, constituía una pasión devoradora. Mas no por ello iba a olvidar sus obligaciones sociales. En 1884 se hizo con la firma en su banco y pudo percatarse con rapidez de que tendría que hacer muchas cosas para mantener a su establecimiento financiero en situación de liquidez.
”Las operaciones de su banco consistían en realizar unas inversiones por cuenta de particulares que aportaban sus capitales, y a quienes se les daba a cambio unos títulos que adoptaban la forma de letras de cambio firmadas por los prestatarios. Así, a través del intermediario del banco, el arrendador de fondos se convertía en el acreedor directo del prestatario. Sin embargo, el pago de intereses y el reembolso de capitales se realizaban en el edificio del banco. Como puede imaginarse, estas operaciones debían ser atendidas con precisión para asegurarse que los compromisos de unos y otros fueran llevados a cabo, y que los títulos fuesen anulados en cuanto quedaran liquidadas las operaciones correspondientes.
”El banco había sido llevado durante muchos años por un empleado, y Bazillac se percató de que hacía gala de una cierta negligencia en el control de dichas escrituras, a pesar de no conocer exactamente en cuáles. Esta dificultad hubiese podido ser evitada de disponer del tiempo necesario para reestablecer el rigor deseable. Es decir: si se mantenía la corriente de negocios. Por lo demás, la fortuna familiar parecía suficiente como para garantizar las operaciones en curso: consistía en bienes hipotecarios situados tanto en Mirande como en los alrededores, por el valle del Adour y en torno a Riscle y a Aire.
”Tal era la situación a la que el joven tenía que plantar cara. Se puso a ello con el ardor de la juventud y con la confianza en el porvenir y en el éxito de su empresa, una actitud de la que había hecho gala holgadamente durante sus ascensiones montañeras. Así se entiende que su participación en las expediciones del equipo quedaran reducidas formalmente: no podía liberarse de sus negocios sino por cortos períodos de tiempo […]. Aunque contrariado, el disciplinado y práctico Bazillac pensó en lo que le interesaba hacer y, naturalmente, guardó sus pensamientos para sí, pues no es costumbre que los establecimientos financieros cuenten, ni como confidencia, sus dificultades, pensando en levantar su negocio”.
Casi se intuye ese estallido de burbuja decimonónica en ciernes, ¿no…? Mientras el desastre se iba preparando, nuestro banquero fue reduciendo sus participaciones en el club alpino de dos miembros: se reunía con Brulle cuando podía, saltándose alguno de sus periplos alpinos o acortando la duración del mismo. Roger de Monts empezó a consolidarse cada vez más como nuevo Rompecuellos… Justo después de la primera al couloir de Gaube en 1889, y tras alguna salida estival un tanto esporádica, “Bazillac osaría cada vez menos el ausentarse de la sede de su actividad bancaria”. El petardazo financiero estaba listo para que se concretara al año siguiente, según nos explica Maury:
“Todavía no había podido establecer Bazillac un equilibrio exacto de los compromisos de su negocio cuando las circunstancias económicas comenzaron a degradarse. Los aficionados a la Historia saben bien que, en el Antiguo Egipto, siete vacas flacas sucedían a siete vacas gordas […]. Lo mismo debía de pasar en la Gascuña: los años de sequía era bien conocidos en el departamento del Gers, a lo que se sumó la filoxera que devastó sus viñas. Los deudores ya no sustentaban sus compromisos y, debido a que los títulos habían sido mal controlados desde hacía años, algunos de ellos pretendían que no tenían deuda alguna. Entonces fue cuando los acreedores llevaron sus quejas a los magistrados. Éstos, apoyándose en el texto de la Ley, al ver que las cuentas del banquero estaban incompletas, declararon que su responsabilidad quedaba así demostrada, y que debería hacer frente a las demandas de los acreedores con sus propios fondos. Se llegó a una probable declaración de bancarrota fraudulenta, lo que implicaría la pérdida de libertad al banquero.
”Bazillac pidió su consejo a Maumus y a otros amigos. Éstos le recomendaron que saliera al extranjero para aguardar allí hasta que las cosas se tranquilizaran [en Mirande]: ellos se ocuparían personalmente de sus asuntos. Tal era la situación en la primera quincena de enero de 1890. Bazillac abandonó Mirande: en la villa se decía que se había refugiado en España y que uno de sus guías de Gavarnie le habría ayudado a pasar la frontera. Los acreedores más irritados hablaron de ir de inmediato a España para una vendetta. El hecho es que Bazillac se hallaba en otro lugar: era un tal Jean Barbe que vivía en el número 41 de la calle Neuve de Bruselas. Maumus informó de ello a sus compañeros de ascensiones: hasta el último momento, su amigo había hecho cuanto creyó posible hacer. Tuvo que partir casi sin recursos ni bienes, que quedaron sobre el terreno, y que serían vendidos para indemnizar a los acreedores, pues la banca daba cuantas garantías eran posibles. Les pidió que le escribieran: Eso le haría bien. No solamente le escribieron, sino que entre abril y junio [de 1890], fueron cada uno por su lado para visitarle en el exilio, llevándole ayudas en efectivo. Repitieron estos bellos gestos durante varios años, hasta que el tal Jean Barbe pudo atender por sí mismo sus necesidades”.
¿Cómo decirlo?: vaya historia tan sorprendente y, por desgracia, tan de nuestros tiempos…
¿Y si cambiamos Andorra por Aran…?
Publciado por albertomartinez - 22/02/13 a las 11:02:12 amEn la entrada anterior, revisábamos esas perspectivas del dominguero gabacho de antaño que acudía hasta los Pirineos orientales en busca de parajes irrepetibles y emociones fuertes. La propuesta de alguno de ellos, erigido de la noche a la mañana en experto en cuestiones políticas, podría provocar algún soponcio a los actuales moradores del País del Pirineo…
Vamos a ello. Con Victor Dujardin, firmante de los Voyages aux Pyrénées. Souvenirs du Midi par un homme du Nord. Le Roussillon (1890), nos entretendremos un poquillo más de lo habitual. Para abrir boca, este norteño inquieto no tendría empacho en explicarnos el desinterés de los medios de la época por nuestro País del Pirineo:
“Todo el mundo ha oído hablar de Andorra, pero pocas personas la conocen. Recientemente, algunos reporteros de periódicos parisinos la han visitado, recorriendo esta región pirenaica y, naturalmente, no han podido hacer sino relatos sucintos y superficiales. No han tenido tiempo de asimilar lo esencial […]. Un grupo de población, un pueblo o incluso un individuo, no muestran sus almas sino con lentitud, y no a todos. Jamás a los visitantes de paso; solamente a quienes allí se instalan, permanecen y miran con atención. De un primer vistazo no es posible conocer el espíritu de la zona, penetrar en los secretos de esta naturaleza soberbia: montañas, valles, llanuras, bosques, riberas […]. El buscador, el ojeador, debe también escuchar mucho, para tomar cuanto sea interesante u original, y dejar el resto, pues los campesinos repiten de forma rutinaria algunos temas a menudo absurdos”.
El relato del viaje de Dujardin al “pequeño país perdido en un pliegue del macizo de los Pirineos meridionales”, prometía cierto rigor… Máxime, tras conocer que, en su fascinación por el Principado, los motivos líricos tuvieron su importancia:
“Hasta ese día, no conocía el valle de Andorra sino por la célebre ópera de Halévy y su puesta en escena, así como por su Canto del Cabrero tan famoso: He aquí el hechicero, pues existe todavía; el viejo cabrero del hermoso país de Andorra. Desde mi juventud, estos versos revolotearon a menudo entre mis labios como una deliciosa poesía dedicada al pasado y a los lugares admirables de estos valles pintorescos”.
En fin; nos ha convencido este trotamundos tan poético: pues vamos a acompañarle en su periplo. De este modo arrancaban sus aventuras, un tanto tartarinescas, a partir de Porté:
“No existe un camino para carros: es preciso ascender a pie o a lomos de un mulo, un sendero áspero, rocoso y bastante peligroso […]. Entramos en una región cada vez más accidentada: montañas, precipicios, multitud de torrentes, senderos a penas practicables…”.
Pero al bueno de Victor Dujardin se le iban a olvidar pronto las piezas operísticas. A cambio, comenzaría a repartir cañazos desde su mismo aterrizaje en la primera población andorrana. Los epítetos que le dedicó a Soldeu fueron poco originales: “Sórdida, siniestra, negra, alucinada, miserable…”. Etcétera, etcétera. Acaso influyera en sus severos juicios un curioso detalle ornamental que percibió en dicho núcleo: “El país tiene cierta seguridad de que los viajeros no se van a asustar, pues cuando se entra en Andorra, uno se percata de la inscripción amenazadora en la primera de las casas de Soldeu: Aspice et retro (Mira y marcha)”. Cuanto menos, al constatar el entorno que rodeaba dicha aldea, acertaría a proclamar con tonos saussurianos:
“Desde este mirador natural aparece el bello espectáculo de las profundidades de la garganta y de las cimas lejanas que se extienden hasta Andorra la Vella. Tenemos ante nosotros el soberbio valle de Andorra: se abre con su doble cadena de montes desnudos y escarpados donde se extienden los oscuros bosques de pinos. La visión es verdaderamente indescriptible y, durante largo tiempo, no queda absorbido por la contemplación de esta naturaleza salvaje, tan bella como imponente”.
Se ve que a este mocetón del Norte le tiraban los decorados naturales. Pues cambio de perspectiva para recuperar nuevos jalones de su buen ojo alpinístico en su descenso hacia Encamp:
“A la derecha, sobre las orillas de la Valira, se aprecian claramente unos vestigios de la época glaciar. Hacia el pic Padern, de 2.580 metros [tiene 1.859 metros], se percibe una gran morrena de rocas amontonadas. Por la izquierda, aparece, alzando al cielo su testa nivosa, el pic de les Neres de 2.700 metros [tiene 2.212 metros]”.
Sin embargo, en lugar de emprender el camino hacia los Techos de Andorra, Dujardin preferiría dejarse caer por su Capital. Y, una vez allí, se dedicó a destinarle a Andorra la Vella los ya repetitivos calificativos de: “Supersticiosa, triste, sombría…”. Etcétera, etcétera. Mejor nos quedamos con su recomendación en favor de la, hasta entonces, marcha más difundida:
“Una excursión muy interesante puede hacerse saliendo de Escaldes o de Andorra la Vella, remontando el curso de la Valira del Nord, que se une en estos parajes con la Valira d’Orient. El recorrido es muy pintoresco. El viajero pasará por La Massana y podrá, sin grandes dificultades, proseguir su camino hasta Ordino. Desde este último pueblo, construido como un anfiteatro sobre el filo de un cuchillo, la vista se extiende muy lejos. Es uno de los sitios más bellos de la región”.
Aquí terminaba una visita que tanto prometía. Como consuelo al pueblo andorrano, decir que Victor Dujardin tampoco se privó de obsequiar a la Seu d’Urgell con toda suerte de juicios duros. Amén de una nueva observación desagradable hacia el país que dejaba atrás: “Esta zona es tan atormentada y salvaje, que en Cataluña la palabra Andorra sirve para caracterizar una región áspera y perdida”. Antes de despedir con viento fresco a nuestro ácido nordista, apuntaremos su proposición geopolítica: que el Estado Español se quedara con Andorra y que cediera al Francés, ya el enclave de Llivia, ya la Val d’Aran… Como quien se cambia unos cromos, supongo.
Lo cierto es que tal era la tendencia que predominaba en la literatura pirineísta gala referida al País del Pirineo: un mínimo interés por sus montañas que hacía suponer que todos ellos arribaron entre nieblas espesas, junto con cierta inquina hacia sus villas y moradores. ¿Otro ejemplo que siga estas mismas tendencias? Nada más sencillo. Solo tenemos que revisar estas cortas líneas de Alfred Germond de Lavigne de 1892:
“Andorra tiene pocos monumentos de los tiempos antiguos. La capital, Andorra [la Vella] es un pueblo de aspecto pobre cuyas casas, edificadas con rocas de esquisto y de granito, no tienen, en su mayoría, ningún revestimiento”.
No todos se mostrarían tan rancios. Adolphe Mony fue más objetivo desde sus Notes de voyage. Du Vernet à Ax-les-Bains par la montagne (1897). O, acaso, copiase menos… Aunque nuestro hombre no llegó a ingresar en el Principado, al menos dejó a sus lectores ciertas ideas evocadoras, no bien lo divisó desde el Puymorens:
“Se trata de un valle de nombre resonante, sobre todo, con el acompañamiento de una orquesta, como es el pintoresco valle de Andorra […]. Ciertamente, la vista se pierde en esta suerte de visita a vuelo de pájaro sobre este famoso repliegue de montes: parece tentador y sin duda merecería un pequeño desvío de una hora o dos, pero el día estaba avanzado y, por otra parte, el país de Andorra, ese pequeño fenómeno montañés […], merecería más de un vistazo”.
Resignación. A lo largo del siglo XIX, así funcionaba la mirada dominguera francesa… ¡Y habría muy pocos lugares del Alto Pirineo que se salvaran de la quema!
La perspectiva del dominguero galo
Publciado por albertomartinez - 19/02/13 a las 04:02:40 pmVamos a retomar en varias entregas espaciadas los capítulos más significativos del montañismo en el País del Pirineo. Una crónica que, por desgracia, aparece bien surtida de relatos viajeros, que no tanto de narraciones con cierto espíritu deportivo. De hecho, en un rastreo superficial entre los papelotes de nuestro gremio, apenas he podido localizar la presencia de alguna estrella del firmamento pirineísta: Henri Brulle, quien realizó una campaña fulgurante en compañía de Jean Bazillac y Célestin Passet. De este modo taquigráfico nos trasladaba Henri Beraldi cómo discurrió esa tournée de sus amigos que debutaría en el Canigò para avanzar hacia el Oeste:
“Salida a las 4:50 h [de Porté]; minas de Puymorens, port de Soldeu y Soldeu a las 10:30 h. Albergue infecto, gente recia.
”Viernes 21 [de julio de 1882], salida a las 11:15 h. Canillo, col de Ordino a las 14:20 h. Ordino a las 15:45 h; guisos con aceite perfumado.
”Sábado 22, salida con el porteador Buenaventura a las 3:10 h para subir al Comapedrosa desde Arinsal. Cima a las 12:15 h; vistas maravillosamente extensas. Descenso hacia Tor, a las 15:55 h”.
Una verdadera lástima, que del padre de la escalada pirenaica se limitara a degustar los panoramas desde el Techo del Principado sin detenerse para considerar las posibilidades de la Andorra vertical. Honor éste que dejaría a otro primer espada, ya a caballo entre los siglos XIX y XX… Entre tanto arriba el tiempo de subirnos por las paredes, nos conformaremos con los testimonios del excursionismo galo más puro y duro. Con su fuerte tendencia a los lugares comunes y a las impresiones manidas. Un tanto repetitivo y, por lo general, escasamente propicio a las montañas de esta rinconada del Pirineo oriental. Al menos, van a surtirnos de textos que, contemplados con cierta benevolencia, no dejan de brindar pasajes divertidos…
Arrancaremos nuestro periplo con los más domingueros de nuestros vecinos septentrionales a través de un pata negra de su literatura pirenaica. Desafortunadamente, Frédéric Soutras dedicó una ínfima atención a los decorados que hoy tanto nos interesan desde su Guide aux établissements thermaux des Hautes et Basses-Pyrénnées et de la Haute-Garonne (1858). De hecho, apenas recomendaría sino una visita express:
“A partir de Ax, se pueden realizar multitud de excursiones por los valles cercanos, especialmente al de Andorra, una pequeña república desde hace varios siglos que, bajo la tutela de Francia y de España, mantiene su antigua independencia y su libertad patriarcal. Tres días bastan para esta excursión”.
Uno se pregunta qué le hubieran parecido a Soutras las poblaciones andorranas de haberlas visitado…, si el villorrio francés de L’Ospitalet le dejó cierta impresión de “una aldea árabe”.
Pero convoquemos ya al siguiente integrante de nuestra particular selección. Ahora será Lannau-Rolland quien nos descubra las posibilidades de una marcha por el Principado pirenaico desde su Nouveau guide général du voyageur en Espagne et Portugal (1864). En la Ruta 45, aconsejaba cruzar desde Ax hasta la Seu d’Urgell para, seguidamente, pasar a describir dicho itinerario a partir de L’Ospitalet. Veamos algunos extractos reveladores de este viaje tan recurrente:
“El camino discurre por el flanco de la montaña, tanto a través de pendientes de roquedos como de gargantas rocosas y áridas. La ascensión por este camino perdido en los Pirineos es lenta y penosa, y finalmente conduce a una altitud de 2.500 metros. Desde lo alto de este puerto, el viajero ve desplegarse a sus pies las montañas de todo el país de Andorra. Comienza a descender por la vertiente sur: este lado es menos árido que el otro; los árboles verdes y los pastos de altura recubren, aquí y allí, el flanco de la montaña. Se llega así a una garganta bastante verde, por cuyo fondo corre la Valira, muy cerca de su fuente […]. Este pequeño pueblo libre, muy religioso, benévolo, hospitalario, apacible y muy decidido a mantener su independencia, es feliz. El aspecto de bienestar que reina en todo el país de Andorra sorprende al viajero en la simplicidad primitiva de la región. Dichoso valle, digno de aparecer como en las óperas. Dichosa República, que es como una auténtica novela política escondida en el fondo e un valle de los Pirineos”.
Como hecho significativo, habría que destacar que Lannau-Rolland no iba a destinar demasiadas expresiones peyorativas al país que visitaba, destinando incluso algunos elogios a ciertos núcleos: mientras que Encamp era una “encantadora población rodeada de una campiña muy bien cultivada y con aspecto de lo más pintoresco”, Escaldes le resultó “otra villa de aspecto muy floreciente con dos establecimientos termales bien mantenidos y frecuentados”. Menos da una piedra.
El tercero de nuestros cicerones no va a ser tan amable. Porque para Léon Jaybert, autor de La Republique d’Andorra. Ses moeurs, ses lois et ses coutumes (1865), dicha nación no ofrecía la mínima facilidad turística que los exquisitos de la época reclamaban incluso en mitad de las montañas. Simplificaremos sus quejas para quedarnos tan solo con sus referencias airadas a “camas que jamás vieron sábanas de tela”, a su percepción de “nada de lujos en los baños” o a esa “ignorancia absoluta de la utilidad de una servilleta durante las comidas”. Para compensar, nuestro bon refiné proclamaría sobre la hospitalidad local que allí “nadie preguntaba ni el nombre” de los viajeros y que “ninguna remuneración era aceptada” por el alojamiento. Pero buceemos un poquillo más entre su texto para ver si, por casualidad, alzó la vista hacia las montañas:
“En el límite extremo del departamento del Ariège, y al salir del último pueblo francés de L’Ospitalet, que bien podría parecernos un oasis en mitad de esta naturaleza inculta y salvaje y de estas rocas desnudas, hallaréis una carretera […] y las montañas de Andorra, límite de la pequeña república del mismo nombre […]. Trafican mucho con Francia, y van hasta la Bretaña y Normandía para comprar caballos y mulas, que pasan de contrabando a España […]. Las andorranas son modestas; con limpieza, quedarían bastante bien: su fisonomía es regular y su talla elevada […]. La moral es muy severa en esta república, y cualquier hombre libre que haga que se pierda alguna chica, está obligado a desposarla sin importar su posición. Pero tal situación, por lo demás, sucede pocas veces […]. En este país donde los caminos consisten en senderos de un metro y medio, con todos los accidentes del terreno al borde de torrentes escarpados, en cada lugar peligroso se encuentra una capilla cuyo nicho aparece adornado con una Virgen que supuestamente guarda a los viajeros. Sus puentes consisten en unos postes de pino. Los andorranos dicen que es preciso que los caminos sean buenos, pero no demasiado, para que su país sea menos conocido. Como piensan que sus picos son casi inaccesibles, no los vigilan lo suficiente”.
¿No da la impresión de que muchos de estos escritores decimonónicos, digamos que se dejaban influir, por los textos de algún predecesor? Por no hablar de su cerrazón radical ante las posibilidades que ofrecía para el retorno rousseauniano al medio ambiente… Algo que, para variar, parece promocionarse desde cierta brevísima reseña de esta anónima Notice sur les Bains d’Ussat. Ariège (1869): “Los turistas que deseen admirar los bellos escenarios de la naturaleza pueden ir a visitar con facilidad, desde aquí [Ax], los valles tan curiosos y pintorescos de Andorra”. Algo es algo, ¿no? Porque, sin duda, tuvo que haber visitantes que se encaramaran sobre alguna balconada sencilla y con buenas vistas, como era de buen tono realizar en los demás destinos pirenaicos. Un ejemplo de todos esos relatos que deben de permanecer aún sin salir del armario, podría ser la referencia que aparecía en el Bulletin de la Section Sud-Ouest du Club Alpin Français de enero de 1887: un tal G. Delure, junto con el guía Henri Passet de Gavarnie, marchó “desde Luchon hasta Zaragoza pasando por Andorra (en seis jornadas)”. Un periplo ciertamente curioso, ¿verdad? En concreto, la cuarta de las etapas de tan original trek iría desde las granjas de Couflens hasta Andorra la Vella para, seguidamente, acudir a la Seu d’Urgell.
Quien se haya quedado con ganas de acompañar a los viajeros del siglo XIX por el entonces bravío Pirineo oriental, tiene una cita con la siguiente entrada…
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