Desquite en la Noroccidental

Tras la I Guerra Mundial, se perdieron un poco los modos de gentlemen que hasta entonces habían imperado en el pirineísmo galo. Hasta cierto punto, pues si se rebusca entre la correspondencia privada de algún primer espada de este deporte, puede saltar la sorpresa… Sin embargo, estos aguijonazos a los que aludo se habían mantenido en el terreno de la misiva entre amigos, que no en el de la tribuna de prensa. Pero el ansia de debate parece acompañar siempre a los de nuestro gremio…

Buena parte de las aperturas disponen de su correspondiente salsa picante, servida desde las publicaciones especializadas. En este caso, nos iremos hasta el Cervino de los Pirineos o, más sencillamente, nuestro Balaitús. Los mejores trepadores del momento dedicaron décadas a abrir sus dos aristas más características: la del Costerillou, primero; la cresta del Diablo, después. Para cerrar la Trilogía de la Araña restaba la Noroccidental, un objetivo codiciado desde antiguo. Que dicha ruta llevaba tiempo en el punto de mira de los deportistas más activos, lo demuestra el siguiente párrafo, publicado en 1913 por George Cadier dentro de su Diálogo de Vivos y Muertos:

“Wallon: Ved, ved a esos insensatos que, subiendo por Batcrabère, atacan la Noroccidental. Retroceden, ya bajan: la arista ha sabido defenderse… ¡Muy bien, arista!

”Robach: Tranquilo; la arista no se perderá nada esperando. En cuanto suban un torno de mano hasta la cumbre para izar a la gente como a fardos, será vencida”.

El primer peldaño de las futuras Tres Aristas tuvo que aguardar hasta 1932 a la cordada de Henri Le Breton, Henri Lamathe y Jean Senmartin. Tal vez demasiado. ¡Resultaba tan extraño que ningún miembro del Groupe des Jeunes de Jean Arlaud la tanteara previamente! Con anterioridad, la ruta tan sólo llegó a ser ensayada, un 28 de julio de 1910, por George Cadier, Maurice Gardères y Jean Fauchay: justo hasta la Grande Taillante y sus placas, que acabarían por lucir el apellido del último citado…

Pues, ¡a por ella! Los nuevos candidatos se dispusieron a asaltar esa arista del Balaitús aún sin hollar el 8 de agosto de 1932. De madrugada, se tocaría diana en el refugio de Arrémoulit para que Le Breton, Lamathe y Senmartin se situaran al pie de su objetivo. Bajo el arranque de la Noroccidental, nuestro trío se calzó las espadrillas de escalada y guardó sus botas en las mochilas. A pesar de un terreno delicado porque el granito estaba recubierto de líquenes, los escaladores avanzaron los primeros metros de cresta desencordados. Una brechita cercana a los bloques bautizados como les Deux Diables señalaría el inicio del uso de la cuerda. Lamathe superó el largo inaugural escalando una gran laja y la consiguiente vira, que lo situaron bajo los Diablos…, esquivados en favor de la velocidad de progresión. Los dos líderes habían decidido repartirse amistosamente los platos fuertes del día: su aguja Central y esa Taillante que ya rechazara a Fauchay.

El tramo siguiente abocó a una serie de canales que conducían de nuevo al filo de la arista. Una escalada sin concesiones, en pos de una balconada característica que señalaba cierta curiosidad geológica de aquella fachada del Balaitús: el gran derrumbamiento de 1912 que provocó que se desmoronara la mitad de la entonces llamada aguja Central… Ante su cicatriz blanquecina, se preparó el asalto del obstáculo más característico de la vía, según cuenta Le Breton en su artículo sobre “L’arête Nord-Occidentale du Balaïtous” para La Montagne, en junio de 1933:

“Lamathe, asegurado por Le Breton, descendió unos metros por la derecha y después se izó sobre unas placas negras utilizando las raras fisuras. Pronto, la superficie de la Aguja se volvió completamente lisa y el líder ya no pudo progresar verticalmente. Entonces, pensó en efectuar una travesía hacia la izquierda; justamente, se percató de una grieta en la pared, a diez metros de él, que podría alcanzar gracias a una minúscula cornisa de arranques cercanos. Pero esos dos metros que le separaban eran muy arriesgados. Desde el otro extremo de la cuerda, adivinamos que aquel paso era crítico. Así, escuchamos con alivio a Lamathe anunciando que ya estaba en un terreno mejor: había alcanzado una gruta que era un abrigo perfecto, con una ventana en la vertiente de Larraille y un agujero estrecho en su techo. En realidad, era una excavación formada por unos bloques enormes que, poco a poco, se desgajaban de la pared, de la que se despenderían algún día: quizás no era muy prudente fiarse de ellos pero, aquí, no había otra elección posible. Lamathe se sintió dichoso de poder empotrarse entre esas dos paredes para agarrarse a una buena brecha sobre el bloque extraplomado del techo, sobre el cual se alzó mediante una tracción vigorosa… Su progresión hacia la izquierda le había llevado exactamente por encima de nosotros, a unos quince metros aproximadamente. Así, decidimos que era el momento de elevarnos directamente desde el balcón del desprendimiento, justo por la intersección de las rocas blancas con las negras…

”Por arriba, seguimos la vía recorrida luego por Lamathe: una laja desgajada que permitía el empotramiento y que conducía hasta un bloque en extraplomo, que fue vencido mediante un buen esfuerzo de brazos. La pendiente se atenuó entonces para encontrarnos sobre un terreno de grandes lajas, pobres en presas, donde era preciso utilizar las fisuras colgándonos hacia el oeste. La última laja tuvo que ser superada mediante adherencia y nos condujo directamente a la cumbre de la Aguja”.

Junto a un pintoresco bloque con forma de sombrero, el trío se reunió para alzar la torreta de piedras donde escondieron la cajita con un papelito donde tomaban posesión de la ahora Aguja de Henri Lamathe. ¡Aquello haría bufar a más de un miembro del GDJ! Sus compañeros también habían tenido su mérito, pues lograron enderezar la ruta original tras un par de intentos asegurados desde arriba. Restaba destrepar por la vertiente sur a través de un sistema de viras que les evitó un rápel de cuarenta metros, con Senmartin encabezando la operación.

Tras la flamante Aguja Lamathe, el siguiente obstáculo era una serie de gendarmes: el problema quedó solventado mediante la escalada de una laja de granito muy afilada que exigió que la cabalgasen durante casi un largo de cuerda. El segundo gendarme sería esquivado por la izquierda; no por su complicación, sino porque era de escasa entidad y los tres pirineístas pensaban en las dificultades siguientes. A las 14:45 h, nuestro trío abrió las hostilidades contra la Grande Taillante. Su base aparecía defendida por muros muy verticales y desprovistos de presas. Varios largos se fueron sucediendo hasta que Le Breton alcanzó una especie de balconada apuntada hacia el este-oeste, la última facilidad que iba a brindar el Balaitús. Aquí arrancaría la parte más dura de esa arista Noroccidental que estaban a punto de firmar:

“El ataque directo contra la gran placa que nos dominaba, la Placa Fauchay, parecía imponerse. Le Breton decidió arriesgarse en una serie de presas pequeñitas. Pronto, su adherencia comenzó a parecerle tan precaria que prefirió volver al reborde del que había partido, lo que no pudo conseguir sino con problemas. Un examen más detallado de aquellos lugares nos hizo entonces darnos cuenta de la existencia de una fisurita extraplomada, por encima y a la izquierda del hueco de guijarros, al este de la Placa Fauchay. Dicha fisura resultaba, por lo que parecía, la única vía que permitía evitar las lajas. Así pues, optamos por ella, a pesar de su molesto extraplomo, que Le Breton pudo superar gracias a un corto paso de hombros sobre Lamathe. Los otros dos miembros de la cordada pasaron con ayuda de una especie de estribo confeccionado con la cuerda de la cintura. Por encima del extraplomo, la roca seguía muy vertical y su escalada necesitó mucha prudencia a pesar de que las presas no faltaron, que era lo esencial. Cerca de veinte metros más de dificultades, y Le Breton pudo instalarse sobre una amplia vira ascendente que se dirigía hacia el este por encima de la cual la pared superior de la Taillante, que iba reduciéndose, parecía de tal forma perder su verticalidad que hizo que el líder gritara a sus compañeros: Es una auténtica meseta. Una simple ilusión óptica… La cordada, impaciente por terminar, se alzó rápidamente, sustentándose en especial hacia el este, cerca del filo de la Taillante. Unas maniobras más en un roquedo menos sólido y llegaron a los esquistos de la brecha de los Isards. El tiempo se había estropeado y una niebla inquieta nos rodeaba. No importaba haber quedado a ciegas, puesto que la Noroccidental había sido vencida”.

Ay, ay, ay… Esta frase de cierre iba a ocasionar no pocos quebraderos de cabeza a su firmante, enseguida tildado de “insensible” desde algún club de Toulouse. Mas no creo que le importara mucho a Le Breton, quien podía proclamar con orgullo: “Una nueva ruta, la más bella, ha quedado abierta en el Balaitús. ¡Ya puede ser repetida!”. Se trataba de la última pieza para componer las Tres Aristas, juzgada por los repetidores como “la vía más alpina del macizo”. Pero ciertos aires de desquite rondaban por el ambiente pirineísta, muy denso debido a la eclosión de nuevas agrupaciones…

Los competidores del GDJ elegirían el verano de 1937 para dar la réplica. Y lo pensaron hacer de un modo bastante exótico. Así, un 9 de septiembre, Jean Arlaud y Jean Grenier ascendían hasta el Balaitús con cierto objetivo pintoresco en mente, a modo de contraataque: la apertura en sentido descendente de la arista Noroccidental del Balaitús. De este modo quedaría reflejada en los Carnets de Jean Arlaud II (1966):

“Salimos de la Brecha y bajamos por la Noroccidental. A pocos minutos es preciso colocar el primer rápel, de treinta metros, que conduce justo sobre las Placas Fauchay. Desde allí, un segundo rápel deja al pie de dichas placas: unos treinta y cinco metros. Seguimos muy de cerca el filo de la arista. El lugar es espléndido. Nuestra cuerda arrastra numerosos guijarros y, sobre la cumbre de la aguja Lamathe, nuestros compañeros aguardan para bajar por su lado… Nos ha llevado una hora los dos rápeles; después, descendemos de terraza en terraza hasta la brecha que antecede al segundo gendarme. Lo contorneamos, luego bajamos para subir hasta la brecha que lo separa del primero. Trepamos éste y lo cabalgamos por una laja cortada y estrecha…

”Escalada de la aguja Lamathe por su vira izquierda, bastante fácil… En la cumbre, situamos una tarjeta en su cairn. Descendemos. La vira que baja por la izquierda queda seguidamente superada hasta otro cairn, cercano a la arista. Desde allí, nos descolgamos sin rapelar hasta una terraza de guijarros; seguido, tres rápeles sucesivos de entre veinticinco y treinta metros, hasta llegar a la terraza de la partición… La arista termina virtualmente aquí, puesto que el gran Corredor Sur permite acceder sin dificultad… Continuamos. Se pasan les Deux Diables, contorneándolos por la izquierda desde una cornisa, y se toma el filo de la arista de granito negro recubierto de líquenes. Descenso áspero y aéreo, aunque sin dificultades. Ante una gran roca puntiaguda, la arista se bifurca: nos embarcamos por la derecha, para descender por la cara que mira hacia Larraille, por unas viras cada vez más fáciles…”.

Aquí terminaba lo que Arlaud calificó de “recorrido espléndido”. ¿Alguien le iba a sacar más jugo a la Noroccidental? Con un último apunte: ésta sería la última anotación montaraz de los Carnets de Jean Arlaud, a quien la muerte había citado, un año más tarde, sobre la cresta de los Gourgs-Blancs…

Aludes de antaño

Como viene siendo habitual por estas fechas, en el gremio montaraz se habla de aludes. La llamada muerte blanca ha rondado a alguno de los nuestros. En los clubes, todo el mundo se siente inquieto, pues ni aun haciendo gala de una prudencia extrema se queda completamente a salvo de las avalanchas. Y desde no pocas tribunas repiten que, ante la menor noticia sobre la inestabilidad del manto de nieve o con el anuncio de un descenso brusco de las temperaturas, lo mejor es quedarse en casa.

Después de este llamamiento más o menos encubierto a favor de la sensatez a nada que haya peligro de avalanchas, paso a servir una visión más académica del tema. Porque nuestros pioneros de los siglos XVIII-XIX no dejaron de preocuparse por estos coletazos que en ocasiones propina la naturaleza. Y si bien los textos de época pueden resultarles sosos a más de uno, cuando los aludes vuelven a estar de actualidad en las páginas luctuosas, dan qué pensar…

Vamos con el alsaciano Louis Ramond de Carbonnières, quien desde su primer viaje a nuestra cordillera de 1787, ya constató el lado más amenazador de las montañas. Así, entre las hojas de sus Observations faites aux Pyrénées (1789) dedicó varios párrafos a advertir de las avalanchas, como éste sobre los accesos de Gavarnie a los Sarradets:

“Desde el instante en que penetré en este valle, escuché y vi caer una avalancha que recorrió, con el ruido de un trueno, las amplias gradas del Marboré. Los habitantes de la zona denominan lid o lit a este fenómeno, con frecuencia tan terrible para poblaciones y rebaños. Al igual que los montañeses de los Alpes, ellos también distinguen entre la lid de tierra, que cae como un torrente desde lo alto de las montañas hasta los valles, de la lid de viento, donde los huracanes se elevan en torbellinos sobre las regiones superiores. Las causas y consecuencias son parecidas; las denominaciones resultan similares; las etimologías aquí se confunden. Desde el lugar en donde estaba, alcé los ojos sobre lo que parecía hielo y hielo […].

Mi guía me confirmó también que estos hielos, aunque acumulados por el lado de Francia, no existían en absoluto, al menos aquí, por el lado de España. Me dijo que se llamaban sernelhes o serneilles, y que estas sernelhes nacían debido a la acumulación extraordinaria de nieves en los lugares donde el viento las empuja y las conglomera. Ahí, pues, esos glaciares formados por avalanchas de viento, como en Suiza, donde los pastores dicen que nacen allí donde las nieves de un invierno, acumuladas accidentalmente, han podido resistir al calor del verano siguiente”.

Cambio de vertiente y de cronista, para detenernos con el navarro Pascual Madoz, hombre minucioso como pocos: su Diccionario geográfico-estadístico-histórico (1845-1850) no deja de recoger testimonios similares a los de su predecesor galo; para mi gusto, mucho más despiertos. Acudiendo hasta la voz “Pirineos” de dicha obra, se puede descubrir un texto tan detallado que sin duda merecería mayor difusión, ya en la vertiente norte…, ¡como en la sur! Si destinamos unos minutillos a su lectura, degustaremos una muestra de pirineísmo ibérico en estado puro:

“El Alto Pirineo, o sea, el comprendido entre el pico del Mediodía de Pau y el de la Maladeta, al sur de Bagnères de Luchon, es la verdadera cúspide, el centro y la llave del círculo que corre de este a oeste del uno al otro mar, y en la que se ven en conjunto todas las afecciones geológicas y naturales del cordón entero; y por lo mismo la parte más trabajada de los elementos destructores, y la más combatida por sí misma. Las horribles tempestades que se forman en esta serie de casi iguales alturas, que ora llevan a la vez su terrible azote a las fértiles llanuras del Ebro y del Garona; ora descargan iracundas sobre las montañas en que se forman y alimentan, no hay duda que son uno de sus principales destructores, pues nada puede compararse en los llanos con la quebrantadera detonación que conmueve los altos montes en sus tormentas, ni con las devastadoras avenidas de sus torrentes, los cuales barren y destruyen cuanto encuentran, con la multiplicada fuerza que les dan las pendientes. Pero, como ya hemos indicado, no es esto común a ambos lados. El del sur más descarnado, desnudo y vertical que el norte, está más sujeto a tamaños horrores. Si éste, además, no recibiera tan de lleno y no estancase en sí, como quien dice, los rayos del sol, y si por lo mismo la incubación de las nieves no fuese tan activa, comparativamente hablando, se viera menos áspero, menos erizado y, en fin, menos destruido.

En el invierno se cubren las montañas de nieve; ejerce el viento de mediodía o bochorno su influencia sobre ella en la primavera y en verano, y no tan sólo se desprenden al derretirse, masas enormes del fluido condensado todavía, sino que frecuentemente arrastran consigo porción del terreno que invaden, como también los peñascos sueltos a que estaban adheridas por la congelación, y precipitándose con gradual aumento de ímpetu desde las cornisas más elevadas a los profundos valles, excavan los montes e imprimen en todos ellos todas las funestas señales de desolación: tales son las lurtes, aludes o lides, que todo es la misma cosa, más ordinarias y tremendas en la parte que el sol hiere con más fuerza. No se crea que una lurte es cosa indiferente aun a los ojos del que está más habituado a ellas: el estampido del trueno, repetido por los majestuosos ecos del desierto, no impone tanto como uno de estos fenómenos. Nada detiene la furia de aquello; gruesos pelotones de nieve y de pedruscos, que se llevan de calle cuanto hallan: espesas selvas, casas, ganados y cuanto se les pone por delante, arrastran; el aire mismo que oprimen con la fuerza de su caída, barre las faldas de los montes antes del choque inmediato de la lurte, recorriendo así y aumentando sus estragos; de manera que ningún viviente está seguro de no perecer estando a menos de cien pasos de la lurte.

Sin embargo, no todas llevan el mismo carácter maligno: hablamos aquí de las de más consideración; de aquellas que por lo común se desgajan de lo más alto y van a sepultarse en los valles. Algunas de estas caen verticalmente o con muy pocos grados de inclinación, de dos, de tres mil pies y aún más, y llegadas que son a las hondonadas o barrancos, los cubren con cincuenta, sesenta y cien baras de nieves y destrozos.

Es ocioso advertir, que con no obstante esto, se ofrecen pocos ejemplares de desastres ocasionados por las lurtes en las personas, pueblos y ganados, a no ser una casualidad inevitable; pues amaestrados los montañeses por la experiencia, saben dónde edificar; en qué parajes han de apacentar, y en qué época del año suceden estas catástrofes. Vistas estas etéreas avenidas desde lejos, ofrecen un espectáculo muy curioso, pues que sobre ser paulatino su descenso por causa del grande espacio que recorren, parecen ríos de leche que se lanzan de las cumbres, y su vivo y prolongado estruendo no encuentra comparación con el estampido de una y más piezas de artillería. De aquí resultan los famosos puentes de nieve, de aquí los caos, en gran parte, y de aquí tantas y tan profundas arañaduras como se ven por los costados de las montañas. Una sola piedra desprendida casualmente, un pajarillo que al posarse en las nieves superiores mueve un copo de ellas, el eco de la voz; en fin, en ciertos parajes bastan para causar en un instante males incalculables. ¿Con cuánta más razón los causará el desplome simultáneo de una dilatada superficie de nieves por el bochorno, o conmovidas por las oscilaciones atmosféricas o de la tierra, que más de una vez se sienten en las alturas del Pirineo, las cuales se nota que son más sensibles en la parte del mediodía, por razón de su mayor escabrosidad y concavidades?

También se advierte otra especie de lurtes, no menos funestas, aunque menos frecuentes: tales son las de peñas o piedras solamente. Estas proceden de las mismas causas más o menos. Filtradas las aguas al derretimiento de las nieves, por entre las grietas y capas de los peñascos van poco a poco gastándolas hasta que perdido su sistema de unión y obedeciendo a la ley de la gravedad se separan, se desprenden y caen, arrastrando en la increíble rapidez de su descenso, otras muchas. Por desgracia, bien por casualidad, bien porque los ganados que pastan en las montañas pisan y hacen perder el equilibrio a las piedras, no hay duda, ni un momento en que los derrumbaderos no suenen con el estrépito de los peñascos desprendidos.

Una vez que los frentes del mediodía de las montañas se han sacudido de las nieves por las malhadadas lurtes, por su infiltración o por su simple derretimiento, se apodera de ellas otro genio destructor, el de las tempestades e intemperie. Expuestas entonces a los fuertes vientos del sur, a la lluvia, al ardor del sol y a los demás agentes de su degradación, sufren tanto más cuanto quedó la superficie más blanda y delicada, y cuanto por consiguiente están más propensas a deteriorarse. Obsérvese bien la cordillera y se advertirá que las vertientes meridionales están como tajadas, como violentamente alteradas de arriba abajo; no de otro modo que si la naturaleza hubiera querido hacer anatómicamente la abertura de las montañas para mostrar su estructura a los observadores. La parte septentrional, empero, se ve que las montañas están al abrigo, vestidas, tal cual conservadas y suaves, como que padecen menos directamente las causas comunes de destrucción. Así, mientras en la parte francesa se nota que el cordón del Pirineo no presenta sino un curvado perfil cuyas desigualdades marcan, y aún no distintamente, sus picos más célebres, por la española se manifiesta de lleno el gran murallón vertical, sus montañas, al parecer aisladas, y todas con sus peculiares caracteres y formas”.

Poco más que añadir, salvo lamentarlo por quienes se han ido y alegrarse por aquéllos que han escapado…

Cuando Brulle bulle…

Hay pirineístas como Henri Brulle que darían para un año de entradas. Fue un personaje más que interesante, con claroscuros en su retrato de los que a mí me gustan: tan capaz de sentir remordimientos ante las broncas de los familiares de los guías a quienes liaba para sus trepadas como de lamentarse porque Gavarnie lo visitaran “demasiados judíos”. Y esta última burrada, empleada meramente como sinónimo de “nuevos ricos”: las cosas del antisemitismo entre las clases altas francesas de comienzos del siglo XX… Ya he advertido sobre estos contrasentidos de nuestro personaje, ¿no?

Pero mi historia no va sobre política. A despecho de tan ácido arranque, estas líneas pretenden constituir un pequeño homenaje a Henri Brulle. Acaso, uno de los pirineístas menos conocidos del panorama galo por cuenta de cierta obsesión por mantener a toda costa su privacidad… Añadiré una anécdota de cosecha propia al respecto. A finales de los ochenta, visité por vez primera el Musée Pyrénéen de Lourdes, tan fascinado por sus contenidos como escaso en conocimientos. Así y todo, algo había leído entre las páginas de la revista Pyrénées sobre la gesta de 1889 en el Couloir y, desde luego, sobre ese mítico piolet llamado Fleur de Gaube… Por eso, cuando vi que en la antigua Salle du Pyrénéisme se exponía cierto “Piolet de Brulle”, quedé embobado tras la cristalera: entre el caldero para la sopa de los hermanos Cadier y una maroma de escalada del siglo XIX, ahí estaba…, ¿el Flor de Gaube verdadero? Porque nuestro protagonista había disfrutado de diversos artilugios de icemen a lo largo de su dilatada carrera como “rompecuellos”. Ni corto ni perezoso, acudí en busca de una de las féminas que comprobaban los tickets en lo alto del ascensor, para obtener la confirmación. Me hubiese encantado retratar la cara que puso la buena señora, amén de la de la encargada de la tiendecita anexa, ante la solicitud de explicaciones de un tipo pintoresco como yo: “Pero, este espagnolo esmirriado y renegrido, ¿de qué nave marciana ha debido de aterrizar?”, pensarían… No tenían ni zorra. Algo mosqueado por sus sonrisitas burlonas, regresé a la sala donde me esperaba el hipotético Flor de Gaube, antes de que las empleadas del Museo llamaran a la gendarmería para comprobar si el manicomio de Tarbes había perdido a alguno de sus clientes…

No soy tan malo: voy a desvelar el enigma para quien desee visitar el Musée Pyrénéen… Hace no demasiado, afirmé por ahí que no me creo todo cuanto leo. Sin emgargo, la letra impresa suele reservar alguna alegría a sus partidarios. Y este es el pequeño tesoro que encontré por un Bulletin Pyrénéen de 1936-1937:

“7 de agosto de 1889, en el corredor de Gaube. Casi arriba. La caravana de Brulle, Bazillac, De Monts, Célestin Passet y Salles, tras haber tallado más de mil cien peldaños en ese muro de hielo, se ve detenida en seco por un obstáculo inesperado: una pared helada recubriendo un roquedo extraplomado ligeramente y que bloqueaba dicho Couloir.

”Célestin, sosteniéndose con una sola mano, trató de tallar con su piolet, pero la maniobra fracasó. Durante dos horas, se plantearon todas las posibilidades, se intentaron todos los sistemas. No se podía subir más… Y sólo se podía descender: eran las tres de la tarde y la noche les alcanzaría aún dentro del corredor.

Un último intento. Célestin abordó una vez más el muro. Esta vez, tomó el piolet de Brulle, más ligero y equilibrado que el suyo. Entre sus manos, hizo maravillas. Unos cuantos trozos de roquedo que quedaron al desnudo, permitieron a Célestin la escalada. Como recuerdo, Brulle bautizó a su piolet como Fleur de Gaube, e hizo grabar dicho nombre sobre el acero. Desde hace una quincena de años, este piolet histórico figura entre la panoplia de piolets del Musée Pyrénéen. Le fue regalado a su conservador por Brulle cuando éste, cruelmente golpeado por la muerte de su hijo, decidió no volver jamás a los Pirineos”.

Por lo que reconocía el propio Louis Le Bondidier en su trabajo, sí que me había arrodillado (porque estaba situado un tanto abajo) ante el auténtico Flor de Gaube… Aunque, en apariencia, ni dios conociera la historia de este piolet en aquella santa casa. Mas tampoco resulta nada difundida la anécdota del reloj de Brulle… ¡Qué caramba!, pues la voy a esbozar en cuatro líneas para los paisanos…

Un 31 de julio de 1893, a nuestro buen pirineísta se le despistó su reloj durante una ascensión por el macizo del Vignemale. Más en concreto: pudo caer entre el pico de Montferrat y el Clot de la Hount… Un detalle divertido: se dio cuenta de su extravío al ir a constatar la hora que era, ¡dado que había quedado con Russell para tomar en té en sus grutas! Five o’clock, of course. A pesar de que Brulle tenía el riñón bien forrado en el aspecto económico, para sus aventuras montañeras portaba siempre un reloj vulgar de níquel, por lo que tampoco le dio importancia al percance… El 27 de agosto de 1923, cierto pirineísta de Pau llamado Carrive, encontraba un reloj bien conservado en la zona antes reseñada. Hombre de principios, publicaría su hallazgo en el Bulletin Pyrénéen mediante un anuncio que leyó el interesado… Así logró recuperar Brulle aquel cachivache que, tras pasar por un buen relojero, volvió a funcionar y todo. Ni que decir tiene, nunca ya luciría otro reloj que ése, dado su fuerte valor sentimental. ¿Lo llevaba consigo en esa ascensión al Mont-Blanc que le costó la vida? En cualquier caso, tras la muerte de Brulle, la pieza en cuestión fue asimismo donada al Musée Pyrénéen… Por desgracia, no sé de nadie que la haya visto expuesta jamás.

Voy a cerrar esta pequeña monografía brulleriana con un tema toponímico. Seguro que todos los lectores saben que uno de los picos de la Cascada porta hoy su nombre. Sin duda alguna, el equipo de los Cazafantasmas andará en pos de esclarecer, entre otras muchas, esta cuestión, junto con la de su cota exacta (cazafantasmas3000es.blogspot.com). Sin embargo, en tanto salga a la luz alguno de sus siempre interesantes y documentadísimos trabajos, voy a avanzar el texto del “Proyecto de designación de un pico Brulle” tal y como afloró en 1936, al poco del fallecimiento de nuestro escalador:

“En la sesión del 9 de noviembre último, el Consejo de la Sección del Sud-Ouest del Club Alpin Français, ha hecho suya, aprobándola por unanimidad, la moción presentada por uno de sus miembros, Pierre Pasquier, sobre la designación de un pico Brulle en memoria del gran pirineísta. Su extracto ha sido transmitido a la Comisión de Toponimia de la Federación de Sociedades Pirineístas, de la que esperamos una pronta resolución.

La desaparición de Henri Brulle tiene un interés justificado por las circunstancias de su muerte, la importancia y la variedad de su trayectoria montañera. Nuestra asociación puede testimoniar, mediante manifestaciones de diversa índole, el pesar unánime dentro del ambiente alpinista. Entre dichas declaraciones, hay una común a todas: asegurar la permanencia de la memoria de Brulle dándole su nombre a una montaña.

Es cierto que se han elevado quejas contra la tendencia a atribuir a los picos algunos nombres cuyo interés puede parecer discutible, en detrimento de designaciones mejor establecidas por las costumbres locales. Pero ningún reproche se puede plantear con seriedad en el tema de Brulle, cuya reputación parece lo suficientemente establecida como para resistir la prueba del tiempo.

Nuestra sección va a llevar adelante esta iniciativa, habiendo tenido el honor de contar entre sus filas con Brulle, pues:

1. Estuvo, hace sesenta años, entre nuestros socios fundadores.

2. Más adelante, fue su administrador y su administrador honorario.

3. Siempre se halló entre sus miembros más activos.

Para responder plenamente al objetivo deseado, la cumbre que se busca debería hallarse en los Pirineos fronterizos, en uno de los macizos más explorados por Brulle y en una zona de influencia de nuestra Sección.

Por ello, proponemos el pico Central de la Cascada, en Gavarnie.

Por las razones siguientes:

1. Existen tres cumbres cercanas que lucen una designación en común. No hay ningún inconveniente en suprimir el nombre local en uno de ellos, puesto que seguirá subsistiendo en los otros dos.

2. La montaña se eleva a 3.093 metros. Así, es una cima de primer orden, muy poco definida por el costado español, aunque muy característica desde Francia.

3. Se halla situada sobre la frontera, lo que simbolizará mejor el eclecticismo montañero de Brulle.

4. El macizo de Gavarnie fue donde se acumularon la mayor parte de sus ascensiones novedosas y delicadas. Allí realizó, concretamente el 17 de agosto de 1908, la primera ascensión por el norte de este pico Central, como resultas de su descubrimiento de la resurgencia que hoy lleva su nombre, y que constituye la verdadera fuente del Gave de Pau, aportando informaciones novedosas sobre la nacionalidad de este río y sobre su circulación subterránea a través de dicho macizo.

5. Está situado sobre una de las más bellas líneas de cresta pirenaicas, por lo que dicho pedestal está a su altura. Las cordadas más célebres de nuestros anales pueden así volver a formarse: Brulle y Bazillac dispondrán de su punto de unión sobre la Brecha de Rolando y, por acceso, la vía De Monts.

Por todos estos motivos, la Sección del Sud-Ouest del Club Alpin Français ha decidido intervenir para que nombre de pico o punta de Brulle se le otorgue a una de nuestras cimas pirenaicas, al presente pico Central de la Cascada de Gavarnie”.

Tras servir esta ensalada de datos, ¿qué más puedo añadir de mi cosecha? Realmente poco; prefiero obrar a la gallega y que cada cual saque sus propias consecuencias. Porque, en temas de toponimia, doctores a manta tiene la Iglesia, y tantas opiniones como número de individuos en liza.

Sin embargo, esta proposición tan añeja me hace pensar en esa otra iniciativa ciudadana que, precisamente en estos días, está tratando de que, por ejemplo, Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, así como otros montañeros desaparecidos de renombre, dispongan de su rinconcito dentro del callejero zaragozano… ¡Mucha suerte con las instituciones de Mañolandia, chicos!

Un epitafio de amigo para Russell

 Reconozco mi rotunda admiración por el padre de la escalada pirenaica. Desde 1879, nuestro querido Henri Brulle se atrevió a trepar por esos paredones considerados hasta entonces como el wrong way. ¿Qué loco buscaría el camino de lo vertiginoso por puro gusto, existiendo las cómodas vías normales? Desde la perspectiva del último tercio del siglo XIX, la verdad es que la cosa tiene su puntito

Además, Brulle podía ser terriblemente sincero y duro en los juicios cuando era necesario; sus escasos escritos siempre cobran un enorme interés para cualquier seguidor de la crónica pirenaica. Por ello, aprovechando que el Año de Russell 2009 se extingue, nada mejor que reproducir la opinión que al pionero de la escalada le merecía el Señor del Vignemale desde su texto “In memoriam para el Bulletin de la Section du Sud-Ouest du CAF de 1909:

“Parece que ya se ha dicho todo sobre el conde Henry Russell-Killough, una figura noble y original que, durante medio siglo, engrandeció en los Pirineos el prestigio de su nombre y la autoridad de su incomparable pluma.

”Yo no era ni de La Pléyade ni de sus contemporáneos, y él pertenecía a los otros, a los geógrafos y escritores, a quienes podían hacer gala de su obra y de su ingenio. Sin embargo, yo fui su discípulo, y él me abrió las difíciles puertas del Alpine Club. Durante más de veinte años, nos encontramos en Gavarnie; tanto para mí como para nuestros amigos, ese Gavarnie donde reinaba Russell, murió con él.

”Fue Russell quien hizo de Gavarnie el epicentro de los escaladores pirenaicos: atrajo en torno suyo y agrupó a esos fieles a quienes supo transmitir su fe. Bajo su influjo, se formaron esos grandes guías que hoy han hecho escuela y a los que se acude a lo largo y ancho de los Pirineos para resolver los problemas arduos de escalada […].

”Era de la época, todavía un tanto primitiva, de ese Hôtel des Voyageurs donde vimos a cuatro generaciones de Vergez acogiendo con la mano tendida a los habituales. La muchedumbre ya venía por aquí, pero todavía no era una invasión: desaparecía deprisa y sin dejar huellas; cuando el último de los carruajes partía con la tarde, era bueno reencontrarnos […]. Sí, eran esos buenos tiempos, cuando uno trepaba por trepar, porque se estaba fuerte, sin ansias de renombre, sin buscar la vanidad, sólo por el mero placer de charlar de ello entre amigos.

”De ese Gavarnie frecuentado por Wallon, Lequeutre, Schrader y Lourde-Rocheblave, Russell era su alma. Llegaba a finales de julio con abundante equipaje, en un coche tirado por cuatro caballos blancos, de una manera soberana, bien consciente de su papel. Y la temporada comenzaba.

”Su existencia se veía reglada por ciertos ritos. La mañana se destinaba a dar curso a una correspondencia muy crecida, hasta ese momento en el que una nevada de trocitos de papel, los trozos de los documentos de menor importancia, anunciaba a la corte que el señor iba a mostrarse desde la ventana. Su almuerzo era servido antes de la llegada de los bárbaros. Para entonces, sentados en el muro de los guías al igual que en Zermatt, asistíamos con impasibilidad a la salida hacia el Circo de esas hordas de desdichados turistas que los implacables muleros se disputaban […].

”Seguido, los proyectos se elaboraban, y más de una escalada de primera fue sugerida por Russell, quien las reprobaba personalmente, pero a quien no le molestaba que se hicieran para así demostrar que sus Pirineos no eran montañas para tomarse risa y que sus partidarios podían ir a medirse a los Alpes.

”¿Alpinista? Russell alegaba no serlo. Montañero, sí. Y dicho calificativo, ¡cuánta elegancia encerraba! Demasiado a menudo, el alpinista es ése que llega, escala los picos célebres y se va. El montañero es el poeta-atleta. Este último sabe degustar las escenas pintorescas y pastoriles del valle; le gusta detenerse en las orillas de los lagos tranquilos o en los senderos del bosque; disfruta ampliamente de esas cotas y disminuye el paso para ver subir por el horizonte las tormentas o la noche; acampa bajo un roquedo al claro de luna. También sabe arriesgarse entre las grietas o en las paredes más amenazadoras, saboreando la intensa sensación de peligro. Pero, lo que más le importa a su corazón, no es tanto el deporte como la montaña.

”Hay que amar a la montaña mediante el amor verdadero, un amor que Russell llevó hasta sus últimos límites. Desde muy temprano, tuvo la revelación de que únicamente lo inanimado, tan constante como inmutable a pesar de la diversidad de sus aspectos, podía brindarle el culto de la naturaleza, con el que nunca conoció la amargura de las ilusiones perdidas. Así, ¡vaya unos sentimientos tan frescos, sinceridad y vigor los que se podían percibir entre sus últimas páginas!

”Sin embargo, que nadie suponga que Russell resultaba un tímido debido a que para él no era esencial que dichas emociones fuesen violentas. Con sus músculos de acero, caminante prodigioso, ágil y resistente, él era también valiente hasta el extremo de la temeridad. No hay sino que imaginárselo durante sus largas y solitarias travesías entre picos desconocidos, glaciares agrietados y neveros adosados a los flancos de abismos, en mitad de la niebla, la tempestad o la noche, provisto de un simple bastón, pues nunca quiso tener piolet… Nadie osará negarme que a menudo pudo hallarse en situaciones que acaso harían palidecer a más de uno de los modernos gimnastas.

”El Vignemale terminó por fijar su pasión. Meticulosa era la preparación de sus estancias en sus grutas. El tema del aprovisionamiento era complejo, pues este señor troglodita tenía buen apetito y le gustaba recibir invitados […]. Estas invitaciones tenían lugar a través de un tacto impecable y consistían en reuniones encantadoras e inolvidables. Había algunos ritos obligatorios y, sobre todo cuando estábamos con damas, cierta etiqueta. El ponche a las once de la noche y levantarse para ver la albada eran siempre de rigor. A menudo, sucedía que alguna gotera caía sobre el cuello de alguno de los invitados o que el sueño se veía contrariado por algún animalejo, pero era de buen gusto no decir nada y, en todo caso, sonándose la nariz o estornudando discretamente, alabar la sorprendente estanqueidad de las paredes de las cuevas, así como el confort asiático de aquel lecho. Pero quién, de entre todos nosotros, ¿no afirmará que aquellas noches fueron las mejores de toda su vida?

”Los ascensionistas de paso eran recibidos con placer y cortesía por Russell, quien estaba en su casa no sólo dentro de sus agujeros, sino en el Vignemale al completo […]. Hombre de mundo perfecto, detestaba la vulgaridad y sufría ante las faltas de tacto tanto como ante una nota falsa o un llanto […].

”En Gavarnie, nunca permanecía inactivo: cada mediodía partía, surtido de cantimploras y de víveres como para un viaje largo, siempre abotonado hasta arriba y corbata en alto, con sombrero por mucho que calentara el sol, así como su eterno pañuelo rojo o azul asomando desde el bolsillo, y con una petaca algo corta al alcance de sus dedos. Marchaba para irse a soñar contemplando los pastos de Allanz o de Pouey-Aspeé, los bosques de Pailla o de Saint-Savin, de donde regresaba tan maravillado como durante sus primeros años.

”Tras la cena, cuando llegaba la noche, iba a fumarse un cigarro al puente del Gave: era nuestro boulevard. Junto a él, escuchábamos rugir el torrente, esperábamos a la luna cuando ésta alcanzaba de un bote la cima del Marboré o, cuando había tormenta, hacíamos apuestas sobre la aparición del primer resplandor desde las profundidades negras de Ossoue o tras la cresta de los Sarradets.

“Seguido, el Club de la Tila se reunía en el comedor ya desierto. Russell, que nos había convertido a todos a la rubia y calmante infusión, lo presidía. En los buenos tiempos, por allí se pudo ver a Bazillac y a De Monts, a veces a Bertrand de Lassus, Zassetzki y Tchihatcheff, cuyo padre conquistó el Aneto. También comparecía Saint-Saud y, como un meteoro, Beraldi. Yo fui de los últimos, junto con Astorg. Las charlas no tenían fin: allí pudimos dar la vuelta al mundo. Nunca nos cansamos de escuchar a Russell, quien nos revelaba detalles inéditos de sus viajes más aventurescos. La conversación se alargaba, abordando mil asuntos, y la medianoche nos sorprendía sin que nos acordáramos de las fatigas de la víspera ni de las futuras del día siguiente.

”Russell era un contertulio atractivo, espiritual y original. Benévolo sobre todo, evitaba cualquier discusión y, con un arte infinito, sabía siempre desviar los temas irritantes a través de una palabra adecuada. No mostraba ni acritud ni severidad con nadie y, si alguna vez le escuché expresarse con algo de amargura, fue cuando mostraba su sorpresa ante los atentados que se acumulaban en Francia contra la libertad. Pues, como buen irlandés, era profundamente católico y, como inglés, se veía siempre en libertad.

”Aunque sabía mucho, con gusto escuchaba a todos y mostraba siempre el aspecto de alguien que se instruía […]. Con Russell, Gavarnie estaba vivo, alegre y feliz. No obstante, la inevitable evolución se podía advertir sobre nuestra Tebaida. En lugar del tintineo alegre de los cascabeles, las lúgubres bocinas iban anunciando cada vez más a menudo la llegada de los turistas: las máscaras horribles ocultaban el rostro de las bellas viajeras; los garajes, los albergues y las tiendas fueron reemplazando, al borde del camino, a las casas con los tejados de paja […]. La antigua simplicidad había huido: ya no se participaba de la vida del pueblo. Lejos quedaban esas cabañas donde antaño nos íbamos a sentar ante la gran chimenea junto a los abuelos y sus marmitas, donde te recibían pasándote una escudilla de leche o un vaso de vino de España.

”Russell comenzó a sufrir: adivinaba ese momento en el que sería preciso abandonar incluso sus cuevas de Bellevue. Tuvo que resultar todo un martirio cuando, en el curso de su trigésimo tercera y última vez, desde lo alto de su Vignemale, pudo contemplar el horizonte fantástico de su reino…

”Poco a poco, todo cambiaba en torno suyo. Ni siquiera estaba ya el mismo puente sobre el Gave para el paseo del atardecer, ni sonaba con el mismo murmullo el torrente. Las praderas, ahora niveladas, ya no contenían flores con aromas balsámicos. Incluso la tempestad tradicional del 20 de agosto se olvidó de venir para volver a tintar en plata las cimas…

”Entonces, cuando las cosas que amaba dejaron de mostrarle sus sonrisas de la forma que acostumbraban, Dios, apiadándose de él, le llamó a su seno”.

Sí; ya sé que esta carretada de texto ha sido un poco larga, pero ¿a que ha valido la pena llegar hasta el final? Lo completaré con dos recomendaciones más: quienes puedan, que se pillen el epitafio que Franz Schrader le dedicara al gran pirineísta, desde La Montagne del 20 de marzo de 1909… Y otro de mi cosecha, para los cybermontaraces: acudid hasta ciertas páginas que se han volcado desde la vertiente sur en este Año de Russell que ahora termina. Pongamos, por ejemplo: muntanya.net o montanerosdearagon.org.

Crónica rosa desde los Astazu

Hace no mucho, aludí al respeto debido hacia quienes no están entre nosotros para defender su opinión. Pues bien: un asunto de este tipo ha salpicado a los herederos de Henry Russell debido a cierta Histoire d’un coeur. No hablo de ningún programa televisivo heredero de Aquí hay tomate, sino de la única novela del pirineísta. Todo un gatillazo: como fue considerada por el propio autor como una inmensa errata, la mandó destruir, dado que contenía demasiados detalles sobre aspectos personales de su existencia. En concreto, referencias a sus amores con una joven inglesa, frustrados por sus padres. Dicha obra jamás se puso a la venta ni circuló entre los amigos… La destrucción de su tirada debió llevarse a cabo de un modo eficaz: se cree que terminó arrojada al Gave de Pau. Tal es así que, durante lustros, se pensó que la existencia de este libro era una leyenda. Al menos, hasta que el bibliófilo Jacques Labarère reveló que existían dos ejemplares en colecciones particulares; ambos, en manos de la familia Russell. Hace algún tiempo, me informé en dicho entorno si existía la posibilidad alguna de reedición: “no”, me respondieron muy cortésmente. Nada extraño. Ya en 1942, el sobrino político de Henry Russell, Raymond d’Espouy, se interesó por una hipotética reimpresión, tema que fue zanjado por Maurice Russell mediante “palabras contundentes”. Hasta antes de ayer, el grueso del clan contemplaba la posibilidad de hacer públicos “ciertos párrafos neutros” de ascensiones y periplos. Si bien su texto al completo hoy no asustaría a nadie, buena parte de los descendientes deseaban permanecer fieles a la memoria del Señor del Vignemale

Al menos, hasta ese otoño de 2008 en que se editó, en número de algo más de doscientos ejemplares, nuestra Histoire d’un coeur. Una tirada desde los Amis du Livre Pyrénéen tan costosa como semiclandestina, a tenor de la supresión de cualquier referencia a la imprenta, al ISBN o a su depósito legal. La crítica de Claude Dendaletche desde la revista Pyrénées, terminó tildándola de confidencial… Al parecer, una de las dos ramas de los herederos pudo haber facilitado esta operación. Tampoco es que hiciera falta su concurso: poco antes de la iniciativa, se había difundido la noticia del hallazgo, en una biblioteca pública gala, del tercer ejemplar de esta obra fantasma. Y, en círculos pirineístas, circulaba desde antiguo el chisme de que cierto escritor de prestigio del otro lado de la cadena había abusado la confianza de la que fue objeto por parte de los descendientes de Russell tras fotocopiar sin permiso la novela en cuestión. En fin: ingredientes a mansalva para todo un culebrón.

¿Qué se puede contar de esta Historia de un corazón sin traicionar al espíritu del pionero del pirineísmo? Para abrir boca, aclarar que esta obra, en teoría de autor anónimo, vio la luz desde la Imprimerie Lamaignère de Bayonne en 1871. Sobre su tapa anaranjada, aparecía la inscripción de: “Prohibida la venta de esta obra; su autor se reserva todos los derechos”. La misma portada lucía ciertos versos de Alfred Tennyson que anticipaban un tanto la trama: “El verdadero amor es dulce, aunque haya sido en vano, y dulce es el fallecimiento que pone un término a este dolor: yo no sé, no, no sé, cuál de los dos es el más dulce”. Así, el argumento recogía en 209 páginas una ficción con dos protagonistas, Arthur e Isabelle, que acaso se correspondían con el propio Henry y Maud, la chica con la que no se pudo desposar ante la oposición familiar… Es decir: un argumento con ciertas similitudes con Romeo y Julieta, aderezado mediante unos toques de los Amantes de Teruel… En efecto: tras una relación desbaratada y la muerte de la joven, su enamorado acuderá para buscar el martirio en una misión. Entre medio, se describían una serie de ascensiones al Monte Perdido y Mont-Blanc, amén de la vuelta al mundo completa… ¿Les suenan estos lugares a quienes conozcan un poco las peripecias russellianas reales? Para bucear discretamente por el interior de esta novela, también se puede recurrir a la bio-bibliographie de Jacques Labarère desde su Henry Russell (1834-1909). Explorateur des Pyrénées (2003):

El héroe, Arthur, tiene treinta años y ha nacido en La Martinica, inglés por el lado materno y francés por el del padre, e hizo sus estudios en Pont-le-Voy, viajando durante su juventud: Siberia, India, costas de la Patagonia, Perú y Cabo de Hornos, así como realizado numerosas excursiones por los Pirineos, vivaqueando en solitario sobre sus cumbres. La historia arranca en Biarritz el 1 de diciembre de 1860, para luego desarrollarse en Niza, Bétharram, París, Luz, Gavarnie, Saint-Sauveur, Hendaya, Saint-Jean-de-Luz y Chamonix, así como en Inglaterra y Noruega. Tras una serie de episodios desgraciados concernientes a sus amores desdichados, Arthur se embarca el 1 de mayo de 1863 en Le Havre, en el barco Brave-Lourmel, para un largo periplo: Brasil, el Estrecho de Magallanes, Perú, Nueva Zelanda, Bombay, Tibet, Darjeeling, Siberia, Omsk y Moscú, donde se entera de la muerte de Isabelle. Tras su retorno a Biarritz, Arthur dejará para siempre el Mediodía francés y sus queridos Pirineos para ser asesinado por una tribu en Siberia Oriental”.

Orientados de esta forma mínima, creo que ya es lícito servir uno de sus párrafos más interesantes e inofensivos: el que se referiría a cierta ascensión al Monte Perdido por el collado de Astazu. Si bien, en el plano realista, ésta se produjo en 1858 y gracias al buen arte del guía Laurent Passet de Gavarnie, en el terreno de la ficción, Arthur/Russell marcharía en solitario hacia el corazón de las Treserols:

“Elevándose desde el alba sobre la cara oriental de ese circo de Gavarnie cuyas pendientes, un poco por todas partes, son más ásperas, comenzó por seguir durante dos horas, sobre unos guijarros calcáreos y los restos de herbazales, los flancos quemados del Astazu, frente al collado del mismo nombre que se abría por encima suyo a una altura descorazonadora. Pronto, sobre los 2.500 metros, dejó la tierra firme, si se permite llamar así a los torrentes de guijarros y barro, para poner el pie sobre el glaciar. Por fortuna, la nieve estaba fundida y dejaba todas las grietas a la vista, lo que reducía a casi nada el riesgo del ventisquero. Confeccionándose una escalera de agujeros mediante su bastón de punta herrada, Arthur no tuvo problema alguno para salir adelante; pero aquello sería otra cosa distinta cuando se trató de tomar tierra sobre una especie de pared que ahora se alzaba ante él y que, calentada durante tres meses por un sol abrasador, había hecho fundirse y retroceder el glaciar, de manera que había allí uno de esos abismos sin fondo de varios metros de anchura que en Suiza se llaman bergschrunds o rimayas. Por suerte, un bloque inmenso de nieve, caído bien a propósito, se hallaba allí para tapar en parte el abismo, constituyendo un puente sólido: Arthur, saltando sobre él, desembarcó cómodamente sobre la otra orilla… A 3.000 metros y sobre el collado de Astazu, Arthur realizó una corta parada para tener tiempo de admirar a gusto todas las magnificencias acumuladas ahora ante él y bajo sus pies. En verdad, era algo indescriptible. Al oeste, se abría por debajo suyo, como un agujero donde cabría una gran ciudad, el circo de Gavarnie al completo. Al este, todavía era más bello. En un primer plano, se escapaba un río de hielo, turbulento y confuso, más amplio que el Mississippi, rebotando desde su superficie una masa tal de luminosidad boreal a la cual la vista apenas podía habituarse. Por la derecha, reinaba el cono inmenso del Monte Perdido…

”¡Qué soledad! En aquellos lugares era verdaderamente formidable; el silencio, tan extraño como absoluto, la volvía más formidable aún. Sin embargo, acostumbrado a todo esto desde la niñez, así como a todos los peligros de la montaña, Arthur se aventuró sin temor alguno y sin la menor indecisión por el dédalo de grietas espantosas abiertas por todas partes y, por centenares, en ese glaciar que se extendía desde el punto en que se hallaba hasta la base del Monte Perdido. Contorneando las mayores y saltando las pequeñas, finalmente llegó sin problemas a un amplio collado abierto al oeste del pico y, allí, escalando hacia la izquierda por pendientes deslizantes de barro calcáreo y de nieve muy dura, con una pendiente temible, al cabo de una hora se encontró sobre la cumbre del Monte Perdido, sobre las dos del mediodía […].

”Pronto, la nieve lo borró todo. Se apreciaba bien esas gargantas donde reinaba el buen tiempo, pues allí caía de forma recta y sin hacer ruido. Pero, sobre las crestas y los picos, mientras silbaba, iba formando espirales vertiginosas que un viento feroz arrojaba por el horizonte, como si fuera el humo de una gran ciudad en llamas. Y, sin embargo, era preciso permanecer allí; imposible descender. Asaetado por todas partes por un granizo que producía unos silbidos extraños, envuelto por las tinieblas y por la electricidad, viendo cómo caían los rayos por sus costados constantemente, Arthur estaba enclaustrado en aquella plaza formidable, aunque sin miedo y sin creer en el peligro. Más bien, admiraba todavía más la grandeza de tales espectáculos, así como esas batallas que libraban los elementos ante él. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo hubiese podido dejar de creerlo, a pesar de todo aquello, estando por encima de ese caos inmenso de nubes pletóricas de rayos y de resplandores, cuando de pronto pudo percibir la cadena de los Pirineos al completo enrojecida por el sol del ocaso? Fue sublime”.

Este fragmento novelado no deja de tener su interés. Porque, además de mostrar el tipo de prosa de ficción que gastaba Henry Russell, brinda a los pirineístas la primicia del texto de la ruta de los Rochers-Blancs hacia el Monte Perdido. ¡Un dato que se le escapó a todo el mundo, salvo a Gérard Raynaud, hasta 1997! Acaso, a modo de cortina de humo de su Histoire d’un coeur, el Señor del Vignemale dejara un tanto envuelta en la confusión esta peripecia desde sus diferentes ediciones de los Souvenirs. Como única pista de su aventura auténtica, quedó el registro del Hôtel des Voyageurs de Gavarnie correspondiente al 14 de septiembre de 1858:

“Habiendo realizado este mismo año una primera ascensión al Monte Perdido por la Brecha, poco satisfactoria, regresé una segunda vez con el mismo resultado, estando a punto de perecer de frío al pasar la noche en la Brecha. Irritado por el mal estado en el que quedé, y un tanto decepcionado por mis propios méritos, me puse en manos del guía Laurent, quien ya me había acompañado en otras expediciones: me llevó en siete horas desde el Hôtel de Gavarnie hasta la cima del Monte Perdido, pasando por el Astazu, una vía tan peligrosa como magnífica y digna de ser conocida. Desde allí, vimos ayer un atardecer entre cinco o seis tormentas, con la cadena pirenaica apareciendo como un lugar siniestro entre miles de resplandores. He de declararme contento por esta excursión y por los glaciares enormes que tuvimos que atravesar, y si puedo recomendar a Laurent como un guía inteligente, hábil y respetuoso, no menos he de hacerlo como compañero amable y como hombre que admira su país y que lo aprecia mejor que otros en su justo valor”.

Para cerrar el repaso de una triste controversia, nada mejor que recurrir a la sobrina nieta de Henry Russell… Así, Monique Dollin du Fresnel redactó estas frases hermosas para cerrar su Henry Russell, (1834-1909): une vie pour les Pyrénées (2009): “Resulta tan agradable como legítimo creer que el alma de los muertos no se aleja demasiado de nosotros. Acaso nos rodeen todavía esos seres bienamados que nuestros ojos no pueden ver más; si se han alejado, tal vez regresen al oír nuestra voz”. Bien se nota que por sus venas circula la sangre del Señor del Vignemale.

Del corredor Swan y sus cuitas

Aunque hoy no pasa de excursioncilla por nieve inclinada, hubo un tiempo en que fue una de las tres grandes de la escalada pirenaica. ¿Las otras dos?: el couloir de Gaube y la vía de los séracs al Monte Perdido. Sin leer antes el título, pocos deducirán que hablo del corredor Swan, esa canal de nieve que se forma, cada vez menos, entre los muros septentrionales de los picos de Astazu. Un itinerario que, desde luego, tiene sus historietas entretenidas por ahí, un tanto agazapadas… Y si alguien ha seguido las actuales escaramuzas entre horadadores y antitaladristas, seguro que encontrará alguna vaga analogía.

Durante el último tercio del siglo XIX, el vistoso corredor de los Astazus era algo más que un objetivo codiciado por los trepadores. El candidato más lógico a cobrarse esta pieza parecía ser Henri Brulle, habitual de los veranos en Gavarnie. Desde ese Hôtel des Voyageurs donde se alojaba junto a sus amigos Bazillac, De Monts o Astorg, los picos de Astazu no dejaban de destinarle guiños: “Es sorprendente que esta alta barrera que se alza como una provocación perpetua justo frente al hotel, no tiente a ningún escalador”. Para mayor escarnio, Brulle y los suyos estuvieron a punto de destrepar el referido corredor en el verano de 1881…

El 16 de septiembre de 1885, el británico Francis Swan lograba convencer (¿engañar?) al guía Henri Passet para emprender un reconocimiento del embudo terminal de este canalón de nieve de unos seiscientos metros de recorrido y sobre los 45º de inclinación. Mas como Swan fue poco explícito en su artículo para el Annuaire de 1885, muchos de sus lances permanecen aún entre la bruma…

Su aventura comenzaba a las siete de la mañana y en Gavarnie: tres horas después, Swan y Passet se hallaban contorneando las grietas más abiertas de la base del corredor. El glaciar se les presentó emocionante, obligándoles a esquivar sus revoltijos…, e incluso alguna avalancha. Y, tras el cruce de la rimaya, tuvieron que trabajarse un muro de unos quince metros bastante vertiginoso. Con la fe ya algo desgastada, nuestro prudente dúo iría ganando altura hasta verse forzado a proseguir hacia arriba, ante el problema que podía suponer un descenso incierto… Swan no tuvo el menor empacho en confesarlo: “Apercibiéndonos de la gran locura que habíamos iniciado, habríamos retrocedido con agrado, pero era imposible dar un paso atrás sin riesgo de matarse”. Pisar al hielo del corredor les había exigido cruzar un débil puente de nieve sobre un vacío tal, que hizo exclamar a Henri Passet: “¡Que me cuelguen si vuelvo a hacer caso de un extranjero!”. A partir de este punto, le esperaba al guía un penoso trabajo con el piolet, tal y como reconocería su cliente: “Henri debió tallar escalones, tanto para las manos como para los pies, sujetándose con un pie y la rodilla sobre una pendiente en la que su cuerpo estaba expuesto mientras tallaba: al menor movimiento en falso, una caída mortal hacia la gran grieta inferior hubiese sido inevitable”. Sobre las once de la mañana, los dos hombres salían a las rocas superiores del lado de la derecha de la lengua de hielo, descalzándose para mejorar su adherencia. Pero ya nada iba a impedir que hollasen la punta Occidental del Astazu, cerca del mediodía. Acababan de pisarle al clan Brulle una de sus metas más ansiadas.

Tres años después, Brulle, Bazillac, De Monts y Célestin se presentaron por Pailla con el objetivo de analizar el itinerario de Swan. Aquel 4 de agosto de 1888, salieron de Gavarnie a las cuatro y media de la madrugada, para alcanzar las piedras cimeras del Astazu Oriental sobre las once y veinte. Sin pretender restar demasiado mérito a los conquistadores del ahora couloir Swan, tras su repetición, Henri Brulle señaló que “la pendiente no presentaba, por lo demás, nada anormal”. Hasta aquí, cortesías entre caballeros de la vieja escuela. Conociendo al padre de la escalada pirenaica, casi se podría asegurar que se mordió la lengua…

La trifulca por el corredor Swan saltó en julio de 1913 y desde la revista oficial del Club Alpin Français, La Montagne: cierto alpinista llamado Marcel Bal publicaría entre sus páginas sus experiencias sobre algunas de las vías más reputadas del Pirineo. Ni que decir tiene, el couloir Swan estaba en su listado de sugerencias golosas

La aventura de Bal había arrancado un año antes en Gavarnie, donde preguntó a los dueños del Hôtel des Voyageurs sobre aquella ruta tan resultona: “El corredor entre los dos Astazus me fascinaba… Debía de ser escabroso y también tentador”. Ni corto ni perezoso, Bal se dirigió hasta Pailla para espiarlo con unos gemelos: aunque entonces ya no le pareció tan complicado, decidió contratar a un porteador para que le acompañase hasta el nevero de la base y que allí esperara por si sufría algún percance… En la prudencia de este nuevo candidato pudieron influir los textos predecesores:

Francis Swan, en 1886: “Henri Passet y yo estamos convencidos de que ni el Dru ni la Meije pueden, aun con su mayor longitud, ser comparados con nuestra ascensión del año pasado a los picos de Astazu en las condiciones en que la hicimos…”.

Louis Le Bondidier, en 1902: “Aquí, los Astazus adquieren rango; las colinas acaban siendo picos, y picos de importancia. A nuestros pies, se excavaba el corredor espantoso por el que subiera Swan…”.

Henry Russell, en 1908: “Por al norte, ¡qué abismos! ¡Qué lisos y formidables son siempre los precipicios calcáreos! Por el inmenso corredor excavado entre estos abismos, mi joven amigo Swan escaló con Henri Passet, en 1885, los picos de Astazu. Es un rompecuellos. Las piedras que se desprenden allí, no solamente quedan pulverizadas en un instante, sino casi aniquiladas, y las rocas más grandes se convierten en nubes: en estado gaseoso, llegan hasta los glaciares de Pailla, que brillan al norte de los picos de Astazu, ochocientos metros más abajo…”.

¡Pues al tajo! El 23 de julio de 1912, Marcel Bal se allegaba hasta el pie del corredor Swan en compañía de Pierre Passet. Mejor, cederle a él mismo la palabra:

“Ataqué inmediatamente el glaciar y, no menos inmediatamente, comencé a tallar peldaños. La rimaya era muy difícil. La atravesé por un puente de nieve tan ancho como delgado. Pude abandonar su borde exterior, de unos tres metros de altura, por una fisura que arrancaba de allí. Me pareció que la rimaya era inabordable, con sus ocho metros de altura como poco, y la bordeé hasta volver a mi punto de partida. Como iba solo y sin encordar, dudé. El porteador se había quedado abajo, y yo me sentía algo ridículo… Me arriesgué y, a un metro de la fisura, pude tallar dos buenos peldaños sobre el otro lado. La nieve, bastante helada, era sólida. Salté enseguida allí y, agarrado con la mano derecha a una presa, hundí la izquierda en la nieve, manteniendo el cuerpo pegado a la pared congelada. Verdaderamente, viví diez minutos de buenas emociones, ya que me sostenía sobre cinco centímetros de hielo, en extraplomo sobre tan formidables mandíbulas. Un poco de sol, y nada me hubiera sostenido. Así, suspiré con alivio al poner el pie sobre el labio superior…

El corredor de hielo se alzaba sobre mí, formidable… Tallando constantemente un buen número de escalones, pude abordar la roca unos cincuenta metros más arriba. Una vez sobre la zona sólida, grité un ¡hurra!, al que Passet respondió desde abajo. Después, comencé la escalada: ninguna dificultad seria, ningún mal paso. Recorrí la parte izquierda del corredor, entre la nieve y la roca, vigilando siempre las caídas de piedras. En resumen: alcancé con facilidad lo más alto del corredor Swan.

Para mí, el Couloir es la mejor vía de ascensión. Si aquel año la rimaya era impresionante, en cualquier caso, resultó practicable. Ninguna cordada debería temer el meterse por allí. Pero ha de salir muy temprano, pues estoy seguro de que con un cuarto de hora de sol, yo mismo habría terminado dando un gran salto hacia la eternidad. Recordad que una rimaya no se presenta nunca del mismo modo y que, con ocho horas de intervalo, de muy mala puede convertirse en muy buena. Y si fuera verdaderamente impracticable, existe por la izquierda una chimenea bastante difícil por la que se podría superar el primer cortado y, recorriéndola por la derecha, retomar el corredor un poco más arriba de la grieta. Para finalizar, estoy convencido de que por aquí se ganan más de dos horas sobre las dos rutas habituales, sólo en la subida. Además, este corredor puede ser descendido con facilidad: de no tener una cita en el Circo, lo hubiese bajado”.

El tono suelto de este trabajo debió de molestar en el sanedrín de los pirineístas. Acaso, por las abundantes ironías destinadas a los escritos previos. Así, Louis Le Bondidier no tardó apenas nada en preparar una larga carta para la revista del CAF con puntualizaciones, donde picotearemos entre sus referencias a los Astazus:

El 16 de septiembre de 1885, fecha de la ascensión de Swan con Henri Passet, la rimaya del corredor Norte de los Astazus era tal que la ruta pudo ser catalogada como extremadamente difícil, incluso por quienes habían escalado la Meije y el Dru. Para Brulle, que repitió este itinerario el 4 de agosto de 1888, la afirmación de Swan le hubiese parecido exagerada de no saber cómo cambia el estado de los glaciares, hecho que pudo constatar en una segunda ascensión en 1901. La primera de estas visitas de control daría ya la clave: por el itinerario de Swan, los Astazus constituyen, según el estado de la nieve, una ascensión relativamente fácil o muy difícil. Un dictado confirmado por escaladores posteriores; en especial, por Peyta y Célestin Passet en 1904, o por Peyta con Croste y Courtade-Salles en 1908. Si uno no desea limitarse a repetir paso a paso el itinerario de Swan, existe un medio de evitar las dificultades siguiendo la ruta practicada por G. Forsans en 1904.

¿Los Astazus por el norte? Su ascensión, una auténtica victoria de Swan, quien se aventuró en pos de lo desconocido, acaba hoy de atravesar por todos los estadios de la Ley de Mummery. Según Bal, ya no son sino unos picos para damas”.

Ni que decir tiene, hubo contrarréplica inmediata por parte de Marcel Bal, desde ese mismo número de La Montagne de 1913. Sin perder el tiempo en otras consideraciones, veamos cómo concluiría su alegato en lo concerniente a los Astazus:

“Escalé solo y sin guía el corredor y me sentí decepcionado, cosa que afirmé honestamente… Señalaré, de pasada, los diferentes tratamientos que he observado: de ser realizado por un extranjero con guía, un éxito; pero si lo ha sido por un compatriota en solitario, ¡una tontería! ¡Qué lástima que yo no sea inglés o americano!”.

Una vez más, se puede constatar que las polémicas sobre temas montaraces son viejas como el deporte mismo. Parecen ser su sal. Si no, refrésquense los follones protagonizados por Saussure y Bourrit durante sus tentativas en torno al Mont-Blanc de finales del siglo XVIII… Por cierto, ¿se adivina ya cuál será el próximo objetivo de las monografías pirenaicas de la revista Desnivel?

¿Las montañas fastidiaban a los españoles?

Soy de los que creen que para cuando Ramond de Carbonnières inventó el pirineísmo, los hispanos estaban ya hartos de subir por cimas y collados. Que todo fue poco menos que un montaje escenificado para mayor gloria de los urbanitas guiris de finales del siglo XVIII, observado con bastante sorna por los montañeses de entonces. A quienes, seguramente, nunca se les pasó por la cabeza saltar el cerrojo del couloir de Gaube ni los muros del Tozal del Mallo, desde luego…, pero que conocían mejor que bien las zonas elevadas de sus términos municipales. En la mayor parte de los casos para cazar, pastorear, comerciar, contrabandear y, si la ocasión era propicia, para bandolear y furtiar. Mas no diría yo que a ningún natural de, pongamos, Sallent, Torla o Benasque, no se le apeteciese jamás, en algún día radiante de un verano parco de nieves, el trepar hasta cualquier montaña de las inmediaciones para, sencillamente, ver qué demonios se avistaba desde las alturas. Por pura curiosidad.

Indicios hay para considerar esta teoría que, mucho me temo, jamás podrá ser confirmada con certeza. ¡Ay, esa maldita tendencia hispana a evitar la pluma y el papel como si éstos transmitieran la peste bubónica! En fin, habrá que conformarse con construir conjeturas a partir de lo poco que los cronistas foráneos nos han legado y, de ser posible, rebuscar por todo para tratar de añadir nuevas piezas al puzzle… Porque, desde el texto más inesperado, puede saltar alguna liebre montaraz.

José Benito Francisco Manuel Mor Pano fue un natural de la población oscense de Monzón cuya existencia discurrió entre 1762 y 1848. Escribiría varias obras bajo el nombre de José Mor de Fuentes, entre las cuales hay una, su Bosquejillo, que puede interesar a los pirineístas… Un trabajo autobiográfico tirado por vez primera en 1836 que, con posterioridad, sería reeditado en 1952 y 1981. Sin embargo, este aragonés jamás aparecerá en censo alguno de escritores pirineístas. Una pena, pues su descripción de un cruce por el Pirineo central en 1833 debería tener una mayor difusión: por mucho que les pese a los estudiosos de otras latitudes, por las veredas de las montañas también cruzaban los naturales del país. Eso sí: con una actitud frente a la cordillera que contrasta con la sostenida por los turistas y demás cantores líricos del siglo XIX.

En fin; es hora ya de que demos cancha al Bosquejillo de la vida y escritos de don José Mor de Fuentes delineado por él mismo, para que nos descubra la visión desenfadada y crítica de un altoaragonés de excursión por los Reinos de Pirene, a través de sus retazos más cañeros:

“[…] Llegó por fin el punto de emprender mi anhelado, y no sé si diga memorable, viaje a París, que es forzoso referir con alguna extensión. Salí de casa el 6 de agosto de 1833, pasando la barca incomodísima de mi pueblo, pues en el distrito, de pocas leguas, donde había seis o siete puentes en lo antiguo, hay ahora que atravesar el Cinca en alguna barquilla infernal, como la del arrugado Carontes […].

”Se pasa la sierra de Naval por despeñaderos no menos horrorosos que los del Pirineo, y después de andar largo trecho por vegas vistosas a la margen del Cinca, se llega al famoso Aínsa, situado en un alto, a la confluencia del Ara y del Cinca […].

”Salimos de La Aínsa el 8 y nos despedimos en Labuerda, que está en el mismo llano, de vista apacible de vides, olivos y moreras. El camino es generalmente angosto, pedregoso e incómodo, y sólo se disfruta la distracción de los estrellones y disparos de las olas del Cinca, que se tiene siempre a la vista.

”Comimos en una especie de cortijada o aldehuela que se llama La Infortunada, y luego, atravesando el río por un puente de vigas, arruinadas que suelen llamar en el país palanquetas, dejamos el sitio llamado Badaín y empezamos a trepar la cuesta empinada y pedregosa de Mataire. Nos sobrevino la lluvia, y ni se podía ir montado, porque las caballerías encontraban tropiezos expuestísimos, ni acertábamos a andar a pie, teniendo que ir embozados por la frialdad, y luego, empapada la capa, pesaba como si fuera de plomo, y así se hizo horroroso arrostrar el temporal en cuerpo. Cabalgada la cumbre, nos empozamos en un hoyo, donde está situado el lugarejo de Sarabillo a espaldas de una montaña que le ataja el sol en invierno y le deja achicharrar en verano. Hay algunas mujeres con buche, pero esta dolencia, o monstruosidad, debida a la crudeza de las aguas o a la calidad del ambiente, no es tan general en las montañas de Aragón como en los Alpes o en otros países […].

”Volvimos luego a nuestra andanza por un camino tolerable, siempre a la orilla del río, y luego empezó a sonar y enseguida a dejarse ver unos de los fenómenos más peregrinos que jamás he presenciado. Encajónase la corriente por enormes peñascos, que a lo mejor se le atraviesan; dispárase toda a grandísima altura, formando ya inmensos abanicos, ya tendidas madejas, ya graciosos borlones de espuma o de perlas. Repítese el encuentro o la decoración, con vistosa variedad, por otras dos o tres veces, siempre con el mismo señorío y magnificencia. Llámase este sitio (sumamente pintoresco sin ser horroroso, porque no se cierran demasiado las montañas inmediatas), con toda propiedad, Las Exclusas […]. El camino por allí es bastante ancho, pero pendiente y pedregoso, hasta que se llega al valle anchuroso de Plan, que es tan llano como el gran paseo de Santa Engracia en Zaragoza, cuajado de praderas y huertas, rebosando todo en frescura y lozanía.

”En Plan me hospedé en casa de una viuda […]. Estando en su cocina, que es el estrado de la montaña, ocurrió una particularidad harto extraña, y fue que hablando un mozo de marcharse a Francia, lo cité para la madrugada siguiente a las cinco. Contestóme que iba a salir inmediatamente, por donde comprendí al golpe que iba a conducir, como era la realidad, una recua cargada de lana de contrabando en medio de la noche, por unos despeñaderos casi intransitables aun con la claridad del día más apacible.

”Salimos la madrugada del 9, faldeando la montaña por un camino absolutamente llano, y dominando a la derecha una huerta amenísima salpicada de frutales, llegamos al pueblecillo de San Juan, donde vi un centinela que rechazaba a cuantos se encaminaban al monte y, según la lista que tenía el cabo, no habían satisfecho la contribución […]. Íbamos como entoldados por debajo de unas enramadas a la orilla de un arroyo, hasta que llegamos a la venta llamada Hospital, donde ya casi desaparece la vegetación. Se camina, sin embargo, por unas praderas poco incómodas, casi hasta que se avista el puerto. En prueba de la antigua preponderancia de nuestra nación sobre la francesa, tengo observado que todos los pasos o puertos del Pirineo toman el nombre del último o el penúltimo pueblo de España; y así se dice puerto de Benasque, de Plan, de Bielsa, de Canfranc, etcétera, y no de Oleron, de Aura, etcétera.

”Al llegar a la cumbre íbamos pisando unos peñascos esquinados y casi verticales, sin forma o asiento de capas y vetas, de modo que más parecían un montón de escombros que un terreno ordenado y natural; de donde inferí que en lo antiguo aquellos sitios padecieron un vuelco total, por efecto de un volcán o de otra causa desconocida; fenómeno bien extraordinario en tan empinada altura, por cuyo motivo fragüé, allí mismo, una composición francesa que luego imprimí en Burdeos (Vers faites sur le sommet et a la descente des Pyrénées le 8 août 1833).

”Al bajar a pie y casi descolgándonos por aquellos derrumbaderos, encontramos uno de esos desventurados contrabandistas que llaman paqueteros que, medio desnudos y con su paquetillo en la cabeza, trepan por parajes al parecer intransitables, y se exponen a todo género de riesgos por ganar algún miserable dinerillo. Llegamos por fin al valle de Aura, llano, arbolado y pobladísimo, pues en la tirantez de dos o tres leguas y como media de anchura, encierra más de treinta pueblos, y algunos de consideración. Sobre la entrada hay un picacho elevadísimo, en cuya cumbre pasó el célebre naturalista Ramond ocho días con sus noches haciendo experimentos […].

”Bañeras de Bigorra es, en medio de las montañas, un pueblo ostentoso que debe todo su esplendor a la concurrencia tanto nacional como extranjera. Su recinto y cercanías vienen a ser un fontanar perpetuo de aguas minerales, pues si bien no son de las más eficaces, se acude a veranear como a una especie de Versalles, y los vecinos esperan con ansia el agosto y se notician con entusiasmo la llegada de alguna familia, como en los puertos de algún convoy de América o de la India […].

”Los ingleses que, de resultas de un desafío ridículo y aciago para un gallardo mozo del pueblo, se habían desviado de la concurrencia, van acudiendo de nuevo, y derraman o malgastan sus guineas en cabalgatas y correrías por las fragosidades del Pirineo, que para ellos y ellas tienen infinito atractivo. Los españoles, al contrario, nos fastidiamos al punto de recreos tan montaraces, y Bañeras, sin españoles, es para nosotros un bostezadero perpetuo”.

Dejaremos aquí el viaje hasta París de José Mor de Fuentes, quien a muchos les puede parecer un híbrido entre el mentado Louis Ramond de Carbonnières y el propio Franz Schrader. Mas, para su desgracia, a este incisivo escritor le tocó en suerte nacer en Aragón…

El Señor de la Coñeriza

No exagero si digo que el grueso de los trepadores maños se ha despatarrado bien a gusto por aquí. Estoy aludiendo al peñón de la llamada Aguja Coñeriza, en la escuela de escalada de Morata de Jalón, claro. Pero hablar de esta entrañable Coñeriza obliga a citar a Jesús Vallés, un referente fijo en los asuntos rockeros de Aragón. Como parece que el siempre mordaz Perro Viejo de Roca acaba de localizar esta página, y que ha estado de rabiosa actualidad durante el pasado verano por el Affaire Black & Dekker, nada mejor que dedicarle cuatro líneas en plan pseudohistoriográfico. No sin antes recomendar a todos aquéllos que deseen saber más sobre este personaje y otros colegas no menos pintorescos, que acudan hasta la obra de Álvaro Osés titulada Escalad, escalad, malditos (Desnivel, 2006). Que por algo ha sido editada por esta Santa Casa, ¡qué caramba! Además, el tudelano escribe estupendamente bien, el muy puñetero…

En fin; de disponer de un cronista mejor para esta batallita, pongamos un Hans Christian Andersen, entonces ésta arrancaría de una guisa más poética: “Hubo un tiempo muy, pero que muy lejano, en el que todos cuantos deseaban aprender a escalar en Mañolandia, visitaban cierto paraje mítico con nombre irreverente… Se trataba de la Aguja Coñeriza, alzada a la vera de la línea del ferrocarril Zaragoza-Madrid. De furiosa actualidad durante la década macarrónica de los setenta, cuando imperaban los pantalones de campana y la música de Las Grecas… Pues, para perder la virginidad trepadora, entonces se acudía con veneración hasta un par de vías del referido peñasco, una suerte de templo iniciático donde los más verdes se apelotonaban con el susto metido en el cuerpo y el rostro macilento por el terror: la Jesusa y la Jesús Vallés”.

Pero pongámonos ya serios… No es de extrañar que Fernando Orús, desde su guía Morata de Jalón, vías de escalada (1981), escribiera sobre la roca que hoy nos ocupa: “La Aguja Coñeriza, muy popular en el macizo, es lugar idóneo para iniciarse en la escalada. La roca y los seguros son muy buenos, estando algunas vías equipadas con clavos pintados en rojo, en un intento de evitar el deterioro de la roca producido por el constante clavar y desclavar de las numerosas cordadas que todos los domingos escalan la Aguja. Pequeñas escaladas, siempre en libre, con los puntos clave asegurados y reuniones cómodas. En fin; una mini-escuela dentro del macizo de Morata, donde los iniciados en la escalada pasaréis momentos muy agradables”. Por su parte, Mikel Silván y Quique Gracia proclamaban a los cuatro vientos desde su Escalada deportiva en Zaragoza (2001): “La Aguja Coñeriza es el símbolo de la escalada moratera. Es el lugar donde todos los locales hemos dado nuestros primeros pasos en la vertical. Terreno de juego ideal para iniciarse en la escalada o para comenzar la jornada al sol en los días del frío invierno. Despreciada por muchos debido a su cada vez más pulida roca, todos los fines de semana del año habrá alguna cordada surcando sus vías”.

¿Y cuál fue el origen de este mito de la verticualidad? Jesús Vallés tuvo noticia de la existencia de estas tapias cuando estudiaba en el Colegio de la Diputación Provincial de Calatayud, a finales de 1971. Tenía entonces quince años, pero ya conocía algunas clásicas de los Mallos de Riglos como la Pany-Haus o el Adamello. En cuanto al descubrimiento de la futura escuela de escalada, habría que apuntarlo en la cuenta de Alfredo Martínez Cabeza el Abuelo. La peña que aludimos fue de las primeras en caer: se la cobró junto a Luis Estrada en el mes de junio de 1971. Su ruta inaugural fue rebautizada como la Original, aunque en un principio se denominara vía Coñeriza. El motivo: mientras la abrían, quedó a ras de tierra la hermana de Luis, “dando el coñazo”.

Jesús no tardó nada en personarse para repetir esta vía Coñeriza. En noviembre de 1971, había enrolado con él a varios amigos bilbilitanos; uno de ellos, el hijo del herrero que les confeccionó los clavos de escalada, pintados en azul. Atención, coleccionistas de reliquias de esta época heroica…, ¡tan alejada de las taladradoras! Tras repetir la Coñeriza-Original, Jesús Vallés y Javier Escuer se fijaron en la cara sur del peñasco, donde abrieron un nuevo recorrido. Se trataba de la vía María Jesús, así denominada en honor de la esposa de Alfredo Martínez. Mas, por capricho de la toponimia, terminaría siendo conocida como la Jesusa. Y como Coñeriza acabó por designarse a todo el peñón… Que pronto dispondría de otra ruta emblemática, trazada unos días más tarde por el trío Martínez-Estrada-Vallés entre la Original y la Jesusa: un sistema lógico de fisuras que terminó como vía Jesús Vallés.

Por mi parte, he de decir que mi experiencia inaugural con la Jesusa tuvo lugar el 18 de diciembre de 1977. Aquel día, un grupo de quinceañeros engañó a sus padres y tomó el tren para estrenarse en las artes trepadoras: entre ellos, destacaba la presencia de Salvador Arnaudas… Por suerte, nos acompañaban otros chicos mayores que ya tenían algo de tablas: Andrés Abraín y Alberto París. No me da vergüenza alguna reconocer que, en cuanto percibimos desde las ventanillas del vagón la modesta Coñeriza, más de uno sintió que el desayuno se le revolvía en el estómago. ¡Ni el Cerro Torre hubiera producido un efecto semejante entre aquella tropa de pardillos!

Desde Morata, era preciso caminar un par de kilómetros junto a la vía hasta llegar al pie de la gran peña calcárea donde nos aprestábamos a realizar las primeras cabriolas emulando a los hermanos Ravier, nuestros héroes del momento. Mas, en tanto alcanzábamos su nivel para acudir a medirnos con cierta Pilarín la Barrendera (¿¡¡!!?), en el Midi d’Ossau, nos conformaríamos con marchar bastante amedrentados ante ese aspecto que, de frente y desde abajo, ofrece cualquier bordillo medianito. Ya en la base de la Coñeriza, nuestros improvisados profesores nos impartieron un mini-cursillo que, contemplado luego con cierta perspectiva, hay que reconocer que no estuvo nada mal. Y del dicho al hecho: como en 1977 no se prodigaban los arneses, Alberto París se encordó cuan fardel para comenzar a trepar por esa vía que presentaron como la Jesusa. Sin casco, por supuesto, pues lucirlo allí estaba bastante mal visto: ¡no nos hallábamos ante los desplomes del Tozal del Mallo, precisamente…! El resto de nuestro atuendo lo componían elegantísimos pantalones bávaros de pana y no menos clásicas camisas a cuadros con cuellos descomunales; una vestimenta obligatoria en los setenta, si querías hacerte pasar por escalador o montañero, que entonces era lo mismo.

París llegó enseguida a la primera reunión, a pesar de tener que ir clavando los seguros a golpe de martillo. Media Coñeriza cayó rodando hacia el río Jalón… Al superar ese pasito de IV inf que seguía al fácil murete inicial de III sup, aún tuvo tiempo de gritarnos a quienes lo contemplábamos más abajo, ya medio paralizados por el miedo: “Aquí, atentos”. Y, con elegancia, siguió hasta ese nicho intermedio al final de una vira de III, en pulcra diagonal. Desde un tinglado montado a base de nuevos pitones cantarines, aseguró al siguiente, Andrés Abraín, quien trepó con una facilidad aparentemente pasmosa. No era ésta su primera Jesusa. Se aproximaba el momento fatídico: “¿Quién va ahora?”. El turno de los novatos…

Como el dúo inicial había superado el largo casi volando, mi amigo Honorio se animó. Pero, ¡ay!, en el paso de IV inf sufrió un atasco memorable. No; aquello no era tan sencillo como le parecía al ojo de un espectador cómodamente sentado en el suelo. Al cabo de unos minutos interminables, nuestro compañero alcanzó jadeando la reunión, ya muy atestada… “¡Hala, el siguiente!”, chillaron desde lo alto. Pero entre las huestes de abajo reinaba cierta indecisión… Reconozco que, como mi nerviosismo aumentaba por momentos, di el paso al frente sólo por acelerar el mal trago. Ni que decir tiene, también rechacé el casco, por eso de “no incurrir en ningún tipo de afeminamiento grave e irreversible”. Las chorradas de la época… Me ataron un extremo de la cuerda a las axilas, dieron unas vueltas con el cabo en torno a mis hombros y gritaron a los de arriba: “¡Tensad, que éste ya está…!”. Comenzaba mi fastuoso debut en el circo de la escalada. ¡Prepárate, Pepe Díaz, que aquí llega tu sucesor!

El primer tramo de la variante por la derecha, no demasiado complicado ni para un primerizo, se me atascó. Juro por el clavo de Lluís Estasen que no sabía qué hacer con las manos. ¿Dónde demonios las podía sujetar…? En cuanto a la tarea de buscar un resquicio para la puntera de nuestras botas rígidas de glaciar, aun tratándose de un III inf, tenía su miga: decepción gorda, al perder el pie varias veces y constatar que aquello del mundo vertical no era tan simple como trepar por los árboles para robar fruta. Por fortuna, en mi ayuda acudieron los fieles amigos: al percatarse de mis titubeos, comenzaron a chillar como locos a los de la reunión intermedia para que me aseguraran de forma más tirante, pues “fijo que habría caída a no mucho tardar”. Gracias, chicos.

En un estado taquicárdico más que patente, llegué al paso estrella del primer largo… Para resumir los cinco eternos minutos que le dediqué: creo que no he sudado tanto en mi vida como allí lo hice; todavía recuerdo el retumbar de los latidos desbocados de mi corazón desde las venillas saltonas de las sienes. Pasé mi inaugural IV al tercer intento, mostrando unas poses escasamente elegantes…, y con cierta ayudita por parte de Andrés y Honorio, quienes tiraron como unos forzados desde su tinglado. Tan agobiado subía hacia ellos, que incluso se me olvidó sacar la cuerda de uno de los mosquetones de seguro: dos metros más arriba, tuve que destrepar para realizar dicha operación, un asunto que me hizo poquísima gracia. Al término de una fisura que pareció inacabable, allí estaba: ¡el paraíso terrenal con forma de reunión!

Ignoro de dónde saqué el ánimo suficiente como para disimular el pavor que me había producido dicha tirada. Con toda seguridad, lo debí de conseguir a medias, pues aún tenía las piernas temblorosas y la boca reseca. Aquel nido de buitres estaba abarrotadísimo, por lo que, mientras Honorio escalaba hacia la punta, Salvador Arnaudas vino hasta nosotros. Este último con bastante soltura, hay que reconocerlo: ya apuntaba buenas maneras el chaval. No en vano, mientras el resto soñábamos con subir al Vignemale con unos aparatejos misteriosos llamados “tablas-de-montaña-con-focas” que habíamos visto en una revista, el mediano de los hermanos Arnaudas suspiraba por los abismos de su Cara Norte.

Pero regresemos ya al ambiente de grillos y chicharras de Morata… De nuevo, me tocaba a mí trepar hasta el puntal de la Coñeriza: un sector de III que no me resultó tan complicado como el inicial. A pesar del generoso patio, pude controlar mejor ese temblequeo de piernas que me traicionaba… Así, seguí una clara fisura al borde mismo de lo que me apareció como un abismo insondable: a pura fuerza de brazos, pues la lección sobre las bavaresas no había cuajado. Justo cuando llegaba hasta lo más alto, para dominar cuan conquistador de lo inútil sus arrebatadoras perspectivas de carrasqueras y rastrojos, se oyó un grito horripilante: era el último candidato a hombre-araña, que se había resbalado en el paso de IV y degustaba las delicias de un penduleo. Seguro que su chillido se escuchó perfectamente en Morata.

Rematando ya la crónica nostálgica: todos los novatos, excepto Salva, juzgamos bastante brava a esa buena moza a la que denominaban Jesusa… ¡Como para andar festejando con ella! En mayo de 1981, regresé para hacer turismo por la otra ruta imprescindible de la Coñeriza, la vía Vallés, esta vez acompañado por Salvador y Javier Arnaudas. Sin embargo, ésta es ya otra historieta con la que martirizar a los lectores en una futura ocasión. Con el permiso de Jesús Vallés, el indiscutible Señor de la Coñeriza, claro está…

La Bella Chocolatera

Entre la gente de las llanuras, se cree que la religiosidad impera sobre las tierras altas. Una opinión basada en los supuestos efectos de esos paisajes fantásticos que se avistan desde las cimas, que conducirían directamente hacia el Sumo Hacedor… Éste es un tema que ha quedado patente en varias conferencias de ciertos himalayistas, tan célebres como agnósticos: todavía recuerdo la cara que puso el desaparecido Pepe Garcés cuando una venerable ancianita le preguntó si sobre la cima del K-2 había tenido algún tipo de visión sobrenatural… Como expresé en la entrada anterior, enhebrar textos piadosos desde perspectivas racionales puede surtir de problemas a su inspirador. Ya he recomendado la novela sobre Lourdes de Émile Zola, ¿no? Y todo el mundo conoce la severa persecución que padeció dicho periodista por su actitud valiente ante el Caso Dreyfuss y su inmortal Yo acuso, que sirvió para denunciar tanto el antisemitismo como la inoperancia del Ejército galo durante la paliza prusiana de 1870… Pues bien: quienes deseen saber qué le acarreó su obra sobre la Ciudad de los Milagros, sólo tienen que recurrir a un libro de Pierre Waldeck-Rousseau de título revelador: Tribunal de policía correccional, sala novena, en audiencia del 15 de febrero de 1899: el señor Bourgeois contra el señor Zola a propósito de Lourdes (1899).

Pero prosigo con mi tercera y última entrada… Si bien, hoy apenas se cita, el comentario ácido que mayores ampollas levantó sobre las apariciones de Lourdes, fue el de la explicación primera que se dio a los hechos del 11 de febrero de 1858. Las lenguas afiladas de la ciudad quisieron suponer que lo que en realidad vio la Soubirous saliendo de la Gruta no fue una presencia divina, sino otra más humana: se creía que la mujer del dueño de una fábrica de chocolates, Sophie Pailhé/Pailhassou, se citaba en Massabielle con su amante Abel, un húsar de guarnición en el Castillo. Esta pintoresca teoría que haría surgir de sus entrañas a la llamada Chocolatera, vestida en camisón para ahuyentar a la inoportuna pastora, cuajó recientemente en forma de bestseller. Quienes quieran conocer más sobre una de estas interpretaciones, sólo tienen que adquirir la novela de la periodista Bernadette Pécassou, de título La Belle Chocolatière (2001), reeditada el año pasado. Los ortodoxos no gustarán de ciertos párrafos: la descripción de ese vestido de la Pailhé un tanto inmaculado, los lúgubres pasajes ante la llamada Cueva de los Cerdos de Massabieille, los intereses económicos por la fabricación de rosarios, la espeluznante pobreza de los Soubirous, la explicación familiar de las apariciones como secuelas de un ataque de asma de Bernadette, el desprecio ante la concurrencia inicial a la Gruta de “mujeres de clase baja e incultas”, los titulares de periódicos detallando “la aventura de una cataléptica”… Aun con todo, no es un texto hostil. Reproduciré un fragmento del diálogo final: “La medicina hará cosas increíbles: algún día, ¡se devolverá la vista y se pondrá en marcha el corazón! Pero no todo el mundo se aprovechará de dichos progresos, que tampoco lo resolverán todo. En el alma humana hay abismos de dolor y desesperación frente a los cuales los científicos se ven inermes. Estas mujeres de Lourdes han apaciguado tales desesperanzas con un remedio de gran simplicidad: el amor, un medicamento eterno que nadie va a mejorar”.

Por lo demás, el aluvión de peregrinos hacia el piedemonte galo supuso un gran empuje para el turismo: los romeros llegaban ávidos de conocer el entorno de la Ciudad de los Prodigios. Gracias a ellos, el desarrollo de los ferrocarriles y carreteras, de los hoteles, refugios y guías, benefició no sólo a los espabilados habitantes de la Bigorra o del Lavedan, sino también al gremio montaraz. La Gruta quedaba a un tiro de piedra de cimas como el Midi de Bigorre, la Munia, el Monte Perdido, el Vignemale o el Balaitús. Durante lustros, el Musée Pyrénéen de Lourdes fue el segundo más visitado de Francia, tras el Louvre. La historiadora Marguerite Gaston lo explicaba en 1974: “Esos grupos que por la noche cantaban las alabanzas a María sobre la Explanada, al día siguiente viajaban para hacer alegres picnics en Gavarnie… Con las peregrinaciones al santuario mariano, el turismo pirenaico se democratizó y adquirió una nueva clientela”.

Pero es hora ya da dar una pequeña ronda entre quienes más nos interesan de estas crónicas: los pirineístas. A destacar el encuentro entre los catolicísimos Aymar de Saint-Saud y Henri Brulle, en el curso de una romería de 1877… Con toda lógica, la primera de las cumbres que se patearon juntos sería la del pic de Jer, un 16 de mayo. El futuro escalador Brulle hizo promoción de una de sus tempranas montañas: “No podría recomendar más a las personas que dispongan de unas horas en Lourdes, que subir al Jer; ningún peligro, casi nada de fatiga y un panorama verdaderamente hermoso”.

Vayamos con Henry Russell… Recientemente, su sobrina-nieta, Monique Dollin du Fresnel, narraba la anécdota según la cual, la hermana del pirineísta, Christine, conoció a Bernadette en extrañas circunstancias. Así, estando presente en una visita a la casa de la pastorcilla sobre 1858, una de las muchachas preguntó si iba a ser monja: la Soubirous le respondió que no, pero señalando a Christine le dijo que “ella sí que lo sería”. La hermana de Russell rechazó la posibilidad de tener vocación: era una chica de veinte años, alegre, amante del baile y de la equitación… Dos añadas después, la joven ingresaba en el convento de la Visitation de Toulouse, para gran disgusto de la familia: “Sus padres se horrorizaron por su elección y Thomas John se opuso formalmente; tras bastantes discusiones, entró finalmente en la Orden”, dice Monique. Curioso rechazo en un ambiente tan ligado a la causa católica-irlandesa… Aun con todo, el Señor del Vignemale no se vería libre de ciertas insinuaciones de desviacionismo religioso: en 1934, el obispo Gerlier de Tarbes-Lourdes salía al quite y proclamaba a nuestro pirineísta inocente de que “a través de ciertas expresiones dispersas entre sus páginas magníficas, hubiera llegado a divinizar a la montaña para inclinarse hacia algún tipo de panteísmo”. Vamos: que Russell coqueteó con una, por entonces, herejía.

Desde el turismo de montaña, no escaseó el ojo crítico. Es lo que se deduce de los comentarios sobre Lourdes de Albert Laporte en Aux Pyrénées le sac au dos (1876): “Muchos enfermos le deben una curación casi instantánea obtenida por medios que la ciencia médica condena… Estas manifestaciones religiosas realizadas por un número incalculable de peregrinos son inofensivas para los incrédulos y un consuelo para las almas piadosas: la humanidad, a pesar de los esfuerzos de la ciencia médica, continuará implorando el auxilio del Cielo mientras aquí abajo haya enfermedades que nadie pueda curar. Además, todo esto hace ganar dinero a sus habitantes, que no estarán molestos”.

La guía entre las guías pirenaicas, la Joanne, tampoco vivió de espaldas al fenómeno. Así describía el acceso a Massabielle su edición de 1879: “La ruta de la Gruta, bordeada a cada lado por barracas de planchas (objetos piadosos, bebidas y restaurantes), donde se encuentran bastantes mendigos ciegos, desfigurados y paralíticos, baja hacia el Gave… A la izquierda de la Fuente, se alza un edificio donde se venden botellas, cantimploras, etcétera, a esos peregrinos que desean llevarse agua milagrosa”. Después, propondría las consabidas excursiones turísticas para romeros.

¿Un testimonio español madrugador? Aquí, parece interesante recurrir a cierto cronista desconocido de la descomunal Europa pintoresca (1882): “Lourdes es ahora una ciudad sucia, sin ningún interés, y sólo desde hace algunos años ha recobrado cierta animación por el hecho de haberse aparecido la Virgen, según se asegura”. Tras el anonimato, fijo que anidaba alguno de esos librepensadores descreídos…

En algún caso, resulta curiosa la parquedad del cronista. Así, un libro tan grueso como los Promenades dans les Pyrénées de Jules Leclercq (1892), apenas le dedicaría sino este comentario: “Después de esas horas que pasé en Lourdes, tras una visita a la Gruta milagrosa hacia la cual un potente impulso de la fe arrastra al pueblo cristiano, me instalé en la diligencia que debía conducirme a Luz”. ¿Sobriedad o prudencia?

En 1920, los hermanos viajeros De Fouchier se explayaban más desde Un mois aux Pyrénées: “En la Bigorra no existe ninguna villa que sea tan universalmente conocida como Lourdes; no hay ningún centro que se haya beneficiado, ni de lejos, de un desarrollo tan prodigioso… Desde los valles cercanos, se acudió a visitar la gruta de Massabielle; al contacto con el agua milagrosa, los enfermos recuperaban la salud y, como la pólvora, la noticia se expandió. Los peregrinos fueron pronto centenares; hoy son casi un millón cada año… No se arredran ante las fatigas de un largo y penoso viaje y van a exponer sus miserias ante Aquélla que les ha prometido su auxilio. Es preciso haber asistido a una de esas manifestaciones resplandecientes de fe popular, para conocer el sentimiento de consuelo que aporta al alma, tan sufriente y desdichada, esa flor divina que se llama esperanza”. Tras esta apología, seguían las acostumbradas páginas con las posibilidades de los peregrinos en el “terreno exclusivo del turismo”.

Dos historiadores prestigiosos como Christian Crabot y Jacques Longué, difundirían una anécdota fea sobre Louis Le Bondidier, fechada en los años veinte: “Había equipado un aparato fotográfico con un falso objetivo lateral, lo que le permitiría conseguir una colección alucinante de clichés en los que se mostraban las peores enfermedades presentes en las peregrinaciones de enfermos a Lourdes”. Seguro que sus fotografías jamás se exponen… Bernard Duhourcau dijo de él que “como el diablo de Gil Blas, conocía lo mejor y peor de la Ciudad de la Virgen”. Pero rompamos una lanza en favor de Le Bondidier, quien también afirmó: “Si vais a Lourdes, no os fijéis en las calles ni las multitudes, ni en todas esas cosas que, como en todas partes, puedan tener de feo o de grosero: id a la Gruta y observad los ojos de un enfermo grave que reza”.

Entre otras curiosidades, sendas opiniones de eruditos-pirineístas en alusión a los edificios. En 1931, Raymond Escholier cuestionaba “ciertos detalles hirientes como la fealdad de tantos establecimientos dedicados a los objetos religiosos, muchas arquitecturas fastidiosas como la de la Basílica o la iglesia del Rosario donde, por desgracia, les falta la inspiración y la fe”. Se vería apoyado en 1959 por Pierre de Gorsse: “Para vengarse de tantos rezos repartidos por esta tierra bendita, el Maligno no habría hallado otros aliados que algunos arquitectos de Lourdes con gusto dudoso”.

Cerraré el recuento desde los Pyrénées françaises (1974) de Cazaurang, donde se insiste en el rol de la Ciudad de los Prodigios en el turismo de montaña: “Como todo lo que es humano tiene la necesidad de materializarse como mundanal, el canto de las procesiones nocturnas con millones de voces se vuelca al día siguiente, y todos los demás, sobre la pequeña dimensión de los Souvenirs que el comercio sirve hasta las mismas aceras. Desde Lourdes parten también cada día esos coches que llevan a los habitantes de las llanuras de Flandes o a los amables y rechonchos irlandeses hacia la visión directa de esas montañas que no conocían sino por fotografías”.

¿Qué es lo que, en mi humilde entender, merece mayor respeto de Lourdes, por encima de hagiografías repetitivas, negocios mundanos o chascarrillos burlones? Sin duda alguna: la expresión de angustia infinita que asoma desde las pupilas de muchos enfermos… O esas lágrimas que vierten los familiares que acompañan hasta la Gruta a niños con el síndrome de Down… Uno no puede dejar de pensar que sería bueno que regresaran de allí con algún tipo de consuelo en el macuto.

Entre prodigios e imitaciones

Una anécdota sobre los problemas que acechan a quienes se deciden a rozar temas religiosos… Hace años, alguien me preguntó en la sede de mi club, Montañeros de Aragón, sobre mi productividad literaria y, para salir del paso, respondí en tono de broma que mi verdadera vocación era la de ser “obispo de Astorga y Ponferrada”. De inmediato, uno de mis interlocutores, cierto chico joven al que conocía desde antiguo, se puso serio y me soltó una coz: no para recriminarme que frivolizara sobre las dignidades eclesiásticas, sino para proclamar a los cuatro vientos su ateísmo y, seguido, arremeter contra “todos los males que los católicos habían provocado a la Humanidad desde hacía milenios”… ¡Pues sí que se tomó a pecho lo de mi supuesta aptitud religiosa! Me estaba bien empleado por vulnerar, aunque fuese mediante un chistecillo tonto, esa regla no escrita que censura debatir creencias personales en ambientes montaraces. Aun con todo, me arriesgaré a completar la entrada anterior sobre la Ciudad de los Milagros, esperando que mis libros no terminen quemados, por uno u otro bando, en la plaza del pueblo. Algo que, salvando las distancias, ya le pasó a Jean-Jacques Rousseau, el padre del montañismo

Retomo los anales mágicos del Pirineo francés. La serie de apariciones de la Soubirous finalizó el 16 de julio de 1858, salpicada de prodigios como los narrados por un panfleto de la época de la Imaginería Épinal: “Un día, sucedió algo extraordinario. Bernadette, en éxtasis ante la visión, unió las manos por encima de un cirio que tenía apoyado en el suelo y lo encendió. Durante bastante tiempo, la llama pasó a través de sus dedos y manos unidas sin quemarlos; por el contrario, se mostró sonriente. Un médico testigo del hecho, algún tiempo después le examinó las manos y las halló intactas, sin quemadura alguna. La fuente de la gruta, que terminó siendo muy abundante, operaba todos los días curaciones, tanto más extrañas cuanto dichas aguas no tenían propiedades medicinales, sino que eran ordinarias… La primera fue la de Christine Bouhorts, quien veía a su hijo a punto de expirar tras larga enfermedad: con una inspiración súbita, esta mujer trajo a su niño moribundo y lo zambulló entero en el agua helada de la fuente. Se llevó a casa al niño, que no mostraba señales de vida, y lo acostó en su cuna suplicando a la Virgen que lo curase. Pronto los colores tiñeron su rostro; dormía apaciblemente. Al día siguiente, este niño se levantó solo de su cuna y comenzó a andar…”. Y así largo etcétera.

Una cuestión que hoy suscita debate es la de la actual sequía milagrera. Tras la proliferación inicial, su número se estabilizó durante algún tiempo en sesenta y dos. No fueron pocos quienes alegaron que, ante los avances de la medicina moderna, éstos ya no se producirían con tanta frecuencia como en el período comprendido entre 1858-1965. Aunque ahora lleguen con cuentagotas, la Iglesia admite casi setenta. ¿Y qué opinaba Bernadette de esto?: “Dicen que hay milagros; yo no he visto nunca ninguno”. Así y todo, los hagiógrafos de la pastorcilla se han apresurado a reconocerle prodigios tan pintorescos como que, con ella, “las ovejas atravesaban los torrentes sin mojarse”, o que, a su vera, “las novicias más torpes realizaban bordados maravillosos”…

La Soubirous merece un punto y aparte. Según la citen unos u otros, se fomentan o no ciertas frases. Los seguidores airean lemas suyos como “servir a Dios en todo y en todas las cosas”; los detractores, prefieren anécdotas de sus últimos días en Lourdes, con la gente asaltándola en plena calle… Se cuenta que, cuando alguien intentaba introducirle dinero en sus bolsillos, ella lo arrojaba al suelo gritando: “¡Esto me quema!”. Y cuando algunos fanáticos trataron de cortarle un trocito de su vestido, se opuso con violencia: “¡Qué imbéciles son!”. En 1924, cierto Manual del peregrino reconocía sus “nerviosidades y arranques de genio”. Entre sus diversas anécdotas en el Asilo de Lourdes, llama la atención la de su edad del pavo: “La hermana Victorina la sorprendió metiendo un pedazo de madera, a manera de ballena, en su corsé; y en otra ocasión, ensanchándose la falda para darle la forma de ¡miriñaque!”. En 1886, entró en un convento de Nevers, donde fallecería en 1879. Allí, no fue demasiado bien recibida por la Superiora, quien la trató con extrema severidad y acritud, pues opinaba que “vivía muchas veces en fantasía”. Pero Marie-Bernarde Soubirous es oficialmente santa desde el 8 de diciembre de 1933, tras un proceso iniciado en 1909. Zola, tan crítico con otros aspectos, reservó una actitud de cariño hacia esta lurdesa…

Por suerte para la Soubirous, el obispo Laurence de Tarbes se mostró favorable al prodigio de Massabielle desde temprano: era un firme partidario del dogma de la Inmaculada Concepción, recién proclamado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Un pontífice sumamente emprendedor, dado que dieciséis años más tarde decretaba la Infalibilidad Papal… En cualquier caso, con el dogma de la Inmaculada Concepción se aseguró oficialmente la virginidad de María, madre de Jesucristo, tras diversos intentos a lo largo de la historia: a destacar los dictámenes contrarios de san Bernardo, san Agustín, san Alberto Magno o santo Tomás de Aquino, así como de los papas León I, Gelasio o Inocencio III. Se podría profundizar más sobre la Inmaculada desde el Tomo III (1992) de la Historia criminal del cristianismo, del teólogo Karlheinz Deschner: por ejemplo, a través de esa negativa frontal del alto clero galo del siglo XIV a la instauración del referido dogma que impediría que, hasta el XIX, María no tuviera verdadera preponderancia en el santoral cristiano. O, puestos a tirar hacia lo nacional, recurriendo a Pepe Rodríguez, autor de las Mentiras fundamentales de la Iglesia católica (1998), uno de cuyos capítulos se titula: “Si María fue virgen aun después de parir a Jesús, ¿cómo es que los apóstoles no se enteraron jamás de tamaño milagro?”. En cualquier caso, los sucesos de Lourdes vinieron muy bien para asentar dicho dogma. Como diría en 1996 el erudito bearnés René Descazaux: “Las visiones de Bernadette dieron a la Inmaculada un sentido…, humano”.

A raíz de las apariciones de Lourdes, su mercado santero se lo disputaron entre varios imitadores: tras la estela de Bernadette, se irían materializando testimonios de otras visiones que no iban a cuajar… Por ejemplo, a partir del 7 de abril de 1858, comenzó a cobrar protagonismo cierto niño de Ossen llamado Laurent Lacaze: dijo a sus familiares que también veía prodigios como los de Massabielle. Otro nuevo frente se puso en marcha tres días después, cuando unas mujeres definidas por los cronistas como “exaltadas”, se allegaron hasta las autoridades de Lourdes anunciando sus propias apariciones: se trataba de Marie-Claire Sallenave, de veintidós años, junto con Marie C., de cuarenta y cinco, y Honorine L., amén de otras dos chicas más sin identificar. Desde la gendarmería, no se tendría empacho alguno en definir a nuestra buena C. como “bebedora inveterada”, y a su compañera L., como “ligera de cascos”…, antes de catalogarlas como las Locas del Gave. Alguna de ellas proporcionó la descripción de lo que sus ojos creyeron otear: “Una niña de cuatro años suspendida en el aire”. Otra optó por la visión de “una adolescente acunando a un niño entre sus brazos”. Sus explicaciones discordantes de un mismo trance les restaron credibilidad incluso ante una opinión pública predispuesta al hecho milagroso. Ese mismo mes de abril de 1858, se produjo un tercer epicentro de las, digamos, plagiarias de la Soubirous. En esta ocasión, fomentado por Marie-Bernarde Carrère y Marie Courech: tras su visita a Massabielle, alegaron haber percibido en su interior a “una mujer, un niño pequeño y a un hombre con barba blanca que sujetaba una llaves”. Descritas por quienes les conocían bien como “dos pequeñas pestes”, no fueron creídas a despecho de sus versiones idénticas.

¿No hay tres sin cuatro? Es lo que parecía demostrar el caso del pequeño Barraou, quien narró percepciones extrañas de la Virgen mientras trepaba por las cortinas de su casa. Aunque alguno de los testigos lo supuso presa de crisis epilépticas, el resto de quienes estuvieron presentes en sus trances, caracterizados por “muecas espantosas y horribles rechinares de dientes”, juzgaron que se trataba de otro ejemplo de “comunicación entre Lourdes y el Más Allá”. El siguiente en proclamar sus lazos con el territorio divino fue Julien Ménino Cazenave, un chaval de ocho años que declaró ver “toda una fantasmagoría celestial”. De inmediato, sus compañeros compitieron entre sí sobre quién decía la burrada mayor al respecto, relatando “escenas prodigiosas, algunas de corte angélico y otras abominables”. Tan llamativos fenómenos parecieron disminuir con el último éxtasis de Bernadette, el 16 de julio de 1858. Ese mismo mes, Marie Courech insistía en haber establecido relación con la Virgen, “llegando a sostener con ella conversaciones de lo más emotivas”. Casi nadie le dio crédito. Tales revelaciones terminarían en el olvido, considerándose que los chicos de la zona se habían dejado impresionar por el ambiente de Massabielle, participando en un juego de moda.

Por el contrario, las visiones de la Soubirous prosperaron. ¿Puede explicar tal éxito las declaraciones del alcalde Lacadé en 1858?: “Si el agua de la Gruta cura por sus propiedades naturales, Lourdes se convertirá en una estación de aguas minerales como Cauterets, Bagnères y Luchon. Un excelente negocio. Si cura por gracia sobrenatural, Lourdes será una estación de agua milagrosa, un lugar de peregrinación como Bétharram o Garaison. Negocio no menos excelente, quizá”. En 1862, el obispo Laurence declaraba auténticas las apariciones y milagros de Massabielle… En 1864 y desde Loubajac, tenía lugar el primer peregrinaje organizado… En 1866, el ferrocarril llegaba a Lourdes… En 1871, se desarrolló una peregrinación nacional; un año después, arribaban diariamente sesenta trenes hasta la Bigorra… Para entonces, era evidente que Lourdes había cobrado el premio gordo del turismo sacro, convirtiéndose en la cuarta ciudad de Francia en lo que se refería a plazas hoteleras: nadie quería secar semejante fuente de ingresos, que tan sólo suscitaba desconfianza en urbes como Roma o Santiago de Compostela, donde la afluencia de visitantes disminuyó. Un filón muy oportuno, pues sobre 1856-1857 habían cerrado algunas de las canteras de Lourdes, declarándose seguidamente el cólera y unas hambrunas terribles… Ante los beneficios económicos que llovían sobre aquel núcleo modesto de los Hautes-Pyrénées, cesaron los comentarios críticos o mordaces, borrándose de la crónica oficial cuanto pudiera dañar la imagen de las apariciones, como cierto “ultraje grosero” que sufrió la Gruta, las mofas iniciales de los gendarmes, la devastación del rosal sobre el que hablaba la Dama o ese robo de basuras de la casa de los Soubirous por los coleccionistas de reliquias.

Mas, como se verá en la tercera y última entrega, no se acallaron a todos los espíritus mordaces que rondaban por Lourdes…

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