Tres niditos para Saint-Saud
Publciado por albertomartinez - 30/06/09 a las 12:06:12 pm
Desde hace algún tiempo, circulan rumores sobre una ordenación oficial de la toponimia pirenaica aragonesa. La verdad es que sólo con pensar en el terreno enfangado y confuso que les aguarda, uno se apiada de los posibles integrantes de dicha comisión. La maraña de nombres de los Pirineos es tal, que confeccionar su catálogo promete ser una labor de chinos: exigirá no poca energía, tacto a raudales y, sobre todo, añadas de trabajo. Es de desear que esto se realice a través de un avance lento sobre cada uno de los topónimos, pues habrá que contemplar todas sus posibilidades de un modo exhaustivo, catalogar tanto las escritas como las orales, elegir la/las apropiadas y, finalmente, proponer dichas denominaciones de modo provisional, proporcionando un plazo de exposición pública para alegaciones lo suficientemente holgado antes de dar un nombre más o menos por bueno. Tal proceso debería emprenderse con toda la cautela del mundo, dirigido desde algún departamento de la rama de Letras de la Universidad; quienes ya han buceado por estos temas, ¡aseguran que la toponimia es la ciencia más inexacta del mundo! Pero los nombres de los Pirineos no merecen menos: si las prisas o la escasez de rigor hacen que se juegue frívolamente con una ensaladilla de designaciones caprichosas, estaremos cepillándonos uno de nuestros últimos tesoros culturales. Cierto es que hay que correr en cuanto atañe a recopilación de datos sobre el terreno, pues nuestros abuelos nos dejan. Mas, en lo que se refiere a servir resultados, puede que ése sea otro cantar… En fin; a quienes aborden este tema les espera una buena torrija. Mucho me temo que, en lugar de medallas y palmaditas en la espalda, lo que recibirán será un aluvión de cantazos desde todos los costados. Pobrecitos míos.
Para quienes duden de las dificultades que acechan en el camino de los toponimistas pirenaicos, voy a ir sirviendo ejemplos pintorescos sobre el complicado escenario por el que deberán desenvolverse. Sin aportar conclusiones propias pues, para ese cometido, doctores tiene ya la Iglesia. Me limitaré a exponer el asunto, lo que no es poco… ¿Y qué tal abrir fuego con un caso que podría catalogarse dentro del, digamos, extendido deporte de bautizar tresmiles pirenaicos? Pues presentemos ya el caso de ciertos topónimos relacionados con cierto socio de honor de mi club, Montañeros de Oregón…, de Aguarón…, del Alirón…, o de donde quiera que seamos.
Comenzaremos con una pinceladilla rápida sobre el protagonista de nuestra historia: el bordelés Jean-Marie-Hippolyte-Aymar d’Arlot (1853-1951), primero barón y luego conde de Saint-Saud. Como soy menos trabajador que el amigo Patxi Termenón, experto como pocos en este terreno resbaladizo, me he limitado a rascar en la autobiografía del aristócrata: Cinquante ans d’excursions et d’études dans les Pyrénées espagnoles et françaises (1924). Quien se asome por las páginas de dicho texto, comprenderá la dificultad de glosar las andanzas del conocido como Comte-Courant…, apodo debido a un juego de palabras que quería señalar hacia cierto Conde-Corredor por su condición de aristócrata inquieto a la par que hacia la generosa Cuenta-Corriente que se le suponía. En cualquier caso, Saint-Saud estableció excelentes relaciones con los pioneros del montañismo del lado sur de la cordillera, lo que le valdría que, además de ser socio del mentado club zaragozano, lo fuera asimismo del Centre Excursionista de Catalunya, la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, el Club Alpino Español o la Sociedad Picos de Europa. Pero no menos importantes fueron sus actuaciones dentro de la Comisión de Toponimia del Club Alpin Français…
Seguido, nos situaremos sobre el marco geográfico: una montaña alzada en el macizo de Perdiguero-Oô; cierto tresmil un tanto secundario y, por el decir de los geógrafos galos, innominado. Próximamente, este sector será objeto de un completo estudio por parte de Patxi Termenón; en tanto el estudioso bilbaíno publica para Pyrénées su encomiable trabajo, sirvan estas líneas más modestas como aperitivo. Así, vamos a dejarnos de rodeos para observar cómo nuestro Comte-Courant y su entorno resolvieron ciertos bautizos de cumbres del Luchonnais. Para abrir boca, el testimonio del propio Saint-Saud:
“En la parte oriental de los Hautes-Pyrénées llamada Cailhauas y Clarabide, había entonces, desde el punto de vista topográfico y toponímico, algunas lagunas que colmar, así como errores que rectificar. Resolví colaborar en el estudio que habían emprendido mis colegas, Denis Eydoux, ingeniero de Ponts et Chaussées de Tarbes, y el teniente Léon Maury, de guarnición en esta villa. Del 24 al 31 de julio de 1905, me cité con ellos en la caseta del lago de Cailhauas junto con mi hija Cécile, quien aprovechó un día de niebla para hacer la primera ascensión al pico de la Belle-Sayette. Por mi parte, instalé el trípode de mi instrumental sobre el Couartaouy y sobre el pico llamado Noir por Russell a falta de otro nombre, y que yo quise bautizar en honor de un destacado pirineísta, Maurice Gourdon, quien firmó su primera ascensión; me planté asimismo sobre la punta Occidental (3.108 m) del macizo fronterizo de los Gourgs-Blancs, en mitad de la soberbia región de los lagos (gourgs, en la lengua de Oc) del mismo nombre, que debería recorrer en todos los sentidos […].
”En 1906, acudí con mis hijas para acampar durante una semana en el lago de Pouchergues. Realicé mediciones en torno a esta hermosa extensión de agua dominada por el circo de Clarabide, sobre el verdadero pic Pétard en Aygues Tortes, sobre el pic de Legnes, sobre el Occidental de los Gourgs-Blancs, sobre la punta denominada Camboué (3.044 m), en el extremo de la cresta que se suelda a la de los Gourgs-Blancs y que se alza hacia el norte. En tanto que yo trabajaba allí cerca de tres horas, animé a mis hijas a entrar en España para ir a plantar nuestras botas francesas sobre un pico inédito que sobrepasaba los 3.000 m, alzándose al sudoeste de ese collado no utilizado de Pouchergues (2.935 m). Así se hizo: el pico de la Zeta (3.026 m; no tenía nombre) se hallaba entre los últimos que aún no habían sido hollados y que sobrepasaban esa cota, tan crítica en los Pirineos, de los 3.000 m. Aquel día sobre la cresta, cuando descendíamos de la punta Central del pico de los Gourgs-Blancs, pisamos la nieve sobre cimas sin ascender hasta aquella jornada, que sobrepasaban los 3.000 m. Muy amablemente, los señores Prudent y Maury le dieron mi nombre sin saberlo yo. Además, Prudent me sorprendió regalándome un dibujo suyo realizado a partir de una de mis fotografías. Bajando hacia el campamento, el tiempo se mantenía tan bueno que decidimos servirnos otra primera, la de la punta más alta de la Fourche de Clarabide (2.858 m), de bloques enormes amontonados de una forma bastante inestable. Dos días después, me instalaba en el puerto de Oô, el cual, de golpe, perdió cerca de 100 m de altitud, pues se le había adjudicado por error 3.002 m, cuando en realidad no tenía sino 2.910 m aproximadamente”.
En fin; he aquí todo el catálogo de bautizos y rebautizos campando a sus anchas por una región remota y poco frecuentada. ¿Los guías de Saint-Saud fueron sinceros y le confirmaron que aquellas puntas carecían de nombre previo? Misterio. Para mayores detalles sobre esta campaña de reconocimiento cartográfico, nada como acudir a un trabajo doble de Saint-Saud: “Une semaine au lac de Caillaouas”, publicado en los Bulletin Pyrénéen 57 y 58 de 1906. Por vagancia, para observar este ejemplo de reordenación toponímica en petit comité recurriré al resumen de la versión de Léon Maury, servido desde su artículo obituario sobre “Le comte de Saint-Saud” (1951):
“En 1902, el conde de Saint-Saud […] realizó con sus hijas y conmigo mismo la primera ascensión del Grand Pic de la Combe de l’Ours (2.870 m, el 21 de agosto), denominado hoy, gracias a una propuesta de Henri Beraldi, como el pico de Saint-Saud […]. En 1906, se situó sobre la cresta situada entre las montañas de Gourgs-Blancs y de Pouchergues, en una cima alcanzada por primera vez, el año anterior, por Camboué (que es hoy la punta Camboué), de 3.043 m. Volviendo de allí, pasó por una cima de 3.079 m en la que era su primera ascensión, y que hoy es la punta de Saint-Saud (8 de agosto)”.
Caramba, caramba… ¿Un segundo pico a la salud de Saint-Saud? En efecto: aquí surgiría otra montaña más en su honor, ubicada en las cercanías del Pic Long, donde nuestro Conde-Corredor pudo firmar en 1902 su primera junto con sus hijas y Léon Maury… Llegados a este punto, un primer detalle sobre cómo se valoran, en la actualidad, estos favorcillos entre amiguetes que se gastaban en tiempos de nuestros ancestros: sobre los mapas del IGN, esta denominación ha desaparecido, recuperándose la original de “pic de la Coume de l’Ours (2.855 m)”. Sin otra alusión a su posible pionero, se entiende… Un acto que puede suscitar confusión, aunque perfectamente explicable dado que dicha montaña, situada justo al este del refugio Packe, disponía de nombre desde antiguo. Pero, pero, pero… Curiosamente, el vecino del pico que nos ocupa es el hoy todavía designado “pic Prudent (2.787 m)”. Así pues, ¿se cargaron a Aymar de Saint-Saud e indultaron a su amigo, Ferdinand Prudent? Ambos, topógrafos muy competentes: el primero, con un papel dentro de la epopeya pirenaica superior al segundo, quien, como revancha, ocupó un cargo destacado dentro de la cartografía gala. ¿Acaso premiaron al señor de los despachos frente al tipo de los trabajos de campo…? En fin: ya puede intuirse aquí el carácter de las decisiones complicadas con las que tendrán que bregar los futuros reordenadores de las montañas pirenaicas. Porque cuanto más se rebusca entre papeles viejos, más se embrolla nuestra historia. Démosle otra vuelta de tuerca al caso Saint-Saud…
Ahora, recurriremos a una visión española de esta crónica. Para ello, nada como repescar la opinión de José Antonio Odriozola, quien fuera vicepresidente de la UIAA y presidente de la Federación Española de Montañismo. En su prólogo para la reedición hispana de la obra maestra de Saint-saud, titulada Por los picos de Europa (1985), hay nuevos datos de interés:
“Hacia 1902, Beraldi propuso, y se aceptó, que el Grand Pic de la Combe de l’Ours (2.870 m) se llamase pico de Saint-Saud. Posteriormente, en 1906, el Servicio Geográfico del Ejército francés dio también el nombre de Saint-Saud a la cresta de Cuartaou, entre Cailhaouas y Pouchergues, formada por tres cimas de 3.055, 3.060 y 3.075 m. Finalmente en España, en 1967 y a propuesta de la Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, se denominó Risco de Saint-Saud a la aguda punta que se destaca al nordeste de la Torre de Cerredo, en Picos de Europa, entre ella y la cima que el propio Saint-Saud había bautizado como Torre Labrouche”.
¡Toma ya! Resulta que existe un tercer resalte dedicado al bueno de Saint-Saud. Por lo que nos sirve el mapa de Alpina de 1991, un topónimo aún en activo, junto con el de otros colegas pioneros como Labrouche, Pidal, Del Prado, Coello o Delgado Úbeda. Al parecer, entre los piquistas no se plantean debates revisionistas de este tipo…
No deseo marear más con todas las posibilidades y combinaciones que se me ocurren respecto a las tres montañas dedicadas a Saint-Saud. En lugar de darle vueltas al tema, la próxima vez que pase por las cercanías del Pilar, entraré para ponerle una velita a la Virgen: ¡que ilumine con ella a los candidatos a toponimistas pirenaicos!
Las vacaciones más fecundas
Publciado por albertomartinez - 15/06/09 a las 06:06:55 pm
Los temas procreatorios interesan siempre en grado sumo. Nada más natural: nuestra supervivencia como especie está en juego… Estos días, todas las revistas del ramo andan planteándonos sugerencias activas para el verano. Aquí llegan las mías, sin duda las más fértiles y originales del catálogo. A fin de cuentas, somos la nación con menor índice de natalidad de todo el mundo. ¡Resolvamos tal problema! Por puro patriotismo, que no por vicio, os recomiendo que dediquéis la época de los calorcitos a quebrar esta tendencia que, si no lo remediamos, puede trocar al Homo hispanicus en una especie tan en peligro de extinción como el lince ibérico. Vamos; animaos un poco al grito de: ¡viva la fertilización!
Mi receta para unas vacaciones fecundas es muy simple: acudir con vuestra pareja hasta uno de esos rincones de la geografía pirenaica con fama de resolutorio en las cuestiones de procreación. Porque, en contra de lo que Olivier de Marliave proclamara en 1996 sobre la “relativa escasez de fuentes para curar la esterilidad de las mujeres”, hay en servicio unas cuantas… Como, en la mayor parte de mis propuestas, tan peculiares reputaciones nos llegan desde la Noche de los Tiempos, hay que suponer que el éxito estará más que asegurado. El legendario pirenaico exagera a veces un poco, mas no suele mentir…, demasiado. Además: estos esfuerzos en pro de la perpetuación de nuestra especie no resultan ni caros ni desagradables. Pero abramos ya ese listado personal de candidaturas, siempre ceñidas al territorio pirenaico, un escenario cuyos secretos parece que nunca van a terminar de sorprendernos.
En primer lugar, podríamos viajar hasta el balneario de Cauterets o Caulderès. Un espacio termal que, desde épocas inmemoriales, fue del máximo interés para todas aquellas féminas que deseaban asegurar su descendencia… ¿Y a quién se confiaban en tan delicados trances?: pues a una cofradía denominada los fretayrès o frotadores. No se sabe demasiado bien en qué consistían sus servicios, pero su objetivo era que cualquier dama que recurriera a ellos regresara a casa del todo embarazada. Mejor no imaginar nada; en tiempos pretéritos, era éste un asunto que les parecía del todo normal. La propia Marguerite de Navarre recurrió a la prodigiosa Fontaine d’Amour pirenaica entre los versos de su Heptaméron (1558): “Et puys amour en voz cueurs triumphant par le doulx fruict d’un beau petit enfant…” (dejemos su texto en gascón, que luce más fino).
El mundo pirineísta se ocupó, no sin cierto regocijo, de estas cualidades del balneario de Cauterets. Sirva, como ejemplo, el memorable trabajo de Alphonse Meillon titulado Excursions autour du Vignemale (1928). Este hotelero y cartógrafo, oriundo de la villa termal, cuando abordó sin tapujos el asunto de los fretayrès, adjuntaría también algunos versos alusivos del siglo XVI que no tienen desperdicio:
“Que si la pauvre femme, anfants ne peut avoir, aucuns en autres bains les font aller trotter, ou bien à Cauterets pour s’y faire frotter.
”Les eaus de Cauterets pour les playes son bonnes, mais je m’estonne fort de beaucoup de personnes qui font aller frotter leur femme en une telle part, pour se faire frotter alors qu’il est bien tard…
”Les patrons de ce lieu, tous remplis de malice, ont hommes tout exprès pour faire cet office.
”A des femmes qui sont revenues de là, je demandais comment souffraient-elles cela, et qu’ainsi dans le bain tout leur corp, étant nuës, se laissant frotter à des gens inconnues.
”Elles me répondaient, pour leur cas couvrir mieux, que tous ces frotteurs-là estoient des hommes vieux, disant que pour tel cas, un homme ne se damne” (muy sencillo de traducir, ¿no? A mí, un pasaje tan descriptivo me daba corte, lo reconozco).
Meillon no iba a ser el único en destacar unos servicios terapéuticos tan sorprendentes. En 1985, Bernard Duhourcau trataba este mismo asunto desde su imprescindible Guide des Pyrénées mystérieuses. El prestigioso investigador de la mitología de nuestra cordillera hablaría allí de Cauterets y del “frota que te frota” en su establecimiento Des Cagots, como inicio de una pintoresca justificación:
“Las malas lenguas pretendían que tal eficacia (de sus aygues empregnadères) se debía a cierta práctica termal corriente en Cauterets: la de los fretayrès o frotadores. Según un acta del año 1604 del abate de Saint-Savin ante el notario Dupont, autorizando a Bernard de la Lubie a ejercer dicha profesión y a desempeñar el oficio de frotar a todas aquellas damas que lo precisasen. Estos fretayrès debieron de hacerse con toda una reputación, pues proporcionaron a un poeta gascón, Auger Gaillard, llamado lou Rodié de Rabastens, el tema de una sátira truculenta en la que evocaba los lances entre las bañistas y los fretayrès, unos episodios que nunca dejaban de producir esos efectos tan esperados por ciertos maridos, excesivamente confiados en las virtudes de las aguas. Su último consejo podía dar una idea adecuada: Il ne faut pas se fier à tous ces frottements; il suffit de laver très bien les instruments” (este comentario del referido poeta lo prefiero dejar en francés por motivos muy evidentes pues, ¿dónde queda la frontera entre la etnología y la pornografía?).
Es muy posible que este fenómeno de los re-frotadores se conociera en otros decorados pirenaicos. Sin disponer de tantos datos, al menos se sabe de actividades muy similares en Bagnères-de-Bigorre. Así, hacia finales del siglo XVII, el obispo François de Poudeux censuró cuanto acontecía dentro de sus termas, dado que eran de acceso unisex: “Las parejas se encontraban en sus aguas, ya para bañarse, ya para darse allí sus favores”. No tendría que haberse escandalizado tanto el buen vicario: seguramente, sólo se trataba de patrióticos esfuerzos para asegurar la perpetuación del Homo gabachus…
Acudamos ya a un nuevo lugar para las citas fecundadoras: el Rouquet de Sen Nicolas d’Escot, en el Béarn. A pesar de la imponente presencia de cierto santuario cristiano de sus cercanías, en Sarrance, los habitantes de esta comarca francesa mantienen invariable una tradición que parece llegar desde la era prehistórica: en las afueras de la citada villa existe un gran bloque de piedra al que se le suponen propiedades mágicas infalibles. Así, las mujeres que padecen algún problema de esterilidad acuden hasta el referido Rouquet para “cabalgarlo”… En Sarrance, cuando una recién casada no quedaba embarazada en un plazo razonable, sus convecinas se daban con el codo y murmuraban a sus espaldas que “no había ido aún a frotarse al Rouquet”. Al menos, de este modo tan gráfico nos lo refiere el estudioso René Descazeaux desde sus Itinéraires mystérieux et magiques des espaces pyrénéens (1998).
Pero vamos a por otro rincón relacionado con ritos relacionados con la fertilidad femenina: el pico de Anie o Auñamendi. Según Maurice Guinard, ciertas creencias ancestrales sostendrían que bajo las rocas de ésta, una de las montañas mágicas por excelencia del Pirineo, existe una caverna donde moran vírgenes paganas. Durante los solsticios, los seguidores de este culto druídico ponían a hervir en botes de estaño la sangre pura de tales sacerdotisas…, con la que “lograban provocar perturbaciones magnéticas por debajo del armazón de la cadena pirenaica”. Por lo que se ha afirmado, mediante estos ritos se explicaría la gran afluencia de OVNIS avistados a lo largo y ancho de nuestra cadena. ¡Iker Jiménez, no dejes escapar este filón! Quienes deseen poner en práctica tan peculiar liturgia, conocen sus ingredientes… Si bien tal propuesta no ayuda a repoblar el solar hispano, ¡cualquiera sabe!, de realizarlo correctamente, puede valer para una señora abducción y todo un pedazo de viaje a Marte.
Salto hasta otra historia truculenta, aunque carezca igualmente de aplicaciones prácticas en el terreno de la fertilidad… Con frecuencia, se escuchan rumores sobre esas mujeres de las montañas que antaño se ofrecían a los extranjeros de paso, por cuenta de su instinto para mejorar la raza mediante el aporte de semillas que llegaban desde lugares lejanos. Tal impulso es el que debieron de sentir la jóvenes en edad núbil de una localidad del Ariège llamada Bethmale: ante la apostura de los guerreros sarracenos de una razzia que asaltó su poblado en los años del Medioevo, aprovechando que todos los varones se hallaban fuera, les entregaron sus cuerpos con cierto exceso de, digamos, complacencia. Y la consiguiente bacanal nocturna fue bien empleada por los cristianos, que acechaban ocultos por los alrededores: cuando los mahometanos se encontraban más entusiasmados atendiendo a sus instintos procreadores, fueron masacrados hasta el último hombre. Como, al parecer, las jovencitas locales no resultaron demasiado convincentes en sus justificaciones posteriores, durante el desfile triunfal, cada hombre de Bethmale lució los zuecos típicos de grandes puntas delanteras hacia arriba…, con el corazón ensartado de un árabe en uno, y el de su amante cristiana en el otro.
Que la lubricidad era mala compañera en los siglos pretéritos, parece un hecho comprobado. Rebuscando entre los mitos más sobrecargados de sexualidad, nos llega el de cierta batalla entablada por la posesión de los pastos de Sescousse en la que se enfrentaron las tribus de los Poncelais y las del Baretous. Estos últimos recurrirían a las hechicerías, materializando frente a sus enemigos la visión de una joven virgen que bailaba de forma insinuante, vestida tan sólo con un mínimo atuendo de plumas y envuelta en un halo de luz sobrenatural. Ni que decir tiene, estos desdichados bearneses resultaron barridos del campo por sus contrincantes, quienes se hartaron de cortar cabezas… Ya lo veis: dejarse llevar a deshora por los instintos naturales puede ser peligroso.
¿Alguna referencia de la vertiente sur…? Las maravillosas propiedades de ciertos manantiales del Pirineo galo tienen su contrapunto en la región comprendida entre las peñas Canciás y Telera. Ramón Escartín, autor de la divertida Vida y aventuras de dos tiones del Sobrepuerto (1998), referiría entre sus páginas varios casos del preñado de aire. Según dicho autor, era una especie de embarazo diabólico “muy doloroso, podía durar años”, que afectaba de modo misterioso a las féminas que no mantenían relaciones carnales en las zonas montañosas del Alto Gállego… Mas, aunque se citaban sucesos reales constatados en Otal, Berroy y Basarán, esta historia parecía tener evidente intencionalidad. Es decir: que mostraba cierto aire a triquiñuela golfa para beneficiarse a alguna belleza local de espíritu cándido o tendencias liberales.
¿Existen otros lugares en nuestro terruño para acelerar los preñados? De hacer caso a Alberto Serrano Dolader y a su Guía mágica de la provincia de Huesca (1994), se debería acudir a la “roca faliforme” de cierto santuario del Somontano, entre Ayera y Castilsaván. Según dicho periodista, las interesadas sólo tienen que “acurrucarse entre los antiguos silos de grano y…”. Bien; dejemos la etnología en este punto.
Hasta aquí alcanzan mis propuestas para un verano poco convencional. Ciertamente, muy distintas a las ofertadas desde las revistas de temática pirenaica, ¿no? Pero pensad sólo en vuestro deber como españoles, y no en la parte más gozosa del asuntillo…
La gran leche (con perdón)
Publciado por albertomartinez - 01/06/09 a las 06:06:10 pm
Siempre resulta interesante conocer por anticipado cómo va a pasar uno a la posteridad. En este terreno caprichoso, parece que voy a ser el tipo del “gran lechazo en Morata”. Dicho sea confiando en el perdón de las almas sensibles: así discurren estas cosas en el mundillo montaraz, tan irónico como deslenguado. Y para demostrar que nada nos gusta más a los aragoneses que reírnos de nosotros mismos, voy a realizar cierto ejercicio de mirar al ombligo propio a través de la presente batallita, ciertamente grotesca, aunque del todo real.
Antes de nada, quisiera desearle desde aquí a Javier Pérez, uno de los implicados en este chascarrillo, que mejore de sus congelaciones en los pies, recuerdo de dos meses trabajando como cámara de altura durante la reciente tentativa de Carlos Pauner en el Manaslu. Pues bien, una de las últimas veces que coincidí con Javier antes de que partiera de expedición, fue en una tienda de deportes de Zaragoza, rebuscando ambos entre las ofertas… Tras las salutaciones iniciales, su acompañante me largó la preguntita en cuestión: “Oye, ¿eres tú ese Alberto Martínez que se dio en Morata la gran leche?” (tal vez utilizase otro sinónimo más rotundo). En fin, reconozco que me costó un poco identificarme como tal, puesto que, con toda honestidad, no creía haberme dado ningún tortazo de importancia en la referida escuela de escalada zaragozana. Al menos, para que perdurase durante tanto tiempo en la memoria colectiva. Yo mismo, recordaba accidentes más serios… Además, sólo en los listados de mi club, Fontaneros de Oregón, coexistimos hasta tres Albertos Martínez diferentes…, entre un centenar de individuos con ese mismo apellido. Cuando mis interlocutores aclararon que el tema había surgido el fin de semana anterior, escalando en Alquézar con Salvador Arnaudas, ya no tuve dudas: efectivamente, se trataba de mi penoso vuelo sin motor de 1981.
Pasamos un buen rato en la tienda rememorando mis torpezas trepadoras; creo que las dependientas apenas podían disimular la risa… Por mi parte, nunca pretendí ocultar dicho talegazo: el caso es que de tan patético lance por el que voy a ser recordado per secula seculorum, existe ya un testimonio escrito. En el año 1998, redacté cierto texto alusivo, bastante sarcástico, para rellenar el Boletín de Montañeros de Aragón, ¡donde nadie se daba precisamente tortazos por colaborar! Mi objetivo era que contrastara con cierta literatura heroica que con frecuencia asoma en lances similares… Esta primavera, aproveché la ocasión para corregirlo con lo que Salvador Arnaudas pudo aportarme a partir de sus recuerdos: como han transcurrido unos cuantos añitos desde aquello, las líneas resultantes sin duda pueden ser catalogadas como históricas, reclamando que se conserven junto a las de Henri Brulle, Jean Arlaud y Pepe Díaz, ¡o las de los mismísimos hermanos Ravier! Salvando las distancias, claro está, que son ciertamente siderales: sus textos, en el cajón más alto; los míos, hechos un rebullo y en el suelo, para calzar dicho archivador. Sin otra pretensión que el animus jocandi, paso ya a la reproducción del articulillo de marras, que sin duda entrará de forma clamorosa en los anales de la literatura de montaña…
“Iba a ser ésta nuestra primera aventura en el mundo de la roca, fuera de la protección de un monitor de escalada. Aquel 1 de febrero de 1981, decidimos iniciarnos en solitario en Morata de Jalón, entonces la pared escuela por definición de los maños. Me acompañaban Salvador Arnaudas y Carlos Anadón, amigos del colegio. Vivíamos en plena época macarrónica: cuando todavía se trepaba con botas Cletas, pantalones de campana y camisas de cuadros. Ni que decir tiene, no llevábamos con nosotros ni un mal croquis de aquellas paredes que nos aprestábamos a visitar.
”Nada más bajar del tren, recorrimos en sentido contrario la vía hasta las paredes calcáreas. De camino, fuimos estudiando las posibilidades que aquellas tapias nos brindaban: tras muchas discusiones, nos decantamos por cierta arista de aspecto asequible en la que, luego supimos, era la Peña Sin Nombre. No disponíamos de la menor referencia de aquella ruta elegida a ojo: el itinerario aparentaba ser, desde abajo, de los más sencillos. Indudablemente, ¡formábamos un grupo de pardillos de impresión!
”A pie de vía, nadie dio muestras de estar demasiado animado para abrir el largo como primero de la cuerda: ¡sobre el terreno, el famoso libro de Roger Frison-Roche no motivaba tanto! Salva y Carlos se pusieron de acuerdo para imponerme tal honor, alegando que, durante el cursillo del pasado otoño en Riglos, a mí me había tocado como profesor Ángel López Cintero, quien me montó excursiones por las Cinco Puntas del Firé y Los Cachorros…, vías a años luz de las que degustaron mis colegas, con monitores mucho más pachorras. Poco convencido, me encordé refunfuñando a doble cuerda, cargué con todo nuestro pequeño catálogo de ferretería y comencé a ganar altura. Por el rabillo del ojo, podía ver cómo Carlos y Salva sonreían malévolamente.
”Ingresaba en un universo de piedra caliza y sin vías equipadas donde, por un tiempo, todavía iba a reinar la maza, pitones y cuñas de madera… La subida hasta donde coloqué el primer clavo fue muy sencilla a pesar de mis nervios de primerizo. ¡Menos mal!: una caída antes del seguro y aterrizaría como un saco de patatas sobre Salvador Arnaudas, quien aún no había comenzado a asegurarme… Entonces, esta operación se hacía pasando la cuerda por el hombro y la axila, sin ningún artilugio mecánico de por medio, claro está. Tras meter los cintajos y dos mosquetones enormes, me volví hacia el suelo y vi a mis dos compañeros con cara de circunstancias: ¿tan escasa confianza suscitaba mi estilazo escalando? Para mayor seguridad, clavé un segundo pitón en una repisa, unos cuatro metros por encima del inaugural. A partir de aquí, comenzaba a asomar un poquillo de dificultad.
”Por un pequeño diedro muy abierto pero que se podía superar con comodidad, seguí progresando, ahora más despacio. Llegué al final de éste, justo ante unas lajas bastante inclinadas. A gritos, Salva me dijo que todavía me quedaba cuerda, pero que fuese pensando en montar la reunión… ¡Para eso estaba yo!: sólo tenía ojos para buscar donde enchufar otro clavo. Parecía lógico seguir por un feo diedro de color amarillento que se extraplomaba un pelín… Subí por él en equis, lentísimo y un tanto agobiado, tratando de pensar lo que haría a continuación: mi último seguro quedaba ya muy abajo y oía a Carlos berreándomelo, mientras recomendaba que intentase clavar un cuarto pitón. Sudores fríos a raudales… La roca que tenía ante mis narices, o no presentaba fisuras, o sus grietas eran excesivamente grandes como para encajar clavija alguna… Al menos, las que nuestros ahorros habían permitido comprar. Recordad: año 1981, ¡época anterior a la de los fisureros y friends!
”Desemboqué en un sector que me pareció completamente infranqueable, que sólo permitía escapar por un paso aéreo y volado por la derecha. Juro que pensé que no había la menor presa para las manos, ¡o yo ni las olía! Y estaba aún menos claro dónde debía apoyar las puntas de mis Cletas…, que, dicho sea de paso, eran dos números más grandes, porque me las había prestado el hermano de Carlos Anadón. Un detallito de pura tacañería que enseguida demostraría su importancia. Lo pensé mucho antes de moverme. Empotré la mano izquierda en una minúscula fisura de la travesía… Estiré la garra derecha buscando una presa en la roca… Noté que, misteriosamente, las puntas de los dedos de los pies dejaban de tener contacto con la roca y…
”… De repente, me vi descendiendo a una velocidad endiablada. La pared desfilaba ante mis ojos como en una película. De forma curiosa, no degusté ni miedo ni ninguna otra sensación, pues todo sucedió en poquísimo tiempo. Ni siquiera me percaté de que, durante mi vuelo de cinco o seis metros, fui rebotando varias veces contra la pared como un monigote, según diría más tarde Anadón… ¡Menos mal que mi pobre economía me había permitido un inmaculado casco Galibier, al que seguramente le debo mi nariz recta! Durante todo el percance, tuve la extraña sensación de ser un mero espectador de aquella caída y no su protagonista… Sin embargo, por lo que luego me preguntaron, para pitorrearse a gusto, ¡tampoco observé a cámara rápida ni los acontecimientos de mi vida, ni el famoso túnel oscuro!
”El tercer pitón aguantó y me retuvo. Salva, que no estaba precisamente atento cuando inicié mi vuelo sin motor, dejó escapar más cuerda de lo que pone en los manuales…, pero detuvo mi caída a costa de unas quemaduras por roce en el brazo. ¡Pobre; lo que hubiese dado por un mísero ocho! Eso sí: también pude dar por inaugurado mi flamante arnés, si bien el impacto de frenada no lo amortiguó éste, sino mi pierna derecha, ya que una de las cuerdas se enredó en ella… Quedé colgando, aturdido y poco gallardo, a un par de metros de una repisa, en posición vertical boca arriba. Salva, un tanto quemado, me descolgó suavemente hasta la terracita. Seguido, tanto él como Carlos estallaron al unísono en una carcajada tremenda, cuyos ecos debieron de llegar hasta Morata, y por la que más tarde se disculparon. ¿Los nervios ante aquel show que les había montado? Era de esperar: mi leche con rebotes varios contra la pared debió de resultar entre tragicómica y grotesca…
”Tras tomarme cinco minutos (¿tal vez diez?) y serenarme, mi amor propio me llevó a intentar repetir el paso…, ¡quizás debido al énfasis con el que mis amigos me ofrecían descolgarme hasta el suelo! Cosa extraña: a pesar de escalar más torpe y nervioso que durante el primer intento, pude superar la travesía horizontal sin problemas. ¡Bien pensado, tampoco era tan terrible! Cuando llegué a su zona superior, me di cuenta de que me temblaba de forma compulsiva una pierna…, ¿o eran las dos? Menos mal que mis colegas quedaban demasiado abajo como para percatarse de este detallito que, sin la menor duda, hubiera desatado un aluvión de sarcasmillos finos.
”Más tarde, nos enteraríamos de que el paso que se me atragantó era el único de IVº sup de la vulgar vía Bacterio… ¡Mis artes trepadoras no prometían en exceso! De hecho, mis dos compañeros no tardaron apenas nada en seguir la línea de cuerdas hasta mi posición. Pero la reunión que allí tenía montada era tan chapucera que horrorizó a Salva en cuanto llegó a mi altura. Así, a pesar de que finalicé completa mi ruta inaugural como primero de cordada, con la caída estrambótica y la enredadera de reunión, mi historial trepador se abrió de forma poco brillante. Como no había forma de rehabilitarse, sufrí durante un par de meses las ironías de mis dos amigos. De nada me serviría echarle la culpa del percance a las botas desmesuradas que calzaba aquella jornada: semejante estupidez merecía dicho batacazo y mucho más.
”Como único aspecto positivo de aquella experiencia, volví a casa con buena parte del miedo a volar superado…, ¡amén de un hermoso esguince de tobillo, que se materializó durante la caminata de regreso hasta Morata! Ni que decir tiene, repetimos otro cursillo de escalada, aquella misma primavera. Buena falta que nos hacía”.
¿A que a los maños nos encanta protagonizar calzoncilladas con las que mostrar, para la ocasión más nimia, los rotos y remiendos de nuestra ropa interior…?
Fontaneros de Oregón
Publciado por albertomartinez - 21/05/09 a las 10:05:26 am
La gente del monte es la leche colgando apodos. El noble arte del mote se suele practicar, sobre todo, entre los particulares del gremio. ¡Aquí, casi todo el mundo tiene el suyo! Sin embargo, algunas asociaciones también disponen de surtido propio: tal es el caso de Montañeros de Aragón, entidad que cumple ochenta añitos en este mes de mayo. En efecto: algunos de sus asiduos pasan mucho de la denominación oficial, concebida por Lorenzo Almarza en 1929, para llamarle más desenfadadamente como indico en el titular. Dicho sobrenombre circula con profusión por el club zaragozano desde hace bastante tiempo, entre otras versiones variopintas. Los hay quienes, más parcos, prefieren designar a esta sociedad deportiva como la Secta: para fomento de dicho seudónimo, ciertos guasones solían contar a los primerizos la historia de una secretaria de Montañeros que soñaba con tatuar su emblema sobre la frente de las nuevas incorporaciones… Pura exageración. Lo que sí que resulta cierto es que el buen humor no escasea entre los nuestros. ¡Ay de quien aterriza por esta Santa Casa con aires de pavo!
Por Fontaneros de Oregón han pasado individuos de todos los pelajes. Extramuros, suelen recurrir con insistencia a una leyenda urbana según la cual nuestros asociados hicieron su agosto durante los “tiempos imperiales en los que jamás se ponía el sol sobre el suelo patrio”. Esto no es del todo correcto: que se lo pregunten a esos veteranos que, en los años cuarenta, plantaron cara a quienes querían que el club terminara como sucursal de Falange. Si bien, entre los nuestros hubo algún alcalde zaragozano de la época de la camisa azul, circula menos el dato de que el primer regidor de la IIª República, López de Gera, fue socio destacado nuestro…, ¡y tuvo que dejarnos pitando para que no le dieran el paseíllo! Además, el primer alcalde maño de la actual democracia, Sainz de Varanda, también fue Fontanero de pro. Aunque hablar de política o religión en nuestro salón, es considerado de pésimo gusto…
En efecto, ésa es la idea: nuestra Secta siempre ha hecho gala de disponer, en su listado, de gente tan diversa…, como valiosa. Veamos algunos ejemplos. Entre los más de once mil Fontaneros de Oregón registrados, se podría citar, en un recuento rápido y, seguramente, poco ecuánime, a: Lorenzo Almarza, Luis Gómez Laguna, José Serrano, Fernando Lozano, Fernando de Yarza, Pedro Arnal, Aymar de Saint-Saud, Raymond d’Espouy, Vincent Petty, Henri Sallenave, Susane Bacarisse, Ángel Serón, Alberto Rabadá, Ernesto Navarro, Pepe Díaz, Rafael Montaner, José Antonio Bescós, Julián Vicente, Ángel López, Eduardo Blanchard, Miguel Vidal, Manuel Ansón, José Cardús, Antonio González Sicilia, Julián Delgado Úbeda, Francisco Peire, Agustín Faus, Gregorio Villarig, Ursicinio Abajo, Melchor Frechín, José Antonio Labordeta, Eduardo Martínez de Pisón, Luis Oro, José Ramón Morandeira, Ricardo Arregui, Fernando Orús, Jesús Vallés, Ramón Tejedor, Marcelino Iglesias, Eduardo Viñuales, Marta Iturralde, Fernando Garrido, Pepe Garcés, Juan Carlos Cirera, Carlos Pauner, Manu Córdova…
Pero corto ya con estas batallitas de corte propagandístico y me oriento hacia un texto que creo interesante. Está compuesto a partir de las notas que tomé en el curso de una serie de entrevistas entre 1998 y 2003, al último de nuestros socios fundadores: Fernando Almarza. Un hombre irrepetible y cordial, poco amigo de las formalidades postizas que enseguida te hacía sentir cómodo hablando de este deporte. Un gran amante de la montaña, forjado en esfuerzos inauditos, defensor a ultranza de la solidaridad y del hermanamiento entre sus practicantes. A modo de homenaje, he reunido algunas de sus vivencias durante los años veinte y treinta:
“Desde mi primera aventura en el Aneto, en julio de 1924, me entusiasmé con la montaña. Ya de chaval, subía por esas grandes piedras aisladas que se encuentran en los prados. Comencé enseguida a realizar excursiones junto a mi primo de Anciles, Pepe Español, y un compañero del colegio, Rafael Cremades. Pronto vimos la necesidad de procurarnos algún material más o menos primitivo para cumplir nuestros objetivos. Recuerdo que compramos una cuerda de cáñamo; desde luego, en una tienda corriente de la plaza del Mercado. El piolet y las botas las obtuvimos de los contrabandistas con Francia, pues en Zaragoza no existía nada de eso. También conseguimos una tienda de campaña de fabricación artesana, que pesaba lo suyo y que impermeabilizamos mediante aceite de linaza, lo que desprendía un olor insoportable en cuanto le daba el sol. Pasado un tiempo, nos unimos a los mayores: Gómez Laguna, Serrano, Lozano y otros: con ellos, pudimos empezar a hacer cosas más serias.
”Para mí, la escalada fue la evolución lógica del montañismo, su sublimación. En montaña, cada vez nos íbamos metiendo en aventuras más complicadas, al menos para nosotros: con frecuencia, nos encontramos en situaciones en las que no había más remedio que acabar escalando. Al principio, estas trepadas eran a pecho descubierto y como Dios nos daba a entender. Pero, al crecer las dificultades o, mejor dicho, al hacerlas crecer nosotros debido a que empezábamos a ver la belleza de la escalada, tuvimos que buscar información leyendo relatos de escaladas célebres. Así nos enteramos del material que utilizaban a finales de los años veinte: clavijas, mosquetones, etcétera. Ahora bien, ¿cómo eran todos esos artilugios? Puedo asegurar que en Zaragoza no existían por aquel tiempo, así es que hubo que fijarse en los dibujos de los libros… Contando con un forjador amigo, copiamos más o menos las clavijas de esos libros: el resultado fue un ejemplar enorme y pesado, un artilugio de hierro con una anilla en su parte más ancha. Para nosotros, esos clavos valían. Pero, ¿y el mosquetón? Ese era otro cantar. Alguien pensó que los bomberos llevaban uno en su cinturón: lo habían visto porque entonces éstos hacían guardia en las embocaduras de cines y teatros… ¡Pues allí podía copiarse! El mismo herrero que hizo las clavijas, nos fabricó los mosquetones. Eso sí: de unos 250 gramos de peso y 15 centímetros de longitud. Llevar seis o siete encima, suponía más de dos kilos de peso.
”Con nuestro flamante material, estrenamos nuevas técnicas. Después de hacer alguna prueba con clavijas y mosquetones en una Tuca de roca que hay encima de la desaparecida Caseta del Ruso, a la entrada de Candanchú, y de practicar algún que otro rápel para entrenarnos, escalamos por su parte más dura el pico del Águila en Rioseta. Seguido, pasamos a hacer otras pequeñas trepadas en el circo de Piedrafita de Sallent. Pero escalar en Riglos lo llevábamos en la cabeza desde hacía mucho tiempo: puede que constituyese el origen de que fabricáramos nuestros clavos y mosquetones. Llegó, pues, el momento de intentar alguno de sus Mallos: se reunió un grupo a partir de Luis Gómez Laguna, Fernando Lozano, José María Escudero y yo. Enseguida nos dimos cuenta de que aquello no era ni la caliza ni el granito del Pirineo, y que si querías clavar una de aquellas clavijas nuestras, te cargabas medio Mallo sin conseguir un solo punto de apoyo sólido. De forma que abandonamos la técnica moderna y atacamos aquellas paredes con el corazón y como Dios nos daba a entender. Lo intentamos varias veces, pero todo, piedras y hierros, acababa bajando al río a darse un baño: ese conglomerado se soltaba en nuestras manos. Por fin, un buen día, tras muchos apuros y mucha suerte, logramos poner el pie en una de las puntas del Firé…
”Por entonces, un montañero completo también esquiaba. A mediados de los años veinte, mi padre, Lorenzo Almarza, aprendió a hacerlo en el valle de Benasque. Su maestro había sido el hermano de su amigo, Pepe Fades, que era guía del Club Alpino Francés en Luchon. Éste le demostraría que los esquís eran más prácticos para desplazarse por la nieve en invierno que las raquetas que se empleaban en Benasque. En el año 1928, mi padre estaba destinado en Jaca como jefe de la Comandancia de Obras de Ingenieros. En ésta se hallaba el batallón de Cazadores de La Palma, que tenía una compañía de esquiadores; aunque dudo que usasen mucho los esquís, pues yo nunca los vi con ellos. Con un par de tablas de esta procedencia, mi padre dio paseos por el valle del Aragón partiendo de los Arañones, para descubrir el encanto y la belleza de este deporte. Pronto lo comentó con lo más jóvenes de Montañeros de Aragón, y alguno se animó a seguir su ejemplo. Luis Gómez Laguna sería el primero en probar esta aventura, empleando esquís prestados por el batallón de La Palma. La experiencia resultó positiva y, al poco, eran ya varios los noveles esquiadores. En los principios, no se pasaba de la Tuca, que era un prado existente en los Arañones, al pie de la carretera, muy cerca del antiguo cuartel de carabineros. Más tarde, cuando la nieve lo permitía, se subía hasta Rioseta, que fue por bastante tiempo el centro de esquí del valle. Un buen día, emprendí una marcha desde Rioseta y llegué hasta el puerto de Somport. A mi regreso, conté los encantos de Candanchú y el aspecto virginal de sus maravillosas pistas. Esto hizo que enseguida se organizaran excursiones a este valle: primero con los esquís y, después, en un autobús de Canfranc que nos subía por un módico precio.
”Pero la dificultad fundamental del esquí primitivo, yo diría que de importancia capital, era la obtención de material. Algún afortunado consiguió esquís noruegos; los Gresving, y otros los obtendrían pasados de contrabando. Los más, se las apañaron con unos que empezó a fabricar un aficionado de Zaragoza, carpintero de oficio y de nombre Alvira, que llegó a hacerlos bastante bien en fresno. Yo, por mi parte, había esquiado hasta entonces con un par que me había regalado el monitor de Luchon que enseñó a mi padre: tenían unas extrañas fijaciones sin un solo hierro, sólo con correas. Con ellos me arreglé hasta poder conseguir un par de los de Alvira.
”Como la afición iba en aumento, en Montañeros de Aragón se empezó a estudiar la conveniencia de construir un albergue en Candanchú. Se llegó a hacer para el futuro refugio de Santa Cristina un proyecto muy ambicioso, y del que sólo se edificó lo que en principio iba a ser el comedor. En su día, se pensaba adosar a él, el resto de la construcción. Para financiar esta primera parte, se emitieron unos bonos de cien pesetas que pronto se agotaron. En el año 1930, se terminó la obra de nuestro refugio, con gran entusiasmo de todos, pues así teníamos un lugar donde dormir a pie de pista. Aunque, a decir verdad, en el Santa Cristina hacía un frío espantoso, pues la estufa no tiraba y, para dormir, sólo contábamos con lo que, para nosotros, era un cómodo lecho de paja. Tales fueron los inicios de la estación de esquí de Candanchú.
”A estas pistas despejadas y sin remontes mecánicos de Candanchú, acudirían pronto esquiadores vascos del Esquí Club de Tolosa y del Club Deportivo Bilbao, algún madrileño del Peñalara y del Alpino, así como franceses del Club Alpino de Pau y del Esquí Club d’Oloron-Vallée d’Aspe. Había un ambiente de camaradería excelente. Se comenzaron a celebrar allí los primeros campeonatos internacionales de fondo y la competición llamada Tobazo Standard. Esta última prueba consistía en el descenso desde dicha cima, buscando siempre la máxima pendiente, marcada por media docena de banderas, con la nieve virgen y sin pisar. Es decir: esquiando a lo bestia”.
Mi querido Fernando, donde quiera que ahora estés: créeme que te echamos mucho de menos en esta Santa Casa. Sin ti, nos sentimos un poco huérfanos… Pero, ¡caramba!, con estos baños de nostalgia en los que me he zambullido, ya se me pasaba la efeméride: ¡feliz cumpleaños a todos los Fontaneros de Oregón, mis hermanos!
Las chicas de Gaube
Publciado por albertomartinez - 11/05/09 a las 03:05:28 pm
Dada su actual proliferación, a veces puede parecer que ya se han exprimido todas las viejas historias pirineístas. Nada más inexacto. Pongamos un ejemplo: a pesar de su abundante bibliografía, el Couloir de Gaube aún esconde aventuras poco difundidas entre sus paredones. Así, el tema de la primera femenina anda un tanto desdibujado entre la bruma: cuando se aborda este apartado, el grueso de las crónicas introduce datos que acaso no resulten demasiado exactos. Dicho sea con todos mis respetos y pensando únicamente en la restitución de quien firmó la verdadera primicia. Porque del resbalón, ¡nadie que escribe se salva!
Reconozco que me encanta rebuscar entre los papelotes viejos…, una actividad que recomiendo encarecidamente a todo el personal. Sí; ya sé que antaño no abundaban quienes pasaran a un papel sus peripecias montañeras. Sin embargo, cuando alguien de la época heroica lo hacía, el resultado era un texto sabroso que jamás envejecerá. Dejando ya aparcadas estas confesiones de genuina rata de biblioteca, voy a terminar de conjurar los viejos fantasmas que rondan por el Couloir de Gaube del Vignemale con este enigma de su crónica.
¡Ah, la espinosa cuestión del debut femenino…! Nuestros amigos gabachos me suelen llamar la atención cuando descubren algún desliz histórico en libros modernos de la vertiente sur, como si yo fuese responsable de todos ellos; más aún, cuando el patinazo atañe a algún compatriota suyo. Tal es el caso de la primera mujer que recorrió la canal de Gaube, que con frecuencia suele apuntarse a la cuenta de una hispana. Veamos cómo pudo discurrir la Carrera del Couloir en Femenino, cuyo capítulo inaugural fue escrito el 1 de junio de 1941. En dicha jornada, el doctor Azéma, la señora Albertas y la señorita Duclos dedicaron ocho horas a subir por nuestro corredor hasta la base del muro de hielo. La intención de estos consumados alpinistas de superarlo directamente sin recurrir a las salidas roqueras, se vería frustrada por el verglás. El resultado: una retirada chunga de seis horas, al estilo de la de Arlaud y Laffont en 1927.
Tras esta incursión inicial, el asunto terminó como una cuestión de honor entre las diversas secciones del Club Alpin Français. En 1946, France Loze se llevaba el gato al agua, muy bien acompañada por su marido, Émile Duprat, y por Marcel Jolly Béroy. Una chica decidida de Pau que, a la par que escalaba la norte clásica a la Pique Longue, dejaba sentenciado este tema en favor del Groupe des Jeunes; una suerte de desagravio de las huestes de Arlaud, puesto que en dicha añada lograron, ¡por fin!, hacer desfilar por Gaube a alguno de sus miembros: once, chavala incluida. Según un texto reciente de Jean-Victor Parant, Loze poseía el número de carnet 145 de dicha asociación, lo que no era ninguna tontada. Al menos en Francia quedó clara su proeza, porque en nuestra tierra no dudan en seguir adjudicando esta primera femenina absoluta, de manera sistemática, a Joaquina Baruta, su visitante de 1947 junto a Ferrera y Molina. Esta barcelonesa protagonizó otra hazaña y se enfrentó a las ideas suicidas de las que hizo gala uno de sus compañeros masculinos. Mas no fue la primera chica de Gaube.
¿De dónde pudo surgir el equívoco? Ni idea; no obstante, uno de los primeros en transmitirlo sería un autor catalán llamado José María Fontana. Desde esa encantadora crónica que proclamaba que En el Pirineo se vive de pie (1953), afirmó: “Pienso en […] Molina y Ferrera, del CMB de Barcelona, y en la mujer del último, primera femenina absoluta del Couloir”. Pero no lapidemos precipitadamente al escritor. Porque, escondido entre los pliegues de su obra, aparecía una interesante descripción de cierto ascenso temprano por la referida canaleta. Desgraciadamente, se proporcionan pocos datos sobre esta visita de españoles al Couloir de Gaube: apenas que los artífices de la misma, Ismael Jaraiz y Pedro Calvo (¿navarros o vascos?), llevaron con ellos a un guía de Cauterets. Sin embargo, se pueden perdonar tales imprecisiones, ya que nos surte de un pintoresco relato que, en mi modesto entender, merece su reproducción:
“Vamos a entrar en un mundo nuevo y extraordinario. Es algo así como cuando se descubren las bellezas de la entraña submarina, pero al revés; ya que el volar tiene mucho de buceo, aunque la dirección es opuesta. Quisiera dar la impresión exacta y fiel, pero no sé si podré. He de utilizar para ello el cuaderno de Ismael y Pedro, que llegaron ayer de su ascensión al Vignemale, y con quienes hemos hablado horas y horas. Es un mundo encantado, semi aéreo, y poblado de agujas de roca y de algún águila. Reinan allí fuerzas naturales impresionantes y ciegas, de hostilidad sobrehumana. O silencios tan totales que llegan a doler; o ruidos, truenos, aludes y vientos insoportables. Pero el alcanzarlo significa el triunfo del hombre superior sobre la materia terrestre.
”Yo lo he rozado; me he asomado, pero no lo he vivido. Es algo así –¡pero mucho más!– como subir a lo alto de un circo y ver desde arriba el vuelo audaz de los trapecistas y la masa de los espectadores mirando hacia lo alto, aunque uno no llegue a lanzarse en el trapecio. Les dejo, pues, la palabra a ellos y yo seré un mero transcriptor. Pero piensa que ni ellos ni yo podemos darte la imagen fiel. Suple tú nuestra impotencia, imagina la grandiosidad de una pesadilla febril, supón el drama del más espantoso combate librado sin necesidad y sin ánimo agresivo, recapacita en todo el horror del agotamiento físico, asediado por monstruosos males espirituales…, y piensa que todo eso no admite una sola debilidad, un solo error, una sola evasión. Si ocurre algo de ello, es un vertiginoso hundirse en un abismo sin fin, sintiendo romperse todas las lianas que atan a la vida; y allá abajo se encontrarán, días –o años– después, un muñeco roto, despedazado y sanguinolento.
”El corredor de Gaube, escogido para efectuar la ascensión al Vignemale (3.298 m), es una difícil escalada del Pirineo. Consiste en una canal de seiscientos metros, toda ella de hielo y roca, que parte del nacimiento del helero de Oulettes. En el lago más próximo al glaciar, nos dio el altímetro 2.135 m. Como el refugio Bayssellance está bastante más alto, preferimos pasar la noche al pie del helero, no demasiado lejos del lago superior. Y lo sentimos, porque el refugio es confortable y estaba animadísimo.
”Se atraviesa el glaciar y, al mirar hacia lo alto, se sienten flaquear las piernas. Es una enorme pared húmeda, negruzca y veteada de hielos, que parece perderse entre las nubes y sólo muestra la vertical e impresionante raya de la canal de Gaube. Pero no conviene distraerse, pues…, ¡hay cada grieta en el nevero! El día parece bueno. Entre el glaciar y el principio del corredor se extiende una especie de cono de deyección de hielos y piedras con un peligroso ángulo de pendiente.
–¡Attention, monsieurs!– nos grita Jean, el guía pirenaico de Cauterets; y allá van zumbando varios pedruscos capaces de abrirnos la cabeza.
–Parece que la Pica Longue nos está apedreando –dice Ismael, que sube en segunda posición de la cordada.
”El trozo inicial es muy malo por lo engañoso del suelo, mezcla de hielo blanco, nieve y granizo, con trozos de hasta quince metros de hielo duro y verticalidad de setenta y cinco grados. Allí se clavan los primeros pitones huecos, y se sube en diagonales. Luego se suaviza la pendiente hasta el principio o base del Couloir. Esta ascensión varía mucho según los años: en 1936, la verticalidad de este primer trozo era sólo de cincuenta grados.
–Bueno, he aquí el ascensor –bromea Pedro Calvo. Y realmente semeja el tubo de un ascensor, pero con la diferencia de que no se ve el fin. Da la sensación de haberse introducido en las fauces negruzcas de un monstruo mitológico.
”Ya desde los primeros metros y al mirar hacia abajo nos vemos totalmente suspendidos y casi en vuelo. Más allá de las paredes del corredor y en lo hondo se ve brillar el helero como si estuviera en el fondo de un pozo. El hielo es ahora verdusco y como oxidado. ¿De dónde sacará la clorofila el hielo verde? Siguen cayendo y zumbando pedruscos desde lo alto, produciendo extraños sonidos.
”Los apoyos son mínimos y la verticalidad acentuada. Pequeños rebordes, rugosidades o, cuando se puede, escalones tallados donde asegurar la punta de los pies y de las manos. Un pequeño fallo, y la cordada desaparecería, siguiendo el camino de las piedras. Los músculos son sometidos a una tensión casi constante. Más allá de la mitad las paredes se estrechan y son dos paredones húmedos y lisos. El cielo azulea con un colorido que nos parece maravilloso, pero alejado y ajeno, pues nosotros vivimos hora tras hora en una sombra fría y húmeda. De vez en cuando hemos de acudir a un paso lateral ascendiendo sobre la pared lisa de los lados, mojada y bruñida por los hielos, sin crampones ni zapatos. La humedad y el agua helada nos van empapando y borrando toda sensibilidad de las extremidades. Con mosquetones, pitones y martillo se va progresando lentamente. Pero la roca no nos deja apenas clavar nada por carecer de porosidad o fisuras.
”La verdad es que estamos ya agotados por tantas horas de lucha. Se impone un descanso; y, después de mucho buscar, hallamos una repisa donde a duras penas cabemos los tres. Se colocan unos pitones para asegurarnos un poco; y, mientras descansamos, hay reparto de caramelos de café. El guía sonríe siempre, aunque se siente tan cansado como nosotros. Estamos tan juntos que notamos el golpeteo del corazón del compañero más próximo. Hemos llegado a unos 3.000 m de altura, lo cual quiere decir que nos faltan 229 para alcanzar la cumbre.
”Ya algo repuestos del traidor temblor, iniciamos de nuevo la subida; no tardamos mucho rato en hallarnos debajo del conocido bloque incrustado en la canal, que transforma la subida vertical en superación de una convexidad o panza de burro. Con cuidado exquisito y tanteando los apoyos buscamos algún paso por los lados, entre la inserción del bloque con las paredes del corredor. Siguen cayendo bloques; y uno hiere ligeramente a Ismael, haciéndole sangrar. Ahora nos fastidian pulverizadas corrientes de agua que completan nuestra lamentable mojadura. El día declina cuando nos acercamos al glaciar superior del Vignemale. Frente a nosotros una especie de cascada de hielo violáceo por efecto de la luz. Se sube en pura acrobacia entre la cascada y la pared de la derecha; y seguimos en una dirección aproximada a la recta, respecto a la cumbre, de la Pica Longue. Después cambiamos hacia la izquierda, buscando la asomada sobre el helero superior. La total verticalidad del trayecto último nos ha dejado como unos guiñapos. Allí estamos bastante rato y, cuando podemos, comemos algo; aunque nos repugna todo. El frío es terrible. Unos pocos metros más allá y, por un rellano, nos conducirán a la cumbre del Vignemale. Han sido trece horas de ascensión”.
Y hasta aquí la pequeña enmienda. Claro está que cada cual está en su derecho de dar crédito o no a unos textos u otros. A fin de cuentas, estas cuestiones puntillosas referidas a lo que, en realidad, no es sino un deporte, acaso no debieran provocar semejantes riadas de tinta. Por mucho que nos apasione a algunos, el mundo ofrece temas más serios para el debate…
Exorcismos para un Couloir
Publciado por albertomartinez - 29/04/09 a las 03:04:41 pm
Por mis últimas observaciones jocosas sobre las fuerzas de ultratumba, tengo ahora apariciones. Todas ellas, relacionadas con el Couloir de Gaube. Antes de recurrir a los servicios de Aramis Fuster o de encargar conjuros caldeos a la Bruja Lola, trataré de hallar alguna solución casera. ¿Y si amplío esas noticias que, por falta de espacio, resumí en trabajos anteriores? Lo reconozco: tanto en Flor de Gaube (Desnivel, 2002) como en Vignemale, el Señor del Pirineo (Desnivel, 2005), me dejé alguna cosilla en el tintero… Más que nada, por ajustarme al espacio del que disponía, pues el número de reseñas que obraba en mi poder sobre el Vignemale era considerable, gentileza de corresponsales tan eficaces como Jean y Pierre Ravier, Silvio Trévisan, Gérard Raynaud, Eduardo Martínez de Pisón, Eduardo Viñuales, Carlos Mur de Víu, Antxon Iturriza, Enric Faura o Juanjo Zorrilla. Veamos, pues, qué más se puede añadir sobre las diez primeras incursiones por esta mítica canal de hielo y nieve…
¡Hale!, vamos a por la primera de ellas: la del 7 de agosto de 1889, protagonizada por Henri Brulle, Jean Bazillac y Roger de Monts, junto con los guías Célestin Passet y François Bernat-Salles. Por lo visto, la rimaya les apareció con el aspecto de una pared de hielo azulado y con puentes de nieve precarios: la tendrían que sortear por la izquierda, trepando por la roca. En cuanto al tronco del corredor, fue superado por su lado izquierdo, para luego cruzar hasta el ramal derecho. Célestin, siempre en cabeza, talló unos cuantos escalones: entre 1.100 y 1.300 peldaños, según la fuente consultada. Eso sí: algo distanciados para el gusto de sus clientes… De ese modo llegarían al bloque empotrado, que aparecía como tallado a pico y ligeramente encajado en la canal. Un obstáculo temible: Célestin necesitó de dos horas para vencerlo con la ayuda del piolet de Brulle, un celebérrimo artilugio apodado Fleur de Gaube, todo un made in Switzerland. Después, fue fácil superar el muro de hielo final, gracias a que su fusión había excavado una serie de oquedades. El hecho de que algún miembro del quinteto, que no todos, usara la cuerda que les tendieron desde arriba como pasamanos, provocó luego bastantes polémicas… ¡Brulle juró que, antes que volver a hacer tal cosa, preferiría cortarse la mano! En total, el Couloir inaugural exigió unas ocho horas de escalada…, aunque con frecuencia se haya afirmado que las “extraordinarias condiciones de 1889 no se han vuelto a repetir”.
Durante largos años, nadie se atrevió a repetir la vía: ante las solicitudes al respecto de Brulle, Célestin respondió que él nunca encabezaría la segunda al corredor…, pero que si alguien la sacaba adelante con éxito, entonces él se encargaría con gusto de la tercera. Socarronería montañesa al cien por cien, por parte de quien se sabía el number one. En Gavarnie se terminó afirmando que “la llave del Couloir de Gaube reposaba en el fondo del bolsillo del chaleco de Célestin”. Nada más cierto.
El caso es que nadie se animó hasta el 5 de junio de 1927, día en que Jean Arlaud y Charles Laffont tentaron la codiciada repetición del Couloir de Gaube. La rimaya les acogió de modo benévolo, permitiendo que en cinco horas se situaran ante el muro de hielo de la salida. El bloque empotrado, muy recubierto de nieve, tampoco opuso resistencia seria. Pero los cuarenta metros finales resultaron inviables, tanto por la verticalidad como por la dureza del hielo: este obstáculo impuso una épica retirada hacia la rimaya. A modo de colofón, decir que Arlaud bajó como souvenir de su frustrado intento a Gaube un manojo de musgo, que presentó como ofrenda ante la tumba de Célestin. Un hermoso detalle de respeto, algo empañado por lo que sucedió ese mismo mes…
En efecto: no tardó demasiado en saltar la siguiente controversia. El 26 de junio de 1927, Arlaud y Laffont regresaron al Vignemale para descolgarse mediante una cuerda fija desde la Brecha de Gaube. Tras alegar que deseaban reconocer el terreno con comodidad, mediante este truquillo también tratarían de adjudicarse la segunda a esta ruta. ¡Célestin debió de removerse dentro de su tumba! En medios montañeros galos, esta pretensión de que habían hecho el corredor en dos veces, provocaría bastantes protestas y no menos sarcasmos… Algo picado, Arlaud declaró que resultaba imposible repetir el Couloir de Gaube desde abajo sin emplear medios artificiales. Se equivocaba, claro está.
La segunda no se hizo de rogar: arribó un 14 de julio de 1933, de la mano de Henri Barrio, Jean Aussat y Joseph Loustaunau. En esta ocasión, la rimaya se les materializó fácil y pudieron subir por la rigole del tronco del Couloir sin crampones, aunque arriesgando mucho. Dos clavos de hielo facilitarían el paso del bloque empotrado: tras seis horas de escalada, nuestro trío accedía al zócalo del muro de hielo, para esquivarlo por el lado de la Pique Longue y abrir una ruta que les exigió seis horas más. En suma: doce horas de escalada que supusieron la escenificación del ocaso de Arlaud en el panorama trepador galo.
Porque la tercera se completó…, ¡justo al día siguiente! El 15 de julio de 1933, repetían la ruta François Cazalet, Robert Ollivier, Henri Lamathe y Jean Senmartin, del recién fundado Groupe Pyrénéiste de Haute Montagne. Una visita realizada sin saber que les habían precedido tan de cerca: a pesar de hallar un piolet y un clavo del grupo de Barrio, el cuarteto no sospechó nada y lo supuso de Arlaud… En cualquier caso, la rimaya fue atravesada sin problemas, para abordar el tronco por su lado derecho: primero pateando simplemente la nieve dura y después a base de cramponaje. Hubo cruce de la rigole a tres cuartas partes del tronco, antes de cambiar al lado izquierdo, buscando pared de Les Jumeaux. El bloque empotrado no pasó de una comba de hielo con cascadita poco exigente; en cuanto al muro de hielo, tuvo que ser sorteado por el lado de la Pique Longue, si bien por una ruta distinta a la de sus antecesores. Resumiendo: trece horas de emociones. Con un detallito fino sobre cómo andaban de tensas las relaciones entre los escaladores franceses en 1933: tras recoger el piolet de Barrio, los artífices de la tercera se resistieron durante un año a devolvérselo…
La cuarta llegó zumbando: el 8 de julio de 1934, gracias a Robert Ollivier, Gaston y Jean Santé; los tres, asimismo del GPHM. Una vez superada la rimaya, treparon por el lado izquierdo del tronco sin complicaciones: sólo ante el bloque empotrado tendrían que tallar algunos peldaños. Y respecto al muro de hielo: si bien les pareció factible su asalto directo, al final optaron por repetir la ya clásica salida por las paredes de la Pique Longue. Hubo rebaja notable del tiempo: seis horas. ¡Estaba fuerte, el tripartito éste…!
¿Y la quinta…? Tampoco iba a hacerse esperar: el 7 de julio de 1935, con G. Busquet, F. Cazalet, R. Casabonne-Romano y R. Mailly. Este nuevo aluvión del GPHM, prácticamente copiaría la cuarta de 1934, ya que halló el Couloir en unas condiciones similares. Hicieron un crono de seis horas y quince minutos. Entre los pirineístas de primer orden del país vecino, parecía como si hubiese establecido una competición de velocidad sobre esta super-canaleta del Vignemale…
La sexta dispuso de acento español: el 17 de julio de 1935, la protagonizaban los peñalaros Teógenes Díaz, José González Folliot y Ángel Tresaco. Tras cruzar sin apuros la rimaya, abordarían el tronco inferior por la peligrosa rigole, para ascender unos metros por la izquierda y más tarde por la derecha. El problema del bloque empotrado se resolvía mediante unos huecos tallados por la izquierda y el empotramiento de un piolet. Ante un muro de hielo bastante complicado, se decantaron por abrir ruta por la pared de Les Jumeaux, de rocas extremadamente podridas. Trece horas de aventura, de las cuales cinco se dedicaron al inquietante tramo que siguió al bloque empotrado. Así se producía el famoso “coup de théatre” que inauguraba la delicada Salida de los Españoles, sin repetir hasta 1946.
La Placa Fantasma de Gaube fue instalada el 15 de agosto de 1937 por R. Ollivier, J. Arruyer, G. Busquet y F. Cazalet. Desde la Brecha de Gaube, rapelaron siguiendo el escape rocoso de la Pique Longue. Se cree que esta plancha de mármol en memoria de Brulle, se colocó a unos treinta metros del muro de hielo, en su lado norte y a la altura del primer cuarto. Una batallita de la que ya he parloteado suficiente en una entrada anterior…
La séptima llegaba el 25 de junio de 1938, por cuenta de G. Arruyer y H. Favre. Otra apoteosis del GPHM, hegemónico hasta 1941. Aquí, he de entonar cierto mea culpa… ¿La razón?: si alguien acude al libro Flor de Gaube y rebusca por las negritas de su página 195, comprenderá por qué ahora mismo ando rojo como un tomate… De humanos es meter la gamba, y yo lo hice en lo referente a la séptima de Gaube. ¿Será por eso que los espíritus del Couloir me acosan? En cualquier caso, sirva como excusa pobre que este dato ya lo rectifiqué desde Vignemale, el Señor del Pirineo…
Dejemos el látigo de nueve colas y sigamos con la octava… El 10 de julio de 1938, la firmaban J. Arruyer, A. Chevallier y J. Mailly. Un total de catorce horas, debido a las pésimas condiciones de la vía: los dos tercios superiores en hielo duro; el bloque empotrado y el muro de hielo, bien extraplomados. De nuevo, buscarían la salida rocosa de la Pique Longue, ahora ya clásica.
¡Venga con la novena! En julio de 1939, sería completada por H. Cazenave y E. Manauthon. Al ver la ruta en buen estado, se la ventilaron en nueve horas. El bloque empotrado se presentó como una dificultad moderada, por lo que fue superado mediante la talla en el hielo de una escalera corta, evitando por una vez los escapes rocosos. Algún purista diría que ésta fue la verdadera repetición del corredor en su trazado directo, sin escape ni por las paredes de la Pique Longue ni por las de Les Jumeaux, y siguiendo la vía de 1889. En fin; las ganas de andar a la greña de siempre…
Terminaremos con la décima. En julio de 1941, J. Trézières y J. Simpson hallaron el Couloir con una rimaya muy abierta, nieve dura a lo largo de todo el tronco y un bloque pelado, aunque defendido por lenguas de hielo por sus costados: optarían por su flanco de la derecha antes de pasar al sector superior, tomado por un hielo durísimo. Aun con todo, lo escalaron en unas ocho horitas… A destacar este crono tan magnífico, pues con los años finales de los cuarenta, los siguientes candidatos al Couloir introdujeron la chocante costumbre de hacerlo en dos jornadas, vivaqueando en mitad de la vía…
Hasta aquí llegará nuestro repaso de la época heroica pues, sobre todo con el final de la Segunda Guerra Mundial, las ascensiones al corredor comenzaron a ser relativamente habituales. ¿Y si cerráramos esta especie de exorcismo sobre el Couloir de Gaube con una cita de Robert Ollivier, uno de sus reconocidos especialistas…? Ahí va: “Puede decirse que este célebre itinerario nunca envejecerá, conservando siempre el atractivo de una nueva ascensión”. Pues amén.
Esquiando con un par de…
Publciado por albertomartinez - 20/04/09 a las 08:04:08 pm
La fauna que con frecuencia se observa sobre las pistas pisadas, poco tiene que ver con la de sus arranques. El mundillo actual resulta mucho más blandito, e ¡incluso pintoresco! Y, la verdad, el esquí llegó hasta nosotros con atuendo de currante: para servir como herramienta puntera del montañismo invernal, que no para brindar un escenario de vanidades a las clases adineradas o a quienes pretenden serlo. Todo lo más, vino con el objetivo de ayudar a los montañeses y a los profesionales en sus desplazamientos sobre la nieve… Así, para romper una lanza en favor del deporte blanco, nada mejor que presentar una cronología abreviada sobre cómo se desarrollaron sus balbuceos en el teatro de los Pirineos:
Se cree que fue el perpiñanés Prosper Auriol el primer esquiador pirenaico: un 29 de enero de 1901, estrenaba sus tablas, militares y de procedencia alpina, sobre el Col de la Quillane, en las cercanías de Mont-Louis. Durante la primavera de 1904, incluso se atrevería a subir con ellas al Canigó (2.784 m) desde Els Cortalets, junto a Laurent Durand.
En noviembre de 1903, otro equipo de origen alpino llegaba a Pau: aunque lo había encargado Henri Sallenave, sería Louis Falisse quien lo estrenara en el Benou, un 7 de diciembre de 1903. Veinte días después, Falisse y Larregain acometían esquiando el Tour du Midi d’Ossau…
El esquí pronto se puso el mono azulón de trabajador… En 1904, el encargado de las aduanas de Gabas, Prudot, se procuraba un juego de tablas para no quedar aislado durante el invierno en su puesto del alto valle de Ossau.
Desde sus arranques, el empleo de lo que en realidad era un medio de transporte nórdico, facilitó las actividades deportivas invernales. En enero de 1904, Falisse y Cintrat subían hasta el Col d’Aubisque, descubriendo de pasada los prados nevados de Gourette. Un 13 de marzo de 1904, ambos ganaban el Ger (2.612 m).
Los esquís arribarían enseguida a tierras aragonesas: Falisse, Aubry, Heïd, y Robach franqueaban sobre ellos el Portillón de Benasque, un 4 de abril de 1904. Al día siguiente, los emplearon de forma parcial para subir al Aneto (3.404 m).
La recolecta de grandes cimas prosiguió con buen ritmo… Al segundo intento, un quinteto galo lograba subir hasta la Pique Longue del Vignemale (3.298 m), un 15 de mayo de 1904: Falisse, Donnay, Cintrat, Bourdil y Robach. La primera jornada de 1905 fue testigo de un otro éxito de Falisse y Bourdil en el Midi de Bigorre (2.887 m).
Nueva incursión de esquiadores gabachos por Aragón: los días 24 y 25 de diciembre de 1905, Gaurier, Donnay, Bahans, Gabarret, Porter, Doassans y Prudot, pasaban hasta Sallent a través del Portalet de Aneu. Como no había demasiada nieve en el sur, su descenso por territorio tensino no llegó a los 2 km.
La primera fémina esquiadora de la que se tiene constancia en los Pirineos, fue Margalida Le Bondidier: en el invierno de 1905, se calzaba en Campan unas tablas noruegas. Unas lesiones la retirarían pronto del deporte blanco.
El esquí llegaría con presteza al valle de Aure: en diciembre de 1905, el doctor Gabarret ya utilizaba este medio de locomoción para visitar a los enfermos desde su consulta en Vielle-Aure. Una vez más: las aplicaciones prácticas, ante todo…
Se produce un incremento de las ascensiones con tablas durante la temporada de 1905: el 3 de diciembre, Pène Longue (2.220 m) por Ledormeur; el 24 de diciembre, Soum d’Arbéoste (2.166 m) y Soum de Néré (2.401 m) por Lemoinne, Paimparey y Ledormeur; el 25 de diciembre, Pimené (2.803 m) por Dupin; el 25 de diciembre, Pène det Pourry (2.600 m) por Ledormeur, Paimparey y Lemoinne.
Aparecen epicentros del esquí en el Ariège: el 26 de diciembre de 1905, Marcel Parant prueba sus tablas en Barousse; el 1 de marzo de 1906, lo haría en Ganac, cerca de Foix. El 26 de diciembre de 1906, su empleo en Salau causó sensación entre los locales, quienes se apresuraron a conseguir equipos propios…
Después de cuatro tentativas infructuosas, se logra ascender con esquís al Monte Perdido (3.255 m), el 10 de mayo de 1906. Una arriesgada peripecia desde la Brecha de Rolando de Falisse, Gaurier, Porter y Robach…, con vivaqueo en el Abri Gaurier.
El deporte blanco se consolidaría en Cauterets: el 16 de febrero de 1906, Falisse, Gaurier y Porter exhibieron su técnica ante los escépticos nativos… Para acallar sus risas, tuvieron que subir hasta el Col de Riou. Ese mismo año, se iniciaba la difusión entre los montañeses a través del obsequio, por parte del Club Alpin Français, de juegos de tablas para los guías Cayré, de Gavarnie, y Bordenave, de Cauterets.
Uso inaugural de los esquís con fines científicos: merced a estos artilugios nórdicos, en abril de 1906, Gaurier, acompañado por Falisse y Porter, completó labores de medición de los ventisqueros de Ossoue.
Arrancan las más tempranas conferencias en favor del nuevo deporte: la serie de 120 diapositivas que ilustraban la exposición de Louis Falisse sobre El esquí en los Pirineos. En 1906, las iría proyectando desde Pau hasta Burdeos o Cauterets…
Gracias a Dat, el deporte blanco arriba a Luz: el 1 de abril de 1907 su promotor protagonizó una exhibición en el puente de Gaubie de la carretera al Tourmalet, con gran éxito entre sus paisanos. Enseguida, en todas las casas de Barèges hubo esquís.
Inaugural ascenso con tablas al pico de Anayet (2.545 m), en febrero de 1907, por cuenta de Gaurier, Porter y Pein.
Demostración esquiadora en Sallent del 18 de abril de 1908. Sus artífices: Gaurier, De Joinville, Arué, Chabaneau, Grandidier, Nancel-Pénard y Pacaud. Además, los galos subirían hasta ibones de Anayet, el collado de Pacino, la Güega de Escarra…
Primera competición pirenaica de fondo: el Concurso de Payolle. Organizado el 2 de febrero de 1908 por Le Bondidier, contaría con una treintena de participantes de la región de Tarbes: Cintrat ganó en un recorrido de 7 km con subidas y bajadas…
Se celebra el I Concours International de Ski de Les-Eaux-Bonnes, los días 15 y 16 de febrero de 1908. Meillon y Gaurier organizan sus pruebas de salto y de fondo, en las que concurren franceses, suizos y noruegos… Estos últimos, arrasan en el medallero.
Nacimiento del esquí vasco: en el invierno de 1908, el noruego Enebok lleva sus tablas a Tolosa. El 2 de marzo de 1908, él y otros compatriotas de la fábrica de clavos Mustad, dan clases a los nativos: Irazusta, Ruiz de Arcaute, Elósegui, Sesé y González.
Navidades de 1908: en los Rasos de Peguera, Albert Santamaría, Eduard Vidal y unos amigos suecos degustan sus primeros deslizamientos con esquís… Tras estos barceloneses, enseguida acudirían allí deportistas de Manresa.
Balance de las ascensiones con esquís de 1911: el 15-18 de abril, Campbieil (3.175 m) por De Cordieu, Echeman y el matrimonio Seauve; el 23 de abril, Néouvielle (3.092 m) por Falisse, Ledormeur y Malan; el 30 de abril, Cambales (2.965 m) por Falisse, Bertrand, Gardère y Fauchay.
Navidades de 1912: Gaurier y dos muchachos llegan a Sallent con esquís, donde dan clase al niño Antonio Fanlo. En junio de 1913, le enviarían desde Pau un juego de tablas para que prosiguiera su aprendizaje este primer esquiador aragonés. Siguiendo su ejemplo, enseguida aparecieron por Sallent otros equipos para Benito Bergua, Juan y Gabriel Guillén. Los carpinteros locales comenzaron a fabricar copias.
En marzo de 1919, la Mancomunidad de Catalunya encargó a Lluís Estasen demostraciones y clases de esquí por los pueblos del Pallars y Aran. Le acompañarían Joseph Maria Soler y Pau Badia. Desde Sant Maurici, sus tablas les condujeron hasta Espot, Bonaigua o Sort; como remate, cruzaron por la Picada hasta Benasque.
Con unos esquís infantiles procedentes de Luchon, Fernando Almarza comienza a practicar este deporte por los alrededores de Benasque en el año 1922.
Primera incursión hispana con tablas por el Aneto: el 12 de abril de 1922, la firmaban Estasen, Soler, Feliu, Ribera…, y el guía benasqués José Delmás.
Sobre 1925, llegaban los primeros esquís al Balneario de Panticosa, adquiridos por la compañía hidroeléctrica EIASA. Uno de sus primeros usuarios fue Edmundo Urieta, responsable del mantenimiento invernal.
Desde 1927, el Batallón de Cazadores nº 8 La Palma, acantonado en Jaca, dispone de tablas procedentes de Francia. Para probarlas, el capitán Senra llevó a sus soldados hasta Rioseta. Un invierno más tarde, Fernando Almarza y Luis Gómez Laguna ganaban Candanchú valiéndose de un equipo militar prestado.
Hacia 1929, el deporte blanco arriba a Torla merced a ciertos vínculos familiares con Sallent: en los años treinta, contaban con un núcleo de esquiadores en torno a Antonio Oliván y Miguel Lardiés. El carpintero de Casa Nicolás pronto fabricó tablas…
Se funda Montañeros de Aragón en 1929. Este club zaragozano organizaba pruebas de esquí de fondo en marzo de 1930: nueve de sus corredores arrancaron estas competiciones en Rioseta mediante su Concurso Regional Universitario, que ganó Sebastián Recasens. En agosto de 1931, inauguraban en Candanchú su refugio Santa Cristina.
Invierno de 1931, el esquí hace acto de presencia en Teruel gracias a cuatro socios de Montañeros de Aragón: Recasens, Marraco y los hermanos Serrano. Explorarían las posibilidades del sector Bronchales-Orihuela del Tremedal.
En 1931, el deporte blanco llega a Bielsa con el barcelonés Montagut. Miguel Vidal hizo de guía para él y, como premio, recibiría unas tablas que comenzó a usar por el Alto Cinca en el invierno siguiente… Un año después, el barbastrense Luis Paúl subía a Pineta para deslizarse por las laderas.
En fin; para qué seguir adelante con esta evolución desde el esquí puro de montaña, que de forma inexorable ha de llevarnos hasta las pistas… Mejor, retener las gestas de la época heroica. ¡Vaya un tiempo glorioso, el de nuestros pioneros! Ellos sí que sabían esquiar con un par de…, ¡tablones!
Rollos de esquiadores
Publciado por albertomartinez - 10/04/09 a las 06:04:53 pm
Con frecuencia, en ambientes de esquiadores de montaña surge el eterno debate cuando alguien plantea la cuestión envenenada: ¿hay que acudir mucho a pistas? Entonces, las discusiones se disparan y las opiniones salen a la palestra, unas veces con ímpetu y otras con virulencia. Hay quienes alegan que, por cada día de esquí de travesía, es preciso entrenar al menos dos en laderas de nieve pisada, puliendo la técnica hasta el aburrimiento… Al punto, salta otro para despotricar contra esas hileras de pilonas sembradas a todo monte… Un tercero le complementa con sus observaciones sobre el particular espíritu consumista y de ostentación que se respira entre remonte y remonte… Nada nuevo bajo el sol, os lo aseguro.
En efecto: estas mismas controversias se han ido reproduciendo en el seno de los clubs de alpinismo desde antiguo. No seré yo quien aporte la solución infalible al enigma de la relación de jornadas de esquí en pista/en montaña; me limitaré a añadir un par de apuntes retrospectivos…, ¡bastante anteriores a la época de los snowboarders y de los free-ryders! Se trata, sencillamente, de la constatación de unas rivalidades tempranas que aparecieron con el primer decenio del siglo XX, cuando las pistas, tal y como hoy las conocemos, no existían ni siquiera en las mentes más imaginativas… ¿O tal vez sí?
Los padres del deporte blanco pirenaico no tardaron apenas nada en percatarse de que esos tablones tan desmesurados que arrastraban por el corazón de las montañas, les abrían de par en par los reinos del invierno… Pero, asimismo, pronto fueron conscientes de que estrenaban una actividad tremendamente arriesgada. De hecho, durante el primer Tour del Midi d’Ossau, surgió ese incidente con lesión que inauguraría las páginas de sucesos para el gremio. Nos lo cuenta el pionero del esqui-alpinismo, Louis Falisse, desde un resumen retrospectivo:
“El primer par de esquís que llegó a los Pirineos fue a Pau, hacia finales de noviembre de 1903. Llegó desde la Manufactura de Armas de Saint-Étienne, y aunque había sido encargado por Sallenave, pero fui yo quien los probó el primero, un 7 de diciembre y en el Benou: a pesar de un tiempo espantoso de nieve y de lluvia, estuve con los esquís desde las 10 h de la mañana hasta la noche. El 13 de diciembre, fui desde les Eaux-Bonnes hasta Gourette con Cintrat. El 20 de diciembre, fuimos desde les Eaux-Bonnes hasta Gourette para bajar por Bésou, Bouye y la Coume d’Aas: Sallenave, Cintrat y Larregain. El 27 de diciembre, di la Vuelta al Pic d’Ossau con Larregain siguiendo el itinerario: Gabas, Broussette, Anéou, col de Bious, Bious Artigues y Gabas. Larregain se heló dos falanges de las manos”.
La verdad es que estas vanguardias del esquí pirenaico le echaban narices. Nada más hacerse con los primeros juegos de tablas, buscaron con ellos la alta montaña sin el menor complejo, a pesar de que sus equipos hoy darían risa…, o miedo, más bien. A saber: tablones enormes y pesadísimos con unas espátulas que, cada pocas salidas, ¡perdían su curvatura! Ni que decir tiene, sin cantos metálicos… ¿Las fijaciones?: las de tipo Huitfeld, que consistían en unos hierros con forma de U invertida donde se encajaban las botas, sujetas mediante correas de cuero. En cuanto a la cuestión de los entonces llamados antiderrapantes, era más terrorífica aún: para no deslizarse hacia atrás cuando subían con esquís, los menos utilizaban unas carísimas pieles de foca natural provistas de cordoncitos, que no autoadhesivas, por lo que el embolsamiento de nieve entre la tabla y la foca era más que generoso. Para el ascenso, los más empleaban pellejos de otros animales, tiras de tela basta, extrañas placas de metal articuladas…, ¡e incluso alambre de espino enrollado a las planchas! Respecto a la técnica de descenso utilizada: ejecutando giros de telemark a las bravas, sobre nieves de calidad muy variada. ¡Practicar el montañismo con los esquís de comienzo del siglo XX, tenía su miga!
Naturalmente, los tortazos se multiplicaron. A base de palazos, como ellos mismos decían, nuestros antecesores intuyeron que era necesaria la práctica de las artes incipientes del deslizamiento en lugares más o menos a propósito. O, lo que era lo mismo: en campas con pendientes moderadas. Mas, ¡ay!, buena parte de los esquiadores de primera hora se aficionaron en exceso a esas primitivas pistas que, aunque no disponían de remontes de ningún tipo ni se pisaban, sí que tenían casetones para guardar el equipo, fáciles accesos, ¡y notable animación! Era el inicio del esquí alpino propiamente dicho, del despertar del universo pistero. La reacción ante estos comodones del deporte blanco no tardaría en producirse: desde la obra Excelsa (1910), del pirineísta y literato Marcel Bourdil, quedaron reflejadas esas modas que, de hecho, originaban una nueva secesión en este deporte tras la producida entre el estilo nórdico y el alpino. Por un lado, los amigos de las filigranas y del lucimiento ante el elemento femenino en las pistas; por otro, quienes buscaban hollar con sus tablas la cota 3.000 metros. Un proceso que pudo acelerarse con la fundación de las primitivas asociaciones galas… Por ejemplo, en enero de 1907 nacía el Sky-Club de Pau al cobijo del Club Alpin Français. Pues bien: a finales de ese mismo mes, sus esquiadores estrenaban ciertas instalaciones precursoras del esquí de pista: la cabaña para guardar las tablas del Port d’Asté. Los primeros grupos concurridos no tardarían en dejarse ver por las lomas de sus inmediaciones, realizando jeribeques entre los vítores del público asistente…
¿Cómo sentó semejante frivolización entre los montañeros? Echémosle un vistazo al texto de la referida Excelsa de Bourdil. En 1910, el antagonismo entre los deportistas que usaban las tablas para realizar ascensiones invernales y quienes las calzaban para divertirse en las campas nevadas más populares, ya flotaba en el ambiente. Al menos, es lo que se aprecia cuando, en la Escena III del Acto I, los supuestos pretendientes de la princesa Excelsa de Gabas se explican ante su celosa madre junto al refugio de Arrémoulit:
“El Lapón: ¡Och, och!
”La bella mamá: ¿Qué es esta bola de pelo? ¿Un calentador?
”Excelsa: ¡Pero, mamá…! Es un lapón… Se había traído para el concurso de esquí… Y, después, se lo han debido de olvidar.
”El Lapón (afirmando): ¡Och, och! […]
”La bella mamá: ¿Pero quiénes son éstos? ¿Unos esquiadores? (a Excelsa) ¿Tienes esquiadores entre tus enamorados? (a Tres-Pies) ¿Cómo os llamáis, amigo mío?
”Tres-Pies: Me llamo Tres-Pies.
”La bella mamá: Es un nombre curioso; y ¿por qué os llamáis así?
”Tres-Pies: Porque voy sobre mis tres pies, que son mis dos esquís y mi piolet… Soy un esquiador del modelo antiguo. Cuando me deslizo, no procuro sino espantar a los espectadores y, cuando me quiero detener, poco me importa que sea mediante un telemark o un khristiania, siempre que me pare… Me niego a permanecer en pie durante ocho horas, en las zonas de pantanos, sólo a mil metros, subiendo y bajando las mismas pendientes, como hacen las ardillas enjauladas… ¡No! ¡Siempre voy hacia lo más alto! ¡Hacia las cimas…! Vignemale, Balaitús, Monte Perdido y Aneto: he sometido bajo mis esquís a todas las grandes cimas pirenaicas.
”El llamado ¿Lo-has-visto?: Tú has puesto las grandes cimas pirenaicas bajo tus esquís, pero no dices que, para hacerlo, has debido echarte tus esquís a la espalda… No eres un esquiador: eres un porteador de esquís…
”Tres-Pies: ¡No importa!, yo soy quien introdujo el esquí en los Pirineos.
”El llamado ¿Lo-has-visto?: ¡Sí!, pero he sido yo el primero que ha sabido deslizarse… Con los largos patines de madera pegados el uno contra el otro, el cuerpo recto como una “I”, los músculos poderosamente contraídos, ágil y esforzado todo el conjunto, me deslizo como un águila entre el polvo de la nieve, y el corazón de las chicas jóvenes palpita cuando paso…
”La bella mamá: Entonces, ¿cómo os llamáis, joven?
”El llamado ¿Lo-has-visto?: Me conocen como ¿Lo-has-visto?, y soy el esquiador del nuevo modelo…, (a Excelsa) ¡Ah! ¡Seguidme, princesa! ¡Venid!, vuestra mano junto a la mía, derecha como yo y, como yo mismo, tieso: degustaréis una borrachera que sobrepasa a todas las demás.
”Tres-Pies: No hay más que una borrachera: ¡la de las cimas!
”El llamado ¿Lo-has-visto?: En efecto, no hay más que una: la de la velocidad cada vez más alocada, en medio de un concierto de aplausos y de alabanzas, ente dos hileras de curiosos”.
Dejaremos unos instantes estos diálogos tensos para explicar, de manera rápida, la trama de esta obrita. Para ganar el corazón de la bella Excelsa de Gabas, sería preciso adivinar el enigma planteado por su madre: ¿quién fue el primero en hollar el Balaitús? Así, tras partir los pretendientes en tropel hacia dicha montaña para descubrirlo, en la Escena VI del Acto II regresaban algunos con noticias de los esquiadores:
“Tres-Pies: Creo que ya lo tengo… (rozando con los esquís la cacerola de Mandíbulas).
”Mandíbulas: ¡Eh! ¡Diablo de hombre! ¡Mira dónde pones tus pies!
”Noémi: ¿Qué es lo que tenéis?
”Tres-Pies: ¡Pues el itinerario! (tira los esquís al suelo). ¡Uf, ha sido duro!
”Noémi: Sobre todo, si habéis llevado esos ingenios hasta la cumbre.
”Tres-Pies: Justamente hasta la cima. He plantado la cola sobre la testa del Cervino de los Pirineos.
”Noémi: ¿Y vuestro colega ¿Lo-has-visto?… ¿Qué le habéis hecho?
”Tres-Pies: ¿Lo-has-visto?, desaparecido, desvanecido, pfttt… Subíamos juntos por el glaciar de las Néous… Naturalmente, el hombre de los dos bastones no tenía piolet. En la primera nieve dura inclinada, se ha resbalado, jurando como un demonio y, finalmente, se ha batido en retirada… Un momento después, lo he visto más abajo, haciendo un telemark… Pero sobre las tripas… Y, después, ya no lo he visto más.
”Noémi: Espero que no le haya sucedido desgracia alguna.
”Tres-Pies (con aire feroz): Quizás se haya caído en alguna grieta… Esos esquiadores del nuevo modelo no duran nada”.
Bueno, bueno, bueno… Aunque de forma literaria, el gremio de los asiduos de las pistas acababa de adquirir así su primer mártir. Tal era el inquietante destino que le reservaban en este texto humorístico sobre el deporte blanco… Por cierto: el esquiador superviviente, el clásico y montaraz, no obtendría la mano de la princesa Excelsa. O, puesto que se trataba de una alegoría bastante alambicada, lo que era lo mismo: el Balaitús no se declararía demasiado amigo del esquí. Dada su orografía, parecía incluso lógico. De cualquier manera, ¿no resulta revelador de lo que iba a llegar más adelante, el hecho de que, en esta ficción de 1910, el precoz pister terminara su trayectoria dentro de una grieta del glaciar de las Néous? Lo dicho: nada hay nuevo bajo el sol…
Premio Sagaste de Periodismo
Publciado por albertomartinez - 27/03/09 a las 12:03:46 pm
Con cierta frecuencia, mis colegas me reprochan la escasez de anécdotas personales que vierto sobre esta página… Pues bien: hoy voy a recurrir a una para abrir tema. ¿Cuál fue mi gran momentazo alpinístico? Sin duda alguna, cuando suplanté a Simón Elías. Sucedió en mayo del año pasado y en la zaragozana villa de Ejea de los Caballeros. ¿La excusa?: a nuestro polifacético director del Equipo Español de Alpinismo le habían concedido uno de los premios de la primera convocatoria del Santiago Sagaste Ayesa de Registros Periodísticos, y el acto de entrega le coincidía con un trabajo como guía en los Picos de Europa… ¡Era la ocasión perfecta para que actuase un usurpador! Compuse mi tono de voz más grave, me estiré cuanto pude para tratar de crecer algunos centímetros y preparé un discurso de agradecimiento en su nombre… No creo que aquel cambiazo colara pues, además de nuestra escasa semejanza en locución o talla, en Ejea conocían sobradamente a Simón por una conferencia previa. ¡Más de un bellezón local debió de dedicarme muecas de desencanto al verme aparecer en plan de falsificador de personalidad! ¡Y eso que no debían de ser conscientes de las importantes diferencias en nuestros currículos montañeros…! En cualquier caso, tras la breve intervención de este Doble de Elías, llegaron las fotos para la prensa local, bien escoltado de autoridades, de Eduardo Viñuales, el otro periodista galardonado, y de Ascensión Ayesa, la madre del desaparecido Santiago Sagaste…
Ahora llega el momento de cambiar radicalmente de registro y de ponernos serios. Para quienes no conozcan esta historia, me voy a permitir unas líneas con las que trataré de explicar de qué iba aquel entrañable acto… Santiago Sagaste Ayesa fue uno de los himalayistas más conocidos de Aragón. Natural de Ejea de los Caballeros, la villa que le vio nacer en 1973, en pocos años encadenó una importante sucesión de éxitos deportivos: cinco expediciones a montañas de América y otras cuatro a las del Himalaya; colecciones de vías de escalada en roca o hielo por Pirineos y Alpes; cumbres extraeuropeas como el Condoriri, Illimani, Huayna Potosí, Illinizas, Toqllaraju, Alpamayo, Stok Kamgri o Kang Yaze; asaltos a ochomiles de la talla del Gasherbrum II, Gasherbrum I, Cho Oyu, Shisha Pangma…, y el siempre áspero Dhaulagiri. Todo ello, haciendo gala de un carácter que todos cuantos lo conocieron no dudan en calificar como “de los que dejan huella”. Pues bien: este ídolo de las Cinco Villas aragonesas, vio su trayectoria abruptamente truncada por un alud el 13 de mayo de 2007, cuando se hallaba en su tienda del Campo II del Dhaulagiri junto a Ricardo Valencia. La conmoción por esta tragedia doble fue considerable tanto en Aragón como en Navarra, pues en ella se perdieron dos de sus himalayistas más carismáticos. Santi y Ricardo reposan hoy en las faldas heladas del Dhaula, bajo sus hielos refulgentes…
En Ejea de los Caballeros, donde Sagaste era un auténtico héroe, el mazazo sería tremendo. Su población quedó consternada, pues todos querían con locura a aquel montañero tan fuera de los moldes establecidos. Así, las iniciativas para que su memoria no se perdiera con el tiempo se sucedieron, desde la edición de un libro sobre su trayectoria…, hasta la construcción de un rocódromo en su honor. No resulta difícil rastrear estas muestras de afecto hacia Santi desde cualquier buscador de Internet. Por mi parte, me centraré en la llamada Edición de Registros Periodísticos Santiago Sagaste Ayesa, que este año va a sacar adelante su segunda convocatoria. Y llegamos a la parte más importante de esta parrafada: el llamamiento a la participación en dicho Premio. Las bases completas se pueden consultar en www.ejea.net. Aun con todo, las resumiré grosso modo: tomar parte en esta edición requiere hacer llegar por correo certificado al Servicio de Deportes del Ayuntamiento ejeano (Avenida Cosculluela nº 1. 50600-Ejea de los Caballeros, Zaragoza), junto con las señas personales y datos de contacto, tres copias de uno o dos artículos publicados en 2008, ya sea en prensa digital o en papel; bien en español o provistos de su correspondiente traducción. ¿El tema?: “Montañas y naturaleza”. Es decir: trabajos referidos a cumbres de todo el mundo y, a poder ser, con la mira puesta en los aspectos más naturalistas/ecologistas…, aunque tampoco se desdeñarán los meramente deportivos. Es una manera de permanecer fieles al espíritu de Santi, quien se entusiasmaba tanto con los parajes helados más vertiginosos, como con los hayedos más frondosos. Fecha límite: el 24 de abril de 2009. Fallo del concurso: el 15 de mayo de 2009. Hay dos premios en liza con dotación económica, que se deberán recoger en persona durante un acto en Ejea de los Caballeros…, ¡evitando recurrir a los servicios de un doble salvo en casos de fuerza mayor, como ya se ha explicado al principio de este escrito! Quienes estén interesados, pueden informarse mejor a través de otros conductos: deportes@aytoejea.es; 976 677 474.
El presente año, se ha producido una circunstancia que logra que esta Edición de Registros Periodísticos Santiago Sagaste Ayesa tenga un valor añadido: hace apenas unos días, falleció Ascensión Ayesa, madre de Santiago y principal valedora del Premio. En su lugar, ha tomado su relevo el hermano mayor del himalayista, Luis Sagaste, muy apoyado desde el Club de Montaña Exea por amigos como José Ángel Sánchez Caloyo, Bruno Gaspar, José Antonio Calvo Choan, Carlos Espés Kaikos, etcétera. Para sustentar esta iniciativa, la pequeña familia del montañismo zaragozano confía en que haya una elevada participación: es lo menos que merecen Santi y Ascen.
A modo de cierre de este llamamiento dirigido a todos los amantes de la montaña a quienes les gusta poner por escrito sus vivencias, nada mejor que canibalizar cierto texto de otro de los galardonados en la pasada I Edición de Registros Periodísticos Santiago Sagaste Ayesa… Así, vamos a hincarle el diente a Eduardo Viñuales Cobos y a su emotivo discurso de recepción del Premio 2008:
“Hay un pensador del siglo XIX, un tipo curioso llamado Henry David Thoreau, que escribió: La naturaleza, que está por encima de estilos y épocas, compone en estos días su poema Otoño. Ninguna obra humana podrá nunca compararse con él.
”Hace medio año, yo escribí y fotografié para una revista regional un reportaje sobre el otoño en los bosques de hayas de Aragón. Los hayedos son los bosques mágicos por excelencia de nuestra tierra. Son como seres de otro mundo: con una verde y tupida pantalla de hojas que tan apenas deja pasar los rayos del sol, con troncos y ramas cubiertas de verdes musgos y líquenes, con oquedades que dan casa y refugio a muchas aves como el cárabo…, les gusta la humedad, la caricia de las nieblas y nubes bajas…, y son rincones naturales donde se han sucedido historias mágicas, leyendas protagonizadas por gnomos, brujas y personajes mitológicos. Al menos, eso dicen las historias que, generación tras generación, hemos escuchado de nuestros abuelos. El reportaje que realicé para la revista La magia de viajar por Aragón del mes de noviembre de 2007, distinguido con este primer premio Santiago Sagaste habla de estos lugares…, del bosque del Betato en el valle de Tena, del valle de Bujaruelo, de las hayas del Cañón de Añisclo que viven en las profundidades de un formidable desfiladero fluvial de los Pirineos, de la Selva de Oza…, o de los hayedos que cubren la cara norte de la Sierra del Moncayo. Cuántas vivencias hemos tenido allí: paseando, descansando, comiendo en compañía de amigos y familiares, durmiendo, viendo pájaros, tomando fotos…, en definitiva, libres y felices en este mundo de montañas y naturaleza bien conservada.
”La vida nuestra, la de los montañeros, naturalistas y periodistas ambientales, es un vivencia llena de pasión y de sentimiento en el monte: perdemos la razón cuando descubrimos una flor o un simple insecto que hacía años que buscábamos porque habíamos visto su foto en un libro, nos embelesamos cuando los bosques cambian de color o cuando estallan las más feroces tormentas de verano, dormimos a pierna suelta en el suelo de los montes –a veces junto a/o sobre la nieve–, madrugamos tremendamente para escuchar el canto de un urogallo…, o pasamos días y largas horas inmóviles y escondidos acechando en el interior de un hide o escondite de tela de fabricación casera con la ilusión de que el animal que tanto queremos ver y fotografiar se pose delante de nuestra mirada. Luego, siempre satisfechos, nos vamos a casa, preparamos nuestra imágenes, escribimos lo que hemos vivido…, y así lo compartimos con todos ustedes a través de reportajes, en mi caso publicados a través de revistas de viajes, naturaleza y montaña.
”Hoy, en este momento tan especial para mí, quiero agradecer también el apoyo que me han prestado en esta ocasión Ana Esteban y Encarna Samitier, periodistas de Heraldo de Aragón que desde la revista La magia de viajar por Aragón me brindan habitualmente la oportunidad de colaborar extensamente en sus páginas. Por cierto, que Encarna me da recuerdos para la familia de Santiago, ya que les recuerda como unas personas excepcionales. También quiero destacar, aquí, el ánimo que siempre me presta mi familia, mis padres y hermanos, y algunos amigos montañeros y montaraces como Alberto Martínez Embid o Marta Iturralde.
”En estos días atrás precisamente, he revisado una vez más el libro Santiago Sagaste, un camino de cimas desde Ejea hasta el Dhaulagiri que escribió hace unos meses Alberto Martínez Embid. Es una obra literaria llena de emociones, de vivencias, de instantes irrepetibles y de preciosos momentos en la montaña donde Santiago es el protagonista. Gracias a sus páginas, de nuevo he conocido a este muchacho de Ejea de los Caballeros con el que me siento identificado por que formamos parte de ese grupo de gente que lleva en el corazón lo mejor de la naturaleza, las montañas y lo más salvaje de cordilleras como nuestro querido Pirineo, el Himalaya o los Andes. Santiago estaba enamorado de las nieves, de las cumbres, de las aristas de rocas…, y mira por dónde, parece ser que tenía especial predilección por este árbol amante de la humedad, el haya. Qué rabia que esta pasión se lo llevara en el año 2007, con tan sólo treinta y tres años. Tendríamos tantas cosas que hablar y que compartir… A él quiero dedicar sin duda este premio, este orgullo de galardón que lleva su nombre. A él le dedico mi visión por los hayedos en otoño.
”Es muy satisfactorio contribuir a que exista un concurso en memoria de un montañero como él. Y es especialmente emotivo estrenar un premio con el nombre de un montañero que no sólo subía montañas, que supo y pudo llegar muy alto, sino que para mí es muy importante saber que él quiso estar presente y comprometido también para defender la montaña de las amenazas que las desvirtúan y degradan, muchas veces fruto de la codicia humana.
”Terminando ya, quiero agradecer una vez más al Ayuntamiento de Ejea y al jurado del premio que hayan pensado que mi reportaje sobre los hayedos de Aragón era merecedor de este galardón. Para terminar, les leeré una frase que leí el otro día y que dice así: Todos vivimos encerrados en las celdas de una prisión. Pero algunos de nosotros somos afortunados. Nuestras celdas tienen ventanas.
”Sean felices…, y si es posible, admiren la naturaleza desde su ventana, tal vez allí, al otro lado del cristal, se levanta una montaña donde crezca un haya preciosa que, quién sabe, esté cambiando de color”.
A que los miembros del jurado estuvieron atinados, ¿eh?
Placas fantasmas del Pirineo
Publciado por albertomartinez - 11/03/09 a las 05:03:54 pm
Me cuesta creer en fuerzas sobrenaturales o paranormales, que lo mismo me da. Y, sin embargo, cuando repaso ciertos acontecimientos de la crónica pirenaica, me asaltan las dudas. Como, por ejemplo, ante ciertas fantasmagorías de los entornos del Monte Perdido y del Vignemale. Acaso, la próxima vez que suba a estas montañas, incluya en mi mochila una güija de bolsillo o el manual del parapsicólogo perfecto. Más que nada, por probar si esos espíritus que, al parecer, rondan la Brecha de Tucarroya y el Couloir de Gaube, me resultan favorables y se materializan para confiarme sus secretos. ¡Quién sabe si no terminaré protagonizando uno de esos programas de Iker Giménez! Ya me estoy viendo en el plató, ya…
Mientras tanto, voy a repasar el primero de estos casos insólitos que he insinuado: el de la llamada Placa Fantasma de Tucarroya. Una historia espeluznante como pocas, que podría competir con los sucesos de las Caras de Bélmez…, aunque tenga un arranque tan auténtico como romántico. Érase una vez cierto dentista de origen polaco que vivía en Condom y que estaba enamorado del Monte Perdido… Éste sería en buen comienzo para nuestra historia, insisto que del todo real. En efecto, Louis Robach quedó tan prendado de la cúspide del Macizo Calcáreo que la visitó en cuarenta y tres ocasiones: la primera de ellas en 1900 y la última en 1948. Si las cuentas no fallan, se despediría de la cota 3.355 metros a la edad de setenta y siete tacos. Merece la pena entretenerse en el texto de la tarjeta de visita de este personaje tan singular: “Louis Robach. Astrónomo, fotógrafo y alpinista; en ocasiones, cirujano dentista (no tiene coche)”. Inmejorable definición de carácter.
Tras la muerte de Robach, sus amigos no tardaron en plantearse la posibilidad de situar algún recuerdo suyo lo más cerca posible del Monte Perdido: ¡los íntimos aseguraban que ni Ramond ni Schrader adoraron tanto a la mayor de las Treserols! Jean Bize, uno de sus habituales, propuso emplazar un busto suyo en un lugar relativamente humanizado: a 2.669 metros y en la Brecha de Tucarroya, donde ya existía el refugio de bóveda doble y su descomunal Virgen de Lourdes… Dicho y hecho: el 12 de agosto de 1962, se adosaba a la pared occidental del collado una gran plancha de bronce de veintiún kilos de peso con la efigie del pirineísta desaparecido y la siguiente inscripción: “Louis Robach. 1871-1959. 43 ascensiones al Monte Perdido”. En tan emotiva ceremonia, además de Bize, estuvieron presentes un hijo y un nieto del pirineísta, así como un nutrido grupo de montañeros. Porque, tras trasladar el bronce en un mulo hasta la Hourquette de Allanz, desde dicho collado tuvo que ser subido hasta la Brecha en la espalda de los voluntarios.
Sinceramente, he de reconocer que soy poco partidario de sembrar las montañas con evocaciones funerarias de quienes ya no están con nosotros; mucho menos, en lugares demasiado ostentosos o frecuentados… Sin embargo, la verdad es que la placa conmemorativa se emplazó en un lugar magnífico, justo frente a la cara norte del Monte Perdido. Cualquiera hubiese pensado que su acreedor, donde quiera que estuviese, iba a mostrarse feliz ante semejante elección. Pero, pero, pero… A los pocos años, ¡la hasta entonces llamada Placa de Robach desapareció! Así es: sin que nadie supiera cómo, sencillamente voló del collado fronterizo. Sin duda, cosa de las oscuras fuerzas del Más Allá… ¿Acaso había meigas en la Plana del Marboré? Nacía la leyenda de la Placa Fantasma de Tucarroya. Más de uno hubiera pensado que, frente a los séracs del Monte Perdido, se había abierto un portal hacia la cuarta dimensión.
¿Qué hicieron los familiares y amigos de Louis Robach para recuperar el gran bronce? ¿Recurrieron a médiums, hicieron vudú, fomentaron misas negras, sacrificaron a una joven virgen del CAF en una noche de solsticio y a la luz de la luna…? Misterio. El caso es que en el año 1989, la efigie del Amante del Monte Perdido se materializó en una chatarrería de Tarbes. Es decir: a 38 kilómetros de su ubicación original y a 304 metros sobre la altura del mar. ¿Quién fue el responsable de esta especie de viaje astral? ¿Cómo pudo aparecer tan lejos de Tucarroya…? Son enigmas de difícil resolución. De cualquier forma, el presidente de la sección local del Club Alpin Français, Maxime Vélut, la rescató. Y el 23 de julio de 1989, Gérald Robach, hijo del pirineísta desaparecido, volvía a situarla en su emplazamiento primitivo, arropado por una pequeña representación de los presidentes de los clubs regionales, amén de Michel Weidner, el biógrafo de su padre. ¿Y esta placa, goza hoy de buena salud? Pues, de momento, todavía sigue allí, a salvo del desguace pecuniario o de los iconoclastas montaraces. Habrá que cruzar los dedos, porque el precio del bronce anda por las nubes…
Cambio de decorado y nueva batallita. Esta vez, nos vamos hasta la cara norte del Vignemale; más en concreto, al Couloir de Gaube, lugar mítico del pirineísmo donde los haya… Durante largos lustros, ésta fue la vía más reputada de los Pirineos: abierta en 1889, no contempló su primera repetición hasta 1933. Cuatro años después, únicamente seis cordadas se habían paseado por su lengua helada: un club selecto de veintiún escaladores; casi todos ellos, con buen pedigree. Por tal motivo, el director del Musée Pyrénéen de Lourdes, Louis Le Bondidier, decidió que aquella lóbrega canal merecía disponer de una placa conmemorativa que celebrase a los artífices de su escalada. Así, para dar relieve a la gesta de Henri Brulle y los suyos, encargó al trío formado por Robert Ollivier, François Cazalet y Gabriel Busquet, que instalase un mármol de tamaño moderado en sus profundidades. El 15 de agosto de 1937, estos escaladores rapelaron unos cuarenta y cinco metros desde la Brecha de Gaube con su carga… A partir de aquí, la crónica se va a enmarañar de manera notable: unos dijeron que instalaron la placa, bien anclada mediante clavos y cemento, en el tercio inferior del muro de hielo. Otros afirmaron que más abajo, en un flanco del famoso bloque empotrado. En cuanto alguien escalase el corredor, se saldría de dudas…
Mas desde la salida su visitante número veintidós, del Couloir de Gaube sólo iban a arribar noticias insólitas: todas las cordadas que lo recorrieron después del año 1937, declararon no haber observado mármol alguno, a despecho de haberlo buscado… ¡Semejante desaparición daría lugar a pintorescos comentarios! Alguno, de corte malicioso, con el fin de incomodar y poner en duda las ascensiones de nueva hornada: “Quien no ha visto la placa, no ha debido de ganar el corredor…”. Al menos, para las cordadas de la vertiente norte, puede decirse que la Placa de Gaube se eclipsó. En 1984, Ollivier todavía afirmaba que “nadie volvió a ver, por lo que sé, esta placa conmemorativa”. Acaso se le escapara la pista que aportó la ascensión de Ferrera, Baruta y Molina, el 25 de julio de 1947: “A unos ochenta metros de este último trozo de roca, y junto a un pitón, hallamos una lápida de mármol que rememora un accidente ocurrido en dicho lugar en el año 1800”. Con toda seguridad, se trataba del avistamiento postrero de la ahora denominada como Placa Fantasma de Gaube, que muchos creyeron una especie de broma para poner a prueba a los candidatos a esta ruta…, ¡aunque Le Bondidier jurara y perjurase que él la había pagado y que guardaba la factura!
A este enigma sobre la existencia real del mármol, habría que añadir el misterio de su texto grabado, pues Ollivier dijo que “llevaba los nombres de los primeros vencedores del Couloir”. Es decir: el quinteto formado por Brulle, Bazillac, De Monts, Passet y Bernat-Salles. Un listado tan largo hubiera debido hacer sospechar que, en este tema, también había gato encerrado. Y, sin embargo, el cándido autor de cierta novela titulada Flor de Gaube (Desnivel, 2001), picó el anzuelo, hizo caso a Ollivier e incluyó cierto final para su obra con la placa de marras de por medio… Ahora, el referido escritor, cuando quiere realizar una cura de humildad, acude a la página 183 de su libro y, mientras se azota, relee el texto de la Placa Fantasma de Gaube que él dio como bueno: “Henri Brulle, Jean Bazillac, Roger De Monts, Célestin Passet y François Bernat-Salles. 7 de agosto de 1889”. Naturalmente, estaba equivocado…
Al menos para mí, el misterio de Gaube se resolvió de forma rotunda sobre el año 2002: Patrice de Bellefon leyó Flor de Gaube y, en la primera ocasión que tuvo, me llevó a su casa de Gerde. Y, sobre la mesa de su despacho, me enseñó los trozos de la placa desaparecida… ¡Luego existía! En efecto: el gran pirineísta fue recogiendo los diversos fragmentos a pie de vía, en el curso de esa docena de ocasiones en que subió el Couloir de Gaube trabajando como guía. Así, la desdichada placa debió de caerse a los diez o doce años de su emplazamiento, castigada por el clima atroz de la canal, para yacer en la rimaya de la base. Hasta finales de los cuarenta, el hielo pudo hacer de las suyas y camuflarla en la pared… Mas, con los tres grandes pedazos que Bellefon guardaba en su casona, al menos acerté a reconstruir su leyenda: “A Henri Brulle. 7 agosto 1889. In memoriam”. Caramba, caramba, caramba: Le Bondidier sólo había incluido a uno de los protagonistas de la escalada, aunque fuese su principal instigador… No es extraño que la justicia del Vignemale acabara con una lápida tan parcial: en esta inscripción, se habían olvidado a los otros cuatro miembros de la cordada vencedora… ¿Acaso Bazillac, De Monts, Passet y Bernat-Salles regresaron a este mundo en plan Poltergeist para arrojarla al fondo de la rimaya? Ah, las vanidades humanas…, ¡por no hablar de las que regresan desde ultratumba!
Las espesas brumas de lo sobrenatural parecen seguir envolviendo estos célebres monumentos del pirineísmo: la Placa de Robach en la Brecha de Tucarroya y la de Brulle en el Couloir de Gaube… Iker: espero tu llamada. Me he comprado varios modelitos de bakaladero de la Nacional III para salir majo en Cuarto Milenio… ¡Hale, preparad todos los DVD, que prometo dar mucho juego ante las cámaras!
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