El más chulo de Gaube

 

            Me veo obligado a presentar con rapidez una especie de segunda parte de mis divagaciones sobre los piolets asesinos. Desde que colgué dicho texto en este blog, diversos acontecimientos han adelantado algo remotamente parecido a un apocalipsis pioletero: representantes de conocidas marcas de material se pusieron en contacto conmigo para saber si alguno de sus modelos se había visto implicado en crímenes… En cierto Principado pirenaico muy mercantil, han descendido drásticamente las ventas de estos trastos, tanto los técnicos como los de randonneur… Incluso he sabido que la policía municipal de Zaragoza detectó a una serie de individuos arrojando por la noche al Ebro unos misteriosos fardos lastrados que parecían contener picos pequeños… ¡Caramba, no sabía yo que el influjo de desnivel.com llegara tan lejos! Pero, tras conocer la existencia de los piolets homicidas, no hay que dejar que nos tome el pánico: estos artilugios también pueden resultar benignos desde el punto de vista moral.

Ciertamente, existen testimonios indulgentes hacia estos útiles de alpinista. Para romper una lanza en su favor, recurriré al historial del piolet más famoso del pirineísmo apoyándome en cierta novela cuyo título hace referencia a su nombre: Flor de Gaube (Desnivel Ediciones, 2003)… Aunque, primero, he de aclarar que, en tiempos pasados, cada alpinista bautizaba sus piolets a modo de simbiosis y afecto con esa especie de compañeros de cordada, inanimados y poco habladores. Así, en contra de lo que se pueda creer tras observar la portada del referido libro, ¡Flor de Gaube no era el mote artístico de ninguna protagonista venezolana de culebrones televisivos! No: Fleur-de-Gaube aludía al nombre del piolet más célebre del pionero de la escalada, Henri Brulle. Quien desee saber más sobre su dueño, no hará mal en rebuscar el artículo que le dedicara, hace no mucho, la revista Desnivel (nº 265, agosto de 2008). Por motivos de espacio, dicho trabajo no permitió desentrañar ciertas peripecias trepadoras de este abogado de Libourne. Desde aquí, aportaré algún jaloncito más de esta crónica trepadora a caballo de los siglos XIX y XX…

Antes de que los portasen Brulle y compañía, los apodados Rompecuellos del Club Alpin Français, apenas se habían visto por el Pirineo piolets, un instrumento alpino por excelencia. El bueno de Henri Brulle adquiriría el primero de los suyos, a la par que Jean Bazillac y Célestin Passet, en los Alpes del Delfinado y durante el verano de 1883: los estudiosos los han designado como los Tres Piolets Saint-Christophe; además, tuvo otro de origen británico, llamado Cumberland, desde el año 1894. Sin embargo, el más conocido, con diferencia, fue Flor de Gaube, cuya traducción acertada al español querría significar algo como “el mejor de Gaube”: ¡nada que ver con la flora de dicho valle del Pirineo central! Claro que un castizo lo hubiera expresado de una forma más rotunda: aquel piolet resultó ser “el más chulo de Gaube”…

Vamos a rastrear un poco sus hazañas. El caso es que el origen de Flor de Gaube aparece confuso, pues no se sabe con certeza si perteneció inicialmente a un joven guía suizo llamado Gottlieb Meyer, o simplemente se trataba de una copia de su particular modelo de picolet… De cualquier manera, el utensilio del helvético, mucho más corto de lo que entonces era habitual, fascinó a Brulle en cuanto lo vio durante su viaje al Berner Oberland de 1886: el pirineísta no tardaría en interesarse sobre cómo podía conseguir uno de estos, digamos, piolets técnicos de los icemen del siglo XIX. Ni corto ni perezoso, debió de cerrar algún tipo de trato con dicho guía, truncado a raíz de su muerte en un accidente en el Schreckhorn… Así y todo, Meyer padre terminó por sacar adelante el acuerdo de su vástago y, desde Grindelwald, envió un piolet a Libourne por correo. Actualmente, se mantiene la duda sobre si ese Flor de Gaube exhibido en la Sala de Honor del Pirineísmo del Musée Pyrénéen de Lourdes perteneció antes a Gottlieb Meyer o si se trataba de una réplica. Para el caso importa poco, pues Brulle protagonizaría con dicho instrumento diversos hechos memorables: el más reputado, la superación del difícil bloque empotrado durante la primera al couloir de Gaube, un 7 de agosto de 1889. No puedo resistirme a reproducir un fragmento novelado de este hecho histórico, extraído del texto que publicara Desnivel Ediciones en 2003:

“Por lo que veía Brulle, las fuerzas del hombre de Gavarnie comenzaban a menguar. En tal caso, ¿sería preciso descender el corredor? ¿Alguno de ellos sobreviviría a la experiencia de pasar una noche dentro del mismo? ¿Se iban a congelar allí sin remisión o se precipitarían en la gran grieta del comienzo? En apariencia ajeno a todas estas cuestiones, realizando un alarde de inmensa paciencia, Célestin Passet volvió a calzarse con calma las botas claveteadas y los crampones. Mientras ajustaba, en tan incómoda posición, el lío de cordones y de correas a sus pies, el guía pensaba en realizar el esfuerzo postrero, antes de considerar un repliegue en el que tenían muy pocas posibilidades de triunfar. Una vez más, alzó la mirada hacia el gigantesco bloque que les impedía el paso y que parecía querer burlarse de su arrogancia de humanos. Era muy tarde…, ¡ya tendrían que estar traspasando la Brecha de Gaube! Luego, sopesó su viejo piolet alpino de Saint-Christophe, que tan escasamente útil se había mostrado. Un destello de inspiración hizo reparar a Célestin que, con esta herramienta tosca y de pegada poco efectiva, jamás lo conseguirían. Sin embargo, contaban en el grupo con otro piolet mucho más compensado y ligero de peso, de pico fino y penetrante…

–”Señor Brulle, esto no marcha bien –le dijo a su cliente, clavando en él su mirada franca–. Con mi piocha, no logro romper la costra de hielo. ¿Quiere usted dejarme la suya, para ver si me va mejor?

”Henri Brulle, sorprendido por la inesperada propuesta, asintió con un gesto vago y le pasó con cuidado su piolet. En cuanto lo tuvo en la mano, Célestin sintió crecer en él una agradable sensación de optimismo. Ciertamente, el útil del abogado de Libourne parecía, con mucho, más adecuado para golpear el hielo vítreo de Gaube. El primer impacto de tanteo le transmitió, amplificadas, estas impresiones positivas. Con movimientos certeros, el guía volvió a descargar el piolet de Brulle contra el revestimiento de la roca, logrando, ahora sí, que grandes fragmentos cayesen sobre sus cuatro ordenados compañeros. Uno de los mayores fue a parar a la cabeza de su paisano Salles, quien, al marchar el último, no le prestaba tanta atención como los demás, hiriéndole levemente en la frente a pesar de su desmesurada boina. El trabajo de zapa, en contra de las apariencias, hubo de ser muy lento, y siempre acompañado de enormes precauciones. ¡Ni Miguel Ángel debió poner tanto cuidado cuando labró las primeras vetas del bloque de mármol que terminaría resultando su David! Porque, en cualquier momento, Célestin podía perder el equilibrio y caer sobre sus compañeros, provocando una tragedia colectiva. El propio montañés llegó a pensar que jamás alcanzaría la parte superior del peñasco empotrado. Pero, tras obtener unas muescas mínimas en la roca, después de hacer saltar el verglás y alzarse sobre aquellos interminables cinco metros, Passet acertó a apoyar la rodilla sobre el remate del gran bloque, tembloroso y casi exhausto”.

¡Así pudo fraguarse la victoria del couloir de Gaube, por obra y gracia del piolet que hoy nos ocupa! Ya entre las manos de Henri Brulle, Flor de Gaube resultaría imprescindible para lograr otra proeza: que su dueño escapara de esa gran grieta del glaciar de Ossoue por la que se precipitó en 1893. ¡Su famosa escalada de tres metros junto a René d’Astorg y Roger De Monts…! Parece oportuno detenerse unas líneas más en un percance poco difundido que tan caro estuvo a punto de costar a estos escaladores de primera hora… Así, de regreso de otra ascensión, el referido trío bajaba por el glaciar Este del Vignemale, un tanto descuidado y con prisa, pues habían quedado con Henry Russell en sus Cuevas de Bellevue para tomar el té… ¡Cosas de los icemen decimonónicos! El hombre de cabeza, Brulle, no reparó en el aspecto sospechoso de una mancha de nieve que, en realidad, ocultaba una grieta enorme, de ésas anteriores a la recesión de los hielos pirenaicos, cuyo fondo ni se atisbaba. El galo se cayó adentro, quedando encajado a tres metros de la superficie y entre dos provindenciales salientes. Menos mal: sus compañeros De Monts y Astorg lo habían retenido mediante la cuerda en muy mala postura, con los nudos de cintura a punto de estrangularles mientras sus manos se desollaban al sujetarlo. Tal era la precaria técnica de aseguramiento en glaciar de finales del siglo XIX: el anudamiento que empleaban, el llamado del Alpine Club, demostraría, en la práctica, ¡ser corredizo! Al menos, Brulle aferró en su mano a Flor de Gaube: gracias al concurso de su pico lograría ascender en ele por la grieta, centímetro a centímetro, hasta salir a la superficie… Tras este nuevo servicio, el pirineísta retiró el piolet de la primera línea, colocándolo en el sitio preferente de su casa: sobre la chimenea. ¡Su artilugio suizo se había ganado holgadamente la jubilación!

Como hemos podido ver, Flor de Gaube fue un piolet bueno por excelencia, que acaso desprendiese lo que los místicos definirían como karma favorable… Cosa que no pasó con todos los cachivaches de Brulle. Por ejemplo, se sabe que nuestro protagonista estuvo a punto de batirse en duelo con un alemán sirviéndose del llamado Saint-Christophe, por defender el honor de una dama inglesa con la que mantuvo un idilio al filo de la Dent Blanche alpina, allá por el verano de 1885. Con toda esta escenografía desplegada, uno sólo puede preguntarse si Henri Brulle logró llevarse la gata al agua

Olvidando estas tendencias duelistas del de Libourne, se ha podido constatar que existen piolets de los que sólo se contarían bondades. A saber: el del denominado milagro de la Gran Facha que, en 1940, frenó la caída de Maïte Chevalier en el helero somital de dicha montaña a pesar de haberse roto su regatón…, el del buzón del pico Central de las Frondellas, que nos saluda en cuanto visitamos el referido cordal y ofrece las mejores perspectivas del Balaitús…, el del Centre Excursionista de Lleida que guarda el socio que completa la Lista Izard de tresmiles pirenaicos…, o el que sirve de tirador en la entrada de la Librería Desnivel en la plaza Matute de Madrid y que abre de par en par el maravilloso mundo de la literatura de montaña. ¿Será que la moralidad de un piolet depende en buena parte del karma que destila la persona que lo empuña?

Los piolets asesinos

 

Todo en esta vida es complicado. Y, ciertamente, la elección de algunas piezas del equipo montañero no iba a constituir la excepción… Pues sí: resulta que existen piolets buenos y piolets malos. Pero no me refiero a la calidad de los materiales con los que estas herramientas de alpinista hayan podido ser confeccionadas. No; aquí se va a penetrar en el poco conocido lado moral de nuestros queridos piolets. Porque resulta que los hay mejores que otros…, en el plano espiritual, se entiende. Puestos a indagar desde el eje del mal, veamos un trío de ejemplos negativos.

Comenzaremos con una mini empanada de historia, bien aderezada con sangre: érase una vez un líder de la Revolución soviética llamado Leiv Davidovich Bronstein, conocido universalmente por su alias de León Trotsky… Fue el compañero de aventuras de Lenin durante su asalto al poder, fundamental como creador del Ejército Rojo y artífice de su victoria sobre los Blancos en la Guerra Civil rusa. Pues bien: tras la muerte de Lenin en 1924, Trotsky comenzó a perder cota de poder por cuenta de su archienemigo Stalin. Una serie de divergencias ideológicas profundas con este último fueron las causantes de su caída progresiva: depuesto del cargo de Comisario del Pueblo para el Ejército y la Marina en 1925, expulsado del Partido Comunista en 1927, desterrado de la URSS en 1928… Tras vivir algún tiempo en Turquía, Francia y Noruega, León Trotsky tuvo que refugiarse en México hacia 1937, justo un año después de ser condenado a muerte en su patria con el proceso Zinoviev-Kamenev. En 1940, nuestro revolucionario en desgracia residía en la ciudad de México, bien rodeado de secretarios y guardaespaldas. Sus informantes no debieron de andar muy finos, pues permitieron que se le acercase cierto tipo que se presentó como Jackson y que dijo ser periodista: en realidad, se trataba de un agente de la policía secreta soviética de origen español, llamado Ramón Mercader. El caso es que nuestro falso Jackson logró ganarse la confianza de Trotsky a lo largo de seis meses de trato frecuente…El 20 de agosto de 1940, Jackson-Mercader consiguió lo que tan pacientemente había esperado: quedarse a solas con Trotsky con la excusa de mostrarle un artículo suyo, sin que hubiera ni gorilas ni chupatintas de por medio… Aquel día, el espía del GPU vestía un impermeable largo, bajo el cual llevaba escondidas tres armas para cometer el crimen que Stalin le había encomendado: una pistola, una daga y…, sí, sí, ¡un piolet! Aquí llegamos al punto crucial de esta batallita del todo verídica: sin que se sepa el motivo, Ramón Mercader eligió para su atentado el último de estos instrumentos, golpeando con él a su víctima una sola vez y en la parte superior del cráneo… Trotsky únicamente acertó a morder a su agresor en la mano, reteniéndole para que lo detuviera su torpón servicio de seguridad, e impidiendo que huyese o se suicidara como era su intención. Leiv Davidovich Bronstein Trotsky falleció tras veintiséis horas de agonía como consecuencia de aquel formidable pioletazo recibido.

El historial de nuestro piolet asesino, rastreado como si fuese un verdadero criminal, resultó bastante curioso: aunque Mercader dijo a la policía haberlo comprado en Suiza para ascender el Orizaba y el Popocatepl mexicanos, al parecer se trató de una mentira, pues se lo había robado al hijo del dueño de una zona de acampada cercana a las referidas montañas. Aquel piolet que terminaría adquiriendo notable popularidad mediática en 1940, puesto que apareció retratado en las primeras páginas de los periódicos de medio mundo… Poco más se iba a conocer del atentado, dado que los servicios secretos de Stalin lograron liberar a Mercader de su prisión mexicana. Nunca se supo por qué, de las tres armas, se decantó por el piolet: ¿al ser más silencioso que la pistola pero más efectivo que el puñal?

Pasemos a un segundo caso de piolet considerado como pernicioso… En esta ocasión, un ejemplo exclusivamente literario, pues se trata del verdadero protagonista de la novela The first deadly sin (1973), de Lawrence Sanders… Su trama nos habla de una serie de brutales asesinatos cometidos en la ciudad de Nueva York: varios hombres estaban resultando abatidos con un arma misteriosa que podría ser desde un hacha de leñador hasta un tomahawk indio. El teniente Huevos de Hierro Delaney terminará por identificar dicho utensilio con un piolet de alpinismo, lo que originará una enloquecida búsqueda del mismo por toda la ciudad: cualquiera de los doscientos mil norteamericanos que por entonces practicaban el montañismo en gringolandia podía ser su dueño y, quizás, el asesino que perseguían… Así, los detectives comenzaron por rastrear todas las adquisiciones de piolets en la ciudad durante los últimos siete años, lo que redujo la búsqueda a doscientos cincuenta deportistas. Pero el asesino seguía matando sin dejar pistas… La novela describe varios de sus asaltos, como el efectuado contra un policía-señuelo: “En el momento de rebasarlo, Daniel Blank cambió el piolet de mano y comenzó su giro. Mientras lo hacía, advirtió que la víctima se detenía de golpe y comenzaba el suyo… Se elevó el piolet. Los paquetes de Navidad cayeron al suelo. Luego hubo dos manos aferradas a su muñeca izquierda… Quedaron aplastados. Blank, encima del hombre, cuyos ojos se veían empañados por una especie de agotamiento. Sus manos soltaron la muñeca de Blank, de modo que éste movió el piolet arriba y abajo, golpeándolo con furia, en un éxtasis; porque este ataque había sido el mejor… Hasta que el joven se quedó quieto, con sus ojos negros brillantes, Blank dejó el piolet a un lado un momento; volvió a coger el piolet, se tambaleó en cuclillas, miró vivamente a su alrededor… Blank se quedó alerta unos segundos y se pasó la presilla del piolet a la muñeca muerta, debajo del abrigo”. ¡Hala, de nuevo sangre a borbotones…!

Resulta apasionante seguir el trabajo de investigación policial, que sólo se pone sobre la buena pista a raíz de unas multas por exceso de velocidad que se le atribuyen a cierto individuo violento que ha agredido a un homosexual… En este Primer pecado original (versión en español de Ultramar, en 1983) se asiste a autopsias reveladoras de la intimidad de nuestro utensilio alpinista o a curiosas conjeturas sobre la simbología del uso del piolet “como falo” y de su curvatura hacia abajo “como signo de impotencia sexual”… Empanadas mentales aparte, hacia las tres cuartas partes de esta larga trama, Huevos de Hierro por fin consigue encontrarse cara a cara con el piolet asesino que busca. Un momento emocionante, que casi dota de personalidad humana a un mero ensamblaje de acero al cromo-níkel-molibdeno con madera de fresno: “Ahí estaba. Fue así de fácil encontrarlo. Un piolet de alpinismo. Delaney lo observó sin ningún regocijo. Quizás, con satisfacción. Simplemente eso. Permaneció casi un minuto estudiándolo. No porque dudara de sus ojos sino para memorizar su posición exacta. Apoyada sobre el extremo del mango, y la cabeza contra dos paredes, en un rincón. La presilla de cuero doblada hacia la derecha, y luego vuelta a doblar sobre sí misma. El capitán la tomó con su mano enguantada. La examinó atentamente. Made in Germany. Lo olió. Acero engrasado. El mango, oscurecido por las manchas de sudor. Con una de sus herramientas, corrió suavemente el cuero que recubría el acero. No había manchas debajo del cuero. Pero tampoco había esperado encontrar ninguna”. De este modo se conformaba el principio del fin de este pintoresco asesino en serie y de su peculiar arma: un piolet malvado; alemán, para más señas.

Sin rebuscar mucho, podríamos hallar nuevos rastros de piolets poco de fiar entre las páginas de la literatura. Porque, ¿era bueno ése otro que Roger Frison-Roche situó fuera del alcance del protagonista en su novela de 1947 sobre la Grieta en el glaciar? Todavía me acuerdo de la fuerte impresión que, de adolescente, me causó leer el párrafo en el que Zian se percata de que jamás podrá salir con vida de la grieta alpina en la que se ha precipitado cuatro días atrás: “A su lado, se produjo un choque sordo. Volvió la cabeza. El agujero de arriba se había agrandado por la acción del sol y el piolet –ironía del destino– acababa de caer junto al prisionero. ¡Su piolet! Tuvo un breve sobresalto e intentó cogerlo pero, aunque su alma era la que seguía mandando, los músculos ya no le obedecían. ¡Demasiado tarde! Su fiel compañero de las cumbres yacía allí, clavado a menos de dos metros, y no podía alcanzarlo. Hizo un esfuerzo imposible por cogerlo de nuevo y acariciar el pulido mango, que conservaba todas las cicatrices de una azarosa carrera. Se arrastró, rodó hasta él y, como sus dedos ya no se abrían, lo oprimió torpemente con el codo y lo colocó junto a su pecho. ¡Ah, si lo hubiese tenido el primer día! ¡Vaya un sarcasmo! Pensó en los esfuerzos sobrehumanos que había realizado para labrar, con una miserable clavija, aquella monstruosa escalera hacia la luz. ¡Qué fácil hubiese resultado hacerlo con esa bella herramienta que producía tan claros tintineos sobre el hielo negro!”. Así, recordando aún lo deprimente que me resultó en su tiempo esta lectura (versión española de Juventud, en 1949 y 1983), no me atrevo a asegurar nada sobre el carácter de este piolet made in Chamonix de Zian; como poco, podría catalogarse como inoportuno… Vamos: que incurrió en una omisión de socorro como la copa de un pino.

Mejor no abusar con más historias sobre piolets asesinos o pasotas, e interrumpir aquí nuestra visita al lado oscuro de estos artilugios montaraces… Y, en tanto se dilucida esta cuestión sociológica en una próxima entrega, recomiendo no llevar a nuestros piolets hasta una fundición para que los destruyan al estilo del Terminador de Schwarzenegger pensando en evitar que pudieran verse implicados en algún tipo de crimen… No; no hay que ser miedoso en nuestros tratos con los piolets. En todo caso, cuando vayamos a adquirir uno nuevo, simplemente baste con preguntarle al vendedor si el elegido llega con las debidas garantías de moralidad. Tampoco cuesta nada ser prudente…

El aullido del hombre-lobo…

 

He de confesar mi predilección por los hombres-lobo. No por los licántropos convencionales, al uso de la vieja productora de cine de terror, la Hammer británica… Así, mucho más que por las desdichadas presas de Van Helsing, emérito cazador de criaturas malignas de todo tipo, o de Buffy, su sensual sucesora norteamericana, tengo que reconocer mi inclinación por los loup-garou, que es como se denominaban a los hombres-lobo en el ámbito atlántico del Pirineo. Pero, antes de internarme por este terreno tenebroso, una pequeña aclaración autobiográfica…, ¡que promete ser breve y excepcional!

Conocí la existencia del Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura en su primera convocatoria, tras descubrir una reseñita en la Zona Verde del Heraldo de Huesca, allá por el mes de noviembre de 1998. Aquel hallazgo iba a resultar un curioso guiño del azar, pues quien firmaba dicha nota de prensa era Eduardo Viñuales, entonces un desconocido para mí y hoy amigo de los buenos… En cuanto al referido periódico, decir que mientras lo hojeaba tampoco podía saber que terminaría entregándoles más de doscientos cincuenta artículos sobre medio ambiente y naturaleza… Pero retomo el hilo. Ni que decir tiene, me presenté a dicha convocatoria del Premio Desnivel…, y a la segunda…, y a la tercera… Con pequeñas variaciones, quedé finalista en las tres, junto a otros compañeros en similares tesituras como Eduardo Martínez de Pisón o César Pérez de Tudela. Alguien me dijo que incluso se hacían comentarios humorísticos a costa de ese maño pintoresco que acudía año tras año, entregando el último día unos tochos desmesurados…, ¡y que nunca se llevaba el gato al agua! Llegados aquí, he de explicar que estoy convencido de que lo más recomendable en tales casos es que, cuando los miembros del jurado se brinden, el autor frustrado se ponga en contacto con alguno de ellos para que le concreten dónde se ha producido su gatillazo: acudiendo sin hacer alarde de autoestima herida, se aprende mucho con semejantes charlas… En mi caso concreto, nunca olvidaré lo amables que se mostraron Beata Rozga, Enric Faura o Sebastián Álvaro, así como alguno de los ganadores tempranos del Premio Desnivel como David Torres o Arantza López Marugán. Simplificando varias anécdotas más, decir que toda esta historia cobró para mí bastante interés cuando dos buenos amigos, Marta Iturralde y Álvaro Osés, ganaron respectivamente la cuarta y la quinta edición del Desnivel de Literatura… ¡Pero nadie debería desdeñar la cabezonería de un natural de Zaragoza!: me tomé mi tiempo, por fin hice caso de los buenos consejos recolectados y presenté al séptimo certamen al mismísimo Monstruo de Artouste. ¡Y el buen hombre-lobo de los Pirineos supo dar la talla…! Menos mal: si no hubiera sido así, no dudéis de que este aragonés cabezón hubiese seguido atormentando a los sufridos jurados del Premio Desnivel con sus hatos de papelajos entregados casi al límite del tiempo…

Creo que la batallita anterior explica aceptablemente el hecho de que los aullidos de un lobo no despierten en mí espeluzne alguno ni ansias de surtirme de estacas, ajos y crucifijos de plata. Ignoro si sucede así con los demás visitantes de la cadena pirenaica… Muy en especial, en lo que se refiere a los hijos de estas montañas, que debieran ser quienes portasen en sus genes un mayor terror a estas fuerzas ocultas procedentes del Infierno. Sin embargo, parece que el hombre-lobo se volatilizó hace mucho de la memoria oral de los Pirineos. Os aseguro que, entre 2002 y 2005, busqué sus rastros con verdadero interés entre los nativos pirenaicos. Y, a despecho de mis buenos contactos en los pueblos del sector que se extiende entre el valle de Tena y Hondarribia, el territorio por definición del loup-garou, reconozco que el resultado de mis pesquisas fue un auténtico petardazo. Tal vez pareciese normal que en la vertiente sur se ignorara a ese engendro que aullaba su maldición a la luna llena…, ¡demasiado artificioso para el carácter ibérico! Pero, en el lado septentrional de los Montes de Pirene, semejante ausencia extrañaba mucho más. Mis encuestas por tierras gabachas, llevadas a cabo entre montañeros y montañeses de poblaciones como Burdeos, Agen, Laroque-Timbaut, Pau, Lourdes, Tarbes, Gerde, Gavarnie, Arrens, Luz o Laruns, dieron siempre como resultado un descorazonador: “¿Hombres-lobo en los Pirineos? ¿Y desde cuándo?”. Especialmente curiosa resultó la negativa de uno de los pastores de la meseta del Soussouéou, quien me contó mil anécdotas de los dos osos que se paseaban por las cercanías de su cabaña e incluso me obsequió con un cuento sobre cíclopes osaleses que no aparecía ni en los libros sobre mitos. ¿Acaso dicho silencio sobre el loup-garou fuese un pacto forzado por el prefecto de los Pyrénées-Atlantiques para no ahuyentar al turismo familiar…?

Por lo demás, podía demostrar que el protagonista de mi novela, el Monstruo de Artouste (Ediciones Desnivel, 2005), no era fruto de mi calenturienta imaginación. Al menos, de creer en la veracidad de los textos de cronistas de siglos pretéritos… Para abrir el censo terrorífico de los Montes de Pirene, es preciso ceder la palabra al inquisidor De Lancre, quien halló durante sus viajes de 1603 por el norte de esta cadena a cierta criatura más demoníaca que humana: “Un joven de aproximadamente veinte años, de talla mediana, ojos huraños, hundidos y oscuros… Tenía los dientes muy largos, más anchos de lo normal, aunque de ninguna manera por fuera; las uñas también eran largas, negras desde la raíz hasta la punta, y se hubiese dicho que estaban a medio usar y más hundidas. Eso demostraba que utilizaba las manos para correr y para coger a los niños y a los perros por la garganta; tenía una maravillosa aptitud para ir a cuatro patas. Me confesó que tenía inclinación a comerse la carne de los niños pequeños, entre los que hacían sus delicias las chicas, pues eran más tiernas”. ¿Era éste el primer testimonio escrito del loup-garou del Labourd?

Además, existía el recurso de acudir a las citas de diversos viajeros del siglo XIX. Así, quien quiera rebuscar entre las peripecias de un escocés trotamundos llamado James Erskine Murray en 1835, sabrá de cierto “espíritu mutante de nombre loup-garou que aparecía bajo formas diversas, a veces con el aspecto de un perro de blancura considerable, en los lugares donde cuatro caminos confluyen, arrastrando a veces unas cadenas cuyo eco se escuchaba muy lejos”. Si además recurrimos al padre de los recopilatorios mitológicos del Pirineo, el siempre racional Eugène Cordier, hallaremos una alusión de 1855 a esos “señores misteriosos de la noche que atormentan con sus asaltos silenciosos a los campesinos que llegaban tarde, contra quienes de nada servía tirar una piedra: golpeaba al animal pero nunca le hería, y proseguía su asalto; si se le disparaba con el fusil, la bala rebotaba; así, el desdichado sólo podía lanzar un grito de desesperación cuando el loup-garou le miraba, antes de que su voz se extinguiese… Una especie de perro mágico que guardaba especial inquina contra la raza canina: cuando se encontraba con un perro auténtico, se alzaba sobre las patas de atrás y, por medio de una mandíbula armada con dientes de plomo, se lanzaba sobre él para despellejarlo salvajemente”. Un nuevo testimonio a tener en cuenta sería el del británico Charles Richard Weld, a raíz de lo que escuchó durante su excursión a Cauterets en 1858: “El carácter primitivo de estos montañeses no ha desaparecido del todo mediante el contacto con los turistas, y siguen disponiendo de un buen número de supersticiones muy curiosas: están convencidos de la existencia del loup-garou, una especie de monstruo malvado que es el equivalente del banshee irlandés”. Incluso los curas decimonónicos incluían entre sus relatos a estos seres infernales. Al menos, es lo que hizo en 1891 el padre François Capdevielle: “En Ossau se dice que, para hacer daño, los hechiceros y hechiceras adoptan la forma de gatos, de perros y de loups-garous, y así se dirigen al Sabbat o lugar de reunión presidido por el Diablo”. Sin embargo, no deja de ser curioso que, entre los modernos tratados de leyendas bearnesas, quien debiera ser su archi-malo por excelencia, haya caído en un olvido absoluto.

Hipotéticos pactos de silencio aparte, quizás debiéramos glosar aquí cuanto se sabe de estos monstruitos, por si resulta de alguna utilidad a quienes frecuentan el sector atlántico del Pirineo… Así, se suponía que los licántropos eran casi siempre varones: niños que habían nacido de pie, con los cabellos ásperos como los del lobo o con alguna mancha en la piel característica; con frecuencia, ofrecían un punto del cuerpo por el que no sangraban jamás… A estos supuestos hombres-lobo se les adjudicaba cierto poder de premonición, amén del bien conocido de la metamorfosis, que no siempre tenía que ser en lobo, aunque dicha bestia fuese su preferida por su fuerza y fiereza. Otro sistema para convertirse en loup-garou era a través de la mordedura de uno de ellos…, que por algún extraño motivo hubiese desistido de devorar a su víctima tras el ataque, lo más habitual. Las versiones más poéticas suponían que dicha metamorfosis se producía al cruzar a nado ciertos lagos malditos de montaña…, ¿como el de Artouste, en el valle de Ossau? La luna parecía disparar esa mutación, que potenciaba todos los sentidos del sujeto afectado hasta unos extremos sobrenaturales que le servían para dar caza a sus víctimas, a las que despedazaba con saña y devoraba; preferentemente humanos y, a poder ser, chicas jóvenes, pero asimismo ovejas e incluso perros. La tradición sólo concedía como remedio aceptable el cazar a estos licántropos con agua bendita de una iglesia dedicada a San Huberto o mediante proyectiles de plata. Otras culturas sostenían que el único sistema para terminar con él pasaba por su captura para que fuese quemado vivo sin el misericordioso estrangulamiento previo… Si, durante una cacería, algún loup-garou recibía heridas o mutilaciones, al regresar al estado humano las conservaba igualmente, lo que constituía un sistema ideal para su identificación. Se afirmaba que, en ocasiones, pudo constatarse que, mediante un golpe violento entre los ojos, los licántropos volvían a su naturaleza humana…, posiblemente, ¡con una severa conmoción cerebral!

Hasta aquí, los datos básicos que nos sirve la literatura. En ciertos ambientes, se creía que un hombre-lobo era tal durante los nueve años que duraba su maldición; si no cometía crimen alguno durante dicho tiempo, regresaba a su forma original. O que, durante su metamorfosis, siempre conservaba la voz y la mirada humanas. También se barajaba la teoría de que la transformación fuese algún tipo de castigo infligido por los dioses durante épocas antiguas… A veces, se aludía a estas mutaciones en lobos o en gatos como el medio más seguro de acudir a un sabbath presidido por el Diablo… Claro que, por el camino, estos seres que gustaban caminar a cuatro patas se entretenían devorando niños y aullando a la luna llena… Todo ello no era impedimento para que no todas las culturas juzgaran a los loup-garou en negativo: hubo quien sostuvo que, a través de la antropofagia, los afectados adquirían una fuerza y sabiduría prodigiosas. Por añadidura, se contaba que ciertos hechiceros arrojaban esta maldición sobre sus enemigos, si bien fuese más frecuente que se la reservaran para ellos mismos…

Se ha aludido al principio de estas líneas al cine de terror clásico. Ciertamente: tanto Van Helsing como Buffy hubieran veraneado muy a gusto en los Pirineos, entreteniéndose tan ricamente con los loup-garou…, y con sus primos. Porque la tradición popular ha ido presentando a algún que otro monstruito más. En 1857, narraba Kart des Monts de esa zona semidesértica del Béarn que se extiende entre Mauléon y Tardets, triste y escasa en vegetación como pocas, que constituía una especie de Transilvania pirenaica… Desde antiguo, nadie se acercaba al castillo de Lahonce, donde situaría a cierto joven noble de lúgubres hábitos comparable con Drácula: se decía que desenterraba los cadáveres para alimentar con ellos a su perro negro y a su caballo… Un desgraciado día, este nuevo abominable tomó por esposa a Marguerite, la más bella joven de la comarca, de la que nadie volvió a saber nunca más. Se supone que el vampírico ser la asesinó para trocearla en pedazos pequeños y comérsela entera…, salvo los bocados que apartó para su fiel can.

¡Ahora se comprende que los prefectos de los Pyrénées-Atlantiques hayan podido presionar para la erradicación de todas estas leyendas de la memoria colectiva! Sin embargo, espero que, en favor de la libertad de expresión, no se me declare persona non grata en el país vecino y que se me permita seguir cruzando la muga con frecuencia por el Portalet o el Somport… Aunque, claro está, siempre me quedarán los pasos altos de las montañas, al uso de los viejos contrabandistas altoaragoneses…

En fin: una vez difundidos estos detalles sobre la fauna del triángulo que conforma la cordillera pirenaica con el Garona y el Cantábrico, tal vez debamos revisar el contenido de nuestras mochilas. Recientemente, una apasionante obra de Álvaro Osés (Escalad, escalad, malditos, Ediciones Desnivel, 2006) recogía en su página 170, ¡de forma bastante rotunda!, un dicho del escalador zaragozano Jesús Vallés sobre la importancia de llevar siempre consigo los piolets y los crampones. Pues bien: acaso sea prudente rellenar alguna de nuestras cantimploras con agua bendita… Si las Rocky Mountains poseen sus osos grizzly, nosotros disponemos del Monstruo de Artouste y de sus demás acólitos infernales. Acaso el Pirineo haya salido ganando…