Las cosas del Gibraltar pirenaico
Publciado por albertomartinez - 21/01/12 a las 08:01:08 amSobre 1850, la mayoría de grandes cúspides del Pirineo habían sido ascendidas. Sin embargo, las montañas andorranas, ricas en puntales apenas unos metros por debajo de la cota 3.000 metros, seguían sin recibir al gremio del bastón herrado y de las botas con clavos. Quizás su situación alejada respecto al eje preponderante Aneto-Monte Perdido, provocase aquel abandono… Además, varios estigmas estaban a punto de lloverle al País del Pirineo, al que ciertas plumas malévolas le achacaban “pueblos sucios y pobres” con “moradores poco menos que delincuentes nada hospitalarios”. ¿Dónde quedaba, pues, ese Valle de Andorra que cantaban las zarzuelas? Se estaba fraguando una especie de leyenda negra que iba a tardar lo suyo en desaparecer… Como afirmara el estudioso Curt Wittlin en 2004: “Es difícil hallar un viajero del siglo XIX que haya obtenido una impresión positiva de Andorra. Y no es porque exageraran con descaro (aunque un poco sí): sencillamente, esperaban hallar entre estas montañas un país idílico, según habían leído en las operetas o en las novelillas, por lo que su desilusión era grande”.
Vamos a navegar por un tiempo junto a tales desilusionados… Nuestro siguiente cronista, Juan Sánchez de la Campa, no hace gala de ideas muy favorables al Principado pirenaico. Una actitud que se anuncia desde el mismo título de su obra: El valle de Andorra. Examen crítico del origen, naturaleza y circunstancias de los privilegios que disfrutan los andorranos, y de los perjuicios que irrogan al Tesoro, a la Agricultura, al Comercio y a la Industria nacional (1851). ¡Ni las Siete Plagas de Egipto! Para hacer boca, unos apuntes montaraces sobre esa nación que se disponía a poner verde sin demasiada tardanza:
“En el corazón de las montañas que forman el Pirineo, y entre los picos de Montfullá, de Plá, Puerto Negro y Franc, existe un territorio de variada y fragosa topografía, de dimensiones reducidas y dividido en dos valles principales, por cuyo centro corren dos ríos titulados Valira [del Norte y de Oriente], que se reúnen luego entre el Santuario de Sant Andreu y la aldea de Fené, en las inmediaciones de Andorra la Vella, desde donde marchan unidos bañando varios pueblos y caseríos hasta un poco antes de la Farga de Moles, donde se introducen en la provincia de Lérida […]. Las comunicaciones de este territorio con España y Francia son a través de puertos elevadísimos para comunicar la segunda, y de un camino bastante practicable que desde Andorra la Vella conduce, siguiendo la margen izquierda de la Valira y pasando por Sant Julià de Lòria, a la ciudad de la Seu d’Urgell. Los puertos y caminos principales por donde comunica con Francia son, el de la Valira [Framiquel], el de Soldeu, el de Fontargent, el de Siguer, Auzat, Arbella y Rat; y con España, a más del arriba descrito, el de Port Negre, Perafita, Conflent, Portella y Esparvert […]. Su clima es generalmente frío, pues colocado en el centro del Pirineo, se encuentra rodeado de elevadas montañas, donde la nieve permanece al menos seis meses al año […]. El odio que los andorranos manifiestan a toda clase de innovaciones y que algunos han pretendido tenga por origen su amor a la sencillez de las costumbres y su celo por conservarlas, es efecto de su ninguna instrucción, de su ignorancia y egoísmo, hondamente arraigado y sostenido por la forma de su gobierno, y del que están en posesión ha muchos años, por la situación geográfica de su territorio, que hasta cierto punto los aísla de las demás naciones. Por esta razón su comercio, a pesar de cuanto se quiera alegar en contrario, no es otra cosa que un contrabando de mala ley […]”.
Los empentones de nuestro furibundo censor arrancaban temprano… Para Sánchez de la Campa, era necesario que el Gobierno español terminase con este “Gibraltar del Pirineo en lo relativo a contrabando, almacén y cuartel general de los trastornadores del orden público”… Aludía aquí, de forma muy especial, a ese partido Carlista que había provocado ásperos conflictos en la España de 1833-1840 y de 1846-1849, y que andaba organizando su tercer gran alzamiento de 1872-1876. Respecto al contrabando, decir que éste se practicaba en gran escala a lo largo y ancho de toda la divisoria pirenaica: en lugares como Ansó y Echo, con choques violentos similares a los de un campo de batalla… Así y todo, resultará esencial repasar los duros acuerdos que las autoridades hispanas impusieron a las andorranas en 1834 y 1841 para atajar tales amenazas:
“Ninguna persona podrá hospedar en su casa, borda o pajar, hombre ni mujer, sin tener pasaporte refrendado del mismo día o anterior, de la policía de la Seu d’Urgell o Puigcerdà […], bajo pena de sesenta libras y ocho días de hierros, y siendo la persona que se haya hospedado sospechosa, se exigirá doble pena, y si hubiese tenido parte en alguna de las facciones carlistas, será desterrado de los presentes Valles y confiscados sus bienes”.
Asimismo, existían normas similares referentes a las vituallas de los viajeros, ratificadas, como las anteriores, por el Síndico General de Andorra. Uno se pregunta si los visitantes o, cuanto menos, sus guías, conocían tales medidas. A tenor de los textos que más adelante veremos, yo diría que no: acaso, estaríamos ante el típico caso del guiri despistado que no tiene ni idea de que se mete en las cercanías de una zona con conflictos esporádicos abiertos… En cuanto a los contrabandistas de esta muga en concreto, Sánchez de la Campa iba a servir una interesante relación de sus habilidades monte atraviesa:
“Más de diez leguas tiene la parte de perímetro del Valle que a través de las fragosidades del Pirineo, lo limitan por la parte de España. Esta línea que a primera vista parece inaccesible a excepción de cuatro o cinco caminos que la cruzan por entre las montañas, de pendientes muy escarpadas y fragosas, no es un obstáculo ni para que los andorranos introduzcan en España los géneros franceses que tienen en su Valle en grandes depósitos, ni para que los catalanes y aragoneses bajen a buscarlos al Valle mismo. Bien conocido es el modo con que se efectúa ese contrabando a despecho del resguardo más celoso. El paquetero (nombre que se da al contrabandista en esta parte del Pirineo), conocedor y práctico del terreno, acostumbrado a andar por las montañas más escarpadas y difíciles, trepa por allí por donde no le sería fácil hacerlo a una cabra, y se precipita por barrancos y quebradas cual una piedra desprendida desde la cima de la montaña; mas si se ve acosado, arroja el paquete que lleva suspendido a la espalda, que rueda hasta el abismo de donde con la mayor serenidad baja luego a recogerlo él u otro compañero. Difícil es formarse una idea exacta de esta clase de hombres sin haberlos visto correr por encima de los picos más elevados, faldeando ásperas montañas cubiertas muchas veces de nieve, fijando su planta con seguridad allí donde establecen su nido las águilas, y donde ningún otro hombre puede subir. Alguna vez en la vertiente de una montaña formada de roca viva, y por cuyo pie discurre murmurando un río o un arroyo de limpias y cristalinas aguas, y a cuatrocientos o quinientos pies sobre el nivel de éstas, en aquella especie de muralla ciclópea, se descubre una línea que la recorre: aquella línea es el camino que sigue el paquetero, que puesto en él, de un lado se le presenta una roca cuasi vertical y elevadísima, y del otro un abismo por cuyo pie corre el río o el arroyo, habiendo ocasiones en que el punto donde fija su huella, apenas tiene la suficiente extensión para que ponga el pie, y esto no en plano horizontal, sino con una inclinación de treinta o cuarenta grados. Esta pequeña descripción puede dar a conocer cuánta es la osadía del paquetero y cuánta la dificultad de poderlo perseguir y coger en su camino”.
A modo de denuncia, nuestro particular Azote del Andorrano estaba trasladándonos los usos de estos montañeros del pasado… Pero es hora ya de cambiar de aires para visitar al galo Jean Lacroix de Marlès, autor de Gustave, ou Le jeune voyageur en Espagne (1857). Veamos qué se contaba entre sus páginas:
“Existe en los Pirineos, entre el departamento del Ariège al norte y al oeste, y el de los Pyrénées-Orientales al este, y la gran cadena de los Pirineos al sur, un valle que podría tener tres o cuatro millas por dos. Es el valle de Andorra, que cuenta con doce o trece mil habitantes repartidos entre seis pueblecillos y varias aldeas. Su suelo es pedregoso y poco fértil, el país pobre, la industria nula, el clima rudo. Pero los andorranos gozan de una constitución especial con la que se sienten libres”.
Hubiera sido extraño que, con propagandistas de talante tan negativo, se acercara algún turista hasta la República del Pirineo…, ni aun mediando los acordes de la ópera de Halévy. Nada extraña que el trotamundos Charles Richard Weld descartara una visita en 1858:
“No lejos del collado [de Puymorens], un camino que se dirigía hacia la derecha conducía al valle de Andorra, esa curiosa y pequeña república que, demasiado pobre y miserable para ser objeto de codicia de sus vecinos, no ha sido ni invadida ni molestada, ni por Francia ni por España, desde hace seis siglos. Se puede ver la entrada de estos valles sin que, me permito añadir, tengamos deseo alguno de penetrar en sus estériles profundidades”.
Nuevas pedradas sobre el Principado… Es de suponer que los guías de L’Ospitalet habían recurrido a la coletilla acostumbrada de que en Andorra solo verían “pastores, herreros y contrabandistas”. Todos ellos, seres de la peor calaña que era mejor evitar. Sin embargo, los andorranos ya esperaban el maná del turismo… Al menos, es lo que se deduce de leer la obrita del abate Laubie sobre cierto empleado emprendedor de la Casa de la Vall: Les aventures d’un grippe-sou dans la vallée d’Andorre (1858). En dicho texto, a mister Lysander Brown, un británico más interesado en la historia que en los paisajes, nuestro buscavidas andorrano trataba de convencer para que le comprara un diccionario catalán-inglés. Entre tanto, las altas cimas de la República permanecían tan invisibles como poco atractivas…
La situación deportiva pudo cambiar de pleno a partir de la irrupción de un montañero como Alfred Tonnellé. Este joven de Tours, un trepador hecho y derecho, había ascendido diversas cimas de los Pirineos centrales e iba a pasar a la historia por su primera conocida a la Forcanada. Por añadidura, también fue el autor de un apasionante libro: Trois mois dans les Pyrénées et dans le Midi (1858). El día 20 de agosto de 1858, Tonnellé se hallaba en Tírvia, en cuya fonda le surtieron de “una bota de vino, queso y bocadillo de tortilla” para visitar Andorra. Junto a su “guía viejo y pequeño”, lo situaremos al filo de iniciar su recorrido por el Principado pirenaico:
“Hay dos caminos para ir a Andorra: el col de Màniga, que es el más corto, y el col de Sò, que discurre por su derecha para contornear la montaña. Este último es el que tomamos. La visión de la cadena de montañas por el horizonte es continua, y se despliega hasta lo alto del puerto, donde llegamos a las 08:45 h. […]. Nos detuvimos a unos pasos del collado para almorzar. Compartimos nuestra comida con un hombre que nos encontramos, y que iba a Sant Julià en Andorra. Era un contrabandista que acudía al país neutral para cargar mercancías francesas. Mandé de regreso a Tírvia al guía y me puse en marcha a las 12:00 h. Tras cruzar el puerto de Os, se percibían las crestas de las montañas de Andorra […]. Saliendo de Os de Civís, comienza una encantadora garganta, cobijada entre rocas de aspecto variado, que gira y se repliega sobre ella misma, encerrándonos como en un estrecho laberinto. El calor resulta sofocante. En mitad de esta garganta está la frontera de la República de Andorra. Se ven forjas, molinos, etcétera. Encantador, el pueblo de Bixessarri, hundido entre el bosque y con arroyos de aguas espumosas por todas partes. Tiene una iglesia pequeña y pobre, tan baja como un establo. Más adelante, la garganta se ensancha, y el torrente muge en las profundidades; enfrente, hay montañas altas. Desembocamos en el valle principal de Andorra, el de la Valira, a la altura de la aldea de Juvallo, que conduce, por la derecha, a Sant Julià de Lòria, y por la izquierda, a Andorra la Vella. Es un valle cultivado y recubierto de bella vegetación; hay algunos pueblos. Andorra la Vella brilla a lo lejos; por detrás, hay montañas altas.
”El valle de Andorra, en cuyo centro se haya esta villa, es risueño, encantador y verdeante, irrigado por cursos de agua tan abundantes como magníficos. Tiene un fondo de praderas, un verdadero tapiz uniforme donde resalta el color verde oscurecido por grupos de árboles y encerrado entre hermosos roquedos, iluminado por una luminosidad fresca y tranquila. Llegamos a Andorra la Vella a las 16:30 h. Fuimos al albergue. Su dueña estaba sola y no se apresuró en acudir a recibirnos. En estos países meridionales, se suele dejar media hora ante la puerta antes de invitar a entrar. Finalmente, me introdujo en una especie de gallinero. La sirvienta me dio un ramillete de flores […]. Salí al pueblo. Trepé hasta un pequeño roquedo desde donde se dominaba el valle por sus dos extremos. Encantadora cuenca, graciosamente encerrada entre montañas bastante altas. ¡Ésta era la verdadera Andorra! A las 19:00 h, me sirvieron una cena muy pasable. Organicé la excursión para el día siguiente. Los informes sobre este país resultan muy difíciles de obtener […]”.
Es una auténtica pena que esta tournée andorrana de uno de los primeros montañeros de corazón, no fuera más larga ni mejor aprovechada. Solo dos jornadas incompletas. El 21 de agosto de 1858, Tonnellé se conformaba completando un rápido reconocimiento del País del Pirineo antes de acudir para dormir a la Seu d’Urgell. Tal vez influyese en su decisión una pésima pernocta:
“Durante la noche, fui devorado de forma espantosa por toda clase de insectos. Noté el tacto de estos monstruos caminando a través de mi barba y campando entre mis cabellos. Sentí el roce de cada una de sus patitas […]. Me dolía la garganta y bebí dos grandes jarras de leche de cabra que me llevaron a la habitación: dulce, cremosa, deliciosa. Partí para visitar Andorra a las 05:30 h, en compañía de un venerable anciano que haría de guía. El día era radiante. Todo nuestro recorrido podía hacerse a caballo, pero salimos a pie para tener frescas nuestras monturas.
”Para ir de Andorra la Vella a Ordino, se toma a la izquierda una garganta, bella y muy estrecha. Llegamos allí a las 07:00 h. Es un pueblecito extendido sobre unas laderas, más limpio que los de Cataluña. Dejamos a la derecha un estrecho desfiladero que llevaba a Francia por el port d’Auzat. Para pasar a Canillo, cruzamos la cadena de montañas que separa los dos valles, cuyos flancos estaban recubiertos de pequeños abetos. No se ven apenas bosques: todos han sido destruidos. Mi viejo cabrero se equivocó de camino en unas pendientes muy penosas hasta que nos encontramos con la familia, honesta y piadosa de un anciano leñador, que nos puso en el buen camino. En lo alto, muy bellas vistas de las montañas de Andorra, un país cortado por pequeños valles, cimas distribuidas unas por encima de otras, y hermosos roquedos de tonalidades vivas: tras estas montañas, se alzaban otras aún más elevadas. Por el lado de Tírvia, se veía un horizonte limitado y salvaje. Desde el puerto de Ordino, nos dirigimos hacia Canillo.
”Bajamos con rapidez por un camino áspero siguiendo el recodo de una pendiente. Llegados abajo, hallamos muchas flores […]. A las 09:30 h estábamos en Canillo, disperso por una ladera en la base de unos roquedos tristes: allí, todo era negro y de lo más miserable. Subí hasta una de las cabañas del lugar para obtener vino. Nos ofrecieron un pan tan duro que no se podía ni cortar. Salimos a las 10:00 h, para descender a un paso desenfrenado, y llevé al viejo cabrero a toda velocidad, para su desdicha. Sudaba a grandes gotillones: echándose su gran boina hacia atrás, tenía que correr para poder seguirme.
”A las 11:30 h, arribamos a Escaldes. Nada más hermoso que el lugar donde se encuentra. Está situado donde unos roquedos se abaten con presteza y se separan para enmarcar la bella cuenca de Andorra. Hay casas pintorescas diseminadas en la base de las peñas y entre prados, con bosquecillos y aguas alborotadoras. La cadena de rocas finaliza en unas puntas agudas y salvajes que elevan sus dentaduras sobre las casas. Por lo menos resulta tan hermoso y salvaje como Argelès. Hay en el pueblo dos manantiales termales de agua caliente: uno sin olor y muy caliente; el otro, sulfuroso. No se utilizan. Habiendo dado un largo rodeo para regresar a Andorra, estábamos allí a las 12:00 h. El viejo cabrero se sentó: estaba rendido. Dijo que volvimos en dos horas, como los sarrios, por un camino que se hacía en tres horas largas. Comí y abandoné Andorra a las 14:00 h.
”El cielo se había cubierto de nubes malvadas. Seguí la ruta de la víspera, hermosa hasta el puente de Juvallo, y no tanto hasta Sant Julià de Lòria. Dicho pueblo está en una buena ubicación y tiene una mejor apariencia que Andorra la Vella. Tiene una plaza con casas pintadas; se ven señales de civilización y tiendas abiertas. Hay carniceros, carpinteros, herreros, etcétera. Tres cuartos de hora después, cruzábamos la frontera con España junto a la casa amarilla de los carabineros: abrieron mi maleta para inspeccionarla y fueron muy amables […]”.
De este modo decepcionante se despedía de Andorra quien bien pudiera haber sido el conquistador de sus techos. Alfred Tonnellé no pasaría de legar otro jalón a la crónica viajera del Principado. Mas la eclosión alpinística de las montañas andorranas quedaba cerca. Ya era hora.
Entre pastores, contrabandistas…, y sopranos
Publciado por albertomartinez - 13/01/12 a las 02:01:31 amPerdida en las agrestes montañas del Pirineo de mediados del siglo XIX, cierta República bullía por la imaginación de los espíritus soñadores. Constituía una especie de universo onírico que, por el momento, quedaba fuera de los tempranos circuitos turísticos y, más aún, montañeros. De bucear entre las crónicas de la época, se constatarán las extravagantes ideas que sobre este Principado circulaban. Poniendo siempre énfasis en los temas montaraces o costumbristas, arrancaremos con el francés Joseph Sans, autor de la Histoire de la vallée d’Andorre et de ses repports (1842):
“Andorra es más o menos similar a uno de esos cantones suizos de los que nuestros más célebres escritores han servido agradables cuadros […]. Montañas altas la encierran, separándola de sus vecinas excepto por el sur, hacia el castillo de Urgell y la desembocadura del Valira… Los demás pasos no son sino puertos impracticables durante la estación de las nieves: uno, por el este, comunica con el municipio de L’Ospitalet, y desciende hacia Francia por caminos montañosos y desérticos siguiendo el curso del río Ariège durante dos leguas; el otro es un puerto, el paso de Aussat, que conduce al valle de Vicdessos […]. Las costumbres sencillas y austeras de los habitantes de Andorra imperan; los vicios y la corrupción de las ciudades no han penetrado aquí, al menos de forma apreciable: se diría que es el asilo secreto de la moderación y la virtud. Sus habitantes viven todavía como lo hacían sus antepasados hace cinco siglos: nada ha cambiado […]. Este pueblo es muy hospitalario. Los extranjeros son acogidos, sobre todo cuando cae la noche, tanto en la mesa como en el fuego. Sus anfitriones se muestran poco curiosos. La moral es severa en Andorra: apenas existen ejemplos de chicas que olviden, frente a los jóvenes, esa modestia y contención que caracteriza su sexo. Pero, en el caso (muy raro) de que existan pruebas del comercio secreto entre una chica y un muchacho, el clero, los magistrados y la opinión pública llevan a los padres a consolidar dicha unión sin que importe la proporción de sus fortunas. Los andorranos son, generalmente, robustos y bien formados; las mujeres exhiben mucha frescura y buenos dientes: es lo que por lo general se busca en el género femenino. La mayoría de las enfermedades causadas por las infecciones inmorales les resultan desconocidas. Están igualmente al abrigo de las enfermedades que el vicio y la corrupción propagan por el resto de Europa”.
Con referencias de tal calibre, el turismo no podía sino florecer con presteza en Andorra. Y, a modo de respuesta ante una hipotética necesidad de difusión, el inglés Richard Ford publicaba en 1845 su A hand-book for travellers in Spain and readers at home. Un texto que quizás tomara prestados algunos datos de Murray… Aun con todo, quienes desearan conocer nuestro prometedor País del Pirineo, solo tenían que ojear las escuetas indicaciones de esa “Ruta de Urgell a Tarascon” patrocinada por Ford:
“El valle de Andorra es un amasijo de montes, cerrados por todos los lados por las laderas de los Pirineos […]. Es una de las comarcas más silvestres de los Pirineos, abundante en madera, que llega flotando por los ríos Valira y Segre hasta Tortosa. El nombre de Andorra se deriva del árabe Aldarra, o “lugar tupido de árboles”. Es una zona admirable para la pesca y la caza: aquí se encuentra la cabra montés, el oso, el jabalí y el lobo […]. La población no pasa de unas 8.000 almas, y se compone de pastores, contrabandistas o rudos herreros […]. Andorra la Vella tiene ahora más de 1.000 habitantes, y sufrió mucho durante las guerras civiles [Carlistas], tanto por los ataques hostiles de que fue objeto como por la suspensión del comercio y el trabajo. El hospedaje es muy malo y todo el trayecto hasta Soldeu lo es también […]. Las excursiones desde Sant Julià son variadas y están llenas de encanto alpino. Escaldes es una encantadora aldea irregular con un buen arroyo truchero que proporciona energía hidráulica a las toscas fraguas de hierro. Los montes en torno a la rica cuenca aluvial de Andorra abundan en bosques de pinos, que proveen de combustible; nada más bonito que las lejanas vistas de los pueblos rodeados de bosques. En Mont Melons [¿Montmalús?] hay tres lagos, encerrados entre altas y fantásticas murallas de roca. Saliendo de Escaldes se puede subir por el valle del Valira, yendo a Canillo o dando un rodeo por el valle de Arinsal, al que se entra por un bello desfiladero, hasta Ordino y el Ariège. Una sierra dentada separa Ordino y Canillo; en este último pueblo, hay una curiosa iglesia antigua. De allí, se sigue por la miserable Soldeu, más allá de la cual está la línea fronteriza, y luego por el port de Framiquel, una silvestre región de flora, hasta Ax, en Francia, y el dulce valle del Ariège. Naturalmente, el viajero tomará la precaución de contratar a un guía local”.
La promoción de las montañas andorranas parecía marchar mejor que bien durante la primera mitad del siglo XIX… Eso, a despecho de ciertos textos ambiguos del estilo del brindado por Michel Chevallier desde La République d’Andorre, ou une république séculaire heureuse et stable (1848). En su interior, podían leerse extraños comentarios para describir la entrada al país que deseaba analizar en su aspecto político:
“El Ariège: riberas frescas, dulces colinas, un aspecto ondulado y verdoso… Cuando el viajero le echa un último vistazo, se encuentra con el rostro severo de la montaña, ¡las cimas escarpadas y recubiertas de nieve! De Tarascon a Vicdessos, la garganta de Ramade se abre como una tumba de granito: los ojos perciben con espanto una montaña árida y desnuda que parece encerrarle entre dos murallas y, por el fondo, el río Ariège. Por todas partes, soledad y desolación […]. Esta República sin parangón está situada al lado nuestro, en las gargantas de los Pirineos, entre Cataluña y Francia […]. Está separada de Francia por las cumbres de las montañas, cuyas nieves obstruyen durante seis meses del año: entonces, no queda sino un paso por el lado de España, el del río Valira, que se abre paso entre rocas […]. Una república de pastores donde todo ha permanecido invariable…”.
Completaremos este cuadro difuso con las opiniones recolectadas por cierto erudito navarro. Así, desde la edición de 1849 de su Diccionario (1845), Pascual Madoz iba a proporcionar un buen lote de datos sobre el Principado. Sin estridencias ni excentricidades, con un tono de normalidad en su redacción que destacaba: ¡Andorra no era Marte! Además, identificaría futuros objetivos para los pioneros del pirineísmo:
“Andorra: país neutral con el nombre de República, situado entre Francia y España […]. Las nieves y hielos, que suelen durar por lo menos seis meses en lo alto de los cerros, hacen su clima frío, pero la pureza de las aguas y los aires contribuyen a que sea de lo más sano; en verano, las lluvias son frecuentes. Metido entre los Pirineos, los montes o cabezos más altos que en él se encuentran son el de las Mineras [¿Meners, 2.724 m?], llamado así por las muchas minas de hierro que en él existen, el de Casamanya [¿2.749 m?], de Saturria [¿Setúria, 2.517 m?], Montelar [¿Monturull, 2.759 m?], de Sant Julià y de Juglán [¿Juclar, 2.589 m?]. Entre medio de las ásperas y quebradas cordilleras, inaccesibles las más de ellas a los hombres y a las bestias, se hallan varios puertos o gargantas que en diferentes épocas del año quedan transitables, aunque siempre con mucho trabajo e inminentes peligros; los principales de estos que conducen a Francia son el de Valira, de Soldeu, Fontargent, Siguer, Auzat, Arbella y Rat; y de los que comunican con España, el llamado Port Negre, Perafita y Portella. Abundantes minas de hierro de la mejor calidad; una de plomo, no pocas de alumbre, de cuarzo, de pizarra, tierra negra, de arminio y muchas canteras de preciosos jaspes y de varios mármoles se encuentran en las entrañas de estos montes; y por entre las hendiduras de los peñascos brotan en diversos parajes aguas termales sulfúreas y ferruginosas, cuya aplicación y uso interior produce los más sorprendentes efectos en las dolencias de cierto género. Las fuentes y manantiales de aguas ligeras y delicadas, que causando un embelesador murmullo, o se precipitan desde lo más alto de los cerros, o descienden de sus faldas, o salen en los mismos valles, bien serpenteando, bien elevándose en forma de surtidor, son innumerables […]. El ganado lanar, cabrío, vacuno, mular, caballar y de cerda, cuyo jamón es buscado por su grato sabor, debido sin duda a la hoja del fresno de que se alimenta el animal, y a la frescura del aire con que se cura, distribuidos en pequeños rebaños pueblan los llanos y los montes; saltan con libertad entre los jarales y mayores espesuras las cabras montesas, osos, lobos, zorras, liebres y ardillas; anidan en los puntos más abrigados de los expresados sitios, o en las ramas de los copudos árboles la gallina de monte, la perdiz blanca, la parda o xerra, algunas de la especie común, y multitud de mirlos y ruiseñores; las águilas de varias especies y otras aves de rapiña habitan en lo más pelado de los cerros […]. El contrabando que desde esta República se hace con las dos naciones vecinas es grande; solo en Sant Julià de Lòria hay ocho tiendas en las que se venden géneros y artefactos de Francia, desde donde, como es de suponer, se introducen fácilmente en España: también pasan de este reino al vecino, fraudulentamente, vinos generosos, aceite, sal, géneros ultramarinos y seda, pero en muy poca cantidad por la exquisita vigilancia y buena organización de los aduaneros franceses. Los tenderos son de esta última nación y españoles; los contrabandistas, generalmente españoles. No hay en Andorra ningún camino carretero; todos son de herradura, en general malos y descuidados, y a veces intransitables: el que desde Urgell conduce a Sant Julià de Lòria no es malo y pudiera mejorarse mucho a poca costa […]. Los andorranos son religiosos, hospitalarios, apegados a sus antiguas costumbres, sumamente celosos de sus libertades y privilegios, pacíficos; rara vez se cometen delitos de gravedad a pesar de los leves castigos que se les imponen: viven en lo general del producto de sus tierras, ganado y arriería, sin dedicarse a la industria, artes y oficios: son muy aficionados a la caza, a la pesca y al vino. Su vestir es idéntico al de los demás montañeses de Cataluña”.
Pero el gran boom mediático de Andorra aún estaba por llegar. Y lo haría de la mano del compositor galo Jacques-Fromental Halévy, quien junto con el libretista Jules-Henri Vernoy, marqués de Saint-Georges, firmó la ópera Le val d’Andorre. La estrenaban en el teatro de la Opéra Comique de París un 11 de noviembre de 1848: a través de ciento treinta minutos distribuidos en tres actos, se iba a cambiar de forma radical la visión exterior de nuestro Principado. Su argumento giraba en torno a Stéphan, un desertor local al que aspiraban tres mujeres muy diferentes: tras su captura, juicio y rescate, hallaría la felicidad junto a Rose-de-Mai gracias al descubrimiento de extraños lazos familiares con las otras féminas en liza… Todo un exitazo de público, pues la obra dio para ciento sesenta y cinco representaciones seguidas. Se cuenta que Halévy, gravemente enfermo durante el début, ante la excelente acogida obtenida recuperó la salud. El crítico Albert de Lasalle reconocía en 1877 que parte del mérito se debió a la elección de los intérpretes: el tenor Montjauze en el papel de Stéphan, y la soprano Meillet en el de Rose-de-Mai. Así, la pieza favorita de la obra, cierta “Chanson du Chevrier”, se escucharía mucho por los bulevares parisinos. Enseguida se adaptó la versión alemana, italiana o inglesa de la pieza. Incluso una española…
Nos vamos a entretener en las letras de esa zarzuela sobre “El valle de Andorra” que, con música de Joaquín Gaztambide y libreto de Luis de Olona, fue estrenada en el Teatro Circo de Madrid un 5 de noviembre de 1852. Apenas divergía de la obra de Halévy/Saint-Georges sino en los nombres y otros detalles. Veamos sus aspectos más montaraces desde las reveladoras descripciones de los decorados:
Acto Primero: “Sitio pintoresco de los Pirineos, en el valle de Andorra. A la derecha del actor, en primer término, la alquería de Teresa: a la izquierda, las dependencias de la alquería, árboles, etcétera. Una subida a las montañas hacia la derecha, otra a la izquierda y hacia el mismo lado una bajada al valle […]. A poco, se oyen campanillas que se supone son del ganado, que pasa muy cerca: un guardabosque está dormido profundamente al pie del árbol, con su escopeta. Por detrás de un pico alto de la montaña, asoma un pastor. Se oye el canto de los pájaros […]”.
Acto Segundo: “Aldeanos tocando tamboriles, zampoñas y flautas. Campesinos ancianos con cayados revestidos de flores. Jóvenes aldeanos con un ramo en la gorra y largas varas revestidas también de flores y cascabeles… Jóvenes aldeanas con panderetas y flores en la cabeza […]”.
Acto Tercero: “El valle de Andorra, rodeado de colinas, cuya base está entapizada de verde. Un inmenso panorama al fondo. Se baja al valle por muchos senderos, de los cuales algunos están abiertos en las peñas […]”.
En efecto: los horizontes quebrados de Andorra comenzaban a aflorar y a instalarse en el subconsciente del público urbano. De un modo absolutamente idílico, igual que como un decorado de ópera. Pero también se iban a servir otras referencias a su orografía, de las que solo destacaremos un par, extrayéndolas de contexto:
“–¡Qué gran país! Una soberbia república de…, mil quinientos habitantes, situada en el más bello paraje de los Pirineos… Un estado libre, independiente […].
”–Cuando atravesaba vuestras endiabladas montañas… Perdonad la expresión, pero vuestro país es un país de cabras, en el cual es fuerza ir dando saltos siempre […]”.
Nuestra zarzuela logró triunfar en Madrid, desde donde pasaría a Barcelona, Ferrol, La Coruña…, e incluso a las naciones de Ultramar. Medio universo hispano canturreaba las piezas pegadizas de este “Valle de Andorra”. Ya nada sería igual. El Principado disponía ahora de su propia banda sonora. Y cada viajero que se desplazara hasta Andorra esperaría descubrir en cada montañés al joven cazador Stéphan haciendo vibrar los riscos con su vibrante voz de tenor, y en cada campesina a la tierna soprano Rose-de-Mai. Una actitud preconcebida que tendría bastantes aspectos positivos, e igualmente otros que no lo iban a ser tanto…
Andanzas por un lugar de muerte y desolación…
Publciado por albertomartinez - 01/01/12 a las 02:01:11 pmEstoy convencido de que cuanto hoy se conoce sobre el pirineísmo, no es sino el pequeño retal de un lienzo mayor. Sin duda, un número considerable de visitantes de estas montañas, o nunca redactaron memorias, o sus trabajos terminaron destruidos. La escasez de testimonios sobre Andorra en la primera mitad del siglo XIX parece consolidar esta teoría. Por suerte, algún texto sí que ha llegado hasta nosotros…
En agosto de 1835, cierto escocés llamado James Erskine Murray recorría los Pirineos de punta a punta. No contento con sus infatigables vagabundeos por ambas vertientes de la cordillera, también redactó un libro que tituló: A summer in the Pyrenees (1837). Este joven, natural de Edimburgo, no se olvidaría de visitar el Principado misterioso que se arropaba entre las mugas de Francia y España.
Su periplo arrancó desde La Tor de Querol, donde tuvo la precaución de contratar como guías a cuatro contrabandistas locales. A tenor de sus imprecisas indicaciones, el quinteto ingresó en la República pirenaica desde el valle de Campcardós y la Portella Blanca (2.527 m). Aquellas añadas, la raya andorrana se mostraba revuelta debido a las incursiones, tanto de Carlistas como de Cristinos, dentro de su territorio soberano. Por añadidura, los feroces traficantes de armas habían incrementado sus operaciones en las montañas limítrofes… Sobre la misma frontera, hallarían los restos tibios de una fogata que supusieron de estos paquetaires. A pesar del evidente peligro, Murray no se privó de detallarnos el terreno en el que ingresaba:
“Este valle rodeado de montañas rocosas es uno de los pastos de altura frecuentados durante cortos períodos de tiempo por los rebaños andorranos. Salvo en las orillas del arroyo, hay poca hierba… En la vertiente andorrana [¿del circo d’Engaït?] no existe un bojedal lo bastante grande como para ocultar un perro… En la parte más elevada de esta montaña llamada Montmalús, cuya totalidad pertenece a Andorra, se encuentran los decorados más salvajes que puedan imaginarse. Hay tres lagos rodeados por montañas con muros verticales, cuyas cimas desgajadas tienen las formas más extrañas… Las paredes que rodeaban estos lagos, más escarpadas y enderezadas de lo que es habitual, se hubiesen dicho unas ruinas. Al cabo de los siglos, han terminado ajadas y desgarradas por la intemperie, para formar picos con todas las formas. Estos lagos no tenían en derredor ni árbol, ni arbusto, ni traza de vegetación alguna, e incluso los líquenes parecían escapar de sus enormes masas rocosas desgajadas de la montaña, apiladas en un desierto donde reinaba la soledad más profunda y un silencio que no turbaba ni el rugido de una cascada ni el murmullo de un arroyo”.
Por fin, un viajero se entretenía describiendo los decorados de la divisoria andorrana, aunque fuese para apreciarlos bajo tintes tétricos. Acaso, aquel escocés curioso no conocía la obra de Jean-Jacques Rousseau, quien aquí se hubiera sentido en el Paraíso… Pero James Erskine Murray veía la zona como un “lugar de muerte y de desolación”. De cualquier modo, tras superar el port de Vallcivera (2.528 m) u otro portillo aledaño, accedió a la vega del Madriu. En el descenso hacia Escaldes, se toparía con cierto natural del país que pescaba, no lejos de una forja. Su consiguiente relato nos va a surtir de la acostumbrada reata de tópicos sobre los montañeses:
“Sus ideas, pensamientos y esperanzas eran de lo más simple, al igual que su ropa e instrumentos de pesca. Todo era de confección casera. De talla media, bien formado y atlético, sus rasgos eran agradables y tenía rostro expresivo, en tanto que su testa hubiera podido servir a un frenólogo como modelo de cuanto es grande y bueno”.
Tras constatar con envidia la veintena de truchas que el andorrano acababa de sacar del río Madriu, Murray proseguiría su trek hacia el interior del Principado. Por fortuna, tampoco contuvo su pluma al detallar la orografía del sector cercano a Escaldes:
“Este valle, uno de los mayores de Andorra, se compone de una sucesión de cuencas formadas por unas montañas que sucesivamente se acercan y se alejan las unas de las otras. La cuenca en la que se sitúa la forja de Escaldes aparece casi separada de las que se hallan por encima y por debajo de la misma, pues las montañas se aprietan en sus extremos y el río cae en cascadas muy bellas en su entrada y en su salida […]. Emprendimos pronto el descenso del valle, que se volvía cada vez más interesante con cada paso que dábamos. Terminamos por atravesar su sucesión de cuencas donde los bosques de abetos que las cubrían, daban un sosiego añadido. Los desfiladeros que los limitaban terminaron siendo cada vez más amplios hasta desaparecer completamente, dejándonos ante la primera de una serie de cascadas y rápidos que, en la parte civilizada del mundo, habrían sido visitados por millares de personas. Ante mí se extendía el mayor de los valles andorranos, al otro lado del cual se hallaba una rica vega donde se alzaban las villas principales, las más pobladas de esta República. Las montañas de uno y otro lado estaban forradas de bosques casi hasta su cima, por lo que los aromas más delicados se captaban en sus regiones inferiores y en sus lugares abrigados. Los pinos y abetos, que extendían sus brazos descarnados y sus ramas verdes a la intemperie, reinaban como dueños incontestables de las regiones superiores […]. Se podía envidiar a los andorranos por poseer este valle. No era demasiado grande, pero era una joya donde se hallaban los paisajes más perfectos que pudiera imaginarse”.
Lo dicho: a este edimburgués le gustaba Andorra, aunque no en su faceta salvaje, sino con rol de jardincillo inglés. Mas el valor del texto de nuestro globetrotter no radica en las descripciones de la vega del Valira. Murray también se interesaría por los hábitos locales, si bien desde una perspectiva ciertamente personal:
“Las mujeres [de Escaldes] son, en general, bastante bonitas y, de hecho, hubiera bastado con un cepillo y algo de jabón para convertir a la mayoría en auténticamente bellas. Tienen un aspecto completamente hispano y, por lo general, muestran la misma actitud provocadora que resulta habitual en las campesinas españolas: lo mismo que a éstas, les gusta seducir y ser admiradas. Sus maridos y pretendientes pueden llegar a mirar con tan malos ojos como los españoles a ciertos extranjeros demasiado emprendedores. Sin embargo, en Andorra no se tira de cuchillo con tanta facilidad como en España, por lo que los foráneos pueden hablar tranquilamente con una andorrana, e incluso cumplimentarla, sin arriesgarse en exceso a que su galantería se vea recompensada con la cuchillada inesperada de esas armas mortales de las que los españoles jamás se separan”.
Este comentario jugoso servirá como prólogo a los demás chascarrillos de su pernocta en Escaldes. Por ejemplo, referidos a la pitanza de Murray en casa del regidor: “Me senté en el sitio donde tendría mayores probabilidades de hacerme comprender: entre las dos hijas del alcalde. Hacía esto por principio, pues anteriormente ya me había percatado de que las mujeres, en una región donde se habla mal su lengua o no se comprende, tienen mayor capacidad para entender que los hombres”. Por lo demás, el pícaro viajero se negaría a beber vino en porrón, para así evitar “que las damas de Andorra le encontraran vulgar”. Y, a resultas del baile que se organizó por la noche en su honor, terminó reconociendo que “algunas andorranas que había conocido por la mañana, habían lavado sus rostros en el arroyo, confirmando así la suposición de que necesitaban más de agua y de jabón que de productos de belleza”. Completaremos estas impresiones tan subjetivas con las alusiones del escocés al comercio regional:
“La única tienda del pueblo estaba atendida por un francés. Allí se podía hallar de todo: los estantes estaban repletos de género alimenticio, quincallería y sedas. Ante unas vitrinas tan animadas no pude resistirme a la tentación de comprar un souvenir de Escaldes y pasé al almacén para elegirlo, lo que no sería nada fácil. El propietario me preguntó por lo que quería comprar y yo le respondí que no sabía exactamente lo que quería, pero que tenía que ser algo fácilmente transportable, pues cruzaba a Francia. Interpretó mis palabras de forma opuesta a lo que querían decir, creyendo que aludía a esos artículos de contrabando fáciles de cargar, y al punto se retiró a la trastienda, de donde regresó con un gran lote de pañuelos de Barcelona. Unos artículos de semejante género me interesaban más que la carne salada, los botes o las cacerolas…”.
Murray solo pasaría una noche en el Principado. No nos entretendremos con las peripecias que recolectó a resultas de varios encontronazos con unos contrabandistas españoles un tanto inquietantes. Directamente, picotearemos entre las notas de su viaje hacia la muga con Francia, siguiendo un zigzagueante itinerario diferente al de entrada:
“Cuando se sube desde la cuenca de Andorra, se penetra en el valle de Arinsal por una de esas magníficas gargantas de las que tantos ejemplos hay en los Pirineos […]. El desfiladero de Ordino es tan estrecho, y las montañas que lo dominan y oscurecen con su sombra se muestran tan escarpadas y recubiertas de zarzas mientras el torrente furioso ruge a la vez que desemboca en este valle estrecho, que el paisaje en su conjunto recuerda mucho al de los alrededores del Pas de l’Échelle en Gavarnie […]. Ir de Ordino a Canillo es, para quien viaja a pie, de una cierta exigencia, pero la belleza del paisaje y de las montañas dan fuerza durante este trayecto […]. Andorra está formada por tres valles de montaña. Dichos valles son los más salvajes y pintorescos de los Pirineos, y las montañas que los rodean, con sus picos inmensos, están entre las más altas e inaccesibles […]. La subida hasta la frontera comenzaba a continuación de Soldeu y, hasta que se franquean las primeras cumbres, el paisaje no presenta ninguna característica de interés. En lo alto del valle del Valira, pasamos ante la primera aldea andorrana, cuyos habitantes habían sido robados y saqueados por los Carlistas unos días antes […]. A pesar de lo numerosos que son los lugares donde brota gran cantidad de flores silvestres en el Pirineo, jamás vi tantas como aquí. Había un número tan elevado y de colores tan diversos y bellos que caminando sobre ellas creía estar cometiendo un sacrilegio. Incluso me arriesgaría a decir que no existe una terraza de flores naturales tan extensa como lo que se halla entre el port de Framiquel y L’Ospitalet”.
Cuanto menos, las loas del escocés hacia los encantos naturales de esta nueva ruta, podían atraerle algún visitante al País del Pirineo. El anecdotario de su periplo se incrementó pasada la muga, donde fue preciso tratar con los celosos guardianes:
“Una compañía de soldados [franceses] se había establecido en este pueblo fronterizo, y el centinela que vigilaba la entrada pidió ver mi pasaporte. Se lo di, pero como no era capaz de leerlo, llamó a uno de sus camaradas del puesto de guardia. Éste era igualmente un iletrado, por lo que fue un tercer individuo quien demostró que era capaz de examinar mi pasaporte. Que supiera leer o no, no sabría decirlo con exactitud pero, en cualquier caso, me lo devolvió diciendo que podía proseguir mi viaje”.
Este retorno al Ariège aún daría para más. Así, nos despediremos de nuestro edimburgués con la charla tan surrealista que sostuvo en el albergue de L’Ospitalet:
“–Ah, señor –me dijo la sirvienta–: venís de un país pobre donde no hay nada para beber ni para comer, donde solo hay mineros o contrabandistas, sin chicas bonitas como las que veréis en nuestro país…
”–Pero es un hermoso país, aunque sus gentes estén un poco atrasadas –respondí.
”–Sí –me dijo ella–, pero nuestro país es igual de bello. Andorra no estaría habitada si no fuese porque tienen que ocuparse de sus bosques, montañas y viñas”.
Viaje al corazón del invierno
Publciado por albertomartinez - 25/12/11 a las 11:12:51 amLa revista Grandes Espacios ha publicado, en su número de diciembre, cierto trabajo que anima a visitar los dosmiles cuando lucen su atuendo invernal. Parece un trueque óptimo: a cambio de algo de cuidado con la previsión meteorológica y el estado de la nieve, obtendremos grandes beneficios… ¡Degustar las montañas en su estado más puro! Bien lo sabe nuestro colectivo montañero. Sin embargo, acaso no se conozca tanto el hecho de que el alpinismo invernal naciera, con el último tercio del siglo XIX, en la cordillera pirenaica. De la mano, como no podía ser de otro modo, del siempre activo Henry Russell… ¡Quién, si no, hubiera pensado en alargar la temporada de ascensiones más allá de la caída de las nieves tempranas! Ciertamente, nuestro pionero degustó en el otoño-invierno de 1858, las delicias de los fríos extremos y de las inmensas desolaciones blancas durante su travesía de Siberia. Al poco de regresar al Pirineo, debió sentir nostalgia de aquellas vivencias y decidió reproducirlas a escala moderada.
De un modo similar a como se recomienda hoy desde Grandes Espacios, Henry Russell se iniciaría en el terreno de juego de las invernales centrando su atención en los dosmiles pirenaicos. Sin embargo, su primer objetivo seleccionado, nada más y nada menos que el pic du Midi d’Ossau (2.888 m), tal vez le viniese algo grande… Nada como dejar que nuestro pirineísta cuente cómo discurrió su gatillazo honroso:
“Mi primera intentona [al Midi d’Ossau] resultó un fiasco: un éxito relativo y parcial. Es verdad que era invierno, lo que complicaba mucho el asunto. El día 1 de marzo de 1863, salí de Pau a pie, bastante cargado, junto con el señor Congreve, un joven oficial inglés de una fuerza hercúlea. Hacía un calor extraordinario dada la estación, y llegamos a Eaux-Chaudes para la cena. Al día siguiente, 2 de marzo, contratamos a los guías Camy y Jean Dotte, y a un porteador, para adentrarnos en la nieve desde Gabas: ¡vaya nevazo! ¡Parecía arena! En el bosque de Magnabaigt nos hundíamos hasta las rodillas y, en ocasiones, hasta las caderas. Pero los esquís se desconocían en aquella época. Por regla general, en las ascensiones de primavera e invierno, uno se debe alejar lo más posible de la tierra firme; sobre todo, de los troncos de los árboles, cuyo contacto recalienta y reblandece mucho la nieve, por lo que uno se arriesga a quedar atrapado […]. Nuestras verdaderas dificultades comenzaron en la base del pico, donde pronto se volvieron serias y, más adelante, terribles. Era preciso superar unos 800 metros por pasillos casi verticales de una nieve tan blanda que apenas se sujetaba. En total, nos costó tres cuartos de hora vencer la Primera de las tres célebres Chimeneas, que en verano y sobre roca, un buen alpinista puede hacer en diez minutos. ¿Cómo, cinco hombres, ahondando pozos de un metro en la nieve pulverulenta a 80º de inclinación, pudieron salir de allí sin provocar una avalancha que los hubiese aniquilado…? La verdad es que hoy todavía me parece un prodigio, por no decir un milagro, o una transgresión de las leyes de la naturaleza. Pero, ¡entonces éramos tan jóvenes…! ¡Eso lo explica todo! La idea del descenso comenzó a darnos pánico. Mas, como la nieve no se movía, continuamos y escalamos sin problemas la Segunda Chimenea. En cuanto a la Tercera, la más vertiginosa de las tres, el riesgo se volvió allí tan evidente que, para evitar pecar de dementes, decidimos capitular ante ese muro de nieve vertical: la retirada quedó decidida por unanimidad a unos 250 metros de la cima. Continuar hubiera sido un suicidio; se imponía el descenso. Resultó un rompecuellos: más largo que el ascenso, fue preciso realizarlo hacia atrás, no solamente sin piolets, sino también sin cuerda, y con los simples bastones de punta herrada. En aquellos tiempos, se despreciaban las minuciosas precauciones que se toman hoy en día. Pero he de reconocer que estábamos equivocados: se trataba más de la ignorancia ingenua que del valor.
”Así, nuestra ascensión fracasó. Más tarde, me consolé de mi fallo a través de las declaraciones del conde Roger De Monts: de las innumerables cimas de los Pirineos alcanzadas por él en pleno invierno, ninguna otra le había resultado tan difícil como el pic du Midi d’Ossau, al cual no ascendió sino en un segundo ataque. Esto se debe más a su forma escarpada que a su altura”.
Pero el coqueteo russelliano con los dosmiles invernales no podía quedar así. Antes de retirarse a su base en Pau, el 5 de marzo de 1863 centraba sus energías en el pic de Ger (2.612 m), otro coloso local de aspecto impresionante. Hacer cima le reclamaría dos intentos:
“Regresé en pleno invierno [al pic de Ger] con el señor Congreve. Tras haber fracasado dos días antes, a causa de un huracán que nos tiraba al suelo en el collado de Gourzy, contratamos a nuestros guías del pic du Midi d’Ossau, Camy y Dotte, con quienes completamos la ascensión sin problemas, pues la nieve estaba muy dura. Sobre la cima, la temperatura era tan suave que logré encender una cerilla y ésta se consumió hasta el final. El viento no soplaba lo más mínimo […]. La vista desde allí es admirable; sobre todo, durante la estación de las nieves, de las que esta modesta montaña se despoja por completo en verano”.
Al parecer, en este nacimiento de las invernales, no habría dos sin tres. Para completar su trilogía “en el corazón del invierno”, Henry Russell subió un peldaño en la dificultad y se decantó por cierto objetivo de calidad: la Pique Longue del Vignemale (3.289 m). Una ascensión que significaba la mayoría de edad de esta especialidad deportiva, hasta entonces desconocida, y que reportó a su impulsor no poco prestigio en medios alpinísticos internacionales. Así la narraba desde los Souvenirs d’un montagnard (1908):
“Realicé mi tercera ascensión al Vignemale en pleno invierno. Es un error creer que las montañas se vuelven entonces inaccesibles. A menudo, las ascensiones resultan más fáciles, pues el tiempo es más benigno y seguro. En invierno, las grietas, las cascadas y las rocas mayores aparecen revestidas por tal cantidad de nieve que se puede pasar por todo sin cuerda. Las avalanchas son escasas. No obstante, hay que estar seguro del clima: no se podría sobrevivir a esos huracanes que se desencadenan en la montaña durante el invierno. Lo mismo que en Rusia y en los mares polares, el invierno es una estación de calma y buen tiempo a gran altitud. El viento descansa en esa época. No hay más que dos estaciones arriesgadas para realizar las ascensiones: la primavera y, peor aún, el final del otoño. Es la época de las avalanchas y de las tormentas. Resultan más mortales que los ciclones de la India, pues el frío es intenso y, en las pendientes más moderadas, cincuenta hectáreas de nieve pueden desprenderse a la vez cuando el sol de marzo comienza a ablandarla. Nada resiste estos desprendimientos, que arrastran incluso rocas y bosques enteros […].
”En 1869, aproveché varios días magníficos del mes de febrero para realizar mi ascensión al Vignemale. Llegué el día 10 a Gavarnie sin haber encontrado nieve. El Circo, recubierto de hielo de arriba abajo, relucía como una coraza: todas sus cascadas estaban heladas y no se oía ni un solo ruido. Por encima de sus gradas fúnebres y azules, se desplegaba el azul melancólico de un cielo polar. Nunca me maravilló tanto como en aquella jornada de tiempo tranquilo y suave. Antes de cenar, subí hasta una colina del valle de Ossoue para estudiar las variaciones invernales del Vignemale, regresando lleno de confianza y entusiasmo. ¡Qué cuadro tan magnífico y poético! No se percibía nada más que el sol, el silencio, la nieve y el azul…
”Al día siguiente por la mañana, 11 de febrero, me ponía en marcha antes de las 6:00 h junto con Henri Passet y su tío, Hippolyte. Llevábamos linterna, pues todavía era noche cerrada. De pronto, el cielo palideció por detrás del Pimené, levantándose una pequeña brisa glacial y vivificante: ante nosotros y por el oeste, el gran glaciar de Ossoue se puso repentinamente púrpura, como si le hubieran derramado sangre por encima. ¡Vaya tiempo! ¡Era magnífico! Cuando penetramos al amanecer en un nevazo del que ya no saldríamos en doce horas, nos hallábamos a una altura de más de 1.800 metros. A pesar de nuestras dudas, no tuvimos dificultad alguna hasta ese barranco donde se oía rugir, bajo la nieve, la cascada de las Oulettes, que se remonta en verano por la orilla derecha. Pero atacar estas pendientes en pleno invierno con nieve en polvo dispuesta a resbalar por un abismo nos parecía una locura, por lo que escalamos las paredes casi verticales de la otra orilla, donde el nevazo no podía sustentarse. Por la tarde, no nos atrevimos a bajar por allí y preferimos los riesgos de una avalancha por la orilla derecha, que gracias a Dios no se produjo… Nos hubiera sepultado.
”De pronto, lo blanco nos rodeó. A veinte leguas de Pau, me volví a reencontrar con los encantos y esplendores de las auroras siberianas: rocas, barrancos y morrenas de glaciar. Todo dormía bajo la nieve, como en el fondo de un sepulcro. En ese blanco ilimitado que fulminaba nuestros ojos, solo éramos tres puntitos errantes. Avanzábamos sin ruido y como fantasmas, en medio de un silencio extraño, universal y absoluto: nada en el mundo resulta tan mudo como una desolación de nieve. El calor, ¡cosa extraña!, era extraordinario. En los huecos de la nieve donde se introducían los rayos del sol, el aire parecía lleno de lentejuelas encendidas: en cuanto a la luz, ¡la nieve proporcionaba más que el sol! Hacia los 3.000 metros, empezamos obtener un respiro. Esta paradoja de tanto calor en pleno invierno entre las montañas, puede explicarse por la extrema blancura de las nieves nuevas […].
”Pasadas las 15:00 h, los tres hollábamos la cima del Gran Vignemale. Nunca olvidaré esas cortas y memorables horas que pasamos en lo más alto, en pleno corazón del invierno, con la certeza de que ningún hombre en Europa respiraba a nuestro nivel. Un orgullo pueril, aunque excusable. Desde lo alto de aquella especie de catedral celeste, veía a mis pies la cadena de los Pirineos, helada de un extremo al otro. ¡Me hallaba en el centro de un paraíso de nieve! Mi entusiasmo se acercaba a la locura…
”Pero el sol ya enrojecía la nieve, escapando por los senderos dorados del cielo: aunque el termómetro logró subir hasta los 30º C, era preciso escapar de allí con rapidez, antes de que las pequeñas cascadas que descendían desde el pico hasta el glaciar hubiesen tenido tiempo para helarse. A estas alturas, hiela en cuanto se marcha el sol. Y, por el hielo, el descenso hubiera resultado peligroso… Aunque bajábamos con el corazón ligero, las piernas lo iban un poco menos: sobre la nieve reblandecida por ocho horas de sol, ¡nos hundíamos en ocasiones hasta un metro! La noche, una noche sin luna y terriblemente negra, nos sorprendió a mitad del camino de Gavarnie. Allí arribamos, con las linternas en la mano, poco antes de las 22:00 h, tras dieciséis horas de marchas forzadas.
”Al día siguiente, 12 de febrero, ¡cayeron hasta dos pies de nieve! ¡Nevaba incluso en el llano! Aunque lo hizo demasiado tarde para castigarnos por haber violado sus templos en invierno y se limitó a borrar nuestras huellas”.
¿Y todavía le extraña a alguien que Henry Russell sea considerado por muchos como el Poeta de los Pirineos?
¡Regresar vivos a Gavarnie…!
Publciado por albertomartinez - 19/12/11 a las 12:12:53 amLa revista Desnivel ofrece, dentro de su número de diciembre, otro trabajo de vivisección de montañas pirenaicas. Así, con estas páginas dedicadas a los llamados picos de la Cascada, cerrará un análisis de las cumbres centrales del circo de Gavarnie que arrancó con el pico de Marboré (nº 266), para continuar luego hacia el Casco (nº 288) y después hacia la Torre (nº 311). Como en cada texto no entraba sino lo imprescindible de cada grupo, alguna historia poco difundida tuvo que publicarse resumidísima… De entre todas cuantas quedaron en el tintero, se podría destacar la crónica que Jean d’Ussel sirviera en el año 1908 sobre sus coqueteos con la cara Norte del Casco de Marboré. Un relato que tiene su miga.
El interés de nuestro vizconde trepador por este muro sombrío se originaría de un modo un tanto inesperado. En cierta ocasión, su guía Germain Castagné le propuso repetir esa ruta norteña a la Torre de Marboré que acababa de abrir el equipo de Henri Brulle. Como réplica, surgió por vez primera el nombre de la invicta cara Norte del Casco…, ¡para espanto del otro hombre de Gavarnie allí presente, François Bernat-Salles! Con el arranque del verano de 1907, Castagné retomaba el proyecto:
“–Este año, ¿será el del Casco?”.
Parecía difícil escurrirse, ¿no? Mas tampoco era preciso presionar demasiado a Ussel para interesarle por un objetivo tan atractivo. Ésta fue su opinión del asunto que se venía encima:
“Su muralla Norte, ¿no tenía todo lo necesario para excitarme? ¿No era una pared tentadora? ¿No le daba al pico una silueta capaz de provocar una pasión violenta en un alpinista? ¿Una pasión que satisfacer al precio que fuese?”.
Decidido: Ussel, Castagné y Bernat-Salles, tras realizar otras escaladas pirenaicas de primer orden como aperitivo, se aproximaron al pie del Casco un 25 de agosto de 1907. Su fachada septentrional presentaba entonces una combinación de tres muros severos y dos glaciares superpuestos. En la fuente de los Sarradets, el trío almorzó mientras corría el catalejo del uno al otro, en busca de los flacos débiles del paredón. Pero el camino hacia la cumbre del Casco no prometía nada bueno desde abajo. La pitanza acabó en un incómodo silencio a la vista de las dificultades que parecían aguardarles: todos preferirían callar para no contagiar su pesimismo al vecino.
Una vez llenos los estómagos, marcharon para un tanteo inaugural que auguraba poco. Ante la segunda muralla del Casco, comenzaban las primeras dificultades serias, materializadas en un resalte que exigió que Castagné lo tuviese que superar sobre los hombros de Bernat-Salles. Vencido el segundo glaciar, nuestro terceto se plantó bajo el sector que bautizaron como “la Gran Muralla”. Allí les esperaba una rimaya bien negra y muros con las presas recubiertas de escarcha helada. Para dar un toquecillo más terrorífico a la escena, desde la cima se escuchó a un grupo de turistas que chillaban para que descendiesen, indicándoles por dónde lo podían hacer sin despeñarse. Era una ocasión ideal para que el Vizconde sacase a pasear su sentido del humor:
“–Dado que ellos no percibían el cortado sino desde lo alto, ¡qué hubiese pasado si lo hubieran visto desde aquí abajo!”.
Las maniobras en la primera tentativa de vencer la Norte del Casco iban a ser tan largas como dificultosas. Para no cansar a los menos fanáticos de la escalada, solo transcribiré un jaloncito del meticuloso y descriptivo texto de Jean d’Ussel:
“Castagné partió de reconocimiento, en tanto que yo me quedaba con Salles. Tenía la intención de atravesar en diagonal toda la muralla, para desembocar en lo alto de la cresta Este, donde dicha arista aparecía cortada por una ligera muesca, pues, por todo lo demás, la muralla parecía extraplomada. Unos minutos después, escuchamos su silbido característico:
”–Venid por aquí, a una decena de metros sobre vuestras cabezas. No podemos llevar nada con nosotros: será preciso dejar las mochilas; no queda más remedio.
”Sin embargo, a pesar de lo que nos decía, cuanto más miraba la pared, menos veía una vía, fuera la que fuese, que pudiera permitirnos subir a la cima. Pero Castagné había hablado de una chimenea, ¡e incluso llegó a indicar su base! No quedaba más salida que callar y obedecer. Cada uno se concentró en adoptar las medidas que requería esta situación: Castagné se quitó sus zapatos para proseguir descalzo, mientras Salles y yo nos calzábamos las abarcas. Tomamos algunos terrones de azúcar, ¡y listo! En aquel momento solemne, nuestros rostros estaban serios: la ascensión prometía ser complicada. En tales empresas, era preciso que nuestra porción más inteligente desapareciera, ¡para no analizar lo que íbamos a hacer!
”La muralla se alzaba bruscamente en una larga laja blanquecina en la que se percibían, salpicadas, algunas presas raras y pequeñas: ése era el camino. Con la cuerda atada, Germain comenzó la escalada, trepando como un gato. Al cabo de una quincena de metros, se detuvo para ayudarme en mi progresión. En cuanto a Salles, permaneció abajo, por lo que sería necesario que yo me desencordara para enviarle la maroma, lo que nos haría perder mucho tiempo. El clima parecía estropearse. Las grandes nubes pasaban con velocidad, empujadas por el viento brusco de España. Pero las repisas eran allí tan reducidas que no cabíamos los tres […].
”A esta primera laja le sucedería una segunda, rápidamente escalada del mismo modo y, después, un muro vertical de unos cuantos metros que Castagné superó con muy buen estilo. Entonces le pregunté si la roca estaba mejor más arriba. Como me respondió afirmativamente, partí hacia él, sólidamente encordado. Sin embargo, al reemprender la escalada, Castagné se dio de bruces con un imposible. Situado a dos metros sobre mí, le vi realizar esfuerzos extraordinarios para buscar con su mano izquierda una presa. Pero la laja de la que pretendía colgarse era absolutamente lisa, por lo que el hombre no lograba ascender. Entonces surgieron de su boca toda una serie de maldiciones, tan inútiles como contundentes:
”–¡Salles –aulló al final–, estamos perdidos! ¡No regresaremos vivos a Gavarnie!
”Seguido, trató nuevamente de colgarse, viéndose una vez más obligado a renunciar:
”–Aunque yo no pueda bajar, usted descenderá con una cuerda. ¡Pero yo…!
”En efecto: no había ni un saliente, ni una roca a la que atar una cuerda. Puesto que tampoco se podía descender, sería preciso vencer aquello a cualquier precio. La tensión subió al máximo.
”Percibí una plataforma minúscula tras una nariz de la muralla, por lo que advertí a Germain de que quizás podía probar en aquella dirección. Pegándose a la roca, Castagné bajó hacia mí y, con una serie de precauciones infinitas, cruzó hasta la plataforma para atacar el muro por ese lado. No veía ni oía nada pero, al cabo de unos instantes, el movimiento de la cuerda me dio a entender que había llegado y que era mi turno de seguirle…”.
¡Salvados por la campana! Aquella progresión inaugural por la Cara Norte del Casco resultó tan lenta y complicada que incluso se llegó a considerar cierta estrategia poco ortodoxa: descolgar a Bernat-Salles hasta el suelo para que bajara a Gavarnie e hiciese acopio de maromas… Seguido, tendría que subir con ellas hasta la cima, descolgarlas en su dirección, ¡y rezar para que pudieran trepar por ellas! Hubo un paso especialmente delicado en el que Ussel se encontró sin presas ni para los pies ni para las manos, y en el que terminó colgando de la cuerda sobre el vacío. Atentos al chispeante diálogo que se estableció, en semejante trance, con el guía de cabeza:
“–No me atrevo a tirar más de la cuerda –dijo Castagné–, pues podría romperse.
”–Tirad más –le respondí–: la cuerda es nueva y no debería romperse. Además, si creéis que puedo quedarme donde estoy… Cueste lo que cueste, es preciso subirme”.
No había nada que hacer. Como la llovizna se apoderaba del Circo de Gavarnie, nuestro grupo decidiría descolgarse hasta el zócalo del Casco para iniciar la retirada hacia la Brecha de Rolando. Para colmo, dado que llegaba con tormenta eléctrica, Bernat-Salles optó por arrojar los piolets al glaciar que tenían por debajo: en cuanto pisaron los referidos neveros, tendrían que enfrentarse con un descenso salpicado de resbalones…, ¡debido a que no lograron recuperar sus piolets! El siempre ocurrente Ussel no dejó de reseñar que todas estas desventuras podían deberse a que “el Casco quería vengarse por haber tratado de violar su pared Norte”.
Nuestro terceto no era demasiado supersticioso, pues regresó a esta “muralla poco hospitalaria” el 14 de septiembre de 1907. Sorpresa grande: en los quince días transcurridos desde el intento inaugural, el primer glaciar había menguado mucho y ofrecía un mayor segmento rocoso para superar. Lo mismo sucedería con el segundo: las dificultades de la pared se incrementaban. Tras las consabidas discusiones sobre la ruta exacta de medio mes atrás, se reanudaron las operaciones en la Norte del Casco… A pesar del clima tan gélido, Germain Castagné decidiría descalzarse para mejorar su adherencia en la roca. Ante el cambio de decorado que suponía una pared con tramos helados, el guía tardó poco en gritar a los dos de abajo:
“–¡Nos hemos caído, y bien!”.
A duras penas se pudo rehacer el itinerario ya abierto. Mas lo peor estaba por llegar… El guía de cabeza viviría otra colección de emociones fuertes por cuenta de un muro helado que le cortó el paso. Así lo percibió Ussel desde una posición inferior:
“Castagné, después de haberse izado hasta el pie de la laja y hasta una terraza calcárea pulida, se quedó mirándola durante largo tiempo: la tanteaba y la volvía a tantear, tratando de moverla, pero sin poder decidirse. ¿Cuánto tiempo pasó así, en su mudo recogimiento, sin que ni los consejos ni los gritos de Salles le afectaran? Lo ignoro. Sin embargo, terminó por decidirse por la fisura…”.
Aquí interrumpiré la crónica del agónico avance, para situar directamente a nuestro trío sobre la cima del Casco. Como explicación postrera, solo voy a añadir que los últimos diez metros de dificultades requerirían un par de horas de sudores fríos. Pero nada de eso tenía importancia cuando se saboreaba una victoria bien trabajada. En este punto, Jean d’Ussel quiso trocarse en filósofo para servir un fragmento que todos los escaladores deberían ser capaces de citar de memoria:
“Sobre todos estos decorados reina una calma que nos choca, puesto que contrasta de un modo singular con las emociones de la escalada. Así, nos llevamos del Casco un recuerdo imborrable, además de una pasión cada vez más profunda por las altas cimas, aunque a veces puedan parecer inhóspitas y poco atractivas. Pero poco nos importa dicha apariencia, porque sabemos que las grandes lajas blancas, rojas o brillantes, siempre serán para nosotros unas amigas, sin que importe la suerte que nos reserven, sin que importe si nos van a hacer degustar las alegrías de la victoria o las amarguras de la derrota”.
Claro que también se puede anotar el párrafo en un papelito y llevarlo, bien plegado, por el fondo de la cartera. Cuando las cosas vengan torcidas, su lectura hará mucho bien…
El misterioso País del Pirineo
Publciado por albertomartinez - 03/12/11 a las 11:12:26 pmEl pasado 29 de noviembre, tuve el honor de recibir del Gobierno de Andorra un premio periodístico. Fue por cuenta de ciertas entradas, en este mismo blog de desnivel.com, entre febrero y mayo de 2011. Dado que considero tales páginas como una tribuna colectiva, he de agradecer de forma pública la participación de cuantos saltaron al ruedo con sus comentarios. Tan brillantes y enriquecedores como perfectamente engarzados con el texto central. Ni que decir tiene, también felicito al Grupo Desnivel, pues estoy convencido de que su renombre ayuda siempre a que, cuanto se cobija bajo su alerón, sea mirado con buenos ojos por un jurado. Gracias a todos, amigos.
Mi andorran affaire hará que hoy acudamos hasta dicho Principado, el País del Pirineo por excelencia. Y, sin embargo, no del todo frecuentado por el gremio montañero. Yo mismo he de entonar una suerte de mea culpa, dado que jamás he subido una sola de sus cimas. ¡Con la de montañas altas y fotogénicas que hay en Andorra! Regularmente, acudía hasta dicha República para practicar el shopping-extrem: a la ida o vuelta de los Alpes, la tradicional paradita para dejar secas nuestras tarjetas de crédito en, pongamos, Deportes Viladomat… ¡Cuántas veces hemos babeado ante sus escaparates! También he esquiado en Pal o Arinsal, y, últimamente, me dejaba caer por Escaldes para visitar la fantástica librería Caballé… Entonces, ¿por qué nunca me decidí a patear esas montañas que se cernían de modo constrictor sobre las tiendas del Principado? Pues he de reconocer que sus vértices no me decían nada. Además, quedaban un tanto alejados de mi zona habitual, el Pirineo oscense… Por suerte, las cimas de Andorra nunca han dejado de aparecerme entre los textos del siglo XIX que hojeaba: nuestro País Pirenaico posee un pasado deportivo apasionante. Así, todos los grandes de la conquista de esta cordillera supieron escuchar la llamada de sus alturas: Charles Packe, Henry Russell, Franz Schrader, Maurice Gourdon, Aymar de Saint-Saud, Jean d’Ussel… Rastreando sus pasos, se podría esbozar cómo discurrieron los inicios del pirineísmo en tan enigmáticos decorados.
Este viejo país enclavado entre Francia y España, independiente según la tradición desde tiempos del emperador Carlomagno, llegó al Siglo de las Luces envuelto en cierto halo de misterio. Así, cuando en 1787, los pirineístas comenzaron a rondar las trochas de montaña, Andorra quedó fuera de los circuitos habituales. Que, durante los balbuceos de nuestro deporte, era tanto como decir: el Midi de Bigorre, el Monte Perdido y la Maladeta. No extraña que, para los coetáneos del pionero Louis Ramond de Carbonnières, las cimas del Principado interesasen de un modo discreto. Mas, a despecho de cuanto se insinuaba desde ciertos textos novelescos, Andorra no se hallaba en la cara oculta de la luna. Sus montañas tampoco eran ninguna terra incognita. Sencillamente, solo preocupaban a los nativos por la cuestión de sus recursos ganaderos, cinegéticos y mineros, o por los secretos del cruce de sus puertos elevados. El estudioso del pirineísmo Curt Wittlin, aludiendo en 2004 a las rutas de esta región, apuntaba: “Zona de paso, eje transversal atravesado por muchísimas personas, la mayoría de las cuales no saben escribir, por lo que ninguna va a hacer un libro”. Sin embargo, algún foráneo sí que se animaría a tomar el pergamino y la pluma para hablar de sus montañas…
Tal fue el caso del coruñés José Cornide Saavedra, autor de cierta Descripción física, civil y militar de los montes Pirineos (1794) escasamente difundida. Sus apuntes sobre las generalidades del Principado o vías de comunicación, no dejan hoy de tener su interés:
“El valle de Andorra es un distrito situado entre las asperezas del Pirineo, y regado por el ya dicho río Valira y por otro Ordino, que se une con aquel enfrente de la villa de Andorra, capital de este pequeño partido, muy parecido en sus circunstancias locales al valle de Aran. Su clima, así como en casi todo este corregimiento, es frío y destemplado, porque apenas hay tres meses del año que no nieve en los montes que le rodean. El terreno de su parte superior es áspero y fragoso, y solo produce centeno, poco trigo, mucho heno y algunas frutas. Los pastos son abundantes y excelentes, y con ellos se mantiene cantidad de ganado caballar y vacuno […]. En sus montes se crían osos, lobos, cabras montesas y liebres de un tamaño extraordinario, patos, gallinas silvestres y perdices de distintas especies y colores. En sus ríos se pescan grandes y delicadas truchas; y en sus bosques se encuentras varias venas metálicas que proveen algunas herrerías que se hallan en corriente […]. Desde este corregimiento comunican algunos caminos, aunque no muy practicables, con Francia. El primero es el que va de la Seu d’Urgell a Vielha, y que después de haber pasado el río Valira debajo de Castellciutat, deja el camino que va a Gerri […]; y dejando a mano izquierda la gran montaña de Sant Joan del Erme, baja a Romadriu […]. Otro camino pasa por la Seu d’Urgell a Siguer, dirigiéndose a Calviniá, a Arcadell y Arovell; pasa el río Valira a vado y luego por Santa Coloma y Andorra, en donde se aparta del camino que va a L’Ospitalet; sube a la Masía y vadeando otra vez la Valira, para por Ordino; y sube a Pornás la cortina Ylles, donde deja el camino que va al condado de Foix, y continuando su subida hasta el puerto por donde pasa la raya de Francia, baja seguidamente a Siguer. Este camino hasta el lugar de Andorra es llano y carretero, y por consiguiente bueno, pero lo restante es desfiladero y malísimo”.
Este breve texto casi puede presentarse como una tempranísima guía sobre las veredas andorranas. Un tema que sin duda interesaba a nuestro cronista, quien airearía otro fragmento muy anterior al suyo, firmado por el cosmógrafo real Pedro de Medina desde su Libro de grandezas y de cosas memorables de España (1548):
“En este lugar [el puerto de Andorra] hay una gran argolla de hierro, y gran parte de ella metida en la peña, engastada en plomo. De esta argolla, dice Eusebio que en tiempos antiguos, entrando los alemanes en España, llegaron a Tarragona, y destruyendo alguna parte de ella, y volviéndose por aquí, pusieron esta argolla, queriendo dejar memoria de su entrada”.
En este punto saltaría la polémica, pues José Cornide Saavedra no se privó de aportar su opinión sobre estas conjeturas llegadas desde el siglo XVI, en tanto que insinuaba su visita al Principado para investigar un tema tan sugerente:
“No salgo fiador de esta entrada de los alemanes y de la memoria que dejaron en ella en esta argolla por más que quisiera probar Medina con la autoridad de Eusebio. Ni la parte del Pirineo que cae sobre el valle de Andorra permite paso a las tropas por su aspereza, ni la pretendida argolla se descubre ya por más que lo haya solicitado un sujeto instruido y curioso que ha recorrido estos montes”.
Pero, además del misterio de esta argolla del puerto de Andorra, nuestro ilustrado de La Coruña nos legó otro más sobre la toponimia montaraz cuando describía los límites septentrionales de nuestro País del Pirineo:
“Formando varias tortuosidades, pasa la división por los puertos Levege, Martillat y Negro, en donde empieza el valle de Andorra, y las altas montañas llamadas las Maladetas y de la Argentera, por la cual y por la Perucella continúa la raya hasta las fuentes del río Valira y portillo de la Lioza”.
Sin embargo, la República pirenaica parecía abocada a comparecer de manera rácana en las obras del arranque del siglo XIX. Como muestra, ese laconismo del que hará gala Jean-Baptiste Mercadier de Belesta desde su Ébauche d’une description abrégée du département de l’Ariège (1801):
“Andorra, cuya lengua vulgar es el catalán, es un país neutral situado en la pendiente meridional de la cadena de los Pirineos que nos sirve como límite. Sin embargo, la mayoría de los geógrafos lo incluyen en el País de Foix [...]. El país de Andorra es extremadamente montañoso, y la mayor parte de sus montañas están recubiertas de bosques de pinos. Por otra parte, es poco fértil y está erizado de roquedos [...]. Los habitantes de Andorra apenas tienen tierra de labor, aunque sí muchos ganados y prados para que pasten. En general, constituyen un pequeño pueblo pastor [...]. El distrito de Andorra forma una especie de cuenca. Sus límites no siguen sino los picos elevados o las crestas de montaña, excepto en dos lugares de poca consideración: uno al sur y hacia España, en el paso del río Valira, que por así decirlo es su única puerta; el otro por levante, al lado del municipio de L’Ospitalet, donde acude a las fuentes del Ariège [...] hasta llegar al pico de Porteil y no dejar más las altas cimas de las montañas”.
¿Otro ejemplo más? Pues acudamos en busca de ese difundido estudio de Étienne-François Dralet para la Description des Pyrénées (1813), donde apenas mostraba interés por nuestro Principado:
“En cuanto a la vertiente meridional [de los Pirineos], comprende Cataluña, el país neutral de Andorra, Aragón y la Navarra Alta […]. La pequeña República se extiende apenas sobre 100.000 hectáreas de terreno. Se trata de un país árido, cuya principal riqueza consiste en sus pastos y ganados. Muchos ríos tienen allí sus fuentes. La Valira, el más importante, desemboca en el Segre, en España. Andorra comprende seis municipios, a saber: Andorra la Vella, que es la capital del valle, Encamp, Canillo, Ordino, La Massana y Sant Julià […]. Respecto al país neutral de Andorra, se encuentra allí forjas catalanas en número de cuatro, situadas en términos de los municipios de Encamp, Escaldes y Ordino […]. Las minas de Serrère alimentan una parte de las herrerías del valle de Andorra”.
¿Y el primer pirineísta que se atrevió a ascender a una montaña de Andorra? Es muy posible que fuese Jean de Charpentier. Este geólogo suizo que rondaba el extremo oriental de la cordillera sobre 1808, se asentó en el Ariège un año después, para terminar instalándose en Toulouse hasta 1812, cuando finalizó sus estudios mineros. Dado que le interesaban sobremanera las herrerías, es fácil que visitara Andorra en alguna ocasión. De hecho, dijo haberse apoyado mucho en colaboradores locales, tanto en Tarascon como en Vicdessos. Por desgracia, nuestro helvético fue extremadamente discreto sobre los recorridos montaraces dentro de su Essai de la constitution géognostique des Pyrénées (1823), donde apenas citaba al Principado sino para nombrar sus vegas principales:
“Andorre o Andorra: país neutral entre el departamento del Ariège y Cataluña […]: el valle del Valira; el valle de Ordino. Estos dos valles se unen cerca de la población de Andorra, y sus aguas engrosan el Segre cerca de la villa de la Seu d’Urgell. Conforman, con sus gargantas y sus valles laterales el país de Andorra, país neutral que dispone de una forma particular de gobierno”.
Al menos, este suizo nos legaría alguna pista sutil sobre sus andanzas, a la par que facilitaba la morfología y cotas de ciertos resaltes de la frontera entre Andorra y Francia:
“Pic de Fontargent, sobre lo alto de la cadena superior, al fondo del valle de Asson, en el Ariège, esquisto arcilloso y de transición, medido por Reboul y Vidal: 2.807 m [tiene 2.618 m]. Pic de la Serrera, sobre las alturas de la cadena superior, al fondo del mismo valle, rocas intermedias, medido por los mismos: 2.939 m [tiene 2.913 m]. Pic del Port de Siguer, sobre las alturas de la cadena superior, al fondo del pequeño valle de Siguer (esquisto arcilloso), medido por los mismos: 2.917 m [tiene 2.638 m]. Port de Rat, al fondo del valle de Vicdessos, esquisto arcilloso y cuarzo de transición, medido por Charpentier: 2.267 m [tiene 2.537 m]”.
Así pues, aun sin disponer de otro documento que lo confirme, ¿puede aventurarse que Jean de Charpentier ascendió a este trío de montañas y al puerto de la muga norte andorrana? Porque, si no, ¿cómo tomó las alturas y analizó la naturaleza de sus rocas? Es probable que sus reconocimientos, efectuados entre 1809 y 1812, supusieran el arranque del pirineísmo en el Principado. En cuanto a esos antecesores a caballo del siglo XVIII y el XIX, los citados Henri Reboul y Jean Vidal, se sabe que obtenían el grueso de sus cotas altas a la estima, mediante procedimientos euclidianos.
Tras este debut prometedor, el montañismo andorrano sufriría un parón: durante largas añadas, nadie pareció preocuparse por sus cimas orgullosas. Como ejemplo sangrante, se puede tomar el texto de Les Pyrénées, ou Voyages pédestres dans toutes les régions de des montagnes depuis l’Océan jusqu’à la Méditerranée (1834). A pesar de rondar el sector entre 1823 y 1825, su autor, el inquieto Vincent de Chausenque, se limitó a servir un surtido lote de consideraciones filosóficas sobre el Principado:
“Ax es la principal salida de los productos poco numerosos de esa Andorra que acabábamos de rodear. Esta región, muy poco conocida, merecería ser visitada. Posee montañas muy altas, grandes bosques y minas de hierros, muchas de las cuales están situadas en el mismo cordal del pico de la Ferrère, otorgándole su nombre, así como numerosas forjas y una población interesante por sus costumbres […]. Ceñido a la cuenca superior de la Valira, un río que desemboca en el Segre pasada la Seu d’Urgell, el territorio de esta república patriarcal apenas dispone de cien mil hectáreas de superficie. Es un país pobre cuyos únicos recursos se limitan al ganado, los productos de las forjas y los beneficios del comercio, a menudo fraudulento, entre Francia y España […]. Un pueblo feliz tras de sus pobres roquedos, a salvo de las ambiciones de los príncipes: encerrado entre dos grandes Estados, jamás ha participado en sus debates sangrientos, aunque sus ecos hayan llevado con frecuencia el resonar lejano de las batallas, como para cobijar mejor todos sus bienes a través de una paz eterna y una sabia libertad. Así, sus montañas y clima duro los han preservado de las tormentas políticas que, desde antiguo, devastan el mundo. Han conservado sus costumbres sencillas y libres cuando todo en derredor se corrompía, cuando tantos poderosos caían. La ignorancia es menor en Andorra que en las regiones vecinas: la mayoría de los jóvenes van a estudiar a Toulouse o a Barcelona, y cada cura dirige una escuela gratuita donde incluso se enseña algo de latín. Es una idea satisfactoria a favor de la humanidad el hecho de que exista en Europa un rincón, a pesar de lo limitado y de lo salvaje que pueda ser, donde el hombre puede soñar con ser libre sin que esa palabra mágica resulte profanada, donde, efectivamente, uno no esté atado mediante esas mil cadenas que los diversos partidos se esfuerzan por imponer a todo el mundo, bajo las cuales nuestra desdichada época se debate tan a menudo”.
A fuerza de internarme entre las páginas de la crónica pirineísta andorrana, he terminado desarrollando unos deseos irresistibles de subir hasta esos vértices citados por nuestros ancestros. Tal vez logre rehabilitarme mínimamente, sirviendo los mejores retazos del montañismo del siglo XIX en el antaño recóndito País del Pirineo…
El periplo del portugués errante
Publciado por albertomartinez - 18/11/11 a las 05:11:51 pm
Este año que casi se despide, hubiésemos tenido que festejar el 400 aniversario de cierto viaje pirenaico. Protagonizado, ni más ni menos, por un reputado cosmógrafo real: Ioao Baptista Lavanha. El 29 de octubre de 1610, este lisboeta ingresaba en tierras aragonesas. Su meta era efectuar reconocimientos con los que trazar un mapa del viejo Reino, que finalmente dibujaría a escala 1:277.587 y a tamaño 110 x 93 cm. Una tarea encargada por los Diputados de Aragón, influidos por ese mapa de Cataluña de 1606 que pudo admirar en Madrid Lupercio Leonardo de Argensola. Por entonces, la cartografía aragonesa prácticamente no existía. Su propuesta a Juan Bautista Labaña en 1607, cuajaría en un contrato donde se especificaba que “recorrería todos los pueblos, montes, ríos, tomando la altura y anotando lo particular que en ellos encontrase”. Casi nada.
¿Podía existir una misión más compleja para los albores del siglo XVII? Isidoro de Antillón estudió en 1802 el modus operandi de nuestro lisboeta, entonces con 56 años de edad: “Labaña realiza las mediciones cuidadosas desde prominencias. A la mañana, con la luz clara”. El catedrático Agustín Hernando Rica completaba este juicio en 2010: “Con la asistencia de un práctico –posiblemente un arriero o trajinero que le iba informando de la toponimia– emprende su periplo por Aragón, ascendiendo por la ribera del Ebro hasta los confines de Navarra, y tras visitar las Cinco Villas llega a las tierras altas del Pirineo […]. Después se desplaza a las escarpadas tierras orientales, adentrándose en algunos de sus angostos valles, aunque las condiciones térmicas, especialmente la nieve y el frío, le impiden reconocerlos”. Como única ayuda, Labaña portaba cierta Descripción de España realizada algunos años antes por Esquivel, hoy una obra desaparecida…
Nos centraremos en el trayecto pirenaico de Juan Bautista Labaña, una vez superó los resaltes de la Alta Zaragoza. Su contacto primero con esta cordillera sería el 18 de noviembre de 1610 y desde Leire. Le llamó la atención el curso del Esca: “Trae este río mucha agua, viene por entre altas peñas, en las cuales abre un portillo entre la sierra de Oyl y la de Orba, para salir al llano y entrar en Aragón”. El croquis que adjuntaba con su ubicación junto a las sierras de Illón y de Escalar, no podría ser más encantador… El 22 de noviembre, se adentraba por dichas montañas desde Sigüés:
“El camino es asperísimo por las peñas, por el fondo de las cuales corre el río Esca. Salvatierra está asentada en un otero que queda metido entre los montes altos de la sierra […]. Al final de este valle queda un lugarejo que llaman Lorbés. Y de allí vuelve el camino al norte, y dando vueltas y subiendo y bajando sierras ásperas se va a Fago […]. Ansó tiene buenas casas y gente rica en ganado y pan, que se coge mucho en esta tierra. De aquí fui a la sierra alta –que me queda al sur de Ansó, que se llama la sierra de Forcala– la cual tiene un cerro más alto que ella que se llama el Pueyo de Forcala. Desde esta sierra –de lo más alto de ella– hice la siguiente observación. La Peña Ezcaurri: es frontera entre Navarra y Aragón; lo más alto de los Pirineos que desde aquí se descubre. El Pueyo de Alano: se llama Torrella porque nace junto a él una gran cantidad de agua que entra en el río Veral, de esta agua dicen que es tan fría que consume y gasta todo lo que meten en ella. La Peña de la Horca: a mano derecha queda el Achar de la Horca, paso solo de ganado y de gente a pie. El puntal de las Peñas de Aspe: este puntal hace una abertura como un foso, que es notable para ser observado. La Peña Collarada: dicen que se ve desde Zaragoza”.
¿Estamos ante la primera descripción de los hoy llamados Valles Occidentales? ¿Y ante la más madrugadora mención de sus cumbres? Es muy posible. Pero, además de otras observaciones, Labaña surtiría del croquis de la zona y un dibujo del puerto de Palo. Sin embargo, su aventura no había hecho sino arrancar. El 24 de noviembre, cambiaba de decorado: “Canfranc está situada entre dos peñas muy altas, que apenas dan lugar a las casas, que son buenas, las cuales están todas en una larga calle a lo largo del río Aragón. Todos viven del trato porque no tienen espacio en todo el término en donde labrar, siendo todo ásperas peñas”. Al saberse cerca de la muga con Francia, nuestro lisboeta no dudaría en reconocerla. Desde las inmediaciones del Hospital de Santa Cristina de Candanchú, realizaba nuevas observaciones:
“Coll de Monjes: dicen que es lo más alto de los Pirineos. Larraca: monte muy alto. Santa Cristina: hay a la cumbre del puerto poco más de un tiro de mosquete, de donde luego empiezan a bajar los Pirineos hacia Béarn, y todas esas 2 leguas de Canfranc a Santa Cristina son de subida […]. Hay renta del pasaje de las cabalgaduras por el puerto cuando está con nieve, porque [el Justicia de las Montañas de Aragón] está obligado a tenerlo abierto […]. El río de Ip es un arroyo que baja de las peñas; en el cual entra una fuente de agua tan fría que no se puede acabar de sacar del fondo con la mano seis piedras una detrás de otra […]. Desde el nacimiento del Aragón hasta Villanúa viene por entre peñas y por los barrancos tan estrechos que apenas hay camino y tan hondo en algunas partes que no se ve Villanúa […]. Antes de llegar a Jaca, a media legua del río Aragón a mano derecha por donde se abren unas peñas para atravesarlo, están en lo alto las ruinas de un castillo que llaman de Yxos, al pie del cual, junto a la orilla del río, hay un baño de una fuente para el mal de orina y para hacer bajar la regla a las mujeres, muy extremada y experimentada”.
Es una lástima que a Labaña no le tirara lo montañero. Algo lógico en los inicios del siglo anterior al de Rousseau y De Saussure. En 1610, debía de parecer intrascendente dar los detalles de un ascenso hasta la peña Oroel… Nos conformaremos con su dibujo de dicha montaña desde el norte, junto con las indicaciones de sus vistas de cimas aledañas: “Peña Collarada; la sierra de Guara; el Pueyo de Gratal; la Peña de Canciás; la Peña de Bisaurín; la Peña de San Esteban de Orastre; lo más alto del Moncayo”. Al día siguiente, 28 de octubre, trepaba hasta San Juan de la Peña:
“El sitio del monasterio es muy extraordinario, porque todo él y la iglesia están metidos debajo de una peña grande; todo debajo de la inclinación de la peña es como de argamasa de cantos juntos y pegados como hecha a mano […]. Todo el sitio de la peña es muy duro, porque por todas las partes está casi cortada a pico, y la subida de Santa Cruz hacia el monasterio es muy áspera y con muchas revueltas. En lo alto hay un llano muy hermoso poblado por espesos pinares. Y prolongándose la peña hacia el oeste se va levantando suavemente hasta una cima mucho más alta que el resto, donde hay una ermita del Salvador, de la cual se descubre un gran espacio de tierra y montes”.
Del mismo modo, tendremos que lamentar que tan inquieto lisboeta se explayara poco en su retirada por la vega del río Gállego, rica en relieves fantásticos:
“Estuve retenido en Jaca por la nieve dos días, partí de allí el 2 de diciembre y vine a dormir a Anzánigo. El camino transcurre al pie de Oroel por la parte de poniente […]. Pasa el Gállego por unas peñas tan estrechas que parece que se puede pasar de un salto; este paso se llama La Gorgocha […]. Benter: es un castillo arruinado, construido sobre unas peñas de donde comienzan a bajar los montes hacia el llano […]. Biel es una villa del obispado de Pamplona. Está situada en un barranco entre montes, al pie de una sierra del Pirineo […]. La Peña de Riglos, de este a norte”.
Abreviaré, para no cansar: el 15 de diciembre, Labaña se internaba por Guara, reconociendo los ríos Guatizalema, Formiga y Alcanadre desde Santa Eulalia la Mayor hasta Alquézar. No buscó las honduras de los barrancos, sino esos “cerros altos” que le brindaban buenas perspectivas. Atisbando hacia septentrión, identificaría: “Son unas peñas de los puertos de los Pyreneos; el medio y lo más alto de las Tres Sorores; la sierra de San Victorián; lo más alto de la Peña Montañesa; otra punta alta, de los puertos de los Pyreneos; la Peña Cotiella […]”. Por añadidura, nos obsequió con diversos dibujitos, tanto de las Treserols como de la sierra de Sis o el Cotiella… El 20 de diciembre, nuestro lisboeta se encaramaba sobre la sierra de Arbe para avistar desde “el medio de las Tres Sorores un cerro muy grande de estas montañas, y que en la grandeza se diferencia de todos”. Hablaba del Monte Perdido, claro. Un día después, aprendía en Aínsa que “el Cinca nace cerca de una ermita que se llama Pineta, al lado del puerto, una legua más arriba de la villa de Bielsa”. Seguido, recogió informes de los ríos Cinqueta, Bellos, Ara, Susia y Yaga. No acabaría aquí su exploración, acercándose para conocer la abadía de San Victorián, “situada en lo alto de sierra, al lado de unas ásperas peñas”. Ni que decir tiene, surtió del correspondiente dibujito de la peña Montañesa…
El itinerario pirenaico de nuestro cartógrafo se cerró en los altozanos cercanos a Graus y Benabarre. Allí, compilaría datos sobre los cursos de agua: “El río Ésera nace en el puerto de Benasque […]. El río Estós nace en la montaña de Estós […]. El río Remás caro nace en la montaña de Cerler […]. L’Aigüeta de Barbaruens es otro arroyo que viene de las montañas de Armeña […]. El Rialgo nace en el Turbón”. Antes de volver al llano, el lisboeta estudiaba los confines de Huesca: “Montsec es de Cataluña y Aragón y entre ambos pasa el río Noguera Ribagorzana. El primer lugar de Ribagorza debajo de este Congost de Montsec es Montfalcó, y de la parte de Cataluña, Corsa. Se llama Montsec porque esta tierra es en extremo seca y lo es tanto que aunque llueva mucho, no aparece agua en ella ni sale ningún arroyo por mucha que caiga del cielo. Más hacia oriente de este congosto hay otro por donde sale el río Noguera Pallaresa”.
Finalizado el corto plazo que sus obligaciones en la Corte le permitían para el examen del terreno, el cosmógrafo real regresó a Madrid un 30 de abril de 1611. Para dibujar el sector de Arán, un valle de Aragón hasta 1833, Labaña “se excusa y pide noticias con arreglo a una instrucción que acompañaba, con las cuales y una descripción del valle de Arán hecha hacia los años 1590 pensaba trazar esta parte del territorio aragonés”. Como misión secundaria, quedó la de redactar una memoria con sus anotaciones viajeras. Pero las desavenencias con los Diputados aragoneses conseguirían que nunca la entregara. Los patrocinadores del proyecto juzgaron que éste tardó excesivamente en pasar al papel, y que el resultado fue “muy montuoso y poco poblado”. Así, su autor no sería muy bien pagado… Por casualidad, Ignacio de Asso halló en 1782 una copia de su “Itinerario do Reyno de Aragao” en la biblioteca de Leiden, trayendo a nuestra tierra tan interesante documento. Aunque no hubo edición para el público del mismo hasta 1895… En cuanto a las famosas seis planchas del mapa de Labaña, estaban terminadas en 1615, y su primera tirada se completaba cuatro añadas después. Dicha carta se reimprimiría abundantemente hasta el siglo XIX, siendo copiada con frecuencia. Según Hernando Rica, es de destacar su “dibujo de los cursos fluviales que surcan su suelo y las montañas, identificadas por sus naturales”.
Y un dato más, como despedida: un tal Paulo Albiniano de Rajas, o Rojas, remataría las tareas de campo que el lisboeta dejara pendientes. Se trataba de un jesuita que aún no había cumplido los 30 años. Adiego y Laguens, en su estudio de 1987, reconocían: “El padre Pablo Rajas fue quien virtualmente levantó la mayor parte de la cartografía del Pirineo aragonés, desde Benasque hasta Ansó. Su trabajo fue notorio”. El propio Labaña había proclamado de su ayudante en 1614: “Tolomeo no podía haber hecho otra cosa mejor; estaba con la perfección propia del ingenio y suficiencia del pasado”. ¿Algún día aparecerán las anotaciones pirenaicas del padre Rajas? Amén.
Los Cocos hispanos son los mejores
Publciado por albertomartinez - 03/11/11 a las 03:11:32 am
Noviembre siempre me ha parecido un mes triste. Y no solo por la resaca de ese día de Todos los Difuntos que actualmente vira hacia el invento anglosajón del Halloween. Así, hoy me pondré en plan tétrico para esbozar unas cuantas historias de montaña que, cuanto menos, podrían catalogarse como “escasamente jocosas”.
Esta introducción viene a cuento del comentario reciente de una amiga: me dijo que un servidor acostumbraba a mostrar claras tendencias a “mirar en exceso mi ombligo pirenaico como si fuera de esta cordillera no sucediese nada de interés”. De paso, añadió que “viajaba demasiado hasta su vertiente francesa”. Resumiendo: la buena moza había creído entender que desde este blog se sostiene que cuanto acontece en estas montañas es único e irrepetible. Al menos, en lo referente a esos temas esotéricos que por aquí se han rozado. La verdad es que los asuntos paranormales no me interesan de forma especial, salvo en su faceta de folklore pirenaico. El panteón de la cadena únicamente llama mi atención para ayudarme a comprender la mentalidad de los hombres que por sus cumbres se movieron. Vamos: que ni los licántropos, ni los vampiros, ni las milagrerías me han quitado nunca el sueño. Y justamente de estos tres fenómenos, digamos que sobrenaturales, tratará este texto. Porque mi amable censora me ha hecho llegar unas hojas donde se analizaban situaciones en cierta manera similares a las que se situaron en Artouste, Lahonce o Lourdes. Pero en zonas montañosas de Celtiberia, faltaría más. ¡Olé nuestro poltergeist nacional!
Vamos a por el primero de estos asuntos abracadabrantes. Al parecer, por un pueblo de Ourense llamado Allariz, rondó un célebre hombre-lobo. A este émulo gallego de los Loup-garous bearneses, de nombre Manuel Blanco Romasanta, se le imputó una espeluznante carrera de crímenes desde el año 1839: las muertes de al menos siete féminas y dos varones, cuyos cadáveres se hallaron terriblemente mutilados. Ejerciendo como guía por los caminos de las sierras de la Galicia profunda, este bestia asesinaba y robaba a sus víctimas entre los parajes recónditos. Fue capturado en 1852 debido a que se encontraron en su poder pertenencias de los desaparecidos. Durante el juicio, las declaraciones de este autodeclarado licántropo no tendrían desperdicio:
“Llegué a mantener la forma de lobo hasta ocho días seguidos, aunque normalmente no pasaba de dos o cuatro. Antonio, sin embargo, llegó a mantenerla diez días y Genaro hasta quince, aunque lo normal eran cuatro o cinco días. Con ellos maté y comí a varias personas como Josefa o Benita, y a sus hijos lo hice solo”.
Por lo que se ve, Blanco Romasanta afirmaba tener compinches en similar situación: dos lobishomes valencianos. Pero añadamos un poco más de gore a esta crónica negra a partir de las declaraciones del médico que examinó a nuestro hombre-lobo galaico:
“No es idiota, ni loco, ni imbécil, y es probable que si fuera más estúpido no sería tan malo […]. Pretende que en algunas temporadas tiene la desgracia de convertirse en lobo y, entonces, contra su voluntad, se ve obligado a desgarrar a su prójimo con uñas y dientes. Para lograrlo, se revuelca en la arena, condición antecedente a su transfiguración, y a todo esto conserva memoria circunstanciada de los hechos, de las víctimas, circunstancias de su muerte, edades, nombres y cuanto puede recordar el hombre más cabal”.
Aunque la historia da para mucho, la remataré con dos apuntes rápidos. Uno, cinematográfico, pues hay al menos un par de películas que han recreado estos hechos macabros: “El bosque del lobo” (1971) y “Romasanta, la caza de la bestia” (2003). La última de ellas, ¡protagonizada por Elsa Pataky! Para cerrar este apartado sanguinolento, añadir que aunque este criminal fue condenado a morir en el garrote vil, no ha aparecido certificación alguna de que dicha ejecución se llevara a cabo. El investigador Lorenzo Fernández Bueno, desde La guía del terror (2006), conjeturaba: “La imaginación popular asegura que se transformó por última vez en lobo, y que hoy en día continúa vagando por los bosques de Allariz en busca de nuevas presas”. Tal vez emigrara al entorno del lago de Artouste, para allí amancebarse con alguna mujer-lobo bearnesa de buen ver. ¡A saber!
Vamos con la siguiente pincelada de terror montaraz y extrapirenaico. Ahora, por cuenta del crimen adjudicado al celebérrimo Hombre del Saco, también llamado Sacamantecas. Acaso, el Coco hispano por antonomasia. Una historia real que apuntará hacia el asesinato de un niño de siete años, Bernardo González Parra, en 1910. Si las anteriores muertes se situaron entre las sierras de Mamede y Queixa orensanas, esta otra tendría lugar en las montañas cercanas a Gádor, en el corazón de las Alpujarras de Almería. Resumiendo mucho el nuevo caso: un curandero local se ofreció a tratar la tuberculosis de un convecino confeccionándole cierto ungüento con la sangre y la grasa del vientre del pobre chico. Antes, había intentado secuestrar a una niña, que escapó por su carácter decidido… Sin entrar en otros detalles horrendos, he aquí las conclusiones de Fernández Bueno en 2006:
“El infanticidio estaba íntima y absolutamente relacionado con absurdas prácticas del más primitivo curanderismo, aquel que propiciaba el vampirismo de la sangre joven como método seguro para recuperar la salud y el vigor perdidos por la enfermedad o la vejez”.
Como se ve, para toparse con un vampiro, tanto da acudir hasta las faldas del Pic d’Anie como hasta las de la Alpujarra Alta. En consecuencia, los amigos más góticos pueden ahorrarse el viaje a Lahonce y dirigirse al Sur para seguir las huellas de estos monstruos, del todo reales, entre las sierras de Andalucía…
Para mis gustos no tan sanguinarios, lo más pintoresco llegará de la mano de las denominadas “apariciones de Garabandal”. Porque, ¿alguien sabía de la existencia de una especie de mini-Lourdes en Santander? Bien arropado entre montañas, claro está, se puede constatar otro fenómeno espeluznante que se atreve a competir con los efectos del Más Allá pirenaico. Y español de pura cepa…
Los paralelismos entre los prodigios de la Bigorra y los de Cantabria resultan sorprendentes. Pero en la segunda ubicación, en lugar de una, nos toparemos ni más ni menos que con cuatro Bernadettes. Rebobinemos para explicarlo mejor: un 18 de junio de 1961, las niñas Conchita, Jacinta, Mari Cruz y Mari Loli, empezaron a tener visiones místicas a la salida de su pueblo, San Sebastián de Garabandal. Desde entonces, por allí se captaron escenas similares a las constatadas por Lourdes hacia mediados del siglo XIX: estruendos misteriosos, materializaciones sobrenaturales que enseguida se adjudicarían al arcángel San Miguel, rezos del rosario multitudinarios al aire libre, convulsiones y éxtasis en las chicas mientras oraban, progresiva congregación de los fieles de la zona, aumento de curiosos… Ni que decir tiene, hubo comentarios para todos los gustos, con el Demonio como protagonista en la mayoría de las ocasiones. El 2 de julio y tras una procesión de penitentes, volvían a aparecerse a las niñas otros seres divinos solo por ellas percibidos, que esta vez supusieron era “la Virgen del Carmen escoltada por una pareja de querubines”. Llama mucho la atención los procedimientos empleados para comprobar que este cuarteto de videntes infantiles no simulaba. Según el informe del párroco Andreu al entonces obispo de Santander, monseñor Aldázal, se recurriría a sistemas cercanos al Auto de Fe inquisitorial: “Pese a haber intentado sacar a las niñas de su éxtasis con dolorosos cortes, golpes secos y hasta quemaduras, ellas permanecían insensibles a todo”.
En este rincón remoto de las montañas cántabras hubo otras visitas desde el Más Allá, tanto de seres alados que no quisieron identificarse como del reincidente San Miguel… A menor escala que en Lourdes, los aficionados a tales espectáculos acudirían en número creciente hasta la localidad santanderina: el 8 de octubre de 1961 se censaban unos 5.000 visitantes, tanto nacionales como guiris, pues el asunto se siguió mucho desde Bélgica hasta los Estados Unidos. Supongo que todos se lo pasarían en grande viendo las materializaciones de Sagradas Formas en la boca de estas niñas… Ah, sí: también hubo mensaje especial para el Papa, al parecer, comunicado por la propia Virgen María un 30 de noviembre de 1965: Conchita González se desplazó hasta el Vaticano y, tras ser interrogada en el Tribunal de la Congregación de la Fe, antaño Inquisición, se dice que fue recibida por el Pontífice. La historia dispone de ingredientes que la hacen destacar sobre otras más pirenaicas, como que uno de los críticos de estos fenómenos, monseñor Puchol, se estrellase misteriosamente con su coche… ¡En Lourdes jamás se recurrió a sicarios de ultratumba para hacer valer su hechos milagrosos! O esa visita en 1970 del no menos pintoresco Papa Clemente del Palmar de Troya, quien, como no podía ser menos, también llegó a disfrutar de su lote de visiones y éxtasis diversos. Lástima que las predicciones sobre el Fin del Mundo para el mes de abril de 1995 no terminaran de cumplirse… Pero corto ya: como se ha podido intuir, Cantabria ha sido testigo de cuadros más prodigiosos que la Bigorra. Sin embargo, ¿acaso les ha fallado el marketing? Pues aún estamos a tiempo de favorecer los productos españoles, ¿no? De momento, ya se ha producido alguna curación milagrosa…, a la par que florecían los negocios de venta de souvenirs religiosos. Y, puestos a mejorar la oferta místico-turística local, se ha añadido a este panteón de ultratumba la figura de cierto monje fantasma que rondaría el sector cercano de la Peña Sagra. Un detalle que, sin duda, interesará a los visitantes más montaraces. No obstante, si se desea conocer esta porción de las cordilleras santanderinas, mucha prudencia, pues, según Fernández Bueno: “Los días en los que se reúnen los fieles en el árbol de las apariciones son jornadas en las que los asistentes se hallan con la sensibilidad a flor de piel; conviene mantener un prudente silencio”.
Remataré este catálogo sobrenatural con un pequeño escorzo autobiográfico: cuando era crío y comenzaba a salir al monte, solía pasar por casa de un amigo de camino al autobús que nos llevaba al Pirineo. Si su simpático portero rondaba por las cercanías, nos recomendaba de forma invariable que tuviésemos mucho cuidado durante la noche, por si “nos asaltaban algunos quinquis” o por si “veíamos cosas inexplicables mucho peores”. Nosotros le jurábamos que en el ibón de Cregüeña o en Cotatuero no había nadie más, aparte de los sarrios y de otros locos como nosotros. Pero ni por esas: el buen hombre nos miraba como si no nos fuera a ver nunca más. Al parecer, en el subconsciente de los pueblos hispanos, pernoctar al raso entre montañas o, simplemente, fuera de casa, podía acarrear mil desgracias. Alguna de ellas, relacionada con el Más Allá. Pues nada: abra-cadabra, pata de cabra…
Un Ramond de Tarazona
Publciado por albertomartinez - 21/10/11 a las 03:10:32 pm
En Francia, la devoción por Louis Ramond de Carbonnières es total. Desde medios pirineístas no se cansan de loar las peripecias de quien se considera el padre de nuestro deporte en esta cordillera. Y desde luego que hacen bien. Sin embargo, la escasez de textos hispanos del siglo XVIII sobre los Montes de Pyrene, puede parecer que nos sitúa en término de inferioridad respecto a nuestros vecinos del Norte.
A título personal, prefiero creer que en la vertiente sur pirenaica también se redactaron trabajos madrugadores sobre montañas. Por un lado, existen indicios de que nuestros pastores y cazadores se pateaban a conciencia cada rincón de sus municipios, incluyendo las regiones altas. Por otro, la rica vida cultural española insinúa que también pudimos tener nuestro propio Ramond: aquí no vivíamos tan retrasados respecto a los pueblos septentrionales como alguno quiere suponer. En el Siglo de las Luces se disponía de eruditos en ciencias naturales, prospectores de mineral y largo etcétera. Incluso en los pueblos más remotos del Alto Aragón, las Casas fuertes enviaban a sus hijos hasta las Tierras Llanas para que se educaran. No era extraño que cada cabecera de comarca contase con su inteligencia a través de algún boticario, secretario o cura ilustrado…
Ya que hemos citado al clero, parece oportuno hablar de cierto canónigo de la catedral de Tarazona llamado Vicente Calvo y Julián, autor de una Descripción física y natural de la ciudad de Tarazona y de su Partido que fue presentada a concurso en la Real Sociedad Aragonesa sobre 1781. María Carmen Ansón Calvo y Silvia Gómez Ansón lo sacaban a la luz en un interesante trabajo para la revista Turiaso (1992) con objeto de analizar la “Aportación económica del Moncayo a la comarca de Tarazona según un documento original del siglo XVIII”. El original duerme en la Biblioteca de la Real Sociedad Económica, en Zaragoza. Pero acudamos ya a las porciones que dedica el padre Calvo y Julián al Techo del Sistema Ibérico, nuestro querido Moncayo (2.315 m):
“Llamose Mons canus por estar coronado de nieve la mayor parte del año, esto es, desde los últimos de octubre hasta primeros de agosto. Sucede algunas veces que nieva todos los meses y aún en los de estío, si después de una lluvia sopla con alguna furia el viento, bien que semejantes borrascas son de corta duración. Durante un quinquenio que lo he observado, he visto que se ha ido la nieve dentro del mes de junio, a principios de julio, al fin del mismo mes y a 5 de agosto. En años que nieva bien por el invierno será lo más regular que se vaya desde 18 de julio al 28. En este mismo año que escribo cuajó la nieve el día 26 de junio y el 25 de septiembre. Es la atalaya de los reinos de Aragón, Castilla, Navarra y Vizcaya, viéndose desde la cumbre con anteojo largo la ciudad de Zaragoza, que dista 18 leguas, y sin auxilio alguno las aguas del Ebro de Zaragoza, Tauste, Mallén, etcétera.
”Sin embargo, de estar colocado sobre otro monte eminente que se llama la Zierma, se necesitan tres horas de tiempo para subir a la cima. Tiene por esa frente estepas, hayas, robles, arelos, romeros y enebros. Encuéntrase inmediatamente el prado que se llama de Santa lucía, de cuya cordillera se desprenden piedras blancas como de alabastro pero más sólidas. Dejas a un lado cierto edificio viejo y derruido, denominado Santa Eulalia. Domínalo la casa y ermita de Nuestra Señora de Moncayo donde habita un capellán y su familia desde Pentecostés hasta Todos Santos para hospedar a los fieles que van a visitar tan devoto Santuario. El huertecillo que se mira enfrente produce verduras que exceden conocidamente a las de Tarazona y a uno y a otro lado solo hay digno de notarse las fuentes de San Gaudioso y la Caña, excelentes contra las obstrucciones. Encuéntranse por aquel recinto algunas matas de chordón o fresa silvestre, acedera y espinaca de monte, campánula, siempreviva, muy particular y una en otra turma de tierra, en el paseo de la Calzada bajo la peña, negra y monteada. Tiene visos y señales que hay muy pocas sobre la haz de la tierra que la exceden en antigüedad. Éste es un paraje sumamente cómodo para las tareas de un curioso en los calores más ardientes del estío. Con una mesa delante, contigua a la misma peña, puede trabajar sin que le ofenda el sol, desde las diez de la mañana hasta los crepúsculos, y por la noche no hay sereno, de modo que se puede pasear con la cabeza descubierta. Fuera de la gran pradera del Cucharón en que hay espinacas silvestres muy lozanas y donde el eco de la voz y de los instrumentos resuena armoniosamente por la correspondencia con otras rocas inferiores, apenas hay tierra firme para asegurar los pies. Con todo, se dejan ver matas de eufrasia, de balsamina, verónica, etcétera. De allí para arriba todo es peña viva o piedra suelta de las antiguas rocas, de manera que la poca hierba que se divisa sale por entre las piedras, agarrada a la misma arena que resulta del choque continuo de unos guijarros con otros. Síguese la Hoya de San Miguel, en que hay algunos corros de espinacas silvestres. Llámanse en Tarazona serrones y de aquel paraje, como más finos y lozanos que resultan de los asestaderos del ganado, se bajan para algunos convites como plato exquisito de país. Encuéntranse luego, cerca de las Rocas de Trinidad los pozos de nieve para el abasto de las ciudades y pueblos inmediatos de Aragón, Castilla y Navarra. Las subidas desde este paraje no pueden ser más escabrosas, ya por la calidad de terreno, que consiste en una continua losa resbaladiza con partes metálicas, ya también por su mucho declive y pendiente.
”Llégase en fin a la cumbre. Forma tres puntas elevadas que miran a Tarazona, en cuya cordillera es donde más persevera la nieve, estando resguardada del sol y los vientos. Hállanse inmediatamente algunos pozos abiertos que serían tentativas para descubrir metales pero se reducen a montones de pizarra negra y morada, declinando desde allí en disminución suave hacia Castilla. Tanto en esta vereda como en la cumbre se dejan ver cristales de roca muy claros, en medio del hierro y el yeso, de cuya destilación y evaporación proceden. En un cuerzo, como las dos manos, conté hasta cuarenta cristales de roca, con sus puntas adiamantadas en los claros o hendiduras que resultan de la descomposición del cuarzo y de la destilación y evaporación del yeso y del hierro. Estos cuerpos no son hermosos a la vista, de modo que arrebaten la atención para colocarse en un gabinete de historia natural pero encierran mucha instrucción para sacar ideas sobre la formación de los cristales de roca, sin recurrir a la congelación de las nieves y carámbanos, escollo en que dieron algunos antiguos. Abunda de piedras metálicas, listeadas de varios colores que deslumbran miradas de noche con luz artificial, pero no he podido hallar aquellos jaspes o mármoles exquisitos que se presentan con el nombre de Moncayo en varios Gabinetes. Tengo motivos para sospechar que no carece de algunos mármoles manchados y matizados. Es apreciable el de la pila bautismal de la Santa Iglesia de Tarazona y semejantes a estos se ven fragmentos en los empedrados de sus calles, señaladamente en las que se dirigen al Palacio Episcopal, a San Miguel y a la Rudiana. Pizarras sí que se encuentran con labores, aguas, motas y metales.
”Este es el Moncayo mirado y reconocido por la parte que corresponde a Tarazona y ahora voy a describirlo por toda su circunferencia. Deben considerarse tres estancias que son: el pie del Monte, el centro o cuerpo, y la cumbre. La primera se halla poblada de árboles, matas y plantas que se expresan en el catálogo, ponderando las encinas y los robles. Entran después el romero, la estepa, la haya el enebro y la aliaga, siguiéndole el tomillo, el boj, el pino; estas dos últimas especies por la parte que mira a Trasobares. Hállanse en la misma estancia, mirando hacia Castilla, la gruta de La Cueva y la Fuente de Vozmediano, una y otra muy dignas de verse y de anotarse. Esta última ya está descrita en el Juicio de los Frutos que con preferencia deben cultivarse en el Partido de Tarazona.
”Paso a la segunda, una de las más singulares de nuestra España en esta línea de cristalizaciones y petrificaciones. Aparece dicha gruta contigua al lugar de La Cueva, término de Castilla pero del Obispado de Tarazona. Hasta de ahora nadie da razón de su verdadera extensión y profundidad por los muchos brazos y ramales que tiene. Después de la Luna o Plaza que sirve para encerrar el ganado en todas las estaciones del año, se hace preciso entrar con luz artificial y desde luego que se ve que toda ella es una continua estalactita. La destilación del agua que atraviesa por unos bancos de tierras blancas, amarillas y bermejas que hay sobre dicha gruta forma cristalizaciones en figura de chuzo, carámbanos, tachonados, pabellones, toldos, cornisas, columnas y molduras desde el tamaño de un bordón de vihuela hasta el de tres cuerpos de hombre. Cada uno de estos chuzos o canalones tiene un agujero o canutillo por donde se cuela el agua. Insensiblemente se cristaliza el sarro que se pega a las paredes tomando los incrementos que se advierten hasta que muda de vereda el agua y entonces forma otras figuras distintas. Hay parajes en que no se puede entrar sino con el cuerpo pegado a la tierra, al barro y al agua, causas que incomodan mucho para su largo y pródigo reconocimiento. Con todo, yo examiné dicha gruta por espacio de tres cuartos de hora, guiado de los sujetos más prácticos de la población. Ella es refugio de aves nocturnas y divierte sobremanera ver pegado a un carámbano de cristal un negro murciélago. Ya se hubiera cegado enteramente por la continua petrificación y cristalización del agua si los naturales no desmoronaran y rompiesen en muchos de los aumentos que reconocen anualmente. La segunda estancia de Moncayo por toda su circunferencia ofrece bancos de tierra de muchos colores, verde, amarilla, rojo, aplomada, pero sobresale la morada. Presenta también pizarras de los mismos colores, piedras metálicas, polvos de salvadera, losas para moler colores y multitud de fuentes de cortos caudales. Los Pozos o minas de hierro caen enfrente de Beratón y regularmente carece de arbustos y matas verdes, a excepción de los escorrederos de las fuentecillas y del paisaje que se llama Barranco de Morca. Hay aquí frutas silvestres y buenas truchas.
”La tercera estancia, que es la cumbre, hállase vestida de hierba común muy corta y fina, pero nada espesa, sobresaliendo variedad de flores amarillas.
”En una palabra, considerado generalmente, Moncayo es un almacén universal, no solo del Partido de Tarazona sino de otros muchos. Contribuye con sus aguas para el riego de más de treinta poblaciones. Las abastece de nieve, carne, tocino, miel, cera, truchas, leña, hierro y carbón. Les ofrece la leche suficiente, la caza menor y de cuando en cuando jabalíes de ocho a nueve arrobas, venados y ciervos. Finalmente, suministra a la Medicina, a las Artes y a la Industria, plantas, maderas y hierbas”.
Un texto notable para 1781, ¿eh? Con fragmentos que recuerdan a Schrader en la descripción geográfica, a De Bouillé en la de naturaleza, a Casteret en la de espeleología… Está claro que el afortunado Moncayo dispone de su propio Ramond. Y no me cabe la menor duda que, tarde o temprano, de algún archivo o biblioteca surgirá un legajo que difunda los logros de los tempranos exploradores hispanos del Pirineo. Al tiempo.
En busca del papelajo perdido
Publciado por albertomartinez - 15/10/11 a las 08:10:00 am
Con frecuencia, uno se pregunta por esos documentos que duermen el sueño del olvido en algún polvoriento sótano. Referentes a asuntos del montañismo hispano, se entiende. Porque en lo que atañe a cuantos resultaron destruidos durante la guerra contra la Convención o la de Independencia, las tres Carlistadas y la Civil, mejor no pensar… Así, no extraña que el fondo documental del que disfrutan nuestros vecinos galos parezca abrumador comparado con el nuestro. Pero, poco a poco, surge alguna cosilla que otra.
Los indicios de la existencia de esos fondos despistados, brotan aquí y allí. Si se bucea con atención entre la obra de Pascual Madoz, se pueden hallar pistas sobre la producción literaria española. Por ejemplo, entre las páginas del Diccionario (1845-1850) del navarro, se esconden alusiones en cuanto a la crónica montaraz de las Treserols:
“Perdido (Monte): en la provincia de Huesca, partido judicial de Boltaña; es una de las mas altas cumbres de los Pirineos. Situación: hacia el centro de la cordillera, algo al oeste de Bielsa, y a alguna distancia del límite meridional del departamento francés de los Altos Pirineos, cerca de un pequeño lago, llamado Lago del Monte Perdido; tiene 12.222 pies de elevación. De los ventisqueros de esta montaña, cae formando una magnífica cascada el torrente de Gavarnie, que es una de las principales fuentes del Gave de Pau (Francia) […]. Pero nos concretaremos si, a la opinión de nuestro apreciable e ilustrado amigo, el señor don José Viu, emitida en su preciosa obra inédita del Alto Pirineo; en la cual ha demostrado sus profundos conocimientos en las ciencias naturales… El mismo señor Viu nos dice, haber encontrado esos vestigios de los mares en los Pirineos, hallando muchísimas petrificaciones de los tres reinos en las cumbres; y lo que es mas raro, se encuentran perdidas ya la mayor parte de las especies que representan […]. Los pastos de la parte septentrional de este valle de Vio son de lo mejor del Pirineo, pues perteneciendo a este cantón los llamados puertos de Góriz, o sea las laderas meridionales del Monte Perdido y de sus empinadas colaterales, las Tres Sorores, posee lo más exquisito, interesante y sano del ramo herbario. Estas laderas, a pesar de su escabrosidad, ofrecen subida, bien que difícil y expuesta a la cima del Monte Perdido; pero que tal vez sea el único que la haya pasado el señor don José Duaso, capellán de honor de Fernando VII”.
Es preferible no torturarnos demasiado con las hipotéticas crónicas de Viu y de Duaso que nos hemos perdido (y nunca mejor dicho). Por no hablar de otras posibles visitas españolas a las laderas meridionales del Macizo Calcáreo… Prestemos atención a otras regiones de la geografía hispana. En este caso, se puede airear una relación que andaba dormida, un tanto alejada del mundillo deportivo. Gracias a un amigo riojano, Hugo Fernández, despertará para que los aficionados a buscar las altas cotas lo conozcan. Se trata del texto escrito por Máximo Laguna y Villanueva, jefe de la Comisión de la Flora Forestal Española. Este erudito nos va a servir su Resumen de los trabajos verificados por la misma durante los años de 1867 y 1868 (1870), cuyo objetivo no era otro que “verificar los estudios preparatorios y de recoger los datos necesarios para la redacción en su día de una Flora Forestal Española”. Dicha Comisión había sido creada por Real Orden del 5 de noviembre de 1866 y estaba compuesta por solo dos ingenieros forestales. Sus miembros iniciarían sus operaciones en Almuñécar el 1 de enero de 1867. Ese mismo verano, Laguna y Villanueva encabezaba cierta ascensión por Sierra Nevada:
“Habiéndole sido por fin posible al que esto escribe marchar a Granada a principios de agosto, el día 6 del mismo mes emprendí la subida al Picacho de Veleta, en compañía del ingeniero jefe de la provincia, don Antonio Castellano, y de mi compañero de Comisión, don Pedro de Ávila. Salimos de Granada a las siete y media de la mañana, siguiendo el camino llamado de los Neveros […]. A las 08:00 h estábamos en la cúspide del Picacho de Veleta (3.470 m), a modo que, a contar desde Granada, tardamos unas diez horas desde Puerta Real hasta lo alto del Picacho; es indudable que no llevando otro objeto que el de subir a ese punto por mera curiosidad, y disponiendo de buenas caballerías puede recorrerse dicho camino en siete u ocho horas […]. La pendiente nunca es excesiva ni molesta; preciso es, naturalmente, exceptuar el verdadero Picacho, cuyos flancos son bastante escarpados y están cubiertos de lastras pizarrosas y sueltas dificultando extraordinariamente la subida, que en este último trozo hay que hacer pie”.
De noviembre de 1867 a enero de 1868, nuestra Comisión se acuarteló en Villaviciosa para “arreglar, ordenar y clasificar los objetos recogidos en sus excursiones”. En febrero de 1868, arrancaban otra nueva campaña desde la Dehesa de la Albufera y, en junio, habían ganado el Pirineo, tal y como se aprecia en el extracto referido al día 18:
“Yendo de Roncesvalles a la fábrica de Orbaiceta, se atraviesa el monte titulado Roncesvalles perteneciente al Estado: tiene novecientas hectáreas de extensión y está poblado de haya, aunque bastante castigado en los alrededores de la Colegiata, y a pesar de los rasos que en él se ven, presenta un arbolado bueno en general y rodales que dejan poco que desear en cuanto a espesura, vegetación y buen suelo […]. El monte Aezcoa linda por oriente con el de Roncesvalles; ya dentro del primero, se atraviesa un gran raso denominado Navala, cubierto casi totalmente por el Saroth vulgaris […]”.
No nos entretendremos más por estos lares, a pesar de su innegable interés. Mejor, internarnos por el Pirineo central junto con estos inquietos forestales hispanos:
“Reunidos de nuevo los dos individuos de la Comisión [Máximo Laguna y Villanueva, y Pedro de Ávila], partimos a principios de julio para la provincia de Huesca, con objeto de visitar la parte alta o pirenaica de la misma. De Huesca nos dirigimos a Barbastro, dejando a la izquierda, al norte, la sierra de Guara, en la que sobresale el pico Gratal y se marca bien, aun visto a distancia, el gran corte llamado Salto de Roldán, de esa sierra desciende, entre otros ríos, uno que tiene el singular nombre de río Flumen. Desde Barbastro marchamos a Graus, y de aquí, subiendo por la cuenca del Ésera, a Campo, y de Campo a Benasque.
”Ya entre Graus y Campo empieza a presentarse abundante y variada la vegetación leñosa y silvestre, que va aumentando a medida que se avanza hacia el pirineo. Entre Campo y Benasque se marcha casi constantemente cerca del Ésera, por estrechas y pintorescas gargantas, dejando a la derecha la sierra de Abi, a la izquierda el pico Cotiella, y teniendo que cruzar parte de la sierra de Chía. En Benasque nos detuvimos algunos días; las lluvias dificultaron nuestras excursiones; sin embargo, pudimos ver una, aparte de otras menos interesantes, al Hospital de Benasque, situado al pie del puerto del mismo nombre, cuya altitud pasa de 2.400 metros. En las inmediaciones del Hospital es abundante el Pino negro y no escaso el Rhododendron ferrugenum […]. Las lluvias y una fuerte nevada que cayó en la en la noche del 12 de julio sobre la parte alta del Pirineo, nos impidieron subir, como deseábamos, a la Maladeta.
”Siguiendo, pues, nuestro camino, fuimos de Benasque a Plan, cruzando el puerto de Sahún, en el que hallamos nieve recientemente caída; en las sierras inmediatas a Plan, al Pino negro y al silvestre o royo, se asocian el abeto, el haya, el abedul, el trémol, etcétera. De Plan bajamos a Escalona, siguiendo la orilla del Cinqueta primero y del Cinca después; aquí encontramos ya el pino nasarro, el roble y la coscoja, que sube hasta donde baja el pino silvestre. De Escalona, marchamos a Boltaña, viendo ya más abundante el pino nasarro, aunque en rodales malos y con malos árboles. Junto a Boltaña se cultiva el olivo, y no son raras la cornicabra, la sabina, el enebro y otras plantas que revelan lo templado de aquel clima. Desde Boltaña, volvimos a subir por la cuenca del Ara hasta Fiscal, y de este punto nos dirigimos a Yebra por el puerto de Fenés, en cuya subida vimos abundantes el Pino silvestre y el haya, y escaso el abeto, no hallando por el contrario ni un solo árbol en la bajada hacia Yebra. De aquí, marchamos a Jaca. En esta población nos separamos, subiendo el ingeniero Ávila a Panticosa, y el que esto escribe a Hecho. Cerca de Panticosa, además del pino silvestre y del Rhododendron ferrugineum, del Vaccinium uliginossum, etcétera, se encuentra también el pino negro que, sobre el granito, sube hasta 2.500 metros. Más arriba de Hecho, en los montes de Guarrinzas y de Oza, abundan el Pino silvestre, el abeto y el haya, pero no se ven el Pino negro ni el Rhododendron ferrugineum; de abetos y hayas existen extensos rodales, ya puros, ya mezclados, con buena espesura y buen desarrollo; en Guarrinzas llama la atención un rodal de viejos abetos, marcados hace algunos años […]; son árboles derechos y de excelente forma, y sin embargo nadie los toma por las difíciles condiciones de la saca en aquel sitio, y por lo poco apreciada que es esa madera en aquel país. Antes de dejar Jaca, hicimos dos excursiones: una a la peña de Oroel, y otra a San Juan de la Peña; ambas son interesantes para los botánicos. La peña de Oroel es una gran montaña, casi aislada, que se levanta al sur y a poca distancia de Jaca, a una altitud de 1.700 metros. El terreno, particularmente en la mitad superior, está formado por un conglomerado de cantos gruesos, llamado en el país almendrón, con cemento, en general, calizo; la vegetación leñosa es lozana y variada […].
”Para subir a San Juan de la Peña es mejor camino el que va por Atarés que el que va por Santa Cruz, por más que Germond de Lavigne, copiando a Willkomm, indique el segundo. No es menos lozana ni menos variada aquí la vegetación leñosa que en peña Oroel […]. Son interesantes, y lo serían en extremo a los ojos de un naturalista de Berlín o de San Petersburgo, algunos rodales, como se hallan aquí, en los que se presentan mezclados el pino silvestre y la encina, el norte y el sur, contraste que, hasta cierto punto, se hace extensivo el matorral o monte bajo de esos mismos rodales, formado por el enebro común y el boj […]; ese pino y ese enebro se encuentran en perfecto desarrollo entre las nieves y hielos de la Escandinavia y la Finlandia, mientras que el boj y la encina temen pasar la barrera y el abrigo que le ofrecen los Alpes y los Pirineos. No menos curioso, bajo otro punto de vista, es ver sobre las torres y cornisas del Monasterio Nuevo, desarrollado y crecido, ese mismo pino silvestre; la fuerza pujante de la naturaleza sobre la débil obra del hombre”.
El apartado dedicado al norte de Huesca finalizaba con una relación de sus especies leñosas, que ascendía a 117 en total. El relato proseguía con una interesante excursión de Pedro de Ávila al monte Gorbea. Por lo demás, las peripecias de sus campañas de 1869 y 1870 fueron recopiladas en un segundo volumen editado en 1872, asimismo firmadas por Máximo Laguna y Villanueva. Unos reconocimientos dedicados a repetir algunas de las excursiones anteriores, si bien la mayoría se centrarían en Extremadura, Castilla, Cataluña, Navarra, el País Vasco…, y la cima del Moncayo, por su vertiente zaragozana.
En fin: especular sobre todos esos papelotes que todavía no se han difundido entre nuestro colectivo montañero, produce algo similar al vértigo.
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