Cuando medio Comapedrosa era hispano
Publciado por albertomartinez - 16/05/12 a las 04:05:11 pm
Lentamente, las montañas del Pirineo oriental se desperezaban. Con el último tercio del siglo XIX, la curiosidad montañera se iba a extender hacia sus solitarios gigantes de granito. En busca de la novedad, algunas figuras señeras del pirineísmo comenzaron a interesarse por cuanto restaba inédito en la porción de cordillera que separaba el Ariège de Cataluña. Incluyendo a ese País del Pirineo por el que Packe y Russell cruzaron como centellas en 1864, dejándolo todo por hacer…
A despecho de las invitaciones de los vencedores del pic de Siguer, parece que, por unos años, ningún turista quiso degustar las altas cotas andorranas. Confirmar este dato en ámbitos montañeros exigiría buscar en una dirección poco trillada: los geodésicos militares españoles que, durante la segunda mitad del siglo XIX, rondaron nuestro Principado. Alguna pista sutil, dejaron… Así, en ese prólogo donde comentaba la expansión del fenómeno explorador a partir de 1860, dentro del tomo IV de los Cent ans aux Pyrénées (1901), el historiador Henri Beraldi apuntaba: “¿Quién hubiera hablado de un pirineísmo por todos los circos, barrancos, gargantas y cañones? ¿Quién lo hubiera imaginado por Saboredo, San Cristóbal, Subenulls o Comapedrosa?”. Un poco más adelante, el parisino abordaba de modo escueto las operaciones de triangulación en la vertiente sur:
“¿Y los españoles? ¿Qué hicieron por los mapas de sus Pirineos? Van con retraso y no trabajan sino a empujones. Desde hace tiempo, dos reputados oficiales, el coronel Coello y el general Ibáñez, han sabido elegir admirablemente las futuras estaciones para una triangulación de primer orden […]. De oeste a este, a través de cortes meridianos, éstas son: […], Boumort, Coscollet, Port Negre (o Monturrull, frontera con Andorra), Cadí […]”.
Henri Beraldi estaba bien relacionado con el responsable de la cartografía gala para el Pirineo, el entonces comandante Ferdinand Prudent. Por ello, parece sensato atender sus insinuaciones sobre el paso de geodésicos militares hispanos por los lindes andorranos. Entonces, ¿alguna brigada pudo encaramarse al port Negre (2.605 metros) o al Monturrull (2.759 metros)? De momento, nada ha llegado hasta nosotros sobre las andanzas de esos geodésicos españoles que, en la década de 1860, cercaron las cotas del Principado pirenaico con sus teodolitos. ¿Acaso ascendieron otros altozanos limítrofes con buenas vistas?
Hasta que salgan del armario los informes de la Cartografía hispana, habrá que regresar con el documentado pirineísmo galo. Porque Andorra pronto se situó en el punto de mira de Alphonse Lequeutre, discípulo aventajado de Henry Russell. Un hombre descrito por Henri Beraldi en términos curiosos: “Simpático y agradable, con ese aire de medio pobre y de medio moribundo que ocultaba un fondo noble y elevado”. En el verano de 1876, nuestro semi-indigente rondaba la muga del País del Pirineo junto a un guía de Gavarnie, Henri Passet. ¿Objetivo?: recolectar esas primicias de alta montaña que el Pirineo central comenzaba a racanear. En el Misterioso Este, quedaba mucho trabajo pendiente… Por suerte, a Lequeutre le gustaba difundir sus andanzas desde el Annuaire del Club Alpin Français. Así lo haría con su texto sobre la “Signal de Campcardos et pic de Peyre-Fourque” (1877).Durante su ascensión al Peiraforca (2.653 metros), este pionero de salud precaria estudió el escenario de sus futuros reconocimientos:
“Hay vistas al oeste-noroeste del Roc Colom y, al norte, de los seis lagos de Els Pessons, nacimiento del Valira Oriental en Andorra. El valle superior del Valira aparece dominado al sur por una serie de colinas cuya coloración similar a la del vino le da un aspecto singular al paisaje. Aquí y allí, algunos pinos. Más al norte, aparecen los bosques”.
Lequeutre completaría sus andanzas por el flanco sudeste del Principado con una ascensión a la entonces denominada Senyal de Campcardós, punta hoy conocida como Puigpedrós (2.913 metros). Mas describió sus panoramas mediante líneas parcas:
“Al sudoeste están las muy elevadas cimas de Andorra […]; al sur-sudeste, unos picos muy elevados se alzan entre los valles de Andorra y Esterri. ¿Son los picos de Comapedrosa y de Montaner, junto con los más alejados de Mont-Rouge y de Gelever? Citados algunas veces, en realidad, son unos desconocidos”.
El parisino había dado en el blanco: la alta montaña andorrana escondía no pocos enigmas. En las escasas cartas de la época, la ubicación real de sus vértices no pasaba de meras conjeturas que, por ejemplo, situaban al pic de Comapedrosa sobre la misma raya fronteriza con España… A un ojo bien adiestrado como el de nuestro pirineísta, el terreno no podía antojársele más apetitoso para sus incursiones de estudio. Una tarea que hubiera deseado emprender en compañía de sus amigos Henry Russell y Charles Packe…
Con el estío de 1877, Alphonse Lequeutre y Henri Passet volvían a la carga. De nuevo habrá que felicitarse por la afición del primero a compartir sus vivencias. En este caso, desde un texto para el Annuaire del CAF titulado: “De Saint-Béat à Bourg-Madame par le versant meridional des Pyrénées” (1878). Según el bien enterado Beraldi, Lequeutre había convocado al guía Passet “con idea de atacar la mitad oriental de los Pirineos españoles”. En cuanto el hombre de Gavarnie comprobó el aspecto enfermizo de su cliente y escuchó sus planes, se limitaría a observar: “¡Son bastante ambiciosos!”. Entre los mismos, figuraban las joyas inéditas del Oriente Pirenaico: Els Encantats, Monsech, Cadí…, y Andorra. No extraña que el montañés alegara que, para rematar aquella faena, “harían falta, como poco, tres meses”.
Nuestro dúo partía de Saint-Béat un 10 de agosto de 1877, rumbo a su primer campo de operaciones en Aran. Desde las ascensiones inaugurales por la región de Taüll, los galos no tardaron en ratificar la pretensión de su listado de objetivos, logrando que Lequeutre afirmara: “¡Que vengan hasta aquí quienes dicen que los Pirineos se abaten súbitamente desde Luchon!”. Una vez cobrada la futura punta Lequeutre del Comolo Forno, la siguiente meta de la campaña era, con toda lógica, “la montaña más alta de Andorra, el Comapedrosa”. Como únicas reseñas, contaban con las obtenidas desde la Senyal de Montseny (2.883 metros) sobre la colocación de la Comapedrosa y el Casamanya según cierto guía de Taüll que identificaron como Jacques Mayou. El día 19, arribaban a Alins, desde donde habían planeado asaltar esta cumbre, supuestamente “virgen” y de “3.000 metros de altura”. La idea original, muy atinada, consistía en trepar hacia el oeste… Pero, como insinuó con cierta malicia Beraldi: “Con una sospechosa unanimidad, las gentes del país le recomendaron otra ruta y él les hizo caso, subiendo por la Vall Ferrera para volver a Francia a través del port de Bouet, a los pies del Montcalm”. Con objeto de concretar esta nueva estrategia, Lequeutre contrataría en la Vall Ferrera a Tomás Plan. Aun con todo, en Àreu fue preciso realizar consultas:
“Preguntamos a sus habitantes sobre la topografía del Puig de la Comapedrosa, y todos fueron de la misma opinión: era preciso que tomásemos la camino del port de Bouet. Sabían diferenciar muy bien el pico de Salòria y las montañas de Tor del pico que me indicaban”.
Era evidente que la primera tentativa documentada de subir el Comapedrosa no iba bien. La confusión más absoluta imperaba en este sector. En las cercanías del collado fronterizo, casi sobre los 2.511 metros, hubo otra recogida infructuosa de datos:
“Nos encontramos con unos montañeses del Ariège que bajaban hacia Alins. Nos dijeron que el port de Bouet era muy frecuentado por las gentes de ambos costados. En cuanto al Puig de la Comapedrosa, ignoraban tanto su situación como su mismo nombre”.
¡Qué mala suerte tuvo nuestro pirineísta! Los problemas para ubicar con certeza su objetivo, lo avanzado del día y una tormenta en ciernes, terminarían obligándole a desistir. A modo de consuelo, había visitado un sector poco trillado de la cadena:
“Vista de la cresta fronteriza de Andorra. Al nordeste, se abre la depresión del port de Bouet, entre la Pica Roja o de la Socarana/Soucarrane, y el escarpado pic de Medacorba. En cuanto al Puig de la Comapedrosa: no se veía”.
Una vez alcanzado el collado, se encontraron con unos pastores que les brindaron la hospitalidad de su cabaña de Socarana. Lequeutre dedujo que la mole del Medacorba era la culpable de que no se percibiera el Comapedrosa desde tan desacertada ruta de ataque. Al día siguiente, se olvidarían de la Cúspide andorrana para dirigirse al port de Rat. De este modo discurrió su trayecto por el Principado:
“Comenzamos a descender por el país de Andorra. Un camino en zigzag, trazado a lo largo de una gran pared esquistosa, nos lleva a una amplia cuenca, rodeada por un hemiciclo de grandes paredes desnudas, en parte cubiertas de nieve. Pronto atravesamos los pastos que irriga un afluente del arroyo de Tristaina […]. Los arbustos y los árboles aislados, y seguido los bosques, comienzan a comparecer. Las faldas de las montañas aparecen revestidas de abetos y pinos magníficos. El valle, ampliamente abierto de norte a sur entre dos crestas elevadas y bastante separadas una de otra, es luminoso y alegre. Es extremadamente hermoso y tiene un gran aspecto, muy especial: el fondo del valle cae hacia el sur de terraza en terraza; cada una de ellas está separada del aterrazamiento inferior por un resalte rocoso […]. Ni Henri Passet ni yo habíamos visto antes, ni en los Pirineos franceses ni en los españoles, una disposición análoga del terreno, similar a una gigantesca escalera, como en la parte superior de este valle. El torrente, abundante y limpio, sombreado por bellos árboles verdes o ceñido por roquedos rojos, tan pronto corre apacible como se precipita en graciosas cascadas”.
En la aldea de El Serrat, tomarían el camino principal al port de Rialb con objeto de bajar hacia La Cortinada. Como es natural, durante su marcha por el Valira del Norte, trataron con los pobladores del país, de quienes Lequeutre iba a dar su sincera opinión:
“Los andorranos que nos encontramos tienen un aspecto orgulloso e independiente. Resulta claro que están en su casa y que la conocen bien desde hace siglos. Son limpios, muy amables y nos tratan de igual a igual, lo que no me desagrada. Parecen querer a Francia, aunque no deseen mezclarse en sus asuntos […]. No acerté a ver ese carácter un tanto cauteloso que se les atribuye. Por el contrario, me parecieron francos y decididos”.
Algunos tópicos enquistados sobre el carácter de aquellos montañeses comenzaban a desvanecerse… Pero les esperaban nuevas sorpresas: en el albergue de Ordino, su dueño les dijo que conocía bien la región del Comapedrosa, cuya cima quedaba a “seis o siete horas” de dicha población, de tomar sus accesos por Arinsal. Al final, ¡resultaba que casi habían dado la vuelta completa al Techo de Andorra…! Sin embargo, los galos no deseaban volver atrás, sino proseguir su travesía hacia el este. Por ello, el 22 de agosto se consolaban trepando al Puig de Casamanya Sur en compañía de un cazador andorrano. Vale la pena reseñar la ruta de esta nueva primicia para el catálogo pirineísta:
“Nos elevamos de sudoeste a nordeste, al principio por la orilla derecha del río de l’Ensegur entre bellos sauces. Después, dejando dicho arroyo a nuestra derecha, tomamos un camino de herradura que subía hacia la vertiente oriental por un gran barranco entre un espeso hayedo. Por la vertiente opuesta se alzaban unas hermosas crestas de roquedos rojos. La vista se iba extendiendo poco a poco sobre la cuenca de Ordino y sobre las montañas de La Massana. Numerosos barrancos boscosos surcaban los flancos de las montañas […].
”Coll d’Ordino (1.655 metros): bella vista de los valles de Ordino al oeste, y de Canillo al este. Una larga loma cubierta de árboles verdes se eleva mediante una suave y ondulada pendiente hacia el pico. Toda esta ascensión podría hacerse a lomos de un mulo. La subida por los herbazales que siguen a los bosques es muy fácil, aunque cansa por su desesperante monotonía. Durante dos horas, el pico parece escapar de nosotros. Finalmente, alcanzamos su arista terminal, y una corta escalada nos conduce a la cumbre [del Casamanya Sur, 2.739 metros]. El panorama que nos rodea es extremadamente interesante. Estamos en el centro mismo del país de Andorra, y se pueden estudiar sus montañas y valles. He aquí los nombres de algunos de los picos que teníamos a la vista: a lo lejos y al sur, se alza la punta de Bunde; al sur-sudeste, las sierras de Orgarnya y de Boumort, y más cerca, hacia el sudoeste, ese Puig d’Enclar que domina Andorra la Vella; al oeste-noroeste vemos por fin de cerca el Puig de la Comapedrosa, evidentemente más elevado que nosotros, por superar los 2.900 metros […]. Al oeste-noroeste, muy cercano, se alzaba el desgajado pic de Medacorba; más al norte, está la Pica d’Estats; al norte, se muestra el pic de Les Planes, y al nordeste, el pic dels Meners; al este, se abre la Portella Blanca, dominada por el Puig Colom; al este-sudeste, volvía a ver con gusto el Puigpedrós; más alejados, los picos del Carlit; más cercano y al este, el Puig de las Néras, al sudeste, ese pic dels Pessons que domina las fuentes del Valira Oriental. Todos los picos de Andorra quedaban a la vista, pero hubiera sido demasiado largo enumerarlos: nuestro cazador andorrano nos los nombró, por lo que pude verificar la exactitud de los nombres indicados por Bladé en su mapa de los valles de Andorra, si bien haya que lamentar que no pudiese completar su concienzudo trabajo desde el punto de vista orográfico”.
Pasaron una hora intensa sobre el Casamanya Sur, que el frío intenso forzó a no estirar. Desde la cumbre, descenderían hasta Ordino, para seguidamente visitar Andorra la Vella y Sant Julià de Lòria. Llama la atención que, en todas estas poblaciones, Lequeutre no hallase nada que le resultara “desagradable”. Salvo, claro está, el menú en la posada de la última villa: sopa y pollo sazonados con canela, tomates y pimientos. Bajo un auténtico diluvio, el grupo abandonaría Andorra en pos de la Seu d’Urgell. Parece bastante probable que nuestro parisino planeara regresar a este territorio para cobrarse su Techo. Mas no dispuso de una segunda oportunidad: alguien muy resolutivo tenía a la montaña en su punto de mira. Con cierta dureza, Henri Beraldi enjuició esta campaña de Alphonse Lequeutre de la que tanto se hubiese podido esperar:
“Falló. Como consuelo por este observatorio que necesitaba [el Comapedrosa], subiría el Puig de Casamanya. Grandes vistas: el semicírculo del Montseny, Els Encantats, Comolo Forno, Montardo, Pica d’Estats, Carlit y todos los picos de Andorra, empezando por el propio Comapedrosa […]. Así perdió la oportunidad de haber hecho algo destacado por la descubierta del Pirineo”.
Según el cronista oficial del pirineísmo, ese verano de 1877 resultó rico en gatillazos para su paisano: “Lequeutre, cuya enfermedad acosaba y envenenaba su existencia, evidentemente padecía alguna crisis”. De cualquier modo, nuestro hombre había concretado un temprano reconocimiento del cuarto noroeste de las montañas del Principado.Además, sus andanzas tendrían consecuencias: en la Guide Joanne de 1886, acaso la obra maestra de Lequeutre, a la mitad oriental de la cordillera se le pudieron otorgar “cincuenta leguas de picos nuevos”. Servirían para una especie de revalorización que fue presentada al público galo como “todo un mundo novedoso”.
Los siguientes exploradores de las cumbres andorranas arribaron a este teatro en el mes de mayo de 1878. Eran dos colegas de Alphonse Lequeutre: los asimismo franceses, Maurice Gourdon y Roger de Monts. Tras enrolar en Luchon al guía Barthélémy Courrège para su raid de larga duración por la vertiente sur del Pirineo, se zambullirían en la entonces cordillera desconocida. Recurriremos al resumen que Gourdon sirviera desde sus Soixante ans aux Pyrénées, editado hacia 1929:
“[…] Por el collado de Civís (1.723 metros), por fin pusimos el pie en Andorra. Cuando la noche caía, fuimos a pedir víveres y cobijo a la única posada de Sant Julià de Lòria. Nuestra llegada imprevista tuvo el don de intrigar sobremanera a los indígenas, pues en aquella época no se iba a Andorra para pasear. Ahora [sobre 1929], la pequeña República recibe viajeros e incluso creo que se ha filmado algún recorrido, tras haberse escrito mucho sobre este extraño país. El 1 de junio de 1878, ascendimos al Puig de la Maiana (2.519 metros). El día 2, visita a Andorra la Vella, al pueblo de Escaldes y a sus aguas sulfurosas, a las salvajes gargantas de Sant Antoni o de Pont Pla, y a dormir a casa de Valentin Gaspard, en el pueblo de Ordino, en el valle del Valira del Norte. El día 3, realizamos la primera ascensión del Gran Pico de Casamanya (2.749 metros), al norte de esta montaña de cuatro cimas, sin nombres conocidos y una de las mayores altitudes. El día 6, hicimos la primera toma de posesión de los Puigs de l’Estanyó (2.915 metros), para descender al lago de Sorteny y al pueblo de El Serrat, antes de volver a Ordino. El día 5, después de haber subido, tanto por una orilla como por otra, el largo valle del Valira del Norte, hasta el puerto de Banyell (2.532 metros), bajamos entre una niebla intensa hacia Francia […]”.
Una nueva recolecta de cumbres andorranas ingresaba en un listado que ahora se abría de par en par al turismo de alta cota. Pero faltaba la pieza principal. Un premio que ni Lequeutre ni Gourdon iban a ver en su palmarés: el hiperactivo Roger de Monts se adelantaría a ambos. A falta de relato original, habrá que conformarse con reseñas indirectas. Como, por ejemplo, la surtida por Henri Beraldi desde el Tomo IV de sus Cent ans aux Pyrénées (1901), cuando valoraba la campaña de Gourdon en 1878:
“En junio, tournée por Andorra con ascensiones al Puig de Casamanya y de l’Estanyó con el conde De Monts, quien, por su cuenta, realiza la primera ascensión turística de la Comapedrosa, allí donde falló Lequeutre. No es un pico para alpinistas, sino un observatorio magnífico provisto de una torreta voluminosa […]. La primera, ya lo hemos dicho, fue del conde De Monts; sin embargo no escribió nada sobre ella. Estas ascensiones mudas jamás constituyen primicias óptimas. Si se quiere ser un montañero completo, también hay que escribir”.
Existe una segunda referencia. La que proporcionara en 1886 Aymar de Saint-Saud, cuando recopilaba noticias sobre sus antecesores urbanitas sobre la cota 2.939 metros:
“Sobre la cima del Comapedrosa descubrí, en su torreta de piedras, una tarjeta de visita de nuestro colega, el señor De Monts: había completado la primera ascensión a este pico el 18 de septiembre de 1878, abordándolo desde el valle de Arinsal. Dos años después, el señor Gourdon llegó aquí desde Tor: nosotros tuvimos que seguir en parte su itinerario, aunque en sentido inverso; hallé en su narración excelentes indicaciones […]”.
Sobre esta primera turística al pic de Comapedrosa, hay que destacar dos cuestiones llamativas. Por un lado, el hecho de que cierto hostelero de Ordino se ofreciera a guiar a Lequeutre en 1877. Por otro, que De Monts hallara sobre su cima una torre de piedras, un año después. Así, existen pocas dudas sobre los ascensos previos a esta cumbre por parte de los andorranos. Anónimos…, a falta de que salga del armario algún diario con la descripción de la visita de un emprendedor nativo, ansioso por descubrir a vuelo de pájaro su Principado. En cualquier caso, el Techo del País del Pirineo acababa de ingresar en el listado de cumbres factibles de la cordillera. Para nuestro pic de Comapedrosa, habían finalizado sus añadas de soledad. Al menos, en lo referente a los montañeros de ciudad.
Nuestro agente en el Pirineo
Publciado por albertomartinez - 04/05/12 a las 02:05:40 amPermaneceremos algo más por el universo de los pirineístas imaginativos. En este territorio resbaladizo, el sobradamente citado Jorge Gavín ofrece un surtido que haría palidecer a Tartarín de los Alpes. O, puestos a ejercer el beneficio de la duda y a situarnos en un plano real, al propio Jean Arlaud. Mi alusión a este escalador no es gratuita, pues el texto de hoy describe un recorrido de dieciséis días por puntales del Pirineo central que hubiera querido para sí cualquier abonado a sus campamentos volantes. Superior incluso a los recorridos por aristas de Brulle o de los Cadier…
No insistiré en las dudas que despierta cuanto tiene relación con la fértil pluma de Gavín. Esta producción suya en concreto, hallaría acomodo en una revista Pyrenaica de 1954. Era un trabajo muy largo referente al raid “del Balneario de Panticosa al valle de Pineta” que, o bien recogía otra muestra de su inventiva desatada…, o difundía actividades de lo más rompedoras para nuestro montañismo de posguerra. Sin mojarme lo más mínimo, extractaré los fragmentos cañeros de una narración que firmaba en plan discreto como “J. A. G. (del Club Alpin Français y del Groupe Pyrénéen de Haute Montagne)”. La prolongada travesía pirenaica de nuestro más que probable Jorge A. Gavín y “dos compañeros barceloneses”, arrancaba en el Balneario de Panticosa, desde donde treparían hacia el circo de Bachimaña y el Marcadau:
“[…] Para efectuar la ascensión al pico de la Muga, se toma la cresta de la derecha del puerto. No es muy complicada: únicamente hay un pasaje de IIIº; se puede subir sin cuerda y sin necesidad de hacer escalada. Se toma por el lado español y, en una hora a partir del puerto, se llega a la cima. El descenso se efectúa muy fácilmente. También efectuamos la ascensión de la Gran Facha partiendo del puerto de Marcadau y por un itinerario muy poco conocido que no se conoce por los montañeros; todos prefieren efectuarla partiendo del collado de la misma, desde el circo de Piedrafita. Se toma por la vertiente española y no se encuentra ninguna dificultad: es una cresta muy fácil y el tiempo medio es de una hora algo larga. Del pico de la Gran Facha descendimos por otra cresta al collado de Pecico, tardando unos cuarenta y cinco minutos y, por una cresta que casi no se le puede llamar de este nombre, subimos al pico de punta Zarre. Si alguien quiere efectuar alguna primera en este pico, se encuentran dos dientes o monolitos todavía vírgenes. El regreso al refugio [de Bachimaña] lo efectuamos por los lagos de Pecico, pero antes de llegar a ellos nos equivocamos y tuvimos un poco de emoción al encontrarnos con varios cortados […].
”La subida desde el refugio de Bachimaña al lago superior de Bramatuero se efectúa por un camino que va desapareciendo lentamente debido a las nieves y lluvias […]. Oblicuando un poco hacia la izquierda se encuentran los dos Dientes de Batanes: nos decidimos por el de la derecha o central. La escalada no es muy difícil, pudiendo efectuarla sin necesidad de cuerdas ni pitones por la cara Nor-Nordeste: la altura tampoco es muy grande, pues es de unos cincuenta metros. Si se quiere complicar uno la existencia, también se puede, pues por las otras caras y el otro Diente son más difíciles de escalar, existiendo pasajes de VIº superior, e incluso de Vº. A nosotros nos costó unos cuarenta minutos desde la brecha […].
”La subida hasta la cresta que une los dos picos de Aratille es muy derecha, fuera de la complicación de las tarteras [terreno de gravilla fina], de muy fácil ascenso, costándonos unas dos horas y media. Una vez alcanzada la cresta, el marchar por ella es mucho más fácil, pues es casi llano y en unos quince minutos conseguimos el Gran Pico de Aratille […]. El descenso por la vertiente del Alto Ara o Bujaruelo fue bastante difícil, pues encontramos un nevero muy inclinado y tuvimos que ir tallando en la dura nieve con infinitas precauciones, teniendo que emplear por primera vez la cuerda y los crampones, pues un resbalón hubiera sido de malas consecuencias, por haber al final del nevero un conglomerado de grandes bloques de piedras que, según pudimos comprobar después, cortaban como cuchillos […].
”Aquí [las Oulettes de Gaube], como en otros rincones del Pirineo, se daba el caso curioso de que estábamos en Francia y en realidad estábamos en España. La frontera de las cumbres que sirve para los planos no es la verdadera, pues los pastos de muchos valles franceses son propiedad española y por tanto los franceses tienen que pagar un tributo anual a las autoridades españolas. Pasamos todo el día contemplando la majestuosa vertiente norte del Vignemale y soñando en que algún día podríamos escalar la pared de la Pique Longue, Pitón Carré, el couloir de Gaube que yo efectué en el año 1951, etcétera […].
”Al día siguiente subimos al Pique Longue. En lugar de tomar por la vía normal del helero de Ossoue, decidimos subir por las crestas, pasando por el Pequeño Vignemale, pointe Chausenque e iniciación del couloir de Gaube […]. Esta cresta no es muy dificultosa y la piedra es buena y segura. Hasta el pico del Pequeño Vignemale no se encuentran complicaciones. El descenso hacia la brecha que separa el Pequeño Vignemale de la pointe Chausenque es más complicado, encontrándose en muchos puntos grandes cortados, en los cuales tuvimos que practicar rápeles para no perder tanto tiempo. La roca es buena, pero para los que no están acostumbrados a las crestas aéreas no es muy recomendable, pues hay por el lado derecho un abismo de más de setecientos metros de desnivel y completamente a pico sobre el glaciar Norte del Pequeño Vignemale. El tiempo empleado desde el pico hasta la brecha es de una hora y veinte minutos. La subida a la pointe Chausenque no ofreció grandes complicaciones, siendo una escalada de IIº. La vista es magnífica por el lado de las Oulettes y sobre los heleros del Pequeño Vignemale y la del couloir de Gaube y su helero de la base. Desde la brecha hasta el pico de la pointe Chausenque nos costó unos cuarenta y cinco minutos. El descenso lo efectuamos por la misma vía y por la base del Pitón Carré, y llegamos a la iniciación del couloir de Gaube en treinta minutos, comprobando la grandiosidad de este Couloir. Luego, en una ligera grimpada [trepada] subimos a la Pique Longue […].
”Al día siguiente [tras dormir en Bayssellance], acompañados de una caravana compuesta de tres señoras, la más joven de cuarenta y seis años, y cinco señores con un guía, iniciamos la subida por la vía normal de la Pique Longue, estando tan recorrida que había una especie de trinchera a todo lo largo de la misma […]. Llegados al pie de los escarpados del Montferrat, nos despedimos de la caravana. Nosotros nos dirigimos al pico de Montferrat, encontrando fácil la subida desde el helero, sin necesidad de emplear la cuerda ni la escalada. La roca es buena y no se encuentran tarteras, terror de los montañeros […]. Desde el pico de Montferrat, pasamos por una estrecha cresta con una impresionante caída por los dos lados, al pico de Tapou. El trayecto es relativamente corto, costando unos cuarenta y cinco minutos de un pico a otro. El descenso lo efectuamos por el lado español, no siendo tan fácil, pues nos encontramos varias tarteras de piedra muy menuda que se escapaba debajo de nuestros pies […].
”Fuimos muy bien tratados [por Miguel Pintado en el Mesón de Bujaruelo] y la pensión no muy cara, pensando en que hay un vino…, con el cual se sube muy fácilmente a las cumbres […]. Dejamos el camino que conduce a Gavarnie [desde Bujaruelo] y tomamos dirección sur, y por unos grados [escalones] de las estribaciones del Gabieto, llegamos al pie del glaciar del mismo, del cual nos habían hablado muchísimo, por ser el único del Pirineo que se parece a los Alpes, con grandes grietas, séracs y penitentes. Desde luego, tengo que reconocer que los que nos dieron los informes no mintieron ni exageraron: es digno de verse y pasarlo. Hasta el pie del helero nos había costado cincuenta minutos, y bordeándolo por el pie iniciamos su subida por la pared rocosa del borde derecho. El intentar franquearlo de frente hubiera sido una locura, pues se encontraba en forma de cascada y con un hielo durísimo. Una vez llegados adonde la inclinación no es tan pronunciada, pasamos a él. El paso por la pared rocosa ofrece algunas dificultades, pero se encuentran buenas presas y se facilita mucho la ascensión. El transitar por el glaciar es un verdadero laberinto y hay que ir bien encordados y con crampones, y aún así se producen algunas caídas, por fortuna leves. Llegamos al pie de la pared que conduce a la collada del Gabieto y nos encontramos con que era cuestión de volvernos acróbatas o aviadores, pues la rimaya estaba separada por unos tres metros de la pared, para franquearla tuvimos que iniciar un pequeño descenso dentro de la misma, hasta encontrar la roca; una vez en la roca, la subida hasta el collado fue cosa fácil. Desde el pie del helero nos había costado cuatro horas y media. Tuvimos que desistir de subir al pico de Gabieto y subimos en treinta y cinco minutos al del Taillón, desde el cual bajamos a la Falsa Brecha por la ladera Este, siendo ésta como una verdadera Avenida Diagonal, pues no hay ninguna dificultad […].
”Al día siguiente [tras pernoctar en el Abrigo Gaurier], y en menos de una hora, efectuamos la escalada del Dedo de la Falsa Brecha, escalada muy fácil de IIº: el descenso se efectúa en dos rápeles de cuarenta metros. Recogimos las mochilas y nos dirigimos a la Gruta Helada de Casteret, la cual visitaba por tercera vez […]. Una vez salidos al exterior, y después de dejar que el sol volviera en calor a nuestros cuerpos, iniciamos la subida al pico del Casco. La subida no ofrece muchas dificultades, teniendo que sortear una serie de grados o escalones, y llegados a la cresta fronteriza, pasar un poco por el lado francés […].
”Al día siguiente [tras vivaquear en la Cueva de las Margaritas], por una especie de couloir o caída de aguas entre el Marboré y el Cilindro y que los del país llaman Canal Roya, subimos hasta la cresta que separa estos dos picos, subiendo primero al Marboré, siendo la subida bastante fácil y nada complicada. El tiempo invertido fue de dos horas y diez minutos, y el regreso a Canal Roya y subida al Cilindro nos costó una hora escasa […].
”Iniciamos [tras dos pernoctas en el refugio de Góriz] la última etapa de nuestra travesía con la escalada de la Torre de Góriz. Un gran monolito o contrafuerte entre los picos de Monte Perdido y Soum de Ramond. Es una escalada de IIº y se puede hacer sin cuerda, pero se puede llevar para más protección. La vía normal es por la cara Norte, la que mira al Monte Perdido y la que es más corta. Se invierte en la marcha hasta el pie de la pared y desde el refugio una hora, y otra un poco larga la escalada de la pared. El descenso lo efectuamos en tres rápeles y volvimos al refugio. Al día siguiente, efectuamos la ascensión al Monte Perdido por la vía normal. Esta ascensión la pueden efectuar incluso personas no muy acostumbradas a la alta montaña, pues no hay ninguna dificultad. A la salida del refugio, no se encuentra muy bien marcado el sendero, por lo cual hay que inclinarse hacia el Soum de Ramond, y por entre los diferentes grados de hierba ir ganando altura, hasta que volviendo a la canal que baja del Perdido se encuentra el sendero muy bien marcado con pequeños cairns todo lo largo del mismo hasta el Lago Helado de la collada del Cilindro. Allí se sube por un couloir o tartera, que si se encuentra con algún nevero es mucho mejor, pues si hay que pisar en las piedras movedizas es bastante fatigoso. Una vez de retorno en el Lago Helado, subimos a la collada del Cilindro y por la otra vertiente descendimos por el helero Norte del Monte Perdido, recreándonos en la contemplación de los séracs de su famosa Cascada, y la cual ya había escalado, otros años anteriores, por dos veces. La vista panorámica de este extenso campo de hielo es magnífica, y desde donde más maravilla es desde la brecha de Tucarroya. El descenso por este glaciar es un poco peligroso y hay que ir encordados y con crampones. Al salir de la collada del Cilindro hay que tomar un poco hacia la izquierda y luego ir dando zigzags para ir sorteando los diferentes grados o terrazas, siempre pisando hielo y durante más de tres horas […].
”El día final de nuestra travesía, efectuamos la ascensión a los dos picos de Astazu. Saliendo del lago [de Tucarroya] y por entre medio de tarteras, nos encaminamos hacia el fondo del pequeño circo cuya cresta la forma la que separa el Astazu Occidental del Marboré […]. Tomando la cresta, llegamos al pico Occidental, habiendo efectuado el trayecto sin grandes complicaciones, ahora sí, con un abismo de más de mil metros por el lado izquierdo […]. Siguiendo la cresta fronteriza, descendimos hacia el couloir Swan y luego remontamos hacia el pico Oriental, invirtiendo desde la cresta del Marboré tres horas largas […]”.
Aquí dejaremos a Gavín and friends, quienes todavía tendrían que bajar a Pineta para luego marchar hasta Bielsa, donde tomaron el autobús de Aínsa. Aún estoy asimilando su variada colección de pasajes más que dudosos. Donde ni me he molestado en situar los abundantes [sic] que hubieran merecido. Al menos, transcribiré su moraleja final:
“Aliento [a mis lectores] a que vayan al Pirineo central, donde todavía se encuentran muchas cosas vírgenes por escalar, y lo que más se encuentre en él y que yo más anhelo es una eterna paz de espíritu y elevación de la moral”.
Este último párrafo quizás pudiera desvelar las intenciones reales de nuestro protagonista. Para apuntalarlas, nada como acudir al último de los trabajos que me indicara Patxi Termenon: “La Gruta de Casteret” (1952). Un nuevo texto para la revista Pyrenaica, esta vez firmado como “Jorge A. Gavín, del Centro Excursionista de Cataluña y del Club Alpino Francés”. Atentos a su emotivo panfleto de promoción turística:
“Desde hace unos años, la atención del mundillo montañero español está más pendiente de admirar las bellezas del otro lado de nuestras fronteras que de las que tiene nuestro suelo. No voy a comparar la grandiosidad del Himalaya, ni los mercantilizados Alpes con nuestro Pirineo. Éste, bien lo sabemos, no tiene la altura ni las dificultades de estos macizos montañosos, pero es que parece que, hoy día, para ser un gran montañero se tiene que haber estado en alguno de esos sitios donde te suben hasta los 3.000 metros en teleféricos o en autocar, despreciando a nuestros Pirineos. El Pirineo tiene escaladas tan difíciles como se puedan encontrar en los Alpes; lo que sí faltan son escuelas de escalada, pero eso no es culpa de la naturaleza […]. También tiene un Parque Nacional de Ordesa que es la envidia de muchos extranjeros, pero nosotros no le damos la importancia que merece […]. Y yo me pregunto: ¿cuántos montañeros españoles han visitado [la gruta de Casteret], y cuántos han efectuado su travesía íntegra? Seguramente muy pocos. Teniendo esta maravilla a nuestros alcances, no le damos la debida importancia y nos dedicamos a soñar en los Drus, Annapurna, Everest, etcétera. ¿No sería mucho más práctico el dedicarnos a visitar, recorrer y escalar lo que todavía falta por hacer, a nosotros los españoles, que no soñar con imposibles y ver cómo los extranjeros se llevan los honores de descubrir nuestras bellezas? […] Y poco más me resta por añadir; únicamente recomendar a los montañeros españoles que se dejen de sueños imposibles y que se dediquen a recorrer las infinitas partes de nuestro Pirineo que todavía se hallan sin explorar. No tenemos que envidiar nada al extranjero, pues tenemos grandes macizos con escaladas de todos los órdenes y grados; tenemos también hermosos y magníficos valles y cañones que son la envidia de todos. Así pues: ánimo, y a admirar y celebrar lo nuestro, dejándose de aventuras”.
Hasta llegar a este punto, el Caso Gavín me ofuscaba. Pero creo que acabo de ver la luz: ¿y si nuestro hombre fuese un agitador encubierto del Ministerio de Turismo? Con órdenes de promocionar a toda costa las posibilidades de la vertiente Sur pirenaica, de paso que desmoralizaba a los escaladores de la Norte. Lo delataría su predisposición para reivindicar como patrios algunos territorios pastoriles del otro lado de la línea de aguas. Algún día, ¿el CNI desclasificará su dossier y revelará que Jorge A. Gavín fue un agente secreto…? Con permiso para liar.
Un diabólico e imaginativo Couloir
Publciado por albertomartinez - 24/04/12 a las 11:04:21 pm¡Cómo corre el tiempo! Hace un par de años, ya se repasaron por aquí las andanzas del posible Gran Imaginario de la vertiente meridional del Pirineo. Que era tanto como señalar hacia cierto montañero muy en auge durante los años cuarenta y cincuenta llamado Jorge A. Gavín. Sin ningún ánimo de ensañamiento, se entiende. Un título que se le asignaría a este caballero por cuenta de una serie de escaladas, bastante rupturistas para la situación del alpinismo hispano de entonces, que hizo públicas en primera persona…, y cuya ejecución real ofrecía severas dudas a sus coetáneos. Para quienes ahora se incorporen a esta crónica y sientan curiosidad, les remitiré a los textos previos sobre “Los prismáticos de Jorge Gavín” (6 de mayo de 2010), “La cara oculta del Tozal del Mallo” (22 de mayo de 2010) y “El Cilindro más imaginativo” (7 de junio de 2010). Tras sus sonadas peripecias, enseguida puestas en tela de juicio, ya por la cara Nordeste del Cilindro de Marboré (¿14 de agosto de 1944?), ya por la ruta Sur del Tozal del Mallo (¿21 de agosto de 1944?), nuestro hombre insinuaba otro recorrido por el mítico couloir de Gaube. Desde Bilbao, Patxi Termenon ha sido tan amable como para indicar la ubicación de esta nueva aventura literaria en el Vignemale…
Cuantos deseen conocer al detalle este último episodio de nuestro hipotético Tartarín hispano, harán bien en acudir a la revista Pyrenaica número 29 (1953). Simplificaré un tanto la tarea para los más comodones… Sin salir de esta página, podemos curiosear por ese artículo titulado como “Couloir de Gaube”, donde Jorge Gavín explicaba al detalle sus experiencias sobre dicha canaleta helada en 1951. Sin mayores dilaciones, acompañemos ya a nuestro comunicativo escalador, de quien se puede afirmar, sin incurrir en anatema alguno, que cuanto menos se curró a base de bien su texto:
“El Vignemale, macizo del cual estaba enamorado el gran montañero francés conde Henry Russell, el cual, para estar más cerca de su preferido, se hizo construir dos grutas [sic], donde pasaba la mayor parte del verano: una de las Grutas de Bellevue, donde recibía a sus numerosos amigos, y otra, la del Paradís, a menos de cincuenta metros de la cumbre. Es, sin lugar a dudas, el macizo que más variadas vías de ascensión tiene y de diferentes dificultades […].
”Existen algunas [rutas] que se ven transitadas como si nos encontráramos en una gran vía de una gran urbe, como por ejemplo la llamada normal, que se efectúa por el Helero de Ossoue, por el cual he visto bajar a señoras de más de setenta años, aunque la forma de deslizarse no era precisamente muy académicamente montañera […].
”Finalmente, llegamos a la historia del Couloir […]. Una de las tentativas de ascensión que yo creo tuvo más mérito que si hubieran alcanzado la cima, fue la realizada por el gran doctor Arlaud, fundador del Grupo de Jóvenes, el día 6 de junio de 1927, junto a Charles Laffont, los cuales al llegar a la Cascada final o Muro de Hielo, tuvieron que dar la vuelta y bajar por ese diabólico Couloir. Verdaderamente y sinceramente lo confieso: yo lo subí, pero si en la parte final me dicen que me tocaba volver a bajar, tal vez me hubiera quedado allí, esperando el Día del Juicio Final, antes que volver a bajar todo lo subido. Es la única bajada que se conoce [sic] y, por lo tanto, tiene mucho mérito, pues todo el que lo ha vencido coincide en que es peor bajar que subir […].
”En vista del balance español de después de nuestra guerra [Civil], y visto que todas [las escaladas] terminaban mal, verdaderamente le tenía un poco, bastante pánico a ese endiablado Couloir.
”Un buen día que tuve que estar encerrado a causa de la fuerte tormenta de nieve en un refugio, un amigo encontrado allí me sugirió que sería una buena idea el llevar a cabo la ascensión del temido Couloir, pues todavía se encontraba en buen estado el hielo y, con la nieve caída, se aumentarían las probabilidades de éxito.
”Por lo tanto, decidimos ir a intentarlo. El 6 de septiembre de 1951, salíamos del refugio y pernoctamos en la [roca abrigo de la] Villa Meillon de las Oulettes. El cielo estaba completamente despejado, lo que hacía prever una helada, cosa que nos favorecía, pues así la nieve recién caída aguantaría mejor nuestro peso. El día 7 es el que vería nuestro éxito o fracaso.
”A las 06:00 h, salimos en dirección a la base del helero terminal del Couloir, donde calzados con crampones de diez puntas, iniciamos la travesía del mismo, aproximándonos a la base propiamente dicha del Couloir. La travesía de la rimaya fue un poco costosa, teniendo que tallar bastantes marchas [escalones] sobre hielo muy duro; se puede decir que fue lo más penoso de toda la ascensión. Una vez salvado dicho obstáculo y ya en el propio Couloir, cogimos por la parte derecha nuestra, o izquierda del Couloir, para evitarnos el tener que cruzar el tobogán por donde se deslizan las piedras desprendidas de la cumbre y paredes de la Pique Longue. La subida fue bastante penosa debido a la nieve fresca, pues lo que creíamos nos iba a favorecer era nuestro mayor obstáculo, por adherirse continuamente a los crampones y tener que sacudirlos. Después de cinco horas de continua lucha con el hielo y la nieve, completamente helados, llegamos al Muro Final o Cascada, en cuyo paraje hay que dejar el hielo y coger la roca de la Pique Longue. Dimos un buen suspiro de alivio al ver nuestras manos, todavía un poco insensibles, cogidas a las rocas, más seguras y acogedoras que el blanco y traidor elemento que recubre todo el trayecto de este verdadero embudo, traducción de couloir [sic].
”Una vez en la roca, nos quitamos los crampones y de allí al final, o sea, hasta pisar el Helero de Ossoue, nos pareció una verdadera caminata por una calle alfombrada, y eso que en otras circunstancias, esos metros que separan el Muro de Hielo del Helero de Ossoue nos hubieran parecido de Vº, nos parecieron de Iº. En total, desde la Villa Meillon hasta el final del Couloir, nos costó seis horas y cuarenta y cinco minutos.
”No me extiendo en la reseña de la escalada propiamente dicha, por no haber ocurrido nada anormal como a otras cordadas, y ser de todos los montañeros conocida la descripción y forma de efectuarla.
”Al volver al refugio, y ya más tranquilos los ánimos, me puse a considerar la mala suerte tenida por las otras cordadas españolas. Yo lo atribuyo a la falta de nieve, pues hay que reconocer que sin nieve fresca o hielo del año, es imposible escalar esta aguja de hielo, pues en algunos puntos su verticalidad lo hace parecer. Yo tuve mucha suerte de encontrar tan buenas condiciones y así se lo deseo al que se arriesgue de ir a intentar ese Couloir, que es una nevera monumental donde se hielan hasta las palabras.
”Luego de mi ascensión, he tenido varias conversaciones con amigos franceses y ha habido varias opiniones en la dificultad que encierra la escalada. Yo sustento la opinión de que es mucho más difícil la de la Cascada de los séracs del Monte Perdido. La ascensión del Couloir es una línea recta y ascensional, pero la de la Cascada es un continuo laberinto de subidas y bajadas, y con el peligro de los séracs. En resumen: no recomiendo ninguna de estas escaladas a ninguno que no se encuentre lo suficientemente fuerte en escalada aérea de hielo, con buenas prácticas de piolet y crampones, y sobre todo mucho aguante al frío, con buenos equipos, tanto de material de escalada como crampones, cuerda, pitones de hielo, y también prendas de abrigo, de mucho calor pero poco peso y volumen”.
Tras el extracto de ese couloir-embudo del tan demoníaco como endiablado Gaube, unas rápidas consideraciones. Sin ningún ánimo de linchamiento moral, claro está… Por un lado, hay que reconocer que Jorge Gavín andaba aceptablemente puesto en historia del pirineísmo, pues surtía al público hispano de abundantes reseñas, que aquí no he incluido al completo, sobre las ascensiones pretéritas por el macizo…, sin incurrir en demasiados errores. Y, a tenor de sus insinuaciones, pudo estar bien relacionado con figuras punteras del momento, como “el buen amigo y gran compañero Robert Olliver”, o “el amigo [Pepín] Folliot”. También llama poderosamente la atención esa retahíla de entidades a las que afirmaba pertenecer: tras destacar en primer lugar al Centre Excursionista de Catalunya, seguido añadía las siglas del Club Alpin Français [sospecho que en su Section d’Agen], del Groupe des Jeunes [si bien, en el listado de miembros que aporta Parant, Gavín no figura] e incluso de la Fédération Française de Ski. Para alivio de los lectores maños, hay que destacar que el nombre de Montañeros de Aragón ya no aparecía en este trabajo por ningún lado: tras consultarlo con nuestros socios venerables, me insinuaron que cierto embrollo por la utilización indebida de unos sobres con el membrete oficial del Club, pudo ser el causante de su, digamos, desaparición del ambiente montaraz a orillas del Ebro… Tal vez en alguna revista de las asociaciones antes citadas aparezca cierto relato de la escalada de nuestro amigo Gavín a la Norte del Monte Perdido (¡por dos veces!) que hoy nos falta para completar su apasionante sci-fi collection…
Entre tanto, ciñéndonos más a este couloir de Gaube que aquí presentamos, surge alguna duda sobre su realización: ¿estamos ante un relato auténtico o su texto lo basó en esas experiencias previas que tanto abundaban en los boletines de la época? Ante el temor a cometer con nuestro protagonista una tremenda injusticia, mejor guardar nuestras opiniones personales. Por desgracia, si bien Jorge Gavín aportaba una foto del Vignemale desde las Oulettes de Gaube, no lo hizo así con ninguna de las demás fases de la escalada que describía. Donde casi se echan de menos, por ejemplo, esos apedreamientos fuera de la canal central o rigole que la mayoría de sus antecesores siempre incluían. Haciendo gala de una actitud todavía quisquillosa, también podría sorprender que denominara “cabaña” a la Villa Meillon, que era un roquedo no muy grande e improvisado como abrigo. Pero, claro, un lapsus (o dos), forcejeando con las teclas de la máquina de escribir (que no con el piolet), lo tiene cualquiera…
Con los Livingstons del Valira
Publciado por albertomartinez - 12/04/12 a las 02:04:02 amNo oculto mi simpatía por el pirineísmo imaginario. Es decir: por esos escritores que, sin salir de su casa, son capaces de construir las aventuras más inverosímiles. Durante el siglo XIX, el Rey de la Ficción en nuestra cordillera fue el casi siempre desmedido Achille Jubinal. Ni que decir tiene, al territorio que riega el río Valira también acudirían estos visitantes tan creativos. En espíritu, se entiende, pues su presencia física parece más dudosa. Tres ejemplos escalonados en el tiempo pueden ilustrar a las mil maravillas los encantos de este género denostado por algunos críticos gruñones…
Hablar del, llamémoslo así, andorranismo imaginario, hará que recurramos primero a Bertrand Élie Berthet, firmante de Le val d’Andorre (1848). Una trama ficticia dentro de la colección de “Buenas Novelas Ilustradas” que se situaba en mitad de las convulsiones de la Francia post-napoleónica de 1815. Su autor nos conduce enseguida a Vicdessos, por lo que, sin perdernos entre los vericuetos políticos de su argumento, picoteemos directamente por sus aspectos montuosos. Como su prometedor alzado de telón:
“Era el mes de noviembre, una estación bastante rigurosa al pie de las altas montañas: una brisa áspera y fría soplaba entre ráfagas, y el sol pálido que acababa de alzarse hacía tintinear tristemente los hielos del Montcalm y del Bassiès […]. Toda la caravana penetró lentamente en el oscuro desfiladero del Pas-de-la-Chèvre y enseguida desapareció entre las brumas. Ciertamente que la porción de los Pirineos que los viajaros iban a atravesar no era donde se hallaban las cimas más altas y escarpadas, pero las montañas de este lugar, aun sin presentar masas tan imponentes como el Canigó o el Monte Perdido, son más numerosas y más próximas, y sus valles más estrechos y peligrosos”.
En efecto: el debut auguraba un cruce emocionante hacia la vertiente sur. Porque nuestra caravana de fugitivos iba a ser guiada hacia Andorra por unos malvados gitanos… Vamos a emplazarlos ya sobre las rampas septentrionales del port de Rat y en plena tempestad:
“Desde el profundo desfiladero que debían atravesar, se escapaba un viento impetuoso y frío que expulsaba hacia delante las nubes que habían cubierto el cielo del valle. El sol, tan brillante hacía unos instantes, había desaparecido de repente, como si se hubiese desplegado un cielo inmenso para interceptar sus rayos. La tempestad que mugía en el interior de las montañas, aún no había alcanzado el lugar donde se encontraban los viajeros, quienes ya podían apreciar toda su violencia a un cuarto de legua. La tormenta se había encañonado en un paso estrecho que se abría ante ellos, y hasta los más intrépidos hubiesen temblado viéndola acercarse. La garganta estaba formada por dos montañas majestuosas cuyas pendientes estaban recubiertas de abetos medio hundidos bajo la nieve. El viento rugía en este espacio con una violencia espantosa, elevando los torbellinos de nieve y agitando las nubes que allí se amontonaban. El ruido de las avalanchas, el crujido de los abetos que se rompían bajo su peso, el rugir de un torrente que se precipitaba por dicho desfiladero producían un estruendo comparable al del trueno”.
¡Vaya unos decorados acogedores! Poco propicios para que la heroína Cornélie nos brinde su opinión sobre el lugar hacia el que escapaban: “Imagino el valle de Andorra como un país privilegiado, un El Dorado de la tolerancia y de la libertad donde ha reinado sin interrupción una edad de oro”. Pero el futuro no se ofrecía tan rosa como la bella suponía, pues los pasadores gitanos tramaban robarles en lo más agreste de la cordillera… Semejante jugarreta quedaría desbaratada ante la aparición del héroe, un cazador andorrano de rebecos llamado Isidoro Duba. Más enterado que otros viajeros reales coetáneos, el autor de esta novela de 1848 hizo que su galán imaginario se interesara por la mundana cuestión de los pasaportes:
“–Sin duda tendréis autorización del prefecto del Ariège para visitar [Andorra] con los personajes que os acompañan. Os ruego que me la enseñéis… ¿Ignoráis que, sin un permiso de las autoridades francesas, la entrada en nuestros valles está vetada? ¿No sabéis que, sin esta formalidad, ningún extranjero puede pernoctar en nuestro país o atravesarlo?”.
De nuevo aparecían las servidumbres de una frontera siempre caliente… A pesar de no disponer de permiso alguno, Duba ofrecería su ayuda para traspasar la muga, si bien utilizando el más benévolo port de la Cabane. A nuestros fugitivos les aguardaba una trepada de auténtica ficción montañera a la vera del pic de Siguer:
“Pasaron varias horas durante las cuales no hubo ni un solo minuto en el que los viajeros no pusiesen su vida en peligro. En ocasiones, bordeaban precipicios hacia cuyos fondos rodaban piedras con estrépito… Otras veces, se resbalaban bajo unas rocas y desprendimientos donde el aleteo de un águila o el empujón de algún rebeco les hubiera ocasionado una caída. Temblando, pensaban que el soplo de este viento terrible que les había detenido por la mañana podía sorprenderles en estas gargantas, para hacerles volar como briznas de paja […]. Más de una vez, la tímida Cornélie vio brillar a cierta distancia del sendero los ojos feroces de un lobo que parecía listo para lanzarse”.
Como es habitual en estos folletines, acechaban amenazas aún peores: desde las avalanchas o los contrabandistas de la banda de Miguel el Moro…, ¡hasta cierta prometida que aguardaba al cazador en Andorra! Quienes deseen saber cómo finaliza este dramón con amoríos imposibles, deberán buscar el texto en la Bibliothèque Nationale Française. Por nuestra parte, cerraremos la muestra inaugural con el malévolo epílogo de Berthet:
“Si algún viajero al que esta novela haya podido interesar pensaba visitar el valle de Andorra esperando hallar allí las costumbres sencillas y patriarcales que hemos tratado de pintar, puede sufrir un cruel desengaño. Treinta años han cambiado mucho las cosas en la República pirenaica, como en otros lugares, y quizás valdría más que se limitara a la lectura de esta historia sencilla antes que ir a romper un sueño agradable con la triste realidad”.
Los simpáticos vecinos del Norte, siempre favoreciendo el turismo andorrano… Mas por fuerza hemos de seguir en su compaña, ahora de la mano de Albert Laporte, creador de Aux Pyrenées le sac au dos (1876). Una trama que no especifica si es ficticia o real. Nos sumergiremos en ella a partir de su etapa luchonesa para efectuar pequeña tournée hacia los entonces “salvajes Pirineos Orientales”: el Mont-Valier, el Montcalm…, ¡y Andorra! Laporte la presentaba como un periplo para recobrar sus fuerzas tras cierto accidente novelesco en las grietas del glaciar del Aneto. Un recorrido fuera de los, hasta entonces, circuitos habituales… ¡Puro excursionismo imaginario! De este modo discurrió su incursión andorrana desde el lado español junto a un guía resabiado:
“Carafa me anima a probar mis fuerzas trepando al pico que se encuentra frente a nosotros. Es muy fácil: no hay más que agarrarse a las presas de las rocas… Lo ascendemos con rapidez. Es el pic de Bareytes [pic del Pla de l’Estany, 2.859 m], pues nos hallamos muy cerca de Arinsal, en el camino de Andorra. No me pena mi escalada. El panorama que se domina es grandioso: veo desplegarse como en un anfiteatro todas las montañas de Andorra y, entre todos esos picos desgajados, redondeados, nivosos o boscosos, distingo la Comapedrosa, una inmensa pirámide de laderas sembradas de abetos […].
”A lo largo del camino hasta Andorra la Vella, donde llegamos cuatro horas después, solo había montañas verdeantes, torrenteras de aguas limpias y valles tallados en la roca. Desgraciadamente, ¿por qué teníamos que dejar todo eso para acudir hasta allí? Un pueblo de calles irregulares y tortuosas, casas edificadas con pizarra y granito, una plaza pequeña con una pobre fuente, una iglesia muy sencilla, un castillo completamente destrozado y con defensas a medio destruir: ese era el balance de la Capital del Bello País de Andorra, que no sería conocida si la música de Halévy no la hubiera hecho popular.
”Esta República que apenas abarca las sesenta mil hectáreas de terreno y que cuenta con diez mil habitantes repartidos en siete pueblos y treinta y cuatro aldeas, paga por su independencia 960 francos a Francia y 450 al Obispo de la Seu d’Urgell. Desde el punto de vista político, forma parte integral de España [sic]. El contrabando y sus derechos a no ser soldados ni a pagar impuestos, son las únicas ventajas que los andorranos perderían de convertirse en españoles, cosa que cabe esperar en un futuro próximo.
”Comer y dormir mal: eso es lo que le aguarda al imprudente que se detenga en Andorra la Vella. Las personas que frecuentan sus posadas son poco distinguidas y muy peligrosas. Nunca sabe uno con quién trata: si con bandidos, contrabandistas o alguaciles. Desde una mesa lejana a la nuestra, cierto español con un pañuelo en la cabeza campaba al modo del Capitán Fracasso, con su fusil a mano, mirándome de forma terrible. Quien estaba sentado a su vera con los cabellos erizados, una barba salvaje y aspecto embrutecido, tenía pintas de rogarle a su vaso un consuelo que no le brindaban las disputas de sus camaradas ni el enfado del hostelero: éste, botella en mano, amenazaba a los bebedores, lo que dejaba a nuestros dos bandidos del todo indiferentes. Carafa me invitó a retirarme a mi habitación, cosa que hice, no sin antes lamentar el haber tenido que permanecer una hora cerca de la mesa de aquellos bandidos. Prefería mil veces a esta hospitalidad de la villa la de las montañas, aunque me topase allí con oseznos.
”Pero no tendría quejas de mi viaje de regreso. Durante la mayor parte de la jornada, vagabundeamos por unos caminos abruptos que convenían a los contrabandistas, a los rebecos y a los bandidos. Cierto es que no vimos ninguno, por lo que me veo forzado a hablar por lo que escuché. De estos decorados tan de su predilección, no recibí otra sorpresa que la variedad de paisajes, lo que, para un turista, vale mucho más que mirar a ese contrabandista que os vende sus artículos a tres veces menos de su valor, a ese rebeco que no se deja abatir o a ese bandido que os matará si es necesario. Entre Andorra y Ax hay un camino largo y penoso, muy accidentado. Carafa me hizo cruzar por el puerto de Framiquel para enseñarme los roquedos de la Portella y la laguna de Font Negre, donde nace el río Ariège. Un lugar con unas vistas admirables sobre las montañas de Puymorens y el valle del Valira que compensa por la aspereza del camino”.
La visita de Albert Laporte al Principado pirenaico nos ha dado sobradas razones para clasificarla entre las mejores aventuras imaginarias, ¿no? Pues regresemos de nuevo a la vega del Valira junto a Maurice Gratiot, creador de los Deux parisiens dans le val d’Andorre (1890). A tenor de sus referencias, un periplo realizado en julio de 1888 por cierto Capitán y su Teniente, con objeto de “recorrer el Pirineo e ir en busca de algunas cimas vírgenes”. ¿Una hazaña alpinista en ciernes…? Ya veremos. Para empezar, durante una pernocta en Prades en la que los protagonistas trataban de enrolar a nuevos compañeros para su recolecta de sensaciones fuertes, se servía este diálogo surrealista:
“–Tenemos intenciones de seguir a pie una gran parte de las crestas pirenaicas…
”–Y, naturalmente, pasaremos por el valle de Andorra, que debe de estar bien verde en estos momentos, cuyos recuerdos poéticos y musicales nos atraen… Ya sabéis: el Viejo Cabrero [de Halévy]…
”–¿El Bello País de Andorra?
”–Exacto: está en nuestro programa. Pasaremos por allí. Y saliendo de Andorra…
”–¡Saliendo de Andorra…!
”–Es indispensable…
”–¡Pues si creéis que uno entra en Andorra como en un glaciar suizo, os equivocáis!
”–¡Cómo! ¿No habéis ido ni una sola vez, en verano y con el buen tiempo, para pedir un poco de frescura y sombra a vuestros vecinos andorranos…?
”–Pero, mis queridos señores, ¡eso sería un auténtico viaje, toda una expedición! ¿Por quién nos tomáis? […].
”–Pero nosotros pensábamos que era un bonito paseo…
”–¡Un paseo! ¡Por un país de salvajes! ¡Un paseo! ¡Que exige preparar caballerías, mulas y guías!”.
Cuando apenas se había esbozado nuestro relato, perdía ya toda posibilidad de escapar del imaginario pirenaico… Pero sigamos con nuestros osados parisinos, quienes por fin lograban echarle el ojo a un mapa del Principado: sobre dicho pliego, descubrieron con emoción “inmensos espacios en blanco, sin un sendero, realmente erizados de montañas inexploradas de 3.000 metros”… Asimismo, recogerían informes fidedignos sobre sus futuros anfitriones: “Sombríos, suspicaces, contrarios a las bromas”. Frente a semejantes perspectivas, los dos galos llegaron a sentirse una suerte de Livingstons del Pirineo, listos para “conquistar Andorra con su pequeño equipaje”. Definitivamente, el texto iba desperdiciando cualquier viso de realismo conforme avanzaban las páginas… Así, en un albergue de Puigcerdà, Gratiot registraría otro encuentro no menos alucinógeno:
“Tenemos como vecino de mesa a un hombre entendido, muy sabio o convencido de serlo, que había viajado y completado ascensiones por la montaña que nosotros nunca realizaremos… Nos contó sus paseos de veinte leguas, desde el crepúsculo hasta el alba y sin linterna, con sus bellas noches bajo una tienda, a 3.000 metros de altura, así como sus cacerías de serpientes azules, sin comer ni beber en tres días”.
Al parecer, desplazarse hasta Andorra prometía, aun en el año 1888, toda clase de peligros sin cuento. Su nuevo amigo les obsequiaría con un consejo valioso para evitar los problemas con los andorranos…, en el caso de que lograran ingresar en tan remota República: “Evitar hablar de política o meterse en los asuntos de ese país. ¡Diablos! ¡Pedir eso a unos franceses republicanos…! ¡A unos hijos de Fígaro…!”. Para no cansar, mejor cortamos aquí unas historias que trocaban dichas caminatas en poco menos que un viaje hacia la perdición. A cambio, acomodaremos a estos globetotters y a su guía junto a la divisoria de Porté. Como no podía ser de otro modo, enseguida terminaron perdidos entre las brumas del port de Framiquel. Por suerte, lograrían localizar a un nativo mediante un original procedimiento: “Marchamos en la dirección de las esquilas y fue el propio Cabrero de Halévy quien se nos apareció en persona”. En este tipo de relatos, el andorrano siempre hacía gala de “reserva extrema, balbuceando monosílabos casi ininteligibles”…, hasta que le ofrecía un cigarrillo francés. Al menos, nuestros viajeros tuvieron el detalle de incluir alguna sensación montaraz entre sus batallitas:
“La alta muralla de montañas ha perdido los últimos tintes violáceos que aún proporcionaba el crepúsculo, y marchamos un tanto agotados por este cinturón oscuro de cimas cuyas líneas se enmarañaban y se confundían con el cielo”.
Nuestros autotitulados Livingstons pirenaicos arribaron bien de noche a la “triste y miserable aldea de Soldeu”, alojándose en el albergue de Calveau. Como de costumbre, la cena brindaría cuadros en extremo originales y loas pasmosas hacia la gastronomía andorrana:
“En la misma mesa donde nos servían, una docena de pastores que lucía el aspecto de ser excelentes bandidos, hundía sus cucharas de estaño en un cuenco enorme, lleno hasta desbordar de una sopa verdosa de la que se captaba un vago aroma a aceite que impresionaba a nuestros olfatos. Pero teníamos hambre montañera, por lo que la visión de aquella materia indefinida, capaz de quebrarle el ánimo al más decidido, nos gustó, e incluso nos daba envidia”.
El anecdotario de su primera pernocta andorrana no terminaba aquí. Sin embargo, nos saltaremos los demás chascarrillos de fonda para repasar cómo discurriría la siguiente etapa de marcha por el País del Pirineo, dedicada a bajar hasta su Capital:
“El silencio, que impresionaba, y esta soledad casi absoluta, constituían las mayores bellezas de esta nación. ¡Imaginad!: durante una larga jornada de excursión, no nos encontramos con un solo turista, ni con un fotógrafo, ¡ni siquiera con un inglés!”.
Pero, ¿y las escaladas proyectadas al comienzo del viaje? ¿Qué iba a suceder con ese “camino de las crestas” prometido…? Pues que se limitó a descubrir las danzas típicas de Andorra la Vella. Seguido, los dos bravos regresarían a su patria por el port d’Auzat tras contratar a Pepe, un guía de la Capital. Cuanto menos, nuestros tartarines disfrutaron de lo lindo con el paisaje, reseñado con cierto estilillo russelliano:
“Las siluetas negras y amenazadoras que se perfilan sobre las murallas […], el silencio de muerte que cae desde las grandes montañas, cuyas líneas ondulan sobre el cielo estrellado, todo transforma el escenario y lo vuelve, si no más bello, sí más sorprendente”.
Asimismo, llama la atención una breve estancia en Ordino, donde los trotamundos quisieron departir con algunos de sus habitantes. Un fragmento bucólico, para variar:
“Nos sentamos con ellos unos minutos ante la puerta de la herrería y allí, en la dulce paz de la tarde, nos hablaron de sus vidas y trabajos, de sus duros sufrimientos durante el invierno, pero también de sus goces y de los buenos libros, que tanto amaban, y que tan a menudo habían leído… Hay buenos corazones en estas montañas que todavía poseen una pureza adorable”.
¿El autor seguía inventando con descaro? ¿O había tenido un encuentro con la Andorra real…? En cualquier caso, nuestro Capitán y su Teniente ya abandonaban la República pirenaica, ahora en recolecta de florecillas y de nuevas sensaciones de impacto:
“En Ordino enrolamos a nuestro tercer guía para atravesar el collado. Pepe nos había dicho que poseía conocimientos bastante imperfectos de la orografía de esta región. El nuevo compañero era un nativo de pura raza que primero no respondió a nuestras preguntas y después se negó a nuestras propuestas, para limitarse a seguirnos a cierta distancia con su gran bastón de punta herrada al hombro.
”–Se trata de un antiguo contrabandista –nos dijo Pepe–: muy honesto en el fondo y muy valiente. Él nos cruzará, no temáis…
”En efecto: enseguida se unió a nosotros, quedando todo arreglado. El viejo enemigo de los aduaneros y de los gendarmes terminó siendo nuestro amigo e incluso nos ayudó a recoger flores, desgarrando las zarzas… ¡Pobres flores! ¡En qué tristes decorados abrían sus pequeñas corolas azules, de una delicadeza infinita…! Por todas partes, la naturaleza olvidaba sus obras maestras…, incluso en el valle de Ordino. A esas bellas praderas que hallamos en nuestro camino pronto les sucedieron unas pendientes fuertes y negras, que caían como talladas a pico en este valle estrecho, silencioso y deshabitado… Habíamos visto pocos lugares tan tristes y desolados […]. El viejo nos contó que, en cierta ocasión, durante una de las escaramuzas con los aduaneros, llegó a despedazar a dos de ellos. Verdaderamente, fue uno de sus mejores golpes. Semejante confesión nos enfrió un tanto. Pepe añadiría que, a veces, los contrabandistas tenían que tirar de cuchillo, cosa que lamentaban los primeros… Daba igual: el relato del buen hombre estropeó todas las flores que fue recogiendo”.
¿Un periplo en 1888 por Andorra podía servir mayores peligros todavía? Desde luego que sí. Atentos al percance que el Capitán sufrió durante la bajada del port d’Auzat:
“De repente, su pie se resbaló, lo que constituyó todo un drama: el bastón cayó por un lado, el sombrero por otro, y su propietario quedó en el medio, ¡sentado sobre esa parte del cuerpo que jamás tendremos el coraje de nombrar!”.
¡Los curtidos aventureros imaginarios…! ¡Siempre al límite…!
Plagios literarios entre amigos
Publciado por albertomartinez - 02/04/12 a las 09:04:32 am¿La Norte del Monte Perdido guarda todavía algún secretillo entre sus hielos? Es posible que así sea. Al menos, en lo referente a cierto detalle curioso que, hasta la fecha, no se había aireado en exceso. Pues bien: para degustar una de las anécdotas más sabrosas del universo literario-escalador, nada como viajar hasta esas lejanas añadas de las dos primeras ascensiones por los séracs de las Treserols…
El verano de 1888 fue de lo más agitado para Roger de Monts. Este pionero de la escalada realizó tres estancias en Gavarnie bien repletas de trepadas. Pero no entraremos en su campaña sino para repasar el logro más importante. Y como nuestro pirineísta no escribía en las revistas del gremio, habrá que recurrir a su correspondencia. Por suerte, la gran primicia en el Macizo Calcáreo quedó largamente descrita en una carta a Henry Russell, su instigador en la sombra:
“[…] Volví a Gavarnie para escalar el Monte Perdido. ¡Qué bella ascensión! A usted le debo esta empresa, dado que me la recomendó hace un año. Logré subir por el norte dicha cima, una de vuestras predilectas, junto al Rey de los Guías [Célestin Passet]… Pasamos una noche excelente al pie de Tucarroya, durmiendo al otro lado de la brecha, en el extremo del lago donde se deja la roca para embarcarse en los neveros […]. El 18 de septiembre, tras haber penetrado en el glaciar, llegamos a su penúltima grada. Casi cuando alcanzábamos la muralla, decidimos no ir más lejos, pues había que atravesar unos puentes de nieve de cinco a diez metros y no llevábamos cuerda. Así pues, bajamos y dejamos la ascensión para el día siguiente. Con nosotros venía uno de vuestros hombres del Vignemale, el bravo François Bernat-Salles: nos acompañaba en calidad de porteador. Vino muy bien, pues lo mandamos a Gavarnie para buscar una cuerda. Habiéndonos dejado a las 11:00 h, estaba en Gavarnie a las 15:00 h, y de regreso en el Lago Helado a las 18:30 h. Descendió por el Astazu, para luego subir en compañía de Hippolyte Courtade, quien debía volver con nuestros bagajes a Gavarnie.
”El día 19, tras pasar una noche deliciosa bajo los referidos bloques, nos situamos con el alba al pie del glaciar. Franqueamos por el medio esa gigantesca escalinata en la que cada peldaño ofrecía a la vista nuevas maravillas, casi con cada paso que se daba, como obeliscos inmensos y catedrales magníficas de hielo vivo azulado. Resultaba imposible adivinar de lejos dónde se hallaban esos abismos y grietas que teníamos a nuestros pies, bajo bóvedas espléndidas que se alzaban sobre nuestras cabezas. Subimos por mitad del glaciar norte y continuamos directamente hacia la cima, tomando siempre que fue posible la zona de rocas. No existe en los Pirineos una ascensión continuada tan difícil como ésta. La prueba es que, en cuanto logramos llegar a la roca, Célestin se quitó sus botas. No cabe error alguno en cuanto a nuestro punto de partida desde el glaciar: su zona central es la única factible, pues solamente por allí no se sufre el bombardeo por las caídas continuas de enormes séracs. En general, se detenían en esas amplias grietas que los separaban de nuestra línea de ascensión. Por los costados, los bloques se desprendían hasta la parte inferior del glaciar.
”Una vez vencida la primera muralla de hielo, pudimos atravesar directamente, a través de puentes de nieve y por el centro de su zona plana, un glaciar más extenso de lo que se podía imaginar. A pesar de todos los esplendores que acabábamos de recorrer, las grietas que hallamos nos arrancaron las mayores exclamaciones de admiración. Aquello no era en absoluto un caos sino, muy al contrario, se trataba de una ordenación perfecta. Ante nosotros, unas murallas absolutamente verticales o rigurosamente paralelas que se unían mediante curvaturas irreprochables. Era imposible evaluar sus dimensiones: en mi primer intento, quizás quedé muy lejos de la realidad por huir de la exageración. Pero, una vez que situé mis botas en el extremo del borde, descubrí que aquello era tan transparente que no había forma de percibir su fondo, perdido en la oscuridad. Quedé extasiado ante la profundidad de la grieta mayor, que fue la que me pareció más bella: Célestin me hizo la observación de que solo estaba mirando un puente de nieve y que debajo del mismo se abría un agujero negro del que resultaba imposible ver su final. Y, todo ello, de un hielo en el que mi piolet, a pesar de ser de Chamonix, rehusaba penetrar: sin duda, temía profanar semejantes maravillas. Las pendientes se alzaron y llegamos a unos roquedos que, a pesar de ser menos verticales que los que íbamos a encontrar cerca de la cima, eran no obstante difíciles. Allí, los clavos de nuestras botas no se agarraban. Célestin tuvo que quitárselas: con eso, está todo dicho. El verglás tornó nuestros últimos pasos muy delicados. Después, todo terminó en una pendiente áspera de hielo: la subimos en línea recta, tallando escalones. Desde ahí, accedimos a las últimas rocas, llevando por nuestra izquierda la nieve de la cresta Este del Monte Perdido. Cruzando hacia allí, ganamos dicho nevero y, en cinco minutos, la cumbre.
”Antes de decidirse por nuestro recorrido de subida, Célestin realizó consultas con Bernat. Prevalecerían las opiniones de nuestro porteador. Sin embargo, una vez en casa, Bernat me comentó que él nunca se hubiese atrevido a abrir la boca si Célestin le hubiera dicho otra cosa: terminó proponiendo un trayecto por el que no hubiese querido pasar nunca. Esta ruta debe de ser más fácil, aunque tal vez menos bella, en el mes de agosto, pues entonces la nieve resulta más espesa y las grietas están menos abiertas. No conozco lo suficiente Suiza como para afirmar que no existe nada similar en sus glaciares, siempre tan alabados, pero al menos puedo decir que nunca vi nada tan bello. Desde Tucarroya, el aspecto del glaciar Norte del Monte Perdido es del todo magnífico y, sin embargo, resulta imposible formarse una idea en tanto no se descubre el esplendor de cada uno de los tramos de su muralla rocosa. Entonces se ven esas grutas inmensas bajo las cuales se elevan unos obeliscos que tratan en vano de alcanzar sus bóvedas, y caos que ni el caballo de Rolando ha profanado. La base del glaciar está formada por pozos sin fondo.
”La parte rocosa de esta ascensión no es para recomendar a todo el mundo. Pero todo el mundo podría, llevando a Célestin como guía […], subir hasta la última muralla de hielo y hasta la última grada, explorando más o menos el glaciar: solo existe un poco de peligro. No obstante, en lugar de oír, igual que en el Mont-Blanc, esos sonidos lejanos y extraños como de un cañón oculto: a izquierda y derecha, bajo los pies y sobre las cabezas, los espléndidos séracs celebran esta ascensión con detonaciones continuas. Los bloques que se desgajan por los lados y por debajo no son para temer: por lo general, los que se sueltan sobre las cabezas caen dentro de las grietas con un ruido que se escucha más allá de Tucarroya. Es decir: dichas grietas son anchas. Si uno se hallara allí antes de la salida del sol, se evitaría cualquier peligro. Aun así, la gran belleza de esta ascensión, ¡bien vale que se corran algunos riesgos!”.
Para no escribir un pimiento, el texto le salió potable al escalador, ¿no? Luc Maury lo publicaba en un Pyrénées de 1987. En realidad, fue uno de los excepcionales relatos de uno de los Grandes Mudos de la trepada pirenaica. Porque De Monts era tan poco aficionado como su amigo Brulle a airear nada con vistas a la galería. Y hablando del Rey de Roma: el segundo relato sobre la Norte del Monte Perdido llevaría la firma de este último. Solo tres días después del Couloir de Gaube, la misma cordada atacó el flanco septentrional de las Treserols. Así de escueta se desglosaba la secuencia de esta nueva aventura en el resumen para las Ascensions (1949) de Henri Brulle:
“Viernes 9 y sábado 10 [de agosto de 1889], el Monte Perdido por el Norte (segunda ascensión): salida de Gavarnie el viernes por la noche a las 23:25 h; brecha de Allanz 1:15 h; brecha de Tucarroya 3:15 h; campamento Bazillac/De Monts 3:30-5:30 h; Monte Perdido 11:30-12:00 h; Tucarroya 14:30 h; Gavarnie 18:00 h”.
En fin; lo mejor será pasar a la crónica de la trepada del 10 de agosto de 1889, titulada: “El Monte Perdido por el glaciar Norte”. Sin quitarle el ojo al texto anterior de Roger de Monts, muy atentos a las supuestas impresiones de Henri Brulle:
“Tan fácil como excesivamente alejado de las rutas ordinarias, el Monte Perdido aparece felizmente flanqueado en su costado norte por un hermoso glaciar en dos pisos. Un regalo para los verdaderos glaciaristas […]. Esta bella ascensión es digna de los Alpes. Se divide en dos porciones: la primera, comprende una cascada de séracs, y va seguida de una meseta más o menos agrietada; la segunda, consiste en unas pendientes de nieve y roquedos. El glaciar superior resulta infranqueable de frente, pues comunica con la gran meseta mediante una cascada de séracs de aspecto de lo más imponente, probablemente impracticable.
”El viernes 9 de agosto a las 23:25 h, abandoné Gavarnie acompañado por Poc. Cuatro horas después, me reunía con Bazillac y De Monts, quienes acampaban en Tucarroya junto a Célestin Passet y Bernat-Salles. A las 5:30 h, partimos hacia los séracs del Monte Perdido. Al punto de la mañana, nos hallábamos al pie del glaciar, que franqueamos por medio de una gigantesca escalera en la que cada peldaño ofrecía a nuestros ojos nuevas maravillas: ¡obeliscos inmensos, magníficas catedrales de hielo puro y azul! Imposible adivinar de lejos la existencia de los abismos y cavernas que teníamos bajo los pies, o de esas bóvedas inmensas que se alzaban sobre nuestras cabezas. Una vez superada la muralla gracias a unos puentes de nieve, atravesamos directamente la parte plana de ese glaciar, más extenso de lo que uno se imagina. A pesar de los esplendores que acabábamos de recorrer, las grietas que hallamos nos arrancaban gritos de admiración. No era en absoluto el caos sino, por el contrario, una ordenación perfecta. Teníamos ante nosotros murallas absolutamente verticales y rigurosamente paralelas que se unían mediante curvas irreprochables. Evaluar sus dimensiones resultaba imposible: en un principio, temiendo exagerar, quedé ciertamente por debajo de la verdad. Después, una vez que apoyé mis botas en el borde, las simas parecían transparentes de tal modo que, a menudo, no se distinguían sus bases, perdidas en la oscuridad. Más arriba, las pendientes se enderezaron. Llegamos a unas rocas menos verticales que las de la cima, aunque sin embargo muy malas: los clavos de las botas no podían morderlos. Célestin tuvo que quitarse su calzado: con eso, quedaba todo dicho. Una última pendiente de hielo que subimos en línea recta tallando escalones, nos llevó hasta los últimos roquedos, muy difíciles. Finalmente, veíamos la nieve por nuestra derecha. La alcanzamos y, tras una marcha de cinco a seis minutos en dirección sur-sudoeste, nos sentamos sobre la cumbre.
”Esta ascensión no es para recomendársela a todos los turistas, aunque se les podría animar a visitar el glaciar, más o menos, llevando a Célestin como guía. El bombardeo resulta continuo, como se sabe. La relativa llanura está situada en la zona baja de los desprendimientos, si bien la zona del medio está algo resguardada, pues los séracs se detienen, por lo general, en las grietas. Este cañoneo produce un gran efecto cuando, al bajar a uno de estos abismos, marchando entre medio de los proyectiles amontonados, se ven otros similares suspendidos sobre la cabeza y se escuchan las detonaciones formidables de los que caen a lo lejos. Pero lo cierto es que eso es preferible al cañoneo en Chamonix. Puede que haya algún peligro, pero nunca se piensa en ello: ¡es todo tan bello! Además, cuando regresamos a nuestras ocupaciones cotidianas en la ciudad, ¡cuántas tejas penden sobre nuestras cabezas! No queda sino hacer un elogio de Célestin Passet: nunca dejo de admirar su inteligencia en la montaña y la prontitud de sus decisiones, más aún que su energía y destreza superiores”.
¿No es un texto parecidísimo al que Roger de Monts enviara por carta a Henry Russell en el otoño de 1888? ¿Cómo podría explicarse semejante maravilla…? Bien: a Henri Brulle le gustaba poco pasar al papel sus experiencias trepadoras. Así y todo, el historiador Henri Beraldi logró convencer a Jean Arlaud para que agrupara sus escasos artículos e ir sirviéndolos en el Bulletin de la Sección Central del Club Alpin Français entre 1930 y 1935. Brulle jamás fue partidario de divulgar “ninguna publicación de envergadura para sus pobres textos”. El asunto se embrolló a partir de estas iniciativas, que abreviaré: al final, en la edición al público de su libro intervendrían Raymond d’Espouy y Jean Fourcassié. Dicha obra, ya póstuma, salió a la calle en 1949 con la plagiaria Cara Norte del Monte Perdido… Con Beraldi y Arlaud también muertos. Entonces, ¿quién fue el responsable de esta especie de versionado del viejo relato del asimismo difunto De Monts?: ¿Brulle, Beraldi, Arlaud, Espouy o Fourcassié? Cualquiera sabe. Es de suponer que quien quiera que fuese su autor, lo hizo con la mejor intención del mundo… No en vano, se hallaban entre amigos.
El derrumbamiento de la Norte del Perdido
Publciado por albertomartinez - 22/03/12 a las 01:03:26 amHace algo más de un año, serví un trabajo donde se relataban los pormenores del rescate tras el accidente en los séracs del Monte Perdido de 1953. Entonces aún no lo sabía, pero aquello constituía un flagrante ejercicio de “construir la casa por el tejado”. En efecto: la amable Hija del Capitán, Conchita Grávalos, me proporcionó con posterioridad la reseña oficial sobre dicha tragedia, confeccionada en su día el Ejército. Buceando por este dossier puede reconstruirse cómo discurrió la última escalada de los capitanes Grávalos y Pérez-Santacruz. Un texto tan triste como imprescindible para nuestro alpinismo…
Entremos ya en materia. Como era del todo lógico, la Escuela Militar de Montaña redactó el correspondiente “Informe sobre el accidente sufrido en el glaciar del Monte Perdido por una patrulla de profesores de este Centro durante los ejercicios y marchas de fin de curso el día 21 de julio de 1953”. Por lo que se constata después de leer sus diecinueve documentadas páginas, lo hizo en caliente: transcurrido poco más de un mes de la tragedia. Es de suponer que, en esencia, a partir del testimonio de los dos tenientes supervivientes: Emilio Pradillo y Manuel Vicario. Seguramente, los otros tres militares presentes en el Marboré también aportaron sus respectivas visiones para completar el cuadro del desastre.
La secuencia de los hechos se iniciaba en Pineta un 20 de julio de 1953. Las maniobras arriba citadas encuadraban entre sus participantes al propio coronel director de la Escuela Militar de Montaña, más siete de sus profesores, dieciocho alumnos, una decena de suboficiales y una sección de soldados de los esquiadores-escaladores. Su vanguardia avanzó hasta la Plana del Marboré con objeto de reconocer la posibilidad de que alguna cordada escalase la Cara Norte del Monte Perdido, en tanto que el grueso de la columna atravesaba el Cuello del Cilindro y accedía hasta Góriz. Los profesores de la EMM que lideraban la primera opción eran los capitanes Mateo Grávalos y Daniel Pérez-Santacruz, secundados por los tenientes Emilio Pradillo y Manuel Vicario. Con ellos ascendieron unos alumnos, los tenientes Luis García López, Mateo Escalas y Alejandro Lozano, quienes planeaban patrullar la frontera por el sector de Tucarroya. Los siete oficiales plantaron sus tiendas en el Balcón de Pineta. Al día siguiente, el resto de la columna se allegaría hasta el corazón del Marboré desde el fondo del valle del Cinca… Pero ya es tiempo de pasar a la crónica de esa escalada fatal que, con toda probabilidad, presentaron a sus superiores los tenientes Pradillo y Vicario:
“La ascensión al Monte Perdido por su Cara Norte ofrece un gran interés desde el punto de vista de la técnica de montaña. En efecto: tal ascensión supone realizar una escalada en hielo, para franquear las barreras de séracs que conducen a la zona glaciar inferior; atravesar luego éste, aplicando la técnica de travesías de glaciar; escalar en roca, para alcanzar la zona glaciar superior y, finalmente, ascender de nuevo por roca más o menos descompuesta para situarse, por fin, en la cima, a 3.355 metros sobre el nivel del mar.
”El día 21, alrededor de las 05:30 h, la Patrulla Grávalos iniciaba la marcha en dirección a la cascada de séracs. La patrulla iba dotada del material adecuado para escalada en hielo: clavijas y mosquetones, crampones, martillo de tallar y cuerdas. A la misma hora, la Patrulla García López se dirigía al pico y collado de Tucarroya, después de haber cambiado a distancia unas palabras de salutación con los profesores, deseándose mutua suerte. Al cabo de media hora de ascensión por el helero, la Patrulla Grávalos se encontró al pie de la cascada de séracs, por donde debía realizar la escalada, eligiéndose la vía tras un breve examen. Es el momento en que los cuatro miembros de la cordada se calzan los crampones, en cuya operación, por cierto, se desprende una punta a los del teniente Vicario. La ascensión se inicia por la parte derecha de la cascada, siendo fácil y rápida la progresión en los primeros momentos. Más tarde, al ganar altura, aumenta la pendiente de la pared de hielo y la dureza de éste, lo que se traduce en mayor lentitud, riesgo y fatiga, al tener que tallar continuamente escalones en posición forzada y bajo una verdadera lluvia de agua helada procedente del deshielo, que iba en aumento, a pesar de lo temprano de la hora y de no recibir aún los rayos solares aquella parte del macizo del Monte Perdido. Cuando la patrulla casi había superado la cascada –pues solo faltaban cuatro o cinco metros para llegar a la primera plataforma glaciar– se presentaron dificultades insuperables; la dureza del hielo era enorme, la pendiente de la pared pasaba de los 70º y, por otro lado, sordos y prolongados rumores indicaban hundimientos internos de aquel caos de séracs, presagiando inminentes desprendimientos en la zona donde se encontraba la patrulla. En aquel momento, el teniente Pradillo, en cabeza de la cordada, se encontraba a unos metros del borde superior de la cascada, asegurado desde un poco más abajo por el resto de la patrulla. En vista de la inutilidad de sus esfuerzos y de que no parecía prudente intentar salvar aquellos metros de pared lisa apoyándose solamente en las puntas delanteras de los crampones (que no ofrecían muchas garantías después de la rotura de una punta en los del teniente Vicario y otra, en plena escalada, en los del capitán Grávalos), y de que al transcurrir el tiempo el peligro de un desprendimiento se podía considerar como probable (a juzgar por los crujidos, deshielo abundante y caída de trozos de hielo), el teniente descendió hasta una pequeña oquedad, protegida por una visera, donde se encontraban sus compañeros, decidiéndose allí la retirada por el mismo itinerario de ascensión, aprovechando los escalones tallados en la subida con ánimo de realizar por otra vía el reconocimiento del Cuello del Cilindro, que también se les había encomendado.
”En primer lugar, descendieron el capitán Santacruz y el teniente Vicario, asegurados por los dos restantes, hasta una pequeña cornisa situada a unos diez metros. A continuación, inició el descenso el capitán Grávalos asegurado desde arriba por el teniente Pradillo, y cuando llevaba recorridos cuatro o cinco metros, se produjo el desprendimiento espontáneo de dos bloques de hielo de regular tamaño, que sobresalían de la visera que protegía la oquedad antes citada, dando de lleno al capitán Santacruz y al teniente Vicario, a los que precipitó en el vacío, al tiempo que casi simultáneamente se abría una profunda grieta a los pies del teniente Pradillo, desprendiéndose una enorme masa de hielo que arrasó en su caída a éste y al capitán Grávalos, que descendía en aquel momento. El capitán Grávalos quedó aprisionado a gran altura, en la pared vertical de hielo que produjo el alud, cerca del lugar en que fue sorprendido. El capitán Santacruz fue arrastrado y quedó empotrado en una pared de hielo, a unos treinta metros por debajo del anterior, en su vertical. Los tenientes Pradillo y Vicario fueron proyectados y arrastrados entre los bloques de hielo a varios centenares de metros del lugar de la rotura.
”Alrededor de las 08:30 h, la Patrulla García López descendía del collado de Tucarroya, después de haber reconocido éste y el pico del mismo nombre, cuando un ruido lejano y estruendoso les hizo dirigir sus miradas al glaciar del Monte Perdido, observando entonces la caída de un alud en la zona de la cascada. No sabían cuál era en aquel momento la situación de la patrulla de profesores, pues no habían observado su ascensión. Hicieron comentarios sobre ello y se dirigieron a paso vivo hacia el campamento, oyendo entonces voces de socorro que al acercarse más identificaron como del teniente Vicario, lo que les hizo comprender que el alud había sorprendido a la Patrulla Grávalos […]”.
Hasta aquí, la reconstrucción de la escalada. Pero el texto del accidente se complementaba con el de las primeras operaciones de rescate acometidas por el teniente Escalas y su grupo. De este modo las explicó el referido oficial en su informe:
“Al oír las voces del teniente Vicario marchamos corriendo hacia la zona de la cascada, oyendo por el trayecto nuevas voces a las que contestamos diciendo que íbamos en su auxilio. Al llegar a la zona inferior del helero adonde habían llegado los últimos, y nieve producidos por el alud, descubrimos al teniente Vicario medio aprisionado entre bloques de hielo de distintos tamaños. Quisimos sacarlo del helero y llevarlo a sitio seco, pero al intentarlo, debido a la fractura y contusiones que tenía, se le producía un gran dolor, por lo que desistimos, limitándonos a dejarlo en buena postura, abrigándolo con nuestra ropa […]. Cuando García López comenzaba a descender, descubrió al teniente Pradillo, malherido, casi inconsciente y semienterrado entre el hielo. Nos avisó de su descubrimiento y acudimos, desenterrándole y auxiliándole entre los tres […]. Como el teniente Pradillo tenía atada la cuerda de seguridad de la patrulla y desaparecía bajo los bloques de hielo, tratamos de remover estos sin conseguirlo, con la esperanza de hallar a alguno de los que faltaban, cuando se oyeron nuevas voces que, al parecer, procedían de la parte superior de la cascada, adonde me dirigí subiendo por el helero y después de escalar una pared lisa, de roca, continué ascendiendo por un tubo hasta una pequeña plataforma desde la cual divisé al capitán Grávalos en mi vertical y a unos treinta metros por encima, empotrado en la pared de hielo producida por el desprendimiento, con la cabeza, busto y brazos fuera, pudiendo observar que movía estos. Le grité que pronto iríamos en su socorro […]. Tuve que permanecer en la plataforma, pues al no disponer de crampones, no me era posible intentar la escalada por aquella pared vertical de hielo, observando, por otra parte, la existencia de una cornisa que amenazaba desplomarse y que era frecuente la caída de bloques de hielo animados de la gran fuerza por proceder de la parte superior de la cascada. Allí estuve, pues, hasta la llegada de los primeros elementos de socorro de la columna, a los que indiqué el sitio donde se hallaba el capitán Grávalos”.
En este punto, quienes deseen conocer el colofón de la tragedia del Monte Perdido, pueden enlazar con el texto previo sobre “La Hija del Capitán” del mes de diciembre de 2010… A modo de implemento, me limitaré a transcribir la nota que se publicó sobre este “Accidente lamentadísimo” en El Pirineo aragonés del 25 de julio de 1953:
“A las 09:30 h del pasado martes 21, el capitán de infantería de la Escuela de Montaña, don Mateo Grávalos Riera, y el también capitán, médico, don Daniel Pérez-Santacruz, murieron en acto de servicio al realizar ejercicios de escalada en el glaciar del Monte Perdido, con motivo de la marcha y ejercicios de fin de curso. Desprendiose sobre ellos un enorme alud de hielo y sucumbieron dolorosamente ambos dignos militares. Los tenientes de infantería, don Emilio Pradillo Esteban y don Manuel Vicario Polo, víctimas también del mismo accidente, ingresaron en el Hospital de Jaca, con fracturas y heridas de pronóstico grave. Allí continúan perfectamente atendidos y con nuestro deseo de un rápido restablecimiento. La evacuación de todos ellos resultó penosísima, agotándose todos los procedimientos de salvamento, llevados a cabo en condiciones de gran peligro, por la amenaza de desprendimientos de nuevos aludes […]. Ha producido una dolorosa emoción en la vida militar de la ciudad, que, muy impresionada y por cordial ruego del Alcalde, cerró las puertas del comercio y ofreció su tributo en una enorme masa de ciudadanos, donde figuraban todas las clases sociales. En la tarde del miércoles tuvo lugar el entierro, siendo conducidos los cadáveres desde el Grupo Escolar hasta la Catedral, presidiendo el duelo el señor obispo de la diócesis, doctor Hidalgo Ibáñez, el prestigioso general Esteban Infantes, varios ilustres generales con el Capitán General, señor Franco Salgado, el coronel director de la Escuela Militar de Montaña, señor Vicario, el rector de la Universidad, señor Sancho Izquierdo, y otras muchas personalidades, llevando todos en el rostro reflejos de la tristeza y la pesadumbre que sentían […]”.
En el plano alpinístico, hay que decir que ésta sería la última escalada en la mítica Norte del Monte Perdido…, justo cuando se venía abajo para interrumpir su histórica continuidad. Una ruta clásica donde todos los grandes del pirineísmo se habían medido desde su apertura por Roger de Monts, Célestin Passet y François Bernat-Salles, el 19 de septiembre de 1888. Aquella época dorada se clausuraba de modo luctuoso con la muerte de los capitanes Mateo Grávalos y Daniel Pérez-Santacruz. La vía de los séracs al completo pasaba así al universo onírico de los lugares desaparecidos para siempre…
Las Noches de Príncipes
Publciado por albertomartinez - 13/03/12 a las 01:03:10 amEn textos anteriores, se ha divagado sobre el saco de dormir sin apenas citar a Henry Russell. Pues eso no puede ser. Las circunstancias que rodearon la inclusión de este chisme en la panoplia alpinística no importan en exceso. Sí parece mucho más revelador que la idea de envolverse entre los pellejos de varios corderos para pernoctar en montaña se desarrollara de forma vertiginosa con el Señor del Vignemale. A partir de 1864, nuestro apreciado pirineísta fue, indudablemente, el gran apóstol del vivaqueo.
Antes de dar un paseíllo entre esas labores de promoción russelliana para las llamadas Noches de Príncipes, veamos cómo se tomaron semejante excentricidad sus coetáneos. Desde el Tomo III de los Cent ans (1900), Henri Beraldi proclamaba:
“Packe le mostró a su amigo [Russell] la utilización del saco de dormir. Con su célebre saco de piel de cordero, “en esa gloria en la que Russell se envuelve”, con el que realizará todas sus campañas hasta finales del siglo XIX, la fisonomía del conde Russell se vuelve completa y definitiva. Ya no tendrá preocupaciones ni por el albergue, ni por tener que descender…, ¡con lo que le molesta descender! En cuanto llegue la noche, le bastará con localizar algún bloque extraplomado: en las regiones de granito, nunca faltan”.
Muy correcto y académico, ¿no? A modo de curiosidad malévola, aportaré el párrafo exacto de Russell al que hacía referencia el historiador Beraldi:
“Siempre hay que llevar un saco de piel de cordero para poder prescindir de las cabañas y, con mayor motivo, de los hoteles. Uno se acostumbra pronto a dormir sobre bloques de granito: en los Pirineos, estos nunca faltan. Un buen roquedo es como una casa; uno puede sentirse allí tan a gusto como en la suya. No hay vecinos que hagan ruidos. Y existe la completa seguridad de que no se producirán incendios: no hace falta ningún seguro”.
Mejor el original, ¿verdad? Sin embargo, menos ortodoxo se iba a mostrar Aymar de Saint-Saud. Porque, aprovechando ese especial del Bulletin Pyrénéen (1934) sobre el centenario del nacimiento de nuestro pirineísta, dejó caer esta críptica afirmación: “Creo que la influencia [de Russell] fue poco menos que nula: era una especie de dulce y amable misántropo… Su piel de cordero para dormir hacía sonreír un poco”. Unas palabras que suenan muy extrañas, dado que todo el mundo imitó a Russell y se hizo con el correspondiente saco de dormir de piel de cordero para las pernoctas de altura. Al menos, hasta que llegaron al Pirineo las colchas de plumón, allá por 1925… Para borrar el saborcillo amargo, será preciso recurrir a un estudioso contemporáneo. Así, de este modo describía Gérard Raynaud las “Nuits russelliennes” dentro del nº 99 de la revista Pyrénées (1974):
“¡El saco de piel de cordero! El compañero inseparable de Henry Russell. El precursor de nuestros duvets modernos. No se pueden comprender las noches russellianas sin este accesorio indispensable: seis pieles de corderos cosidas juntas de forma que la lana tapice la parte interna para que conserve el calor. Este fiel servidor seguirá a nuestro explorador, de un extremo a otro de la cadena, hasta las cimas más elevadas, y sufrirá más de una vez la tormenta y la lluvia”.
Una vez que han hablado los doctores, que lo haga el gran explorador. Para ello, nada como servir una colección significativa de citas russellianas extraídas de los Souvenirs d’un montagnard (1908). Solo las justas para dar una idea del aprecio que le tenía Henry Russell a esta pieza de su equipo:
“Juzgad mi desconsuelo al encontrar allí a cinco pastores que se colocaron sobre nosotros como sardinas, en una cabaña que tres personas hubieran llenado. Estuvieron cantando durante toda la noche. ¡Cómo añoré la roca pacífica que antes despreciara! Pero era demasiado tarde para bajar. Cuanto más recorro los Pirineos, más prefiero los abrigos naturales a las cabañas de pastores. En los primeros, uno está como en casa: limpio y con sitio. No me gustaban las pernoctas hasta que dormí en un saco: dicho de otra manera, entre las pieles cosidas de seis corderos. Con este saco puedo dormir literalmente en cualquier sitio: es mi amigo inseparable. He dormido cien veces en él, bajo las estrellas, mejor que ningún potentado, mejor incluso que el presidente de una República” (Lustou, 1864).
“Quienes nunca han pasado la noche en lo alto de las montañas, no tienen la menor idea de lo que es el silencio. La caída del más pequeño guijarro a una milla de distancia, el paso de un pájaro o el despertar de un insecto en el silencio glacial de las noches alpinas, parece desgarrar la naturaleza y presagiar una catástrofe… La noche sublime que pasé en la cima más elevada de los Pirineos no se borrará nunca de mi memoria. Pero si mi imaginación nadaba en los esplendores y los misterios del infinito, mi cuerpo sufría, y Hoskins más que yo, pues no tenía más que una o dos mantas, mientras que yo estaba envuelto voluptuosamente en mi saco de pieles de cordero. Pronto, sus dientes comenzaron a chasquear convulsivamente, como si una máquina los agitara. Se puso azul. Finalmente, para conservar el poco calor que le quedaba, me abrazó afectuosamente: fue en esta tierna actitud como vimos llegar la aurora, temblando, con el termómetro a 0º C. Tuvimos suerte pues, a menudo, a estas alturas e incluso en pleno día, hiela a -5º ó -6º C” (Aneto, 1865).
“Pude dormir en paz dentro de mi saco de pieles de cordero, con una temperatura muy suave, a pesar de permanecer sin cobijo a una altura cercana a los 2.000 m… Cerca de mí, solo estaba el rebaño. La soledad era completa y solemne… Tres lobos habían saltado sobre un cordero, que se llevaron después de haber husmeado mi saco. ¡Era la primera vez que se me confundía con un cordero! Los pastores reaparecieron de repente y se precipitaron hacia las tinieblas con sus enormes perros, en persecución del enemigo: pero la víctima ya no volvió. Se me encogió el corazón, escuchando los aullidos de los lobos mezclados durante mucho tiempo, por aquellas negras soledades, junto con los ladridos salvajes de los perros, repetidos por mil ecos” (Cotiella, 1865).
“Salí a pie de Argelès con víveres para dos días y el saco de dormir. Al llegar a Arrens, una anciana, que sin duda tomó mi saco por un despojo y mi bastón herrado por un instrumento de crimen y de carnicería, saltó hacia atrás con miedo” (Balaitús, 1870).
“Tanto mis dos hombres, que no tenían siquiera una manta, como los dos pastores, dormían en la cabaña, con capacidad para no más de tres personas. Les dejé mi plaza con gusto y, por más de una razón, dormí fuera, en solitario, sin fuego pero en mi saco: no noté el frío más que en el rostro, mientras contemplaba el cielo y las estrellas. Aunque se decía que había, y muchos, osos en aquellas regiones, me dejaron tranquilo. La noche fue magnífica: la niebla bullía a mis pies, separándome del mundo. A veces se desgarraba y subía en copos, que se aferraban a los flancos negros de los enormes picos que me dominaban hacia al sur. Era un esplendor casi estremecedor… También yo pasé al reino de los sueños y me dormí en lo alto de los Pirineos, olvidando que estaba al aire libre” (Clarabide, 1874).
“En lo alto de las montañas, a menudo me duermo más rápido que sobre mi lecho, con un sentimiento de seguridad completa. Oigo a los animales, que nunca se acercan. No los temo sino por mis provisiones, que tengo siempre el cuidado de esconder. En resumen: dormir sobre las montañas se reduce a poder soportar grandes fríos sobre una cama de piedras. Con un saco de piel de cordero, entusiasmo y buen carácter, se convierte pronto en una de las alegrías más puras de la vida” (Tempestades, 1877).
“Fui culpable de la excentricidad de pasar toda una noche sobre la cima del Vignemale, entre la tierra y la luna […]. Tras beber un ponche mucho más caliente que el que se sirve en los cafés, y un vaso de chartreuse, encendí mi puro y lo fumé en solitario sobre mi trono aéreo. Como tenían mucho frío, mis dos hombres me pidieron que les dejara descender un poco al norte para pasar la noche acurrucados bajo una roca que formaba una suerte de nicho… Primero me ayudaron a excavar una especie de tumba donde, a las 20:00 h, me enterré bajo unas piedras en mi gran saco de dormir de piel de cordero. Tres buenas noches solemnes resonaron en el espacio y, después, me quedé solo, con las sensaciones de un náufrago perdido en una isla fúnebre de mares árticos” (Vignemale, 1880).
“Más enamorado que nunca de Gavarnie […], culminé mi sexta ascensión al Vignemale con [los guías] Haurine y Pujo, después de haber dormido en el collado de Cerbillonar. Es decir: a 3.200 m de altura, con un claro de la luna y al aire libre, si bien con un tiempo espléndido. Dormí bastante bien. ¡Ah, qué invención la del saco de dormir!” (Vignemale, 1881).
“Eran ya las 17:00 h, y había que procurarse un refugio para la noche. Es un asunto grave en las montañas cuando no se tiene tienda: salvo en Mongolia, yo nunca tuve. Prefiero dormir en mi saco aunque tenga opciones de abrigarme bajo una roca. Desgraciadamente, era eso lo que nos faltaba. Tampoco había combustible… Y estábamos todavía a una cota donde las noches son muy frías” (Oô, 1882).
“Amo la noche cuando es pura y azul como las polares. Por eso no apruebo las ascensiones nocturnas, que son una locura. Salir por la tarde y escalar toda la noche, pone a prueba al montañero más robusto: al amanecer, está demasiado adormecido y fatigado como para disfrutar de nada… Lo que me gusta, lo que encuentro espléndido y sano, tanto para el alma como para el cuerpo, es la estancia en las montañas a la luz de las estrellas, con todas las facilidades para dormir cuando se desea. Para eso, hay que estar entrenado y también equipado, pues hacen falta muchas cosas: un saco de pieles de cordero, cantidades de víveres, botellas, barriles, cafeteras y alcohol de quemar. En caso de mal tiempo, se necesitan algunos libros para evitar la desmoralización y matar el aburrimiento. Eso pesa centenares de kilos. Hay que conocer las rocas protectoras y los abrigos naturales utilizables en caso de tormentas para no alejarse demasiado de ellos. También es necesaria cierta vocación especial y una salud de hierro… En los Pirineos y con buen tiempo, todo hombre sano y provisto de un saco de piel de reno o de cordero, puede dormir bajo las estrellas a 3.000 m, e incluso más arriba. Es un ahorro enorme de energías e incluso de tiempo: cinco horas de sueño al aire libre valen como ocho en una cama. Como es más profundo, sano y reparador, la calidad del sueño reemplaza a la cantidad” (Monte Perdido, 1891).
Aparcaré por aquí el tema. No sin antes advertir que esta selección de las Noches de Príncipes ha sido poco exhaustiva: proseguid vuestras búsquedas a discreción, pues todavía quedan otras vivencias noctámbulas de Henry Russell escondidas entre sus textos…
Y entonces llegó el Hombre del Saco…
Publciado por albertomartinez - 02/03/12 a las 04:03:42 pmDurante el segundo tercio del siglo XIX, las montañas de Andorra eran, para muchos, meros lienzos que daban el fondo a las óperas de moda. Y no lo digo solo por Halévy: a la colección se podía añadir “Le berger d’Andorre”, obra que aparecía dentro del Album chantant (1864), con música de Coppini y texto de Désombrages… Pero esa misma añada sucedió algo que cambiaría el concepto imperante sobre las cumbres del Principado.
Como avanzaba en el texto anterior, Charles Packe y Henry Russell exploraron el País del Pirineo en 1864. Dada la tendencia a la discreción del primero, se ignora si volvió a la zona. Mediático por vocación, Russell aireaba sus andanzas desde textos diversos, mas nunca reconoció otra visita a las tierras del Valira. Sin embargo, hizo mucho por la difusión de estas montañas desde Les grandes ascensions des Pyrénées (1866). En su Excursión 5, el trayecto “de Porté a Andorra por el port de Soldeu” quedaba de este modo desglosado:
“Desde el col de Puymorens, hay que descender gradualmente hacia el oeste-sudoeste. Recorremos las orillas del naciente río Ariège, que baja hacia la derecha en pos del L’Ospitalet o de Merens. Ascended por su orilla izquierda, primero hacia el sudoeste y luego al sur-sudoeste, dando la cara a unos picos descarnados a los que no les falta grandeza y que casi alcanzan los 3.000 metros. El fondo de la garganta: dejando entonces por la izquierda unas cabañas, el Ariège y el puerto de Framiquel (que también conduce a Andorra por otro camino más largo), hay que elevarse decididamente al oeste siguiendo unas zetas practicables a las caballerías. Ni un arbusto a la vista. Toda esta porción del Pirineo, rica en plantas raras, por lo general carece de bosques: no abandonamos los herbazales antes de los 2.800 metros. Se llega al puerto de Soldeu, amplio y excesivamente sencillo incluso a caballo. La vista por el lado de Andorra es confusa y limitada: un terreno demasiado atormentado; una aglomeración de picos poco o nada conocidos. Dejando a la izquierda un gran circo muy salvaje a cuyos pies brotan algunos abetos, descended hacia la derecha. Granito y abetos, muchos manantiales […].
”Pueblo de Soldeu, muy vetusto. Bellos bosques por la izquierda. Bajad hacia el oeste. Canillo, algo más agradable que Soldeu. Posee un albergue; como todos los de las poblaciones andorranas, es poco digno de la belleza del país que lo rodea. Sin embargo, aquí las vistas aparecen siempre veladas, encerradas dentro de los límites de la estrecha y profunda garganta del Valira, por donde desciende el río. En Canillo, es preciso pasar a la orilla izquierda y subir para evitar un paso malo que hay si se sigue bajando por la derecha. Es una especie de desfiladero. Encamp, un pueblo sin interés donde se cruza a la orilla derecha para volver de nuevo a la izquierda un cuarto de hora después. La garganta se estrecha y el sendero se embellece. Bojedales. Hay que seguir siempre el curso sinuoso del Valira para llegar a Escaldes, donde manan unas aguas calientes y sulfurosas […]. Se llega a Andorra la Vella, capital de la singular república del mismo nombre, poblada por unas mil almas como mucho, pintorescamente situada en un valle que hizo célebre el compositor Halévy […]. Es un país curioso para visitar en un día o dos, donde uno se siente pronto desplazado y con ganas de salir, cosa fácil en verano, aunque con frecuencia imposible en invierno si se quiere volver a Francia, pues los puertos del Ariège son muy elevados”.
Ay, ay, ay: también Russell terminaba emitiendo juicios severos sin apenas conocer el terreno que hollaba. Una actitud generalizada, en el caso andorrano… En fin; dentro de su Excursión 6, nuestro pirineísta servía la explicación del itinerario “de Andorra a Foix por el puerto de Siguer”. Vale la pena extractar las porciones deportivas desde El Serrat:
“Se pasa hasta la orilla izquierda. Los árboles desaparecen y la garganta vira hacia el norte. Anfiteatro absolutamente desnudo donde, sin embargo, crece la hierba: al oeste-noroeste, aparece súbitamente la imponente montaña de Rialb. Hay senda para caballerías. Port de Siguer: al norte, se despliegan las llanuras lejanas de Toulouse; al este, brilla muy cerca el bello Lago Blanc; y al oeste, se alza el pic de Rialb […]. Leyendo estas explicaciones largas y complicadas, se puede creer que se trata de trayectos difíciles y de montañas en las que, en solitario, uno se perdería inevitablemente. No es así. El hecho es que todas las excursiones por esta parte del Pirineo constituyen un verdadero placer para el montañero: saliendo de Andorra con una simple brújula y subiendo por cualquier garganta, dirigiéndose siempre hacia el norte, se puede llegar de forma infalible a Vicdessos o a Siguer. Solo es necesario ir armado de tiempo y provisiones. En cuanto a los peligros: estos no existen en los Pirineos al este de los Montes Malditos”.
¿Serviría de mucho la inclusión de estos dos accesos a Andorra dentro de la considerada como primera guía montañera del Pirineo? Posiblemente, no demasiado: la obra con la que debutó Henry Russell en la literatura pirenaica, resultó un fiasco comercial y se vendió poco. Tal vez resultaran más efectivos los párrafos que dedicó a estas peripecias dentro de la edición tempranera de los Souvenirs d’un montagnard (1878). En su apartado sobre “Pyrénées-Orientales, Ariège, Andorre”, incluiría un capítulo sobre “Le Rialp (2.903 m)” [pic de Rialb, 2.687 metros] que, sin duda, tuvo mayor repercusión. Así pues, regresaremos con él al Principado, para compartir sus planes iniciales de explorar “la única zona de los Pirineos donde quedaban grandes picos por ascender, cuyos nombres eran incluso desconocidos, en Francia al menos”. Después de haber repasado la historia de Packe, conozcamos ahora la versión russelliana:
“En 1864, tras haber subido en dos ocasiones el pico Carlit en el curso de una semana, visité Andorra con mi amigo Packe. Entramos por el este. Es decir: por las fuentes del Ariège y el port de Soldeu. Hallamos en la frontera picos muy descarnados que no esperábamos encontrar allí, con un aspecto orgulloso recordaba el Pirineo central. Deseábamos realizar algunas excursiones por el sur y el sudeste de Andorra, adonde acudimos para dormir. Pero, al no hallar para reponernos sino carne de cabra que recordaba el caucho y algunos huevos, nos marchamos al día siguiente por la mañana. Remontando al norte por Ordino (albergue aceptable) y Llorts el curso fogoso del río Rialb [Valira del Nord], nos dirigimos en dirección a Foix, donde ingenuamente confiábamos llegar por la noche. ¡Qué delirio! Debilitados por el hambre y abrasados por el sol, arribamos, ya muy cansados, a la aldea de El Serrat, donde la garganta se bifurcaba. Entonces subimos hacia la derecha, para acudir seguidamente hacia el norte. Así llegamos, describiendo una graciosa curva, a un anfiteatro de lo más salvaje y en tonos blanquecinos, aromatizado por una flor de un perfume tan embriagador como exquisito: el narciso, adecuadamente llamado poeticus. De improviso, por el oeste-noroeste apareció el imponente pic de Rialb, que ascenderíamos fácilmente por el sur al día siguiente. Sin embargo, la noche nos sorprendió al atravesar la frontera por el port de Siguer, y hubo que buscar dónde dormir. Charles Packe, sin saco ni manta, aprovechó una cabaña de pastores que puede que sea la más elevada de los Pirineos: se halla un tanto al norte del puerto, cerca de los 2.500 metros de altitud [tiene 2.329 m]. Es la altura del Hospicio del Gran San Bernardo. En cuanto a mí, dormí al aire libre dentro de mi saco, entre dos grandes montones de nieve y bajo un cielo que parecía ártico por lo glacial y negro que era. Me encontraba prácticamente rodeado por pequeños lagos helados, entre los cuales brillaba por el este el bello Lago Blanc, helado incluso en pleno verano.
”Dormí poco. Sin embargo, a pesar de una noche casi en vela, comenzamos la jornada del día siguiente con la ascensión del pic de Rialb [tiene 2.687 metros], una montaña elegante situada en la frontera, a unos dos kilómetros al oeste del port de Siguer, el collado que en ocasiones le ha prestado el nombre. Sus laderas meridionales son de una suavidad extrema: así, nuestra ascensión fue como un paseo sentimental a pesar de que soplara un viento furioso. Pero ambos estábamos muy cansados, y cuando, ya por la tarde, llegamos a Tarascon, después de uno de los descensos más interminables de los Pirineos, casi nos dormíamos mientras caminábamos. Además de tener que descender más de 2.000 metros de desnivel, la distancia era muy grande (sobre todo, cuando no se ha dormido) y el sendero resultó atroz. Era como una escalera resbaladiza. Pero nuestros ojos se consolaron con bellos lagos azules donde se reflejaban unas atrevidas agujas”.
Confirmado: el pic de Rialb sería la primera montaña andorrana cuya ascensión quedó documentada. Tanto en los Souvenirs de 1888 como en los de 1908, la narración de nuestro particular Hombre del Saco se sostuvo sin cambios. Esta tripleta de textos, sucesivamente corregidos y aumentados, tendría gran difusión en el pirineísmo galo. Además, desde éste, su libro principal, las alusiones de Russell hacia esa República Lejana que se cobijaba entre montañas, iban a ser tan numerosas como evocadoras:
“El amanecer fue algo maravilloso. Esta vez vi todo el panorama desde el Cotiella sin una sola nube, desde los modestos picos del País Vasco hasta las cimas de Andorra […]. Juegos de luz sobre este conjunto infinito de picos, de hielos, de colinas, de ríos plateados, de llanuras todavía en la sombra” (Cotiella, 1865).
“De cada mil turistas, sean decididos o no, que engordan todos los años las listas y los alborotos de Luchon, Cauterets o Bagnères-de-Bigorre, apenas diez dedican siquiera una hora o un pensamiento a las cimas tan nevadas como históricas, a los lagos y a las soberbias cascadas del Ariège, la Cerdaña o Andorra. Se ha creado una quimera: se cree que, entre la Maladeta y Perpignan, los Pirineos se convierten en montes de importancia secundaria. Sin embargo, no es así. Más allá de Luchon, la montañas todavía rasgan las nubes sin humillarse” (Bassiès, 1872).
“En el puente de Marc, el valle se bifurcaba: dejé a la izquierda el estrecho sendero hacia Andorra por el port de Arinsal, para virar a la derecha […]. Nuestros pulmones se dilataban con el aire fresco de la mañana: parecía como si alargaran la vida estas frías ráfagas que bajaban de las nieves de Andorra y del Rialb, sin haberse contaminado con nada humano” (Montcalm, 1872).
“A nuestro mismo nivel, no teníamos nada desde el Mediterráneo hasta el Aneto. Cataluña entera, Andorra y la Cerdaña se hallaban a nuestros pies, quemadas por el sol o blanqueadas por la nieve. Sus inmensidades daban una idea del infinito” (Estats, 1872).
“Divisé una cima árida y negra, una cúpula desconocida cuya altura debe aproximarse a los 3.000 metros y que creo que estaba en Andorra. ¿Sería alguna conocida de mi amigo Lequeutre, ese explorador modesto del amasijo inextricable de picos que ya no se cuentan, de tantos que hay, y que se erigen como millares de olas piramidales, entre el Ariège y Andorra?” (Mulleres, 1879).
“¡Qué luz! ¡Qué claridad! La vista alcanzaba unos doscientos kilómetros: ¡veía incluso Andorra!” (Gruta de Villa Russell, 1881).
“Teniendo en cuenta las vistas, que se extendían desde Biarritz hasta Andorra, y las poses tan teatrales de las pomposas cimas que las rodeaban, nos encontrábamos muy bien” (Col de Cerbillonar, 1882).
¿No parece que, para Russell, Andorra había terminado como una referencia inalcanzable y onírica? Quizás, quizás, ¿una especie de Sangri-La pirenaico…? En cualquier caso, su influencia enseguida se iba a notar. No hay más que observar los cambios producidos durante este mismo periodo dentro del entonces apodado Vademécum del Pirineísta… Así, en la edición de 1873 de la Guide Joanne, apenas de hablaba del País del Pirineo salvo para ventear las vaguedades y frases hechas de costumbre:
“Situado casi por entero en la vertiente meridional de los Pirineos, el territorio de esta República limita al norte con el departamento del Ariège, el puerto de Arinsal en el valle de L’Ospitalet; al este y al sudeste, lo limitan las montañas de Carol y de Urgell […]. Solamente las montañas de Andorra no están sometidas ni a levas ni a impuestos, y allí es libre hacer contrabando”.
En el terreno montaraz, Adolphe Joanne se limitaba a proporcionar un escueto listado de puertos para la visita desde tierras galas: Arinsal y Arbeille, con “senderos impracticables para las mulas y guía imprescindible”. En cuanto a los aptos para las caballerías, se reducían a Siguer, Bagnels, Fontargente, Soldeu y Framiquel. Naturalmente, también describía la ruta de la Seu d’Urgell. Y nada más que pudiera servir a los turistas inquietos…, salvo cortas alusiones a “la bella montaña piramidal de Combepédrouse” (sic), la “bella montaña de Rialb que domina al este el puerto de Siguer”, o “Sant Julià, dominado por el oeste por una gran montaña con desfiladeros rojizos que se diría un gran bloque de hierro”. En seis años, todo cambió. Para la edición de 1879 de la Guide Joanne, se habían tenido muy en cuenta las observaciones de Henry Russell, así como las de sus, hasta cierto punto, discípulos, Alphonse Lequeutre y Maurice Gourdon. No extraña que las recomendaciones montañeras para ese trayecto “de Vicdessos a Andorra por el port de Arinsal” de la Ruta 173, se hubieran incrementado considerablemente:
“[…] La subida a través de pastizales, de piedras desprendidas y, después, de nieves, resulta penosa pero no ofrece ningún peligro. Port de Arinsal, abierto a 2.700 metros [2.734 metros], en una arista de rocas en ruinas […]. Desde este collado, la vista es muy extensa, si bien, agarrándose a los salientes de las rocas, se puede subir fácilmente al pic de Bareytes [o pic del Pla de l’Estany, 2.859 metros], que se alza inmediatamente al oeste y desde donde se descubre un panorama mucho más grandioso. Al sur, se ve desplegarse como en un anfiteatro todas las montañas de Andorra… Por el costado oeste, se ven las pirámides de la Comapedrosa, de Medacorba y de Bonet […]; al este, se percibe por detrás de la cima de Tristaina una parte del valle de Ordino y, más allá, las cimas de Rialb y Serrera, de formas piramidales. Por el lado de Andorra, se baja en un principio por unos desprendimientos rocosos, y tras haber sobrepasado cinco pequeños estanques con diques de roca, se llega a la región de los pastos, donde discurre un sendero bien trazado […].
”Puig de Casamanya: bella y fácil ascensión, muy recomendable. Subida en cuatro horas, bajada en tres. Saliendo de Ordino, hay que elevarse desde el sudoeste hacia el nordeste, primero por la orilla derecha del río y, después, dejando dicho arroyo a la derecha, se toma un amplio camino de mulas que sube por un gran barranco… Collado de Ordino [coll d’Arenes, 2.538 metros]. Vista de los valles de Ordino al oeste, y de Canillo al este. Una larga loma recubierta de abetos sube hacia el pico. Los céspedes suceden a los bosques, y la subida se vuelve de una gran monotonía. No es sino en la base de la arista terminal cuando la escalada se vuelve más áspera. El Puig de Casamanya, vista panorámica muy interesante sobre Andorra […]: al sudoeste, el Puig d’Anclar, dominando Andorra la Vella; al oeste-nordeste se muestra el más alto pico de Andorra, el Puig de la Comapedrosa; al oeste-sudoeste, se alza el pico desgajado de Medacorba […]; al este-sudeste y cerca, en Andorra, el pic dels Pessons [o d’Ensagents]. Una vez de regreso al col de Ordino, se podría descender por el este a Canillo. También se puede subir, al nordeste, al Puig d’Estanyó, más alto que el Casamanya, desde donde la vista resulta extremadamente bella.
”Port de Siguer: inmediatamente al este de la bella montaña del Rialb, o pic del port de Siguer, donde el arroyo andorrano de Rialb tiene su nacimiento. Dirigirse hacia el sudoeste hacia un amplio collado, abierto de forma profunda en la cresta, y después, se contornea por la derecha un circo desértico sin subir ni bajar (flores raras). Desde ese collado, se ataca el pico por la vertiente este (pendientes fáciles). Pic de Rialb, vistas admirables: al sur se percibe Andorra […]. Es un excelente observatorio para examinar la cadena del Ariège y Andorra. Todo este país merece atraer la atención de los turistas”.
Finalmente, una aseveración amable sobre Andorra… Por lo demás, la obra del parisino Joanne prestó una atención especial, desde sus Rutas 171 y 173 de 1879, a los altos collados andorranos. Sus reseñas esclarecían alguna denominación múltiple de ciertos puertos: “Port del Rat, de Rat o de Auzat; port d’Arbeille, d’Albères o de Auzat; port de Fontargente o de Dincla; port de Bagnels o de els Peyréguils; port de Saldeu o de els Méringois”… ¿Se despejaban las confusiones? ¿O se complicaba más este rompecabezas a resultas de informar de que “los propios andorranos confunden a menudo el port de Framiquel [o d’Envalira] con el de Soldeu”? Pero sigamos… La Ruta 175 estaba reservada a la vía de acceso desde la Seu d’Urgell, así como a las consabidas generalidades culturales sobre el país. Resaltemos alguna frase:
“Casi todo el territorio de la soberanía de Andorra está ocupado por macizos montañosos: unos, revestidos de bosques de pinos, y encinas; otros, áridos y descarnados […]. Los recursos del país radican en la crianza del ganado, la explotación de los bosques, los escasos productos de sus forjas, el alquiler de los herbazales a los pastores catalanes y del Ariège, así como, sobre todo, del provecho del contrabando entre Francia y España. Desde hace algunos años, el cultivo de tabaco ha tomado una gran extensión […]. La educación pública está más extendida en Andorra que en el territorio de Urgell: las escuelas son gratuitas y la mayoría de los hijos de familias que algún día serán propietarios feudales, van a estudiar a Toulouse o a Barcelona”.
Desde la ultra-popular Guide Joanne de los Pirineos de 1879, las regiones altas de Andorra ya no resultaban tan misteriosas. Algunos de los hijos espirituales de Henry Russell las habían hecho suyas. Acaso tomaran en serio esa declaración de principios que su maestro realizó desde ese texto sobre los “Pyrénées” con el que se estrenaba el primer Anuario del Club Alpin Français (1874):
“[…] Termino este artículo, en el que he hablado de tantas cosas, a través de un ardiente llamamiento a los jóvenes franceses que no tienen una idea clara sobre qué hacer con sus energías, tiempo y dinero: que acudan a los Pirineos, donde el encanto y el misterio todavía imperan, y donde, por lo demás, tantas conquistas quedan por hacer; sobre todo, en la Cerdaña y en Andorra”.
Antes de disfrutar con esa conquista anunciada, conoceremos por qué a Henry Russell se le hubiera podido apodar como el Hombre del Saco…
El descubrimiento del saco de dormir
Publciado por albertomartinez - 20/02/12 a las 01:02:41 am
Vamos con una entrada que pretende ser un pequeño homenaje a esos botánicos de épocas pasadas que se lanzaron a la exploración de territorios indómitos para identificar alguna especie nueva de forraje o de florecillas rastreras. Más en concreto, a los siempre pintorescos eruditos made in England, perfectamente capaces de internarse por las faldas del Kangchenjunga, armados con paraguas y monóculo…, solo para completar su herbario. O, si ello fuera preciso, por los todavía más recónditos valles de la Andorra del siglo XIX.
Es posible que el primer herborista serio que escrutara los pliegues de la orografía andorrana, fuese George Bentham. Un joven nacido en el año 1800 cerca de Portsmouth que se interesó por esta ciencia tras curiosear entre la obra del suizo Augustin-Pyramus de Candolle. Aprovechando que residía en Montpellier, nuestro autodidacta comenzó a rondar el piedemonte pirenaico sobre 1820, percatándose de que constituía una terra incognita para los estudiosos del mundo vegetal. Cinco años después, reunió a varios colegas para un reconocimiento a fondo: Audibert de Tarascon, Requien de Avignon y Walker-Arnott de Edimburgo. Por delante, tres meses intensos recolectando toda suerte de especímenes entre Figueras y Benasque que cuajarían en su tratado inaugural: Plantes indigènes des Pyrénées et du Bas Languedoc avec des notes et observations sur les espèces nouvelles ou peu connues, précedé d’une Notice sur un voyage botanique fait dans les Pyrénées pendant l’été de 1825 (1826). El 8 de julio de 1825, Bentham y los suyos penetraban por el sur en el Principado de Andorra:
“Apenas salimos de la Seu d’Urgell, los policías nos pidieron nuestros pasaportes, que enseguida nos devolvieron porque no sabían leer. Por su parte, los aduaneros nos preguntaron en la frontera sobre nuestras intenciones, pero en cuanto nuestro guía les dijo que éramos cirujanos franceses y que aquello no les incumbía, se retiraron tras saludarnos con respeto. Desde allí hasta Andorra, el camino seguía un valle profundo, pintoresco y variado, que tan pronto se mostraba alzado y erizado de roquedos casi perpendiculares hasta gran altura, de unos tonos sombríos que le daban un aspecto todavía más pintoresco…, como se estiraba en pequeñas llanuras que siempre cobijaban dos o tres pueblos, bastante ricos y poblados, aunque miserablemente edificados, y tan negros por delante como por detrás que llegué a preguntar si la costumbre era la de pintar sus casas de negro. Me respondieron que solo se trataba del efecto del humo de la madera de pino que quemaban para alumbrar y para calentarse. Tras haber almorzado en Sant Julià de Lòria, el principal depósito de los contrabandistas, llegamos por la tarde a Andorra la Vella”.
Una vez en la capital, nuestra convención internacional de sabios tendría dificultades para hallar alojamiento: en la primera fonda, la única cama disponible estaba ocupada por su dueño enfermo. Probaron en “un segundo cabaret, donde su patrón se portó lo suficientemente bien como para prescindir de su lecho”. Pero, ¿acaso dormían los cuatro juntos…? Enseguida deberían lidiar con nuevas complicaciones a la hora de la pitanza:
“El carnicero de la villa acababa de llegar de un viaje (de contrabando, se entiende). La mayoría de los hombres del lugar se hallaban ausentes en ocupaciones similares y dicho carnicero no quería matar ningún animal durante una temporada en la que temía no poder vender toda la carne. Sin embargo, ante nuestra promesa de comprarla entera aceptó a inmolar una joven cabra”.
A partir de este punto, el relato de Bentham se torna ácido. El británico no terminaba de ver con buenos ojos dicha villa: según él, “refugio para aquéllos a quienes sus crímenes o problemas políticos obligan a buscar asilo”, poblada por personas “demasiado pobres como para contribuir de alguna manera a la seguridad general”, con unos médicos “reemplazados por la charlatanería” y un clero “despótico a través de una doctrina supersticiosa y contraria a la moral de la verdadera religión”. ¡Bien se notaba que el hombre había frecuentado la escuela teológica protestante de Montauban! Desdeñaremos estas duras opiniones, tan típicas de los anglosajones, para volcarnos en sus campañas botánicas:
“Al día siguiente de nuestra llegada, realizamos la primera excursión. Salimos de Andorra la Vella antes del amanecer y, remontando la rama occidental del valle hasta más allá de La Massana, viramos hacia la izquierda para trepar hasta el Port Negre, en los límites de los tres estados de Francia, España y Andorra (sic). Siguiendo seguidamente la cresta de Coumallemps [¿Comallempta?], bajamos al valle atravesando un bosque, para arribar a Andorra la Vella con la noche. Aquella jornada completamos unas veinte leguas recorriendo todas las variedades de terreno y de clima que ofrece una región montañosa, atravesando tanto ricos valles recubiertos de viñedos y de prados y de gargantas estrechas erizadas de rocas escarpadas donde no hallamos la menor indicación de la presencia del hombre, como subiendo por mitad de amplios bosques o de praderas extensas cubiertas de flores hasta los límites de las nieves eternas, por lo que esa misma jornada recolectamos plantas de dos climas diferentes. Por ello, no es de extrañar que a pesar del poco tiempo que nos dio un solo día para un recorrido tan largo, volviésemos cargados de plantas. Sin embargo, yo recomendaría a quienes vengan a este valle que no sigan nuestras huellas. Por ejemplo, hay una alta montaña [¿Casamanya?] que separa el valle Ordino del de Canillo que creo podría ser más rica, sobre todo por su vertiente sudeste del lado de Canillo.
”El 10 de julio [de 1825], fue preciso que secáramos y arreglásemos nuestras plantas, por lo que hasta el día siguiente no pudimos abandonar Andorra la Vella, no sin haber abonado una factura exagerada, y cargados con el último cuarto de nuestra cabra… Remontando la rama oriental del valle, almorzamos en Canillo y marchamos tranquilamente hacia Soldeu… Al menos, allí tendríamos un cobijo donde pudimos extender nuestras recolectas de la jornada: había sido rica en plantas meridionales hasta Canillo, y en plantas subalpinas, sobre todo umbrellas, desde algo más abajo de Soldeu. Para realizar una herborización exitosa del valle, creo que habría que establecerse en Canillo, en el centro de los altozanos que parecen más fértiles. La cadena de montañas que se eleva por el sudoeste debe de ser rica, y el mismo valle produce muchas y buenas plantas… Nuestro proyecto era herborizar al día siguiente entre las rocas de los alrededores de Soldeu, adonde hubiésemos regresado por la tarde, pero nuestras provisiones se habían agotado y el tiempo no era demasiado bueno […]. Atravesando el port de Puymorens, bajamos al valle francés de Carol. Pasamos ante cinco o seis puestos de aduaneros sin que nadie se preocupara por lo que llevábamos… Desde Soldeu, vale más visitar algún pico escarpado y bajar seguidamente al Ariège hacia la villa de Ax, que seguir al valle de Carol”.
El legado del botánico inglés no finalizaba aquí. Cierto colega y compatriota de George Bentham seguiría casi al pie de la letra sus últimos consejos, treinta y siete años después… Demos, pues, un salto en el tiempo para observar los rastreos de la flora andorrana de Charles Packe. Desde su A guide to the Pyrenees (1862), este hijo de la Gran Bretaña arrancaba hablando del “sucio pueblo de Merens”…, ¡sito en suelo galo! Una expresión que perdió su calificativo en la edición de 1867, donde se limitaba a decir que la población poseía “albergue pasable”. ¿Hubo presiones para que eliminara el anterior epíteto? ¿O tanto parchearon dicha villa en cinco años? Tras esta puñalada a la Dulce Francia, el británico explicó su ruta desde L’Ospitalet:
“Cruzar al lado izquierdo del curso de agua y ascender por la garganta: en quince minutos se llega a la aduana que hay en el puente de Cerda. Aquí, la vía se divide en dos ramales […]; la de la derecha vira este camino subiendo por piedras y rastreando pasos por el flanco de la montaña, sin el menor árbol o arbusto que rompa su desolación. En dos horas y media se llega a los Roquedos de Avignolles o de la Portella, donde nace el río Ariège. Aquí se abren dos gargantas: la del lado izquierdo, mediante la más larga aunque algo más fácil ruta, se introduce en el valle de Andorra por el port de Framiquel; la de la derecha, que es la continuación de la ruta que hemos seguido, termina superando el port de Soldeu (2.500 metros, 8.202 pies) [tiene 2.568 m]. Tras cruzar el puente y atravesar una meseta estrecha, la ruta acude al este y sigue el estrecho del Valira para descender al valle inferior de Andorra. La estrecha garganta de la izquierda, con sus bosques oscuros, conduce hacia el lado español del port de Framiquel. Enfrente, aparece la nevada cima del Mount Rialp […]”.
Tal fue la parca descripción del itinerario de entrada en el País del Pirineo adoptado por Packe en 1862. El británico pudo dejar alguna cuenta pendiente durante su primera visita, pues parece que regresó dos años después con su amigo Henry Russell. ¿Tanto le gustó el aspecto del pic de Rialb…? En la versión de 1867, el primero se explayaría informando sobre los motivos por los que deseaba volver a nuestro Principado:
“Todo este sector del Pirineo aparece muy desprovisto de bosques. Pero los pastos crecen hasta una altura de 2.700 metros. Y aquí hay una gran cantidad de plantas, tan raras como de calidad. Subiendo desde L’Ospitalet hacia el port de Soldeu, advertimos el Ranunculus aconitifolius, el Ranunculus lacerus y la Gentiana pyrenaica. No había visto ninguna de estas plantas en los Pirineos centrales, ni tampoco los raros Senecios”.
Confirmado: Andorra era considerada entonces una potencia botánica. Entre otras aportaciones curiosas de 1867, Packe afirmaría con mordacidad muy british, que uno se podía alojar en la Casa Don Guillem de Andorra la Vella, con “no con muchos lujos”. Pero la novedad más importante era su reseña del itinerario por el port de Siguer durante su raid de 1864. Nos centraremos en los fragmentos montañeros:
“El retorno [a Foix] puede hacerse por otra ruta variada que asimismo es más directa. Dejando la ciudad de Andorra por el norte, continuar durante quince minutos por la orilla derecha de la Valira: al llegar al estrecho de Ordino, girar por dicha garganta al nor-noroeste… Desde Ordino, subir al norte por un estrecho… Esta garganta se divide en dos ramas. La occidental, por la izquierda, lleva hasta lo alto del Puerto Nuevo y del Puerto Viejo de l’Arbella, desde donde se baja a Vicdessos. Para ir al port de Siguer, tomar la rama de la derecha. El sendero sube al nor-nordeste entre rocas y acrobáticos pinos… Después de subir una media hora, los árboles desaparecen. Se continúa por la orilla izquierda del estrecho en dirección norte, y en una hora otra garganta vira hacia el oeste. En sus laderas, el Ramunculus aconitifolius es abundante. No dejar el curso de agua hasta llegar al desolado y más llamativo anfiteatro que hay al pie del port de Siguer. Aquí, subir en zigzag hacia el norte para ganar el puerto en cuarenta minutos. La altura del mismo es de 2.594 metros [tiene 2.399 m]. Unos diez minutos de fácil descenso permiten llegar ante una colección de laguitos medio helados. Rodeada por manchas de nieve y a no más de 100 metros por debajo del puerto, hay una miserable cabaña de pastores usada únicamente durante dos meses al año; probablemente, la más alta del Pirineo. El port de Siguer está a seis horas largas de Andorra la Vella, y a cinco de bajada del pueblo de Siguer […].
”Quienes deseen escalar, pueden subir el pic de Siguer o pic de Rialb (2.903 metros) [tiene 2.687 m], al oeste del port de Siguer, si bien, probablemente, esto obligue a dormir en esa cabaña del lado francés del puerto. Desde la cabaña, se cruza la loma algo al oeste para salir del puerto, y entonces se desciende un poco, tomando por el lado meridional la arista de la montaña, que debe ser recorrida para atacar la cumbre final por el sudoeste. No es dificultosa y ofrece grandes vistas, especialmente hacia la Pica d’Estats y el Montcalm. Por aquí se aprecian algunas buenas plantas de montaña como la Anemone sulfurea, los tulipanes amarillos, la Tulipa celsiana y Loiseleuria procumbens”.
De este modo tan escasamente ceremonioso, quedaba ratificada la primera ascensión a una cumbre importante de la República del Pirineo. El Mount Rialp o pic de Rialb (2.687 m) pasó a engrosar la cuenta de primicias montañeras de Charles Packe y Henry Russell. Así, se puede fijar en 1864 el Año Cero del pirineísmo andorrano… Mas, a pesar de tan prometedor inicio, ninguno de estos pioneros regresaría para cobrarse nuevas cimas en este territorio virgen. Ni siquiera el ferviente botánico que era Packe se sintió atraído por la ingente labor de reconocimiento y difusión que aguardaba en las altas regiones del Principado. Su amigo Alphonse Lequeutre aseguraría en 1877 que “el guía Henri Passet le dijo que, hace ya algunos años, Charles Packe le había señalado hacia esta parte de las montañas, aunque sin poder nombrárselas”. La tarea de identificación quedaba, pues, para otros colegas…
Entre tanta tierna florecilla campestre, parece como si se hubiera traspapelado la alusión al saco de dormir con la que abría el texto… Veamos: en las enciclopedias, adjudican tal descubrimiento, ya a Charles Packe, ya a su amigo Henry Russell. Se pueden constatar las diferentes teorías a través de sendos libros de esta Casa: en favor del primero desde esas Grandes escaladas (1995) de Chris Bonington, y del segundo desde ese Vignemale el Señor del Pirineo (2005) de un servidor. En cualquier caso, Russell se ocuparía de difundir urbi et orbe su artilugio entre el colectivo deportivo. ¿Quién no ha visto su retrato dentro del saco de piel de cordero para los Souvenirs d’un montagnard? La verdadera paternidad del invento la dejaré al gusto de cada cual, no sin antes retomar las peripecias de George Bentham en el Soldeu de 1825:
“La hora de ir a dormir llegaba y nos enseñaron el lecho, cuyo aspecto nos disgustó a pesar de nuestras fatigas. Como es similar al que utiliza la mayoría de campesinos de la República, voy a describirlo. Era un gran saco de piel de cordero sin curtir, con la lana hacia fuera. Los andorranos se desvestían para meterse dentro de ese saco, que ciertamente debía de mantenerles calientes, aunque se acostaban con una compañía dentro que me pareció demasiado numerosa [¿parásitos?] como para permitir el descanso”.
Vaya casualidad ¿no? Porque Bentham fue un botánico célebre y reputado, padre espiritual del propio Hooker, el gran explorador del Himalaya. Por ello, parece poco probable que al menos Packe no hubiera leído sus Plantes indigènes des Pyrénées et du Bas Languedoc. Y, puestos a seguir con las conjeturas: ¿no sería demasiada chiripa que se le escapara el párrafo sobre los sacos de cordero detectados en Soldeu…? Cuyas descripciones coincidían, de un modo rotundo, con el después famoso modelo difundido por Russell. En consecuencia, el saco de dormir, ¿pudo ser un descubrimiento andorrano?
Terminaré con los hilillos sueltos… ¿Qué impresiones obtuvo de Andorra el acompañante de Packe? Pues para conocer la versión de Russell, será preciso hacer gala de un poco de paciencia y aguardar hasta la próxima entrada…
A puñaladas por el Monte Perdido
Publciado por albertomartinez - 10/02/12 a las 01:02:41 amEste verano, la mayor de las Treserols celebrará los 210 añitos de su primera ascensión conocida. A partir de éste, su idilio inaugural con Louis Ramond de Carbonnières, nuestro Monte Perdido vería correr verdaderos ríos de tinta por cualquiera de sus costados. Con tales antecedentes y a estas alturas de la feria, ¿se puede añadir algo novedoso a su crónica? En el número de febrero de Grandes Espacios apuestan porque es así. A quienes se hagan con tan espectacular revista, les corresponderá juzgar…
Las montañas ilustres del Pirineo siempre pueden aportar historias, cuanto menos, diferentes. No importa los años que lleven generando literatura: si una cumbre tiene carácter, sabrá reservar vivencias inusuales a sus incondicionales. Éste podría ser el caso de las peripecias sobre los “Recuerdos de viaje de un Carcamal: la primera cima” redactadas por Rubén Torres. Un texto largo que fue servido en los Boletines 23 y 24 (octubre de 1973-marzo de 1974) de Montañeros de Aragón. Narraba una ascensión que venía de lejos, concretada junto a su amigo Julián Bravo a mediados del mes de agosto de 1951. En cualquier caso, un relato que se salía de lo habitual.
Acompañaremos a estos dos novatos zaragozanos, Julián y Rubén, hasta el viejo refugio de Góriz. Allí coincidirían con siete colegas catalanes: cuatro de ellos, socios de la Delegación de Montañeros de Aragón en Barcelona. Junto a estos últimos, hijos de aragoneses, los maños iniciaron la ascensión al Monte Perdido sin madrugar demasiado: sobre las 07:00 h. Su crónica expedicionaria resulta tan interesante como divertida. Sin embargo, para darle agilidad, nada como seleccionar sus segmentos significativos, priorizando aquellos donde más rebosaba la ironía y el sentido del humor baturros:
“[…] Todos los catalanes van equipados estupendamente: buenos anoraks, vistosos jerseys, gorros de lana, magníficas botas, gafas, piolets, cuerdas… Da gozo verlos. En cambio nosotros, damos pena. Julián va con pantalón largo, chaleco gris, una chaqueta cheviot que ya denuncia uso prolongado por codos y bocamangas, bufanda y unos añejos zapatos marrones con suela de crepé. Yo calzo botas de militar del número 40, y como gasto el 38, he tenido que subsanar esa diferencia numérica con calcetines […]. Sinceramente, los catalanes parece que van a hacer una cima en el Himalaya; Julián y yo, una caracolada en el Huerva [río que pasa por Zaragoza]. ¡Qué contraste! Pero…, ¿qué sería la vida sin contrastes? Pues un perpetuo y tenebroso bostezo. Las primeras cuestas las remontamos pausadamente y en disciplinada fila india. Superamos unas laderas de fina hierba para seguir por la base de bloques rocosos, procurando siempre evitar las espesas masas de nieve que llenan grietas y vaguadas […].
”Nuestros pasos discurren por un laberinto pétreo abrumador. Constantemente, nos vemos obligados a rodear enormes rocas peladas, para encontrar vías accesibles de subida. Llegamos a un lugar donde ya no es posible soslayar la nieve. Ahora es cuando nos damos cuenta de la importancia del piolet. ¡Y pensar que desconocíamos hasta el nombre de este objeto tan necesario en la montaña! […]. Por las huellas que han dejado nuestros amigos, damos unos pasos. Pronto nos apercibimos de que los pequeños resbalones, controlados de momento, a medida que la pendiente se acentúe, pueden acarrearnos un desliz bastante desagradable. Julián, que va primero, no lo piensa mucho. Saca una especie de puñal que su previsión le llevó a coger en Zaragoza, y se agacha, continuando la ascensión, apoyándose también con las manos. Yo le imito. Sin ser muy airosa nuestra postura, por lo menos nos proporciona la idea consoladora de que no descenderemos dando volteretas graciosas, en caso de resbalón. Avanzamos con mucha cautela. Toda nuestra atención la ciframos en asegurar bien los pies. En casos de extrema inseguridad, Julián clava belicosamente el puñal en la nieve para sostenerse, y yo me aferro con una mano a su tobillo. Hay que reconocer que para no haber ensayado este numerito, nos sale bastante bien […]. Llevamos las manos ateridas y las piernas tiemblan a cada paso por el nerviosismo, y por la presión de las puntas de los pies sobre la superficie nevada. Por fin, el nevero termina al pie de una canal estrecha. La llegada a la roca produce una profunda sensación de alivio. Aquí también tenemos que utilizar las manos para ganar altura, pero ya es otra cosica. Se desprende una piedra insurrecta de no sé dónde, y por poco me saca la raya. Con el fin de agarrarse mejor a las presas, Julián se coloca el puñal entre los dientes y se pone a trepar con sólida entereza. Es la clásica estampa de un pirata de paisano ejercitándose en prácticas de abordaje […]. El ejercicio es constante. Hay que subir, bajar, saltar… La realidad es que lo paso en grande moviéndome por estos andurriales. Me gusta. Es como si una capacidad no ejercitada se despertase dentro de mí”.
Sobre las 11:00 h, nuestros bucaneros Julián y Rubén arribaban al Ibón Chelau del Monte Perdido. ¡Oh, maravilla de las maravillas! Era el momento de cambiar de registro en la crónica, para sacar a relucir cierto deje poético más acorde con las circunstancias:
“Un lago, cuyas aguas presentan evidentes síntomas de congelación, participa por igual en los derrames de los dos colosos de roca [Cilindro y Monte Perdido]. La escenografía es fabulosa. Parece mentira que con dos colores tan simples como son el blanco de la nieve y el gris de la roca, pueda armonizarse tanta belleza. Claro que tampoco debemos dejar a un lado el encanto deslumbrante que le otorgan el purísimo azul del cielo y los generosos rayos de un sol en completa libertad. Para Julián y para mí, que nuestras salidas campestres no hemos rebosado nunca los límites de las murallas de Grisén [en el Canal Imperial, cerca de Zaragoza], esto constituye un mundo totalmente nuevo, fantástico, insospechado. En la orilla del lago están descansando los catalanes. También hay un reducido grupo de montañeros que no sé de dónde habrán salido. Igual son silvestres…”.
Ni que decir tiene, los dos socios de Montañeros de Aragón desconocían incluso los nombres de las cumbres circundantes. Muy típico de entonces. Uno de los barceloneses les señalaría hacia el corredor Noroeste de la tercera cumbre de los Pirineos:
“Me fijo en la subida que nos queda y, desde luego, no puede decirse que sea de coco y huevo. Si acaso, es nada más de coco, porque da miedo. Un gran nevero, cuya inclinación nos ofrece perspectivas risueñas, despliega con gran desparpajo su lívida faz desde la cima hasta el lago”.
Llegaba el momento de la verdad: estos neófitos en la alta montaña tendrían que desplegar sus útiles de abordaje en el sector más arduo de la subida al Monte Perdido por su ruta normal. De esta manera heterodoxa sortearon sus últimas dificultades:
“Por el momento, la pendiente no es todavía muy pronunciada, pero tampoco tan suave como para subir silbando alegres pasodobles. A veces nos detenemos un momento para recrear la vista con el paisaje. Es fascinante el espectáculo que brinda la luz del sol sacando chispitas luminosas de la nieve. El sendero se eleva paulatinamente y, poco a poco, va perdiendo firmeza hasta que se interna en una glera [pedriza] de abusivo porcentaje. Hasta ahora, el concepto que tenía del andar era que, dando un paso, se avanzaba la longitud de ese paso. Dar catorce pasos rasmiosos [con energía] para conseguir el progreso de uno, no lo había experimentado nunca. En este pedregal, más que avanzar, lo que se hace es escarbar. Se violentan completamente las normas del andar rítmico. Aquí, casi se deja de ser persona para convertirse en una piedra honoraria de un suelo movedizo. Eso sí: hay que reconocer que si bien el camino es poco almibarado, y a veces sientes como si el corazón latiese en espiral, el ejercicio que se realiza es muy instructivo, ya que pone de manifiesto lo que puede la perseverancia. Julián y yo, que según se ve hemos escarbado con más ahínco que nuestros compañeros de ascensión, llegamos al collado final un poco antes que ellos. Estamos en la antesala de la cumbre, pero ¡qué antesala! Los metros que nos quedan se disponen en forma de casquete circular revestido completamente de nieve. Solo pensar que se pueda resbalar por ella me produce escalofríos dorsales […]. Lo que son las cosas: esto que nos parecía poco menos que insalvable, resulta más fácil que el nevero anterior. Las condiciones de la nieve han mejorado mucho y las huellas admiten bastante bien el pie. Ascendemos tranquilamente. No tenemos que adoptar la postura de los felinos ni es precio utilizar el puñal. Pronto nos damos cuenta de que ya no hay nada que subir”.
Así era: Julián Bravo y Rubén Torres, bisoños absolutos sobre las altas cotas, acababan de completar su primera cima de importancia. Nada menos que ese Monte Perdido cuyas defensas de 1951 lo hacían bastante más complicado de lo que hoy día es, por su normal y en la misma época del año… Las anécdotas de nuestros maños montaraces todavía se iban a extender un poquillo. Sin embargo, las reduciremos a solo un par. La primera, sobre el recuento de sensaciones cimeras sobre los 3.355 metros. Original en grado sumo:
“Todo, absolutamente todo, se conjuga en una armonía esplendorosa y sobrenatural. Quiero decir alguna frase poética, sugestiva; una ocurrencia feliz que cristalice el túmulo de emociones en algo expresivo. No se me ocurre nada. Solo, exclamar: ¡Jolines, cuánto alrededor! Poca cosa para lo que bulle dentro de mí. Es el eterno desajuste entre los sentidos y las palabras para manifestarlos. El héroe de la jornada ha sido Julián. Todavía no se explican los presentes cómo ha hecho para llegar hasta aquí con unos zapatos de paseo que, además, muestran ya incipiente sonrisa por la puntera.
”–Esos zapatos deberían encerrarlos en una urna de cristal y guardarlos como recuerdo tangible de este memorable día –sugiere uno de nuestros amigos catalanes”.
Justamente, nos despediremos de estas peripecias extravagantes sobre la cumbre central de las Treserols, destacando ese espíritu de concordia existente entre ambos grupos. Así, después de un no menos agitado descenso, barceloneses y zaragozanos se reunían para comer en el viejo Góriz. La escena final es deliciosa:
“El ágape resulta muy estimulante. No por los manjares, sino por el alegre optimismo y la franca cordialidad que predomina en la reunión. La mesa une mucho los espíritus, y las voces. Un irreflexivo impulso nos anima a cantar jotas. Los catalanes se lo toman a pecho y contestan con sardanas. El señor Ramón [el guarda] no quiere ser menos, y tomando la lista de precios, nos canta La Dolorosa. El efecto es instantáneo. Nos quedamos más callados que un saco de cemento. No hay como el pagar para conservar la seriedad, aunque sea por poco rato”.
Tras repasar esta ascensión surrealista, ¿se entiende que el cineasta Luis Buñuel eligiera venir al mundo precisamente en Aragón? Ahora más en serio, aportaré mi apéndice aclaratorio: tras la Guerra Civil, el montañismo maño estaba bajo mínimos y tuvo que arrancar casi desde cero. A comienzos de los años cuarenta, los socios de Montañeros de Aragón apenas podían sino realizar pequeñas excursiones por el entorno de Zaragoza. Tomar el tren Canfranero para allegarse hasta Riglos era una gran aventura que no estaba al alcance de todos los bolsillos; seguir hasta el Pirineo, el sueño dorado de la mayoría. Por suerte, en poco tiempo la situación iba a cambiar…
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